El Puerto de Koyama había sido abierto momentáneamente para trasladar a los prisioneros comunes a Yukio. La militarización de Koyama era inminente y los presidios de Tezuka se verían superpoblados. A pesar de la caída de la administración de la colonia, las leyes carcelarias seguían vigentes y Yukio no negaría la llegada de los reos a la prisión orbital, ya que esta pertenecía a todas las colonias del sistema de Ohashi. La primera nave de transporte estaba lista para la partida y en su interior viajaba Zoll.
Encerrado en una cápsula de nano-reconstrucción para sanar sus heridas, Zoll había despertado y no entendía lo que sucedía. Giró la cabeza, sintiendo los pinchazos de las innumerables agujas que penetraban su anatomía, y observó que estaba rodeado de otras cápsulas y de prisioneros inmovilizados por cintas de detención. Pero lo que llamó su atención fue la enorme escotilla que permitía ver lo que había afuera. Aunque su mente estaba nublada por los sedantes y el dolor, comprendió que se encontraba en el interior de una nave de transporte. Y la repentina sacudida que sufrió la cápsula demostraba que estaba partiendo del Puerto de Koyama hacia la órbita exterior. Un cielo anaranjado y tormentoso, salpicado por feroces rayos, confirmaba que se trataba de la atmósfera del satélite. Era la primera vez que salía de la colonia. Toda su vida había transcurrido bajo el paisaje artificial de una cúpula. En pocos minutos, el cielo se oscureció, llenándose de estrellas. Experimentó una sensación de pánico. Pero no había nada que pudiera hacer. Lo enviaban a la prisión de Yukio. Lejos de su hogar. Lejos de Anneke.
Su corazón comenzó a latir aceleradamente. Una furia incontenible se tradujo en mayor dolor. Sus manos se cerraron. Se transformaron en expresivos puños. Había perdido su libertad. Pero era un destino que no toleraría. Un destino que no lo podría doblegar. El rostro de Anneke se le aparecía en la mente, como un fantasma, un espectro de algo que no pudo llegar a ser. Tenía que hallar la manera de escapar. De volver a Tezuka para rescatarla. No se conformaba con su recuerdo. Ni con el hecho de saberse vencido.
Pese al flujo de ira que recorría su cuerpo, lo invadió la melancolía. Como si estuviera frente a la muerte, su corta vida transcurrió a través de fugaces imágenes, arremolinando emociones, sueños y oleadas de tristeza. Fue atacado por su infancia. Por la soledad sideral que lo cobijó mientras deambulaba por los callejones de Yamamoto. Nunca conoció a sus padres. Supo que habían sido reclutados de una colonia independiente. Que habían sido asesinados durante un tiroteo con la policía. Ni siquiera sabía sus nombres. Creció en un internado de clonados, bastardos creados genéticamente para ser explotados y que carecían de identidad. Niños fecundados en máquinas, una técnica clásica para aumentar la población de las nuevas colonias. Escapó de allí cuando apenas tenía seis años, quebrando ese destino que lo hubiera convertido en policía o en operario de Yamato. Porque él no era un bastardo. Era hijo de seres apasionados que fueron aplastados por la ley. Esa ley que se juró burlar de por vida. La dureza de aquellos años, resguardado por traficantes, fue también la más feliz. Pero creció y no quiso ser como ellos. Prefirió la más absoluta libertad. La anarquía de Koyama, con su hedor a metano y sus edificios abandonados. Volando a través del universo de las drogas, viviendo vidas ajenas a través de las inyectoras. Era horrible recibir esos recuerdos. Porque se parecían a una epifanía. A una despedida de su libertad. Y no estaba dispuesto a rendirse a los límites de una celda. Tenía que luchar. Como lo había hecho siempre.
Tezuka se fue alejando del horizonte de la escotilla. Su tamaño insignificante se deshizo en el mar de las estrellas. El resplandor de los soles binarios se proyectó hasta su cápsula, encegueciéndolo, bañándolo con su lluvia de fotones y neutrinos. Y en cuestión de pocas horas la presencia enorme de Yukio, con su atmósfera gaseosa y multicolor eclipsó a esos mundos distantes que parpadeaban en la inmensidad. Era aterrador. Anneke se convirtió, a su pesar, en una imposibilidad. En otra huella en el fresco de su memoria. En un segundo de su vida, que recibía la sombra de otro satélite, completamente metálico, una celda colosal que también orbitaba alrededor de Yukio, aunque fuera mucho más espeluznante que Tezuka. Era la prisión orbital.
Pronto mejoraría, se consoló. Se codearía con otros prisioneros, tan ansiosos como él de huir de ese infierno lóbrego y oxidado que lo esperaba con sus cadenas y su castigo deplorable. Compartiría su odio. Su impotencia. Su deseo de volver a ser quién siempre quiso ser. Porque aunque maniataran sus manos y lo exiliaran en esa bóveda de metal, nada encadenaría su mente. Nada evitaría que hiciera lo humanamente posible para escapar otra vez, como lo venía haciendo desde siempre.
La nave aterrizó en la zona de despegue de la prisión orbital y la escotilla se abrió. Un grupo de policías entró y se llevó a los prisioneros. Su cápsula se deslizó suavemente hacia el exterior y fue trasportado hasta la enfermería, donde continuaría internado hasta su restablecimiento. Desde la ventana de la misma pudo ver una pequeña silueta anaranjada en el espacio. Era Tezuka. Su hogar.
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Capítulo 46: YUKIO
Escrito por HUGO ANGEL
07 Noviembre , 2009
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