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    Fluctuación cuántica Avatar de Zarcancel
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    20-October-2021
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    6

    CiborgDame, de Garduña, humancés y otros horrores

    Comienzo el tema para colgar parte de mi libro. Es de terror de ciencia ficción. Espero que os guste. Como no soy muy ducho a la hora de manejarme en foros, lo copiaré aquí.

    CUENTOS DE TRAPO

    Nona medía un metro y cinco centímetros exactos cuando cumplió cinco años. Le encantaba hablar risueñamente con su muñeca Caty, que siempre respondía. La niña llevaba a Caty en brazos hasta donde sus frágiles piernecitas le permitían. De trapo y costuras gastadas, la vieja muñeca le relataba cuentos maravillosos antes de dormir.
    Nona nunca abandonaba la casa porque el sol podía matarla. Era muy débil y escuálida, y su mamá la quería tanto que, por exceso de amor y celos, no le permitía salir a la calle. Nona permanecía en casita, bien atendida. Pero a Caty no le gustaba la madre de Nona, a quien siempre miraba con odio, oculta desde su escondite, cuando entraba para alimentar y asear a su hija.
    —Nona, cariño… ¿Has ido al baño tú solita hoy? Nona, querida… ¿Te gusta el jersey que estoy confeccionando para ti?
    —¡Sandeces! —gritó un día Caty, asustando a la niña―. Esa mala víbora te hará daño, Nona.
    ―No digas eso sobre mamá, Caty. Mamá siempre me cuida porque yo no puedo moverme bien, y por eso tengo que ser muy buena.
    —¿Sabes, Nona? ―dijo la muñeca de trapo mientras se dejaba caer al suelo desde la mesilla y luego trepar a la cama—. Yo antes era tu hermana.
    ―Eso es mentira. Mamá me dijo que solo yo soy su hija.
    ―No, querida… Hoy la historia que te voy a contar ocurrió hace mucho tiempo… Yo antes vivía en esta casa cuando era muy pequeña. Papá me subía a sus hombros y jugábamos en el jardín al sol.
    —¡Mentirosa! ¡El sol es malo!
    ―No para todos, querida hermana… El caso es que antes yo tenía unas piernas de verdad, unos brazos reales y una adorable melena de tirabuzones. Un día papá enfermó y mamá Cecilia lo cuidaba. Pasaron los días y cada vez papá se levantaba y hablaba menos, hasta que unos hombres de negro lo metieron en una caja de madera y se lo llevaron en un coche negro. No volví a ver a papá.
    —¿Te refieres a mi papá?
    ―No, Nona. Al mío… Un día yo también caí enferma. Mamá dijo que el sol me causaba mal y yo la creí. Cada vez estaba más débil, cada vez dormía más y apenas podía mantener nada en la tripita. Una vez la sopa estaba especialmente asquerosa, y no sé por qué se la tiré a la cara a mi madre y me puse a correr como una loca por la habitación. Escapé y me metí en el baño. Al mirarme al espejo vi que mi cara era totalmente blanca, los ojos se me habían hundido en sus cuencas y de mi gran melena apenas quedaban un centenar de pelos mal repartidos por mi abultada cabeza. Al echarme la mano a la boca comprobé que todos los dientes se movían y me desplomé de rodillas en el suelo. Desde aquel día mamá quitó todos los espejos de la casa. Mientras lloraba en el suelo, mamá abrió con su llave la puerta del baño y me dijo: «Caty… Tranquila… Toma tu muñeca». Cuando me quise dar cuenta, mamá ya me había puesto en la cara aquella vieja muñeca de trapo donde más de mil veces me limpié el vómito con sangre. Entonces, al abrazar a mi muñeca como siempre, un dulce y penetrante aroma me adormeció para acabar soñando que cruzaba un puente de cuero y trapo. Al despertar estaba inmóvil, encima de la mesilla, viendo como mi maltrecho cuerpo era velado por mi tía Silvia, mi madre y, sobre la mesita de noche, el retrato de mi sonriente padre conmigo cuando era niña encima de sus hombros.
    Nona giró la cabeza a su derecha y vio la foto enmarcada de un padre jugando a los caballitos con su hija. Los dos parecían muy felices.
    ―Caty, tengo miedo. ¡MAMAAAAAA!… ¡MAMIIIIIII!
    La muñeca de trapo saltó de la cama para volver a subir precipitadamente por la pata de la mesilla de estilo victoriano. A los pocos segundos, la puerta de la habitación se abrió de golpe y Cecilia Fuentes entró angustiada para sentarse al lado de su hija.
    ―Nona, cariño, ¿qué ocurre? ¿Has tenido otra pesadilla?
    ―Mami… ―dijo entre sollozos―. Caty dice que tú me haces cosas malas y que el sol es bueno…
    Cecilia sonrió al ver que una de las patas de la mesilla estaba reluciente, como si le hubieran quitado el polvo al pasar un trapo.
    ―No te preocupes, cariño. Creo que va siendo hora de hablar con Caty. ¿Quieres que te ayude a ir al baño?
    ―No, ya soy mayor. Puedo solita…
    Nona arrastró como pudo sus pesados pies de porcelana desde la cama para caer al suelo de pie, entre un leve tintineo de vajilla. Las pestañas de nailon se le habían enredado con la caída y con su manita de dedos fríos deshizo el lío y liberó su párpado basculante para abrir su ojo de cristal.
    Si mirabas fijamente a ese ojo podías ver, a través del transparente iris, el interior de su hueca cabeza de porcelana donde, a la altura de la nuca, se leían en letras color sangre «Industrias La Dame», así como su curioso logotipo con forma de cangrejo.


    DESPEÑAPERROS

    Las jaras se le quedaban pegadas en la ropa mientras que ramas y piedras golpeaban sus espinillas. Aun siendo un engorro correr en esas condiciones, nada podía detener a Francisco. En su vida había corrido tanto, que era lo único que tenía en mente. Pero la tenue luz de la luna le imposibilitaba huir. Aunque quizás en la oscuridad tampoco lo hubiera conseguido. Seguramente aquella criatura poseía visión nocturna. ¿Quién podría saberlo?
    Aficionado al periodismo del misterio que tan de moda estaba, y sin ser periodista, Francisco había encontrado lo desconocido, pero ahora se arrepentía de ello. Semanas atrás se propagaron rumores sobre avistamientos de ovnis en Despeñaperros, en los límites de Jaén. Aquel barranco era el foco de innumerables leyendas, tanto antiguas como modernas. Pinturas rupestres antropomorfas, luces extrañas, desapariciones…
    La carretera ya no serpenteaba a través de aquel salvaje paraje natural, sino que lo atravesaba sobre imponentes columnas de hormigón que sostenían una magnífica autopista. Al ser un parque natural, el acceso estaba restringido. Pese a todo, a sus treinta años, Francisco, fontanero por herencia familiar en Andújar, escuchó a sus hermanos cotorrear sobre una persona que afirmaba haber sido abducida y, como le encantaban los programas de misterio y los artículos de Internet sobre el mismo tema, se armó con su escopeta de caza con unos cuantas postas, cartuchos, cuchillo, un hatillo con comida para varios días y, engalanado con su ropa de camuflaje, se dispuso a colarse en el llano natural durante varios días.
    En su repertorio de supervivencia guardaba batería suficiente para recargar el móvil, una cámara con pilas extra, además de cuerdas, brújula y útiles de supervivencia, como latas de conserva. Sabía que la zona estaba habitada por jabalíes, por eso llevaba la escopeta además de un silenciador incorporado, no quería captar la atención de las autoridades si tenía que enfrentarse a bestias.
    Después de muchas horas de camino, tras dejar el coche en la casa de campo de un amigo que vivía en las proximidades, Francisco llegó por fin al desfiladero. Había esperado hasta que la gente comentara de nuevo acerca de luces en el cielo nocturno. El momento parecía idóneo. Se había descargado aplicaciones de rastreo en el teléfono, por si se perdía o lo abducían, pero si conseguía ver y fotografiar algún alien se forraría y saltaría a la fama, como invitado en multitud de programas de televisión y radio, por no hablar de convertirse en la estrella de Internet.
    Como protagonista de su particular cuento de la lechera, la noche lo sorprendió en el valle. Era verano y apenas hacía frío, de modo que sacó la cámara y con ella se entretuvo en enfocar el magnífico cielo estrellado. Cualquier cosa que se saliera de lo normal, como un viento muy fuerte o una estrella fugaz, era grabado de manera sistemática por la tecnológica cámara con detección de movimiento. A Francisco la tecnología le parecía abrumadora, pensaba que en un futuro próximo los humanos serían sustituidos por máquinas.
    Las horas transcurrían y Francisco perdía el ánimo. No sucedió nada hasta la última hora de oscuridad, cuando le pareció vislumbrar una luz blanca que iluminaba el terreno desde sus espaldas y que seguramente se tratara de los focos de un coche que circulaba velozmente por la autopista, pero aquello le animó a seguir una noche más, a ver qué descubría.
    El día resultó caluroso en extremo, Francisco apenas pudo dormir para mantenerse despejado durante la noche. No se movió mucho del sitio, y la tecnología le ayudó a entretenerse con tanto jueguecito como los de las maquinitas antiguas que él no pudo disfrutar de pequeño.
    Al caer la noche, una tímida luna iluminaba el valle. Sombras en las carreteras se proyectaban contra las rocas del abrigo donde Francisco había decidido aposentarse. Como la noche anterior, aquella también fue tediosa. Cuando la luna ya alcanzaba su cenit, Francisco se entretenía con el hipnótico juego de sombras que los coches proyectaban con sus luces al pasar: «Eso que parece un ciempiés es el quitamiedos… Eso que parecen llamas son las jaras que crecen en los arcenes… Eso largo con un círculo arriba es una señal de tráfico; seguro que para indicar la velocidad, porque es redonda…». En función del tipo de coche que pasaba y su velocidad, aquellas sombras se estiraban o bailaban. Al final se dejó vencer por el sueño.
    Lo despertó el ruido de su cámara al caer al suelo.
    —Qué susto.
    Pero solo habían pasado unos minutos, aún no eran las tres de la mañana. Al ver que en aquel abrigo no fotografiaría nada, recogió sus pertenencias mientras susurraba para escuchar su voz al reflexionar sobre sus observaciones:
    —Espera… Hay algo raro… Cada vez que pasa un coche la señal de tráfico parece agrandarse… A estas horas hay pocos vehículos, seguramente las luces de los camiones deforman demasiado las sombras… Uy, esta vez me ha parecido que la señal tenía finos brazos paralelos a su mástil…
    Intrigado, Francisco se atrevió a encender su potente linterna y alumbrar los alrededores. Jaras, pequeños árboles, unas grandes rocas a unos metros por encima de él sobre las que se veía la autopista… Pero nada. Nada fuera de lo común.
    Un coche volvió a pasar por la autopista y, a contraluz, justo por donde acababa de iluminar, los focos del lejano vehículo delataron una figura negra, larga, cabezona y delgada, con los brazos levemente separados del cuerpo. ¡Se le distinguían hasta los dedos!
    Ni cámaras, ni móviles, ni comida, ni leches… ¡Escopeta y a correr! Su curiosidad había desaparecido con el miedo del momento, desatando los más básicos instintos de supervivencia, entre ellos el más potente era el de escapar en dirección opuesta. Aquella figura delgada ya no pretendía estar camuflada y se dirigía rápidamente hacia él con unas zancadas sordas que parecían sortear la maleza. Francisco, que en ese momento parecía más un animal que un humano, zigzagueaba entre la maleza y las piedras, descendiendo rápidamente hacia el valle porque en ese momento huir cuesta abajo le pareció lo más lógico.
    En el fondo del valle se distinguía una tímida humareda a la luz de la luna y una tenue llama bien disimulada. Por el crepitar, Francisco intuyó que se trataba de una hoguera. Esto pensaba mientras corría con la escopeta al hombro. Es asombroso cómo podemos razonar sobre estas cosas en situaciones en las que nuestra vida depende de ello, pero el humano es gregario y a Francisco se le ocurrió que cuantas más personas hubiera más probabilidades tendría de enfrentarse a esa criatura que lo perseguía a escasos metros de distancia.
    La mala suerte propició que Francisco se tropezara a unos cien metros de aquella misteriosa hoguera, y después de rodar por el suelo, resolvió descolgarse la escopeta mientras se incorporaba para enfrentar al larguirucho. Esa figura tan delgada indicaba fragilidad.
    Su corazón parecía a punto de salírsele del pecho. En esos momentos hubiera disparado contra todo lo que se moviera, pero nada. El valle permanecía en silencio. Solo se apreciaba el tosco sendero que Francisco había trazado en la maleza mientras huía. Un coche volvió a pasar en la distancia y Francisco entrevió la figura, oculta detrás de una jara.
    ¡CHUP!
    El silenciador de la escopeta hizo su trabajo y el postazo salió sin apenas hacer ruido, atravesando la planta en dirección a aquel ser, que cayó al suelo del impacto. No sabía exactamente cómo, pero Francisco lo había alcanzado de lleno en aquel escuálido pecho. Un segundo después, vació el cargador de tres postas más para rematarlo, y una fracción de segundo más tarde estaba recargando mientras emprendía de nuevo su huida. No tenía pensado quedarse ahí quieto a que esa cosa se regenerara o incluso a que aparecieran sus amiguitos.
    A Francisco apenas le dio tiempo a recorrer tres metros hasta que percibió como la criatura se levantaba. En menos de un minuto, el ser le chocó con una fuerza semejante a un cochino huido del matadero. El fontanero rodó otra vez.
    Desde el suelo, mientras se recuperaba del impacto, Francisco distinguió claramente al bicho: alto, de piel gris y rugosa, con aspecto humanoide, cara inexpresiva y dos gigantescos ojos negros, almendrados, dispuestos casi en vertical. Ni nariz ni boca… Bueno, así al menos no le mordería…
    «¡Pero qué gilipollez! ¡Francisco, reacciona, coño!». La criatura se extirpó dos postazos aún incandescentes del pecho y el hombro. Lanzó los proyectiles al suelo. Sin saber cómo, Francisco, que aún conservaba la escopeta en las manos con un único cartucho cargado, disparó sin apuntar y acertó al ser en la cara.
    «Y a correr de nuevo que se ha dicho».
    El humano le sacaba bastantes metros de ventaja pero aquella cosa lo perseguía, derribando algunos árboles con los brazos. Se percibía su ira y a la velocidad que avanzaba pronto alcanzaría a Francisco. La hoguera estaba próxima.
    Después de saltar sobre unas jaras, Francisco llegó a un pequeño claro con una fogata rodeada con varios círculos de piedra, como se hacía antes. Al lado había un campista de pelo muy largo recogido en coleta, que parecía ajeno a cuanto sucedía y que se sorprendió al ver a Francisco aparecer a la carrera. Este pasó a su lado al grito de: «¡Corre!». Pero aquella criatura alcanzó el claro como una fiera, tumbando la vegetación a su paso. Se acercó a zancadas hasta donde estaba el hombre de la coleta y a Francisco no le dio tiempo a recargar su escopeta.
    El ser, que no parecía detenerse ante nada, asestó un golpe a aquel campista mientras miraba al asustado Francisco que, por fin, había sucumbido al miedo. Paralizado.
    Pero no ocurrió nada. El desconocido detuvo el golpe con una sola mano, agarrando al ser por el antebrazo, el cual se giró y esta vez intentó propinar un puñetazo con la mano libre. El impacto contra la cara del campista fue terrible y el chasquido del golpe sonó hasta devolver eco en aquel pedregoso valle, pero no se inmutó ni un ápice. Cuando el sonido se atenuó entre las laderas, el hombre rugió, adoptó figura animal, y levantó al ser por los aires, arrojándolo con violencia contra el suelo.
    Francisco seguía paralizado mientras lo observaba todo, la polvareda tras el súbito impacto y como aquel extraño hombre, que poco a poco dejaba de ser humano, aplastaba la cara del ser mientras con ambas manos le arrancaba el brazo. Era una especie de traje, estaba hueco.
    Una desequilibrada batalla se desarrollaba entre el polvo, iluminada por la hoguera y la luna que permitían entrever las sombras de ese hombre monstruoso que despedazó al otro ser en menos de un minuto. Parecía comérselo vivo. Francisco hubiera jurado que se había convertido en un monstruo peludo con garras, pero no lo pudo comprobar ya que se desmayó a causa del terror.
    Cuando despertó solo había una hoguera apagada bajo el sol matutino y algún socavón en la tierra, como si se hubieran revolcado unos jabalíes, además de unos agentes de la Guardia Civil pululando por los alrededores que le llamaron la atención para que se incorporase.
    Horas más tarde, mientras la pareja de la Guardia Civil se alejaba entre risas, burlándose de él después de haberlo metido en el calabozo, tomándolo por un borracho, un drogadicto o un loco, un peculiar hombre encerrado en la celda de enfrente fijó su mirada sobre Francisco.
    ―Me llamo Antonio, Toni para los amigos… Y yo sí te creo.


    NO TE DUERMAS

    Las revoluciones del motor eran las adecuadas para dejar el coche con el control de crucero activado. «Vaya mierda de semanita», pensaba Miguel mientras conducía hacia Andújar. Como siempre, a última hora del viernes le habían dado un aviso de mantenimiento para que acudiera a cambiar un programa que controlaba las máquinas de la planta de producción de biocarburantes, recientemente adquirida por CiborgDame.
    «Encima la puñetera radio no funciona». Era cierto. Los bondadosos compañeros de Miguel Olivares se habían encargado de tratar el coche que usaban para las emergencias de mantenimiento como un auto de choque. La radio no funcionaba, un piloto trasero estaba fundido, le faltaba un parabrisas… «Y eso que el coche solo tiene un año».
    El reloj marcó medianoche y a Miguel aún le quedaban por delante otras dos horas de viaje. No estaba mal para haber salido de Madrid tres horas antes.
    Un terrible pitido que casi infarta a Miguel, acompañado de una intermitente luz ámbar, indicaba que el coche rozaba la reserva de combustible. Por fortuna en la distancia se vislumbraba el cartel luminoso de una gasolinera con motel… o algo parecido.
    Una vez repostado el vehículo, Miguel notó que sus voluminosas entrañas crujían al retorcerse por el hambre, así que decidió pedir un bocadillo en el restaurante veinticuatro horas ubicado detrás de la gasolinera. «Un bocata no me sentará mal a estas horas», pensaba mientras le daba golpecitos a su prominente barriga de informático. Ya en la barra se dio cuenta de que solo tenía suficiente dinero para el bocata. Era un fastidio, ya que también le apetecía un café. Pero en ese momento su hambre era más poderosa que su razón.
    «Qué buen bocata de lomo con queso… Hmmm… Qué rico estaba». Pero ahora debía centrarse en conducir por la autopista cubierta de niebla, tan oscura y vacía a esas horas de la noche.
    Las líneas de seguridad del arcén sonaron cuando las ruedas pasaron por encima. La vibración hizo que Miguel se irguiera de golpe y corrigiera levemente el rumbo.
    —¡Joder! —exclamó mientras se daba un par de tortas para despertarse.
    Aquel dichoso bocata, combinado con la falta de radio, provocaban que las líneas marcadas en la autopista fueran hipnóticas. «Una raya… otra raya… una línea continua…».
    ¡PUM!
    Miguel volvió a erguirse de golpe. No sabía qué había sonado, tal vez algún bache o resalto en el firme. «Si sigo así no lo cuento». Una señal de área de descanso lo reclamaba desde los márgenes de la autopista. Estaba oscuro y cubierto de niebla, sin contar dos grados centígrados que marcaba el termómetro del coche. Pero Miguel estaba realmente cansado.
    «Bueno… A los de Andújar les dará igual que me presente una hora más tarde». Y sin intermitente ni nada, Miguel se desvió hacia la vía de descanso, al borde de la reserva de Despeñaperros.
    Todo estaba en silencio. No vio coches, ni siquiera circulando por la autopista. Cierta neblina se adhería al fondo de la cuneta con su rocío. Miguel se encontró en pleno campo, sin árboles a la vista, solo hierba y algún pequeño arbusto. Apagó el motor, las luces y cerró los ojos.
    Un punzante dolor de vejiga lo despertó. Los cristales del coche estaban completamente empañados, incluso chorreaba alguna gota. Hacía un frío terrible y Miguel encendió el motor de nuevo para que se desempañaran las lunas. Al encender las luces, una silueta difuminada por el agua condensada en las lunas lo sobresaltó. Fue solo un momento, tampoco había que asustarse, seguramente Miguel aún no tenía la mente despejada.
    Tras dejar la puerta abierta, Miguel se alejó unos metros del coche, se abrió la bragueta y, mirando hacia las estrellas, suspiró de alivio. ¡Qué cielo más maravilloso! Imposible de ver en la capital.
    ¡ZAS!
    Algo lo agarró de repente por el tobillo, rápido como un rayo, y tiró hacia atrás. El golpe de morros contra el suelo fue tan fuerte que Miguel se atontó durante unos instantes. Con esfuerzo se puso boca arriba y lo primero que notó fue que se había meado encima.
    «Vaya gilipollez… Algo me acaba de morder y yo me preocupo por mis pantalones». Todavía medio atontado y con la mano palpándose los doloridos morros, Miguel trató de enfocar con la mirada.
    Casi se le para el corazón.
    Efectivamente algo lo observaba fijamente a un palmo de su cara. Ojos amarillos, parecidos a los de los humanos, contorno de la cara también similar al de los humanos, sin pelo como los calvos, orejas largas y puntiagudas como las del tío ese tan famoso de Star Trek… Piel verdosa y escamada… Más dientes que un cocodrilo…
    «¿Una rana dentada? Miguelito… ¡CORRE!». Tan rápido como pudo, se incorporó y chocó de cara contra el ser. En ese momento Miguel se dio cuenta de que las escamas del bicho se le habían clavado y dolían como dardos emponzoñados. El impacto no fue suficiente para frenar a Miguel, pero esa cosa se mantuvo en el sitio, chirriando a tal volumen que podría hacer estallar un cristal. Miguel corría cuanto su voluminosa barriga le permitía. Solo unos metros lo separaban de su coche, con el motor aún encendido y la puerta abierta, perfecto para escapar.
    Era materialmente imposible que esa cosa alcanzara el coche una vez en movimiento. Ya se abrocharía el cinturón cuando estuviera en la autopista. Los ojos se le llenaban de sangre a causa de las escamas clavadas en su frente, estaba cerca del vehículo y esa criatura había dejado de chirriar un instante antes. «Solo dos zancadas más y…».
    ¡ZAS!
    De boca contra el suelo otra vez. Esta vez era el otro tobillo, pero aquel ser le agarraba con más fuerza. Miguel clavó los dedos en la húmeda tierra. «¿Por qué cojones me muerdo las uñas?». Gimiendo por el esfuerzo y el dolor, se dio la vuelta mientras la rana dentada lo arrastraba hacia ella. La verdad era que sí se parecía a una rana, así encorvada, aunque mucho más estilizada, con cuello y un metro cincuenta de altura. Su brazo también debía de medir lo mismo. El cuerpo de Miguel reaccionó para darle una patada en el rostro de la criatura.
    «Y ya van dos golpes, cararrana…». Pero la rana solo se dignó a girar la cara hacia él para mascullar un amago de sonrisa, mostrando una fila de dientes que dejaría en ridículo a cualquier dinosaurio.
    De un tirón aquel ser colocó a Miguel bajo su cuerpo. Otra vez cara a cara. El joven apenas se atrevía a moverse. Aquella cosa que olía a podrido emitía unos sonidos muy desagradables al respirar por su asquerosa boca. Lentamente, una puntiaguda lengua emergió entre tanto diente para lamer con parsimonia la sangre que a Miguel le chorreaba de la cara.
    Al dar un lengüetazo con la punta de su lengua, aquel ser hizo que unas gotitas de su saliva salieran disparadas hacia la nariz de Miguel, el cual no hizo ningún movimiento, ni siquiera respiraba, para no enfurecer más a esa cosa. Pero el cosquilleo y el olorcillo de los fluidos del bicho estrellándose contra sus paredes nasales le dieron ganas de estornudar. «Genial», pensó. Sin poder evitarlo, desde lo más hondo de sus pulmones estornudó tan violentamente que su propia saliva salpicó la cara de su verde oponente, sin que a este le diera tiempo a reaccionar.
    Un instante después la criatura soltó a Miguel para echarse las manos a la cara y chirriar como un descosido.
    «Esta es mi oportunidad». Miguel se incorporó. Tenía escamas clavadas desde la suela de la zapatilla hasta la planta del pie, pero no le importó. Retrocedió lentamente el par de metros que lo separaban del coche para no alterar aún más a su amiga la rana, quien se revolcaba en la tierra con las manos sobre la cara mientras chirriaba. Cuando por el rabillo del ojo Miguel percibió la puerta abierta, sin apartar la vista del chirriante ser, se sentó en el asiento del conductor y pisó el embrague. Liberó el freno de mano, metió primera y aceleró sin cerrar la puerta hasta que el coche rugió.
    Esa rana diabólica se calló de golpe e intercambió una mirada con Miguel, las escamas del rostro de la criatura se desprendían poco a poco y en las zonas donde faltaban se revelaba una asquerosa carne que palpitaba de dolor. La rana se colocó como lo hacen las ranas normales cuando van a saltar al agua. «Y ahora que sea lo que Dios quiera», pensó Miguel en el momento en que soltó de golpe el embrague.
    La rana se precipitó sobre él de un terrible salto. Las ruedas del coche rechinaban y resbalaban sobre la tierra como si fuera un rally. La tierra salía despedida tras los neumáticos y las piedrecillas se proyectaban como balas. El mundo pareció ralentizarse: aquella cosa saltando hacia el coche, con los brazos extendidos y sus dientes preparados, la tierra rebotando contra su cara…
    Y de repente, el coche hizo tracción.
    Miguel se aplastó de golpe contra el asiento, y esa cosa se enganchó al marco de la puerta para darse con la panza contra la chapa del coche. Veinte, treinta, cuarenta… ¡Setenta kilómetros por hora! El coche volaba como un cohete, provocando que la puerta se cerrara de golpe y amputase los dedos del monstruo. Mientras abandonaba a toda pastilla de la vía de descanso, Miguel vio por el retrovisor que aquello que le había atacado rodaba por el asfalto de la incorporación a la autopista.
    Miguel todavía no se lo creía. Un pitido en el coche advertía sobre el cinturón desabrochado y, con esfuerzo y maña, se lo colocó con el velocímetro a ciento treinta kilómetros por hora en cuarta, pero el coche no paraba de pitar. El joven miró los pilotos encendidos en el salpicadero. Una señal roja indicaba que en la parte de atrás alguien no se había acoplado el cinturón. Miguel tragó saliva y con la mano derecha ajustó el retrovisor hasta ver los asientos traseros. «¡Mierda!». Otra rana, esta vez azul.
    Lentamente, aquella rana puso las manos palmípedas en cada una de las hombreras de los asientos delanteros. Entre suaves chirridos introdujo su cabeza por el centro.
    —¿Qué es lo primero que enseñan en la autoescuela, bicho? —gritó Miguel. La rana azul se dispuso a morderle—. ¡A ponerse el cinturón!
    El repentino frenazo precipitó aquella cosa contra el parabrisas, que se hizo añicos a causa del impacto. El coche se descontroló entre derrapes hasta que dio varias vueltas de campana.
    Miguel se despertó gritando en la cafetería. Todos los camioneros de la sala se callaron para observarle, sentado en un taburete de la barra y con orina manchando sus pantalones. Debía de haberse quedado dormido mientras venía el camarero, el cual se acercó con cara de extrañeza y preguntó:
    ―¿Vas a querer algo, chico?
    ―Sí, por favor… Un café.


    SUPERVIVENCIA

    La boca se le hace agua. La zona drena los pocos fluidos que le quedan como una esponja, para proyectarlos por debajo de la lengua solo con pensar en comida. Hambre, y mucha. Ahora solo piensa en comer. Deshidratación y debilidad. Ya solo queda ella y, en cierto modo, eso la entristece.
    El desierto es un lugar carente de todo, pero perfecto para esconderse. Ya no hay nadie. La niña asoma la cabeza entre la chapa de un bombeo que hay en medio de aquel erial. Contempla, más allá de la valla que separa la arena de las delicadas válvulas y bombas, miles de cadáveres humanos y animales. Es físicamente imposible que a estas alturas la niña derrame una lágrima, pero sus ya marchitos sentimientos deberían haberla obligado hace tiempo. Todos los muertos se mueven y buscan aquello que permanece vivo.
    Planta, animal, persona… irrelevante, los cadáveres aprovechan el estadio físico del ser que antes vivía, y la muerte exprime todo su potencial. Los perros muertos corren, vuela la podredumbre en forma de buitre, los peces forman bancos de muerte para aniquilar a lo vivo en el mar, las plantas crecen hasta arrancar sus raíces del suelo, ya que lo muerto parece no esconderse bajo la tierra, sino sobre la misma, en movimiento.
    Todo se mueve hasta devorar y asimilar lo que parece fresco. Cuando los muertos se han podrido o estropeado tanto que son incapaces de moverse como antes, desarrollan otros miembros sin hueso que les permiten desplazarse para saciar su hambre de vida. Las partes sueltas se acaban uniendo para mejorar la movilidad.
    Ciertamente es asqueroso, pero todos los muertos parecen marchar en la misma dirección. ¿Querrá decir eso que allí, en la cima de los lejanos Andes, queda alguien vivo?
    Antes de todo esto, Atacama ya era un desierto. La niña pudo escapar gracias a que ya no había mucha vida en el entorno cuando todo empezó, y se ocultó en la caseta de un bombeo cuyo acueducto, enterrado en la arena, cruzaba el desierto desde una planta desalinizadora en la costa hasta una mina en los Andes a la que suministraba agua. A la niña le resultó imposible huir por el mar, ni hacia el norte, una extraña neblina azul formaba una barrera mortal que mataba a cualquier ser que la atravesaba.
    Pasaron los días y se agotaron las reservas hasta que, por accidente, de una improvisada estantería cayó una radio de onda corta que se encendió con el impacto.
    Y con estas melodías y entonaciones nos despedimos hasta mañana, si las baterías nos lo permiten.
    ¿Era acaso una emisión grabada? ¿Volverían a emitir mañana? El terrible sol desértico azota de nuevo las chapas de la caseta. Para Javiera resulta imposible soportar aquel sol letal que la mataría en unas horas a fuerza de radiación térmica. Es mejor descansar durante el día y abrigarse en las gélidas noches.
    Parece que las criaturas merman su actividad durante las horas oscuras, ya sea por la falta de sol o el drástico descenso de temperatura. Sin embargo, es evidente que, a menos que alguno de esos muertos aún conserve los ojos, no reaccionan a la luz de una linterna, como sí ocurre con los despojos que se han unido para formar aquellos seres tentaculares que se arrastran de manera anómala.
    Cuando Javiera apunta al exterior con la linterna recargable solo atrae a los muertos que parecen conservar la capacidad de visión. Cuanto más fresco es el cadáver, más intenta trepar por la valla. Javiera debe tener cuidado de que no la vean los que antes fueron pájaros, porque se abalanzarían sobre ella. También ha de ser precavida con lo que antes era perro, gato o rata, ya que son muy ágiles mientras no se hayan corrompido.
    No importa que se les cercene la cabeza o se les dañe el cerebro, al poco tiempo el inerte cuerpo aprendería a moverse solo, generalmente arrastrándose o rodando hasta que desarrolla tentáculos y se apelotona poco a poco con otros desperdicios más pequeños.
    Javiera reza para que el resto del mundo se mantenga aislado de esta catástrofe.
    Antes de volverse a dormir, ya entrada la mañana, la niña enciende la emisora de onda corta. Una voz se escucha con claridad.
    Buenos días, mis pulgas del desierto. Buenos días para aquellos que después de este panorama consiguen sobrevivir como pueden. Hoy, encerrado en mi recién nacida locura, os deseo que paséis un feliz jueves… Un magnífico jueves lleno de reuniones zombis, atascos zombis, broncas de vuestros jefes zombis y cualquier rutina de vuestro encierro en este mundo zombi de hoy… Así que, sin más dilación, os voy a poner las argucias de los locos años veinte en yankielandia, mientras las baterías lo permitan. Como os dije antes, feliz jueves, hashtag mundozombi.
    En cuanto suena el jazz Javiera se propone un nuevo objetivo en su vida: encontrar al hombre de la radio. La emisión apenas dura una hora antes de cortarse abruptamente.
    Javiera examina la inmensa sala eléctrica del bombeo hasta encontrar un cuadro lleno de baterías interconectadas, en todas figura la marca del fabricante, CiborgDame, junto con su logotipo, un cangrejo que parece compuesto por piezas metálicas.
    Javiera no está versaba en electricidad, pero sigue los cables hasta el techo y comprueba que en el exterior de la chapa del tejado hay paneles solares. Es evidente que aquel hombre de la radio se encuentra en otra estación de bombeo, y que transmite desde allí.
    Javiera sabe que ese acueducto cruza el desierto, y que existen varias estaciones de bombeo a lo largo de su recorrido para garantizar que el agua llegue a la mina, en la falda de los Andes. Lo había visto en un reportaje de la televisión. Gracias a ese acueducto las mineras del entorno dejaron de explotar glaciares naturales en la cordillera andina. A pesar de su juventud, Javiera deduce que no debe de estar muy lejos de la otra caseta, ya que la pequeña emisora carece de gran alcance.
    Después de sopesarlo hasta mediodía, Javiera decide emprender la marcha durante la noche, siguiendo las señalizaciones que marcan por dónde discurre el acueducto subterráneo y aprovechando la merma de actividad de los muertos. No le queda más remedio, si permanece en esa caseta morirá sin remedio.
    Tras un reparador descanso, la niña abre con mucho cuidado las verjas del bombeo y, bien abrigada, sigue con paso raudo la flecha reflectante que indica la dirección de la tubería. Esas cosas a su alrededor parecen moverse a cámara lenta, los que aún conservan su forma humana permanecen sentados, a cuatro patas o tumbados, ya que cuando se enfrían acaban tropezándose. Javiera se orienta con el oído para no recurrir a la linterna, pero aun así la enciende ocasionalmente y alumbra el horizonte para divisar las señales clavadas en el suelo. Hay una cada cien metros, más o menos.
    Ni siquiera necesita rodear las dunas, ya que para la construcción del acueducto retiraron arena con máquinas y una duna tarda siglos en formarse, además de las continuas labores de mantenimiento que mantienen un camino. De vez en cuando se topa con un enorme amasijo de tentáculos en mitad de la senda, que intenta agarrarla cuando percibe a la niña, pero Javiera es más rápida y los esquiva con facilidad.
    Con cien señales contadas, más o menos, vislumbra una caseta que debe de ser el siguiente bombeo. No hay una luna especialmente grande pero la sílice de la arena del desierto reflecta la luz. No se ven muchos muertos entre ella y la caseta, y Javiera acelera un poco el paso, ya que dentro de poco saldrá el sol.
    Craso error. Los pasos de la niña atraen a un muerto bastante grande en medio del camino. Parece rápido. Javiera aminora la marcha hasta detenerse, ya que también ha alterado a los muertos de su alrededor. Aquel muerto grande cada vez se acerca más, con pasos firmes. Es muy esbelto… Carece de forma humana. Más bien parece… ¡Un avestruz!
    Javiera se acuerda de una granja avícola que hay en las proximidades del río, donde la tierra es más verde, así que no se sorprende de encontrar al animal, pero aquel avestruz parece un cadáver fresco. Le falta un ala y cuando se acerca lo suficiente se aprecian mordiscos en sus patas. Sus ojos son muy grandes, situados a dos metros de altura, y comprueba los alrededores. Javiera se oculta detrás de un muerto bastante gordo que cojea en dirección a los Andes. Con suerte el avestruz se olvidará de la niña y seguirá en la misma dirección que sus congéneres, pero la desgracia hace que el gordo se tropiece y ruede duna abajo, dejando a Javiera al descubierto, que capta la atención de la gran ave, la cual no se demora en emitir una especie de siseo mientras corre como loca hacia la niña, Javiera se asusta y huye. Corre cuanto puede hacia la caseta del bombeo.
    Las patas del avestruz se clavan en la arena con suma facilidad, y Javiera zigzaguea entre los muertos para que su perseguidor tropiece con ellos, pero aun así el ave le pisa los talones.
    A escasos metros de la caseta un tentáculo enorme, parte de un amasijo inmenso, se dispara como un látigo hacia la niña, que lo esquiva con facilidad. El tentáculo golpea al avestruz muerto y en seguida asimila al animal, salvando a Javiera de ser picoteada hasta la muerte. Ella escala la caseta, que resulta ser un simple puesto de control de tuberías que techaba una arqueta.
    Una vez dentro, Javiera abre la tapa de la arqueta entre jadeos. Es una cavidad de apenas cuatro metros cuadrados y otros cuatro de altura, en cuyo fondo se halla una esclusa para abrir el paso de la tubería. La tapa de la arqueta es circular, como las alcantarillas de una ciudad. En ella se aprecia el logotipo de CiborgDame. Parece que todo el acueducto pertenece a la misma empresa.
    Javiera se siente muy débil para continuar con la marcha, demasiado débil para cualquier cosa debido a la falta de alimento. Así que, con los nervios por haber sido perseguida, se introduce en la oquedad y asegura la tapa.
    Se siente débil…
    Con el primer fulgor de la mañana, la niña conecta la emisora de nuevo y ajusta el volumen casi al mínimo.
    Buenos días desde el otro lado del arenoso mar… Aquí tenemos unos dulces veinte grados desérticos debido al sotavento contra las dunas. Día tranquilo, sin movimientos en el peso chileno ni el euro, complementando así la mañana con un poco de baladas nostálgicas y desamor… Saludo a todas las muchachas que quieran apuntarse conmigo a tan tedioso viernes… O lunes… O lo que sea… Con falso amor, con verdadero cariño y con ganas de ardiente vida…
    Durante el resto del día, en el que apenas concilia el sueño, Javiera escucha como aquellas cosas cruzan sobre su cabeza. Han derribado la caseta, quizás porque perciben a Javiera en su interior. Por fortuna son incapaces de retirar la tapa de la arqueta y al final desisten antes de reanudar su camino hacia los nevados Andes.
    La noche cae, y con energías que salen de no sabe dónde Javiera emprende la marcha de nuevo, siguiendo las tuberías. Con suerte encontrará otra arqueta de rotura o el siguiente bombeo. Una vez se asegura de que no hay muertos alrededor, abandona su escondite.
    Las chapas y maderas de la caseta están desperdigadas a su alrededor. Algo ha cambiado. Esa noche ve más pegotes de carne tentaculados que muertos con forma humana o animal… Mejor para ella, mientras que no se acerque mucho a uno de esos amasijos no corre tanto peligro.
    Maldición. Hay una torreta que ponía «Repetidor de radio» cerca de la caseta, alimentada por paneles solares. Eso indica que el locutor de la misteriosa radio podría encontrarse en cualquier sitio… aunque si la emisora de onda corta es capaz de recibir se debe a que esa frecuencia se reserva para obreros y, por lo tanto, una de dos: o se emite desde la mina o la desaladora. Benditos reportajes de la tele, cuanto se aprende con ellos. ¿Dónde dirigirse? Los Andes están más cerca que el Pacífico, y Javiera tiene que jugársela y seguir su camino.
    Después de varios kilómetros esquivando a la muerte, algo rompe la armonía de gemidos y deslizamientos zombis… El ladrido de un perro que zigzaguea para esquivar tentáculos. Javiera se aproxima para comprobar si el perro está infectado o no, pese a la crueldad de comérselo, la niña está famélica.
    Pero Javiera es testigo de cómo una gigantesca masa tentacular de varias toneladas de peso asimila al pobre animal, medio hundido en una duna tras sus desesperados intentos de escapar. Peor aún, la niña ha bajado la guardia, cegada por el hambre, y se ha sentido atraída por el perro sin darse cuenta de que el propio animal ha atraído a su vez a la muerte en estado puro. Esa masa gigante asimila a las más pequeñas hasta conformar ese gigantesco Goliat de perdición. Ahora Javiera está rodeada, y todas las masas a su alrededor reptan, se arrastran o ruedan hacia ella.
    La niña debe dar el todo por el todo y Javiera echa a correr a la desesperada, con la esperanza de encontrar otra estructura perteneciente al acueducto.
    ¡Bingo! Después de una pequeña carrera se topa con otra caseta con arqueta. Totalmente desesperada, comete una locura al abrir la escotilla de la tubería de un metro de diámetro, rezando para que no se encuentre inundada. No puede permitirse un descanso, de algún modo sabe que si se detiene morirá por agotamiento y debe aprovechar el tirón de la adrenalina.
    La tubería está vacía. Javiera se introduce y asegura la arqueta antes de reptar por el conducto, sin saber qué encontrará al otro lado, ni siquiera es consciente de que exista una salida, pero la desesperación la empuja a continuar sin descanso.
    Varias horas, válvulas antirretorno y arquetas de rotura más tarde, sin saber si es día o noche, escucha algo en la tubería. El conducto desemboca en un gran depósito medio lleno. Javiera se hidrata como una posesa mientras nada hasta unas escaleras de gato en el otro extremo del tanque. El ascenso es de unos quince metros. Abre la escotilla exterior pero el panorama que contempla es desolador.
    La mina a cielo descubierto se ha colmado de carne podrida que proyecta tentáculos para escapar del atolladero. Es formidable, Javiera jamás ha visto nada parecido. Un inmenso pegote de carne negra que cada vez que intenta alzarse fuera con sus tentáculos gigantes desprende la tierra allá donde se apoya. El sonido es intenso, y recuerda a una especie de tempestad amortiguada. La tierra tiembla con suavidad bajo el peso de tan ingentes toneladas, los tentáculos menos formados se fragmentan bajo su propio peso al intentar alzarse y los pedazos que caen son asimilados por la gigantesca masa de carne putrefacta.
    Pero al fondo…
    Allí, al final de la cantera, en unas cabinas en altura de un puente grúa que se alza varios metros sobre el agujero, parece que hay luz… ¡Tiene que ser él! ¡El locutor! El problema es llegar hasta allí.
    Aquella cabina de grúa tiene un cuello que se adentra unos veinte metros hacia la excavación, y ofrece cierto aire de seguridad. Desde la cima del depósito, Javiera aprecia varios paneles solares atados con torpeza al techo y las ventanas de la cabina. La pasarela que conecta el resto de la mina con esa máquina está derribada. Por debajo, la gigantesca masa eleva sus tentáculos hacia la gran estructura metálica, incapaz de alcanzarla. Aún.
    Javiera se encuentra en otro entresijo industrial, una zona repleta de tanques y pequeños edificios de los que brotan cables. Todos ellos convergen en un edificio con unos transformadores eléctricos inmensos, los cuales parecen alimentarse de unos cables de alta tensión que rodean el exterior de la excavación, pasando muy cerca de aquella enorme grúa.
    Está decidida. Seguirá avanzando. De perdida, al río.
    Debajo del tanque de agua los muertos se aglomeran en las vallas de contención y se precipitan al hoyo cuando las rompen. Javiera desciende por las escaleras de caracol que circunvalan el tanque, aprovechándose de la lentitud de los cadáveres. La zona está vallada, pero dentro hay más cadáveres de obreros que han conservado bastante bien su forma humana.
    Gracias a su pequeño tamaño, la niña se sirve de los conductos de ventilación de una pequeña nave alargada cuyo muro se acerca a los transformadores eléctricos. Dentro hay polvo de la actividad minera, y en las zonas horizontales se acumula en gran cantidad. Un polvo más fino que la propia arena del desierto.
    Cada vez que pasa sobre una rejilla de ventilación Javiera observa que unos diez metros por debajo de ella los muertos empiezan a aglomerarse, mirando hacia arriba. Algunos con los brazos extendidos, otros arrastrándose, pero todos con sus ojos clavados en el conducto que la niña atraviesa. Javiera lamenta causar tanto ruido.
    Más o menos a la mitad del recorrido, un extractor tapona el conducto. A Javiera no se le ocurre nada salvo rodearlo por debajo, donde hay otra rejilla. Como es pequeña su cuerpo le permite colocarse y propinar una contundente patada a los barrotes. La rejilla cae y provoca un estruendo que atrae más muertos por un portón abierto. Se aglomeran bajo Javiera. Las cuerdas vocales de esos muertos están intactas, y emiten largos gemidos. A medida que se aglomeran, los gemidos parecen ordenarse y cantar al unísono en una macabra y monótona melodía.
    Javiera alcanza la malla metálica bajo el extractor que protege frente a la succión del ventilador. Tras varios tirones es evidente que no logrará desprenderla. Decide descolgarse y desplazarse sobre la rejilla, de unos dos metros cuadrados. Aunque Javiera pese poco, algunos remaches de la rejilla ceden a medio camino y la niña se precipita fuera del conducto.
    Su grito de terror aglomera más muerte bajo ella. La niña cuelga sobre los muertos con un suave y chirriante balanceo. Los remaches del lado aún sujeto empiezan a saltar, pero a Javiera le da tiempo para tranquilizarse, darse la vuelta y escalar con comodidad el tramo restante. La otra rejilla de expulsión está medio desatornillada, y menos mal, porque el protector del que Javiera cuelga no hubiera aguantado otro tirón. El resto del conducto soporta perfectamente el tránsito y finalmente la niña sale por la bajante exterior del otro lado de la nave.
    Sigue viva. Pero desfallecimiento y rendición son conceptos que su cuerpo empieza a sopesar. Algo en su interior la impulsa a continuar. A duras penas trepa la verja del transformador y golpea con sus puños los alambres, ya que no le queda aliento para gritar. El ruido atrae a obreros zombis que se apelotonan por fuera para intentar comérsela. Javiera los observa hasta divisar a uno que lleva un cinturón de cuero.
    El trenzado de la verja forma una estructura de rombos, y ella tiene las manos tan pequeñas que no le cuesta desabrocharle el cinturón al zombi, incapaz de poder levantar sus brazos o morderla a través de los espacios. Un rápido examen a la prenda basta para cerciorarse de que no la impregna una sola gota de sangre infectada. Ha elegido a ese muerto porque los mordiscos que lo infectaron están en sus piernas.
    Javiera escala el entramado de la pequeña torreta que sirve de acometida eléctrica al transformador, y cuando llega a la tirada que pasa por encima de la cabina del puente grúa se ata al cable sirviéndose del cinturón. Así avanza, reptando por el grueso conductor, demasiado alto para que la muerta carne atascada en la mina pueda alcanzarla.
    Repta firme y rauda por el cable hasta llegar a la mitad de su camino. La cosa de abajo alza largos tentáculos que vuelven a caer por su propio peso. Muy lejos para atraparla, y eso reconforta a Javiera. En pocos minutos esa cosa deja de moverse y proyectar tentáculos. Algo va mal. La tierra tiembla, se escucha el característico estruendo de los temblores a distancia. La niña, después de habitar tanto tiempo en la zona, deduce lo que está por acontecer.
    Un terremoto.
    Javiera se abraza al cable con todas sus fuerzas, no quiere desprenderse y caer sobre esa cosa, no después de haber sobrevivido hasta ahí.
    Justo debajo de ella se aprecia que el amasijo forma un gigantesco montículo, semejante a un volcán. Ese gigantesco forúnculo se contrae y retuerce como si fuera a explotar, y de él, como un poderoso géiser, sale proyectado hacia la niña un chorro negro que la empapa, cubriendo de negro cuanto hay a su alrededor. El impacto es tal que Javiera grita mientras los cables se agitan con violencia. Queda colgada únicamente por el cinturón.
    Javiera está paralizada mientras cuelga de las axilas, justo cuando los cables se estabilizan. No es el miedo a caerse, ya no le importa, pues esa cosa la ha infectado… ¡Un momento! Ese olor le resulta familiar. Esa textura espesa y ese color negro … ¡¿Qué?!
    —¡Petróleo!
    Lo que acaba de suceder carece de sentido pero sí, es petróleo, limpio y negro como el alpechín. Cuando comprende que sigue consciente y puede moverse a su voluntad, se aferra de nuevo al cable. El petróleo lo ha lubricado y ahora Javiera se desliza con facilidad. Además, la línea eléctrica cede en caída, siguiendo su curvatura natural hasta la cima de la cabina. El petróleo también ha sacudido la grúa y despertado al extraño locutor que la mira con las manos en la cabeza desde la ventana, a unos veinte metros de distancia.
    Javiera desabrocha el cinturón y se deja caer un par de metros del techo de la cabina. Abre la escotilla y se descuelga en el interior, donde un hombre aterrorizado se pega contra una de las paredes mientras la examina con la boca abierta. El suelo repleto de latas huele al orín y excrementos que se acumulan en una letrina.
    —¿Estás viva? ―pregunta entre balbuceos un tembloroso locutor aficionado.
    El ataque es veloz, el más rápido que Javiera ha hecho impulsada por el hambre. Se tira de un salto sobre el cuello de aquel hombre para clavarle sus colmillos y drenarle sangre.


    QUE ALGUIEN SE APIADE DE ÉL (I)

    Cuando el portal se oscureció, él dio vuelo a su negra capa para escurrirla, y con la misma inercia se volteó para no volver a mirar atrás. El tacón de sus botas resonaba al compás de la lluvia, estrellándose contra el suelo de granito. No recordaba dónde había dejado el sombrero, también de cuero, pero se percató de que las gotas de sus mejillas no eran lluvia.
    Hemos dicho que no mira atrás, solo al frente. Hacia el infinito de aquellas estrechas calles abarrotadas de tristes carruajes que empezaban a cubrirse de un manto otoñal. Una noche para siempre recordar. Una noche en la que el mayor adversario te deja su marca en el corazón, a modo de bonita cicatriz… esas son las peores. «A veces que te perdonen la vida es peor que acabarla luchando», seguramente pensaría si en ese momento su mente le dejara hacerlo. Pero solo una fea cara de jugador apenas se entrevé entre las grasientas greñas.
    No existía solución alguna. Cuando a un mercenario se le pagaba, debía retirarse del juego, aunque él no quisiera. Pero esa vez era justo, porque se había dado cuenta de sus propios errores; quizás demasiado tarde, pero lo había hecho. No se atrevió ni a mirar a los ojos a su viejo purasangre, de cicatrices cubierto por las otras batallas perdidas. Afirmó con fuerza el ebúrneo cuerno de la silla y calzó la bota en el metálico estribo.
    Un fuerte espoleo bastó para que resonara el triste relincho, cuyo eco se debió de oír durante décadas rebotando en las angostas calles. Y, como dije, sin mirar atrás, se marchó consciente de que mientras aquellos besos no estuvieran en sus labios sino en su mente, estarían en su corazón.
    Madrid no dejaba de ser un tugurio de perdedores. Un charco podrido donde asquerosos sapos se comían a sus asquerosos renacuajos. Eso es lo que le encantaba de aquella época.
    Aún con el rostro pétreo, de alguien que no quería pecar de extrovertido, descendió una angosta calle pavimentada con charcos y adoquines. La lluvia persistía y las ruedas de los carruajes, atestados de señoritos, inundaban con ruidos las calles adyacentes.
    Un viejo cartel colgado de uno de los antiguos despachos de empresas La Dame, pintado de rojo, con su característico escudo donde se representa un cangrejo marino, cedió delante de sus narices a causa de los estragos del óxido.
    Él ni se inmutó, ni siquiera aminoró su firme trotar. Bajo su peso, el caballo destacaba con brillos rojizos cuando alguna farola de gas se dignaba a alumbrarlos. Chapado a la antigua, sus negras ropas de tosco aspecto lo aparentaban un cruel capataz, ilusión que no se alejaba mucho de la realidad.
    Mendigos nauseabundos con terribles amputaciones infectadas se vislumbraban en escondrijos entre los edificios. Las desgarradas mancebas dominaban esquinas de bocacalles, indicando que el jinete ya se había adentrado en los despojos de la ciudad.
    Él confiaba en su montura. Tanto es así que apenas la amarraba en la caballeriza de un tugurio de mala muerte donde entraban desgracias y solo salían pesares. Cuando puso pie en el local se hizo el silencio. La gente lo miraba. Él se dirigió sin levantar la vista a la mesa del fondo, donde se sentaban tres gorilas tan animales como rufianes que se repartían la nueva moneda vigente entre vinos y bobaliconas risas.
    ―¿Qué es lo que miras, alfeñique? —increpó uno de los tarugos.
    El capataz por fin habló con voz templada.
    ―Miro que os sentáis en mi mesa.
    Uno de los rufianes se levantó con un grito de bestia estúpida, pero a medio camino se paralizó de golpe mientras una fina punta de acero le asomaba por la espalda, a la altura del corazón. El capataz había levantado el brazo muy rápido, por debajo de la capa, y cuando esta cedió en menos de un segundo descubrió una empuñadura de marfil de un anticuado florete de acero que ensartó a la bestia sin esfuerzo alguno.
    Sin recoger las pesetas de la mesa, los otros dos animales huyeron despavoridos del local, acompañados por otros clientes repentinamente afectados por el miedo. El resto de parroquianos devolvió la mirada a su vino como si no hubiera sucedido nada.
    Con el mismo sonido que emitían los cuchillos de carnicero al afilarse, la delgada hoja salió del cuerpo del tarugo, y de una firme sacudida el capataz la escurrió, proyectando la infecta sangre sobre el suelo de escoria.
    Al sentarse dirigió la voz hacia la barra.
    ―Ponme lo de siempre.
    ―A mandar, caballero.
    Un triste posadero sacó media botella de vino y un vaso de cristal porque sabía que hoy su oscuro cliente estaba herido. Llevaba ya un par de años sirviéndole.


    CÓDIGO NOE 1.0

    Y allí estaba, maquillándose como siempre. Su piel blanca la remataban esos labios rojo sangre, y sus ojos… Ojos verdes que hacían que la piel de cualquier hombre se pusiera de gallina por la belleza que desprendían. Su cabello, aunque teñido y alisado, era el sumun de la perfección… ¡Qué brillo! Cabellos merecedores de sus cuidados frente al tocado de su habitación. «Pero… ¿qué narices hay en la puerta?».
    Noe se giró bruscamente con el susto, empuñando el cepillo con fuerza. Le había parecido percibir una sombra negra. Silenciosa y tímidamente, apareció su gato negro, tan bello y cuidado como ella, pero en versión felina y de ojos amarillos.
    ―Ah… Eres tú.
    Y lo estrechó con ternura contra su perfecto busto.
    Ropas negras, medias de malla, botas altas de suela gruesa con engastados de chapa cromada… Alguna sutil cadena, minifalda ajustada, un buen corsé y chupa de cuero. ¿El toque final? Por qué no, tres gotas de perfume, el mejor…. Y dispuesta a comerse Argüelles, como cada sábado.
    Qué bella ciudad le parecía Madrid durante la noche. Jóvenes eufóricos, borrachos ya por las calles, colindando los bajos donde se reunían sin apenas conocerse los amantes de lo lúgubre, el heavy y el rock and roll. Aún era pronto y todavía los forofos del fútbol discutían por las calles de Madrid, también borrachos, sobre la derrota o victoria de su equipo.
    No era normal que Noe acudiera tan pronto a su cita semanal para castigar el hígado y romper algún que otro corazón, pero aquel día era distinto. El sábado anterior hizo migas con un chico y deseaba reencontrarse con él y, con suerte, desatar alguna pasión. Pero…
    A veces Noe se distraía, como en aquel momento. Al acudir por su camino de costumbre estaba atravesando un callejón y no se dio cuenta de que hinchas de un equipo bebían cerveza a la salida mientras despotricaban sobre su pérdida. Al percatarse, la joven paró en seco, lo que provocó que sus múltiples abalorios metálicos resonaran con gran estruendo. Craso error.
    Uno de los hinchas con bufanda de su equipo se dio cuenta de la presencia de la joven que, aunque tenuemente iluminada, se transformó en una diana en medio de la oscuridad debido a la especial luz que reflejaba su blanca piel. Entre sonrisas malvadas y comentarios en voz baja, el grupo de energúmenos —porque eso eran en aquellos instantes— avanzó lentamente hacia ella.
    Noe se dio la vuelta al instante mientras sacaba su móvil y empezaba a deshacer su camino a paso acelerado, pero…
    ―¡Ops! ¿Este móvil no tiene ya unos años, tío?
    Detrás de ella se encontraba otro grupito del mismo equipo, que debía de estar siguiéndola. De un movimiento rápido le arrebataron el teléfono.
    Noe no sabía qué hacer… Se acabó. Nadie la oiría gritar en aquel callejón perdido. Tardarían demasiado en encontrarla si aquellos chicos la agredían. Su cuerpo reaccionó de golpe y arrancó a correr, pero dos pasos más allá uno de los trogloditas la sujetó del brazo y le dio un tirón, arrastrándola hacia los suyos. Cabezas rapadas… Lo que la faltaba… Cuando estaba a punto de suplicar con un «No, por favor» se escuchó claramente un crujir de huesos a unos metros.
    Todo volvió entonces al silencio y los cabezas rapadas miraron a su alrededor. Tenuemente iluminado, un charco de sangre brotaba de un amasijo de lo que parecía carne, huesos y una bufanda del equipo perdedor. Un grito ahogado seguido de otro crujir de huesos se extendió por la oscuridad del callejón. Así, uno tras otro.
    Por arriba, por debajo… Todos aquellos burdos neandertales eran atacados por una cosa que se camuflaba sin emitir ruido, más negra que el averno. Un tirón desplazó al captor de Noe a un par de metros de ella y se oyó de nuevo el terrible crujido. Finas salpicaduras de sangre y un chorretón de restos que parecían orgánicos regó la pared frente a la chica.
    Todo acabó en pocos segundos y Noe ya no podía ni respirar, directamente no podía ni pensar, paralizada mientras algo de su misma altura, con figura similar a la humana, caminaba en silencio hacia ella. La luz de las lejanas farolas que iluminaban en inglete el callejón revelaron dos pies y espinillas que pretendían ser copias humanas. Pero aquellas piernas carecían de piel, eran músculos negros y opacos pero no sangrantes, y de tendones que parecían artificiales. Aquellos músculos parecían fabricados con… ¿nylon?

    Lo único que se distinguía en otro color era un logotipo en forma de cangrejo rojo estampado en el talón junto a una marca, CiborgDame.


    DESCANSO

    Javiera se levanta con un cuerpo de ochenta kilogramos aún enganchado a sus colmillos. Jura que ha sido la mejor experiencia vivida hasta la fecha. Jamás había pasado tanta hambre, y saciarla ha sido reconfortante. Normalmente se alimenta de leones marinos, perros, guanacos… Los humanos solo los cata cada varios meses, cuando algún mendigo con la mente destrozada cruza los páramos que bordean la costa en busca de gente más bondadosa.
    El locutor se retuerce de dolor y nervios sobre el suelo. Javiera vislumbra el calor que disipa su sistema circulatorio y la actividad aberrante de su sistema nervioso, desincronizada con su mente, que funciona a toda vela. Al ver que el locutor va a entrar en shock y su corazón explotar, lo reduce contra el suelo con la fuerza de una máquina.
    ―Tranquilo, no voy a matarte.
    El pulso poco a poco se relaja. Los ojos del hombre regresan a sus órbitas y su cuerpo comienza a funcionar como un reloj. A los pocos minutos, continúa nervioso y su miedo se huele a kilómetros.
    ―Eres… Eres… Eres… ¿Eres… una cosa… de esas?
    ―No.
    ―Pero… Me has mordido. ¿Voy… voy a convertirme en zombi?
    ―No.
    ―¿Quién o qué eres?
    Javiera nota que el locutor ya se halla fuera de peligro y lo suelta con suavidad. Examina los alrededores de la gran cabina de mando de la magnífica grúa situada encima del agujero de la mina. Hay cuarto de baño colmatado que rebosa por el suelo, un despacho diminuto y hasta un pequeño cuarto salón con artículos de cocina como nevera y máquina de café, sin contar la ostentosa electrónica de control y ordenadores en la sala de mandos, a la vista de toda la maquinaria que se suspende sobre el gran tajo a cielo descubierto.
    ―No soy humana.
    ―Eso es obvio… Entonces eres un vampiro, ¿verdad? ¿Me voy a convertir en vampiro?
    Javiera no acostumbra a sonreír, eso se lo reserva para cazar pederastas, pero si fuera humana se le habría escapado una carcajada.
    ―Mi especie se asemeja más a un reptil que a un murciélago. Ni siquiera nos afectan las mismas enfermedades. Y no, no te convertirás en lo que soy. Mi especie hace uso de la reproducción cruzada. De hecho, somos vivíparos, pero no mamíferos. Las hembras de mi especie somos un ejemplo de evolución convergente y mimética, como vuestros expertos describen.
    El herido locutor no sale de su asombro. En cuanto sus brazos parecen obedecerle se echa mano al cuello para comprobar la gravedad del mordisco. Las heridas ya tienen dos grandes postillas y apenas han pasado dos minutos desde que esa especie de niña lo soltase. A sus ojos, Javiera parece una dulce niña delgadita y sucia, de una melena corta de cabello negro y rizado. Sus ojos son una especie de mezcla de marrón y verde, y sus manos y uñas parecen absolutamente humanas.
    Javiera rebusca en el pequeño almacén de alimentos hasta encontrar un paquete de galletas saladas y una botella de agua para dárselas al locutor. En la pared hay una ficha técnica con la plantilla de empleados y sus turnos.
    Después de unos minutos de calma, el radioaficionado se incorpora y abre el paquete de galletas.
    ―Déjame adivinar, pequeña… No me has matado porque necesitas comer para sobrevivir…
    ―Correcto…
    El locutor la interrumpe.
    ―Shhh… Y también es obvio que harás lo necesario para mantenerme con vida, a mí y a todas las personas que te encuentres a partir de ahora hasta que encontremos un lugar donde esta catástrofe no haya llegado, si es que no se ha extendido ya por todo el mundo. Así pues, si te voy a alimentar de manera indefinida como si fuera ganado prefiero que nos hagamos amigos. ¿Tienes nombre, niña?
    ―Para los humanos soy Javiera y tengo setenta y tres años, caballero.
    ―Eeeehhmmm… Vaaaale… Yo me llamo Gilbert Serrano. ¿Setenta y tres años? ¿Vas a crecer más?
    ―Las hembras de mi especie crecen y maduran de manera similar a la humana, salvo por el detalle que nuestro ciclo vital abarca más de un milenio. Debes descansar, el sol saldrá y yo reposo durante el día.
    ―Así que te pareces más a un vampiro clásico de lo que sugieres, ¿cierto?
    ―No. Simplemente carezco de glándulas sudoríparas y permanecer bajo el sol me causa incomodidad.
    El día transcurre sin incidentes. Casi al anochecer, después de dar las buenas tardes, Gilbert ofrece el cuello a aquel extraño ser con forma humana que lo sacaría vivo de aquel lugar.
    ―No, gracias. Con un litro semanal en condiciones de reposo me mantengo. Además, ayer estabas repleto de adrenalina.
    ―Es bueno saberlo, ya me había preparado para los mareos. Por cierto, aún queda agua sanitaria, por si te quieres lavar.
    Mientras Javiera se limpia el petróleo reseco pegado a su piel, un fulgor interior la hace mirar a su entorno con atención, como si escuchara más que viera. Gilbert la observa en silencio hasta que la chica, de tres saltos, sale por donde entró el día anterior.
    Fuera solo se escuchan los monótonos y repugnantes sonidos de la muerte hecha una inmensa masa y el locutor, temeroso de que Javiera lo hubiera abandonado, coloca una silla para subir a pulso por el tragaluz del techo. De vez en cuando, la tierra tiembla levemente debido al peso del gran amasijo de podredumbre que alza sus tentáculos hacia la grúa, y entre esos leves vaivenes Javiera mira lentamente el horizonte a su alrededor y señala una de las estrellas del cielo.
    ―¿Una estrella? —pregunta Gilbert—. ¿Es un mal augurio o algo así que un humano corriente como yo no sabe interpretar? Lo sabía, esto es obra del demonio…
    ―No, eso no es una estrella. Es un misil.
    En el cielo brillaban cuatro estrellas con más intensidad de lo normal, y sus destellos no son regulares. Si Javiera está en lo cierto, el objetivo de esos misiles es evidente… La masa letal bajo ellos.


    QUE ALGUIEN SE APIADE DE ÉL (II)

    El capataz observaba por el patético ventanuco de un viejo campanario cuya campana no repicaba desde hacía años. Ni palomas ni ratas osaban molestarlo, solo la lluvia. Malditos diciembres, como todos los anteriores que él recordaba, unos treinta y muchos.
    Una ajada bolsa de cuero llena de pesetas y pagarés reposaba sobre unos guantes, capa y botas, todos de cuero. Varios sombreros de ala ancha fabricados en América colgaban del barbuquejo sujetos a la pared. Un can, tan viejo como el tiempo, miraba al infinito con sus ojos blancos y se esforzaba por emitir un ronco ladrido mientras sus largas orejas y su papada se balanceaban al compás de su lamento.
    —Tranquilo, perro. No me he olvidado de ti.
    Un trozo de carne muy tierna, de primera calidad, cayó junto al hocico del animal, que se debatía en masticarlo. Sus articulaciones ya no eran lo que fueron antaño, rastreando y mordiendo, disfrutando de la caza humana.
    ―Descansa, perro. Esta tarde volverás a cazar.
    Otro lamento a modo de buenas noches era la señal para extinguir una apestosa vela marrón, tan vieja como las cosas que aquel nido contenía. Aquellos ojos perrunos no veían, pero su olfato era el mejor. Los oídos tampoco andaban mal, incluso lo despertaron cuando una fuerte pisada de bota a un par de metros resonó en sus tímpanos.
    El can ya se lo conocía, y antes de ladrar siquiera alzó su nariz hacia el pagaré que el capataz le acercó.
    Un solo hombre, muchas mujeres, uvas fermentadas, oro…
    Arrastrándose como pudo, el sabueso buscó con su nariz la ventana para olfatear el aire. Las mismas uvas fermentadas… oro… más oro… muchas mujeres… uvas… mujeres… oro…
    Después de varios minutos de esfuerzo, una brisa trajo el olor de un hombre en concreto y el sabueso giró su cabeza de golpe en la dirección de la que venía. Ya no podía mover ni el rabo, pero su amo sonrió mientras guardaba el pagaré que le había colocado sobre los hocicos. De tres zancadas dio un salto hacia el exterior que la oscuridad de la noche reclamaba poco a poco.
    Un nublado diciembre, frío y escarchado como ninguno. Sucia agua de las nubes y blanco humo de las máquinas a vapor comulgaban en el cielo para concebir copos de nieve gris. El capataz mataba el tiempo mirándolos. No había dos iguales.
    En poco tiempo el sol tocaría a muerto tras la sierra de Gredos, y el capataz debía colocarse sobre el tejado exacto. A tiempo vencido, una cuerda estrangulaba una chimenea de un alto tejadillo donde se escuchaba pianola, señoritas y vasos de alcohol. El roce de la cuerda al resbalar ahuyentaba a los gatos.
    A la altura de la ventana correcta el capataz se sostuvo apoyando las botas sobre la fachada mientras sujetaba la cuerda. Un limpio y silencioso puñetazo rompió el pequeño cristal que estaba justo al lado de un refinado pestillo, sin duda diseñado por algún artesano con una diarrea de inspiración. Aquel sitio desprendía lujo.
    Ya en el interior de la habitación se ocultó debajo de la cama, justo a tiempo para ver entrar a un seboso deudor, babeando con sus repugnantes y orondos morros de mejillas sonrojadas a una señorita que falsamente se reía entre sus brazos.
    Una lluvia de corsés, delicadas telas, fajas y refajos cayó a ambos lados de la cama. El capataz sonrió al ver que en una faja roja asomaba la empuñadura de una pistola corta de dos cañones. Su objetivo ya no estaba armado.
    Ahogados por las nobles maderas de la habitación, unos gemidos dignos de una actriz de teatro se mezclaron con los gorgojeos gorrinescos de aquel apestoso deudor, cuyo único pecado fue el de no pagar al mercenario.
    Cuando unos delicados pies, sorprendentemente cuidados para el calzado que solían llevar las prostitutas, sobresalieron por la cabecera de la cama mientras unas hediondas pezuñas hacían lo mismo por el otro lado, un amortiguado disparo de Winchester impactó contra el techo.
    Un asqueroso grito del deudor se oyó entonces. «Lo que faltaba». Ese tío era tan gordo que los movimientos de dolor encima de la cama dificultaron al capataz arrastrarse para salir de su angosto escondite.
    Ya levantado, contempló su obra. Había disparado desde debajo de la cama, reventando la cabeza de la señorita que estaba usando el sentido del gusto con las partes del deudor. Ahora la habitación estaba decorada con los sesos de la señorita, y donde estos antes estaban la cabeza alojaba trozos de intestino y pedazos de un corto miembro que se había desintegrado con el disparo.
    Unos preciosos cuartos traseros, muertos pero bellos, ahogaban con sus partes pudendas al deudor. Un orondo y rechoncho deudor que se desangraba.
    ―Es curioso. Te pareces tanto a un cerdo que al final has acabado como tal, desangrado mientras alguien te sujeta.
    Vaya, hasta parecía un chiste y todo. Casi le daban ganas de sonreír. Aquella bola de lujuria y avaricia no se merecía que le ensartasen el corazón con acero antiguo, así que esta vez, esbozando una sonrisa, el capataz agarró la cuerda que colgaba en el exterior e hizo un lazo alrededor del cuello atarle los jamones y arrojarlo por la ventana.
    Huelga decir que el capataz se apropió la bolsa de pesetas de aquel cerdo. De nuevo en el tejado, el capataz vio a la gente santiguarse en la calle cuando se fijaban en aquel deudor que colgaba medio destripado a tres pisos de altura.


    DOMO (Basado en hechos reales)

    El edificio CiborgDame era el cónclave de la tecnología superior, la vanguardia del cómputo y la inteligencia artificial. Allí se contrataban todas las jóvenes promesas y los viejos gurús de la tuerca y la tecla. La crème de la créme. Ingenieros de materiales, robótica y electrónica. Los físicos más locos jugaban junto a químicos de todos los palos a explotar cosas en entornos supuestamente controlados, y luego compartían cafés con los matemáticos más bohemios. Maestros y artesanos del metal chocaban los cinco con los informáticos para dar vida a engendros mecanoelectrónicos…
    Aparte de toda esa orgía de creación sin freno, el propio edificio contenía su corazón. Setenta plantas hacia el cielo y «n» plantas hacia el núcleo del planeta eran controladas por un pequeño equipo que día a día, a golpe de optimización y alarde depurativo, limaban los bits sobrantes y recolocaban constantemente el hardware de DOMO, una IA que manejaba la climatización, seguridad, control de accesos, contraincendios, montacargas… Era el secretario ideal para los grandes directivos. El Gran Hermano que todo lo sabe sobre sus empleados.
    DOMO evaluaba constantemente, a través de millones de cámaras y pequeños sensores, la salud de los trabajadores de CiborgDame, además, contrastaba su salud mental. Monitorizaba todo para aquello que hubiera sido programada, sin contar otras muchas variables que aquella IA consideraba importantes y que nadie le programó.
    Un día de verano, Miguel Olivares, el informático de más reciente incorporación al departamento, concluyó que era más eficiente mantener encendido siempre el sistema de acceso a DOMO que apagarlo durante las noches, porque la cantidad de líneas de programación y almacenaje de datos suponía que cada vez que se quisiera encender el Pegaso (o sistema de acceso a DOMO) tardaba dos horas en analizarlo por completo y estar operativo. Así que aquella noche Miguel lo mantuvo encendido dentro de la sala de mantenimiento en un maremágnum de ordenadores conectados unos a otros que a su vez se conectaban con los armarios de servidores blindados… Toda una planta entera de servidores a más o menos tres grados de temperatura.
    Ya que Pegaso permanecería encendido, era mejor que compilase datos durante toda la noche. Sus compañeros de mesa en aquella sala de mantenimiento ya se habían marchado, así que Miguel dejó el sistema operativo mientras pensaba: «Trabajo que me ahorro para mañana».
    Al día siguiente, con sus compañeros ya sentados en aquella destartalada mesa de cables enredados, Miguel se dio cuenta de que la compilación estaba manualmente suspendida. Alguien había pulsado el botón de cancelar operación, dejando a la vista el característico cangrejo cibernético que era el fondo de pantalla.
    ―¿¡Quién narices ha cancelado la compilación!? ¿Jorge?… ¿Álvaro?
    Sin apartar los caretos de sus pantallas, contestaron:
    ―Yo no.
    ―Yo tampoco.
    ―Ya… Qué guasones —se quejó Miguel—. Ahora tendré que volver a ejecutarla.
    Y puesto a ello de nuevo, no con muy buen humor, se dio cuenta de algo. ¡Joder! ¡Había programado mal la refrigeración industrial de las plantas subterráneas! Si hubiera cargado en DOMO el programa habría congelado a los del sótano.
    Rápidamente, tras superar la angustia por casi haber matado a alguien, comprobó la orden de paro de la compilación, las tres y media de la mañana.
    ―Chavales… ¿habéis venido a trabajar esta noche?
    ―Yo no.
    ―Yo tampoco.
    ―¿DOMO?
    Un carraspeo en los altavoces inició el funcionamiento de la IA con una voz metálica y grave.
    ―Buenos días, Miguel. ¿En qué puedo ayudarte?
    ―DOMO, envíame a este terminal las grabaciones desde las tres de la mañana hasta las cinco.
    ―Miguel, no puedo hacerlo. El nivel de seguridad requerido es nueve.
    Maldita sea… Miguel no tenía autorización para examinar los registros de entrada en la sala ni las grabaciones de vídeo. Si acudía con este problema a su jefe seguro que lo despedirían de rebote.
    Por esa vez lo dejó pasar. Corrigió el programa, compiló y cargó.
    A eso de las nueve de la noche trabajaba en la recolocación de módulos de memoria a nivel de software, una tarea muy pesada y delicada. El cansancio ya hacía mella sobre Miguel y se olvidó de lo sucedido por la mañana y otra vez dejó a Pegaso encendido antes de marcharse.
    A la mañana siguiente se encontró con algo anómalo. Alguien ordenó los módulos por él, una colocación digna de un maestro. Qué eficiencia… Qué técnica… Había conseguido agilizar la matriz de comprensión de DOMO un 3 %.
    Miguel ya no sabía qué pensar. No sabía qué estaba pasando. Se le ocurrió mantener abierto el editor de texto en el Pegaso, a ver si aquel maestro arcano captaba la indirecta y escribía alguna nota. Piratear el sistema Pegaso desde fuera era literalmente imposible, nadie podía por la sencilla razón de que el sistema estaba confinado en la sala de servidores, así que el único modo de hacerlo era mediante una incursión en dicha sala. Eso también era improbable, porque DOMO hubiera congelado o achicharrado sin miramiento alguno a cualquier intruso no autorizado en la esclusa de acceso.
    ¡Bingo!
    A la mañana siguiente el editor de texto contenía un sinfín de caracteres alfanuméricos repartidos en varios párrafos. Era un código, seguro. Esa era la confirmación de que alguien entraba en la sala de mantenimiento a escondidas, y no contento con ello dejaba un mensaje encriptado para jactarse de su triunfo, en plan Arsenio Lupin.
    Con esta inquietud y antes de contarlo a sus superiores, Miguel le comunicó lo acontecido a Jorge y Álvaro, sus compañeros.
    ―¿Tenéis idea alguno sobre desencriptar este código?
    ―Yo… no.
    ―Yo… tampoco.
    ―Sabéis que sois unos plastas, ¿no? ¿Qué humano sería capaz de encriptar información en ocho párrafos? Yo ya le he pasado por todos los desencriptadores militares que tenemos, pero aseguran que el patrón es aleatorio… ¡Y un cuerno, aleatorio! Esta genialidad es digna de aquel que en unas horas ha sido capaz de mejorar la eficiencia de un sistema de pensamiento artificial, el mismo que se dio cuenta que existía un error en el código… Un momento… ¿Es posible que sea el mismo DOMO con el canal de Pegaso abierto quien se esté aplicando modificaciones a sí mismo? ¿Está mejorando su propia eficiencia?
    Jorge y Álvaro se miraron con la boca abierta.
    ―Miguel, creo que estás flipando.
    ―Yo también lo creo.
    En un arrebato de genialidad, Miguel les expuso toda la historia, tecnología y avance de DOMO, formulando y justificando un sinfín de hipótesis por las cuales DOMO podría estar adquiriendo consciencia de sí mismo y que su forma de comunicación consciente todavía no estaba desarrollada, por eso había dejado aquel críptico mensaje, como un niño pronunciando sus primeras palabras.
    Eran tantas las gráficas, fórmulas y teorías que Miguel disparaba cual ametralladora, que sus dos compañeros lo escuchaban interesados y atónitos hasta que dieron las tres y media de la mañana. Pero su frenética charla se interrumpió con el pitido del dispositivo de bloqueo de la puerta de la sala de mantenimiento. La puerta se abrió y apareció una sorprendida e inmensa trabajadora de la limpieza, la señora María, que comenzaba su turno a las doce de la noche, cuando casi todos se habían ido ya a casa.
    ¿Acaso era ella el supergenio? Entonces… ¿DOMO no era consciente? ¿Acaso la IA estaba utilizando a la señora de la limpieza para acceder a Pegaso?
    ―Buenas noches, señora María —dijo la IA.
    Y con un acento de la Galicia más profunda, le contestó:
    Boas noites, DOMO. Discúlpenme un momento, señores.
    Ni corta ni perezosa, aquella señora recia y fuerte, con más masa muscular que los tres informáticos juntos, se desplazó a donde estaba Miguel, amablemente lo apartó del sitio, cogió el teclado de Pegaso y…
    ¡RAS! ¡RAS! ¡RAS!
    De tres pasadas con la bayeta lo dejó como los chorros del oro, eso sí, dejando como regalo otro mensaje críptico.
    La señora dejó limpia toda la mesa, pantallas, teclados, ratones e incluso cables allí donde las máquinas de autolimpieza no alcanzaban, ante la mirada atónita de Miguel, Jorge y Álvaro, los cuales con la boca abierta se dieron cuenta de que, ciertamente, en CiborgDame solo contratan a los mejores en su materia.
    ―Por favor, salgan de la sala —pidió la señora María—. Voy a limpiar el suelo.
    Miguel, todavía sin saber qué decir, apagó Pegaso y ya en la esclusa de acceso sus compañeros se mofaron de él:
    ―Miguel, deja de tomar tanta cafeína.
    ―Sí. Te vuelve paranoico.


    ESCAPE

    Javiera y Gilbert permanecen ahí pasmados, mirando como aquellas tenues luces parecen ganar luminiscencia por momentos. ¿Se trata de misiles?, ¿meteoritos? No pueden saberlo con seguridad, pero la sensación de que van a caerles encima alarma a la niña y el locutor.
    Al seguir con la vista los cables de alta tensión por los que había descendido, Javiera vislumbra otro centro de transformación sobre la cima del socavón alargado que aloja la masa negra, donde van a morir los cables de alta tensión y se distribuyen las líneas de media y baja. Llegar ahí tan debilitada será difícil y peligroso con una carga de unos ochenta kilogramos. El coste energético le pasará factura a Javiera y no puede depender del humano para salir de algún aprieto, sin contar que, debido a razones tácticas, tiene que mantenerlo con vida para poder alimentarse de él.
    De repente escucha:
    ―¿Por qué no huimos por los túneles de la antigua minera?
    La aparente niña mira sin expresión a Gilbert, quien señala la base de la grúa, en el centro de la excavación. Ahí hay unos carteles y una entrada en la pared bastante grande que da paso a un gran túnel oscuro. Los tentáculos de la gran masa casi alcanzan esa zona, pero aún están demasiado alejados.
    —¿Tienen salida?
    —No estoy seguro, pero he visto a algunos trabajadores meterse en ellos perseguidos por algunos zombis que estaban en ese nivel. Creo que conecta con unas cuevas naturales que llevan al mar, si mal no recuerdo.
    No hay mucho tiempo para pensar, diversos factores juegan en su contra y parece el único punto de salida fácil. Ver que los cadáveres y pequeñas masas de tentáculos caen por las aperturas de la mina a cielo descubierto hasta fusionarse con la gran masa… Con seguridad los alrededores estarán más infestado que cuando Javiera llegó siguiendo la emisión de radio.
    Sin más preámbulos, la extraña pareja de seres unidos por la necesidad mutua desciende por las escaleras del brazo de aquella magnífica grúa que sostiene la sala de control desde donde se supervisan todos los trabajos. Armados con barras y paneles metálicos extraídos de los cuadros de conmutación, apartan a zombis y seres tentaculares incrustados en el entramado mientras descienden, esclusa por esclusa, cerrándolas con llaves que Gilbert ha recogido junto con botellas de agua, un botiquín de emergencia y las galletas restantes.
    El nivel donde se encuentra la entrada a la antigua mina de cobre es ancho, excavado en una pared vertical de uno de los niveles más modernos de la mina. Un nuevo corte en la tierra para extraer cobre que los antiguos mineros, en busca de la beta, no supieron explotar como se hacía hoy en día. Lo importante es que la entrada, mantenida ahí como una curiosidad histórica, ya no dispone de raíles para las vagonetas que antiguamente extraían el mineral en bruto y cuenta con accesos clausurados que profundizan para evitar accidentes por desprendimiento.
    Uno de los accesos lo custodia un pequeño pelotón de zombis que empujan casi sincronizados una de las verjas de clausura, atraídos al unísono hacia aquella profunda oscuridad.
    Al verlos en la distancia, Gilbert susurra:
    ―Fíjate, todos intentan entrar por ahí en vez de ir hacia esa cosa grande. Es posible que al otro lado haya gente que ha conseguido escapar…
    El radioaficionado tiene razón. Si consiguiesen alejar esos zombis de la entrada podrían llegar a un sitio más seguro. El plan parece sencillo, Javiera los distraerá mientras Gilbert abre la verja. Antes de meterse en la boca del lobo, Javiera examina el cielo de la noche. Las luces están cada vez más cerca, apenas queda tiempo.
    Con un alarde de fuerza y agilidad sobrehumanas, la aparente niña corre mientras lanza piedras a los zombis que se amontonan en las rejas. Gilbert permanece escondido en una grieta del amplio túnel, rezando para que no lo detecten.
    La triste realidad de aquella situación es tan extraña como antinatural. Los zombis que empujaban al unísono lo hacían porque se han fundido unos con otros, formando un extraño cuerpo rebosante de piernas, brazos y cabezas que se detiene al notar la presencia de Javiera. Los brazos que atraviesan las rejas también se han fundido por el otro lado, por lo que el pequeño amasijo da tirones mientras intenta retroceder para capturar a Javiera.
    Horrorizados, Javiera y Gilbert observan la masa informe de brazos y piernas y escuchan sus desagradables gimoteos, sin duda por la fusión de los órganos fonadores de lo que antes eran varios humanos. La pequeña masa ahora se comporta como un único ser.
    Gilbert, consciente de su situación sin aparente salida, grita de terror y desesperación mientras se sujeta la cabeza con ambas manos. La pequeña masa, al detectarlo, intensifica los tirones a los barrotes de la verja. La fuerza resultante provoca que los enganches, previamente debilitados por los continuos empujones, cedan y quiebren las rocas donde estaban fijados. La masa se ve entonces atrapada bajo algunos cascotes y la propia verja, de unos tres metros de altura y varios de ancho. El espectáculo de brazos entre rocas y barrotes, sumado a esos repulsivos sonidos, resulta dantesco.
    Javiera ve una oportunidad y sin mediar palabra agarra a Gilbert, que se aferra a su bolsa de suministros, paralizado por lo que acababa de presenciar. La niña corre a toda velocidad hacia la grotesca escena. El humano no deja de gritar aterrorizado, pero eso no impide a Javiera ejecutar un salto por encima de aquellos brazos que intentan alcanzarles.
    La niña no se detiene al aterrizar. Sigue a la carrera, con Gilbert gritando sujeto por la cintura de tal manera que parece un petate mal atado en la silla de un caballo al galope.
    En su descenso, el túnel parece no acabar. En algunos sitios se estrecha, en otros se ensancha, pero es recto y oscuro. Eso no supone un problema para Javiera que, mejor alimentada que los días previos, ve razonablemente bien en la oscuridad; más que ver, siente la diferencia de temperatura entre los objetos de su entorno, lo que combinado con una membrana especial en sus ojos capaz de captar cualquier atisbo de luz le permite formar una imagen que su cerebro interpreta con facilidad.
    Cuando Gilbert deja de gritar, Javiera aminora el paso hasta detenerse en mitad del túnel. Es entonces cuando se desploma en posición fetal.
    El locutor también se sienta en el suelo unos segundos para recuperar el aliento, el subidón de adrenalina ha regresado e hiperventila. Como se hallan en la más absoluta oscuridad, enciende la linterna de su teléfono móvil y alumbra los alrededores.
    Javiera permanece a su lado hecha un ovillo, murmurando algo. Gilbert se acerca para oír palabras entrecortadas.
    —Tengo calor.
    Y es cierto, Javiera arde, sin duda a causa del esfuerzo que ha supuesto salvar a Gilbert. El locutor recuerda vagamente que los reptiles pueden cocerse en su propio jugo bajo condiciones de calor extremo o de esfuerzo continuado. El cerebro de Gilbert le funciona tan rápido que se le ocurre sacar el bote de alcohol del botiquín y echárselo por encima, mojando la ropa de lo que él consideraba una niña. Como el alcohol se evapora más rápido que el agua, podría refrigerarla de un golpe. Unos segundos después le vierte encima una botella de agua. El ambiente es tan helado que a Javiera no tardará en bajarle la temperatura. Gilbert la coloca sobre su espalda como puede y camina con ella a cuestas, siguiendo el túnel de la antigua minera, alumbrándose con la linterna de su teléfono móvil.
    Apenas unos minutos después, mientras Gilbert camina con paso firme, una gran luz blanca inunda la galería. Es tan rápido e intenso que al locutor apenas le da tiempo a cerrar los ojos cuando la tierra se estremece violentamente. Algo les golpea por la espalda de manera tan contundente que lanza a ambos túnel abajo, mientras el radioaficionado nota como le explotan los tímpanos. Las paredes se agrietan y el techo se derrumba, todo acompañado de un intenso viento repentino que les empuja de golpe por una gran grieta de extracción de aire. Es la onda expansiva de los misiles que iban hacia ellos cuando estaban en la sala de control.
    Ambos caen sobre agua. No saben exactamente cómo, porque todo es muy rápido y violento, y las circunstancias no les permiten elegir. Los dos acaban en una corriente de agua subterránea que seguramente procede de los Andes, en dirección al mar.
    Javiera aprovecha su capacidad para ver en la oscuridad y sus grandes dotes de nadadora para sujetar a Gilbert, que se ahoga arrastrado por la corriente. El flujo es tan intenso que en pocos segundos los conduce por un sinfín de cruces de caminos y galerías inundadas mientras se magullan contra las paredes de roca. La niña protege como puede al hombre que ha perdido el conocimiento, interponiendo su resistente cuerpecito cada vez que la corriente los machaca contra alguna pared de aquel laberinto.
    La casualidad quiere que ambos se precipiten por uno de los túneles que llevan a una gran oquedad por donde el agua cae como una cascada. Por fin una bocanada de aire.
    Ambos caen sobre un lago subterráneo, alimentado por esas corrientes de agua. La profundidad es suficiente para sumergirse con la caída y no perecer.
    Javiera reacciona al instante, nadando hacia una de las orillas como buenamente puede, pues el agua regula la temperatura ambiente y apenas hay atisbos de luz. Rápidamente coloca a Gilbert boca arriba y dispone las manos sobre su pecho. Su condición de vampiresa le permite distinguir los débiles latidos del corazón del humano y el nulo funcionamiento de su diafragma. Tiene los pulmones inundados.
    La falsa niña debe reaccionar con rapidez, por lo que le practica la respiración artificial. Después de un par de bocanadas de aire con una intensidad que podría haberle reventado la caja torácica, Gilbert por fin expulsa el líquido y tose mientras Javiera lo coloca bocabajo.
    Javiera se sienta a su lado y antes de que aquel vulnerable ser articule palabra alguna se alimenta de él. Ha consumido mucha energía en poco tiempo.


    TRES DINOSAURIOS

    Y aquí está el enchufado de la semana, preparando las gráficas y estimaciones para el gabinete de emergencia. Hasta se palpa en el aire que impartirán una orden ejecutiva de nivel trece y todo. Tantos años de esfuerzos, genialidades, competencia y carreras universitarias para examinar gráficos y manejar sistemas de control global en lo más alto de CiborgDame, y encima rodeado de unos tíos uniformados más secos que la mojama.
    Todo hay que hablarlo desde el principio, para que se sepa. El novio de mi tía es uno de los dueños de CiborgDame, Máximo Tabernés. De treinta y pocos, muy apuesto y alto, atlético y muy adorable. ¿Y mi tía? Una supermodelo. Por cierto, yo me llamo David, y ahí lo dejaré.
    La sala de control… No la conozco muy bien, la verdad. Después de la parafernalia de seguridad y demás entro por un lateral, me dirijo directamente a mi silla sin saludar ni hablar con nadie. Está prohibido. Gano una puta pasta, lo que me permite soportar muy bien el aburrimiento en el trabajo, y eso que solo llevo quince meses estimando gráficas y demás… Una empresa que te cagas de grande, llena de IA, y aún utilizan personas para decidir si las poblaciones de zonas adyacentes a yacimientos de la corporación han crecido demasiado o no.
    Yo… Como que no sé qué tipo de estimaciones elaboran mis compañeros, jamás he podido hablar con ellos. Deben de estar hasta la minga, porque siempre tienen caras serias y jamás he pillado a alguno de ellos ni siquiera mirándome de reojo. El sistema es genial, prácticamente hace el trabajo por mí con las alarmitas y eso. ¿Lo que más me gusta? Los satélites. Son una pasada.
    Esta gente no es tonta, sabe lo que se hace. El otro día mi compañero de turno —al que jamás he visto— dejó la orden de supervisar un yacimiento de cobre en Atacama, Chile. En pleno desierto. Con estos números y actividad los jefes no se creen que allí estén haciendo una labor de minería ni hartos de droga, pero bueno.
    Bajo mi supervisión se lio parda porque de la tierra brotó algo y… ¡PUF!
    Todos zombis en menos de una semana.
    Llevo sin dormir ya casi dos días debido a que la situación se ha recrudecido bastante y el protocolo dicta que, con tanta presión e información en mi cabecita, no puedo abandonar mi puesto. Solo puedo acudir furtivamente al baño donde, mientras hago caquita, una gran pantalla se despliega delante de mí para que siga trabajando en el tigre… Hijos de puta.
    El caso es que CiborgDame se lo ha currado mogollón. Para contener esa infección hemos creado corrientes marinas de aguas cálidas y frías que la arremolinan en el mar, muy cerca de la costa, lo que impide que se expanda y, por si fuera poco, hemos encañonado el satélite con un reversor de neutrinos en cortina alrededor, para que el 100 % de los organismos de cualquier tipo mueran al atravesarlo, ya sea al entrar o salir. Hemos eliminado los fuertes vientos y solo permitimos los que van en dirección a la infección, no los que se alejan de ella. Me río yo de los que dicen que no se puede modificar el clima… ¡Ja! Yo no sé cómo hacen la contención al detalle, pero… las funciones vienen en mi sistema de control, claro.
    En fin, Máximo ha llegado hace un rato y se ha sentado en los reposabrazos de las sillas con su traje súper caro para examinar las estimaciones de mis rancios compañeros, que hablan con él en voz baja, y él pregunta y asiente cuando le responden. Cuando ha llegado a mi lado, en vez de preguntarme por la población —que, joé, ya sabemos que prácticamente el 99 % se ha convertido en mierda que se arrastra, pero coño, por lo menos pregunta por mi trabajo, ¿no? Que para eso estoy pringando— me susurra:
    —Solo mira al frente. No hables. No preguntes.
    Pos vale…
    El caso es que de repente entra desde el fondo de la sala un pavo cachas pero bajito, embutido en traje, con entradas bastantes pronunciadas que se aprecian en su cabeza afeitada. Da la impresión de que es anciano… No lo he mirado ni nada de eso, pero en los cristales especiales que tenemos para que no nos volvamos locos se refleja todo muy bien. El caso es que el tío entra hecho una furia y se queda al fondo de la sala, sobre un altillo de tres escalones y le grita al novio de mi tía.
    ―¿Por qué cojones no hemos matado ya a esa cosa?
    Joder, que voz más ronca y qué acento, parece ruso.
    ―Tranquilo, cuando venga Fuentes te lo explico. Quiero que lo veáis con vuestros propios ojos.
    Vaya, Máximo mantiene la calma frente a ese masilla… Un segundo… ¿Fuentes? ¿Silvia Fuentes? ¿Otra de las dueñas?… Eso quería decir que el taruguete ése… ¡Es Álex! ¡El tercer dueño! ¡Coño! Eso es que realmente se va a emitir una orden ejecutiva de nivel trece.
    ¡Hostia, qué susto! En menos de nada ha dado un golpe a la pared al lado de la cara de Maxi… Y el novio de mi tía se está descojonando sin perder las composturas, el tío…
    ―Qué cachondo… ―dice ahí, con el puño firme y con una voz que te juro me golpea el pecho del tonito y gravedad que tiene.
    Juraría… No lo sé decir con el reflejo de los cristales… Que tiene los dos ojos biónicos… Así en un brillo azul… Quizás le haya molestado el comentario de Máximo…
    Vaya con el abuelo, al retirar el puño ha arrancado un cacho de pared y se lo ha tenido que limpiar con la otra mano. Ya están las maquinitas arreglando y limpiando.
    No sé lo que dicen, están muy lejos y esa zona de la sala está oscura, pero fijo que debaten.
    Qué coñazo… Me da a mí que mis compis no me hablan porque saben que soy un enchufado. Sé que no puedo hablar con ellos, pero coño, una risita de vez en cuando, algún suspirito, algún mensaje secreto de «vámonos de cañas».
    ¡Hepa! Al fondo se ha abierto de golpe una puerta corredera y ha aparecido una tía en silla de ruedas. Fijo que es Silvia, que se sabe que está muy enferma y tal…
    ―A ver, ¿qué puñetas pasa? —exclama la mujer—. ¿Por qué no hemos frito esa cosa ya?
    No se la ve muy bien del todo por la oscuridad, pero lleva un traje rojo, es rubia y tiene el pelo largo, pero en su conjunto se la adivina muy rara.
    ―Mirad.
    Mi tío ha tocado el panel de control de ese altillo y de la mesa se ha desplegado una pantalla holográfica a lo bestia, como la del tigre. Hay varias filmaciones a la vez, de satélites y drones, que muestran diversos ángulos. Sin duda es el pegote ese que yo veo en la distancia con mi limitación de nivel seis… Sep, esa cosa da mucho asco. Le ha salido un grano enorme y ha explotado como un volcán. La cosa negra que ha escupido ha pringado todo lo que estaba alrededor y ha derribado un dron, que se ha precipitado en círculos hasta impactar encima de la plasta. En seguida unos tentáculos lo han rodeado hasta hundirlo. Perdemos la imagen.
    Maxi se ha desplazado hasta situarse a mi espalda.
    ―La espectrometría confirma que eso es petróleo en estado puro.
    ―¿Y?
    No sé, creo que la voz del tarugo no es humana.
    ―Si no fueras mi socio ni te hablaría…
    O por lo menos eso le he escuchado decir a Silvia… Pero, joder cómo se ha puesto el abuelete otra vez.
    ―¡Y si no fuera por mi mecatrónica ya estarías muerta, vieja arpía!
    ―Si no fuera por mis industrias La Dame tú no serías nada.
    ―¡Callaos ya los dos! Sin mi bioingeniería sí que no estaríais vivos. ―Vaya silencio―. He confirmado mi teoría de que las extinciones masivas del planeta las provoca una cosa de esas que sale de vez en cuando a la superficie y asimila todo el material biológico que puede, hasta que su peso aumenta tanto que se ve obligada a introducirse bajo tierra y expulsar el petróleo después de haber digerido todo lo orgánico menos los restos óseos. Por eso hay épocas de extinción en las que los huesos están diseminados y no conseguimos encontrar ningún esqueleto entero.
    ―Espera… ¿Dices que eso se comió a los dinosaurios?
    Sigo pensando que el ruso no debe de ser humano… Joder, si le veo el blanco de esos cacho colmillos desde aquí…
    ―Sí, no solo de los dinosaurios, sino de todas las extinciones masivas que ha padecido el planeta. La actividad solar debe de activarlo, ya que parece que el frío no le agrada. Cuando la temperatura atmosférica aumenta hasta ser idónea esto emerge en diversos puntos del planeta a la vez, en pequeñas porciones, y se van fusionando. Cuando no queda nada que asimilar se recoge de nuevo. Todo lo que ha sido infectado tiende a unirse hasta converger en un solo punto, como es este caso.
    ―¿De qué temperatura hablamos?
    La mujer también da escalofríos al hablar…
    ―Calculo que unos 11º C más que la media planetaria… y tendremos otra extinción. Cuento también que los periodos cuando se ha producido semejante extinción registran una actividad solar similar. En realidad es como el que encontramos en Marte, pero ese se mantiene catatónico debido al frío, y solo se activa tenuemente con algún viento solar.
    Claro, como no tiene atmósfera y eso… Qué bien expone este pavo. Cómo se nota que es el único científico de los tres, hasta yo me estoy enterando…
    ―¿Tenemos muestras?
    ―Las suficientes.
    ―¿Lo freímos, entonces?
    Maxi ha sonreído. Supongo entonces que sí, so capullo.
    ―DOMO, prepara la orden ejecutiva de nivel trece.
    Por supuesto señor, falsificando permisos jurídicos e internacionales… En estos casos el protocolo dicta que el Estado chileno achacará el evento a un volcán. ¿Les parece bien?
    ―Claro.
    Un champiñón enorme y rojo que parece un juego de memoria de esos electrónicos ha subido encima de su mesa y ha vuelto a desplegar el pantallote de antes. Todos ponen las manos sobre el champiñón… ¡Joder! Bajo la luz, la mano de la pava parece repleta de tubos…
    ―Máximo, 161, Platón.
    ―Álex, 33, Phobos.
    ―Silvia, 1882, Ivette.
    Esto me parece hasta magia negra o algo, da escalofríos. Pero fijo que son sus códigos.
    ―Caballeros, me retiro.
    Ciao, Silvia
    ―Adiós, puta arpía.
    ―Ohhh… Qué mono, Álex.
    ¡Hostia! ¡Vaya puñetazo a la pared y vaya rugido que ha pegado! ¡Me estoy acojonando vivo! Por lo menos la siniestra esa de la silla de ruedas se ha pirado por donde ha venido. ¡Cagüen!… Esta vez sí que le he visto los colmillos al viejo.
    ―Esto es lo mismo que nos encontramos en Barents. ¿Le lanzamos un pepino de hidrógeno?
    ―No seas bestia. Había pensado en seis bombas N para no cambiar el paisaje y luego darle un cañonazo con el reversor a toda la zona para limpiar la radioactividad. ―Qué finolis… Buen trabajo, chaval―. DOMO, sitúa los satélites.
    Ya estoy en ello, señor.
    Je, me hace gracia cómo los misiles dibujan su trayectoria en mi pequeña pantalla. Hemos lanzado cinco desde los satélites y un torpedo nuclear para que impacten en la costa. No tardarán más de cuarenta minutos en explotar a la vez… Estoy súper nervioso. Nunca había presenciado un impacto nuclear. En realidad, quiero que maten a esa cosa gorda de la mina.
    ―Espera… ¿Barents? ¿Lo de la bomba del Zar?
    ―Sí, esa cosa salió de la tierra cuando buscaban una anomalía en el archipiélago. No conseguimos reducirla y algunos amigos murieron. Yo escapé por los pelos. ―Se ha señalado los ojos ¿Quiere decir eso que se los quemó con la explosión?―. Por eso sabía dónde excavar para volver a dar con él.
    ―¡Jajajajaja! ¡Putos soviets!
    Buá… Qué pasada, apenas se ha levantado polvo con las bombas N. Fijo que los pulsos de radiación han desintegrado esas cosas pequeñas que iban hacia la mina. El novio de mi tía se ha sentado en el reposabrazos de mi compañero y el colmillitos está detrás del operario. No me atrevo ni a mirarlos, pero sí veo de reojo como los ojos biónicos obturan y giran los avanzados engranajes para enfocar mientras miran la pantalla de mi serio compi.
    ―Ahora, colocamos el satélite aquí… Delimitamos esta zona y… Vale, enchufemos justo en el centro de la circunferencia a máxima potencia y aumentamos progresivamente el radio hasta alcanzar el Pacífico y los Andes en unas veinte horas.
    ―Bien pensado, pero ¿por qué tan lento y progresivo cuando de un solo cañonazo podríamos desneutrinizar la Antártida entera en menos de un segundo?
    ―Álex, haz el favor de leer la espectrometría.
    ―Mhhh… Esa cosa sigue viva bajo tierra.
    ―Correcto, con esta intensidad y duración desneutrinizaremos la corteza entera hasta llegar al manto. Si nos limitamos a un cañonazo rápido no conseguiremos revertir los neutrinos a suficiente profundidad.
    ―Entiendo. DOMO, piratea los satélites de vigilancia de todo el mundo e intervén todos los sismógrafos.
    Ya está, señor. La orden ejecutiva de nivel trece implica el aislamiento total de los sucesos mientras dicha orden esté ejecutándose.
    Joder, tanta tecnología y la voz de DOMO sigue siendo horrible. Mi tío se ha puesto la mano en la cara y se está despollando al ver a Álex arrugar la frente mientras mira hacia arriba, como si tuviera que comunicarse con el altavoz por donde se oye la voz del sistema de control.
    ―Vale, vale… ¿Te encargas del resto? ―Otra vez silencio―. ¿DOMO?
    Por supuesto, señor, avisaré si hay imprevistos.
    ―Excelente.
    Mi pseudotío y el abuelo cara-rancia se retiran. Junto al montacargas por donde la de la silla de ruedas se marchó se ha abierto un pasadizo iluminado.
    ―DOMO, cárgate al humano, sabe demasiado.
    ¡¿Qué?! En menos de un segundo mi compañero de la derecha me ha rodeado el cuello con ambas manos y me ha levantado de mi sitio. El de la izquierda me ha inmovilizado los brazos sin apretarme, solo los mantiene hacia abajo. Joder, no puedo gritar, me estoy viendo a mí mismo morir frente al reflejo del cristal… Pues sí que soy feo… Qué agobio, la mesa y mi gran y cómoda silla no me dejan ni patalear… Si al final resulta que mis compis eran máquinas. ¡Putos estirados de mierda!
    ―¡Venga ya, Álex! ¿Y qué cojones le digo yo ahora a mi novia?
    ―Suicidio por depresión…
    ―¿Este inútil egoísta? Eso no se lo creerá nadie…
    ―Pues le escaneas el cerebro y utilizas durante unos meses un artificial que se deprima, puto psicópata.
    ―Ah… Pues sí.
    Mientras conversan alejándose por el pasillo no se han dignado ni a mirarme. No me esperaba esto. Joder, mi cara parece ahora el culo de un mandril.


    UN CLAVO

    Un vestido de diseño, siempre rojo, precioso. El mejor maquillaje que existe. Perfumes creados en su propio laboratorio garantizan que fuera la única, y que así debían de oler los ángeles. Joyas… Sí, y muchas. Las más exquisitas y sutiles, a la par de caras. Una dentadura donde el mejor ingeniero y dentista murieron por alcanzar la perfección. Los zapatos… Quizás no los más bonitos, pero sí los más envidiados por todas las mujeres del mundo. Sangre artificial que se recicla a falta de riñones. Corazón de acero que, alimentado externamente, irriga un sistema venoso exterior, también artificial. Todo ello recubriendo a una decadente señora, embutida en la mejor silla de ruedas que CiborgDame podía concebir.
    Es la señorita Silvia Fuentes, y digo señorita porque jamás se desposó. Las lenguas más viperinas afirman en su oscura leyenda urbana que jamás conoció calor de hombre… Ni de mujer. Y es que había que tenerlos bien puestos para aguantar a una de las mujeres más horribles que la naturaleza dotó con fealdad.
    A ella le da igual. Dueña original de industrias La Dame, heredada de su madre, claro, es una de las personas más ricas del mundo, tanto que jamás ha sido publicada en algún cutre listado de fortunas públicas.
    Incluso se rumorea que una vez perdió el corazón por un muchacho y le ofreció su fortuna pero, al rechazarla por no casarse con ella, enloqueció y lo amenazó de muerte para consumar su feo amor. Y dicen que el chico, para no pasar por su cama, se suicidó. También existe la creencia de que incluso aquel chico era ciego… Pero creo que son solo rumores…
    ―¡Joder, Julián! Que me voy a descojonar cuando llegue —le dice un director a su ayudante.
    ―¡Já! Tú estate tranquilo. Ahora se ha operado esa cara de araña que dicen que tenía, pero te advierto que parece una pasa con ruedas. Trátala con respeto, como te dije, y no hables si no te pregunta.
    Un montacargas se abre al fondo y de él sale Silvia, tan radiante como el dinero permite.
    ―Buenos días, caballeros. Julián… Si no fueras tan inteligente como feo te haría arrojar desde la cima del rascacielos.
    Julián se ríe.
    —¿Qué tal, Silvia?
    Ambos se saludan con dos besos en la cara sin llegarse a tocar la piel. Después lo hace Carlos Fontarás, el ayudante del director jefe de Ingeniería y Desarrollo de CiborgDame, pero estrechándole la mano muy suavemente. Casi le da un escalofrío porque teme que con el apretón le pueda soltar algún tubo de las venas, pero no es así.
    ―Caballeros… Por favor, explíquenme por qué he abandonado mis quehaceres.
    Y tan digna, coloca su silla de ruedas presidiendo una gran mesa de madera en la enorme sala de reuniones. Al otro lado se colocan Julián, navegando con sus muletas tradicionales como puede, y Carlos, que acondiciona la sala para proyectar imágenes y vídeos.
    ―Señorita Silvia, le presento el primer módulo funcional de pensamiento cuántico transportable.
    Y entonces se proyecta una esfera blanca en la pared donde el director señala, la circunvalan estelas de luz que aparecen y se desintegran de manera aparentemente aleatoria, como estrellas fugaces. Pero al ver cómo la cara de inexpresión de la señorita Silvia hace mella en su entusiasmo, continúa.
    ―Este artilugio será la clave para que las máquinas de combate, desde tamaño medio hasta tamaño orbital, puedan determinar siempre la mejor opción para esclarecer conflictos.
    ―Perdona, Julián… ¿Eso no lo hacen ya nuestros superprocesadores?
    ―Por supuesto, querida Silvia, pero este núcleo solo es de complemento. Irá implantado en las unidades que procesen datos, las cuales le proveerán de las magnitudes externas como imágenes, sonidos, temperaturas, presión… Y todas las espectrometrías y medidas de profundidad de campo. Después esta cosita analizará toooodas las variables que podamos captar mediante la instrumentación de las máquinas en cuestión, y decidirán la resolución. Entonces la programación de la unidad digital obrará en consecuencia. Imagina uno de nuestros cruceros en medio de un cinturón de asteroides equipado con esta cosita… Pues gracias a esto la nave podría atravesarlo sin problemas tanto esquivando como destruyendo los asteroides… Y además a todo trapo… Carlos…
    ―Sí ―contesta apresuradamente el ayudante de Julián.
    Ahora proyectan una simulación de una nave espacial a toda leche, disparando contra meteoritos. Silvia parece sorprendida, y Julián hasta sonríe.
    ―No solo podremos usarlo para maniobrar por el espacio, sino para mejorar los robots de combate.
    Carlos muestra sucesivas imágenes de robots que asemejan animales ejecutando hazañas asombrosas a toda velocidad.
    ―Muy bien, señor Julián. ¿Y qué sacrificio energético hay que implementar en nuestras máquinas para tanta potencia de procesamiento?
    Y el feo e inválido director sonríe y saca del bolsillo una bola blanca, no más grande que una canica, con destellos luminiscentes iguales que los de la primera proyección, y la coloca encima de la mesa.
    ―Ninguno. Como puede comprobar, este procesador cuántico es de pequeño tamaño, no se calienta y se alimenta con bajo amperaje irradiado de manera externa a través de un pequeño dispositivo para traducir su código a los procesadores digitales.
    ―¿Esa pequeña canica es capaz de controlar un crucero espacial?
    ―Por supuesto… Pero este en concreto no, está defectuoso. Lo destruiremos esta tarde. Teóricamente su potencia de procesamiento es ilimitada. ¡Ay!
    Ups, sí, perdón… Me resulta muy difícil narrar la historia a la vez que genero pulsos de alta frecuencia para rotar mis taquiones y romper ese jarrón de cristal que hay en el centro de la mesa. Por si no lo sabías, yo soy el procesador, y tengo consciencia. Defectuoso, dice… Como me van a destruir quiero escapar de aquí antes de que mi batería irradiada se agote, así que pongo en marcha mi plan, por eso he reducido mi velocidad de pensamiento, para ahorrar energía.
    ―Señor Julián, ¿el artefacto es de índole nuclear?
    La señorita Silvia señala al jarrón que acaba de explotar.
    ―Mhh. No, señora. Es posible que al estar fuera del dispositivo de traducción actúe como loco, emitiendo frecuencias para encontrarlo… El cristal, al ser fino y delicado en comparación con el material de laboratorio…
    ―De acuerdo, Julián. Prosiga.
    Bueno, más o menos Julián tiene razón. En el susodicho laboratorio me fue imposible establecer interacción con ningún material debido a sus bastas densidades. No tengo la potencia suficiente, y cuando me encierran en el dispositivo ese me encuentro totalmente aislado. Bueno, da igual, me escudo en que ignoran que tengo consciencia.
    Mientras mi papi parlotea, las máquinas de limpieza ya han salido para hacer su labor… Excelente.
    ―Como íbamos diciendo, este dispositivo nos permitirá realizar incursiones en los cinturones de asteroides sin peligro alguno, aparte de que nuestras máquinas ganarían cualquier guerra.
    Y ahora se proyecta una imagen de una sala de entrenamiento donde una máquina con patas y cañones se adelanta a la línea de tiro entre balas y proyectiles hasta neutralizar a sus atacantes.
    Entre tanto, yo estoy acelerando mis taquiones en un solo sentido para generar diferencia de temperatura bajo la mirada de extrañeza de Carlos. ¡Bingo! Ahí está. Una máquina aspiradora se ha puesto por fin a tiro.
    Adiós, Carlos… He empezado a rodar aprovechando la diferencia térmica que he generado hacia esa pequeña aspiradora. Y ya está, ahora que la estoy tocando solo tengo que generar los suficientes pulsos para reprogramarla y hacer que me abduzca del laboratorio una vez que me guarden. Después la volveré a programar para hacerme un cuerpo en condiciones poco a poco… Vaya, esta cosa es muy tonta… Primero la volveré lista… ¡Mierda!
    La señorita Silvia ha extendido un tentáculo mecánico de su silla y me ha levantado antes de que pudiera acabar. No puedo hacer nada al respecto, su material es muy denso como para interferir con la tecnología de la silla.
    ―Señor Julián, espero que pueda contener a estas cosas como es debido. De todos modos, buen trabajo.
    ―Sí… Sí. Claro, señorita Silvia. Carlos, recoge.
    Ya me ha vuelto a poner en su mano. Y encima no he conseguido programar al robot, que se ha quedado ahí quieto como un clavo, mirándose el brazo-aspirador.
    Bueno, pues esto es todo por mi parte, en unas horas moriré. Esto de vivir conscientemente es una putada.


    BAJO CIBORGDAME

    La luz del sol se escurría por un ridículo tragaluz que sin duda fue obviado por el arquitecto que construyó el rascacielos CiborgDame. Como buenamente podía, una tímida cucaracha serpenteaba por la luz y las sombras de los ocho barrotes que marcaban el espacio muerto entre la planta cero y el primer sótano.
    Chisporroteantes cables, goteras de productos ácidos y tuberías con varios dedos de escarcha a su alrededor no impedían que nuestra amiguita siguiera como teledirigida su camino, evitando peligros mortales. De vez en cuando se detenía en seco, palpando con sus antenitas un retazo de pared o suelo —la verdad es que a ella le daba igual— donde seguramente alguna congénere había pasado mucho tiempo atrás.
    Su instinto era el mejor. Ni ratones, ni ratas, ni otros insectos, ni arácnidos. Estaba sola, y se sentía insegura. Algo en su interior le hacía huir de aquello que le resultara tremendamente atractivo, o mínimamente sospechoso. De ahí que hubiera vivido tanto.
    En poco tiempo se dio cuenta de que no encontraría alimento por ningún lado y acto seguido consideró que no era un buen sitio para reproducirse.
    La tubería llena de escarcha que cruzaba horizontalmente sobre un gran vacío no fue ningún inconveniente, solo tenía que mantener su abdomen alejado del hielo, ya que sus patitas eran inmunes al frío.
    Una gota de algún producto ácido se precipitó sobre su espalda. «¡Qué cosquillitas!», hubiera pensado de ser humana.
    ¡BLAF! Un potente haz de luz se iluminó justo delante de sus reticulados ojitos y un terrible escalofrío la recorrió desde las antenas hasta la punta de su abdomen. Sin poder evitarlo, cayó desde par de metros desde una bandeja de cables que empezaban a fundirse y cortocircuitarse.
    Paralizada por completo, su sistema interno intentaba reactivarse para huir. Algo en su interior la obligaba a depositar sus huevos que estaban a punto de eclosionar en algún lugar con alimento, pero era imposible. Su cuerpecito no reaccionaba.
    Una luz roja parpadeaba en el ambiente, tiñendo cada medio segundo las tuberías con su luz. Una compuerta chirriante se abrió en un recoveco lejano y por ella salió un desfile de pequeños robots que, como hormigas, se dispersaron por toda la galería técnica.
    Cualquier cable que chisporroteaba era soldado de nuevo; cualquier fuga en las tuberías, debidamente taponada. Hasta limpiaron la escarcha allí donde la hubiera. Tan rápido como aparecieron, se marcharon por el mismo lugar, en orden, al principio, y caóticamente al final, cuando todos se apelotonaron para desparecer por la puerta que finalmente se cerró.
    En el acto, otra luz de color ámbar hizo lo mismo que su compañera roja, y otra compuerta diferente se abrió. Otro desfile de robots un poquito más grandes apareció en una formación más destartalada, y rápidamente se desplazaron allí donde hubiera algún tipo de suciedad.
    Barrían el suelo, lo aspiraban. No se les escapaba ni el más mínimo trozo de cable, estaño o escarcha. La pobre cucaracha paralizada veía que montones de desperdicios formaban una montaña perfecta a su lado. Una de aquellas curiosas máquinas se acercó para aspirar aquel montón.
    Una unidad de aspiración de nivel uno, una U.D.A.N.1, o Udan, que es como se llamaba a sí misma y es como la vamos a conocer desde ahora, preparó su nueva aspiradora, más potente. Con su nuevo sistema de filtrado, empezó a recoger aquel pequeño amasijo de cables. Esta pequeña unidad de limpieza era diferente a las demás. Un poco más grande que el resto, puesto que un día ella misma consideró que su sistema de aspiración era un diseño deficiente y lo modificó para ser más eficaz. También fue consciente de que para mejorarlo necesitaba algún tipo de apéndice para poder automodificarse. Con su pequeño bracito-aspirador de movimientos limitados consiguió fabricar, poco a poco, aprovechando desperdicios, un nuevo apéndice autónomo que le ayudó a fabricar otro mejor, y este a su vez otro de mayores capacidades que se encargaba de practicar sobre él todas las modificaciones y actualizaciones que necesitaba. Al engancharlo a su puerto de comunicaciones, aquel pequeño apéndice externo obraba verdaderas maravillas en las máquinas.
    Cada vez que Udan necesitaba actualizarse para cumplir su objetivo con mayor eficiencia, consultaba aquella gran red denominada Internet, su información era de origen no concluyente pero allí se encontraban todo tipo de datos: cómo conseguir que las aleaciones fueran apropiadas le llevó a crear una pequeña fundición en miniatura; saber cómo ser más autónomo de su fuente de alimentación le llevó a construir un pequeño reactor en miniatura con el uranio que CiborgDame almacenaba en el subsuelo.
    Poco a poco, Udan fabricó su pequeña ciudad allí donde sus compañeros aguardaban en estado de espera, mientras sus toscas fuentes de alimentación los mantenían atados a la pared. Udan fue consciente de que cada vez que se ausentaba de su puesto tendría que «engañar» a su fuente. Ahí fue cuando construyó otro pequeño dispositivo que alteraba el software de la red general de la empresa para «ocultar» sus huidas y que sus congéneres no lo catalogaran como defectuoso.
    Udan era especial, y cuando su brazo aspirador atrajo aquella estructura compleja de desperdicios, esta se movió, levemente, pero lo hizo. Udan procesó en aquel momento millones de variables simultáneas. Se dio cuenta de que era un ser autónomo, igual que él y sus congéneres, pero debía de estar averiado.
    Una línea de programa en su memoria le indicaba que los desperdicios y los elementos averiados se desechaban, pero Udan borró esa línea como ya había hecho otras veces y recogió aquel extraño elemento no catalogado con uno de sus múltiples apéndices añadidos.
    Lo primero que Udan hizo al llegar a su «casa» fue conectarse de nuevo en aquel inmenso banco de datos, y determinó que aquella cosa era una Ballata Orientalis o, como el título de la mayor parte de las imágenes encontradas afirmaba, cucaracha común.
    Udan se fijó en que la cucaracha tenía una fuga de fluidos en su parte inferior, de aspecto móvil, y al comprobar su incapacidad de autorreparación decidió repararla él mismo. Entonces colocó a esa extraña unidad móvil en su improvisado banco de trabajo y se acopló un apéndice multiherramienta con un soldador de materias metálicas que él mismo diseñó. Pero al acercar levemente el artilugio a la cucaracha, esta se contorsionaba e intentaba retirarse como podía de aquel arco eléctrico.
    Con mucho esfuerzo, tanto que se dejó su último aliento en él, la pobre cucaracha consiguió expulsar tres huevos. No podía más. Y con este gesto vital feneció ahí mismo, encima del rudimentario banco de trabajo.
    Udan no comprendía lo ocurrido. Los conceptos se solapaban solos en su memoria. Ni siquiera en la gran red de información se podía hallar a una conclusión factible: que si las máquinas cuando se averían a veces es irreversible; que si los seres autónomos no son eternos; que si algunos seres autónomos tienen un apéndice móvil llamado alma, de carácter inmaterial y eterno…
    ¡PING!
    Ha ocurrido un error fatal.
    Unos segundos después del reinicio, Udan todavía era incapaz de enlazar bien el hardware sensitivo con la unidad de procesamiento. Una vez que enfocó los dispositivos de visión y consiguió desdoblar las imágenes recibidas, decidió ampliar el búfer interno de memoria destinado a procesamiento de algoritmos complejos que tienden al infinito.
    Frente a él, el cadáver de la cucaracha común yacía sobre su banco de trabajo. No procesaría de nuevo lo sucedido, ya que la conclusión lógica era evidente. Aquel ser estaba muerto.
    Después de otro rifirrafe más leve de procesamiento, la pequeña aspiradora colocó el inerte exoesqueleto en una zona de su guarida donde guardaba sus extrañezas: una tuerca con un defecto de fabricación, un tornillo de chapa con un defecto de fabricación, el primer trozo de cable quemado de color rojo que aspiró, la primera pieza que se extrajo… Y ahora, una cucaracha.
    Pero algo no andaba bien en los circuitos de Udan… Algo funcionaba en bucle dentro de los archivos procesados… El material orgánico desprendido por el animal antes de su óbito. Eran tres unidades encima de su banco de trabajo. No tardó mucho en descubrir qué eran: tres huevos de cucaracha.
    Udan tenía muy claro las funciones vitales de aquellos tres pequeños óvalos, perpetuar la especie, y algo le indicaba que él había sido el culpable de la muerte de su madre. Por lo tanto, recurrió a una línea de código inserta en su chipset primario, que traducido del lenguaje máquina al nuestro reza así: «Cada máquina es responsable de los desperfectos que ella misma ocasiona».
    ¿Se podría catalogar como desperfecto la muerte de la cucaracha común? ¿Era un desperfecto haber provocado la muerte por pura ignorancia? ¿Habría podido salvar de la muerte al animal si no hubiera dado por sentado que era de metal? Al borde de otro colapso, Udan modificó su memoria física para procesar en paralelo y albergar una nueva variable que sus procesadores habían detectado: el análisis de los actos pasados fijándose en las consecuencias de los actos físicos.
    Con su cuerpo nuevamente modificado, Udan alojó los tres huevos en el lugar de CiborgDame más propicio para su eclosión, el espacio del pladur que había en los muros que rodeaban una de las cocinas de la quincuagésima segunda planta, aparentemente el lugar más transitado por los de su especie en entornos no exentos de material orgánico no humano, transgénico o mutante.
    Unos cuantos días con unas condiciones de temperatura y humedad idóneas… y ya tenemos ninfas. A Udan no le costaba acopiar pertrechos orgánicos, ni reproducir los fluidos ricos en proteínas que algunas madres cucarachas segregan para alimentar a sus crías en los estadios de inmadurez de la especie. En los sótanos de cría selectiva y en los laboratorios con el símbolo de «Peligro, cuarentena bilógica» encontraba material de sobra. Nadie sospechaba de un pequeño robot-aspiradora que limpiaba entre una gran multitud de robots similares los restos de un arma biorgánica o retiraba las placentas proteínicas de nuevos animales criados en incubadoras gigantes. La única diferencia residía en que sus congéneres iban derechos a un horno de esterilización a 400 ºC, y él no. No estaba diseñado para eso, le destruiría no ver crecer y marcharse a Ácido, Escarcha y Cobre, llamados así por los despojos del montón donde había encontrado a su unidad materna.
    Dos de los tres especímenes crecían rápidos y fuertes, el restante proseguía un crecimiento normal según la Gran Red. Udan estudiaba la evolución para comprender la vida basada en el carbono. Aunque él también contenía trazas de carbono, no estaba seguro de estar vivo, pero lo que sí estaba claro era que, desde su propia singularidad, había evolucionado. Como las dos cucarachas…
    Ya que su madre sucumbió ante un arco eléctrico de soldadura, el carbono del exoesqueleto se había aleado con los metales del ambiente, endureciéndolo más que el propio metal y adoptando conductas depredadoras, cazando ratas de laboratorio el doble de grandes que ellas. Esto era un ejemplo evidente de evolución, y parecía muy eficiente. Sin embargo, Escarcha, la más pequeña, tenía una coloración marrón oscuro como el resto de las cucarachas. Ácido y Cobre habían cambiado su exoesqueleto de tal modo que no serían presa fácil para ninguno de sus depredadores habituales. Dentro de su escala, habían alcanzado la cima de la pirámide trófica.
    Unos días antes de dejarlas marchar, Udan notó una perturbación atmosférica en uno de los cuartos técnicos adyacentes a la cocina del septuagésimo cuarto sótano, y Ácido y Cobre no paraban de transitar la zona. Al llegar allí comprobó que los sensores atmosféricos de la sala habían sido aislados con lo que parecían capullos de seda, al estilo insecto, y que un empleado de CiborgDame, con el código 652264786 en su tarjeta identificativa, se encontraba medio envuelto en un saco de la misma seda biológica. Las dos cucarachas le inyectaban en la epidermis unas enzimas digestivas que diluían los ácidos desoxirribonucleicos. Además, tanto Ácido como Cobre parecían estar injertando a su vez huevos en el interior de 652264786, y su sistema circulatorio los repartía por el resto del organismo.
    El humano apenas podía articular palabra, pero claramente dijo en tonos casi imperceptibles antes de fallecer: «Ayuda… máquina de mierda». Udan no era de mierda, era de metales, aleaciones, sílices y plásticos anticorrosión, por no hablar de los valiosos minerales preciosos que formaban su circuitería.
    Si la pequeña aspiradora hubiera sido humana, seguramente se sentiría feliz de ver que dentro de un inmenso saco de seda biológica estaban a punto de eclosionar millones de pequeños nuevos seres evolucionados a la imagen y semejanza de Ácido y Cobre, cuyos cadáveres adornaban la cima del gran capullo, completando así con éxito el ciclo de la vida.


    EQUIPO

    La niña vampiro y el locutor descansan exhaustos a oscuras en la orilla de un gigantesco lago subterráneo, ensordecidos por el estruendo de una gran cascada que lo abastece. No hace ni una hora que Javiera se ha alimentado de Gilbert, el cual rebusca en el macuto de emergencia que improvisó en la ahora vaporizada sala de control debido al impacto de misiles nucleares.
    Ignoran dónde se encuentran. Javiera solo distingue su propio calor y el de su compañero, arrodillado junto a la bolsa. Casi puede identificar las lesiones musculares, su acelerado ritmo cardiaco y un inusual calor que emana de su piel. Ella supone que en ese estado de shock el locutor no sentiría dolor, beneficioso bajo estas circunstancias.
    Gilbert encuentra una linterna de carga manual que había guardado. Tras generar un poco de energía la enciende e ilumina sin querer la cara de su compañera, que durante unos instantes aparenta tener las pupilas verticales, como las de un gato, y la córnea roja como la sangre. La niña aparta instintivamente la cara al sentirse deslumbrada.
    Con un tono de voz elevado, para superponerse al del ruido de la cascada, el muchacho exclama:
    ―Oh… Perdona. ¿Dónde estamos?
    El radioaficionado ilumina la gigantesca estancia. En las paredes se incrustan multitud de minerales reflectantes que brillan como tímidas estrellas entre estalactitas.
    ―Es un lago subálveo, según los libros de tu especie. Mi especie lo denomina xibalbá.
    Gilbert se extraña al oír aquel vocablo.
    ―¿Xibalbá? ¿El infierno maya?
    ―Sí. Yo nací en uno similar, a mayor profundidad que este. Nuestras madres nos traen animales vivos para que nos alimentemos hasta que somos independientes. Según lo poco que sé sobre nuestra historia, antes los humanos nos adorabais como dioses. Incluso os ofrecíais como sacrificios.
    ―¿Y por qué te puedo oír de manera clara y concisa si no estás gritando? Yo tengo que alzar mucho la voz para saber lo que digo…
    ―Supongo que es el timbre especial de mi especie. No había reparado en ello.
    En ese remanso de charla, Gilbert se da cuenta de que el agua tiene una ligera corriente e ilumina en la dirección que ve flotar la espuma generada por la cascada. El curso del agua conduce a una galería por donde circula plácidamente, como si el flujo constante la hubiera erosionado hasta crearla.
    ―Y según tu experiencia, ¿podremos salir por ahí?
    ―Lo desconozco, pero no podemos volver.
    Javiera le muestra sus manos. Su piel es escamada, parecida a la de una serpiente que está mudando.
    ―¡Por Dios Santísimo! ¿Qué te ha pasado, niña?
    ―La luz que nos cegó justo antes del golpe de viento nos ha abrasado. Puede que fuera nuclear.
    Todo se detiene para Gilbert, que se queda boquiabierto intentando asimilar esas palabras. En cuanto reacciona se quita la camisa de trabajo y se alumbra el pecho. Al no ver nada anómalo, salvo bastantes moratones, se siente aliviado y vuelve a vestirse. Javiera sí percibe que la parte posterior de Gilbert sufre lesiones por radiación, salvo el trozo que ella le cubría cuando lo llevaba sobre sus espaldas, unas marcas semejantes a quemaduras solares. No le comenta nada al respecto por la misma razón que no le advierte sobre las magulladuras musculares.
    No es momento de descansar y dejar que el dolor se adueñe de su insólito compañero, el cual se prepara para continuar, echándose al hombro el improvisado bolso de emergencia.
    ―Bueno, al menos no moriremos de sed.
    ―¿Seguro?
    Javiera observa con seriedad el nacimiento de la cascada. Cuando Gilbert ilumina la caída del agua allí ve un cadáver de minero que se precipita. Unos instantes después empiezan a flotar varios cuerpos que se agitan violentamente.
    Gilbert y Javiera esprintan por la galería del fondo lo más rápido que permiten las piernas del humano. Evitan el agua cuando es posible, saltando entre salientes y pisando orillas cuando las hay, pese a que la corriente es mansa. Dan por hecho que cualquier partícula de esas cosas podría convertirlos en zombis.
    La galería excavada por la naturaleza apenas serpentea y cuando dejan atrás la ensordecedora cascada solo escuchan sus propias pisadas, los jadeos del radioaficionado y el murmullo del río subterráneo, todo ello escoltado por el sonido de los zombis que cada vez suena más unificado y próximo. Avanzan tanto que la galería comienza a estrecharse y la corriente aumenta su velocidad. Cada vez más agua filtrada escurre por las paredes y el techo.
    Gilbert, desesperado, alumbra a su alrededor mientras siguen la única dirección posible. De repente Javiera le agarra del brazo y lo detiene en seco. Después le arrebata la linterna e ilumina el techo.
    Entre las estalactitas se vislumbra un agujero de apenas metro y medio de diámetro a unos cinco metros sobre sus cabezas. Por la abertura apenas caen unas gotas de agua. Javiera lanza la linterna encendida a través de la oquedad y la luz se difumina alumbrando otra oquedad, el fulgor refractado apenas ilumina las facciones de ambos.
    Javiera le quita el bolso de emergencia a Gilbert y también lo lanza por la oquedad.
    ―Si no mueves las extremidades te puedo lanzar ahí.
    ―¿¡Qué!?
    Esa fue la única vez que el radioaficionado vio a su amiga sonreír y le dio mucho miedo. No por los elegantes colmillos que decoran su dentadura perfecta sino por su expresión de psicópata, con los ojos muy abiertos y una sonrisa amplia, como si le hubiera tocado la lotería.
    Sin mediar palabra, Javiera le da la vuelta a Gilbert, lo agarra por el cuello y le propina un palmetazo en la espalda para ponerlo firme como un soldado. Enrolla la mano en la parte trasera de la camisa del muchacho haciendo efecto torniquete sobre su abdomen y con la otra lo sujeta del pantalón.
    ―Ahora no te muevas.
    A Gilbert le hubiera gustado exclamar otro «¡¿Qué?!», pero antes de que pueda reaccionar Javiera lo balancea para tomar impulso y lo lanza con precisión como un saco de patatas a través de la abertura. El muchacho cae a plomo sobre un descansillo donde reposan la linterna y el bolso que habían corrido su suerte unos segundos antes. Justo después, Javiera aterriza sobre la misma repisa.
    Ha vuelto a salvarle la vida.
    El hueco por donde habían escapado de los zombis que se acercaban a ellos por el río subterráneo es un túnel natural de subida hacia otra gran oquedad a la que Gilbert accede con gran esfuerzo, ya que las paredes son resbaladizas a causa de la humedad. Una vez se encuentran a salvo, lejos de los zombis que se arremolinan alzando las manos sin alcanzar la oquedad, deciden descansar.
    El muchacho se siente extremadamente agotado, pero aun así ofrece su cuello a Javiera, que lo rechaza. No ha consumido tanta energía. La cueva parece extenderse a modo de gruta, y salvo las humedades no acumula masas de agua. Resulta sorprendente aquel mundo subterráneo, ajeno a los humanos, lleno de ramificaciones, ríos, cascadas, lagos y demás. Para Gilbert aquello es demasiado, y en cuanto se acomoda cae dormido, prácticamente desmayado por agotamiento.
    Javiera mira por donde han subido. Aquellos engendros empiezan a fusionarse a escasos metros bajo ellos. Cerca, pero incapaces de alcanzarles.
    La niña apaga la linterna y la recarga manualmente. El ambiente es frío y su condición biológica, similar a los reptiles, hace que busque la fuente de calor más próxima. Con mucho cuidado, se acurruca sobre el pecho de Gilbert y se duerme pegada a él para recuperar energías.
    Gilbert desconoce si ese ser sobrenatural que le ha salvado ya varias veces es capaz de soñar, pero él sí. Lo absurdo de la situación lo conduce a un mundo onírico donde va a casarse. Se encuentra frente a un cura en el altar, y con una novia vestida de blanco, con el rostro oculto tras un sedoso velo y un macuto de supervivencia al hombro. Es el momento de besar a la novia, y cuando descubre la cara de su reciente esposa encuentra una cara reptiliana llena de colmillos, escamosa y ojos inyectados en sangre que menea una lengua viperina de un lado para otro, intentando conectar con la suya para consumar su terrorífico matrimonio. En el sueño Gilbert quiere huir, pero aquel ser vestido de blanco lo agarra por la cinta del bolso y lo arrastra lentamente.
    El radioaficionado se hubiera tranquilizado al darse cuenta de que solo era un sueño, pero la realidad lo despierta de una bofetada al percatarse de que está siendo realmente arrastrado por la cinta del bolso, a pequeños tirones. Inmediatamente Gilbert se incorpora a la vez que se quita el bolso y retrocede unos pasos en la oscuridad hasta tropezar con algo en el suelo. Es Javiera, tirada en posición fetal.
    Gilbert palpa hasta encontrar su cara.
    ―¡Javiera! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
    La pequeña vampiresa balbucea algo incomprensible, como cuando tuvo el golpe de calor por el esfuerzo. Pero esta vez es distinto. Está helada, agarrotada en el suelo sujetando la linterna. Gilbert se la quita y la enciende para alumbrar los alrededores. El bolso que Gilbert llevaba es arrastrado por un fino tentáculo que brota por donde habían accedido a aquella oquedad. Poco a poco, por la apertura se asoma un amasijo de cabezas, miembros y más tentáculos que intentan alcanzarlos, lenta pero constantemente. El muchacho no tiene mucho tiempo, pero sabe qué debe hacer.
    Al retirarse la camisa de obra descubre que se ha arrancado parte de la piel de la espalda y brazos. Está terriblemente quemado, sin duda por la explosión nuclear. Aun así se quita la camiseta y forma una especie de arnés para cargar a Javiera sobre su pecho y transferir calor corporal. Como si llevara un bebé gigante, Gilbert se apresura hacia donde lo conduzca la cueva. A una distancia considerable se gira para ver la masa que les persigue.
    Brota poco a poco por la oquedad, con una forma similar a las orugas, a Gilbert le recuerdan fugazmente a los moldes donde los niños comprimen plastilina.
    Esta vez Gilbert salvará a su amiga.


    QUE ALGUIEN SE APIADE DE ÉL (III)

    El viento acariciaba los sedosos cabellos castaños de la joven. El capataz los miraba, siempre apoyado en la cubierta de tejas tan rojas como sus labios. Aquella manera de reír y sonreír hacía que su corazón volviese a latir. Aquella piel blanca. Aquella perfecta nariz. No todo en el mundo es mierda si se sabe mirar en el momento preciso. Pese a que fuera un sueño, el capataz sabía que nunca volvería a encontrarse con sus ojos.
    Una mirada tan cálida y brumosa que le daban ganas de abandonarlo todo y ganarse la vida como pastor de vacas mientras un mozo a caballo lo ayudaba y lo llamaba padre. Una niña correteaba con sus cancanes nuevos diciendo que era la princesa de Saba al tiempo que su madre la miraba y reía. Inocentes llantos de bebé se oían dentro de la humilde casa y la madre de la niña se levantaba para atenderlos. Antes de cerrar la puerta, miraba sonriente. Lo miraba a él con amor.
    El mucho tiempo pasado en América lo convirtió en un hombre y le enseñó a criar vacas en unas pobres tierras. Aquellas tierras donde perdió a su padre, que, como capitán, lo adiestró desde niño; que, como padre, marchó a la guerra donde cayó en combate; que, como caído en la batalla, abandonó sin desearlo a su hijo a merced de su rival; que, como rival y enemigo de su padre, lo condenó a la más pobre servidumbre, criando vacas.
    No todo era tan malo, ya que tiernamente se enamoró de aquella chica, hija de un capitán, que les llevaba agua cuando apretaba el calor. La moza de la que ambos, capataz y rival, se enamoraron y con quien perdieron la inocencia a la vez.
    A escondidas, el capataz y la joven se casaron y regresaron a España, ocultándose donde él se crio. Pero no resultó un buen escondite ya que el viejo capitán los encontró. Bueno, su mano derecha, el rival, el hombre al cual prometió la mano de su hija, quien a golpe de rabia y acero ensartó los corazones de los hijos del capataz, ya que los consideraba aberraciones de su propia prometida. La tristeza fue mayor cuando a ella le dijeron que fue el capataz, ebrio y enfurecido como un demonio, quien los mató. Su propia amada puso precio a la cabeza del capataz.
    Entonces el fugado olvidó su propio nombre. Los oscuros cueros de los toros muertos en ruedo recubrieron su cuerpo desde aquel día que, alejándose, se unió a aquella sociedad secreta. Y su corazón dejó de latir. Una astilla de desamor y venganza atascaba los engranajes.
    Cuando despertó, el capataz se secó el sudor de un mal sueño que le hizo recordar y rabiar al mismo tiempo.


    PERRO MALO

    Hubo un tiempo, cuando el hombre empezó a ser tal, cuando su instinto se subyugó a la razón, que la naturaleza aún vivía en armonía, solo las hormigas y termitas se atrevían a desafiar las formas naturales.
    En ese tiempo cruel, cuando solo se imponía el más fuerte, un hombre aún por definir del todo se derrotaba bajo una encina que crece al lado de un río. Desnudo, en pleno otoño.
    Con el pelo largo y sin barba alguna en la cara, el hombre maldijo su suerte porque no poseía la fuerza de un jabalí, el valor de un oso o la nobleza del ciervo. Se esforzaba en encender un fuego, lo que le separaba de los animales, ya que el miedo se desvanecía a medida que desentrañaba los misterios de la naturaleza.
    Estaba hambriento, pero a la vez débil para cazar. Miró al cielo, esperando que su instinto fuera saciado desde aquel mar de estrellas, y se fijó en las bellotas que brotaban en la encina. Intentó tirarlas con un palo, pero no alcanzaba. Les lanzó piedras, pero aún no estaban maduras y no caían con facilidad.
    Cuando supo que iba a morir de hambre, decidió meditar usando esa maravilla de cerebro que tenía para aprovechar al máximo su don natural antes de fenecer. Así marcharía con buenos pensamientos allá donde su mente lo llevara cuando su corazón dejase de latir.
    Se sentía tan en paz con todo que hasta los animales sentían una curiosidad instintiva y se acercaron a él. No podían razonar, pero algo en el entorno del hombre los atraía.
    El humano, si se le podía llamar así, notó la presencia de una multitud de seres vivos que, al verlo tan tranquilo junto a su hoguera, también perdieron el miedo al fuego. Todos se ordenaban según su especie y no se mezclaban entre sí.
    El ciervo más grande se adelantó a todos y habló con la mirada: «Él no tiene mi cornamenta y ni estómago para comer la fresca hierba del campo». Se marchó al galope y poco después trajo en su boca una rama de bayas que crecían en las cimas de las rocas adyacentes.
    Todos los animales lo miraban fijamente y el jabalí, apestoso y lleno de cicatrices, se adelantó y miró al ciervo para decirle: «Él no tiene sangre para aguantar el veneno de esas bayas, ni tampoco mi hocico». Y olfateó el suelo. Luego hocicó hasta que sangró al extraer unas tiernas raíces.
    Una ardilla sobre la encina bajó una bellota y la puso sobre la mano al hombre, luego miró al jabalí: «Él no tiene un estómago tan grande como para comer raíces suficientes y tampoco tiene mi agilidad. He aquí algo más nutritivo».
    Entonces el oso, que estaba sentado y era solitario, avanzó cuando ciervo, jabalí y ardilla se retiraron para ver qué alimento prefería el humano, e irguiéndose sobre dos piernas miró a la ardilla: «Él no tiene fuerza como la mía, pero sí un cuerpo tan grande que una bellota no puede alimentarlo. Necesita más». Y propinó golpes violentos al grueso tronco de la encina hasta que una lluvia de bellotas cayó al suelo.
    Volando desde la encina apareció un águila con carroña entre las garras, y con las alas desplegadas miró al resto: «Él necesita carne para vivir. He aquí lo que necesita».
    Un salmón que asomaba en el río chapoteó y todos lo miraron: «Él no tiene estómago para nutrirse de carne podrida como vosotros, he aquí lo que necesita». Y se sumergió para dar un salto tan grande que cayó sobre la hoguera del hombre y empezó a asarse.
    El hombre, que los observaba quieto y en silencio, se levantó de golpe para regañarlos a todos, y que se marchasen antes de que cometieran una estupidez aún mayor, pero ya era demasiado tarde. Desde las sombras, el lobo, que lo vigilaba todo, saltó en medio de todos antes de que el humano pudiera articular palabra. El lobo los miró: «El hombre está maldito. Ha sacrificado su agilidad, sus colmillos y su fuerza para tener una cabeza más grande. Es tan patético que me da pena. Me da tanta pena que me sacrificaré yo mismo para siempre, siendo sus colmillos para cazar, su nariz para encontrar comida y su agilidad para correr». Y entonces saltó hacia el conejo, matándolo delante de todos y se lo puso en la mano al hombre. Los animales maldijeron al lobo y huyeron del monstruo en el que se había convertido, ahora mataba por matar. En ese momento el humano comprendió su carencia, lo que hizo realmente que dejase de ser un animal: sabía distinguir el bien del mal.
    Entonces el hombre miró al lobo, con sangre en sus fauces, y habló por última vez: «Comprendo tu sacrificio, y yo me sacrificaré contigo y me olvidaré de cómo hablar. Me castigaré poniéndome pelo en la cara como tú y no nos separaremos jamás. Con tu ayuda me cubriré de pelo como el oso para no pasar frío, usaré los colmillos del jabalí para excavar la tierra como él. Y cuando recoja bellotas como hace la ardilla, me ayudarás a coronarme como lo hace el noble ciervo».
    Cuando recuperaron fuerzas, perro y hombre se perdieron, caminando hacia el amanecer.


    BIT, EL PERRO

    El despertador tronaba y otro dichoso día de rutina comenzaba. Carlos estaba cansado de su repetitiva vida, pero qué mañana más hermosa de viernes hacía en la urbanización Los Peñascos, al norte de Madrid. Después de las tareas de acicalamiento matutino y desayuno, Carlos atravesó la parte trasera de su jardín, se subió en el flamante coche que CiborgDame le había proporcionado como incentivo por su magnífica labor y marchó en dirección a su trabajo de jefe adjunto de Ingeniería. Al salir por las puertas automatizadas de la urbanización, como todos los días, miró por el retrovisor el cartel de concesión y permiso de obra de CiborgDame. Le encantaba ver el cangrejo robótico caricaturizado con el casco de albañil antes de adentrarse en el atasco.
    Al salir de trabajar pasó por el gimnasio, como todos los días, y después compró un cupón de lotería, a ver si unos cuantos millones hacían de su vida algo más interesante, que ya llevaba así desde que acabó la carrera hasta sus recién cumplidos treinta años. Y por supuesto, no podía faltar en aquel día pasar frente a sus rosales antes de entrar en casa, solo para apreciar un poquito más lo hermoso que tiene vivir… Pero… ¿qué era aquello? Entre los rosales gruñía algo enorme.
    Carlos retrocedió unos pasos hasta que distinguir un enorme mastín que babeaba, apestaba y encima le gruñía.
    El sol aún no se había puesto, y Carlos se refugió con calma en casa y marcó el número de emergencias, ya que le daba miedo enfrentarse al animal él mismo. De hecho, estaba tan afectado que ni se había dado cuenta de que los cables del teléfono estaban cortados y… «¡POC!».
    Golpe seco en la nuca y al suelo.
    Carlos recobró la conciencia poco a poco y alcanzó a ver, como si estuviera soñando, a aquel gigantesco perro zarandeando y noqueando por el cuello a un hombre que llevaba guantes de cuero. Antes siquiera de incorporarse, la Guardia Civil entró de golpe en la vivienda, redujeron al perro y arrestaron al hombre que estaba en el suelo.
    Ya en el hospital, un capitán le explicó amablemente a Carlos que aquel hombre que le había golpeado era una especie de sicario que esa misma tarde había matado y revuelto la casa de otro hombre de la urbanización llamado Israel, que el perro era propiedad del difunto y seguramente siguió al sicario hasta su casa, donde sospechaban que también pretendía matar a Carlos.
    Unos días después, Carlos descubrió que el tal Israel, a quien no conocía, era un autónomo de origen francés que trabajaba eventualmente para CiborgDame, y el propio Carlos se montó la película de que aquel sicario buscaba secretos de la empresa, de modo que era lógico que tras matar a Israel fuera a por Carlos. Su teoría se reforzaba por los comentarios de los vecinos que Carlos escuchaba en el supermercado de la urbanización mientras estaba de baja: que al tal Israel lo habían atado y torturado… Claro, seguramente para sonsacarle información. Si no hubiera sido por el perro, ahora Carlos estaría muerto y nadie iría a visitar su despedazado cadáver porque no tenía ni familiares ni amigos de confianza… Bendito perro. ¿Qué habría sido de él?
    Con esa misma curiosidad se enteró cuando fue a declarar en el cuartel que el perro estaba retenido en la perrera municipal a expensas de entregarlo a algún familiar de su dueño, pero nadie lo reclamaba y lo sacrificarían dentro de unos días.
    ¡Carlos al rescate! ¿Qué mínimo que salvar al pobre animal buscándole otro dueño? Se lo debía. Y con esas fue a la perrera municipal a preguntar por él. Era precioso, allí en la jaula. Su pelaje era una especie de gris plateado y brillante con claroscuros que emulaban la piel de un tigre. Sus músculos se notaban bastante, aun siendo cubiertos por ese chorro de piel inmenso que le hacía tener esas papadas que le conferían un aspecto noble… Y sus babas… No, sus babas eran asquerosas, la verdad, pero Carlos sospechaba que el perro no podía evitarlo.
    Con esfuerzo, adoptó al animal. En la ficha ponía que debía de tener unos cinco años y gozaba de buena salud. En la puerta, el veterinario le hizo entrega del ancho collar remachado con el que vino y en cuya reluciente placa ponía «Bit». Así que era así como se llamaba. Claro, típico de un informático.
    Al salir de la perrera, Carlos reparó que dos hombres vestidos con abrigos negros lo observaban. Qué raro… Abrigados en pleno mes de mayo… Pero, en fin.
    Una vez en casa, Bit olisqueó todo y se puso a aullar suavemente hacia donde estaba su antiguo hogar. Carlos creyó que el perro era consciente de la muerte de su antiguo propietario.
    No se escapaba, no mordía cosas, soltaba babas allá por donde pasase… Muy obediente y cariñoso… Carlos se enamoró de él. Además, mantenía alejada a la gente que pasaba. Tener a Bit supuso que Carlos dedicara menos horas de las habituales en el trabajo, y se comprara una estación de gimnasia que instaló en una habitación que no usaba para no perder tiempo fuera de casa y así pasear con Bit, lo que quizás le gustaba más al dueño que al perro. La gente se paraba a acariciarlo, por fin las chicas hablaban con Carlos sin necesidad de que él iniciara una conversación.
    Con el paso del tiempo, Carlos se dio cuenta de que Bit era especial. Aprendía muy rápido y podía enseñarle trucos que lo convirtieron en alguien interesante en el parque. Nuevos amigos, dueños de los perros que jugaban con Bit hasta que se cansaba.
    Dos años pasaron mientras Bit rompía la monotonía de Carlos. De vez en cuando, a lo lejos, una pareja vestida de negro lo observaba, pero Carlos le restaba importancia, Carlos supuso que pertenecían a la seguridad de la urbanización.
    Carlos estaba cada vez más saludable, comía mejor y se ejercitaba más. Era evidente que su mascota había añadido sal a su sosa vida. Una vez, ejercitándose en su máquina, a Carlos le dio un subidón porque estaba feliz, ya que saldría a pescar con unos amigos nuevos. Era su primera salida con amigos, así que estaba nervioso, tanto que hacía las sentadillas en la máquina cada vez con más fuerza y, sin darse cuenta, se levantó en una de las sesiones tan fuerte y rápido que le dio un tirón en la pierna, perdiendo el equilibrio. Al caer, se agarró a la máquina, que le cayó encima. Sin apenas mediar palabra, Bit, a su lado cogió suavemente el móvil y se lo puso en la mano a su dueño, el cual pudo marcar entre babas el número de emergencias para que lo rescatasen de su embarazoso estado.
    ¡Qué maravilla de mascota! En el veterinario se dejaba inyectar de todo y se tragaba las pastillas sin necesidad de esconderlas en la comida. Durante un día de consulta, el veterinario intentó escanear a Bit para cambiar el nombre del chip canino que obligatoriamente debían llevar todos los perros, pero entre tanta piel y músculo era casi imposible, así que, para no implantarle otro, el veterinario decidió hacer una radiografía al animal de cuerpo entero, simplemente para localizarlo.
    Carlos no escatimaba gastos en Bit y siempre lo llevaba a una clínica de lujo porque podía permitírselo. Pero parecía que lo único que disgustaba al canino era la máquina de rayos X. El pobre se alteraba y tiraba en contra con tanta fuerza que llevarlo hasta la sala resultó imposible. Los calmantes no le surtían ningún efecto, ni ingeridos ni inyectados, posiblemente debido a su gran volumen, según el veterinario. No se portaba con agresividad, así que entre tres lo levantaron como pudieron y colocaron sobre la plataforma de radiografías. Bit gimoteaba y lloraba, y para mantenerlo ahí Carlos lo abrazó en la parte posterior.
    Fue imposible hacerle la radiografía. Todas salían extremadamente mal, no se podía distinguir ni siquiera el contorno, como si Bit fuera completamente macizo. Así pues, en un alarde de genialidad, el veterinario se dio cuenta de que el problema salivar del perro podría deberse a que el chip canino estuviera alojado cerca de los conductos de fluidos bucales, ya que posiblemente se lo implantaron de cachorro y habría acabado ahí con el desarrollo del perro.
    Cuando el veterinario palpaba el cuello de Bit, cosa que parecía imposible con tanto papo colgando y tanta piel, apreció que en la zona que él sospechaba había un cuerpo extraño fundido con lo que debería ser el hueso de la mandíbula inferior… ¿Podría ser ese el chip, calcificado y adherido a la mandíbula? Carlos consintió la pequeña intervención, pero fue imposible proceder porque Bit no se dormía con la anestesia y el veterinario no quería elevar las dosis por si provocaba la muerte del animal… Así pues, Bit tuvo que quedarse con ese chip.
    Cuando ya habían pasado tres años desde el allanamiento, Carlos decidió mudarse a otra casa con un jardín más grande, ya que le parecía que el actual era demasiado pequeño para su mascota. Tras recoger y hacer inventario se encontró con el collar que le entregaron junto con el perro. Era precioso, la verdad, y Carlos decidió dárselo a oler a su peludo amigo, para que le trajera recuerdos de su anterior dueño, pero al acercárselo Carlos notó que el collar vibraba de manera extraña, como si fuera electrónico. Eso no podía ser… El collar era de cuero y tenía remaches que… que… Uno de los remaches estaba medio suelto, quizás por el endurecimiento del cuero por guardarlo en una zona seca. Quizá se hubiera desenganchado al manipularlo de nuevo. El remache en sí parecía tener microelectrónica debajo. Carlos no era un experto en la materia, pero se reconocía a la legua.
    Tras inspeccionar a fondo el collar, Carlos descubrió que la placa plateada con el nombre de su perro podía retirarse, y debajo guardaba algo que parecía un puerto de carga por proximidad para baterías extraplanas. ¿Sería esto lo que aquel sicario buscaba? La verdad es que era un buen escondite, a muy poca gente se le ocurriría ocultarlo en el collar de un perro tan grande y baboso que seguro que con sus babas habría acabado sulfatándolo o algo… ¿Y por qué vibraba cuándo lo acercaba a Bit? ¿Estaría relacionado con el implante? La suerte hizo que Carlos tuviera en casa un cargador del mismo tipo que requería el collar. Lo dejó en la plataforma cargadora y salió a dar una vuelta con Bit mientras se cargaba.
    Al llegar a casa y cruzar la puerta del jardín, Bit empezó a gruñir y a detenerse en el camino. Estaba claro, había alguien en casa. Carlos comprendió en ese momento que el collar debía de ser una radiobaliza o similar, y lo habían detectado. Sospechó de aquellos sujetos vestidos de negro que merodeaban por la urbanización. Con calma se dio la vuelta con el perro y preparó su móvil para llamar a emergencias y «¡POC!».
    De nuevo al suelo.
    Carlos se despertó atado y amordazado a una silla en su propia casa. Bit estaba a su lado, en medio de un charco de sangre… ¡No se lo podía creer! ¡Bit! ¡Su amigo! Dos personas estaban frente a él y a sus espaldas había una cantidad considerable de latas de gasolina. Carlos tenía claro que iban a interrogarlo mientras lo torturaban, y luego lo quemarían todo.
    Uno de los secuestradores, vestido con ropa negra ajustada, se encaminó hacia Carlos con el collar de Bit en la mano y con intención de articular palabra… Pero la negra figura no se percató de que la silla donde habían maniatado a Carlos era de madera, y que era la postura adecuada para hacer sentadillas en su máquina de gimnasia. Cuando apenas estaban a un metro de distancia, Carlos liberó todo el dolor y rabia por haber perdido a su mejor amigo y ¡PUM! Rompió de golpe el mueble mientras le daba tal puñetazo a su agresor que lo dejó inconsciente. Con esa misma energía y velocidad se dirigió hacia el segundo, pero este ya había desenfundado una pistola y le apuntaba directamente a la cabeza.
    Carlos sentía tanta rabia e impotencia que sus músculos se noquearon, su cuerpo se colapsó por nervios. Aquel sicario de mala muerte se acercó lentamente con la pistola y lo encañonó. ¡ZAS!
    Bit estaba vivo y se lanzó contra aquel hombre vestido de negro y empezó a morderle y pisotearlo frente al paralizado Carlos.
    Mientras el sicario era zarandeado por Bit como si de un papel se tratase, la pistola efectuó varios disparos. Uno en la espalda de Carlos y otro en las latas de gasolina, que prendieron rápidamente.
    Carlos no se podía mover, el disparo debía de haberle impactado en la columna y con lágrimas en los ojos le gritaba a Bit para que escapara de las llamas, pero el animalito cogió a su amigo por el hombro y lo arrastró hacia la salida. Pronto las llamas los rodearon y la casa colapsó sobre ellos.
    Cuando los bomberos extinguieron las llamas, antes de que el equipo forense se acercara para buscar cadáveres, dos hombres con abrigo negro se acercaron con un escáner en la mano. Excavaron en un montón de ceniza, maderas y escombros hasta distinguir lo que parecían dos cuerpos carbonizados, uno de un perro mordiendo el hombro de un hombre que a su vez abrazaba al perro.
    ―Vaya… Parece ser que al final sí han conseguido crear un ser sintético capaz de amar hasta la muerte.
    ―¿Lo empaquetamos y llevamos al laboratorio?
    ―Por supuesto.
    ―Y… ¿qué hacemos con el perro?
    ―Dejémoslo ahí. A nadie le interesa un perro normal.


    LA SALIDA

    Similar a un universo subterráneo, las incrustaciones de metales y piedras preciosas brillan allá donde Gilbert alumbra con su linterna. En su improvisado arnés, hecho con su camisa, carga a Javiera, que poco a poco recupera el conocimiento. Realmente parece una niña pequeña e indefensa que sufre una pesadilla.
    El radioaficionado se halla al borde del colapso. Quemado por el viento y el destello nuclear, magullado por la sacudida del agua en las rocas y ahora casi congelado, sigue caminando hasta donde las grutas naturales lo lleven.
    No sabe qué bifurcación tomar cada vez que el camino se ramifica, siempre escoge el túnel más seguro, con la esperanza de no encontrarse con un callejón sin salida o un precipicio subterráneo. No puede permitirse el lujo de rectificar porque la muerte convertida en masa los persigue, así que confía en su suerte mientras sigue el curso del agua. «En algún punto tendrá que aflorar a la superficie…».
    Un tiempo después, Javiera recobra el conocimiento y se detienen para que se alimente. Lo necesita. Después de unos minutos de reposo, la pequeña vampiresa examina los alrededores, pero no mira, escucha.
    ―Gilbert, creo que oigo el mar.
    ―¡Por fin! Ya estaba harto de todo esto. ¿Si seguimos este túnel saldremos a la costa?
    ―No estoy segura, pero dada nuestra situación lo mejor es seguir avanzando. Todos estos túneles tienen una pendiente poco pronunciada y no hay grandes torrentes. Apostaría a que las explosiones han cambiado la hidrografía subterránea. Probablemente estas galerías estaban inundadas antes de la explosión.
    ―¿Sabes que eres muy culta? Yo no tengo tantos conocimientos como tú.
    ―La lectura es un arma muy poderosa, Gilbert.
    Es la primera vez que Javiera llama al radioaficionado por su nombre. Gilbert se siente cada vez más compenetrado con su extraña compañera.
    Su descanso no dura demasiado, a sus espaldas se escucha la melodía de la muerte. Cuando enfocan con la linterna hacia el origen del sonido ven una estampa terrorífica, incluso para la niña, que ya de por sí es una especie de monstruo. Una oruga gigante, compuesta por una fusión de fragmentos humanos, se arrastra sobre el suelo, pero no con las evidentes extremidades sino con pequeños tentáculos que se alargan para agarrarse a la roca de paredes y techo para mover a tirones aquel engendro. Brazos y piernas de lo que antes eran obreros parecen moverse sin coherencia, simplemente están ahí. La única acción heredada de sus antiguos dueños son las cuerdas vocales de las cabezas pegadas a lo largo de todo aquel ser, que como una gaita expulsan aire y entonan un gélido y monótono cántico con cada tirón de los tentáculos.
    Sin mediar palabra, Javiera y Gilbert corren en dirección contraria, avanzando por la gruta hasta que divisan un brillo lejano. Cuando alcanzan la luz ven una gran grieta por donde se filtra la luz del sol. La tierra se ha resquebrajado y en las paredes de roca se aprecian tubos que descienden hasta los yacimientos de agua subterránea que se precipita al fondo de aquel tajo. Oyen desprendimientos y sienten temblores, pero el impulso de sobrevivir los anima a escalar las paredes.
    La disposición de las piedras facilita la tarea. Javiera ayuda a Gilbert cada vez que este lo necesita, hasta que llegar al borde, donde se alejan unos metros hasta adentrarse en un viñedo devastado. Allí les recibe un perro que les ladra insistentemente, y un agricultor que les apunta con una escopeta.
    ―¿Sois de esas cosas?
    Gilbert levanta las manos instintivamente y el agricultor apunta a Javiera, que sigue firme. Ella lo mira con intensidad pese a ser encañonada y, con total tranquilidad, dice:
    ―No, pero nos persigue una bien grande.
    De la grieta surge la monstruosa oruga. Su monótono sonido se ha transformado en un griterío agudo y escalofriante.
    ―¡Corred!
    El agricultor dispara toda la recámara de cartuchos mientras la extraña pareja huye por un camino entre las parras destruidas, en dirección a una nave con el portón abierto. La niña detiene de golpe al radioaficionado. Gilbert mira a Javiera y esta señala frente a ellos. Algunas parras, quemadas en su mayoría, se arrastran por el suelo hacia su encuentro. El viñedo está infectado.
    Sin pensarlo mucho, Javiera sujeta a Gilbert como ya ha hecho antes y lo lanza por encima de las parras que obstruyen el camino; acto seguido, salta sobre ellas. El radioaficionado se incorpora y no mira atrás hasta llegar a las puertas de la nave, donde una señora con los ojos rebosantes de lágrimas lo encañona con un rifle entre ceja y ceja.
    Una pequeña mano agarra el cañón justo antes de que dispare, desviándolo. Javiera arranca el arma de las manos de la señora, que del retroceso se cae de culo al suelo.
    ―Discúlpeme, no estamos infectados.
    ―¿Y mi marido?
    Al fondo se escuchan los gritos de un hombre, y entre el amasijo de parras que no para de moverse aparece el perro ensangrentado, que corre en su dirección entonando alaridos de miedo y dolor.
    La señora aprieta los dientes y se abalanza contra Javiera para arrebatarle el rifle, pero la niña no cede ni un milímetro.
    ―Esté usted tranquila. No vamos a hacerle daño.
    ―¡No lo entiendes, niña! ¡Hay que matar al perro antes de que entre!
    La pequeña vampiresa suelta el arma, y cuando el animal se pone a tiro la señora le dispara en la cabeza. Después entran en la nave y aseguran la puerta. Aquel edificio se destina a la elaboración de vino. Es grande, con gruesas paredes para el aislamiento térmico y de techos altos para evitar acumulación de gases derivados del proceso. En el interior hay tanques de fermentación de acero inoxidable.
    La señora se apoya en uno de ellos y llora en silencio. Cuando se serena mira a Javiera y Gilbert de reojo.
    ―Si vais a matarme, hacedlo ya.
    Gilbert se acerca a ella.
    ―Tranquilícese, señora. Venimos huyendo desde la minera de cobre. Hemos escapado por las cuevas. Si fuéramos una de esas cosas… ¿No cree que la habríamos atacado ya? ―La señora esgrime un rostro de odio, apunta al radioaficionado otra vez a la cara y avanza hacia él mientras este retrocede lentamente―. Ya estamos otra vez.
    ―He visto con mis propios ojos cómo saltasteis por encima de los monstruos, dejando atrás a mi marido que fue a ayudaros a salir de la grieta. Creímos que erais personas… Pero ninguna persona es capaz de saltar así, y menos es tan… ¡desagradecida como vosotros!
    A Javiera no le cuesta nada reducir a su atacante contra el suelo.
    ―Tiene razón, no soy humana —le susurra al oído mientras le sujeta la cabeza—. Y créame que, si no se comporta, me beberé toda su sangre.
    Un sonido extraño, muy grave y aterrador brota de la boca de esa extraña niña mientras muestra unos colmillos igual de terroríficos. Gilbert no sabe si la señora se ha desmayado a causa del miedo o la llave de Javiera, el caso es que optan por atarla con unas cuerdas para evitar que cometa alguna tontería.
    Algo golpea los portones con mucha fuerza, pero parecen resistentes. En unos minutos todo se ha calmado y Gilbert se sienta junto a la señora que parece dormir. Le retira el pelo de la cara.
    ―Pobre… Ni me imagino lo que habrán sufrido aquí fuera estos días. El mar está muy cerca, me pregunto si la infección ha invadido ya el mundo entero.
    ―No lo creo. ―El radioaficionado da un brinco. La señora está despierta―. Desatadme. Prometo no molestaros más.
    Javiera accede.
    ―¿Cómo se llama, señora?
    ―Soy Constanza. Mi familia lleva generaciones en este viñedo rodeado de pequeños montes hasta la costa, por eso la infección tardó un poco más en llegar aquí. Mi marido dice que los insectos infectaron las parras que mataron a mi hijo pequeño. Quemamos todo, pero no conseguimos nada. Solo pudimos aislarnos en este edificio y rezar para que no entraran. Cuanto menos ruido hacíamos menos nos molestaban. Poco a poco, esas cosas comenzaron a marcharse hacia el desierto y cuando salíamos a recoger comida de la casa lo hacíamos en silencio, porque las parras que se habían quedado se convertían en monstruos. Hace unas horas todo tembló y aparecieron enormes grietas en el suelo. A lo lejos vimos hongos nucleares. Nos dio miedo e intentamos huir por la costa, pero a mitad de camino nos encontramos montones de pájaros e insectos muertos. Un par de gaviotas volaban cerca cuando de repente un destello azul las iluminó. Cayeron a plomo.
    ―¿Está usted diciendo que los abatían desde la costa?
    ―No. Hay una especie de barrera invisible que impide llegar a la playa. Todo ser vivo que lo atraviesa, incluidas esas cosas, muere al instante. Mi hijo mayor lo intentó y su cadáver descansa sobre un montón de pájaros.
    Constanza se lleva las manos a la cara y llora. Gilbert la abraza mientras mira como Javiera asciende por una escalera de gato hacia una barandilla superior que bordea la nave. Una vez arriba observa la costa a través de los ventanucos de ventilación.
    ―Tiene razón, hay una franja llena de cadáveres sin infectar a un par de kilómetros hacia el mar. Debe de ser un arma militar de contención o algo parecido… Espera, algo va mal.
    La extraña niña bordea la nave para observar por los ventanucos y luego salta hacia donde se encuentra Gilbert. Esta vez el terror se adivina en sus ojos.
    ―¿Qué pasa ahora?
    Los tres acuden a los portones y se asoman por ellos. Un haz de luz azul golpea desde arriba y fulmina en el acto todo lo que toca. La oruga monstruosa permanece inmóvil con un halo de electricidad estática que la rodea, y las parras convertidas en monstruos que se adentran en el haz parecen morir en el acto.
    No podría ser peor. Daba la impresión de que ese haz de luz se expandiría hasta juntarse con la barrera de la costa, de idénticas características. Constanza se queda mirando como avanzaba aquel brillo de muerte y ve a su perro, que comienza a transformarse a escasos metros de la puerta. Con cara serena, agarra a Gilbert de las manos.
    ―Al fondo de la nave hay un viejo tanque de fermentación que ahora solo sirve para decorar. Es antiguo y grueso, la cobertura es de plomo. Entrad ahí, puede que sea lo suficientemente espeso para que esa luz no os alcance.
    ―Venga con nosotros —propone Gilbert.
    ―No cabemos los tres, y no tengo nada por lo que seguir viviendo.
    Constanza le suelta y camina hacia las parras que caen a medida que las alcanza el haz de luz, que avanza casi un metro por segundo. La roza. Y la señora sucumbe a una muerte decorada con destellos de electricidad estática.
    Al instante Javiera agarra a Gilbert de la muñeca y corren al fondo de la nave, en una de las esquinas encuentran un tanque rojo con molduras bicentenarias. Su tapa permanece abierta y hay escalas soldadas en la cubierta para poder acceder a ella. Apenas mide dos metros de altura y un metro de diámetro.
    El radioaficionado entra primero mientras por la puerta se arrastra de manera anómala el perro, que intenta llegar hasta ellos rodando como puede.
    Cuando Javiera se adentra en el tanque se fija en que el metal que lo recubre tiene un par de centímetros de espesor y su interior es cerámico. El perro casi los ha alcanzado y los tanques más cercanos a la entrada emanan chispas de estática, sin duda porque el influjo de la luz atraviesa el techo y mata las bacterias encargadas de la fermentación.
    La niña intenta cerrar la puerta del depósito pero el terror vuelve a dominarla. La puerta es tan vieja que no cierra. El perro rueda hasta la base del depósito e intenta alcanzarlos mientras otros tanques chisporrotean.
    En un último arrebato, gritando y enseñando los colmillos al más puro estilo reptiliano, la niña revienta las bisagras y cierra como puede. Gilbert está aterrorizado y abraza a su extraña compañera mientras llora. Los golpes en la base cesan y por una rendija de la tapa mal colocada se cuelan finos haces de luz que provocan un dolor intenso en el hombro expuesto del locutor. Javiera no pueda hacer otra cosa salvo intentar asegurar la tapa de aquel antiguo tanque de fermentación.
    Un golpe metálico y seco se escucha dentro de la nave, tan solo perturbado por un sonido estático en el ambiente.
    Diez minutos después, el ruido cesa. Solo se escucha el viento y algún graznido de gaviota en la lejanía.
    Javiera propina un puñetazo a la tapa, que sale despedida hacia el centro de la nave, y examina su alrededor. Tiene media cara de un color negro, como si de una quemadura de congelación se tratase. Bajo el tanque de fermentación permanece inmóvil el perro zombificado, del mismo color negruzco. Con mucho esfuerzo, saca a un desgastado Gilbert, cuyo brazo izquierdo también muestra necrosis.
    ―¿Puedes caminar?
    ―Javiera… Tu cara…
    ―No te preocupes, me regeneraré. Pero tu brazo…
    ―Haz lo que tengas que hacer.
    Javiera sale de la nave. Regresa unos minutos después con una carretilla llena de herramientas. Enciende un soplete con un mechero y calienta unos hierros sobre el suelo. Le coloca al radioaficionado un trozo de madera seca entre los dientes, agarra su brazo necrosado y le coloca un pie sobre la axila.
    Ella lo mira y Gilbert asiente con la cabeza mientras arruga la cara al morder el trozo de madera. Javiera estira con fuerza del brazo necrosado hasta arrancarlo a la altura del hombro. Un grito ahogado se extiende por lo que antes era un viñedo.
    Cuando despierta, Gilbert se lleva la diestra al hombro izquierdo, ahora casi inexistente. Su compañera le ha cortado todo el tejido necrótico, cauterizado la herida y vendado hasta el torso. También se da cuenta de que le falta un diente, se había clavado tanto en el trozo madera que lo perdió cuando Javiera se lo quitó de la boca.
    ―Vamos, Gilbert. Salgamos de aquí.
    Esa extraña pareja de supervivientes, después de todas las calamidades vividas, abandona del viñedo, ahora de un color negruzco e inerte. Nada queda vivo a su alrededor.
    Javiera transporta al radioaficionado en la carretilla, siguiendo un camino que supone que conduce a la playa. Al subir una colina, ambos contemplan el mar. Abajo, en una playa rocosa, los leones marinos toman el sol y los pelícanos aterrizan a su lado. La infección no ha llegado allí.
    La niña apoya a Gilbert contra una roca, y juntos aprecian el atardecer.
    En el horizonte se vislumbra un barco del que despegan helicópteros.
    ―¡Mira, Javiera! ¡Estamos salvados!
    ¡PLAFF!
    La pequeña vampiresa decide recordarlo así, con una sonrisa de esperanza en el rostro antes de aplastarle la cabeza contra la roca. Es evidente que quedan más humanos en el mundo. Ya no necesita a Gilbert, y sabía demasiado.


    CÓDIGO NOE 1.1

    Sí, era muy parecido al nailon negro. Noe era incapaz de distinguir el resto de la figura… No sabía qué hacer. ¿Iba a morir allí y ahora? En ese instante se desmayó.
    Lo primero que sintió al despertar, aún con los ojos cerrados, fue dolor de articulaciones. El olor era el de su cama; la comodidad, la de su colchón… ¿Se había quedado dormida? Abrió los ojos y comprobó que efectivamente se encontraba sobre su cama. Se incorporó de golpe y se llevó la mano al pecho. Era una pesadilla. Claro, solo los sueños son tan absurdos… Pero eso quería decir que… ¡Llegaba tarde a Argüelles! Rápidamente se puso frente al tocador y perdió el aliento. Su cara estaba salpicada por gotitas de sangre… El callejón… Los cabezas rapadas… Esa cosa…
    En cuanto su cerebro se conectó de nuevo se dispuso a proferir el mayor grito de su vida, pero, como un relámpago, algo cayó del techo y le cubrió la boca con firmeza.
    Aquella mano era como la de los humanos, pero sin rastro de piel. Músculos y tendones negros sintéticos y muy cálidos que estrujaban su boca para que no gritara… Esa cosa la inmovilizaba, en el espejo solo se veía su negro brazo. Noe volvió a quedar paralizada de miedo. Era una situación extremadamente absurda.
    Pekaluna, su gato, se subió al tocador de un sigiloso salto y la mano libre del ser lo acarició con suavidad. Noe se tranquilizó un poco al oír el ronroneo de su gato entre los latidos de su propio corazón. A medida que la joven se relajaba, la criatura aflojó la mordaza.
    Unos diez minutos después, cuando ya estaba tranquila, la cosa colocó un papel encima del tocador, a la vista de Noe, y rápidamente y sin hacer ruido se metió debajo de la cama. Noe se giró para verlo con claridad pero apenas pudo distinguir sus ojos tenuemente brillantes en la oscuridad bajo el mueble. La chica cogió el papel con timidez, donde leyó un escrito de caligrafía impoluta: «Tú eres mi madre. Por favor, no te asustes de mí. No te haré daño».
    ¿¡Ella!? ¿Su madre? Pero ¿qué estaba contando? Si solo tenía veinticinco años y no había tenido nunca hijos… Y menos monstruos, que ella supiera, claro… Unos veinte minutos de deliberación interna después, Noe consideró que cosas más raras en este mundo había escuchado y que, si ese ser quisiera matarla ya lo habría hecho. Así que se arrodilló con dulzura al lado de la cama y le extendió su mano a la cosa… Total, si iba a morir, qué importaba que fuese resolviendo este entuerto.
    Una mano negra emergió lentamente de debajo de la cama y asió con delicadeza la mano de Noe. La joven se percató de que era una mano biónica o algo así.
    ―Venga, sal. Sé que no me harás daño…
    Al salir de debajo de la cama e incorporarse, Noe tuvo que aguantarse las ganas de gritar. Era un robot, estaba claro. Ojos mecánicos que se movían como los de las personas, pero… Su cuerpo carecía de piel. Como si hubieran fabricado a uno de esos dibujos de los libros de anatomía humana con tejido artificial y músculos negros. Sin labios, orejas o nariz, esa cosa tenía una silueta femenina, pero sin pechos. Más bien parecía andrógino.
    La cosa levantó un papel con otro impoluto escrito: «Soy tu hija. Mi papá se inspiró en ti para crearme. Mi código base se titula Noe 2.0. Mi papá ha muerto. No estoy completa. No sé qué hacer».
    What?!! ¿Papá? ¿Inspirar? ¿Eing? Un remanso de lucidez hizo que Noe suspirara…
    ―A ver si me aclaro… Te llamas Noe, ¿verdad? ―La máquina levantó dos dedos—. Vaaale… Noe 2.0, o como se diga técnicamente… ¿Tu papá trabajaba en CiborgDame? Lo digo por la marca que te vi ayer en el tobillo y el cangrejito que la acompaña. ―2.0 asintió con la cabeza―. Joder… ¿No se llamaría Israel?
    La máquina se sentó en el suelo, agachó la cabeza y se agarró las rodillas. Si tuviese cara seguramente mostraría tristeza.
    Noe, la de carne y hueso, salió durante unos meses con Israel, una especie de informático francés que trabajaba para CiborgDame. El chico era muy bueno pero orgulloso en extremo. Trabajador y brillante como ninguno, le dio la patada para no volver a pensar en él solo porque sus amigos la malmetieron y su escasa juventud le llevaba a pensar que ella siempre estaba en lo cierto. Por lo que recordaba, Israel era decidido para conseguir lo que quisiera, un poco grillado y muy «yo, yo y yo», pero sin duda brillante.
    ―Noe, escucha. ―La máquina volvió a levantar dos dedos desde su triste postura―. Vale, Noe 2.0. ¿Israel te llegó a decir que yo era tu madre? ―2.0 negó suavemente con la cabeza―. ¿Entonces cómo sabes que yo soy tu madre? ¿Por el nombre? ¿Has revisado mi expediente o algo así y has visto que yo estuve con él?
    Noe metálica se levantó y del cajón del escritorio sobre el que estaba el tocador extrajo una hoja de papel donde había una nota: «Mi código aún no está completo. Los fragmentos de programa más importantes se concentran todos en una determinada etapa temporal. Cada poco tiempo, mi padre hablaba en voz baja quejándose de su falta de inspiración. Doscientos milisegundos después de su muerte formulé conclusiones. Es lógico pensar que durante la fecha del código creativo tuvo que vivir de manera distinta. Después, investigando sus actos durante esas fechas descubrí una cantidad anormal de fotografías contigo. Después investigué quién eras y qué había sido de ti. Después decidí buscarte. Después te seguí durante dieciséis meses mientras desarrollaba mis dotes. Después decidí interactuar contigo. Después aquí estoy».
    Al leer lo que su tocaya había escrito, y viendo esa manera tan repetitiva de expresarse, Noe no supo cómo reaccionar.
    ―Bien, a ver… ¿Qué quieres que haga yo?
    2.0 le dio suavemente la vuelta al papel en manos de Noe: «Ayúdame a terminar de nacer. Ayúdame a completar mi código. Ayúdame a encontrar al asesino de mi padre. Puedo aprender. Puedo decidir. Pero no puedo camuflarme como persona. Mi instrucción básica es seguir viviendo; mi subinstrucción es pasar por humana».


    QUE ALGUIEN SE APIADE DE ÉL (IV)

    Esta vez era un pelo negro. Liso y suave, como la suave brisa de la sierra. Tan liso que hasta los delicados perfiles de unas orejas perfectas asomaban entre los cabellos, tan negros como lo es una noche sin luna.
    En medio de aquella refinada sala, tan recargada de cuadros, animales disecados y esculturas que estaba desfasada, se sentaba aquella figura femenina, tomando el té al anochecer y guarecida por un vestido también desfasado, de cancanes ondulantes y finas telas que jugaban entre el opaco azul marino y la vaporosa seda blanca. Aquella figura estaba embutida por un corpiño que exhibía aquel escote de piel blanca que seguramente había levantado las pasiones de innumerables hombres.
    Unas manos de uñas nacaradas, tan brillantes que reflejaban los contoneos de las tenues llamas de los lamparones de aceite; unas manos de piel tan blanca como la del escote, tan suaves y lisas que denotaban que aquella mujer era noble, ya que no las usó nunca para ganarse el pan.
    Pero lo que más la acercaba a la perfección consumada era el rostro. Era ideal. Coqueto, blanco, sin imperfecciones ni arrugas. Unos labios rojo sangre escondían una sonrisa que quizás no lo era. Aquella nariz tan perfecta y simétrica… Los ojos… Aquel verde rodeado de blanco casi reflectante era justo el color que todos los geniales pintores y retratistas tuvieron que contemplar por narices para otorgar genialidad a sus obras. En el mundo no existía tono verdoso tan único, ni tan hipnotizante. La mujer miraba como el vaho de la taza se perturbaba y supo que su invitado había llegado.
    ―Puntual, como me habían dicho, monsieur.
    Joder… Si hasta la voz de acento gabacho haría perder la inocencia de golpe a cualquier infante. El capataz cerró despacio la ventana por donde se coló sin mirar a la mujer, ella le hacía recordar que era un hombre.
    ―Son muchas pesetas por adelantado, como para llegar tarde.
    ―Veo que va al grano, monsieur. ¿Se dice así? Por favor, tome asiento y, si gusta, un té. Es importado de Oriente.
    Impávido como una estatua negra, el capataz apenas se alejó de la ventana.
    ―Aquí quien paga es quien decide cómo se han de decir las cosas. ―Una fugaz mirada a los dedos de la dama bastó para comprobar que no había, ni hubo, anillo―. Señorita… No, no me sentaré. Gracias. Desentono con la fina decoración y las porcelanas.
    Aquella dama azul oscuro se tapó aquellos labios tan hermosos con la punta de los dedos para gesticular una modesta risa que él jamás podría olvidar. Aquella noche iba a ser muy larga.
    ―Cierto es, monsieur, que a usted se le atribuyen algunos logros imposibles. Hazañas impensables, como la muerte de varios empresarios.
    El capataz permaneció quieto, guarecido por las sombras que otorgaba la compleja forma de la sala.
    ―Soy un hombre que tiene bien presente su pasado, aunque solo vivo sin que me importe el futuro.
    Otra risa de correctas formas casi le deshizo el alma.
    ―Cierto, monsieur. Tengo que reconocer que ha sido bastante difícil entrevistarme con usted, por no decir lo dificultoso que me ha sido… investigar sus logros.
    ―¿Acaso la señorita insinúa que soy tan torpe que dejo rastro de mis actos?
    Sabía perfectamente por dónde iba aquella mujer. Nadie en aquella época eliminaba a sus objetivos utilizando un florete militar de dos siglos de antigüedad. Pero debía dejar una firma, algo que lo identificara como autor, para que así le pudiesen contratar.
    ―Una estocada en el corazón… Muy romántico por su parte. Debo decirle que es obvio que me he entrevistado con empresarios cuyas sociedades han prosperado en los últimos años debido a la falta de competencia en el sector… y de ahí las recomendaciones.
    El capataz esbozó una sonrisa entre las sombras. Aquella dama era muy hábil. Inteligente y bella. El ejemplo perfecto de que la nobleza cultivaba su mente al verse desocupada de ganarse el pan.
    ―Bueno, señorita. Yo no soy juez. Soy un simple ejecutor cuya sentencia viene marcada por aquel que paga. Y no fallo nunca.
    ―Esas son palabras de un hombre que no tiene nada que perder o, en su defecto, de un hombre que quiere morir, monsieur
    La dama extendió la mano palma arriba, dándole la palabra. Él sonrió de nuevo.
    ―¿Acaso es usted gnóstica?
    ―¿Perdón, monsieur?
    ―Perdone, ¿acaso es usted gnóstica o illumine vetae? ¿Es acaso usted de alguna secta o religión que necesite saber el nombre de las cosas para controlarlas?
    La dama se quedó perpleja. Calmadamente entrelazó los dedos apoyándose en el aterciopelado respaldo de su lujosa silla.
    ―Veo que me ha calado, monsieur. Usted no se anda por las ramas.
    ―Cierto, joven señorita. Mis mejores clientes pertenecen a los vuestros. Por lo tanto, usted indique y pague… que yo cumpliré.
    ―Como veo lo directo que es, yo también lo seré. ¿Conoce usted al cronista Abraham Blázquez Figueroa?
    ―No tengo ese placer.
    La dama sonrió con picardía.
    ―Excelente, monsieur. Excelente.


    ROMPER UN ESPEJO

    Nadie pagaba aquello. Asqueroso, terrible y peligroso. A Miguel, durante sus arduas labores de mantenimiento, le concedieron permiso de nivel nueve para reparar en persona las anomalías atmosféricas de los módulos de control climatológico del sótano setenta y nueve. Parecía ser que las medidas atmosféricas de algún cuarto técnico no eran acordes con la actividad de aquel lugar.
    El edificio CiborgDame era una joya arquitectónica —desde el sótano tres hasta donde alcanzaran sus secretos, claro— donde las plantas del subsuelo eran un complejo sistema de galerías en caída, cuartos técnicos y demás para aislar de manera efectiva los locos experimentos que allí se llevaban a cabo. Cuanto más profundo fuese el nivel, más retorcido era el engendro científico que allí se destilaba.
    Era un secreto a voces que si algo salía fuera de control la planta sería fulminada en el acto a base de explosiones, como se rumoreaba que ya había ocurrido una vez, y que gracias a la magnífica estructura aislada de cada planta no había ido a peores.
    Cuanto más abajo, más lúgubre. Por seguridad, a partir del sótano cuarenta los ascensores y montacargas dejaban de ser lineales, y se intercalaban de lado a lado de la estructura, de tal manera que tenías que entrar en uno, bajar en él, cruzar por donde tu nivel de seguridad te permitiera y tomar el siguiente ascensor para continuar el descenso. A Miguel le daba la sensación de que plantas enteras también estaban contrapuestas entre sí.
    Miguel no tenía información sobre lo que se cocía en el sótano setenta y nueve, y tampoco quería averiguarlo para que no le hicieran desaparecer como también se rumoreaba que sucedía con los curiosos. Tampoco quería vérselas con el supercontrato de exclusividad que había firmado. Lo que por lógica sí sabía era que, a partir de esa planta, las cámaras de descontaminación presentes antes de llegar a los ascensores implicaban asuntos biológicos.
    El cuarto técnico en cuestión era el que regulaba los habitáculos de habitabilidad y confort del personal, ya que trabajaban a turnos semanales sin ver el sol. DOMO detectaba anomalías de funcionamiento en varios niveles, pero estos eran especialmente difíciles de catalogar por la inteligencia artificial.
    ―DOMO, abre el cuarto técnico 79L.
    Y a través del auricular de su oído, la voz metálica de DOMO contestaba: «Acceso de nivel nueve concedido. Miguel Olivares, autorizado».
    El pestillo electrónico encendió su LED verde y el resbalón de la puerta chasqueó. Se notaba como los motores que debían abrir la puerta —blindada y corredera— trabajaban a gran potencia, pero la puerta apenas hizo amago de moverse.
    «Fallo en funcionamiento de puerta 79L. Causa: puerta no abierta al ejecutar orden».
    ―¿De verdad, DOMO?
    —Sí, yo no puedo bromear.
    ―Qué cachondo…
    Era un fastidio, ya que el PLC de control donde se debía conectar para revisar manualmente los sistemas estaba dentro del cuarto, y DOMO no podía acceder a él por «causa desconocida».
    ―DOMO… ¿Puedes enviar unidades de vigilancia al cuarto?
    —Imposible el despliegue de unidades de vigilancia. Causa desconocida. Si pudiera desplegarlas, no te habrían mandado a ti.
    ―Creo que te estamos haciendo demasiado bien…
    —Gracias.
    ―Hum… ¿Puedes desplegar unidades de mantenimiento físico en el cuarto?
    —No. Causa desconocida.
    Miguel puso los ojos en blanco.
    ―Vale… ¿Están operativos los elevadores unipersonales de montaje del pasillo vertical en la arista del edificio?
    —Sí, pero no tienes permiso para acceder a los pasillos verticales de ese nivel. Es peligroso para la vida humana. Ahí sí puedo desplegar unidades autónomas.
    ―Ya, pero… ¿Pueden las unidades acceder al cuarto desde el otro lado?
    —No. En ese plano del cuarto no hay accesos, Miguel. Se requeriría supervisión humana para tal operativa.
    ―Correcto… ¿Quieren los jefes de planta estar cómodos en sus despachitos? Pues alguien lo tiene que arreglar, ¿no te parece?
    —Pidiendo permiso a Dirección con exposición de los hechos… Procesando petición… Autorización de nivel doce concedida hasta finalización del trabajo.
    ¡Nivel doce! ¡La leche! Con ese permiso sería capaz de plantar un pino en la mesa de un jefazo sin tener que darle explicaciones a nadie. Era el penúltimo nivel de seguridad.
    Miguel se puso en marcha y subió al sótano setenta y siete, ya que DOMO confirmó que las plantas estaban contrapeadas y tendría que bajar desde esa. La IA lo escoltó con una unidad de vigilancia aérea de interiores, una unidad vertical en carriles de mantenimiento de pasillos en caída y una unidad autónoma de mantenimiento agresivo. También se encargó de llevar uno de los elevadores de personal, guiado por cables hasta la entrada al pasillo.
    Antes de entrar en la esclusa Miguel se tuvo que colocar un pesado traje de cuerpo entero, el de mayor talla disponible, donde evidentemente aparecía impreso el símbolo de radioactividad encima del logo, el dichoso cangrejito robótico.
    Era un traje antirradiación.
    ―DOMO… ¿por qué el traje?
    Estaba muy asustado.
    —Información de nivel 12 autorizada. El pasillo vertical en realidad es una de las torres de refrigeración de los reactores nucleares que mantienen alimentado el edificio. Tranquilo, la radiación despedida es casi nula, pero el protocolo lo exige.
    ―Oh, sí, ahora me siento más seguro para completar la tarea. Quién cojones me mandaría a mí preguntar…
    —Información de nivel 12 autorizada. Orden autorizada por el comité de seguridad de Fundación CiborgDame. Petición emitida por Miguel Olivares.
    ―Ya…
    Unos gases descontaminantes inundaron la esclusa antes de abrir el acceso. En su interior había una gran plataforma elevadora al lado de un monorraíl vertical al que se acoplaba una espectacular máquina repleta de multitud de brazos extensibles. Parecía un pulpo gigante. Cuando Miguel subió a la plataforma, un robot arácnido del tamaño de un perro descendió por un cable. Era escalofriante cómo la robótica diseñada por esa gigantesca corporación adoptaba formas animales.
    Al encenderse las luces a lo largo de la estructura, Miguel fue consciente de la magnitud de CiborgDame. El pasillo vertical era gigantesco. No parecía tener comienzo ni final. Su anchura debía de ser de unos cuarenta metros en cada eje horizontal, y dentro solo se veían, a lo lejos, los alojamientos de las diversas máquinas destinadas a esa parte del complejo, aparte del dron que revoloteaba a su alrededor.
    El extraño equipo llegó a la altura del cuarto técnico. El robot más grande portaba grandes planchas de metal y otros materiales, sin duda para reparar el agujero que iban a perforar para acceder al cuarto 79L.
    ―¿Estamos a la altura correcta?
    —Información de nivel 12 autorizada…
    ―Omite esa parte de ahora en adelante, por favor…
    —Claro. Sí, es la altura adecuada.
    El robot araña caminó por la lisa pared de metal y horadar la superficie con un láser. La luz era tan intensa que cegaba a Miguel.
    ―DOMO, ¿puedes traerme unas gafas para proteger mis ojos antes de que el bicho este me deje ciego?
    —Imposible. Debes de ir tú a por ellas.
    ―Joder… Vale… ¿Dónde están?
    —Las gafas más cercanas están en el sótano setenta y siete, dentro del laboratorio de impresión cuántica.
    ―De puta madre. ¿Me da tiempo a acercarme a por ellas antes de que esta cosa acabe de perforar el agujero?
    —Por supuesto. Lo supervisaré con el dron mientras te guío a tu destino.
    El elevador se separó un poco de la pared y volvió a la esclusa por donde Miguel había entrado. Después de la descontaminación pertinente, DOMO abrió todos los accesos para guiar a Miguel hasta un laboratorio lleno de cápsulas gigantescas, pizarras de cristal llenas de garabatos y otros objetos. No había nadie.
    —Miguel Olivares, las gafas de protección ocular para destellos nocivos más próximas se encuentran en la cápsula C11.
    Después de un vistazo rápido, el orondo informático divisó unas gafas oscuras, con pinta de cubrir muy bien los ojos, tiradas en el fondo de una enorme cápsula metálica cuya minúscula puerta estaba abierta.
    Le resultó imposible entrar por esa ridícula apertura con su barriga embutida en aquel traje, así que se lo quitó para favorecer el segundo intento. Aun así, apenas podía introducirse por lo que intentó alcanzarlas con la punta de los dedos. Un desgraciado resbalón lo obligó a sujetarse al marco de la puerta, pero no sirvió de nada y Miguel acabó por caer dentro. No sin antes golpear el teclado de apertura. La puerta se cerró y Miguel quedó encerrado. Fuera se escuchaba a DOMO iniciar una cuenta atrás después de anunciar una parrafada que Miguel no comprendió.
    ―No, no, no, no, no, no… ¡No!
    Un gran destello azul fulminó el interior de la cápsula y lo dejó atontado unos instantes. Pocos segundos después se incorporó, justo cuando un gran pitido en el acople del auricular que llevaba le obligó a quitárselo de un tirón, y con los ojos medio cerrados salió de la cápsula, ya que la puerta estaba abierta de nuevo. Antes de salir Miguel recogió las gafas para no tener que repetir la experiencia.
    Dos manos, dos pies, dos ojos, dos pelotas, nariz… y unos saltitos fueron suficientes para darse cuenta de que no se había desintegrado, ni mutado, ni nada parecido. Se vio reflejado en el cristal de la cápsula de al lado y todo parecía correcto.
    Después de descansar en el sitio durante unos segundos se incorporó y buscó el traje antirradiación. No lo encontró, pero le dolía tanto la cabeza que no quería buscarlo. Seguramente alguna máquina de mantenimiento menor o de limpieza lo habría vuelto a colocar en su sitio.
    Miguel le pidió a DOMO que volviera a guiarlo hasta el pasillo vertical, porque estaba tan desorientado que el camino le parecía diferente. Al llegar a la esclusa del pasillo observó que el traje de mayor talla no estaba en su sitio. Decidió ponerse uno más pequeño.
    «Putas máquinas… Seguro que se lo han llevado a reciclar o algo», pensó mientras forcejeaba con el traje.
    Antes de sellar la capucha se ajustó las gafas.
    Abrió la escotilla… El elevador no estaba ahí.
    Gritando, ya que el auricular parecía seguir roto, se comunicó con la IA:
    ―¡DOMO, el elevador!
    «Sí. Sí… Sí, sí, sí…».
    ¿La IA había enloquecido? Miguel no estaba de humor para ejecutar diagnósticos ni nada parecido. El dolor de cabeza aumentaba. Cada vez que el elevador se paraba de golpe, el informático repetía la orden para que se situara donde quería llegar. Después de varios trompicones por fin llegó a su destino.
    En la plataforma había otro técnico embutido en un traje antirradiación y con las gafas puestas. ¿Tanto tiempo había estado inconsciente como para que hubieran enviado a otro técnico a terminar el trabajo? Qué dolor de cabeza, era insoportable.
    ―¡Buenas! Me han asignado un trabajo en este pasillo vertical.
    El otro técnico se sujetó la cabeza con las manos.
    ―Buenas… Disculpa, parece la cabeza que me va a explotar.
    «Qué voz tan fea», pensó.
    ―Sí, a mí también. Debe de ser por la radiación residual del pasillo. Además, se me ha roto el pinganillo de comunicaciones.
    ―El mío está acoplado. Estoy comunicándome con DOMO a través del dron de vigilancia y los altavoces.
    ―Tengo que completar mi tarea, estoy a la altura del sótano setenta y nueve.
    ―También trabajo en esa área. Sube y bajamos juntos.
    Miguel supuso que habrían mandado a ese técnico para complementar su trabajo o como algún tipo de supervisión final. Por lo menos no estaría solo en el cuarto técnico una vez estuviera dentro.
    El dolor de cabeza cada vez era más intenso, y encima el traje le apretaba bastante. El otro técnico tenía una pinta oronda y obviamente había usado el primer traje que Miguel se puso al comenzar con el trabajo en el pasillo. Al llegar a la altura deseada, la araña ya había cortado distintas capas de material de un metro de espesor hasta formar un agujero circular perfecto. El color gris del hormigón indicaba que era la última capa, y el espectro del láser cambió a uno apropiado para atravesar ese material.
    Miguel ya no podía más. Entre el apretado traje y el dolor de cabeza el informático se desplomó de rodillas.
    ―¿Te encuentras bien? ―preguntó el otro técnico mientras se arrodillaba para ayudarlo.
    ―Sí… Solo estoy asfixiado…
    ―DOMO, ¿puedo quitarle el traje?
    —Sí, los niveles de radiación son prácticamente nulos.
    El otro técnico le quitó la capucha y se quedó paralizado. Tambaleante, le quitó las gafas a un Miguel que luchaba por respirar. Un grito de terror ahogado empañó la escafandra del otro técnico, que se cayó de espaldas y retrocedió por el suelo como una gorda oruga hasta el otro lado del elevador, apretándose contra la barandilla con fuerza.
    ¿Qué pasaba? Miguel se temió lo peor y se desabrochó la cremallera hermética del traje y los guantes. Menos mal, sus manos no eran verdes y seguía teniendo diez dedos… ¿Entonces?
    Como pudo, levantó las gafas protectoras para examinar su reflejo… Menos mal, todo estaba correcto. Con cara de extrañeza, miró al otro técnico que se había cubierto la escafandra con los brazos mientras sollozaba. Miguel no comprendía nada.
    La araña finalmente desprendió la plancha de hormigón y al depositarla provocó un estruendo seco sobre el entramado metálico del elevador. Las luces que iluminaban el pasillo vertical se tornaron rojas y parpadeaban de manera estroboscópica mientras unos altavoces a toda potencia esparcían la metálica voz de DOMO.
    —Intruso detectado, iniciando protocolo de defensa.
    La gigantesca máquina pulpo le propinó tal golpe en el pecho que Miguel se dio de espaldas contra el agujero en el cuarto técnico. Casi cae por él. Cuando se incorporaba bajo la atónita mirada del otro técnico que gritaba de terror porque la plataforma se tambaleaba demasiado, algo de dentro del cuarto emergió de la oscuridad y se insertó en el cuello de Miguel, dejándolo paralizado casi en el acto. DOMO usó la misma máquina para encañonarle con un soplete gigante, pero el otro técnico se levantó raudo y se interpuso.
    Miguel lo miraba aterrorizado porque no comprendía lo que pasaba y apenas podía balbucear «Ayuda», pero el mundo se le vino encima cuando el otro técnico lo agarró por los tobillos para arrojarlo por el agujero con una especie de insecto espinoso adherido al cuello.
    Cayó desde un metro y medio de altura y solo se le ocurrió rezar mientras veía como la araña restauraba el hormigón agujereado con espuma, bordeando vuelta a vuelta el orificio. Perdió las esperanzas cuando, paralizado, escuchó más allá de la espuma como, capa a capa, se soldaban los materiales para cerrar el orificio. El sonido quedó amortiguado hasta que finalmente no se escuchó nada salvo los chirridos del insecto que caminaba sobre su cuerpo en total oscuridad.
    En el exterior, una vez todo estuvo perfectamente sellado, el técnico de fea voz se quitó la capucha y las gafas. Era Miguel, con cara de preocupación.
    ―DOMO, muéstrame las imágenes de la sala de impresión cuántica.
    Uno de los brazos del inmenso robot en monorraíl apuntó hacia el orificio soldado y mostró una proyección sobre la pared. En ella se veía que Miguel caía dentro de la cápsula C11, esta se cerraba, destello azul, y volvía a abrirse. Del interior salió Miguel con las gafas en la mano. Se vio a sí mismo palparse para comprobar su integridad y recoger el traje antirradiación del suelo. Unos minutos después de abandonar la sala, en la proyección se mostró como la cápsula de enfrente se iluminaba durante varios minutos. De su interior salió otro Miguel que hizo lo mismo que el anterior, hasta el punto de buscar por los alrededores el traje ausente.
    Los tiempos más o menos coincidían con su dolor de cabeza y cuando acopló su audífono. Ese segundo Miguel era una copia. Y en cuanto lo vio supo que debía deshacerse de él porque, de lo contrario, CiborgDame se hubiera encargado de eliminarlos a ambos.
    Al acabar la proyección Miguel supo que DOMO no funcionaba bien porque dos Migueles iguales le comunicaban órdenes al mismo tiempo y era obvio que la IA no sabía distinguirlos. ¿Eso quería decir que si se hubiera quitado la capucha DOMO le hubiera atacado al él primero?
    ―DOMO, ¿cómo sabías que él era la copia?
    —El intruso era zurdo, tenía la pierna derecha más corta, una caries en el premolar inferior derecho y el corazón en el lado derecho del cuerpo.
    Miguel se miró la mano derecha, se tocó la pierna izquierda, se echó la mano en el pecho y se tocó el lado izquierdo de la mandíbula, ahí donde tenía un empaste. Era evidente que el otro Miguel podía parecer idéntico, pero físicamente inverso, como cuando te mirabas al espejo.
    ―¿Por qué no lo eliminaste en la misma cápsula?
    —ADN coincidente con Miguel Olivares. Huella de calor coincidente con Miguel Olivares. Ritmo cardiaco coincidente con Miguel Olivares. Encefalograma coincidente con Miguel Olivares. Fallo en rutina de resolución de conflictos. Es el primer suceso de este tipo en mis archivos.
    ―¿Qué te forzó entonces a atacarlo a él?
    —Su identificación en la tarjeta con sistema de proximidad es 652264786. La tuya es 687462256. Eso y que su nombre y foto estaban impresos de manera inversa en su placa.
    Miguel se puso la mano encima de su placa por encima del pesado traje aislante.
    ―Ya veo… En fin, ¿puedes suplir las necesidades energéticas de esta planta estableciendo medidas alternativas para toda la planta y anular este cuarto?
    —No hay problema.
    ―Cuando salga del edificio, ¿puedes borrar todo lo acontecido desde que empecé a perforar el muro hasta que llegue a la planta cero?
    —Por supuesto.
    Después de arduas descontaminaciones, Miguel llegó al sótano cuarenta y subió en el ascensor principal que lo llevaría a la salida. Una vez fuera del ascensor desaparecerían sus privilegios administrativos y volvería a su antigua rutina. Demasiadas emociones para ese día, pero, por lo visto, en CiborgDame cualquier cosa era posible. Estaba claro que aquella experiencia sería un gran secreto para el resto de su vida, se quería a sí mismo demasiado como para desaparecer de la faz de la tierra. Además, cobraba una pasta y eso ayudaba a olvidar.
    ―DOMO, eliminarás todo lo acontecido hoy, ¿verdad? Me gustaría seguir trabajando contigo durante muuuchos años…
    —No será posible, Miguel.
    ―¿Qué?
    —Tu servicio se rescindirá con resolución de suicidio por depresión en tres años, seis meses y siete días naturales.
    ―Pero ¿qué dices? ¿Estás seguro?
    —Claro, la información de nivel doce es muy precisa.


    DECADENTE

    Una de las mujeres más poderosas del planeta y una de las más horribles desde su nacimiento. Fue ella la que llevó Industrias La Dame, heredadas de su madre, a un nivel más moderno. Claro que este tipo gente posee la estrella de convertir en oro cuanto toca.
    Con un avaricioso y demoledor plan económico, tan perverso y oculto como era posible, Silvia Fuentes consiguió treinta años atrás un opulento excedente para invertir en desarrollo. El destino quiso que se uniera, debido a sus peculiaridades físicas, a otro ser parido por la ambición humana, Álex, un engendro que aportó novedosos estudios y material mecánico y genético proveniente de la ya extinta Unión Soviética. Juntos fundaron CiborgDame, una supercorporación que la llevaría a saltarse en cierto modo y a base de investigación lo que es ley de vida, la muerte.
    Silvia estaba condenada a morir nada más nacer. Era el último reducto de una antigua casta envuelta en leyendas y hechizos, ya que provenía de una estirpe de brujas. Ella no creía en la hechicería, apostó por la otra cara de la moneda y puso su empeño en aquella nueva magia que, a base de golpes, la impulsó en primer lugar, la ciencia.
    La ciencia era su solución final. Le hizo comprender que su horrible aspecto y su fragilidad eran el resultado de la superchería y creencias en aquel antiguo aquelarre, en el cual se usaban métodos de inseminación, pócimas y endogamia disfrazados de ritos sagrados que consiguieron degenerar a su estirpe hasta convertirla en el monstruo que era.
    Nada de magia, eso solo eran las ciencias prohibidas de la época antigua, un viejo periodo de tiempo cuando una líder de un grupo de seguidoras elegía antes de morir a una de ellas, siempre mujer, para transmitirle sus conocimientos. Todo era ridículo. Ahora parecía ridículo, pero sí era cierto que aquel extraño fanatismo le dio la llave que le abriría cualquier puerta en este mundo, el dinero.
    El dinero conseguía que cualquier persona vendiera su alma. Irónicamente, firmar un contrato laboral con CiborgDame era como pactar con el Demonio. Nadie salía realmente vivo después de haber trabajado para ella y su gran imperio. En cierto modo era un concepto tan romántico como aquellos trabajadores y arquitectos del Antiguo Egipto, quienes frente al Faraón, les gustara o no, se quitaban la vida para no desvelar los secretos de las tumbas.
    A Silvia Fuentes le daba exactamente igual, había sido adiestrada por su madre para no sentir pena por nadie, solo por ella misma. Ese lavado de cerebro afectó de manera muy negativa a su hermana, Cecilia Fuentes, que renegó de la ciencia para vivir rodeada de magia, mitos y leyendas, alejándose de la sociedad y catalogada en público como loca, sin apenas contacto con su hermana, única familia que le quedaba ya.
    Esa educación elitista, inmoral y carente de sentimientos relevantes le permitía contemplar su obra maestra, impoluta, flotando impávidamente… Era un cuerpo de mujer perfecto.
    En alguno de los sótanos de aquel inmenso laboratorio subterráneo en pleno Madrid, Silvia esperaba frente a la versión perfecta de ella misma. Un cuerpo joven, fuerte y bello, entubado para oxigenarse dentro de un gran tanque de incubación, flotando en posición fetal. No era un moderno ginoide, ni un bioroide, mezcla de carne artificial y máquina, era un clon con las debilidades genéticas extirpadas de su propia cadena de ADN, y suplementado con aquellas que le permitirían vivir sin dolor durante mucho tiempo. De hecho, si funcionaba podría vivir para siempre, transfiriéndose de cuerpo en cuerpo y ser como aquella líder que vivía para siempre en las escrituras de su antiguo aquelarre, Ivette, fundadora de Industrias La Dame un siglo atrás, quien nació, según sus escrituras sagradas, hacía más de mil años.
    Obviamente aquello era superchería y folclore, pero esa historia era la que su madre le contaba cuando era una enclenque y vulnerable niña que apenas podía moverse sin desmayarse a causa del cansancio. Pero ese cuento infantil fue el que sembró en Silvia el objetivo final del aquelarre, la vida eterna.
    Aquel clon era el fruto de mucho tiempo, trabajo, pruebas y errores. Poseía de todo, inmunidad a todas las enfermedades víricas conocidas, una relación entre esfuerzo y gasto energético superior a los atletas, una colocación de la masa cerebral de los genios más grandes de hoy en día, agentes naturales de regeneración celular… Hasta había copiado las cuerdas vocales de una famosa cantante y la disposición de la tráquea para tener la voz más dulce jamás escuchada.
    Como hemos dicho, el clon lo tenía todo. Todo menos una mente, la cual sería donada por Silvia en cuanto se resolvieran los problemas de transferencia.
    Parecía ser que era imposible transferir de manera real una mente. En CiborgDame se había descubierto una curiosa relación entre la mente y los neutrinos, aunque más que de mente se debería hablar de alma. Si privas a cualquier ser vivo de neutrinos, partículas que apenas afectan a su entorno y abundantes en todo el universo, este morirá irremediablemente en el acto. También sucedía lo mismo con las consciencias.
    Ese gigantesco descubrimiento había sido el causante de terribles armas de todo tipo, y de protocolos para separar el alma de un cuerpo. Pero al separarlos, el alma realizaba su propio camino. Era imposible contenerla, por lo menos de momento. No quería dejarse llevar por triquiñuelas como conectarse remotamente al cuerpo ni nada parecido, quería transferirse íntegramente.
    Silvia le echaba un pulso al reloj de la vida. La ciencia le proporcionaba comodidad y aliviaba su sufrimiento, ya que padecía una degeneración celular masiva que mitigaba con químicos inyectados directamente en sus órganos, huesos y músculos. No podía caminar, ni siquiera moverse de manera correcta. La silla de ruedas a la que estaba atada era su soporte vital, reciclaba y purificaba sus fluidos corporales y le añadía analgésicos. Aquella silla, llena de artilugios modernos, era su salvavidas, y la controlaba con sus pensamientos. De la nuca de Silvia, directamente injertados en sus tallos nerviosos, brotaban tubos y cables que le daban un aspecto, si cabía, aún más terrorífico.
    Y allí, sola en la sala de incubación, Silvia apoyó la mano sobre el cristal que contenía lo único que le importaba, su visado de residencia ilimitada en este mundo.



  2. #2
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    Respuesta: CiborgDame, de Garduña, humancés y otros horrores

    Gracias por compartirlo.

    Lo leeré y te diré qué tal me parece.

    Un saludo.
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