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  1. #1
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    El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Titulo: El portal de Lugh
    Género: Espada y Brujería.
    Escrito por Artifacs (CC-BY-NC-SA)

    SINOPSiS ______oOo______

    Tras cien generaciones de exilio forzoso, guerreros luganos han regresado a territorio cratano bajo un nuevo líder. Sus filos de hierro reflejan la luna y vierten sangre en la tierra sedienta. La fatalidad ha vuelto para quedarse.

    _______________

    Prólogo

    «[...] y tras esto los cratanos envidiaron y odiaron a las huestes luganas. Y buscaron aliados entre los menguetes, los jaretanos y los túrdolos, y les entregaron armas hechizadas, y también muchos engaños y fantásticas promesas. Y fue hecho ley que cada estación de cada año se iniciaran las razias contra los luganos para masacrarlos y arrasar sus aldeas y ciudades, y pasar a cuchillo a ancianos, mujeres y niños. Y así fueron expulsados los luganos de sus pastos, casas y templos, para arrancarlos de la faz de la tierra.»

    —- Anónimo, "Historia de los pueblos al oeste de Khízan."

    Capítulo 1

    La suave juventud de aquella mujer se teñía de azogue a la luz de la primera luna del mes de Kóser, el Dios Errante del Infortunio. El mercenario sordano en vanguardia enfundó el acero sin descabalgar y habló en voz alta ante la carroza. "¡Solo es una muchacha en medio del camino, maese!"

    La cabeza calva de un enjuto anciano asomó por la trampilla de la puerta de la carroza. El viento del Mar del Ocaso era frío y mecía el dosel de hojas negras a ambos lados del camino imperial empedrado. Los enebros y las encinas susurraban canciones sombrías de eras remotas mucho menos civilizadas. Las tinieblas eran propicias para los viajes discretos, pero traicionaban con parejo ardid la percepción de mentes bisoñas.

    La figura parada en medio del camino imperial semejaba en verdad una muchacha, y semejaba aún más, una oficiante del templo de Gayena. Largo cabello color granito recogido en la nuca en finas e incontables trencillas. Túnica de lino blanco hasta los muslos, sujeta al hombro izquierdo con un broche de latón. Pulsera de novicia en el brazo siniestro y brazalete de sacerdotisa en el antebrazo diestro. Ceñidor de cuero a la cintura y funda de argenta para la daga. Sandalias de finos lazos trepando en espiral hasta las rodillas.

    Juventud, inocencia y belleza era el estandarte del templo de Gayena y el de esta muchacha. De esta muchacha que ahora le estaba mirando a los ojos. Y que le sonreía.

    A unos cincuenta pasos de distancia de la carroza, la postura de la sacerdotisa era casi tradicional, muy similar a la reglamentaria postura erguida de oración antes de un oráculo. Pero en vez de tener ambas manos juntas sobre el vientre, la mano diestra estaba posada sobre el mango de hueso de una daga con el emblema del Ojo Ciego de Hukul. Tampoco mantenía la barbilla paralela al suelo, sino hundida levemente en el cuello. Con aquella daga blasfema y la cabeza en ese ángulo, la mirada y la sonrisa auguraban fatalidad.

    El anciano reconoció los efectos del pánico intentando dominarle y sonrió. Hacía mucho tiempo que no sentía la opresión y calor en el pecho, el demente latir del pulso, el atávico impulso irracional por preservar la existencia, Era una sensación que ningún brebaje ni incienso del imperio podía igualar: una tiránica euforia que le ordenaba sentirse vivo... a sus ochenta y nueve años.

    Agarró dentro del puño el cristal de Fera que pendía de una cadena de oro al cuello y sintió un tenue calor en la palma. Eso confirmó sus sospechas, si los Dioses así lo habían dispuesto, esa noche perdería mucho más que una escolta de seis mercenarios.

    "¡Merg Tahik!," gritó de pronto la muchacha. "¿No vas a escucharme? ¿Así es como tratas a las hijas de Gayena que tanto han rezado por la prosperidad de tus negocios en las minas de esclavos?"

    "Matadla," dijo el anciano a su escolta.

    "Pero si solo es una sierva de Gayena, maese," se burló un mercenario mirando a sus compañeros.

    "¡No es una sierva de Gayena, bárbaro ignorante!" Replicó el anciano. "¡Esa muchacha es una hechicera de Hukul!"

    El anciano volvió dentro de la carroza y atrancó la trampilla por dentro.

    "¡Viejo necio!" gritó la muchacha. "¿Crees que he venido desde la Ciénaga del Oráculo para matarte?"

    "Ya habéis oído al maese," dijo de mala gana el mercenario a vanguardia. Se giró en la silla de montar hacia un jinete unos pasos detrás de él. "Kayén, usa el arco y apunta al corazòn. Que sea una muerte rápida." Se enderezó en la silla para observar a la muchacha y el resultado de su orden.

    Al oír esas palabras, la muchacha inclinó el cuello hacia un lado y sonrió al jinete que blandía y tensaba el arco: "La hiel hierve en el hueco secreto de Hukul, soldado. Escucha la burla en las almas de los muertos."

    El soldado giró de pronto el arco hacia el líder a vanguardia y soltó la flecha. La punta de hierro del dardo entró por la nuca de su líder y amaneció por la boca con un grotesco chasquido.

    Maese Merguíades Tahik oyó la gutural agonía húmeda del desafortunado mercenario mientras rebuscaba en el baúl oculto bajo uno de los asientos de la carroza. Los aceros cantaron al salir de sus vainas.

    "¡Traidor!" gritó un soldado. Relinchó una montura.

    "¡Por el hacha de... ¿qué ha...? ¿Qué he hecho? ¡No, esperad!"

    "¡La bruja! ¡Ha sido la bruja, idotas! ¡Cargad antes de que...!"

    La joven intervino entonces con una llamada al orden: "¡Asesinos que servís a la muerte! ¡El poder de Hukul os reclama! ¡Despojaos de la vida con dicha y honor!"

    Y así oyó el anciano caer los cuerpos armados de sus mercenarios, como lastres demasiado pesados para el viaje al Abismo Negro de la Muerte. Degollados por sus propios aceros y manos.

    Y cuando la última armadura, escudo y greba se quejó con su voz metálica, Merg Tahik encontró lo que había estado buscando. Sacó el tubo de cuero del fondo del baúl, cerró la tapa que servía también de asiento y se sentó sobre esta. Con el cilindro entre las rodillas, rompió el sello de cera en un extremo. Al retirar la tapa del tubo, el vetusto olor a pergamino impío inundó el angosto espacio interior de la carroza. El mercader tuvo que esconder la nariz y la boca en el interior de su brazo para evitar los irritantes vapores.

    Un fuerte golpe en la puerta de la carroza chapada de plomo le sobresaltó. "¡Abre la puerta, mercader! ¡No he venido a matarte!" dijo la muchacha con una carcajada. "¿Qué haces ahí dentro? Estás solo ahora, y tengo un buen trato que ofrecerte."

    El anciano tiró con cuidado del rollo ocre para sacarlo del tubo. Una vez fuera, dejó caer el tubo en el suelo y extendió la lámina de pergamino sobre las rodillas. Puntiagudos trazos de raíz de ácoro mojada en savia negra de mandrágora rezaban la impía lengua de la tribu kurhug, hijos de Hug, extintos desde hacía siglos, antaño estudiosos de la tradición y la magia de Hug-Togug, Guardián de los Pasos del Ultramundo.

    Mientras recorría con la yema de los dedos las marcas y signos, Merguíades leía deprisa y en silencio la descripción del conjuro. Azogado por el pánico, se mordía el labio al encontrar palabras esquivas que se mofaban de su memoria. El pacto escrito exigía un coste de sangre al nombrar al Guardián y pedirle paso. Estaba seguro de poder recitar la letanía sin error, pero el mercader no tenía tiempo de desentrañar en ese momento la naturaleza de la ofrenda.

    ¿Exigía el blasfemo Guardián un brazo o satisfaría su orgullo solo una mano?

    Un nuevo golpe hizo temblar las planchas de plomo de la puerta y la lámpara de aceite del techo danzó creando sombras persiguiendo sombras: "¡Mercader! ¡Te pagaré bien! ¡Te daré un heredero varón! ¡Ya sabes lo que quiero!"

    Bien lo sabía el mercader. La bruja quería de él lo que ya le había arrebatado a esa pobre sacerdotisa en desgracia. El ingrediente clave de un favor que concedía Hukul a sus brujas para que estas pudieran cambiar de forma.

    La bruja quería comprarle un ojo.

    El mercader tiró del mango del puñal que llevaba en una funda al tobillo. La hoja de acero acasio fulguró su saludo y el mercader probó el filo con la yema del pulgar. Un corte limpio y fino atestiguó la competencia del arma como herramienta en el conjuro.

    El mercader colocó la mano izquierda sobre una rodilla. Blandió el puñal con la mano derecha, apoyó la hoja a la altura de la muñeca siniestra y comenzó a entonar el pacto.

    Con los ojos cerrados, elevó la voz hacia el cielo y articuló espasmódicos sonidos que excitaban impíos oídos del Ultramundo: "K'uht got'guka Hug-Toguka. Kuhta Hug-Togug jugkoh'gan..."

    La bruja sierva de Hukul emitió entones un chillido de furia y golpeó la carroza con algo contundente y metálico: "¡Profano bastardo! ¡No pronuncies en mi presencia esa lengua de chacal ponzoñoso!" Golpeaba cada vez más fuerte y con una insistencia sobrenatural: "¡Abre esta puerta o te juro que te arrancaré la piel con la garra de una pesanta preñada de la simiente de un esclavo decapitado!"

    La puerta de la carroza se estaba combando en la parte de las bisagras.

    El mercader llegó a la parte de la letanía en la que se daba tributo al orgullo del Guardián, y elevó la voz hasta que esta quedara pareja con los fuertes golpes de la bruja: "Kotka gokta, Hug-Toguga. Gokta, Hug-Togug. KOTKA GOTKA, HUG-TOGUGA. GOKTA, HUG-TOGUG."

    «Acepta mi ofrenda, maldito demonio,» pensó el mercader antes de lacerarse la muñeca con el filo del puñal. Pero el dolor era insoportable y el mercader perdió la razón en ese momento. No fue la mano lo que sesgó como ofrenda.

    Cuando la bruja derrumbó la puerta de plomo y entró en la carroza, lo único que encontró de Merguíades Tahik fue un dedo meñique sobre los restos humeantes de un papiro calcinado.

    [Fin del cap. 1]
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  2. #2
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 2

    "¿Asalto de bandidos? ¡En esta casa no se tolera la incompetencia, bárbaro túrdolo! ¿Dónde está mi padre?"

    El capitán mercenario contuvo la lasciva urgencia de abofetear a la rolliza primogénita del maese cratano, pero no escatimó desdén ni regocijo en el tono de su respuesta: "Como ya he dicho, hemos hallado la carroza, pero no el cuerpo, donce...llueca."

    Los otros cinco guerreros túrdolos que habían acompañado al capitán hasta la alcoba de la mujer bufaron risas breves y discretas al oír el apelativo, pero tuvieron la prudencia de girar las cabezas o bajar las miradas para enmascarar la chanza con preocupación.

    Las nasales y el pecho de la oronda y soltera cuarentona se inflaron ante la ofensa como vejigas porcinas. La dama que habitaba en la mente de la mujer alzó una petulante barbilla en un intento de demostrar su incontestable superioridad, pero ni la altura de la cratana ni su libertino corazón pudieron respaldar pose ni verbo: "¡Se dice doncella, bárbaro! ¡Llevas tiempo suficiente sirviendo en esta casa para hablar cratano como está mandado!"

    Tras esa réplica hubo nuevas risas discretas por parte de los soldados. El capitán túrdolo avanzó veloz como un depredador y cerró con un paso la distancia que le separaba de Larima Tahik. Aferrando con una mano uno de los inabarcables senos de la mujer y ciñéndola por la cintura con la otra en un incompleto abrazo, la fulminó con la mirada de un lobo y las fauces de una hiena babosa: "Soy un bárbaro, alteza. Me llamáis perro, sí, y yo cazo y mato para vos. ¿No merezco acaso nada a cambio?"

    Fue entonces cuando la razón de Larima se extravió con una exhalación en esos inquisitivos ojos de lobo, y un húmedo fuego secreto comenzó a arder bajo su vientre. Agarrada a esos brazos de hierro, la mujer sintió de pronto palpitaciones, y un fuerte sudor comenzó a manarle por el cuello y las sienes. El tiempo para ella se detuvo en un lugar remoto de prohibido y tóxico deseo donde se nublaba la vista y las antorchas de la alcoba perdían su ímpetu luminoso. El fuego interno consumía visión y sonido y avivaba otros sentidos. El hedor a muerte del guerrero se intensificaba y evocaba noches de ultrajante placer, recuerdos de agridulce humillación, de doloroso gozo, de despreciable e intolerable éxtasis.

    "Sí," se oyó susurrar Larima pegando la mejilla al pecho del hombre, "Castígame si quieres."

    Tras estas palabras, las risas y jocosos comentarios de los demás mercenarios resonaron libremente en las columnas y en los arcos, en los tapices y en los muros de piedra blanca de la extensa alcoba de planta circular. Exuberantes jardines espiaban desde el exterior de las galerías, mientras que en el centro dominaba el espacio una gran cama con dosel de sedas púrpuras, blancas sábanas de satén y abigarrados cojines de plumas de faisán. Todos los lujos que el Imperio cratano arrebataba a sus colonias y que el hombre más rico de Cratón podía pagar.

    "Larima, ¿estás despierta?" La hija menor de las cinco hijas del maese llamó a la puerta cerrada de la alcoba. Su voz al otro lado delataba nervios y cansancio: "No puedo dormir, ¿sabes algo de padre?"

    Los mercenarios dejaron de reír de inmediato y se agruparon en formación por acto reflejo. El capitán abandonó su sonámbula presa y se dirigió hacia la puerta con rápidos pasos. Larima aún estaba aturdida de pie ante la cama cuando el guerrero túrdolo abrió la puerta y se echó a un lado para dejar pasar a la joven de quince años llamada Feraya.

    La joven agradeció con un asentimiento el gesto del capitán y pasó al interior. Examinó rápidamente a las personas en la alcoba. Los mercenarios túrdolos mantenían silenciosa y disciplinada fila a un lado de la sala, el capitán aún sujetaba la puerta y tenía un semblante sombrío. A unos diez pasos de la puerta estaba su hermana Larima de pie frente a la cama. La obesa mujer estaba ruborizada, sudorosa, y miraba al suelo con las manos juntas ante ella.

    Feraya avanzó despacio hacia su hermana sin dejar de interrogar a la guardia con la mirada. "Larima, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no ha llegado padre todavía? La hija del conde dice que su padre lo vio partir después del banquete."

    La abochornada hermana comenzó a llorar sin dejar de mirar al suelo. Se tapó la cara con las manos, desplomó sus gigantes nalgas sobre la cama y sollozó sin consuelo.

    Feraya corrió a sentarse a su lado: "¡Larima!" Abrazó a su hermana sintiéndose impotente y frágil: "No llores, por favor. Seguro que padre está bien."

    "La carroza de maese fue asaltada cerca del desfiladero, dama Feraya," dijo el capitán. "La escolta fue degollada. Su padre no se encontraba entre los muertos."

    "¿Qué?", la joven miró al capitán con lágrimas en los ojos. "¿Asaltada? ¿Por bandidos?"

    "No fueron bandidos," respondió el túrdolo. "No robaron nada."

    Al oír estas palabras, Larima interrumpió su llanto para alzar la vista hacia el capitán y maldecirlo con los ojos y una mandíbula tensa, pero pronto bajó la cara entre las manos y retomó el llanto con aún mayor desdicha.

    Feraya se tragó las lagrimas y volvió a abrazar a su hermana. Habló al capitán: "¿Qué cree usted que ha sucedido? ¿Fue un secuestro?"

    "No sé qué ha sucedido, pero es posible que maese siga vivo. Puede que escapara al ataque."

    "Lléveme donde ocurrió, capitán, esta noche. Se lo ruego."

    "Allí ya no hay nada, dama Feraya. Pero puede examinar la carroza y los cuerpos. Lo hemos dejado todo en los establos."

    Feraya consoló a su hermana con un beso en la frente: "Voy a ver qué ha pasado." Fue a levantarse, pero Larima frustró su intento al abrazarla con mayor fuerza y esconder las lágrimas en su pecho. "Larima, suelta. Volveré en un momento," dijo Feraya zafándose del abrazo; "Tengo que ver esto."

    "Nosotros la escoltaremos abajo, dama Feraya," dijo el capitán indicando a la guardia que saliera.

    La fila de hombres salió al pasillo y esperó. Feraya salió caminando junto al capitán y este cerró la puerta de la alcoba. El grupo recorrió el pasillo y atajó por el peristilo para bajar las anchas escaleras hacia la villa de servicio. A Feraya le gustaba pasear por ese jardín porque la noche se perfumaba de exóticas fragancias que le recordaban los tiempos de las caravanas hacia las fronteras. Ella había viajado con su padre en esas caravanas siendo muy niña, con tan solo cinco años. Sentía un poco de nostalgia de aquellos largos trayectos, pues su padre siempre estaba con ella entonces y la había guiado en todos los sentidos, tanto al transitar por las calles de ciudades extranjeras como en el transcurso de su educación. Los mercaderes de aquellas rutas tenían que aprender muchas lenguas y dialectos, debían conocer muchas costumbres y credos, y ella había aprendido mucho del gremio tras ocho años de excursiones a las colonias.

    Al final de la escalera, el capitán señaló para Feraya una gran caballeriza de carruajes a cien pasos de distancia: "El establo está allí," a sus hombres les dijo: "Vosotros vigilad fuera."

    Los mercenarios se separaron y la joven dama y el capitán siguieron juntos hacia el edificio. En las puertas había dos hombres hablando con antorchas en la mano. Cuando atisbaron el par de sombras, uno de ellos gritó en túrdolo: "¿Eres tú, capitán? ¿Podemos quedarnos con el oro de la vaca?"

    Sabiendo que dama Feraya hablaba bastante bien la lengua, el capitán palideció y se giró hacia la joven pensando rápido en una disculpa, pero la joven alzó la vista hacia el hombre, se llevó el puño izquierdo al hombro derecho y lo golpeó dos veces: uno de los muchos gestos que entre los túrdolos comunicaba perdón al prójimo, pero este en particular significaba literalmente: «No hay ofensa entre hermanos.»

    El capitán volvió a mirar al frente y dio una carcajada negando con la cabeza. Esta historia iba a rentar en alborozo de taberna más que el oro sisado a las arcas del maese. El capitán recordaba haberle explicado a dama Feraya cuando esta tenía diez años que un túrdolo que roba a un miembro de su familia es expulsado de esta.

    A unos veinte pasos de sus hombres; el capitán les gritó en túrdolo: "Abrid las puertas. Dama Feraya quiere ver la carroza."

    El hombre que había hablado escrutó las sombras auxiliado por la tea y se maldijo a sí mismo. Su compañero se rió dándole una palmada en el hombro y le auguró un próspero futuro como esclavo en las minas de hierro y plata. El primero maldijo entonces al segundo y ambos empezaron a levantar la tabla que atrancaba las puertas.
    [Fin cap.2]
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  3. #3
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 3

    La hechicera de Hukul con forma de muchacha se adentró en la cueva del Desfiladero del Colmillo que el onagro había escogido como morada.

    A medida que descendía le complació ver que el onagro no había permanecido ocioso.

    El interior profundo de la cueva había sufrido muchos cambios en muy poco tiempo, pues apenas había pasado un día desde que Abkura había parido la monstruosa profanaciòn.

    El suelo de tierra de la gruta que descendía hacia el fondo de la cueva era ahora un viscoso pantanal negro de una sustancia secretada que hundía a la bruja hasta las rodillas, y si el hedor de esa almizclada podredumbre se insinuaba ya desde la orilla del Mar del Ocaso a muchas leguas de distancia, en el interior de la cueva era tan intenso que infundía sensaciones incomprensibles en la mente de la bruja.

    Abkura experimentaba en caóticas secuencias fascinación, excitación, terror, tristeza, euforia, ira y muchas otras emociones que no tenía tiempo de identificar. La blasfema marisma destilaba efluvios que también interferían con los sentidos. La percepción que ella tenía de la cueva era solo parcial, pues a inconexos intervalos, algo tomaba caprichoso control de la vista e inducía luces y formas en movimiento, y espacios de otros lugares, algunos luminosos como a pleno día, otros oscuros, pero todos ajenos a lo que alguien solía ver en este mundo. Y con igual cadencia dispar oía misteriosos sonidos aquí y allá, lejanos y cercanos, delante y detrás de ella, que la espantaban y la azogaban. Algunos eran breves y agudos chillidos de agonía, otros eran graves y lentos como la caída de un gran árbol o un desprendimiento de rocas, pero todos eran diferentes.

    Y en la boca se le acumulaba la saliva sobre la lengua y Abkura tenía que escupir entre arcadas cada tres o cuatro pasos debido al contínuo asco de los sabores que su confundida mente reconocía como nocivos. Sentía también tactos internos como si una garra invisible estuviera urgando en sus entrañas, en los pulmones, en su útero y en el interior de la boca. Y en la piel de todo el cuerpo, roces ásperos y suaves, en los senos, los muslos, la cara, los ojos... fríos como carámbanos y ardientes como ascuas; presiones y tirones que la hacían tropezar en la ya accidentada gruta hacia la guarida del onagro.

    Pues aquel ser necesitaba también rodearse de la asquerosa podredumbre de los restos de sus presas, fueran estas bestias u hombres, y Abkura solo podía avanzar sorteando espinosos trozos de hueso, tendones, cráneos, carne y vísceras que emergían de la roca desde todas direcciones y que habían sido alterados tras la digestión, privados de toda esencia vital, y defecados como inertes copias maceradas de lo que una vez habían sido.

    Por todo esto, la hechicera no pudo precisar el tiempo ni el modo invertido para llegar hasta la extraña y enorme membrana negra y opaca que el onagro había secretado a modo de sello para su cámara privada en la amplia esplanada de las profundidades de la caverna. La membrana separaba la gruta infernal de la impía cámara principal y se aferraba a la roca circundante como los murciélagos, con un centenar de pequeñas garras que surgían por todo su perímetro a desiguales intervalos. Ante esta, decenas de pequeñas y extrañas criaturas negras, con pinchos rojizos en los lomos y cabezas alargadas de ojos amarillos, entraban y salían de la cámara principal como perrillos infernales, sorteando la membrana por las holguras en arco que esta adoptaba entre las garras. Las que entraban cargaban pequeñas presas vivas entre las fauces, las que salían dejaban los desechos en un antiguo pozo abandonado, de varios pasos de diámetro, lleno de un fango negro por el que nadaban serpentinas formas.

    Todos los seres allí mantenían una pragmática actividad e ignoraban por completo a la hechicera. Los efectos sufridos durante el descenso se habían disipado. Abkura no conocía mejor refugio para discretas asambleas que la guarida de un onagro en su madurez, la cual llegaría en pocos días. La recompensa añadida se hallaba detrás de esa membrana, donde se cebaba la crisálida de una catastrófica criatura. En unas semanas, la sola presencia del onagro en el territorio atraería a otras monstruosidades menores. Pesantas, centícoras, berobreros, trampantojos, urgotes y muchas más blasfemias acudirían en secreta peregrinación para rendirle tributo, servirle y servirse de su poder.

    Abkura se acercó al pozo, se sentó en el borde y dejó la mochila a su lado. Retiró el sencillo broche y abrió la bolsa para examinar su contenido. La caja de madreperla contenía el meñique de Merg Tahik, un ingrediente poderoso en otras circunstancias, pero inútil para sus presentes planes. El viejo mercader había resultado ser un bastardo muy astuto.

    —¿Dónde está el mercader? - Canosa descendía por la gruta arrastrando el cuerpo de un hombre. La hermana de orden tenía la forma de una alta y hermosa mujer de largo pelo negro y cuerpo bien formado, con grandes senos atrapados en un corpiño y amplias caderas cubiertas por un mugriento vestido bajo una fina y tersa cintura al descubierto.

    Abkura se levantó para ayudar a su hermana de orden con el cuerpo: —El muy bastardo se esfumó en la Umbra, - pasó los brazos por las axilas del robusto guerrero y Canosa lo izó por las botas.

    —Ahí, junto al pozo, - indicó Canosa con un gesto de la cabeza. Ambas caminaron con breves pasos hacia donde Abkura había dejado la mochila: —Menudo héroe de las campañas, - se mofó Canosa: —Casi se vuelve loco, se puso a gritar y se desmayó en la primera cuesta el muy bastardo. He tenido que arrastrarlo hasta aquí yo sola.

    Soltaron el cuerpo en el suelo y las criaturas negras se acercaron a olisquear. Canosa asió el cetro que llevaba sujeto a la espalda y espantó a las bestias a bastonazos: —¡Shh! ¡Ni se os ocurra, hijoputas! ¡Solo faltaba!

    —¿Y este es el hijo del General cratano? - dijo Abkura agachada para mirar de cerca la cara del guerrero.

    Canosa se apoyó en el cetro: —Sí, Ergio Tuek. Ergio, como su abuelo. No se parece a su abuelo. Bueno, ¿qué pasa ahora con el mercader?

    Abkura se levantó y extendió una mano hacia la mochila. Metiò la mano en la bolsa y sacó la caja de madreperla. —Esto es lo que he conseguido de Merg Tahik, - le lanzó a Canosa la caja.

    Canosa la atrapó con una mano y la abrió: —¿Un dedo? Esto no nos sirve de nada, - le lanzò la caja de vuelta; —¿Por qué no vamos a su villa y lo esperamos allí? -

    Abkura sujetó el borde de la bolsa con una mano y con la otra lanzó con desdén la caja dentro de la mochila: —Porque hay que conseguir el ojo en la primera luna de Kóser, por eso. Se giró hacia Canosa con los brazos en jarras. —¿Quieres esperar un año?

    —No.

    —Pues entonces hay que encontrar otro modo de entrar en las minas. - Bajó la vista hacia el joven guerrero cratano y le dio un golpecito con el pie: —¿Qué vas a hacer con este?

    —Primero encadenarlo al pozo, - Canosa se acercó hasta el pozo, apoyó el bastón en un lado y se inclinó en el borde: —Dejé por aquí... ah, aquí están, - tiró de una gruesa cadena hundida en el liquido negro. Un extremo estaba unido a una argolla remachada a la piedra del borde interior del pozo, en el otro extremo había un pesado grillete de hierro. —Ayúdame con las otras.

    Abkura se inclinó por el borde y halló las otras tres. Entre ambas cerraron los grilletes en los tobillos y muñecas del guerrero.

    Cuando terminaron, se sentaron en el borde del pozo una junto a la otra. Abkura miró a su alrededor y luego miró al guerrero caído: —¿No se volverá loco también cuando despierte? - Giró la cabeza hacia Canosa.

    Canosa bajó la vista hacia el guerrero y se encogió de hombros: —Loco también me sirve.

    [Fin cap. 3]
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    Capítulo 4

    Al abrigo de la solana en una tienda del bazar, Rahijá Fajir examinó el tubo de cuero vacío que la hija pequeña de su viejo amigo le había traído.

    —Recuerdo muy bien el día en que le vendió esto a mi padre en Mervitia, noble Fajir, - Feraya se arrodilló a la mesa frente al mercader y rechazó el té de la mañana ofrecido por una sirvienta. —Fue durante la feria del mes de Hircún de hace seis años. Esto es lo único que encontramos anoche en la carroza tras el ataque.

    El anciano de larga barba blanca dejó el objeto sobre la mesa y despidió a la sirvienta con un gesto gruñón antes de mirar con pesar a la joven frente a él: —También yo recuerdo ese día.

    —¿Sabe que contenía, noble señor?

    —Sí. ¿Dices que no hallaron nada más junto a esto? - Dio un golpe con un dedo al tubo ante él.

    —No. Yo misma examiné la carroza. Derrumbaron la puerta por alguna razón, pero no se llevaron nada.

    El mercader sopesó las palabras de la joven y cerró los ojos durante un rato antes de hablar: —Este asunto debe quedar entre nosotros dos, - abrió los ojos y Feraya vio en esa mirada no la de un anciano mercader que regateaba un trato, sino la de un padre que le explicaba una nueva norma importante a su hija. —No puedes contarle a nadie lo que voy a decirte, ¿entiendes?.

    —Sí, señor, - Feraya acompañó las palabras con un determinado asentimiento.

    —Ni siquiera a tus hermanas, - presionó el anciano.

    —Ni siquiera a mis hermanas, - asintió ella de nuevo.

    Rahijá estudió la expresión de Feraya y juntó las manos sobre la mesa frente a él: —En la península que separa el mar interior del territorio cratano moran pueblos impuros y salvajes. El libro sagrado de Ibín Dazi los nombra como vetones, carpetanos, ingataris, oretanos, contestanos, caristios, jacetones, gátibros, llercavones y vúrgolos. No hay en todo oriente raza que iguale en crueldad, vileza y maldad a estas gentes de despreciables costumbres. Se dice que los oretanos se comen a sus propios vástagos en ofrenda a su dios de la guerra; y los vúrgolos maldicen a sus enemigos invasores con una ponzoña que se llevan estos últimos a sus ciudades de origen y pudren los pozos en los que beben; y los gátibros aparean madres con hijos en otoño para alumbrar monstruos durante la impía ceremonia estival de sus dioses demonio; y los caristios y los llercavones sienten tal odio por la naturaleza que marchitan los bosques y prados en los que pasan la noche.

    Feraya escuchó con horror estas revelaciones, pero había oído no pocos relatos horribles durante sus largas partidas con su padre, y así lo dijo: —Sé que hay muchos peligros en las rutas de las caravanas.

    —Feraya, todos estos pueblos se odian entre sí y apenas se toleran; y cuando uno encuentra a extranjero en su camino, no es menester que medie palabra para que cante el hierro en el aire y vierta la sangre del otro en la tierra. Y el vencedor mutila al muerto y se adorna las ropas con el despojo. Pero es tan semejante la maldad que anida en... dudo incluso en llamarlo almas, los oscuros pozos de todas esas gentes que no hay pueblo que pueda destruir por completo a otro, y así viven, matando, muriendo y procreando sin posibilidad ni afán de prosperar, pues están consumidos por el odio y los mandatos de sus malignos dioses.

    —Como ocurrió con los luganos, - dijo ella sin pensar. —Por eso nuestros antepasados los expulsaron y les arrebataron sus tierras. Pero ¿qué tiene eso que ver con lo que le vendió a padre?

    El sabio mercader miró a Feraya y movió dubitativos labios, pero no salieron palabras de estos. Bajó la vista hacia las manos y comenzó a explorarse las yemas de los arrugados dedos.

    Feraya quedó en silencio durante ese intrigante intervalo de varios segundos.

    Rahijá encontró decisión y habló sin levantar la vista. Feraya detectó en la voz que el viejo amigo de su padre estaba trasmitiendo al mismo tiempo una disculpa: —Tienes que entender que muchos dioses de estos pueblos son tan antiguos como el tiempo y, aunque son aberraciones a los ojos de cualquier Dios cuerdo y bondadoso, tu padre y yo sabíamos que el poder que estos dioses demonio conceden a sus bárbaros no es menos poderoso que el de nuestros dioses.

    —Sabio y noble Rahijá Fajir. ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Vendió a mi padre algo relacionado con esos dioses demonio?

    —Un pacto, - Rahijá miró a Feraya a los ojos. —Solo como defensa, como último recurso. Tu padre debió de haber enfrentado anoche un peligro terrible.

    Feraya quedó helada por la última frase. Ni siquiera fue consciente de las lágrimas de espanto que empezaban a acumularse en sus ojos. El sabio mercader le entregó un pañuelo con la pluma de la diosa Gayena bordada y ella lo tomó sin saber qué hacer con él hasta que se le enturbió la vista. Se secó las lágrimas y respiró hondo sacudiendo la cabeza, mirando al techo de lonas multicolor para recuperar compostura y dignidad.

    —Eres como ella, - dijo el anciano con una sonrisa.

    Feraya parpadeó ante el extraño comentario.

    —Como tu madre, - continuó el mercader; —Yo se la vendí a tu padre, ¿lo sabías? Él la liberó y la hizo su esposa.

    Feraya negó con la cabeza y aspiró el aire que llegaba desde el mercado, lleno de aroma de especias expuestas: —No llegué a conocerla. Me crió padre y Vone, la madre de Larima. Mi madre murió poco después de mi nacimiento.

    El anciano cerró los ojos y asintió lentamente con gran pesar.

    —¿Está muerto mi padre también?

    Rahijá respondió con horror: —¿Qué? ¡No, por supuesto que no!

    Feraya suspiró y gruñó de alivio, dejando caer la cabeza y olvidando por un instante modales y etiqueta. Consciente de esta informalidad, más propia de una niña que de una mujer, recuperó la compostura llena de vergüenza. Cuando miró de nuevo al viejo amigo de su padre, Rahijá la recompensó juntando las manos y haciendo una leve inclinación con estas, el gesto de respeto que todo invitado mervitio mostraba antes de entrar en la casa del anfitrión.

    Feraya sonrió tranquila, sabiendo ahora que podía comportarse como si estuviera en su propia casa.

    —No sé dónde está tu padre, Feraya. Tampoco sé quién o qué lo atacó, pero confía en el viejo Rahijá. Lo encontraremos y resolveremos esto aunque tenga que enviar despachos hasta el confín de este mundo o del... aquí se selló los labios con los dedos por prudencia y dio unos golpecitos en la mesa con las palmas. —Si vuelve a casa o envía algún mensaje házmelo saber.

    Se giró hacia una mesita junto a su cojín y tocó una campanilla. La sirvienta entró en la tienda y quedó esperando órdenes.

    Rahijá se dirigió a la sirvienta en dialecto mervitio, aunque Feraya entendió cada palabra: —Llama al gandul de Irajín y dile que prepare una escolta de cuatro Guinyaidines para nuestra invitada.

    La sirvienta asintió y se retiró en silencio.

    Feraya estaba abrumada por la atención: —Pero ¿Guinyaidines, señor? No creo ser...

    Rahijá la interrumpió con un gesto que no invitaba a discusión sobre tal asunto: —Ah ah ah, dormiré mucho más tranquilo si te los llevas que teniéndolos aquí aburriendo a las ovejas.

    —Pero ¿qué voy a hacer con ellos?

    —En eso no puedo ayudarte. Yo tengo el mismo problema, - dijo levantándose y, luego, como repentina ocurrencia añadió: —Llévatelos al enclave fronterizo. Todas las noticias que llegan a Cratón pasan antes por allí. Puede que allí descubras algo relacionado con lo que le ocurrió a tu padre.

    [Fin cap. 4]
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  5. #5
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 5

    Separó el dedo de la mano y Merguíades cerró los ojos con una mueca de dolor.

    Le ardía la mano izquierda. En la derecha aún sujetaba el puñal acasio. Perdió pie durante un instante y cayó de bruces sobre un suelo de madera, el puñal escapó de su mano. Abrió los ojos a la oscuridad para mirarse la herida. Con la mano delante, la examinó asiéndola por la huesuda muñeca. La luz era escasa en la estructura en la que se hallaba, pero bastaba para distinguir formas y tonos a corta distancia. La sangre surgía de la mano y le bajaba por el antebrazo. Una bruma densa y gris tapizaba la noche que la luna de Kóser vigilaba en lo alto. Rachas de viento sorteaban altos y finos postes paralelos, separados por tan escaso espacio que apenas podría sacarse un brazo entre dos de ellos.

    En la noche crujía perezosamente la madera y resonaban apagados gemidos de hombres y mujeres a pocos pasos detrás de él.

    Un jirón arrancado de la camisa de lino mervitio hizo buen servicio como venda para la herida y le dio calma para pensar.

    Había escapado de esa bruja. El Guardián lo había transportado a otro lugar. Pero no a su casa, como él le había pedido. La estructura en la que hallaba se movía con el estertor de una gran carreta sobre un camino pedregoso.

    Se pusó en pie y miró a su alrededor girando con pasos cortos y sin ceder presión en el vendaje. La bruma y la luz ofrecían solo unas brazas de visión a su alrededor. El exterior de los postes era indistinguible en la noche. Caminó unos pasos hacia los débiles gemidos.

    Había personas cerca, pero Merguíades no oía pisadas ni movimientos que indicaran actividad alguna. Tras dar unos pasos vio un cuerpo tendido bocabajo, el gruñido de la caída llamó su atención. Se acercó a la mujer y se arrodilló a su lado para voltear el cuerpo. El arañado rostro de ojos cerrados era el de una joven de quizá de unos treinta años. Iba ataviada con el uniforme de la milicia cratana. En el costado derecho tenía clavada a medias una tosca daga de hierro. Junto a la vaina vacía de la espada había sujeta al cinto una cartuchera de cuero como la que los mensajeros usaban para despachos, órdenes o documentos varios. Estas cartucheras solían contener también quintaesencias, medicinas y elixires. Merg intentó abrir la correa, pero el cuero estaba hinchado por la humedad y se resistía a resbalar por la hebilla. Había que tirar del cuero y sujetar la hebilla al mismo tiempo, una maniobra complicada para realizarla a una sola mano. Al dar violentos tirones a la correa de la cartuchera, la joven miliciana abrió los ojos con un semblante de horror. Al ver al anciano y notar lo que este intentaba hacer, echó ambas manos a la cartuchera por acto reflejo. Merg estaba tan sorprendido como la mujer y se retiró del cuerpo mostrando las palmas a modo de disculpa. Aún protegiendo sus posesiones, la joven movió los ojos a su alrededor, incapaz de alzar o mover mucho la cabeza.

    —No quiero hacerte mal, hija, - susurró Merg. —Soy un miembro del Consejo. Estás a salvo.

    Con voz rota y seca habló la miliciana mirando a ese anciano que vestía ropas de noble: —Nadie está a salvo.

    —¿Qué te ha ocurrido?

    —Ayúdame a... - La mujer intentó levantarse, pero un punzante dolor en el costado se lo impidió. Gruñó de dolor y quedó sin respiración, terminó la frase moviendo un dedo hacia arriba.

    Merg la ayudò a incorporar el torso. La miliciana vio la daga en su costado derecho y la asió por el mango con la mano diestra. Tomó aire y la extrajo con un gruñido y un fuerte tirón. Examinó a la luz de la luna y durante unos segundos la hoja del hierro antes de clavarlo con odio en la madera del suelo a su lado.

    —¿Dónde estamos? - preguntó Merg.

    La miliciana miró al noble de soslayo y con los brazos caídos, como ebria, y habló respirando con dificultad: —¿Dónde crees tú que estamos, viejo? - Resolló un suspiro: —En el Infierno.

    —El Infierno está en muchas partes, - replicó Merg; —¿Eres de la milicia fronteriza?

    —Exploradora del norte, - tomó aire; —Nos capturaron al atardecer al otro lado de las cimas rocosas, a seis leguas del Paso de Gayena.

    —Bendita sea la diosa, - susurró Merg al saber que estaban a menos de una semana a caballo del enclave fronterizo.

    —¿Cómo ha acabado aquí dentro un miembro del Consejo?, - dijo la mujer examinando la elaborada solapa de la chaqueta bordada de Merg. —¿Eres embajador mervitio?

    —Larga historia que contar. Soy cratano. ¿Dónde estamos, hija? ¿Hacia dónde va esta jaula de grillos?

    —¿Te has dañado el cerebro? - dijo ella. —Estamos detrás de las líneas enemigas. Esta caravana de esclavos cierra la marcha hacia el enclave.

    Merg ponderó con horror esas palabras: —¿Qué enemigos?

    —Incursores bárbaros. Huestes de jinetes. Guerreros. Y brujas. Y chamanes. Por millares. Con bueyes y mulas de carga y carretas y torres, y jaurías de bestias. Y engendros, demonios altos como árboles. El enclave fronterizo no resistirá.

    —¿Bajo qué estandarte?

    —Bajo muchos. Más de los que conozco. Vúrgolos. Carpetanos. Y oretanos y jacetones. Caristios, gátibros y muchos otros.

    —Eso es imposible.

    —No vi a Su Excelencia por aquí.

    —Esos pueblos se odian.

    —¿No llegan nuestros despachos a Cratón? Llevamos meses avisando al Consejo del extraño comportamiento de estas tribus.

    —¿Qué visteis?

    —Migraciones, alianzas, rituales de celebración.

    —¿Celebración?

    —La llegada de lo que llaman Hukulugh.

    Merg se estremeció al oír esa palabra lugana: el Hijo de Hukul.

    La mujer se esforzaba ahora por mantener los ojos abiertos y la cabeza erguida. Le susurró: —Mira. Tenemos un campamento oculto. Está a cinco horas al norte de aquí. Es un punto de encuentro. Si puedes escapar y queda alguien vivo, allí podrán ayudarte. ¿Sabes leer marcas de senda?

    —Sí.

    —Entonces, lo encontrarás.

    —¿Y cómo se puede escapar de aquí?

    —Durante el día relajan la guardia. A muchos de los bárbaros no les gusta la luz del sol. Estos esclavos llevan aquí días trabajando en un agujero en el suelo de esta carreta, pero hay que ser discretos.

    —¿No vendrías tú conmigo? ¿Adónde piensas ir, hija?

    —A ninguna parte, - señaló la daga que había clavado; —Pusieron veneno en la hoja. Tendrías que caminar hacia el Norte. Cuando llegues a las rocosas, sigue la ladera de piedra roja en dirección Este y busca la marca del Escarpe. Sigue la marca a partir de ahí.

    —Eres valiente, hija. ¿Cómo te llamas?

    —Máver Tuek. Trilladora del Tercer Destacamento de Exploradores. Avisa al Consejo, viejo. La frontera no resistirá si no envían pronto a las cohortes.

    —¿Maveria Tuek? ¿Eres la hija de Crag Tuek?

    —Sí.

    Merg se abalanzó entonces hacia el costado herido de la muchacha y empezó a retirarle las correas del peto. Ella le apartó las manos: —¿Qué haces?

    Merg insistió: —He visto muchas heridas. Soy una especie de galeno.

    —Ya han pasado muchas horas, - dijo Máver ayudando al viejo a retirar las correas para dejar holgado el peto. —No puedo mover las piernas.

    Merg le levantó la camisa con cuidado y empujó suavemente el hombro de la paciente: —Túmbate despacio. Necesito más luz.

    Máver obedeció y quedó mirando los barrotes del techo de la jaula mientras Merg examinaba la herida de cerca: —Tendrías que ser un mago para poder curar la parálisis venenosa de esas armas. - Movió los ojos hacia el rostro del viejo.

    Merg levantó la cabeza para mirarla: —Bueno, resulta que también soy una especie de mago.

    [Fin cap. 5]
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  6. #6
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 6

    Tras hablar con Rahijá Fajir en el bazar de Cratón, Feraya regresaba en carruaje a su casa mientras la capital se bañaba en un océano de luz.

    Los carros de mercaderes transitaban las arterias de la ciudad. Los artesanos pertrechaban sus talleres con las telas, tintes, esencias, piedras y todo tipo de lujosas mercancías traídas de las lejanas colonias. Los tenderos ofrecían reses, aves, quesos, vinos y peces frescos del día.

    Y las gentes de Cratón atendían sus risueñas vidas ajenas al peligro que las acechaba.

    Pues poco a poco, como el lento y silente deshielo de un glaciar, las montañas que oteaban como pacientes gigantes las lejanas murallas de la capital se infestaban de monstruosas alimañas.

    El onagro crecía latiendo en su crisálida como un corazón inmundo, negro, viscoso, hambriento sin medida. Y en cada latido un creciente mar de sangre invisible se extendía hablando un idioma insepulto, vetusto, lúgubre y preciso.

    Un idioma que bramaba: Aquí hay PODER.

    Y atraídas por esa tácita promesa de maligna prosperidad, tenebrosas criaturas de lejanos abismos habían abandonado sus guaridas y recorrido leguas de oscuras trochas, de fangosas marismas, de subterráneos pasadizos hacia el impío territorio del onagro.

    Hacia la impía Cratón.

    Abkura advertía estas migraciones como una distante bruma de éxtasis a su alrededor. Mientras ascendía por los soleados y pedregosos caminos de estos gigantes rocosos, sentía oscuras presencias ocultas tras las rocas de las lejanas laderas al Norte, bajo las raíces de los árboles del valle al Este, en las grutas de las cumbres nevadas al Sur. Y al Oeste, el radiante Mar del Ocaso lamía la costa de Cratón con insistentes lenguas de argén y turquesa. Bajeles con la bandera de la Primera Cohorte vaciaban sus bodegas y vomitaban tropas cratanas hacia el puerto por largos puentes sobre la escollera.

    El general Crag Tuek había llegado por fin a la capital.

    Pero sería Canosa quien se encargaría de él, Abkura tenía otros problemas que resolver entre estas montañas.

    La marchita y decadente Orden de Hukul había conspirado, torturado y asesinado a mucha gente importante durante décadas de minuciosa investigación. Muchas hermanas se habían sacrificado por un único propósito.

    Recuperar el poder que los buitres cratanos habían arrebatado a la Orden al expulsar a las huestas luganas muchos siglos atrás.

    Recuperar el Portal de Lugh.

    Abkura había estudiado desde la infancia planos antiguos y recientes de la región de Cratón y sabía que en alguna parte de estas agrestes montañas por las que ahora ascendía se encontraban las ruinas de la antigua ciudad de Lugh. Pero la Orden había explorado sigilosamente cada palmo del valle muchas veces y no había hallado ninguna clave definitiva.

    Ella estaba segura de que el portal aguardaba enterrado en el interior de alguna mina de hierro del centenar que perforaban estas montañas.

    El portal aguardaba.

    Los sabios historiadores de la región acasia de Irisna aún escribían volúmenes en los que se explicaba que un milenario portal sagrado había sido construido por nómadas luganos establecidos en estas regiones. En muchos de dichos volúmenes, por supuesto, se dudaba de la existencia de tal portal, pues era causa contínua de controversias entre los eruditos.

    La razón de esto era sencilla: la descripción del portal recogida en diversos incunables por todo el continente correspondía sin duda a la de una construcción de magnífica artesanía, muy superior a la imaginación y empeño de unos rudimentarios luganos nómadas que no sabían entonces ni arar los campos.

    Los secretos de la Orden de Hukul eran como los pactos con los Dioses: nunca se pronunciaban a la ligera. La Orden guardaba celosamente la verdadera historia del portal, la historia que resolvía con una sencilla frase ese misterio indescibrable.

    El portal lo había imaginado la misma mujer que había ordenado a los luganos construirlo.

    ¿Y esa mujer? También la Orden tenía respuesta a eso, y a muchas otras: la mujer era Ella, la primera hechicera de Hukul.

    Hukul. Un nombre extraño para un Dios.

    Los eruditos habían escrito también mucho sobre Hukul, sobre sus signos y sus posibles orígenes. Abkura no había leído ninguno de esos volúmenes. Sabía que ninguna hermana se molestaba en leer esas absurdas fabulaciones. Poco de lo que se hallaba escrito en esos tomos era cierto, y la única parte que honraba a la verdad era que un encuentro con el nombre de Hukul no era deseable.

    El nombre de esta deidad no retrocedía hasta tiempos inconcebibles. No había nacido del desamparo y el pavor. No había sido fruto de una imagen inexplicable. No había germinado de nada tan prosaico como la caída un rayo sobre un arbol y la posterior transmutación de este en un brillante fuego abrasador. No había sido revelado por las eternas esencias. No había sido entregado a los mortales.

    El nombre lo había imaginado Ella. Y condensaba en dos sílabas un sueño, la alquímica sublimación de sólido anhelo en vaporosa realización, en ulterior potencia definitiva.

    Hukul era el Crisol del Cosmos.

    Hukul no moraba en el yermo del abismo inferior. No habitaba en el palacio de las esferas celestes. No precisaba de templos ni de ofrendas ni de oráculos. Hukul residía en cada hechicera de la Orden y les exigía una única cosa: completa devoción a sus signos.

    Abkura había imaginado a Hukul siendo muy niña. Lo había creado en su secreto y penoso transitar sobre los abrojos de la consciencia incompleta. Todas las hermanas de la Orden compartían ese imposible vínculo entre ellas y su Hukul concebido. Por eso la Orden no podía separarse aun cuando, por acaso, existiese volición y consenso.

    Pero la Orden estaba muriendo. El poder de Hukul se disipaba entre los orbes de la realidad como los recuerdos entre las fisuras del intelecto senil.

    Y por ello, desde el Norte avanzaban blasfemas hordas para impedirlo. El pastor había reunido ovejas descarriadas y las guiaba hacia el cubil negro del feroz lobo cratano. El pastor las había provisto de armas y conjuros, de causas y promesas, había susurrado en sus oídos victorias y recompensas.

    Y mientras Abkura salvaba las cornisas y peñas en su marcha hacia la cima rocosa, las ovejas marchaban dichosas por carreteras imperiales blandiendo hierros sendientos para capturar exclavos, arrasar los campos, quemar las villas y babear cánticos de sumisa adoración a su líder.

    Adoración a Hukulugh.

    El Hijo de Hukul. La aberración imaginada por todas las hermanas de la Orden para este particular momento de necesidad.

    Imaginado inmortal, Hukulugh era quimérico. Tenía cuerpo de hombre, cabeza leonina, enormes alas de murciélago y larga y afilada cola de reptil. Su fuerza era la de cien guerreros. Su altura igualaba la de cuatro lanceros de infantería cratanos. Podía sortear de una zancada la embestida a caballo de treinta jinetes. Superaba corriendo el vuelo de cualquier halcón. Volaba más rápido que el aire de una ventisca. Blandía martillo y espada, magníficos y temibles. Conocía sortilegios y pactos, madiciones y plagas.

    Hukulugh era un destructor de ejércitos.

    Abkura llegó a la cumbre del cerro que miraba al Oeste hacia el Desfiladero del Colmillo y al Este hacia el vasto cañón del valle que el delta del río tintaba de fértiles glaucos, cristalinos azules, pétreos ocres y azabaches.

    Por encima del dosel tropical del valle, Abkura divisaba las laderas rocosas del cañón salpicadas de diminutas bocas negras llenas de actividad. Un millar de esclavos sacaba día y noche de esas bocas en toscas carretas toneladas de piedra, vigilados por numerosos capataces fuertemente armados que velaban por los intereses de Merguíades Tahik.

    Según los mapas que había conseguido de los canteros, Abkura tenía que hallar un modo de entrar en tres esas bocas de la ladera Este, la ladera más lejana a la costa.

    El portal la estaba esperando. Abkura pensó que sería más seguro esperar unos días, hasta que las montañas se llenaran de monstruos, y entrar en las minas durante la confusión de la noche.

    Mientras tanto podía ayudar a Hukulugh con su misión en la frontera del norte.

    [Fin cap. 6]
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