Ayar y Power pusieron en marcha sus motodeslizadores. La adrenalina comenzó a recorrer sus cuerpos. En el pasado se habían enfrentado a infinidad de patrullas, pero nunca a un avance masivo de tanques Izu. Era obvio que solos no podían detener ese avance, así que Ayar le pidió a Power que reuniera al resto de la pandilla en la intersección de Kurosawa, a más tardar en diez minutos, que era lo que había calculado para la llegada de los tanques al lugar. Por lo que podía ver a simple vista, estos arrasaban todo a su paso a través de una rígida formación horizontal, más propia del ejército que de la policía. De alguna manera, debido a la escasa presencia militar en la colonia, era el poder policial el que suplía su ausencia. Le habían comentado del discurso dado por Mamuro horas atrás, pero a Koyama nunca le preocupaba lo que ocurría en Yamamoto, ya que se consideraba a sí misma una entidad independiente y caótica. Ayar pretendía romper la formación de tanques con la típica táctica de guerrilla usada por las pandillas. Si la confusión funcionaba, quizás lograría detener la escalada, al menos para ganar tiempo ante la preparación de una resistencia mejor organizada. Power aceleró el motor del Suki y fue por sus compañeros. Ayar tenía diez minutos para observar lo que sucedía en el frente de batalla. Así que se dirigió en dirección opuesta, a casi trescientos kilómetros por hora por esas estrechas calles que conocía como la palma de su mano. En menos de un minuto alcanzó a los tanques, encontrándose con caras conocidas que intentaban detenerlos.
-¿Dónde están tus hombres, maldito imbécil?- escuchó por su intercomunicador.
Reconoció la voz, pero no pudo precisar a cuál de los Sukis pertenecía. La pandilla de los Yakuza, hijos rebeldes y pendencieros de algunos jerarcas de Yamato, combatía frenéticamente a la policía. Era la pandilla más poderosa de Koyama, la que se había quedado con el control de la feria y de la importación de inyectoras tras la contracción de la Calavera Roja. Eran sus enemigos acérrimos. Pero nada de eso importaba en ese momento. Ayar encendió la ametralladora iónica y disparó desde una posición marginal, específicamente desde el flanco izquierdo, para sorprender a los conductores de los tanques. La ráfaga apenas impactó en uno de ellos, pero bastó para que se desviaran y fueran tras él. Los tanques, que no eran tan veloces como un Suki y que tenían dificultades para maniobrar entre el mapa laberíntico de Koyama, fracasaron en su intento de alcanzarlo. Había una treintena de Yakuza combatiendo. Parecía una acción heroica, pero no hacían más que defender la frontera con Yamamoto, el territorio que controlaban. Ayar logró penetrar la formación policial, con una destreza casi suicida y comenzó a disparar desde su propia retaguardia. Concentró todo su poder de fuego en los motores propulsores de uno de los tanques hasta que segundos después logró dejarlo fuera de combate. Nasuko, el sujeto que le había hablado, el líder de los Yakuza, imitó sus movimientos y pronto todos los Suki se infiltraron en la formación policial para atacarlos desde el interior.
Ayar no dejaba de apretar el gatillo, sin temor a que el cañón de 30 mm se fundiera. Su motodeslizador Susuki no era tan nuevo como los que usaban los Yakuza, pero lo conocía tan bien que era una prolongación de su propio cuerpo. Aunque hubiera deseado tener uno de los antiguos, esas reliquias que hasta se transformaban en robots. Sus disparos fueron tan certeros que el resto de los pandilleros lo tomó como ejemplo. Tres de ellos volaron por el aire, exterminados por los cañones de grueso calibre enemigos. Una cosa era realizar un ataque suicida y otra sobrevivir a él.
-¡Necesitamos a la Calavera! ¿Dónde mierda están?- gritó Nasuko.
-Se desplazan a Kurosawa. ¿Qué sucede con el resto de las pandillas?-
-¡No lo sé! ¡Pero hay tiroteos en el sur! ¡En el otro extremo de la formación!-
Era una situación curiosa. Todas las pandillas atacaban en conjunto, sin relación entre ellas, pero defendiendo a Koyama con sus vidas. Era muy distinto a lo que venía ocurriendo. Era una escena apocalíptica, pero hermosa.
-Hicimos todo el daño que pudimos. Dispérsense y vayan hacia a Kurosawa. Mis hombres ya deben estar ahí-
Nadie contradijo la orden. Los pandilleros se evadieron inmediatamente, sin que los tanques lograran focalizar sus disparos. Ayar tomó una vieja ruta de escape que le había salvado la vida muchas veces. Y doscientos metros después se encontró con Nazuko, que aceleró a la par, siguiéndolo como un discípulo seguía a su maestro.
-Mamuro desarticuló la administración de Yamato. Instauró un shogunado. Y el maldito quiere aniquilarnos. ¿Cómo haremos para detener a cien tanques Izu?-
-Con caos- respondió Ayar.
El fundador de la Calavera Roja era un sujeto estoico, que nunca perdía la cabeza durante un tiroteo. Era un emblema de la vieja escuela, cargado de sanguinarias e imaginarias medallas. Solo tenía treinta años, pero mil batallas más que esos niños ricos e inadaptados liderados por Nazuko. Sabía que aunque eran feroces y agresivos, carecían de la experiencia necesaria para bloquear la embestida. Necesitaba la sangre experta de sus hombres.
Por fin, cuando llegaron a la intersección, Power los esperaba con otros veinte Suki. Ayar se detuvo frente a ella y luego recorrió las miradas del resto de los miembros. Nadie entendía lo que sucedía. Pero estaban ahí. A punto de jugarse el pellejo. Nazuko guardó silencio. Su viejo enemigo era el único que podía mostrarles el camino. Así que se tragó su orgullo y estacionó su motodeslizador junto a los hombres de la Calavera Roja. Ayar dividió a los pandilleros en grupos de tres, con la intensión de desconcertar a los tanques. Romper la formación horizontal los obligaría a concentrar el ataque y a quedar en la línea de fuego. Así que repetirían lo que Ayar hizo antes. Saltarían sobre ellos y les dispararían desde la retaguardia. Los Yakuza que habían sobrevivido ya estaban allí, así que no tenían tiempo que perder. Los motores rugieron y todos salieron a la batalla. Power permaneció detrás de Ayar. Era su guardiana. Su guerrera. La mujer que estaba dispuesta a volar en mil pedazos junto a ese hombre que amaba.
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Capítulo 49: KUROSAWA
Escrito por HUGO ANGEL
14 Noviembre , 2009
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