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Capítulo 44: RESTAURACIÓN

Mamuro acababa de dar el comunicado a la población informando del desmantelamiento de la administración de Tezuka y de la instauración del shogunado. El misterio había terminado y la Galaxia pronto sabría de lo sucedido en ese satélite recóndito y marginal que se atrevía a burlar el poder de la Liga de Monopolios. En realidad, el plan inicial de mantener un aura de confusión en torno a los sucesos de la colonia había sido modificado porque desde Yukio comenzaron a llegar señales inequívocas de apoyo de algunos jerarcas disidentes a Yamato que se mostraban más que interesados con la postura de legalizar el coleccionismo. Con una gran rapidez de maniobra, Mamuro había explicado a la población que la ola de allanamientos había sido tan masiva que sostener la prohibición era imposible y que estaba dispuesto a indultar a los transgresores si estos aceptaban integrar la formación del nuevo estado. El golpe, además de certero, se había realizado con una velocidad insospechada y los acontecimientos se precipitaban a su favor superando las perspectivas más optimistas. El plan, funcionaba con una perfección demoledora.
Mamuro estaba incrédulo. Luego de una vida dedicada a la labor de inteligencia, primero bajo la agonía del Imperio del Sol y finalmente bajo otra agonía, la de los monopolios, las circunstancias lo habían convertido en un impensado estadista. Ahora todas las decisiones pasaban por él. Le costaba creerse a sí mismo en la cima del poder. Pero su serenidad característica le permitía afrontar esa responsabilidad sin sentirse desbordado por ella. Todavía tenía mucho por hacer. Debía reorganizar la política administrativa, económica y policial de la colonia. Y la única guía que poseía eran esos antiguos registros que poblaban su biblioteca. Archivos que había sustraído de la biblioteca imperial cuando fue reclutado por Yamato para incorporarse a la policía de Tezuka. Archivos que narraban la historia del bajo imperio nipón, ese que nadie recordaba, y que solía ser denominado Imperio Bakufu o Shogunado Matsumoto. Eran historias del pasado remoto de la colonización espacial. Historias que lo habían fascinado desde pequeño. A partir de ese momento, no solo era su portavoz, sino también su restaurador. “El restaurador Mamuro”, se describió a sí mismo, como si se soñara el hombre legendario de una futura narración histórica. La no historia impuesta por la cultura de los monopolios había llegado a su fin. Al menos, mientras durara su osado gobierno.
Con una sonrisa en el rostro, se extendió en el sillón de la sala de estar de su apartamento y bebió una taza de té. El Shogunado Matsumoto era una fuente de inspiración, pero no le serviría para resolver sus problemas, ya que vivía en una era completamente diferente a la de los primeros siglos de la colonización espacial. Sin embargo, tenían algo en común. El Shogunado Matsumoto también partió de un sistema corporativo. Solo que esas corporaciones se disolvieron para convertirse en casas daimio bajo la tutela del guerrero Matsumoto. Pero él no tenía el apoyo de ninguna corporación. Solo de jerarcas disidentes pertenecientes a Yamato. Así que su poder, hasta el momento, era un grano de arena, era un ejemplo a seguir para restauradores del mañana. Había algo poético en su accionar. Era el primero en iniciar un cambio tras una larga sucesión de guerras interestelares entre sistemas en decadencia.
Se frotó los ojos y su sonrisa se apagó para tornarse una mueca de preocupación. Soñar despierto no le serviría de nada. Tenía que dedicarse a cuestiones urgentes. La primera era militarizar, a través de la policía, todos los puntos de la colonia. Debía aplacar lo más prontamente posible toda oposición. El coleccionismo debía estar regido por el aparato estatal, así que tenía que neutralizar el mercado negro. Y eso significaba desmantelar las organizaciones criminales de Koyama. Las dos prisiones de la colonia no bastarían para encerrarlos, así que tenía que despoblarlas, al menos la de los masculinos, abriendo el puerto para enviar a los reos a Yukio. Debía eliminar los índices de desocupación para mantener a la gente activa y evitar las revueltas. Así que había ordenado la puesta en marcha de todas las fábricas abandonadas de Yamato, ahora suyas, para construir una flota de guerra capaz de soportar la posible embestida armada de la Liga de Monopolios. Por supuesto, tenía que impedir la formación de sindicatos e imponer una filosofía de vida dedicada, sin contemplaciones, al poder del shogunado. La apertura del coleccionismo debía estar sujeta a una importante tasa impositiva, ya que sería el pilar de la economía de Tezuka. Imaginaba a viajeros de toda la Galaxia visitando el satélite para comercializar objetos. La administración de Yukio tenía que caer para permitir el flujo de cruceros. Por eso, incitar a los disidentes de aquel planeta, la capital del sistema de Ohashi, era una prioridad. Además, no podía olvidar a los fugitivos que escaparon al exterior de la colonia. Debía enviar una nave exploradora para escanear el satélite y hallarlos.
Terminó de beber el té y comprendió que necesitaba mudarse de su apartamento. Necesitaba construir un palacio. Rodeado de jardines. Y lo suficientemente fortificado para neutralizar cualquier atentado. Además, le encantaría tener su propia casa de té para celebrar con sus allegados más íntimos el chanoyu, un antiquísimo ritual que provenía de los tiempos de la Tierra. Ese deseo lo dejó pensando. Era una lástima que las corrientes religiosas se hubieran extinguido. Aunque su poder resultaba peligroso, las creencias permitían un rápido control de la población. Quizás, en el futuro, elaboraría algún tipo de metafísica con la intención de adormecer a la gente. Claro que era un arma de doble filo. Imperios completos cayeron ante los tentáculos del yugo sacerdotal. Se preguntó si ese agujero en los registros históricos que enlazaba a los bajos imperios con la formación de los nuevos se debía al intento de borrar la existencia religiosa en la era de la colonización espacial. Pero ni siquiera su enorme conocimiento de la historia era capaz de responder a esa pregunta.
Por fin, cerró los ojos y se quedó dormido en la comodidad de su sillón. Su pequeño mundo había cambiado. Y él era, ni más ni menos, que su hacedor.

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