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Capítulo 50: ETERNIDAD

Klaus juntó una serie de paneles y formó lo que a partir de entonces sería su escritorio. Había traído una de las computadoras holográficas con la intención de crear una red para tener acceso a las computadoras del subsuelo. Además, se encontraba en la sala de las bibliotecas, rodeado de libros auténticos. Era difícil decidir cómo comenzar. Los libros debían ser los más antiguos, y si provenían de la Tierra eran anteriores a la colonización espacial. Lamentablemente, eso significaba que estaban escritos en idiomas arcaicos. Y si bien el lenguaje galáctico anclaba sus raíces en esos idiomas, sin la posibilidad de traducirlos artificialmente no lograría comprenderlos. Por lo tanto, debía elegir algún libro al azar y digitalizarlo para una posterior traducción. Sin embargo, al acceder a la computadora encontró el mismo escollo. Los archivos tampoco estaban escritos en lenguaje galáctico, sino en el de los saqueadores. Por suerte, Lizar tenía un traductor, el mismo que había utilizado cuando entraron al cerebro del Tarcovsky. Así que necesitaría su ayuda para construir un programa con el motor de ese traductor. Aunque Klaus era un sujeto calmo y paciente, experimentó cierta desesperación por no poder leer inmediatamente esos textos.
Así que se acomodó en la butaca y se cruzó de brazos, haciéndose a la idea de que tenía todo el tiempo del mundo a su disposición. El búnker había sobrevivido a los escaneos de Yamato durante la construcción de la colonia, por lo tanto, no había nada que temer. Pero ese mismo aislamiento le impedía tener acceso al exterior, ya que cualquier contacto con los satélites podría revelar su posición.
Iluminado por la proyección holográfica de la computadora, reflexionó acerca de lo que haría con toda esa información. La idea era elaborar una cronología. Construir la historia de la Galaxia a partir de todos esos textos. Suponía que hallaría una historia diferente a la recopilada por los historiadores imperiales. Una historia oblicua, escrita por aquellos que habían sido derrotados y borrados de los registros. Era una pena no tener a su padre consigo. Como piloto del Imperio Germano, debió conocer una parte de la historia, esa que los Monopolios prohibían. Era como excavar en capas y capas de acontecimientos borrados por el poder de turno para encontrar en lo profundo esa verdad silenciada. Noriko ya le había dado una pista. El nombre de héroes que nadie recordaba. De gestas y hazañas devoradas por el enemigo. Sabía que Noriko era la llave para entrar al búnker. Pero no entendía por qué almacenaba tanta información si esa misma información se hallaba en el lugar. Quizás, alguna vez existió alguien, un bibliotecario, que se encargó de recibir la información procedente de todos los puntos de la Galaxia para luego catalogarla y cargarla en las computadoras del subsuelo. Esa información pudo ser traída por otros androides, siempre desde la clandestinidad, como lo hizo Noriko. Pero el búnker, como le gustaba llamar a ese hangar subterráneo, estaba vacío. No había rastros de algún bibliotecario.
Lizar, que acababa de esconder la nave exploradora en el interior del búnker, se acercó a Klaus y se detuvo ante la computadora.
-Necesitas el traductor- dijo al ver los ideogramas de los saqueadores en el portal de la pantalla holográfica.
Klaus asintió. El hacker extrajo el pequeño aparato que siempre llevaba en el bolsillo y lo conectó al procesador. Era un equipo demasiado rudimentario, que solo traducía el contenido de la pantalla. Por esa razón, Klaus deseaba utilizar su motor para programar un traductor más potente, que leyera los archivos sin necesidad de descomprimirlos. El mero hecho de crear ese programa le llevaría varios días. Estaba obligado a reprimir su ansiedad. Lizar se desplazó frente a las bibliotecas y tomó un libro al azar. Notó que había recibido algún tipo de tratamiento radioactivo para su conservación, porque se encontraba en excelente estado. Se le erizó la piel al comprender que tenía en sus manos un verdadero registro fósil del intelecto humano. Un objeto que tenía por lo menos mil años de antigüedad. Era emocionante. Era la huella de una persona que vivió en el mundo de origen. En ese planeta mítico y fantasmal que se llamó la Tierra. A pesar del abismo temporal que había entre el libro y él, lo sintió extrañamente cercano. Después de todo, él sabía cómo sentían aquellos seres. Lo había experimentado cuando probó una vez una inyectora de recuerdos. Lamentó no haber probado otras. Lamentó haber perdido el tiempo con su adicción a las metapastillas. Pero ese libro era mucho mejor que una inyectora. Era mucho más que la grabación de una sensación, de un recuerdo. Era la plasmación de una idea. Una idea que deseaba conocer. Una idea que había sido rescatada por esos sujetos misteriosos que tanto admiraba. Los saqueadores. Quizás, esos libros y esas computadoras le dirían por fin quiénes eran ellos. De dónde provenían. Qué los impulsaba a vagar por el espacio y a recopilar la historia que los monopolios intentaban suprimir. Por eso, se sentó frente a la computadora, abrió el libro y comenzó a tipear esas arcaicas palabras. El traductor se encargó de enseñarle cómo se llamaba.
-“La eternidad por los astros”, de Auguste Blanqui, 1871- dijo en voz baja.
Klaus se asomó a la proyección. Los pulsos se le aceleraron. Estaban abriendo una puerta al pasado. Una ventana al corazón mismo del pensamiento humano. También se acercó Noriko, que los estaba contemplando en silencio, sin que se dieran cuenta de su presencia. Después de todo, ella los había traído a ese lugar. Y por lo tanto, también hallaría su propio significado en él.

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