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    Los Obscuros de Ciudad Isla (Borrador cifi Pulp)

    Titulo: Los Obscuros de Ciudad Isla

    Colección Pulp Cosmos No. 3.
    Copyright ©2021 Sean B. Riot.
    Copyright ©2021 Artifacs Libros (artifacs.webcindario.com)
    Algunos derechos reservados (CC-BY-NC-SA)

    Capítulo 1 (Versión final)

    Era el año 330.033 del cómputo terrestre, la era dorada del Gran Éxodo. Las inmensas naves colonia habían abandonado mucho tiempo atrás el sistema solar hacia la conquista de otras estrellas.

    Para un joven de veinte años aquellos eran tiempos inciertos, pero no menos emocionantes.

    La historia sobre cómo un chico como Sixx, nacido y criado en el huevo protector de una nave colonia, llegó a formar parte de una temeraria tripulación de roqueros mercenarios puede que sea curiosa y suscite interés. No dudo de que no faltarían oídos para ella. Pero yo la creo superflua y tediosa en comparación con la historia que siguió a la recepción de su primera Alerta Omega a bordo de la nave corsaria Statuskúo.

    Preparénse. Todo lo que van a ver, oír y sentir les resultará difícil de creer.

    Pero el Cosmos es como es y, como la canción, nos canta solo una verdad: ¡Aceptadme o... iros al infierno!

    * * *

    —¡Ey, Barón! ¡Alerta Omega en todas las frecuencias! —clamó la voz de soprano de Jedningarna por el intercomunicador.

    En aquel momento Sixx estaba con Barón en la sala de armas. Al oír el aviso, el líder del grupo se levantó de un salto del sillón de la cabina de psicoaudio, diciendo con una extraña sonrisa: —¡Yeahhhh, tenemos trabajo!

    Sixx vio a Barón sacar de la sala su cuerpo de espagueti de dos metros de altura. Ignorando qué demonios era una Alerta Omega, el inexperto grumete se descolgó la guitarra del hombro y la dejó en un soporte vertical junto a otra decena de ellas.

    —¡Ey, Barón, espera! —gritó Sixx corriendo tras él.

    Lo alcanzó en el corredor de acceso a la cubierta superior, justo al comienzo de la escalera. Barón habló sin girarse, sin dejar de ascender escalones con su peculiar forma de andar de hombros balanceantes.

    —Saca a Obús de la nevera y subid los dos al puente. Lo quiero presto. —chasqueó dos dedos en la última palabra.

    La nevera no era un frigorífico, solo era la palabra que usaban para referirse a las extrañas cámaras con forma de féretro donde a veces dormían los tres mercenarios. Sixx había entrado una vez en una, pero él prefería dormir en la litera que había en el almacén de electrónica de la bodega de carga. Cuando entrabas en la nevera y cerrabas la tapa, te aislabas de todo sonido externo. Sixx no había llegado a acostumbrarse todavía a eso.

    La sala de las neveras estaba cerca de las escaleras, en la cubierta inferior. Sixx entró corriendo y fue derecho a la nevera de Obús. Abrió la tapa. El roquero de cara pintada en blanco y negro se incorporó como un vampiro a punto de atacar.

    —¡BUH! —le gritó a Sixx.

    Sixx dio un brinco y, en el sobresalto, casi le soltó a Obús la tapa de la cámara en la cara. El mercenario, aún tumbado, abrió mucho los ojos y dio una gutural carcajada, sacando su larga lengua rosada, como si el rostro de pavor que acababa de presenciar fuese la cosa más graciosa del universo.

    Sixx giró la tapa hasta apoyarla abierta en un lado y dijo, molesto. —Venga, déjate de bromas. Barón dice que hay reunión en el puente.

    —Ji ji ji, tenías que haberte visto la jeta. —Obús sacó los brazos y las piernas y se impulsó para salir de la cámara.

    El cuerpo de Obús era igual de delgado que el de Barón, pero no era tan alto. Obús era el más bajo de los tres. Barón le sacaba dos cabezas a él y una cabeza a Jedningarna.

    —¿Qué significa Alerta Omega? —preguntó Sixx mientras se aprestaba por el corredor para seguir el ritmo del roquero.

    —¿Una Alerta Omega? —Obús apretó el paso frotándose las manos y sonrió sacando la lengua. —Jajá, significa... —y cantó con esa voz quebrada que a Sixx le parecía siempre fascinante. —Alza tu ojos del suelo y pronto verás la lluvia y el destello púrpura del cielo. Porque somos el relámpago eléctrico antes de la tormenta que va hacerte libre: ¡Oh... Ciudad Isla!

    Llegaron al puente de mando. Barón y Jedningarna estaban de pie mirando una pantalla estelar con una ruta de navegación marcada. El destino era un planeta. Obús se unió entre ellos posando un brazo sobre los hombros de cada uno.

    —Bueno, ¿dónde es la fiesta? —dijo Obús.

    Sixx los observaba desde atrás. Esos cuerpos parecían más caricaturas humanoides que cuerpos reales. El uniforme del trío era bastante simple. Botas negras con adorno de cadenita holgada en el talón. Ajustados pantalones negros de lona. Ajustadas camisas negras, a veces eran blancas, bajo chaquetas o abrigos de satinada fibra negra. Siempre llevaban las caras pintadas del mismo modo: base blanca con estrellas, círculos o triángulos en negro, pero cada uno con su eterno diseño. Los tres cuidaban con frecuencia de sus leoninas melenas azabache, largas hasta los hombros.

    Sixx había empezado a dejarse crecer su propia melena. También vestía como ellos, aunque su cuerpo no era tan delgado y había tenido que conseguir las ropas por su cuenta en las estaciones de paso y espaciopuertos pirata. Su altura era casi pareja con la de Obús.

    Jedningarna informó sobre las novedades: —La colonia Antecesor envió un SOS clase Omega hace cuatro años. Están en el planeta Kade-426. Si agotamos las reservas de combustible podemos llegar allí en tres días.

    —Pon rumbo al planeta, —dijo Barón—. Acto seguido giró a medias el torso y miró hacia Sixx con la cabeza inclinada, con una oreja casi paralela al suelo. Una sonrisa llena de dientes le dijo: —Tendrás que ensayar a tope, Sixx, o no saldrás de esta.

    * * *

    La nave corsaria surcaba el espacio de la pista supralumínica rumbo a Kade-426 mientras sus cuatro tripulantes se hallaban reunidos en la sala de armas. Barón ajustaba los controles y lecturas en la cabina de psicoaudio. Jedningarna, Obús y Sixx llevaban colgadas al hombro sendas guitarras psicoeléctricas.

    Jedningarna probaba una sencilla escala ascendente de dos octavas mientras Sixx observaba atento.

    Las manos del trío eran maravillas de admirar. Parecían pequeños jamones colgando de brazos del grosor de tubos de aspiradora. De unas anchas palmas nacían dedos larguísimos, fuertes y de una destreza sobrehumana.

    Los dedos de Jedningarna recorrieron el mástil del arma con una velocidad prodigiosa, pero Sixx la había visto tocar otras veces mucho más rápido.

    —¿Ves el nivel de psicoergios, Sixx? —Barón le señaló un indicador en el panel de control del amplificador de Jedningarna.

    Sixx vio cómo giraba la aguja. —Ajá.

    La aguja se había detenido en 810 pse.

    —¿Puedes superar eso? —retó Barón.

    Obús soltó una muda risita y miró al suelo.

    Sixx miró a Barón sonriendo: —¿Estás de broma?

    Luego apretó la púa entre los dedos de la mano derecha y se lanzó a ello para darlo todo. Imitó la escala con una ágil mano izquierda y añadió un adorno extra para acabar en una nota una octava más alta. Sostuvo la nota ahí, la hizo vibrar durante dos segundos antes de matarla con un rápido rasgado descendente.

    Jedningarna y Obús sonreían y asentían hacia su líder. El grumete había tenido buenos maestros.

    Barón comprobaba la calidad del sonido en el osciloscopio de la mesa de pistas.

    La aguja del amplificador de Sixx se detuvo en 2.230 pse.

    Sixx miró su aguja y se llenó de orgullo. —¿Cuándo vamos a ensayar en serio?

    —No te lo creas tanto, —dijo Barón haciendo una seña a Obús. —La habilidad no solo está en la técnica.

    Obús tocó un acompañamiento con el psicobajo de dos lentos compases con cuatro y cinco notas respectivamente.

    La aguja de Obús marcó 15.530 pse.

    Jedningarna rasgó entonces un simple acorde de tres notas. El sonido fue muriendo en la sala mientras la aguja llegaba hasta 18.600 pse.

    Sixx no podía creerlo. —Pero ¿cómo... cómo es posible?

    Jedningarna respondió. —No te preocupes, tu técnica es alta. Eso lo consigues practicando con las manos.

    Obús prosiguió mostrándole su psicobajo. —Pero estas armas necesitan más que eso.

    Barón habló ahora. —Necesitan tu energía interna para funcionar. Y eso es lo que tienes que aprender a liberar. Tienes que aprender a sentir cuando tocas, Sixx.

    —¿Sentir? ¿Sentir qué?

    Jedningarna intentó explicarlo: —No sé cómo llamarlo, sentir el rollo, el fluir. El dejarte llevar cuando tocas una canción. Como si no fueses parte de ella.

    Obús objetó mirando de soslayo a Jedningarna: —O haciendo todo lo contrario. Estando atento, como cuando improvisas.

    Jedningarna asintió, concediendo también eso. Barón concluyó: —No hay una sola respuesta. Nosotros podemos guiarte en el camino, pero debes encontrar tú mismo tu propio modo de hacerlo.

    —Entiendo, —dijo Sixx.

    —Si no alcanzas un nivel mínimo, estas armas no funcionarán en tus manos, —dijo el líder.

    —Y el mínimo generalmente no te garantiza la supervivencia, —añadió Jedningarna.

    —¿Cuánto es el mínimo?

    —Veinte ka pe eses, —dijo el líder.

    Sixx miró ojiplático al trío por turnos: —¡¡¿¿Veinte mil psicoergios??!!

    El trío rió ante la reacción de su pupilo.

    Obus le dio una palmada en el hombro: —Cuando le hayas pillado el truco un poco, te diré cuánto considero yo el verdadero mínimo.

    —¿Y qué pasa cuando llegue al mínimo? —preguntó Sixx.

    Jedningarna le dio otra palmada, riendo, y se descolgó el arma: —Entonces, chaval, es cuando cabalgas la tormenta.

    Barón le hizo una seña hacia los auriculares encima del amplificador. —Practica ahora sin oír lo que tocas. Solo acompaña lo que voy a ponerte.

    Sixx se colocó los cascos en la cabeza. y empezó a oír una canción que el trío tocaba a menudo. Pero algo iba mal. En lo que oía faltaba algo. No oía el sonido de la guitarra de Barón. La canción así no era la misma, estaba como coja.

    Sus dedos titubearon entonces por el mástil, intentando llenar ese hueco sonoro. Sixx notó que no necesitaba oír su propio sonido si lo cantaba en su mente, si lo tocaba por dentro. Unió su ritmo interno a la música y tocó la guitarra de ese nuevo modo silencioso y extraño. Llegó al estribillo y lo cantó en su mente con los ojos cerrados, sin notar que estaba cabeceando al compás. Sin notar que estaba siguiendo el ritmo con los pies.

    Pero un rato después tuvo que abrir los ojos al notar un calor en las manos. Había luz en las dos líneas amarillas que subían a ambos lados del mástil. Esas líneas estaban reluciendo y ahora se iluminaban también las ruedas de control en el cuerpo del arma. Mientras tocaba, la luz fluctuó y pasó de dorada a azulada.

    Se giró hacia su aguja. Marcaba 23.500 pse.

    Sixx estaba perplejo, pero no perdió el hilo. Miró al trio con una sonrisa antes de ver que la luz de la guitarra se tornaba poco a poco de color púrpura.

    Y cuando el color fue puro e intenso, comenzaron los relámpagos.

    Del cuerpo del arma surgieron rayos púrpura. Se disparaban en todas direcciones como ramitas de luz cristalizando en el aire a una velocidad asombrosa. La luz de los focos de la sala empezó a fluctuar entonces en tonos multicolor. Ora sumiendo el espacio en una tenue negrura, ora llenándolo de fogonazos verdes, turquesas y dorados.

    Sixx no había sentido nunca nada tan alucinante. Se sentía eufórico.

    El trío lo observaba con atención. Barón no dejaba de estudiar los diales e indicadores en la mesa de control. Obús y Jedningarna asentían al ritmo.

    Barón ajustó unos controles y cortó el sonido en los auriculares de Sixx.

    El joven dejó de tocar y la guitarra fue perdiendo rápidamente su ímpetu psicoeléctrico. Sixx se quitó los cascos con la sonrisa de quien termina el trayecto en una montaña rusa.

    —¡Ha sido increíble! ¿Lo habéis visto? Me sentía... sentía... —dio una breve carcajada pasándose una mano por la cara.

    Obús reía de brazos cruzados ante la reacción del grumete. Jedningarna inclinó el cuerpo y estiró un brazo para darle a su pupilo un afectivo puñetazo en el hombro.

    Barón le señaló la aguja en el amplificador.

    Sixx se giró entonces hacia el indicador.

    La aguja marcaba 45.600 pse.

    —No está mal para empezar, —dijo Barón. —Tienes leña de roquero. Pero tendrás que hacerlo mejor si quieres debutar con vida en Ciudad Isla.

    —¿Qué es esa Ciudad Isla? —preguntó Sixx mirando al trío.

    —Para entender lo que es Ciudad Isla, antes tienes que ver algo, —dijo el líder de la banda.

    [Fin cap. 1]
    Última edición por Artifacs; 19-Nov-2021 a las 13:33
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    Respuesta: Los Obscuros de Ciudad Isla (Borrador cifi Pulp)

    Capítulo 2

    Barón había pedido a Sixx que dejara la guitarra y le acompañara hasta la bodega de carga.

    Una vez allí, el líder giró la rueda de una estrecha y alta compuerta en una esquina de la gran bodega. La abrió del todo con un tirón y se hizo a un lado. En el interior solo había oscuridad.

    —Adentro, —lo alentó Barón con la mano.

    Sixx entró a ciegas, tanteando el espacio con las manos. Avanzó unos pasos antes de mirar atrás. Vio a contraluz la figura del roquero, quien entró y cerró la compuerta tras él. Ambos quedaron en completa oscuridad.

    —¿Por qué no hay luz aquí? —Sixx estaba habituado a ver indicadores luminosos por toda la nave. Los escalones tenían luces rojas circulares o cuadradas. Los corredores tenían líneas luminosas verdes, rojas o blancas en todas las paredes y por toda su longitud. Incluso en las oscuras salas de la cubierta de energía había siempre algún panel luminoso o control parpadeante.

    —Aquí no puede haber luz. Toma.

    Sixx sintió un toque sobre el hombro. Se llevó la mano ahí y sintió un objeto sólido. Lo cogió con ambas manos. Era un visor con una banda elástica. Se pasó la banda por la cabeza y se centró las gafas sobre el puente de la nariz. Todo seguía en la más completa negrura.

    —Como ves, estas gafas traducen en luz ciertas emisiones psicocinéticas.

    —Pues yo no veo nada. —Sixx giró la cabeza a su alrededor.

    —Se encienden con un botón a la derecha.

    Sixx tanteó el visor, encontró algo y lo pulsó.

    La estancia apareció ante él como si estuviera en el fondo de una pisicina a la luz de la luna. Todo a su alrededor era de un azul oscuro turbio y acuoso. Las líneas rectas de las paredes, de los contenedores y de los estantes ondulaban y se mecían lentamente, distorsionando sus formas y colores. El cuarto era estrecho, mucho menor que el almacén donde él dormía. Parecía más bien un ancho pasillo donde habían dejado cajas y trastos. A unos cinco pasos había otra compuerta frente a la primera.

    Miró hacia Barón fascinado por el efecto óptico. El roquero tenía puesto otro visor. Estaba de pie ante la puerta, cerca de una pared de donde colgaban otros cuatro visores de unos soportes. La figura del roquero también era incierta, como todo lo demás, pero era de un tono azul más claro, más intenso. Sixx se miró entonces las manos y el cuerpo. Su tono era casi el mismo que el de todas las cosas a su alrededor. Un poco más claro, sí, pero nada comparado con el del roquero.

    —¿Por qué brillas tú más que yo? —preguntó Sixx.

    —El color solo indica energía en una escala de frecuencia. Yo emito más energía que tú en esta frecuencia particular. Si me vieras con un visor sensible a la frecuencia infrarroja, tú brillarías más que yo.

    Barón caminó hacia la otra compuerta. Colocó ambas manos en la rueda y se giró hacia Sixx.

    —Lo que hay detrás de esta puerta puede que te asuste, pero tú tranqui. No puede hacerte daño ahí dentro.

    Giró la rueda y tiró de la compuerta, pero se detuvo antes de abrirla del todo, diciendo. —Al menos en teoría.

    Terminó de abrirla y se hizo a un lado, como la primera vez.

    —Pasa y echa un vistazo. Yo te espero aquí.

    Sixx avanzó un par de pasos y miró el interior desde una buena distancia. La otra sala era más pequeña, cuadrada, y parecía oscura y vacía, salvo por una gran esfera de intenso azul encima un turbio pedestal.

    —¿Y no entras tú conmigo?

    —Es mejor entrar solo la primera vez.

    Sixx avanzó hasta quedar junto a Barón y se asomó en el umbral. La forma de azul intenso, casi blanco, no era una esfera en realidad, solo ocupaba un contenedor transparente con esa forma. Vio que aquella cosa tampoco tenía forma, que era como una bruma, algo que flotaba como el humo a la luz de un foco.

    —Pasa dentro. Tengo que cerrar la compuerta. Cuando quieras salir, da unos golpes y te abriré.

    Sixx dudó un instante antes de entrar. La esfera estaba en el centro de la sala, a unos diez pasos de él. Sixx se giró hacia Barón.

    —Puedes cerrar, —le dijo.

    La compuerta selló la estancia con un golpe. La rueda chirrió al otro lado. Todo quedó en completa oscuridad. Sixx se giró hacia el centro de la sala.

    Aquella cosa había escapado del contenedor y estaba ante él, un viscoso humo ovalado de un color celeste intenso. Sixx dio un paso atrás y notó la compuerta a su espalda.

    El óvalo le escrutaba con un abismo negro, un gran ojo formado de incontables y tintilantes espirales diminutas, como lejanas galaxias. El óvalo empezó a oscurecerse, a pasar a un intenso tono negro, pero diferente a la negrura de la sala. Era un negro rojizo, un color intenso, aunque muerto. Sixx empezó a sentir algo emanando del óvalo. Las galaxias en el abismo enrojecían de odio, de furia.

    Y sin aviso previo, del óvalo se abrió una franja vertical de profunda oscuridad donde un universo agonizante estallaba lanzando hacia Sixx un billón de espinosas agujas y el agudo alarido preternatural de un billón de consciencias.

    Un excruciante dolor dominó todo su ser y él se sintió desfallecer. Pero no era un dolor físico, sino la agonía de la pérdida, la aflicción de la insoportable nostalgia por un anhelo de existir, sumada al odio por lo existente. Era una fantasmal tristeza que le ordenaba a su vigor abandonar toda esperanza, todo afán siquiera por respirar.

    Sixx sintió la llamada a la Muerte.

    * * *

    —Los llamamos Obscuros. —Obús dió un largo trago de la garrafa de etanol, la misma que usaban también como disolvente en el taller de electrónica.

    Los cuatro se habían reunido en la cocina para la comida del día. Sixx no podía entender cómo podía el trío sobrevivir a base de etanol puro e inyecciones de extraños fluidos destilados en vez de comer algo sólido como carne o un simple puré de verduras.

    Pero había muchas otras cosas que no entendía, así que los hábitos alimentarios de la tripulación de la Statuskúo no tenían un lugar especial en su enciclopedia del misterio.

    Esos Obscuros eran una nueva entrada en el volumen.

    —Pero el término técnico es energía oscura o algo así. —concluyó Obús dejando la garrafa con un golpe en la mesa.

    Jedningarna vertía un fluido espeso y verde desde una lata hasta unos tubos de jeringa graduados. —El universo está lleno de esa energía. Está entre las galaxias y, en menor medida, dentro de ellas.

    Barón tomó una de las jeringas llenas y se pinchó un muslo con ella. —Es una energía con consciencia. Interactúa con todo lo que emite y recibe energía psicocinética. Aunque hay mucha, el universo es muy grande, por eso es muy difícil encontrarla. Pero vaga por el espacio y, a veces, se topa con un planeta con víctimas de las que alimentarse.

    Obús tomó también una jeringa y examinó su contenido al trasluz de un foco del techo. —Cuando una colonia detecta una plaga de Obscuros, envía una Alerta Omega.

    —Y ahí entramos nosotros. —Barón dejó la jeringa vacía sobre la mesa y miró a Sixx. —Y tú, claro.

    Jedningarna se inyectó un tubo de fluido verde en el brazo. —Los Obscuros siempre atacan las colonias controlando a la población. Convierten sus hogares en casas encantadas, crean fenómenos paranormales y vampirizan la energía psicocinética de las personas.

    Sixx lo absorvía todo con interés. —Ahí dentro, con ese Obscuro, sentí la Muerte.

    Barón lo explicó. —Nosotros pensamos que los Obscuros son los fantasmas de lo que estuvo vivo en el universo anterior a este. Como un ciclo natural. La energía que quede de nosotros formará los futuros Obscuros del universo siguiente y así sucesivamente.

    —Por eso controlan tan bien lo sobrenatural, —intervino Obús. —Es su elemento.

    Jedningarna habló: —Crean lo que nosotros llamamos Ciudad Isla. Un espacio donde la comida psicocinética cree estar aislada y encerrada. Es como una especie de despensa donde cebarse.

    Barón se levantó de mesa. —Practica con Jedni en la sala de armas el resto del día. —se giró hacia ella. —Que aprenda ya la puesta en escena y el tema de apertura. Solo tiene dos días.

    Jedningarna asintió. —Sip, cuanto antes, mejor.

    * * *

    En la Statuskúo había una sala que el trío llamaba El Camerino. Era un estrecho cuartucho detrás de la sala de máquinaria. El Camerino tenía tres espejos con marco de luces, tres asientos y un mostrador con cajones llenos de peines, laca y utensilios varios. Sixx estaba ahora sentado ante un espejo mientras Jedningarna estaba de pie tras él y le cardaba y cepillaba el cabello.

    Tras pocos minutos, alzó las manos y le miró en el espejo. —No hay mucho más que hacer aquí. No tienes mucha melena.

    —¿De qué sirve lo que hacéis en esta sala?

    —Aquí nos arreglamos, chaval. La puesta en escena es fundamental para el ataque colectivo. Actuando como una banda podemos alcanzar un elevado nivel psicocinético.

    —¿Por eso os vestís igual y siempre lleváis pintura en la cara?

    Jedningarna frunció el ceño y se miró en el espejo, moviendo la cara de un lado a otro: —¿Dónde, qué pintura?

    Sixx comprendió entonces algo de lo más insospechado: —Nada, es que pensé que... Um, ¿cómo es el tema de apertura?

    —El tema de apertura es vital para romper lo que llamamos La Barrera: la psicometría ambiental que aísla Ciudad Isla e impide que nada; y con nada me refiero a la comida, entre y salga del núcleo atacado.

    —¿Y es muy difIcil de tocar?

    —Nah. Lo complicado es invocar una tormenta del millón de psicoergios necesario para anularla. Por eso te necesitamos motivado a tope.

    —¿Y qué sacamos nosotros con esto? ¿Nos pagan después de hacer el trabajo?

    —El premio es la propia energía oscura. No tienes ni idea de la cantidad de energía oscura que se puede cosechar en Ciudad Isla. Sería imposible conseguirla de otro modo. Todo lo que ves funciona con ella.

    —¿Todo en la nave?

    —Desde el impulsor hasta las piezas de armamento. En el psiconúcleo de cada guitarra hay vinculado un Obscuro.

    Sixx estaba cada vez más interesado en toda esa historia de los Obscuros. En la nave colonia nunca había oído a nadie hablar de psicoergios, de energías fantasmales ni de Ciudad Isla.

    —Venga, —se levantó del asiento—. Quiero oír ese tema de apertura que habéis creado.

    [Fin cap.2]
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