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Capítulo 45: UTOPÍA

Mientras Lizar y Klaus recorrían el hangar que habían descubierto en el sur del satélite, Noriko tomó asiento en una de las rústicas butacas que había en la sala de las bibliotecas. Ella también estaba abrumada, pero por algo que trascendía el hallazgo. Se preguntaba quién la había programado. Quién la había convertido en la llave de ese lugar. No era más que un instrumento. Un instrumento sin recuerdos. Un destino manufacturado de antemano. Ni siquiera tenía la capacidad de Lizar y de Klaus para comprender lo que sucedía en la Galaxia. Todo le resultaba extraño, lejano, como si fuera una niña en un mundo de adultos. Estaba programada para combatir, para contener contraseñas, para ser un mapa viviente. Le gustaría ser su propio sentido, pero era el sentido de otros, el sentido de aquellos seres que manipularon su cerebro y el sentido de aquellos otros que la acompañaban en esa aventura que para ella era puro automatismo. No podía evitar sentir cierta amargura, cierta impotencia ante su papel en esa historia. Estaba rodeada de libros que habían hecho llorar a Klaus y que sin embargo, no le despertaban curiosidad. Era un androide. Esos libros narraban la historia humana. Pero ella no lo era. Porque no tenía identidad. Agachó la cabeza y cerró los ojos, deprimida.
Klaus, desbordado por la magnitud de lo que metro a metro encontraba, había descendido al primer subsuelo, una sala refrigerada abarrotada de computadoras que formaban una red con una enorme capacidad de almacenamiento. Las computadoras pertenecían a diferentes eras y culturas, así que el encargado de compatibilizarlas debió tomarse un exhaustivo trabajo para elaborar la red. Si era producto de los saqueadores, entonces confirmaba lo que se decía de ellos: que eran hackers excepcionales, instruidos, debido a su vagabundeo galáctico, al lenguaje de las distintas tecnologías usadas por las diversas colonias e imperios. Nunca había visto algo como eso. Ni siquiera lo había imaginado. ¿Pero cuál era la razón que llevaba a los saqueadores a salvaguardar el pasado de una manera tan sistemática? ¿De dónde provenían? ¿Quiénes eran en realidad? Quizás, penetrando en esa inaudita información podría revelar ese misterio. Aunque reconocía que estudiarla le llevaría toda una vida. Podría quedarse a vivir en ese lugar. En esa ciudad subterránea milagrosamente escondida gracias a los potentes interferómetros extendidos sobre la superficie.
Lizar tampoco salía de su asombro. Había contado cincuenta y dos robots. Aún no había ingresado a ninguno y desconocía a qué imperio o colonia habían pertenecido. No tenían el sello de Yonesawa ni de ninguna de las desaparecidas fabricantes niponas. Eran sumamente antiguos. Construidos con una precisión artesanal. Eran robustas máquinas de destrucción. Guardianes sombríos de un pasado incierto. Pero no estaban solos. Cuando llegó a los límites de la entrada principal y descendió a un nuevo subsuelo, la sorpresa lo desbordó. Había encontrado una pequeña flota espacial. Un crucero de apariencia germana, un bombardeo de procedencia desconocida y catorce cazas soviéticos. Los saqueadores habían ocultado un pequeño ejército. ¿Pero con qué intención? Se atrevió a conjeturas románticas, imaginando que preparaban una revolución. Ese podía ser el sentido del tesoro enterrado en Tezuka. El tesoro era el mañana. Eran las armas para enarbolar un conflicto libertario. Para derrocar a los monopolios e imperios que habían explotado a los colonos durante sangrientos mil años de historia espacial. Era una idea emocionante. Era un ideal. Un sueño que lo subyugó. Era temprano para confirmar esa conjetura. Aún no habían encendido las computadoras ni abierto los libros. La voz de los saqueadores seguía muda. Y Lizar sabía, que en el fondo, lo que estaba haciendo era proyectar su propio soñar.
Noriko continuaba inmersa en el laberinto de su mente, pero había dejado de pensar en la problemática de su existencia para concentrarse en un fin más práctico. Debía volver a la superficie y ocultar la nave exploradora en el hangar, protegiéndola a través de los interferómetros de los escaneos de la policía. Cuando estaba dispuesta a ponerse de pie y realizar la operación, la mano de Klaus se apoyó en su hombro izquierdo. Lizar venía con él. Los notó aturdidos por los hallazgos. Ataviados en una felicidad inexpresable.
-Tenemos bibliotecas, robots y naves espaciales. Y eso solo significa una cosa: el conocimiento y la acción son sinónimos para los saqueadores-
La voz de Klaus resonó en la mente de Lizar, que no dejaba de extraviarse en el horizonte de un apasionado romanticismo.
-Tenemos lo necesario para cambiar el mundo- susurró el hacker, embriagado en la utopía de su fantasía, mientras contemplaba con adoración a ese androide de ojos dorados que había imaginado desde un principio convertida en guerrera y en libertaria. Noriko, sencillamente no los comprendió. Pero sabía que tarde o temprano sería contagiada por sus anhelos.

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