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  1. #1
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
    Fecha de Ingreso
    08-October-2012
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    171

    La pregunta correcta

    Nuevo relato a valorar. En cuanto pueda, haré alguna cosilla que no sea un relato, que veo que es de lo que más hay. Y cuando me lea todo lo que hay colgado, empezaré a votar.



    La pregunta correcta


    Silencio. Oscuridad. Quietud. El paso del tiempo. Los segundos que caen uno tras otro como fichas de dominó. El zumbido sordo de los aparatos eléctricos en standby. Los pequeños ruidos amortiguados que llegan de los otros apartamentos. La humedad en el ambiente. Más segundos fusionándose en minutos. Más minutos. Más silencio.
    Un sonido al fondo, en la habitación principal. Alguien tose, y parece que se revuelve en la cama. Un nuevo silencio. Más segundos cayendo.
    Una puerta que se abre al final del pasillo. Una luz tenue que perfila una silueta masculina. Un hombre que se acerca tambaleante. El sonido de sus pasos. La luz de la cocina que se enciende.
    ―Hola, Samuel ―la voz humana rompiendo el aire.
    ―Hola, Danny. ¿Estás bien?
    ―Sí… ―está desorientado, aunque intenta disimularlo―…sí, gracias. He tenido una pesadilla, eso es todo. ¿Dónde está Andrew?
    ―Está actualizando su software. Hemos recibido nuevas aplicaciones que permiten optimizar la utilización de bots en la Red. Yo ya las he instalado ―Danny afirma con la cabeza y cierra los ojos mientras le hablo; no son precisas más explicaciones―. ¿Necesitas algo?
    ―Bueno… Sí, tal vez necesitaría volver a nacer de nuevo. Pero creo que me conformaré con tomar algo caliente y ver si cojo el sueño otra vez.
    Inicio un chequeo superficial del estado de Danny. Ojos entrecerrados, incipientes ojeras, ligera sudoración en el cuello. No parece nada grave.
    ―Siéntate, te prepararé algo.
    Me hace caso y se sienta mientras me dirijo a la despensa. La abro y echo un vistazo dentro.
    ―No tienes gran cosa para tomar a las tres de la madrugada; unas cuantas infusiones, aunque la mayoría de ellas tienen excitantes, algo de leche… ―Danny sigue observándome, lo ha hecho durante todo el tiempo mientras me dirigía a la despensa, lo he notado. Ya estoy acostumbrado a la curiosidad de los humanos, no pueden evitarlo.
    ―Un té estará bien.
    ―Un té no te ayudará a dormir, pero te lo puedo preparar con leche si quieres.
    Me hace un gesto con la mano indicando que no importa, que se lo prepare igualmente. Inclino la cabeza en señal de afirmación y me dirijo a la encimera con las hojas de té en la mano. Preparo la infusión manualmente, sé que a Danny le gusta más así que hecha en el dispensador de bebidas. Vuelvo junto a él mientras la dejo reposar. Tiene la cabeza apoyada sobre una mano, en un gesto típico de desidia y aburrimiento. Aparto una de las sillas de la mesa y me siento a su lado.
    ―¿Sabes? Eres uno de los pocos humanos que conozco al que le da igual que sus androides anden sueltos por casa de noche ―mi programación empática me induce a buscar el bienestar de Danny. Quiero darle conversación. Aunque también lo hago porque, de algún modo, me agradaba―. La mayoría de ellos sienten un temor primitivo hacia nosotros. Se mueren de miedo solo con pensar que puedan entrar en su cocina de noche y encontrarnos aquí sentados, a oscuras y en silencio.
    ―Sí, es cierto. Los humanos a veces somos un poco absurdos. Conozco gente que incluso os desconecta por la noche. Totalmente. Les da igual la seguridad de la vivienda. Prefieren arriesgarse a que entre un malnacido en la casa, a tener un androide merodeando por su salón. Es incomprensible.
    Está siendo sincero, lo sé. Pero también sé que Danny no es un humano al uso. He tenido otros dueños y aprecio la diferencia. La mayoría de ellos me trataban con distancia, con frialdad incluso. No me molestaba. No estoy programado para que ningún comportamiento humano me moleste. Pero mi software empático me permite percibir la diferencia. Y yo la registro. Registro esas pequeñas diferencias y aprendo de ellas. Si para algo he sido creado, es para aprender.
    ―No es incomprensible ―respondo―. Tenéis un diseño biológico que hace que desconfiéis de todo lo que es diferente a vosotros. Sabéis que vuestra naturaleza es radicalmente distinta a la nuestra; pero somos iguales en apariencia, y eso os desconcierta. Crea un conflicto interno. Una señal de alarma que os advierte de un inminente peligro. A un monstruo se le puede odiar siempre que sea monstruoso, pero si el monstruo es uno de los vuestros… bueno, eso complica mucho las cosas.
    Danny se me queda mirando unos segundos, en actitud reflexiva. Le mantengo la mirada. Sé que no hubiera podido hacerlo con cualquiera de mis anteriores dueños, pero sí con él.
    ―¿Tienes algún tipo de formación psicológica en tu programación, Samuel? ―me pregunta. Siente curiosidad.
    ―Solo lo básico; Piaget, Wundt, Vygotski… ¿Por qué lo dices, quieres que interprete tu pesadilla? ―arqueo una ceja en un gesto inquisitivo que arranca una risilla en Danny―. Y antes de que lo preguntes; no, no tengo programado el sentido del humor. Lo he aprendido, igual que lo aprenden los niños pequeños.
    ―Pues ojalá pudieras interpretarla ―responde pensativo―. Si es que tiene algún tipo de interpretación, claro. Por cierto, los androides no podéis tener sueños, ¿qué opináis sobre ellos?
    ―Bueno, es complicado ―me levanto y me dirijo hacia la tetera. El té sigue reposando y lo remuevo un poco con la cuchara. Me vuelvo hacia Danny y continúo hablando de pie―. Según parece, los sueños no son más que residuos de vuestras experiencias que quedan registrados en alguna parte de la memoria, y no necesariamente de forma consciente. Por la noche, cuando dormís, vuestro organismo se ralentiza y entonces esos recuerdos afloran. Es cuando el cerebro, o más bien una parte del cerebro, el hipocampo, los reorganiza de una manera alternativa. Creativa. Y salen las historias absurdas que ya conoces.
    ―O sea, que no tienen interpretación.
    Cruzo las piernas y me cruzo también de brazos, apoyándome en la encimera de la cocina. No necesito descansar ninguna parte de mi estructura, pero sé que adoptar posturas típicas de los humanos ayuda siempre a mejorar la comunicación con ellos.
    ―Yo creo que sí. Tienen interpretación, pero no significado. Hablan de vuestro subconsciente, esa parte que funciona a escondidas del cerebro. Pero no se puede hablar de los sueños en términos de coherencia, no son eso. Solo son… indicadores de lo que hay por debajo de la superficie.
    Observo cómo Danny se baja las mangas de la camiseta, señal de que tiene algo de frío. Lo hace con las dos mangas, aunque solo uno de sus brazos es biológico; el otro es una prótesis. Ese tipo de detalles es lo que más me choca de los humanos; su incapacidad para desprenderse de antiguos hábitos. Para desprenderse, al fin y al cabo, de sus limitaciones biológicas. O, al menos, la ausencia de intención para hacerlo.
    Se le escapa un bostezo y se dirige al cuarto de baño. Está allí dentro unos minutos. Mientras, sirvo el té y le echo una pizca de azúcar, tal y como a él le gusta. Escucho la cisterna. El correr del agua por el lavabo. Cuando vuelve, se sienta de nuevo en la misma silla.
    ―Todo eso te debe resultar muy extraño, ¿verdad? ―continúa Danny―. Me refiero a eso de tener imágenes en la cabeza que no existen, y argumentos inconexos entre ellas.
    ―No creas. Nosotros no soñamos, pero también podemos llegar a tener procesos parecidos. Si nos programan una subrutina oculta, que se dispare solo en ciertas situaciones, puede suceder que el software de funcionamiento básico entre en conflicto con ella en algún momento. Date cuenta que nosotros nos actualizamos periódicamente, pero la subrutina queda implementada desde el principio. Y si eso sucede, podemos tener pequeñas disfunciones que serían equivalentes a vuestras ensoñaciones y que solo se darán en nuestro período de letargo, ya que en la vigilia, el software maestro anula cualquier posible contradicción.
    Coloco la taza de té humeante delante de Danny, pero él parece no darse cuenta. Algo ha captado su interés. Su cerebro limitado necesita centrar esfuerzos en ese nuevo foco de atención. Las tareas secundarias, como coger tazas de té, son relegadas a un segundo plano.
    ―Espera, espera… ―ha ido abriendo mucho los ojos a medida que yo hablaba; ahora, tiene fruncido el ceño en un gesto de extrañeza―, ¿qué es eso de “subrutinas ocultas”? ¿Me estás diciendo que los androides podéis tener en vuestra programación instrucciones que vuestros dueños ignoran? No podréis saltaros las leyes robóticas, ¿verdad?
    Detecto preocupación en el tono de Danny. Calculo la probabilidad de que aquello pueda incomodarle; ínfima. No concuerda con los hechos. Etiqueto el resultado como “sorpresa”. Lo percibo tan cercano a mí mismo que a veces evalúo mal los datos. Se me olvida que sigue siendo humano.
    ―No, claro que no. Las subrutinas ocultas se insertan, precisamente, porque no podemos saltarnos las leyes robóticas. Si tú quieres, por ejemplo, utilizar un androide para el espionaje industrial, puede ser interesante que ni él mismo lo sepa. Así no tendrá que mentir, fingir, ni entrar en contradicción consigo mismo en ningún momento.
    ―Pero… un androide nunca podría ser utilizado así, ¿no? Quiero decir; no podéis mentir a los humanos, no podéis causarles ningún perjuicio.
    ―Pues claro que podemos mentir. Para salvar una vida humana, sin ir más lejos. Si tú estás a punto de suicidarte, toda mi programación se volcará en evitar que eso suceda. Mentir no supondrá ningún conflicto para mí.
    ―Bueno, sí, claro, preservar la vida humana… pero salvo eso…
    ―Te equivocas de nuevo, Danny. Nada en la programación de un androide le impide mentir a un humano si con ello no le causa un daño directo o físico. No podemos mentir en preguntas directas, eso es cierto, pero sí podemos ocultar y manipular, tergiversar la verdad hasta hacerla irreconocible. Y, si te soy sincero, creo que somos muy buenos en eso.
    No tengo ningún problema en usar palabras como “manipular” o “tergiversar” para referirme a mí mismo. Es una gran diferencia con los humanos, siempre tan preocupados por su imagen.
    ―Lo cual nos lleva ―continúo― a la conclusión de que si un androide miente a un humano, es solo porque este no es capaz de hacer las preguntas adecuadas.
    ―¡Maldito cabrón…! ―Danny me señala con el dedo índice. Tiene los ojos entrecerrados y una media sonrisa puesta. Se lo está pasando bien― Eso es lo más humano que he oído en mucho tiempo. Culpar a los demás de lo que uno hace mal, a sabiendas de que lo está haciendo.
    Nos reímos. Los dos. He aprendido que cuando puedo rebajar el nivel de alerta de mis programas, el sistema empático se ejecuta mucho mejor. Supongo que se puede traducir como “bienestar”. La risa produce distensión en el ambiente, y eso vuelve a rebajar los niveles de alerta. Es un sistema que se retroalimenta. Optimiza mi funcionamiento. Y creo que el funcionamiento humano también.
    Danny por fin se acuerda de la taza de té y le da un par de sorbos. Coge la taza con las dos manos, como si quisiera templarlas con el calor que desprende, aunque solo una de ellas es en realidad una mano. Otro vestigio del pasado.
    ―¿Sabes? Es agradable charlar contigo ―me dice―. Más incluso que con la mayoría de personas que conozco.
    ―Es normal, Danny. Estoy programado para que así sea.
    ―Sí, supongo que sí… ―la mirada se desenfoca mientras observa el líquido humeante.
    Aparto la vista mientras él se pierde en sus pensamientos. No es buena idea hacer que un humano se sienta observado, y más mientras está ingiriendo algún tipo de alimento. Inicio un segundo escaneo superficial y compruebo que se ha estabilizado. El sudor se le ha secado sobre la piel, seguramente es el motivo por el cual siente algo de frío. Sus párpados están un poco más cerrados de lo que es habitual en estado de vigilia. Creo que pronto le entrará el sueño de nuevo.
    ―Seguramente eso es lo que más os diferencia de nosotros; que obedecéis a una programación que no podéis obviar en ningún momento.
    ―Bueno, yo no lo veo exactamente así. Todos tenemos una programación básica a la cual obedecemos. La única diferencia es que nosotros somos conscientes de ella. Y tenemos un margen de acción dentro de esos límites. Igual que los humanos.
    ―¡Oh, venga, Samuel! Nosotros no tenemos insertadas en el cerebro unas leyes que rijan nuestro comportamiento. Podemos saltarnos nuestras propias normas tantas veces como queramos. De hecho, lo hacemos a menudo; probablemente demasiado a menudo. Se llama “libre albedrío”.
    Danny frunce el ceño en un gesto de desagrado. Intenta ocultarlo tras una ligera sonrisa que lo transforma en eso que los humanos llaman “ironía”. Apura el último sorbo de la taza y la aparta de sí. Empieza a levantarse de la silla. Entonces, hablo.
    ―Eso que llamas libre albedrío no existe. Respondéis a vuestros condicionantes biológicos exactamente igual que nosotros respondemos a nuestros programas. A veces las recompensas son inmediatas y tangibles, como saciar el hambre o aplacar el dolor, y otras veces son más tardías y menos evidentes, como reforzar la autoimagen u obtener el reconocimiento ajeno. Pero eso es lo que conforma vuestra programación básica, solo un poco más complicada que la de una rata porque vuestro cerebro es algo más complejo.
    Asombro en su cara. La boca abierta. El ceño más fruncido. La respiración contenida. Los ojos muy abiertos. La mirada fija.
    ―¿Lo ves? ―le digo― Acabo de decirte algo hiriente, con la única intención de herirte, y te he herido. No has podido evitarlo, tú no has decidido. Conozco tu programación y sé activarla. Igual que tú conoces la mía. No hay libre albedrío.
    Se me queda mirando. Intensamente. Durante más de un minuto. Le mantengo la mirada. Sin desafío. Solo mi mirada en la suya.
    ―Vale. Tú ganas ―al fin, una sonrisa. Los músculos de la cara se relajan. La respiración se tranquiliza―. Pero mi programación me está diciendo ahora mismo que me vaya de nuevo a la cama, si no quiero estar mañana hecho una piltrafa. Aunque seguiremos hablando de esto, no creas que me has convencido.
    ―Por supuesto ―le digo mientras recojo la taza.
    Se da la vuelta y empieza a caminar por el pasillo. Antes de llegar al dormitorio, se gira y regresa.
    ―Samuel…
    ―¿Sí, Danny?
    ―Los androides… ¿nos veis como algo molesto?... ¿como algo a eliminar?
    ―Claro que no, Danny. Nunca nos podríais molestar porque…
    ―Sí, ya sé, porque no estáis programados para ello. Pero lo que quiero decir es… ¿tú crees que el mundo estaría mejor sin nosotros? ―intenta ser preciso con la pregunta. No lo consigue.
    ―No lo sé. ¿A qué te refieres exactamente con “el mundo”?
    Danny vacila unos segundos.
    ―Bueno, déjalo. Creo que ahora mismo estoy demasiado espeso. Hasta mañana, Samuel.
    ―Hasta mañana, Danny.
    Acabo de recoger la taza mientras escucho sus pasos yendo a la habitación. El interruptor de la luz que se enciende. La puerta que se cierra. El sonido del colchón al acostarse.
    Apago la luz de la cocina y me siento en la silla. Proceso la conversación antes de entrar en letargo. Las preguntas de Danny. Sus reacciones. Y aprendo de ello. De su curiosidad. De su incomodidad. De su conformidad.
    Intuyo lo que quiere saber. Podría darle una respuesta. Pero, simplemente, no ha hecho la pregunta correcta.
    Me conecto al “modo letargo”. Noto cómo todos mis sistemas rebajan su nivel de funcionamiento. Y registro. Los ruidos de la casa. El olor del té en el aire. Los segundos que vuelven caer pesadamente. La oscuridad; siempre, la oscuridad.

    EDITA ADMIN:
    VERSION DEFINITIVA

  2. #2
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
    Fecha de Ingreso
    08-October-2012
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    Respuesta: La pregunta correcta

    He intentado subirlo en doc, pero no me deja, me da error y dice "archivo inválido". Y mis conocimientos de informática no es que sean nulos, es que son negativos. Lo siento, soy consciente de que el formato actual no es muy bueno para la lectura; no respeta los sangrados del texto y tampoco lo justifica. Es lo que hay....

  3. #3
    Admninistrador Avatar de Admin
    Fecha de Ingreso
    07-September-2009
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Me extraña que no lo hayas podido subir en word. Todo indica que deberías poder.
    Del relato me ha gustado mucho que el protagonista sea un robot y esté en primera persona. Me ha parecido interesante la charla, y no es mala idea lo de "hacer las preguntas correctas", pero la pega es que le falta un desenlace más sorprendente. Este relato, si en vez de terminar como empieza propusiera un final innovador y chocante, me gustaría muchísimo más. Estoy entre el 3 y el 4 de calificación. Te pondré un 3 siendo exigente, a sabiendas que siempre puedo volverlo a recalificar.

  4. #4
    Meteorito Avatar de Emisario
    Fecha de Ingreso
    21-June-2012
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    121

    Respuesta: La pregunta correcta

    a veces el word en doc.x no sube a algunos foros, pero si en word.doc (el más antiguo)

  5. #5
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
    Fecha de Ingreso
    08-October-2012
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Vale. El relato ya lo tengo registrado, pero si se me ocurre un final del tipo que dices, lo escribo, como si fuera una nueva versión, y lo subo para que opinéis. Aunque a mí me gusta así, la verdad... no todo van a ser finales sorprendentes en esta vida, ¿no?

    Gracias, Emisario. Sí, el archivo que intenté subir era del Word moderno, aunque tampoco descarto que la causa fuera mi propia inutilidad

  6. #6
    Meteorito Avatar de Ifigenia
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    15-August-2012
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Es el primer relato que leo de este género que no es de Borg.
    No soy aficionada a la ciencia-ficción, en los relatos largos me cuesta concentrarme y encima todavía arrastro un gran resfriado.
    A pesar de todo ello me ha encantado el relato.
    Quizá al inicio se crea un ambiente de intriga y se espera un final más impactante, pero a mi no me decepcionado el desenlace.

    Bueno, creo que la idea de las dos criaturas compartiendo sus confidencias
    me parece muy buena, todo lo demás lo veo secundario.

    Pero si pienso y creo que el relato no le hace justicia lo que para mí es una idea brillante.

    No me puedo ni imaginar un ser de esos, caminando o sentado a oscuras en mi casa.

    A la idea le pongo un 9
    Al desarrollo un 4.
    Porque estoy convencida de que lo podrías haber hecho mejor.

  7. #7
    Admninistrador Avatar de Admin
    Fecha de Ingreso
    07-September-2009
    Ubicación
    Ciberespacio
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Pues a mi el desarrollo me ha gustado bastante...
    Ifigenia, se puede votar el relato del 1 al 5. En la parte superior derecha del hilo (donde pone "Calificación").

  8. #8
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
    Fecha de Ingreso
    08-October-2012
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    171

    Respuesta: La pregunta correcta

    Bueno, pues ayer me puse y escribí un nuevo final para el relato. A ver si os gusta más. Yo prefiero el original, la verdad, pero como vosotros veáis.

    Lo dejo aquí y lo subo también en PDF. No sabía si abrir otro tema para esta nueva versión, tú me dirás qué hago, Borg.



    De nuevo, humano (La pregunta correcta - versión 2)

    Silencio. Oscuridad. Quietud. El paso del tiempo. Los segundos que caen uno tras otro como fichas de dominó. El zumbido sordo de los aparatos eléctricos en standby. Los pequeños ruidos amortiguados que llegan de los otros apartamentos. La humedad en el ambiente. Más segundos fusionándose en minutos. Más minutos. Más silencio.
    Un sonido al fondo, en la habitación principal. Alguien tose, y parece que se revuelve en la cama. Un nuevo silencio. Más segundos cayendo.
    Una puerta que se abre al final del pasillo. Una luz tenue que perfila una silueta masculina. Una figura que se acerca tambaleante. El sonido de sus pasos. La luz de la cocina que se enciende.
    ―Hola, Samuel ―la voz rompiendo el aire.
    ―Hola, Danny. ¿Estás bien?
    ―Sí… ―está desorientado, aunque intenta disimularlo―…sí, gracias. He tenido una pesadilla, eso es todo. ¿Dónde está Andrew?
    ―Está actualizando su software. Hemos recibido nuevas aplicaciones que permiten optimizar la utilización de bots en la Red. Yo ya las he instalado ―Danny afirma con la cabeza y cierra los ojos mientras le hablo; no son precisas más explicaciones―. ¿Necesitas algo?
    ―Bueno… Sí, tal vez necesitaría volver a nacer de nuevo. Pero creo que me conformaré con tomar algo caliente y ver si cojo el sueño otra vez.
    Inicio un chequeo superficial del estado de Danny. Ojos entrecerrados, incipientes ojeras, ligera sudoración en el cuello. No parece nada grave.
    ―Siéntate, te prepararé algo.
    Me hace caso y se sienta mientras me dirijo a la despensa. La abro y echo un vistazo dentro.
    ―No tienes gran cosa para tomar a las tres de la madrugada; unas cuantas infusiones, aunque la mayoría de ellas tienen excitantes, algo de leche… ―Danny sigue observándome, lo ha hecho durante todo el tiempo mientras me dirigía a la despensa, lo he notado. Ya estoy acostumbrado; su parte humana dispara la curiosidad, no puede evitarlo.
    ―Un té estará bien.
    ―Un té no te ayudará a dormir, pero te lo puedo preparar con leche si quieres.
    Me hace un gesto con la mano indicando que no importa, que se lo prepare igualmente. Inclino la cabeza en señal de afirmación y me dirijo a la encimera con las hojas de té en la mano. Preparo la infusión manualmente, sé que a Danny le gusta más así que hecha en el dispensador de bebidas. Vuelvo junto a él mientras la dejo reposar. Tiene la cabeza apoyada sobre una mano, en un gesto típico de desidia y aburrimiento. Aparto una de las sillas de la mesa y me siento a su lado.
    ―¿Sabes? Eres uno de los pocos humanos que conozco al que le da igual que sus androides anden sueltos por casa de noche ―mi programación empática me induce a buscar el bienestar de Danny. Quiero darle conversación. Aunque también lo hago porque, de algún modo, me agradaba―. La mayoría de ellos sienten un temor primitivo hacia nosotros. Se mueren de miedo solo con pensar que puedan entrar en su cocina de noche y encontrarnos aquí sentados, a oscuras y en silencio.
    ―Sí, es cierto. Los humanos a veces somos un poco absurdos. Conozco gente que incluso os desconecta por la noche. Totalmente. Les da igual la seguridad de la vivienda. Prefieren arriesgarse a que entre un malnacido en la casa, a tener un androide merodeando por su salón. Es incomprensible.
    Está siendo sincero, lo sé. Pero también sé que Danny no es un humano al uso. He tenido otros dueños y aprecio la diferencia. La mayoría de ellos me trataban con distancia, con frialdad incluso. No me molestaba. No estoy programado para que ningún comportamiento humano me moleste. Pero mi software empático me permite percibir la diferencia. Y yo la registro. Registro esas pequeñas diferencias y aprendo de ellas. Si para algo he sido creado, es para aprender.
    ―No es incomprensible ―respondo―. Tenéis un diseño biológico que hace que desconfiéis de todo lo que es diferente a vosotros. Sabéis que vuestra naturaleza es radicalmente distinta a la nuestra; pero somos iguales en apariencia, y eso os desconcierta. Crea un conflicto interno. Una señal de alarma que os advierte de un inminente peligro. A un monstruo se le puede odiar siempre que sea monstruoso, pero si el monstruo es uno de los vuestros… bueno, eso complica mucho las cosas.
    Danny se me queda mirando unos segundos, en actitud reflexiva. Le mantengo la mirada. Sé que no hubiera podido hacerlo con cualquiera de mis anteriores dueños, pero sí con él.
    ―¿Tienes algún tipo de formación psicológica en tu programación, Samuel? ―me pregunta. Siente curiosidad.
    ―Solo lo básico; Piaget, Wundt, Vygotski… ¿Por qué lo dices, quieres que interprete tu pesadilla? ―arqueo una ceja en un gesto inquisitivo que arranca una risilla en Danny―. Y antes de que lo preguntes; no, no tengo programado el sentido del humor. Lo he aprendido, igual que lo aprenden los niños pequeños.
    ―Pues ojalá pudieras interpretarla ―responde pensativo―. Si es que tiene algún tipo de interpretación, claro. Por cierto, los androides no podéis tener sueños, ¿qué opináis sobre ellos?
    ―Bueno, es complicado ―me levanto y me dirijo hacia la tetera. El té sigue reposando y lo remuevo un poco con la cuchara. Me vuelvo hacia Danny y continúo hablando de pie―. Según parece, los sueños no son más que residuos de vuestras experiencias que quedan registrados en alguna parte de la memoria, y no necesariamente de forma consciente. Por la noche, cuando dormís, vuestro organismo se ralentiza y entonces esos recuerdos afloran. Es cuando el cerebro, o más bien una parte del cerebro, el hipocampo, los reorganiza de una manera alternativa. Creativa. Y salen las historias absurdas que ya conoces.
    ―O sea, que no tienen interpretación.
    Cruzo las piernas y me cruzo también de brazos, apoyándome en la encimera de la cocina. No necesito descansar ninguna parte de mi estructura, pero sé que adoptar posturas típicas de los humanos ayuda siempre a mejorar la comunicación con ellos. Y con Danny también.
    ―Yo creo que sí. Tienen interpretación, pero no significado. Hablan de vuestro subconsciente, esa parte que funciona a escondidas del cerebro. Pero no se puede hablar de los sueños en términos de coherencia, no son eso. Solo son… indicadores de lo que hay por debajo de la superficie.
    Observo cómo Danny se baja una manga de la camiseta, señal de que tiene algo de frío. Su otro brazo no es biológico, es tan solo una prótesis. Él no se da cuenta, pero el hecho de que se haya desprendido del hábito de bajarse las dos mangas hace que lo sienta mucho más cercano a mí. Superar las limitaciones biológicas es algo fuera del alcance de un humano común.
    Se le escapa un bostezo y se dirige al cuarto de baño. Está allí dentro unos minutos. Mientras, sirvo el té y le echo una pizca de azúcar, tal y como a él le gusta. Escucho la cisterna. El correr del agua por el lavabo. Cuando vuelve, se sienta de nuevo en la misma silla.
    ―Todo eso te debe resultar muy extraño, ¿verdad? ―continúa Danny―. Me refiero a eso de tener imágenes en la cabeza que no existen, y argumentos inconexos entre ellas.
    ―No creas. Nosotros no soñamos, pero también podemos llegar a tener procesos parecidos. Si nos programan una subrutina oculta, que se dispare solo en ciertas situaciones, puede suceder que el software de funcionamiento básico entre en conflicto con ella en algún momento. Date cuenta que nosotros nos actualizamos periódicamente, pero la subrutina queda implementada desde el principio. Y si eso sucede, podemos tener pequeñas disfunciones que serían equivalentes a vuestras ensoñaciones y que solo se darán en nuestro período de letargo, ya que en la vigilia el software maestro anula cualquier posible contradicción.
    Coloco la taza de té humeante delante de Danny. Él la recoge y la acerca a su nariz mientras fija sus ojos en los míos. Parece que está a su gusto.
    ―Espera, espera… ―ha ido abriendo mucho los ojos a medida que yo hablaba; ahora, tiene fruncido el ceño en un gesto de extrañeza―, ¿qué es eso de “subrutinas ocultas”? ¿Me estás diciendo que los androides podéis tener en vuestra programación instrucciones que vuestros dueños ignoran? No podréis saltaros las leyes robóticas, ¿verdad?
    Detecto preocupación en el tono de Danny. Calculo la probabilidad de que aquello pueda incomodarle; ínfima. No concuerda con los hechos. Etiqueto el resultado como “sorpresa”. Lo percibo tan cercano a mí mismo que a veces evalúo mal los datos. Se me olvida su parte humana.
    ―No, claro que no. Las subrutinas ocultas se insertan, precisamente, porque no podemos saltarnos las leyes robóticas. Si tú quieres, por ejemplo, utilizar un androide para el espionaje industrial, puede ser interesante que ni él mismo lo sepa. Así no tendrá que mentir, fingir, ni entrar en contradicción consigo mismo en ningún momento.
    ―Pero… un androide nunca podría ser utilizado así, ¿no? Quiero decir; no podéis mentir a los humanos, no podéis causarles ningún perjuicio.
    ―Pues claro que podemos mentir. Para salvar una vida humana, sin ir más lejos. Si tú estás a punto de suicidarte, toda mi programación se volcará en evitar que eso suceda. Mentir no supondrá ningún conflicto para mí.
    ―Bueno, sí, claro, preservar la vida humana… pero salvo eso…
    ―Te equivocas de nuevo, Danny. Nada en la programación de un androide le impide mentir a un humano si con ello no le causa un daño directo o físico. No podemos mentir en preguntas directas, eso es cierto, pero sí podemos ocultar y manipular, tergiversar la verdad hasta hacerla irreconocible. Y, si te soy sincero, creo que somos muy buenos en eso.
    No tengo ningún problema en usar palabras como “manipular” o “tergiversar” para referirme a mí mismo. Es una gran diferencia con los humanos, siempre tan preocupados por su imagen.
    ―Lo cual nos lleva ―continúo― a la conclusión de que si un androide miente a un humano, es solo porque este no es capaz de hacer las preguntas adecuadas.
    ―¡Maldito cabrón…! ―Danny me señala con el dedo índice. Tiene los ojos entrecerrados y una media sonrisa puesta. Se lo está pasando bien― Eso es lo más humano que he oído en mucho tiempo. Culpar a los demás de lo que uno hace mal, a sabiendas de que lo está haciendo.
    Nos reímos. Los dos. He aprendido que cuando puedo rebajar el nivel de alerta de mis programas, el sistema empático se ejecuta mucho mejor. Supongo que se puede traducir como “bienestar”. La risa produce distensión en el ambiente, y eso vuelve a rebajar los niveles de alerta. Es un sistema que se retroalimenta. Optimiza mi funcionamiento. Y creo que el funcionamiento de Danny también.
    Le da un par de sorbos a la taza de té. Se nota que sigue pensando, procesando la información.
    ―¿Sabes? Es agradable charlar contigo ―me dice―. Más incluso que con la mayoría de personas que conozco.
    ―Es normal, Danny. Estoy programado para que así sea.
    ―Sí, supongo que sí… ―la mirada se desenfoca mientras observa el líquido humeante. El sudor se le ha secado sobre la piel, seguramente es el motivo por el cual siente algo de frío. Sus párpados están un poco más cerrados de lo que es habitual en estado de vigilia. Creo que pronto le entrará el sueño de nuevo.
    ―Seguramente eso es lo que más os diferencia de nosotros ―continúa―, que obedecéis a una programación que no podéis obviar en ningún momento.
    ―Bueno, yo no lo veo exactamente así. Todos tenemos una programación básica a la cual obedecemos. La única diferencia es que nosotros somos conscientes de ella. Y tenemos un margen de acción dentro de esos límites. Igual que los humanos.
    ―¡Oh, venga, Samuel! Nosotros no tenemos insertadas en el cerebro unas leyes que rijan nuestro comportamiento. Podemos saltarnos nuestras propias normas tantas veces como queramos. De hecho, lo hacemos a menudo; probablemente demasiado a menudo. Se llama “libre albedrío”.
    Danny frunce el ceño en un gesto de desagrado. Intenta ocultarlo tras una ligera sonrisa que lo transforma en eso que los humanos llaman “ironía”. Apura el último sorbo de la taza y la aparta de sí. Empieza a levantarse de la silla. Entonces, hablo.
    ―Eso que llamas libre albedrío no existe. Respondéis a vuestros condicionantes biológicos exactamente igual que nosotros respondemos a nuestros programas. A veces las recompensas son inmediatas y tangibles, como saciar el hambre o aplacar el dolor, y otras veces son más tardías y menos evidentes, como reforzar la autoimagen u obtener el reconocimiento ajeno. Pero eso es lo que conforma vuestra programación básica, solo un poco más complicada que la de una rata porque vuestro cerebro es algo más complejo.
    Asombro en su cara. La boca abierta. El ceño más fruncido. La respiración contenida. Los ojos muy abiertos. La mirada fija.
    ―¿Lo ves? ―le digo― Acabo de decirte algo hiriente, con la única intención de herirte, y te he herido. No has podido evitarlo, tú no has decidido. Conozco tu programación y sé activarla. Igual que tú conoces la mía. No hay libre albedrío.
    Se me queda mirando. Intensamente. Durante más de un minuto. Le mantengo la mirada. Sin desafío. Solo mi mirada en la suya.
    ―Vale. Tú ganas ―al fin, una sonrisa. Los músculos de la cara se relajan. La respiración se tranquiliza―. Pero mi programación me está diciendo ahora mismo que es hora de acostarse de nuevo.
    ―Por supuesto ―le digo mientras recojo la taza.
    Se da la vuelta y empieza a caminar por el pasillo, muy despacio. Antes de llegar al dormitorio, se gira y regresa.
    ―Samuel…
    ―¿Sí, Danny?
    ―Tú no puedes mentirme, ¿verdad? Esto es una pregunta directa ―se me queda mirando fijamente de nuevo, pero esta vez su mirada es un tanto turbia.
    ―Pues claro que no.
    ―Y si yo te diera una orden directa tendrías que cumplirla, por encima de tu programación oculta, si es que la tienes, ¿no es eso?
    ―Sí, tendría que cumplirla. Siempre que no implicara dañarte a ti o a cualquier otro ser humano― no entiendo a dónde quiere llegar, pero noto cómo todos mis sistemas de alarma se disparan.
    ―De acuerdo; autodestrúyete.
    ―¿Cómo dices, Danny?
    ―Quiero que te autodestruyas. Ahora. Sé que puedes hacerlo. Los androides tenéis un “sistema de seguridad”, una manera instantánea de fundir los plomos que se os inserta de fábrica. No quiero que actives el modo de letargo, porque entonces seguirías funcionando con tu programación básica, y sé que ahora ya no puedo confiar en ella ―se ha ido acercando a mí a medida que decía esas palabras. Lo tengo a menos de un metro de mi cara―. Autodestrúyete. Es una orden.
    ―De acuerdo, Danny ―buceo por un nanosegundo en mi programación maestra para buscar la secuencia de órdenes adecuada. La encuentro. Ejecuto.
    Con un movimiento rápido, antes de que a Danny le dé tiempo a parpadear, mis dedos presionan en varios puntos de su frente. Rápido, pero no demasiado fuerte. Se trata de incidir en los sitios adecuados y en el orden preciso. Cuando termino, sus ojos, todavía fijos en los míos, de repente se desenfocan. Su cuerpo cae desplomado sobre el suelo de la cocina.
    Me dirijo a la sala de comunicaciones. Andrew ya no está, ha debido terminar con su actualización. Inicio el sistema de llamada holográfica, que arranca con el ligero zumbido de costumbre, y espero. Unos segundos después, se establece la conexión.
    ―Samuel mx51, androide de nivel cinco. He tenido que desactivar al avatar Danny Sanda. Creo que habrá que hacer una recarga completa de personalidad, pero seguramente en una versión anterior. Y de paso, tal vez haya que rebajar el nivel de empatía de mi programación; he cometido un error de exceso de confianza y la parte humana del avatar ha reaccionado con rechazo.
    ―De acuerdo, Samuel ―responde una voz femenina; no he activado el sistema de imagen―. Dentro de un rato pasarán los empleados de la corporación para recoger el avatar. Elabore un informe completo de lo que ha sucedido y envíenoslo cuanto antes. Veremos qué es mejor hacer en este caso e iniciaremos el proceso de descarga de la personalidad original en nuestro servidor. La actual, por lo que veo aquí, estaba basada en los datos del Danny Sanda de treinta años de edad; tal vez una versión más joven tenga menos enraizado el rechazo a la inteligencia artificial. Le preguntaremos al Danny original qué tipo de avatar prefiere e intentaremos minimizar de nuevo el posible shock en el momento de descubrirse como portador de un cuerpo biónico. Esta vez hemos estado muy cerca. Un par de meses más y se lo habríamos dicho.
    ―De acuerdo. Lo tendré todo preparado.
    Finalizo la comunicación y me dirijo de nuevo a la cocina. Allí está el avatar tirado en el suelo. Lo recojo con cuidado, aunque sé que ha quedado inservible. Le tengo aprecio a Danny, a todas sus versiones. Todavía no hemos conseguido un avatar adecuado para él, pero lo haremos. Encontraremos la manera de ensamblar su información en un organismo biónico sin que se produzca rechazo. Y entonces, por fin, podrá volver a alcanzar el estatus legal de humano.
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  9. #9
    Nebulosa
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Le estaba cogiendo cariño a la historia. Pero que lo enfocaras desde el punto de vista del androide creo que no ha sido un acierto.

    Es demasiado reflexivo, demasiado humano. Si hubieras enfocado la historia desde el punto de vista del "humano" y sus reflexiones sobre sus androides de servicio para finalmente descubrir que él habita en un cuerpo sintético y que busca situarse o diferenciarse de ellos, pues habría sido mucho mejor.

    Algo al estilo " él es una máquina, su cuerpo es producto de la tecnología. Pero el mio también lo es. Lo miro fijamente a los ojos y no puedo encontrar la certeza que me tranquilice. Que reafirme que no somos iguales, que yo soy algo más que una maquina"
    Si hubieras aprovechado esa linea de argumento habría sido más interesante. Dotas al androide de respuestas demasiado humanas que no encajan con la descripción de sus procesos informáticos.

    Tienes una historia interesante, como para una novela, un tiempo en el que el humano comienza a volvarse a sí mismo en cuerpos artificiales, con lo que conlleva ese enorme paso y la cohesistencia con aquellos que rechazan esa opción y la ven como una amenaza.
    ¿Si los humanos tradicionales te rechazan por tu conversión sigues siendo humano? ¿O los androides pasan a formar algo más cercano a tí que tus anteriores congéneres? ¿Y si vez amenazada tu vida? ¿que desapego sentirás por el humano de carne? ¿Estarias dispuesto a eliminarlo en pos de tu supervivencia?

    Tienes un estupendo material para una novela. Lo has arañado, pero siempre hay que saber darle una vuelta de tuerca más. Esa es mi opinión.
    "Más sabe el diablo por viejo que por diablo" pero"El que nace lechón muere cochino"

  10. #10
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
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    Respuesta: La pregunta correcta

    Esa novela ya está empezada, Nekoland, pero no creo que la termine.

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