“¿De dónde sale este calor extraordinario que aparece para saldar una necesidad?” relató el traductor que se reproducía en el pequeño proyector que Lizar había llevado consigo hasta el área del hangar poblada por robots. El texto de aquél autor llamado Aguste Blanqui, que vivió en la Tierra dos siglos antes del inicio de la colonización espacial, seguía llenándolo de imágenes, de poesía, como si fuera la mágica voz de un oráculo que intentaba narrar el pasado y el futuro del universo desde una prosa primitiva y misteriosa. Debía detenerse en cada una de sus líneas para intentar interpretarlas. Y vaya si lo hacía. Su primer vistazo al remoto planeta que originó a la humanidad irradiaba una furiosa empatía, como si ese tal Blanqui le hablara a los oídos, le confesara a través de un susurro sus secretos más profundos. Porque Lizar no tenía dudas acerca de lo que aquél autor pretendía decir. Blanqui describía al universo como una sucesión de acontecimientos que lo revolucionaban. Por eso, esa última frase relatada por el traductor se estrellaba contra la presencia colosal de las decenas de robots que lo rodeaban. Las estrellas, los planetas, la vida, eran los escombros de grandes explosiones que se burlaban de una entropía que intentaba conservar el equilibrio de la nada. Para crear un mundo nuevo, era necesario explotar. Eran necesarios esos robots para convertir su poder de fuego en el calor extraordinario que saldaría la necesidad de cambiar la historia. Los libros, los registros, las naves, la artillería, los robots, eran una sola cosa. Eran el legado subversivo de los saqueadores. Eran las armas que atesoraban para generar esa explosión que generaría un mundo nuevo. Lizar comprendía al pie de la letra el significado de ese hangar, de ese búnker, como gustaba llamarlo Klaus. Él, que había sido un sujeto gris, cabizbajo, empleado alguna vez de una Corporación, desempleado devenido en criminal, en hacker, visitante de antros nocturnos, soñador de mujeres por hora, hombre abandonado a la miseria de su propia desolación, había hallado ese tesoro, porque lo había buscado, porque en el interior de su amargura había una chispa, una incandescencia, un anhelo caprichoso que le daba la espalda al nihilismo omnipresente que respiraba. Ese anhelo era la necesidad. La necesidad de actuar. De arrasar un presente que despreciaba. Tenía que aprender a conducir a esos enigmáticos robots construidos por vaya saber quién. Tenía que utilizarlos para aplastar a los malditos jerarcas. Tenía que derribar los edificios. Incendiar tanta injusticia. Destruir. Para crear.
-Lizar-
La voz de Noriko lo extrajo de sus pensamientos. La silueta del androide emergió de entre las sombras y se sentó a su lado, mostrándole un extraño aparato.
-Debieron programarme para construirlo. Es un receptor de frecuencias. No puede ser detectado-
Lizar no prestó atención a las imágenes proyectadas por el aparato. Su mente volaba a la velocidad de la luz, narcotizada por las antiguas palabras del libro y por las metapastillas que había ingerido minutos atrás.
-No entiendo la política de Tezuka, pero hubo un cambio en la administración. La policía tomó el poder e instauró algo llamado shogunado-
Lizar escuchó sus palabras, pero le sonaron muy lejanas. Sus ojos habían vuelto a clavarse en los robots. Completamente dilatados. Dispersos en el ansia de ponerlos en marcha y avanzar devastadoramente sobre la colonia. Imaginaba a los habitantes de Koyama y de Ayukawa hipnotizados ante el espectáculo. Sumándose a la lucha. Clamando por la abolición de la maldita Corporación que manipulaba sus vidas.
-Lizar. Yamato ya no controla Tezuka-
-¿Qué?- dijo él.
-Lo dicen las noticias-
Lizar, confundido, intentó llevar sus ojos al proyector de Noriko. Lentamente, pudo librarse del efecto de las metapastillas y comprender lo que sucedía. Noriko había creado un receptor de espionaje que le permitía recibir señales satelitales. Un periodista explicaba cómo se conformaba la nueva administración. Habían nombrado a un Shogun. Y habían entrado a Koyama. ¿Qué demonios significaba todo eso? ¿Un estado policial había abolido a la Corporación?
Asombrado, levantó la mirada y observó incrédulo a Noriko. Había sido arrancado de sus sueños, de su viaje al pasado y de las drogas, para chocar contra esas espurias noticias. Tenía que avisarle a Klaus. Decirle que habían dejado atrás un mundo que enloqueció del todo. Pero no pudo ponerse de pie. Se apoyó en Noriko, cerró los ojos y vomitó. Su cuerpo se desplomó, ante el desconcierto del androide. Su mente volvió a perderse. En otro torbellino. En una vorágine de anhelos y de pesadillas. De poesía y de repugnancia. Su rostro esbozó una sonrisa. Noriko lo abrazó. Le acarició el cabello. Lo acomodó en su pecho. Y apagó el receptor.





