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    El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Titulo: El portal de Lugh
    Género: Espada y Brujería.
    Escrito por Artifacs (CC-BY-NC-SA)

    SINOPSiS ______oOo______

    Tras cien generaciones de exilio forzoso, guerreros luganos han regresado a territorio cratano bajo un nuevo líder. Sus filos de hierro reflejan la luna y vierten sangre en la tierra sedienta. La fatalidad ha vuelto para quedarse.

    _______________

    Prólogo

    «[...] y tras esto los cratanos envidiaron y odiaron a las huestes luganas. Y buscaron aliados entre los menguetes, los jaretanos y los túrdolos, y les entregaron armas hechizadas, y también muchos engaños y fantásticas promesas. Y fue hecho ley que cada estación de cada año se iniciaran las razias contra los luganos para masacrarlos y arrasar sus aldeas y ciudades, y pasar a cuchillo a ancianos, mujeres y niños. Y así fueron expulsados los luganos de sus pastos, casas y templos, para arrancarlos de la faz de la tierra.»

    —- Anónimo, "Historia de los pueblos al oeste de Khízan."

    Capítulo 1

    La suave juventud de aquella mujer se teñía de azogue a la luz de la primera luna del mes de Kóser, el Dios Errante del Infortunio. El mercenario sordano en vanguardia enfundó el acero sin descabalgar y habló en voz alta ante la carroza. "¡Solo es una muchacha en medio del camino, maese!"

    La cabeza calva de un enjuto anciano asomó por la trampilla de la puerta de la carroza. El viento del Mar del Ocaso era frío y mecía el dosel de hojas negras a ambos lados del camino imperial empedrado. Los enebros y las encinas susurraban canciones sombrías de eras remotas mucho menos civilizadas. Las tinieblas eran propicias para los viajes discretos, pero traicionaban con parejo ardid la percepción de mentes bisoñas.

    La figura parada en medio del camino imperial semejaba en verdad una muchacha, y semejaba aún más, una oficiante del templo de Gayena. Largo cabello color granito recogido en la nuca en finas e incontables trencillas. Túnica de lino blanco hasta los muslos, sujeta al hombro izquierdo con un broche de latón. Pulsera de novicia en el brazo siniestro y brazalete de sacerdotisa en el antebrazo diestro. Ceñidor de cuero a la cintura y funda de argenta para la daga. Sandalias de finos lazos trepando en espiral hasta las rodillas.

    Juventud, inocencia y belleza era el estandarte del templo de Gayena y el de esta muchacha. De esta muchacha que ahora le estaba mirando a los ojos. Y que le sonreía.

    A unos cincuenta pasos de distancia de la carroza, la postura de la sacerdotisa era casi tradicional, muy similar a la reglamentaria postura erguida de oración antes de un oráculo. Pero en vez de tener ambas manos juntas sobre el vientre, la mano diestra estaba posada sobre el mango de hueso de una daga con el emblema del Ojo Ciego de Hukul. Tampoco mantenía la barbilla paralela al suelo, sino hundida levemente en el cuello. Con aquella daga blasfema y la cabeza en ese ángulo, la mirada y la sonrisa auguraban fatalidad.

    El anciano reconoció los efectos del pánico intentando dominarle y sonrió. Hacía mucho tiempo que no sentía la opresión y calor en el pecho, el demente latir del pulso, el atávico impulso irracional por preservar la existencia, Era una sensación que ningún brebaje ni incienso del imperio podía igualar: una tiránica euforia que le ordenaba sentirse vivo... a sus ochenta y nueve años.

    Agarró dentro del puño el cristal de Fera que pendía de una cadena de oro al cuello y sintió un tenue calor en la palma. Eso confirmó sus sospechas, si los Dioses así lo habían dispuesto, esa noche perdería mucho más que una escolta de seis mercenarios.

    "¡Merg Tahik!," gritó de pronto la muchacha. "¿No vas a escucharme? ¿Así es como tratas a las hijas de Gayena que tanto han rezado por la prosperidad de tus negocios en las minas de esclavos?"

    "Matadla," dijo el anciano a su escolta.

    "Pero si solo es una sierva de Gayena, maese," se burló un mercenario mirando a sus compañeros.

    "¡No es una sierva de Gayena, bárbaro ignorante!" Replicó el anciano. "¡Esa muchacha es una hechicera de Hukul!"

    El anciano volvió dentro de la carroza y atrancó la trampilla por dentro.

    "¡Viejo necio!" gritó la muchacha. "¿Crees que he venido desde la Ciénaga del Oráculo para matarte?"

    "Ya habéis oído al maese," dijo de mala gana el mercenario a vanguardia. Se giró en la silla de montar hacia un jinete unos pasos detrás de él. "Kayén, usa el arco y apunta al corazòn. Que sea una muerte rápida." Se enderezó en la silla para observar a la muchacha y el resultado de su orden.

    Al oír esas palabras, la muchacha inclinó el cuello hacia un lado y sonrió al jinete que blandía y tensaba el arco: "La hiel hierve en el hueco secreto de Hukul, soldado. Escucha la burla en las almas de los muertos."

    El soldado giró de pronto el arco hacia el líder a vanguardia y soltó la flecha. La punta de hierro del dardo entró por la nuca de su líder y amaneció por la boca con un grotesco chasquido.

    Maese Merguíades Tahik oyó la gutural agonía húmeda del desafortunado mercenario mientras rebuscaba en el baúl oculto bajo uno de los asientos de la carroza. Los aceros cantaron al salir de sus vainas.

    "¡Traidor!" gritó un soldado. Relinchó una montura.

    "¡Por el hacha de... ¿qué ha...? ¿Qué he hecho? ¡No, esperad!"

    "¡La bruja! ¡Ha sido la bruja, idotas! ¡Cargad antes de que...!"

    La joven intervino entonces con una llamada al orden: "¡Asesinos que servís a la muerte! ¡El poder de Hukul os reclama! ¡Despojaos de la vida con dicha y honor!"

    Y así oyó el anciano caer los cuerpos armados de sus mercenarios, como lastres demasiado pesados para el viaje al Abismo Negro de la Muerte. Degollados por sus propios aceros y manos.

    Y cuando la última armadura, escudo y greba se quejó con su voz metálica, Merg Tahik encontró lo que había estado buscando. Sacó el tubo de cuero del fondo del baúl, cerró la tapa que servía también de asiento y se sentó sobre esta. Con el cilindro entre las rodillas, rompió el sello de cera en un extremo. Al retirar la tapa del tubo, el vetusto olor a pergamino impío inundó el angosto espacio interior de la carroza. El mercader tuvo que esconder la nariz y la boca en el interior de su brazo para evitar los irritantes vapores.

    Un fuerte golpe en la puerta de la carroza chapada de plomo le sobresaltó. "¡Abre la puerta, mercader! ¡No he venido a matarte!" dijo la muchacha con una carcajada. "¿Qué haces ahí dentro? Estás solo ahora, y tengo un buen trato que ofrecerte."

    El anciano tiró con cuidado del rollo ocre para sacarlo del tubo. Una vez fuera, dejó caer el tubo en el suelo y extendió la lámina de pergamino sobre las rodillas. Puntiagudos trazos de raíz de ácoro mojada en savia negra de mandrágora rezaban la impía lengua de la tribu kurhug, hijos de Hug, extintos desde hacía siglos, antaño estudiosos de la tradición y la magia de Hug-Togug, Guardián de los Pasos del Ultramundo.

    Mientras recorría con la yema de los dedos las marcas y signos, Merguíades leía deprisa y en silencio la descripción del conjuro. Azogado por el pánico, se mordía el labio al encontrar palabras esquivas que se mofaban de su memoria. El pacto escrito exigía un coste de sangre al nombrar al Guardián y pedirle paso. Estaba seguro de poder recitar la letanía sin error, pero el mercader no tenía tiempo de desentrañar en ese momento la naturaleza de la ofrenda.

    ¿Exigía el blasfemo Guardián un brazo o satisfaría su orgullo solo una mano?

    Un nuevo golpe hizo temblar las planchas de plomo de la puerta y la lámpara de aceite del techo danzó creando sombras persiguiendo sombras: "¡Mercader! ¡Te pagaré bien! ¡Te daré un heredero varón! ¡Ya sabes lo que quiero!"

    Bien lo sabía el mercader. La bruja quería de él lo que ya le había arrebatado a esa pobre sacerdotisa en desgracia. El ingrediente clave de un favor que concedía Hukul a sus brujas para que estas pudieran cambiar de forma.

    La bruja quería comprarle un ojo.

    El mercader tiró del mango del puñal que llevaba en una funda al tobillo. La hoja de acero acasio fulguró su saludo y el mercader probó el filo con la yema del pulgar. Un corte limpio y fino atestiguó la competencia del arma como herramienta en el conjuro.

    El mercader colocó la mano izquierda sobre una rodilla. Blandió el puñal con la mano derecha, apoyó la hoja a la altura de la muñeca siniestra y comenzó a entonar el pacto.

    Con los ojos cerrados, elevó la voz hacia el cielo y articuló espasmódicos sonidos que excitaban impíos oídos del Ultramundo: "K'uht got'guka Hug-Toguka. Kuhta Hug-Togug jugkoh'gan..."

    La bruja sierva de Hukul emitió entones un chillido de furia y golpeó la carroza con algo contundente y metálico: "¡Profano bastardo! ¡No pronuncies en mi presencia esa lengua de chacal ponzoñoso!" Golpeaba cada vez más fuerte y con una insistencia sobrenatural: "¡Abre esta puerta o te juro que te arrancaré la piel con la garra de una pesanta preñada de la simiente de un esclavo decapitado!"

    La puerta de la carroza se estaba combando en la parte de las bisagras.

    El mercader llegó a la parte de la letanía en la que se daba tributo al orgullo del Guardián, y elevó la voz hasta que esta quedara pareja con los fuertes golpes de la bruja: "Kotka gokta, Hug-Toguga. Gokta, Hug-Togug. KOTKA GOTKA, HUG-TOGUGA. GOKTA, HUG-TOGUG."

    «Acepta mi ofrenda, maldito demonio,» pensó el mercader antes de lacerarse la muñeca con el filo del puñal. Pero el dolor era insoportable y el mercader perdió la razón en ese momento. No fue la mano lo que sesgó como ofrenda.

    Cuando la bruja derrumbó la puerta de plomo y entró en la carroza, lo único que encontró de Merguíades Tahik fue un dedo meñique sobre los restos humeantes de un papiro calcinado.

    [Fin del cap. 1]
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 2

    "¿Asalto de bandidos? ¡En esta casa no se tolera la incompetencia, bárbaro túrdolo! ¿Dónde está mi padre?"

    El capitán mercenario contuvo la lasciva urgencia de abofetear a la rolliza primogénita del maese cratano, pero no escatimó desdén ni regocijo en el tono de su respuesta: "Como ya he dicho, hemos hallado la carroza, pero no el cuerpo, donce...llueca."

    Los otros cinco guerreros túrdolos que habían acompañado al capitán hasta la alcoba de la mujer bufaron risas breves y discretas al oír el apelativo, pero tuvieron la prudencia de girar las cabezas o bajar las miradas para enmascarar la chanza con preocupación.

    Las nasales y el pecho de la oronda y soltera cuarentona se inflaron ante la ofensa como vejigas porcinas. La dama que habitaba en la mente de la mujer alzó una petulante barbilla en un intento de demostrar su incontestable superioridad, pero ni la altura de la cratana ni su libertino corazón pudieron respaldar pose ni verbo: "¡Se dice doncella, bárbaro! ¡Llevas tiempo suficiente sirviendo en esta casa para hablar cratano como está mandado!"

    Tras esa réplica hubo nuevas risas discretas por parte de los soldados. El capitán túrdolo avanzó veloz como un depredador y cerró con un paso la distancia que le separaba de Larima Tahik. Aferrando con una mano uno de los inabarcables senos de la mujer y ciñéndola por la cintura con la otra en un incompleto abrazo, la fulminó con la mirada de un lobo y las fauces de una hiena babosa: "Soy un bárbaro, alteza. Me llamáis perro, sí, y yo cazo y mato para vos. ¿No merezco acaso nada a cambio?"

    Fue entonces cuando la razón de Larima se extravió con una exhalación en esos inquisitivos ojos de lobo, y un húmedo fuego secreto comenzó a arder bajo su vientre. Agarrada a esos brazos de hierro, la mujer sintió de pronto palpitaciones, y un fuerte sudor comenzó a manarle por el cuello y las sienes. El tiempo para ella se detuvo en un lugar remoto de prohibido y tóxico deseo donde se nublaba la vista y las antorchas de la alcoba perdían su ímpetu luminoso. El fuego interno consumía visión y sonido y avivaba otros sentidos. El hedor a muerte del guerrero se intensificaba y evocaba noches de ultrajante placer, recuerdos de agridulce humillación, de doloroso gozo, de despreciable e intolerable éxtasis.

    "Sí," se oyó susurrar Larima pegando la mejilla al pecho del hombre, "Castígame si quieres."

    Tras estas palabras, las risas y jocosos comentarios de los demás mercenarios resonaron libremente en las columnas y en los arcos, en los tapices y en los muros de piedra blanca de la extensa alcoba de planta circular. Exuberantes jardines espiaban desde el exterior de las galerías, mientras que en el centro dominaba el espacio una gran cama con dosel de sedas púrpuras, blancas sábanas de satén y abigarrados cojines de plumas de faisán. Todos los lujos que el Imperio cratano arrebataba a sus colonias y que el hombre más rico de Cratón podía pagar.

    "Larima, ¿estás despierta?" La hija menor de las cinco hijas del maese llamó a la puerta cerrada de la alcoba. Su voz al otro lado delataba nervios y cansancio: "No puedo dormir, ¿sabes algo de padre?"

    Los mercenarios dejaron de reír de inmediato y se agruparon en formación por acto reflejo. El capitán abandonó su sonámbula presa y se dirigió hacia la puerta con rápidos pasos. Larima aún estaba aturdida de pie ante la cama cuando el guerrero túrdolo abrió la puerta y se echó a un lado para dejar pasar a la joven de quince años llamada Feraya.

    La joven agradeció con un asentimiento el gesto del capitán y pasó al interior. Examinó rápidamente a las personas en la alcoba. Los mercenarios túrdolos mantenían silenciosa y disciplinada fila a un lado de la sala, el capitán aún sujetaba la puerta y tenía un semblante sombrío. A unos diez pasos de la puerta estaba su hermana Larima de pie frente a la cama. La obesa mujer estaba ruborizada, sudorosa, y miraba al suelo con las manos juntas ante ella.

    Feraya avanzó despacio hacia su hermana sin dejar de interrogar a la guardia con la mirada. "Larima, ¿qué ha pasado? ¿Por qué no ha llegado padre todavía? La hija del conde dice que su padre lo vio partir después del banquete."

    La abochornada hermana comenzó a llorar sin dejar de mirar al suelo. Se tapó la cara con las manos, desplomó sus gigantes nalgas sobre la cama y sollozó sin consuelo.

    Feraya corrió a sentarse a su lado: "¡Larima!" Abrazó a su hermana sintiéndose impotente y frágil: "No llores, por favor. Seguro que padre está bien."

    "La carroza de maese fue asaltada cerca del desfiladero, dama Feraya," dijo el capitán. "La escolta fue degollada. Su padre no se encontraba entre los muertos."

    "¿Qué?", la joven miró al capitán con lágrimas en los ojos. "¿Asaltada? ¿Por bandidos?"

    "No fueron bandidos," respondió el túrdolo. "No robaron nada."

    Al oír estas palabras, Larima interrumpió su llanto para alzar la vista hacia el capitán y maldecirlo con los ojos y una mandíbula tensa, pero pronto bajó la cara entre las manos y retomó el llanto con aún mayor desdicha.

    Feraya se tragó las lagrimas y volvió a abrazar a su hermana. Habló al capitán: "¿Qué cree usted que ha sucedido? ¿Fue un secuestro?"

    "No sé qué ha sucedido, pero es posible que maese siga vivo. Puede que escapara al ataque."

    "Lléveme donde ocurrió, capitán, esta noche. Se lo ruego."

    "Allí ya no hay nada, dama Feraya. Pero puede examinar la carroza y los cuerpos. Lo hemos dejado todo en los establos."

    Feraya consoló a su hermana con un beso en la frente: "Voy a ver qué ha pasado." Fue a levantarse, pero Larima frustró su intento al abrazarla con mayor fuerza y esconder las lágrimas en su pecho. "Larima, suelta. Volveré en un momento," dijo Feraya zafándose del abrazo; "Tengo que ver esto."

    "Nosotros la escoltaremos abajo, dama Feraya," dijo el capitán indicando a la guardia que saliera.

    La fila de hombres salió al pasillo y esperó. Feraya salió caminando junto al capitán y este cerró la puerta de la alcoba. El grupo recorrió el pasillo y atajó por el peristilo para bajar las anchas escaleras hacia la villa de servicio. A Feraya le gustaba pasear por ese jardín porque la noche se perfumaba de exóticas fragancias que le recordaban los tiempos de las caravanas hacia las fronteras. Ella había viajado con su padre en esas caravanas siendo muy niña, con tan solo cinco años. Sentía un poco de nostalgia de aquellos largos trayectos, pues su padre siempre estaba con ella entonces y la había guiado en todos los sentidos, tanto al transitar por las calles de ciudades extranjeras como en el transcurso de su educación. Los mercaderes de aquellas rutas tenían que aprender muchas lenguas y dialectos, debían conocer muchas costumbres y credos, y ella había aprendido mucho del gremio tras ocho años de excursiones a las colonias.

    Al final de la escalera, el capitán señaló para Feraya una gran caballeriza de carruajes a cien pasos de distancia: "El establo está allí," a sus hombres les dijo: "Vosotros vigilad fuera."

    Los mercenarios se separaron y la joven dama y el capitán siguieron juntos hacia el edificio. En las puertas había dos hombres hablando con antorchas en la mano. Cuando atisbaron el par de sombras, uno de ellos gritó en túrdolo: "¿Eres tú, capitán? ¿Podemos quedarnos con el oro de la vaca?"

    Sabiendo que dama Feraya hablaba bastante bien la lengua, el capitán palideció y se giró hacia la joven pensando rápido en una disculpa, pero la joven alzó la vista hacia el hombre, se llevó el puño izquierdo al hombro derecho y lo golpeó dos veces: uno de los muchos gestos que entre los túrdolos comunicaba perdón al prójimo, pero este en particular significaba literalmente: «No hay ofensa entre hermanos.»

    El capitán volvió a mirar al frente y dio una carcajada negando con la cabeza. Esta historia iba a rentar en alborozo de taberna más que el oro sisado a las arcas del maese. El capitán recordaba haberle explicado a dama Feraya cuando esta tenía diez años que un túrdolo que roba a un miembro de su familia es expulsado de esta.

    A unos veinte pasos de sus hombres; el capitán les gritó en túrdolo: "Abrid las puertas. Dama Feraya quiere ver la carroza."

    El hombre que había hablado escrutó las sombras auxiliado por la tea y se maldijo a sí mismo. Su compañero se rió dándole una palmada en el hombro y le auguró un próspero futuro como esclavo en las minas de hierro y plata. El primero maldijo entonces al segundo y ambos empezaron a levantar la tabla que atrancaba las puertas.
    [Fin cap.2]
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 3

    La hechicera de Hukul con forma de muchacha se adentró en la cueva del Desfiladero del Colmillo que el onagro había escogido como morada.

    A medida que descendía le complació ver que el onagro no había permanecido ocioso.

    El interior profundo de la cueva había sufrido muchos cambios en muy poco tiempo, pues apenas había pasado un día desde que Abkura había parido la monstruosa profanaciòn.

    El suelo de tierra de la gruta que descendía hacia el fondo de la cueva era ahora un viscoso pantanal negro de una sustancia secretada que hundía a la bruja hasta las rodillas, y si el hedor de esa almizclada podredumbre se insinuaba ya desde la orilla del Mar del Ocaso a muchas leguas de distancia, en el interior de la cueva era tan intenso que infundía sensaciones incomprensibles en la mente de la bruja.

    Abkura experimentaba en caóticas secuencias fascinación, excitación, terror, tristeza, euforia, ira y muchas otras emociones que no tenía tiempo de identificar. La blasfema marisma destilaba efluvios que también interferían con los sentidos. La percepción que ella tenía de la cueva era solo parcial, pues a inconexos intervalos, algo tomaba caprichoso control de la vista e inducía luces y formas en movimiento, y espacios de otros lugares, algunos luminosos como a pleno día, otros oscuros, pero todos ajenos a lo que alguien solía ver en este mundo. Y con igual cadencia dispar oía misteriosos sonidos aquí y allá, lejanos y cercanos, delante y detrás de ella, que la espantaban y la azogaban. Algunos eran breves y agudos chillidos de agonía, otros eran graves y lentos como la caída de un gran árbol o un desprendimiento de rocas, pero todos eran diferentes.

    Y en la boca se le acumulaba la saliva sobre la lengua y Abkura tenía que escupir entre arcadas cada tres o cuatro pasos debido al contínuo asco de los sabores que su confundida mente reconocía como nocivos. Sentía también tactos internos como si una garra invisible estuviera urgando en sus entrañas, en los pulmones, en su útero y en el interior de la boca. Y en la piel de todo el cuerpo, roces ásperos y suaves, en los senos, los muslos, la cara, los ojos... fríos como carámbanos y ardientes como ascuas; presiones y tirones que la hacían tropezar en la ya accidentada gruta hacia la guarida del onagro.

    Pues aquel ser necesitaba también rodearse de la asquerosa podredumbre de los restos de sus presas, fueran estas bestias u hombres, y Abkura solo podía avanzar sorteando espinosos trozos de hueso, tendones, cráneos, carne y vísceras que emergían de la roca desde todas direcciones y que habían sido alterados tras la digestión, privados de toda esencia vital, y defecados como inertes copias maceradas de lo que una vez habían sido.

    Por todo esto, la hechicera no pudo precisar el tiempo ni el modo invertido para llegar hasta la extraña y enorme membrana negra y opaca que el onagro había secretado a modo de sello para su cámara privada en la amplia esplanada de las profundidades de la caverna. La membrana separaba la gruta infernal de la impía cámara principal y se aferraba a la roca circundante como los murciélagos, con un centenar de pequeñas garras que surgían por todo su perímetro a desiguales intervalos. Ante esta, decenas de pequeñas y extrañas criaturas negras, con pinchos rojizos en los lomos y cabezas alargadas de ojos amarillos, entraban y salían de la cámara principal como perrillos infernales, sorteando la membrana por las holguras en arco que esta adoptaba entre las garras. Las que entraban cargaban pequeñas presas vivas entre las fauces, las que salían dejaban los desechos en un antiguo pozo abandonado, de varios pasos de diámetro, lleno de un fango negro por el que nadaban serpentinas formas.

    Todos los seres allí mantenían una pragmática actividad e ignoraban por completo a la hechicera. Los efectos sufridos durante el descenso se habían disipado. Abkura no conocía mejor refugio para discretas asambleas que la guarida de un onagro en su madurez, la cual llegaría en pocos días. La recompensa añadida se hallaba detrás de esa membrana, donde se cebaba la crisálida de una catastrófica criatura. En unas semanas, la sola presencia del onagro en el territorio atraería a otras monstruosidades menores. Pesantas, centícoras, berobreros, trampantojos, urgotes y muchas más blasfemias acudirían en secreta peregrinación para rendirle tributo, servirle y servirse de su poder.

    Abkura se acercó al pozo, se sentó en el borde y dejó la mochila a su lado. Retiró el sencillo broche y abrió la bolsa para examinar su contenido. La caja de madreperla contenía el meñique de Merg Tahik, un ingrediente poderoso en otras circunstancias, pero inútil para sus presentes planes. El viejo mercader había resultado ser un bastardo muy astuto.

    —¿Dónde está el mercader? - Canosa descendía por la gruta arrastrando el cuerpo de un hombre. La hermana de orden tenía la forma de una alta y hermosa mujer de largo pelo negro y cuerpo bien formado, con grandes senos atrapados en un corpiño y amplias caderas cubiertas por un mugriento vestido bajo una fina y tersa cintura al descubierto.

    Abkura se levantó para ayudar a su hermana de orden con el cuerpo: —El muy bastardo se esfumó en la Umbra, - pasó los brazos por las axilas del robusto guerrero y Canosa lo izó por las botas.

    —Ahí, junto al pozo, - indicó Canosa con un gesto de la cabeza. Ambas caminaron con breves pasos hacia donde Abkura había dejado la mochila: —Menudo héroe de las campañas, - se mofó Canosa: —Casi se vuelve loco, se puso a gritar y se desmayó en la primera cuesta el muy bastardo. He tenido que arrastrarlo hasta aquí yo sola.

    Soltaron el cuerpo en el suelo y las criaturas negras se acercaron a olisquear. Canosa asió el cetro que llevaba sujeto a la espalda y espantó a las bestias a bastonazos: —¡Shh! ¡Ni se os ocurra, hijoputas! ¡Solo faltaba!

    —¿Y este es el hijo del General cratano? - dijo Abkura agachada para mirar de cerca la cara del guerrero.

    Canosa se apoyó en el cetro: —Sí, Ergio Tuek. Ergio, como su abuelo. No se parece a su abuelo. Bueno, ¿qué pasa ahora con el mercader?

    Abkura se levantó y extendió una mano hacia la mochila. Metiò la mano en la bolsa y sacó la caja de madreperla. —Esto es lo que he conseguido de Merg Tahik, - le lanzó a Canosa la caja.

    Canosa la atrapó con una mano y la abrió: —¿Un dedo? Esto no nos sirve de nada, - le lanzò la caja de vuelta; —¿Por qué no vamos a su villa y lo esperamos allí? -

    Abkura sujetó el borde de la bolsa con una mano y con la otra lanzó con desdén la caja dentro de la mochila: —Porque hay que conseguir el ojo en la primera luna de Kóser, por eso. Se giró hacia Canosa con los brazos en jarras. —¿Quieres esperar un año?

    —No.

    —Pues entonces hay que encontrar otro modo de entrar en las minas. - Bajó la vista hacia el joven guerrero cratano y le dio un golpecito con el pie: —¿Qué vas a hacer con este?

    —Primero encadenarlo al pozo, - Canosa se acercó hasta el pozo, apoyó el bastón en un lado y se inclinó en el borde: —Dejé por aquí... ah, aquí están, - tiró de una gruesa cadena hundida en el liquido negro. Un extremo estaba unido a una argolla remachada a la piedra del borde interior del pozo, en el otro extremo había un pesado grillete de hierro. —Ayúdame con las otras.

    Abkura se inclinó por el borde y halló las otras tres. Entre ambas cerraron los grilletes en los tobillos y muñecas del guerrero.

    Cuando terminaron, se sentaron en el borde del pozo una junto a la otra. Abkura miró a su alrededor y luego miró al guerrero caído: —¿No se volverá loco también cuando despierte? - Giró la cabeza hacia Canosa.

    Canosa bajó la vista hacia el guerrero y se encogió de hombros: —Loco también me sirve.

    [Fin cap. 3]
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    Capítulo 4

    Al abrigo de la solana en una tienda del bazar, Rahijá Fajir examinó el tubo de cuero vacío que la hija pequeña de su viejo amigo le había traído.

    —Recuerdo muy bien el día en que le vendió esto a mi padre en Mervitia, noble Fajir, - Feraya se arrodilló a la mesa frente al mercader y rechazó el té de la mañana ofrecido por una sirvienta. —Fue durante la feria del mes de Hircún de hace seis años. Esto es lo único que encontramos anoche en la carroza tras el ataque.

    El anciano de larga barba blanca dejó el objeto sobre la mesa y despidió a la sirvienta con un gesto gruñón antes de mirar con pesar a la joven frente a él: —También yo recuerdo ese día.

    —¿Sabe que contenía, noble señor?

    —Sí. ¿Dices que no hallaron nada más junto a esto? - Dio un golpe con un dedo al tubo ante él.

    —No. Yo misma examiné la carroza. Derrumbaron la puerta por alguna razón, pero no se llevaron nada.

    El mercader sopesó las palabras de la joven y cerró los ojos durante un rato antes de hablar: —Este asunto debe quedar entre nosotros dos, - abrió los ojos y Feraya vio en esa mirada no la de un anciano mercader que regateaba un trato, sino la de un padre que le explicaba una nueva norma importante a su hija. —No puedes contarle a nadie lo que voy a decirte, ¿entiendes?.

    —Sí, señor, - Feraya acompañó las palabras con un determinado asentimiento.

    —Ni siquiera a tus hermanas, - presionó el anciano.

    —Ni siquiera a mis hermanas, - asintió ella de nuevo.

    Rahijá estudió la expresión de Feraya y juntó las manos sobre la mesa frente a él: —En la península que separa el mar interior del territorio cratano moran pueblos impuros y salvajes. El libro sagrado de Ibín Dazi los nombra como vetones, carpetanos, ingataris, oretanos, contestanos, caristios, jacetones, gátibros, llercavones y vúrgolos. No hay en todo oriente raza que iguale en crueldad, vileza y maldad a estas gentes de despreciables costumbres. Se dice que los oretanos se comen a sus propios vástagos en ofrenda a su dios de la guerra; y los vúrgolos maldicen a sus enemigos invasores con una ponzoña que se llevan estos últimos a sus ciudades de origen y pudren los pozos en los que beben; y los gátibros aparean madres con hijos en otoño para alumbrar monstruos durante la impía ceremonia estival de sus dioses demonio; y los caristios y los llercavones sienten tal odio por la naturaleza que marchitan los bosques y prados en los que pasan la noche.

    Feraya escuchó con horror estas revelaciones, pero había oído no pocos relatos horribles durante sus largas partidas con su padre, y así lo dijo: —Sé que hay muchos peligros en las rutas de las caravanas.

    —Feraya, todos estos pueblos se odian entre sí y apenas se toleran; y cuando uno encuentra a extranjero en su camino, no es menester que medie palabra para que cante el hierro en el aire y vierta la sangre del otro en la tierra. Y el vencedor mutila al muerto y se adorna las ropas con el despojo. Pero es tan semejante la maldad que anida en... dudo incluso en llamarlo almas, los oscuros pozos de todas esas gentes que no hay pueblo que pueda destruir por completo a otro, y así viven, matando, muriendo y procreando sin posibilidad ni afán de prosperar, pues están consumidos por el odio y los mandatos de sus malignos dioses.

    —Como ocurrió con los luganos, - dijo ella sin pensar. —Por eso nuestros antepasados los expulsaron y les arrebataron sus tierras. Pero ¿qué tiene eso que ver con lo que le vendió a padre?

    El sabio mercader miró a Feraya y movió dubitativos labios, pero no salieron palabras de estos. Bajó la vista hacia las manos y comenzó a explorarse las yemas de los arrugados dedos.

    Feraya quedó en silencio durante ese intrigante intervalo de varios segundos.

    Rahijá encontró decisión y habló sin levantar la vista. Feraya detectó en la voz que el viejo amigo de su padre estaba trasmitiendo al mismo tiempo una disculpa: —Tienes que entender que muchos dioses de estos pueblos son tan antiguos como el tiempo y, aunque son aberraciones a los ojos de cualquier Dios cuerdo y bondadoso, tu padre y yo sabíamos que el poder que estos dioses demonio conceden a sus bárbaros no es menos poderoso que el de nuestros dioses.

    —Sabio y noble Rahijá Fajir. ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Vendió a mi padre algo relacionado con esos dioses demonio?

    —Un pacto, - Rahijá miró a Feraya a los ojos. —Solo como defensa, como último recurso. Tu padre debió de haber enfrentado anoche un peligro terrible.

    Feraya quedó helada por la última frase. Ni siquiera fue consciente de las lágrimas de espanto que empezaban a acumularse en sus ojos. El sabio mercader le entregó un pañuelo con la pluma de la diosa Gayena bordada y ella lo tomó sin saber qué hacer con él hasta que se le enturbió la vista. Se secó las lágrimas y respiró hondo sacudiendo la cabeza, mirando al techo de lonas multicolor para recuperar compostura y dignidad.

    —Eres como ella, - dijo el anciano con una sonrisa.

    Feraya parpadeó ante el extraño comentario.

    —Como tu madre, - continuó el mercader; —Yo se la vendí a tu padre, ¿lo sabías? Él la liberó y la hizo su esposa.

    Feraya negó con la cabeza y aspiró el aire que llegaba desde el mercado, lleno de aroma de especias expuestas: —No llegué a conocerla. Me crió padre y Vone, la madre de Larima. Mi madre murió poco después de mi nacimiento.

    El anciano cerró los ojos y asintió lentamente con gran pesar.

    —¿Está muerto mi padre también?

    Rahijá respondió con horror: —¿Qué? ¡No, por supuesto que no!

    Feraya suspiró y gruñó de alivio, dejando caer la cabeza y olvidando por un instante modales y etiqueta. Consciente de esta informalidad, más propia de una niña que de una mujer, recuperó la compostura llena de vergüenza. Cuando miró de nuevo al viejo amigo de su padre, Rahijá la recompensó juntando las manos y haciendo una leve inclinación con estas, el gesto de respeto que todo invitado mervitio mostraba antes de entrar en la casa del anfitrión.

    Feraya sonrió tranquila, sabiendo ahora que podía comportarse como si estuviera en su propia casa.

    —No sé dónde está tu padre, Feraya. Tampoco sé quién o qué lo atacó, pero confía en el viejo Rahijá. Lo encontraremos y resolveremos esto aunque tenga que enviar despachos hasta el confín de este mundo o del... aquí se selló los labios con los dedos por prudencia y dio unos golpecitos en la mesa con las palmas. —Si vuelve a casa o envía algún mensaje házmelo saber.

    Se giró hacia una mesita junto a su cojín y tocó una campanilla. La sirvienta entró en la tienda y quedó esperando órdenes.

    Rahijá se dirigió a la sirvienta en dialecto mervitio, aunque Feraya entendió cada palabra: —Llama al gandul de Irajín y dile que prepare una escolta de cuatro Guinyaidines para nuestra invitada.

    La sirvienta asintió y se retiró en silencio.

    Feraya estaba abrumada por la atención: —Pero ¿Guinyaidines, señor? No creo ser...

    Rahijá la interrumpió con un gesto que no invitaba a discusión sobre tal asunto: —Ah ah ah, dormiré mucho más tranquilo si te los llevas que teniéndolos aquí aburriendo a las ovejas.

    —Pero ¿qué voy a hacer con ellos?

    —En eso no puedo ayudarte. Yo tengo el mismo problema, - dijo levantándose y, luego, como repentina ocurrencia añadió: —Llévatelos al enclave fronterizo. Todas las noticias que llegan a Cratón pasan antes por allí. Puede que allí descubras algo relacionado con lo que le ocurrió a tu padre.

    [Fin cap. 4]
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  5. #5
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 5

    Separó el dedo de la mano y Merguíades cerró los ojos con una mueca de dolor.

    Le ardía la mano izquierda. En la derecha aún sujetaba el puñal acasio. Perdió pie durante un instante y cayó de bruces sobre un suelo de madera, el puñal escapó de su mano. Abrió los ojos a la oscuridad para mirarse la herida. Con la mano delante, la examinó asiéndola por la huesuda muñeca. La luz era escasa en la estructura en la que se hallaba, pero bastaba para distinguir formas y tonos a corta distancia. La sangre surgía de la mano y le bajaba por el antebrazo. Una bruma densa y gris tapizaba la noche que la luna de Kóser vigilaba en lo alto. Rachas de viento sorteaban altos y finos postes paralelos, separados por tan escaso espacio que apenas podría sacarse un brazo entre dos de ellos.

    En la noche crujía perezosamente la madera y resonaban apagados gemidos de hombres y mujeres a pocos pasos detrás de él.

    Un jirón arrancado de la camisa de lino mervitio hizo buen servicio como venda para la herida y le dio calma para pensar.

    Había escapado de esa bruja. El Guardián lo había transportado a otro lugar. Pero no a su casa, como él le había pedido. La estructura en la que hallaba se movía con el estertor de una gran carreta sobre un camino pedregoso.

    Se pusó en pie y miró a su alrededor girando con pasos cortos y sin ceder presión en el vendaje. La bruma y la luz ofrecían solo unas brazas de visión a su alrededor. El exterior de los postes era indistinguible en la noche. Caminó unos pasos hacia los débiles gemidos.

    Había personas cerca, pero Merguíades no oía pisadas ni movimientos que indicaran actividad alguna. Tras dar unos pasos vio un cuerpo tendido bocabajo, el gruñido de la caída llamó su atención. Se acercó a la mujer y se arrodilló a su lado para voltear el cuerpo. El arañado rostro de ojos cerrados era el de una joven de quizá de unos treinta años. Iba ataviada con el uniforme de la milicia cratana. En el costado derecho tenía clavada a medias una tosca daga de hierro. Junto a la vaina vacía de la espada había sujeta al cinto una cartuchera de cuero como la que los mensajeros usaban para despachos, órdenes o documentos varios. Estas cartucheras solían contener también quintaesencias, medicinas y elixires. Merg intentó abrir la correa, pero el cuero estaba hinchado por la humedad y se resistía a resbalar por la hebilla. Había que tirar del cuero y sujetar la hebilla al mismo tiempo, una maniobra complicada para realizarla a una sola mano. Al dar violentos tirones a la correa de la cartuchera, la joven miliciana abrió los ojos con un semblante de horror. Al ver al anciano y notar lo que este intentaba hacer, echó ambas manos a la cartuchera por acto reflejo. Merg estaba tan sorprendido como la mujer y se retiró del cuerpo mostrando las palmas a modo de disculpa. Aún protegiendo sus posesiones, la joven movió los ojos a su alrededor, incapaz de alzar o mover mucho la cabeza.

    —No quiero hacerte mal, hija, - susurró Merg. —Soy un miembro del Consejo. Estás a salvo.

    Con voz rota y seca habló la miliciana mirando a ese anciano que vestía ropas de noble: —Nadie está a salvo.

    —¿Qué te ha ocurrido?

    —Ayúdame a... - La mujer intentó levantarse, pero un punzante dolor en el costado se lo impidió. Gruñó de dolor y quedó sin respiración, terminó la frase moviendo un dedo hacia arriba.

    Merg la ayudò a incorporar el torso. La miliciana vio la daga en su costado derecho y la asió por el mango con la mano diestra. Tomó aire y la extrajo con un gruñido y un fuerte tirón. Examinó a la luz de la luna y durante unos segundos la hoja del hierro antes de clavarlo con odio en la madera del suelo a su lado.

    —¿Dónde estamos? - preguntó Merg.

    La miliciana miró al noble de soslayo y con los brazos caídos, como ebria, y habló respirando con dificultad: —¿Dónde crees tú que estamos, viejo? - Resolló un suspiro: —En el Infierno.

    —El Infierno está en muchas partes, - replicó Merg; —¿Eres de la milicia fronteriza?

    —Exploradora del norte, - tomó aire; —Nos capturaron al atardecer al otro lado de las cimas rocosas, a seis leguas del Paso de Gayena.

    —Bendita sea la diosa, - susurró Merg al saber que estaban a menos de una semana a caballo del enclave fronterizo.

    —¿Cómo ha acabado aquí dentro un miembro del Consejo?, - dijo la mujer examinando la elaborada solapa de la chaqueta bordada de Merg. —¿Eres embajador mervitio?

    —Larga historia que contar. Soy cratano. ¿Dónde estamos, hija? ¿Hacia dónde va esta jaula de grillos?

    —¿Te has dañado el cerebro? - dijo ella. —Estamos detrás de las líneas enemigas. Esta caravana de esclavos cierra la marcha hacia el enclave.

    Merg ponderó con horror esas palabras: —¿Qué enemigos?

    —Incursores bárbaros. Huestes de jinetes. Guerreros. Y brujas. Y chamanes. Por millares. Con bueyes y mulas de carga y carretas y torres, y jaurías de bestias. Y engendros, demonios altos como árboles. El enclave fronterizo no resistirá.

    —¿Bajo qué estandarte?

    —Bajo muchos. Más de los que conozco. Vúrgolos. Carpetanos. Y oretanos y jacetones. Caristios, gátibros y muchos otros.

    —Eso es imposible.

    —No vi a Su Excelencia por aquí.

    —Esos pueblos se odian.

    —¿No llegan nuestros despachos a Cratón? Llevamos meses avisando al Consejo del extraño comportamiento de estas tribus.

    —¿Qué visteis?

    —Migraciones, alianzas, rituales de celebración.

    —¿Celebración?

    —La llegada de lo que llaman Hukulugh.

    Merg se estremeció al oír esa palabra lugana: el Hijo de Hukul.

    La mujer se esforzaba ahora por mantener los ojos abiertos y la cabeza erguida. Le susurró: —Mira. Tenemos un campamento oculto. Está a cinco horas al norte de aquí. Es un punto de encuentro. Si puedes escapar y queda alguien vivo, allí podrán ayudarte. ¿Sabes leer marcas de senda?

    —Sí.

    —Entonces, lo encontrarás.

    —¿Y cómo se puede escapar de aquí?

    —Durante el día relajan la guardia. A muchos de los bárbaros no les gusta la luz del sol. Estos esclavos llevan aquí días trabajando en un agujero en el suelo de esta carreta, pero hay que ser discretos.

    —¿No vendrías tú conmigo? ¿Adónde piensas ir, hija?

    —A ninguna parte, - señaló la daga que había clavado; —Pusieron veneno en la hoja. Tendrías que caminar hacia el Norte. Cuando llegues a las rocosas, sigue la ladera de piedra roja en dirección Este y busca la marca del Escarpe. Sigue la marca a partir de ahí.

    —Eres valiente, hija. ¿Cómo te llamas?

    —Máver Tuek. Trilladora del Tercer Destacamento de Exploradores. Avisa al Consejo, viejo. La frontera no resistirá si no envían pronto a las cohortes.

    —¿Maveria Tuek? ¿Eres la hija de Crag Tuek?

    —Sí.

    Merg se abalanzó entonces hacia el costado herido de la muchacha y empezó a retirarle las correas del peto. Ella le apartó las manos: —¿Qué haces?

    Merg insistió: —He visto muchas heridas. Soy una especie de galeno.

    —Ya han pasado muchas horas, - dijo Máver ayudando al viejo a retirar las correas para dejar holgado el peto. —No puedo mover las piernas.

    Merg le levantó la camisa con cuidado y empujó suavemente el hombro de la paciente: —Túmbate despacio. Necesito más luz.

    Máver obedeció y quedó mirando los barrotes del techo de la jaula mientras Merg examinaba la herida de cerca: —Tendrías que ser un mago para poder curar la parálisis venenosa de esas armas. - Movió los ojos hacia el rostro del viejo.

    Merg levantó la cabeza para mirarla: —Bueno, resulta que también soy una especie de mago.

    [Fin cap. 5]
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  6. #6
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 6

    Tras hablar con Rahijá Fajir en el bazar de Cratón, Feraya regresaba en carruaje a su casa mientras la capital se bañaba en un océano de luz.

    Los carros de mercaderes transitaban las arterias de la ciudad. Los artesanos pertrechaban sus talleres con las telas, tintes, esencias, piedras y todo tipo de lujosas mercancías traídas de las lejanas colonias. Los tenderos ofrecían reses, aves, quesos, vinos y peces frescos del día.

    Y las gentes de Cratón atendían sus risueñas vidas ajenas al peligro que las acechaba.

    Pues poco a poco, como el lento y silente deshielo de un glaciar, las montañas que oteaban como pacientes gigantes las lejanas murallas de la capital se infestaban de monstruosas alimañas.

    El onagro crecía latiendo en su crisálida como un corazón inmundo, negro, viscoso, hambriento sin medida. Y en cada latido un creciente mar de sangre invisible se extendía hablando un idioma insepulto, vetusto, lúgubre y preciso.

    Un idioma que bramaba: Aquí hay PODER.

    Y atraídas por esa tácita promesa de maligna prosperidad, tenebrosas criaturas de lejanos abismos habían abandonado sus guaridas y recorrido leguas de oscuras trochas, de fangosas marismas, de subterráneos pasadizos hacia el impío territorio del onagro.

    Hacia la impía Cratón.

    Abkura advertía estas migraciones como una distante bruma de éxtasis a su alrededor. Mientras ascendía por los soleados y pedregosos caminos de estos gigantes rocosos, sentía oscuras presencias ocultas tras las rocas de las lejanas laderas al Norte, bajo las raíces de los árboles del valle al Este, en las grutas de las cumbres nevadas al Sur. Y al Oeste, el radiante Mar del Ocaso lamía la costa de Cratón con insistentes lenguas de argén y turquesa. Bajeles con la bandera de la Primera Cohorte vaciaban sus bodegas y vomitaban tropas cratanas hacia el puerto por largos puentes sobre la escollera.

    El general Crag Tuek había llegado por fin a la capital.

    Pero sería Canosa quien se encargaría de él, Abkura tenía otros problemas que resolver entre estas montañas.

    La marchita y decadente Orden de Hukul había conspirado, torturado y asesinado a mucha gente importante durante décadas de minuciosa investigación. Muchas hermanas se habían sacrificado por un único propósito.

    Recuperar el poder que los buitres cratanos habían arrebatado a la Orden al expulsar a las huestas luganas muchos siglos atrás.

    Recuperar el Portal de Lugh.

    Abkura había estudiado desde la infancia planos antiguos y recientes de la región de Cratón y sabía que en alguna parte de estas agrestes montañas por las que ahora ascendía se encontraban las ruinas de la antigua ciudad de Lugh. Pero la Orden había explorado sigilosamente cada palmo del valle muchas veces y no había hallado ninguna clave definitiva.

    Ella estaba segura de que el portal aguardaba enterrado en el interior de alguna mina de hierro del centenar que perforaban estas montañas.

    El portal aguardaba.

    Los sabios historiadores de la región acasia de Irisna aún escribían volúmenes en los que se explicaba que un milenario portal sagrado había sido construido por nómadas luganos establecidos en estas regiones. En muchos de dichos volúmenes, por supuesto, se dudaba de la existencia de tal portal, pues era causa contínua de controversias entre los eruditos.

    La razón de esto era sencilla: la descripción del portal recogida en diversos incunables por todo el continente correspondía sin duda a la de una construcción de magnífica artesanía, muy superior a la imaginación y empeño de unos rudimentarios luganos nómadas que no sabían entonces ni arar los campos.

    Los secretos de la Orden de Hukul eran como los pactos con los Dioses: nunca se pronunciaban a la ligera. La Orden guardaba celosamente la verdadera historia del portal, la historia que resolvía con una sencilla frase ese misterio indescibrable.

    El portal lo había imaginado la misma mujer que había ordenado a los luganos construirlo.

    ¿Y esa mujer? También la Orden tenía respuesta a eso, y a muchas otras: la mujer era Ella, la primera hechicera de Hukul.

    Hukul. Un nombre extraño para un Dios.

    Los eruditos habían escrito también mucho sobre Hukul, sobre sus signos y sus posibles orígenes. Abkura no había leído ninguno de esos volúmenes. Sabía que ninguna hermana se molestaba en leer esas absurdas fabulaciones. Poco de lo que se hallaba escrito en esos tomos era cierto, y la única parte que honraba a la verdad era que un encuentro con el nombre de Hukul no era deseable.

    El nombre de esta deidad no retrocedía hasta tiempos inconcebibles. No había nacido del desamparo y el pavor. No había sido fruto de una imagen inexplicable. No había germinado de nada tan prosaico como la caída un rayo sobre un arbol y la posterior transmutación de este en un brillante fuego abrasador. No había sido revelado por las eternas esencias. No había sido entregado a los mortales.

    El nombre lo había imaginado Ella. Y condensaba en dos sílabas un sueño, la alquímica sublimación de sólido anhelo en vaporosa realización, en ulterior potencia definitiva.

    Hukul era el Crisol del Cosmos.

    Hukul no moraba en el yermo del abismo inferior. No habitaba en el palacio de las esferas celestes. No precisaba de templos ni de ofrendas ni de oráculos. Hukul residía en cada hechicera de la Orden y les exigía una única cosa: completa devoción a sus signos.

    Abkura había imaginado a Hukul siendo muy niña. Lo había creado en su secreto y penoso transitar sobre los abrojos de la consciencia incompleta. Todas las hermanas de la Orden compartían ese imposible vínculo entre ellas y su Hukul concebido. Por eso la Orden no podía separarse aun cuando, por acaso, existiese volición y consenso.

    Pero la Orden estaba muriendo. El poder de Hukul se disipaba entre los orbes de la realidad como los recuerdos entre las fisuras del intelecto senil.

    Y por ello, desde el Norte avanzaban blasfemas hordas para impedirlo. El pastor había reunido ovejas descarriadas y las guiaba hacia el cubil negro del feroz lobo cratano. El pastor las había provisto de armas y conjuros, de causas y promesas, había susurrado en sus oídos victorias y recompensas.

    Y mientras Abkura salvaba las cornisas y peñas en su marcha hacia la cima rocosa, las ovejas marchaban dichosas por carreteras imperiales blandiendo hierros sendientos para capturar exclavos, arrasar los campos, quemar las villas y babear cánticos de sumisa adoración a su líder.

    Adoración a Hukulugh.

    El Hijo de Hukul. La aberración imaginada por todas las hermanas de la Orden para este particular momento de necesidad.

    Imaginado inmortal, Hukulugh era quimérico. Tenía cuerpo de hombre, cabeza leonina, enormes alas de murciélago y larga y afilada cola de reptil. Su fuerza era la de cien guerreros. Su altura igualaba la de cuatro lanceros de infantería cratanos. Podía sortear de una zancada la embestida a caballo de treinta jinetes. Superaba corriendo el vuelo de cualquier halcón. Volaba más rápido que el aire de una ventisca. Blandía martillo y espada, magníficos y temibles. Conocía sortilegios y pactos, madiciones y plagas.

    Hukulugh era un destructor de ejércitos.

    Abkura llegó a la cumbre del cerro que miraba al Oeste hacia el Desfiladero del Colmillo y al Este hacia el vasto cañón del valle que el delta del río tintaba de fértiles glaucos, cristalinos azules, pétreos ocres y azabaches.

    Por encima del dosel tropical del valle, Abkura divisaba las laderas rocosas del cañón salpicadas de diminutas bocas negras llenas de actividad. Un millar de esclavos sacaba día y noche de esas bocas en toscas carretas toneladas de piedra, vigilados por numerosos capataces fuertemente armados que velaban por los intereses de Merguíades Tahik.

    Según los mapas que había conseguido de los canteros, Abkura tenía que hallar un modo de entrar en tres esas bocas de la ladera Este, la ladera más lejana a la costa.

    El portal la estaba esperando. Abkura pensó que sería más seguro esperar unos días, hasta que las montañas se llenaran de monstruos, y entrar en las minas durante la confusión de la noche.

    Mientras tanto podía ayudar a Hukulugh con su misión en la frontera del norte.

    [Fin cap. 6]
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 7

    Cercano el mediodía, Larima, Guaril y Juna estaban reunidas en la alcoba de Feraya viendo cómo su hermana pequeña se preparaba para un viaje fuera de la ciudad.

    Feraya estaba sacando ropas y colocándolas en un pequeño baúl de viaje.

    Sosga, la segunda de mayor edad y la única casada, entró en la alcoba a grandes zancadas: —¿Qué es esa historia de que te vas de la ciudad? ¿Adónde vas? - se paró de brazos cruzados junto al ropero.

    Quien respondió fue Guaril, la cuarta en edad y cuatro años mayor que Feraya. Estaba sentada en un banco frente al tocador y se cepillaba coquetamente el largo cabello negro: —Dice que sale a buscar noticias de padre.

    —Eso ya lo sé, - replicó Sosga irritada; —Pero ¿adónde?

    —Voy al enclave fronterizo del norte, - dijo Feraya examinando una capa negra de ante y evaluando su utilidad.

    Larima estaba sentada en la cama, observando como un gato cada movimiento de la benjamina.

    Juna, gemela de Guaril, curioseaba las prendas del interior del ropero y sugería vestidos y adornos que Feraya rechazaba educadamente.

    —¿Al enclave? ¿Y por qué vas allí?

    Guaril habló al espejo: —Va al enclave a preguntar por padre.

    —Y esto no lo entiendo, - insistió Sosga. —¿Cómo sabes que padre está bien si no sabes dónde está?

    Guaril habló al espejo: —¡Pero Sosga, Feraya sabe que padre está bien!

    Sosga giró la cabeza hacia Guaril: —Eso es lo que he preguntado, cabezahueca.

    Feraya dejó la capa en el baúl y, de vuelta al ropero, rechazó una diadema de rubíes ofrecida por Juna, quien se puso la diadema y fue a mirarse al espejo junto a Guaril.

    —Porque fui a ver al noble Rahijá Fajir, - Feraya sacó del ropero unas botas negras a juego con la capa.

    Guaril habló al espejo: —Rahijá es el dueño del bazar.

    —¿Y él cómo lo sabe? - insistió Sosga.

    Juna volvió al ropero a probarse un colgante y unos pendientes.

    —Me dijo que eso eran asuntos privados, pero que confiara en él. - Feraya dejó también unas botas negras a juego con la capa y volvió al ropero.

    Guaril habló al espejo: —Su nieto Irajín también trabaja en el bazar. Es muy apuesto.

    —No me gusta esto, Feraya, - opinó Sosga; —Tú eres muy joven para ir sola tan lejos.

    Feraya se detuvo y encaró a Sosga: —He viajado más lejos que todas vosotras juntas. Para mí no está tan lejos.

    Guaril habló al espejo: —Yo fui muy lejos una vez. A Mervitia.

    —Sí, Feraya, pero no viajaste sola, - dijo Sosga; —Siempre te guió alguien.

    —No necesito un guía para ir al enclave. He ido allí muchas veces.

    —Pero nunca sola, - insistió Sosga; —Allí vive gente peligrosa, Feraya. No puedo permitir que vayas allí, lo siento.

    Guaril habló al espejo: —Es mejor que Feraya no viaje sola.

    —Tengo que ir. Y no estaré en peligro.

    —Eso son tonterías. No vas y fin de la discusión, - concluyó Sosga como si hablara a una de sus hijas pequeñas.

    —Pues sí voy y fin de la discusión, - Feraya imitó el mismo tono.

    —En esta casa harás lo que yo te diga, - amenazó Sosga.

    —Tú ya no vives en esta casa. No tengo por qué escucharte.

    Sosga gruñó y miró a Larima: —¿Y tú? ¿Vas a quedarte ahí callada y dejar que nos maten a la niña sola por los caminos?

    Larima se miró las manos antes de levantar la mirada hacia Feraya y exclamar airada: —¡Por supuesto que no! ¡Feraya no puede ir sola al enclave!

    Feraya se giró boquiabierta hacia Larima.

    Larima continuó, pero esta vez mirando a Sosga y dándose un golpe en el pecho: —¡Por eso yo viajo con ella!

    Feraya parpadeó, insegura de si había oído bien o si había imaginado las palabras de Larima.

    —¿Qué? - Sosga no daba crédito; —¿A qué estáis jugando vosotras dos?

    Guaril habló al espejo: —Es mejor que viajemos todas con Feraya.

    —¡Bien dicho, Guaril! - Larima se levantó con esfuerzo de la cama alzando un dedo al cielo: —¡Esta familia tiene que estar unida! ¡Tanto para lo bueno como para lo malo!

    —¡Eso! - replicó Sosga lanzando las manos al aire: —¡Que os maten a todas por un capricho de la niña!

    Larima se acercó a Sosga moviendo un dedo acusador: —¡Yo poseo una banda de mercenarios! ¡Feraya sabe moverse por los caminos! ¡Juna es muy diestra con el arco! ¡Guaril...! - miró hacia la mentada como si eso sirviera de inspiración; —Guaril...

    Guaril habló al espejo: —Yo canto y sé tocar la guzla.

    —¡Guaril nunca causa problemas! - decidió Larima al final apartando la cuestión con la mano.

    —¡Qué bonito! - replicó Sosga. —¿Y quién va a cuidar de la casa? ¿Quién va a dirigir al servicio? ¿Quién va a atender los...?

    —Puedes mudarte tú aquí unos días - interrumpió Feraya. —Aún hay cosas tuyas que querías llevarte de todos modos.

    —¡Pues ya está decidido! - concluyó irritada Larima. —¡Feraya, ayuda luego a tus hermanas con su equipaje! ¡Yo tengo que informar al servicio y al montero de que Sosga se quedará unos días! - Salió de la alcoba sin mirar atrás.

    Guaril dejó el cepillo y se levantó del tocador: —Vamos, Juna. Yo te diré lo que hay que llevarse. - Las gemelas salieron corriendo de la mano.

    Feraya incluyó algunas prendas más a su equipaje mientras Sosga aún estaba perpleja por lo que había sucedido a su alrededor en el último minuto. Cuando la pequeña cerró el ropero y se dirigía al arcón donde guardaba efecfos personales, Sosga salió del trance: —¿Qué te dijo Rahijá exactamente?

    Feraya abrió el arcón y habló sin mirar a Sosga: —No puedo decírtelo. Me dijo que no hablara de eso con nadie y que padre no estaba muerto.

    —Si no me lo dices tú, iré yo misma a preguntárselo. ¿Por qué no me ahorras el paseo?

    —El noble Rahijá está haciendo todo lo que puede para encontrar a padre. Si padre vuelve o envía algún mensaje, ve a hablar con él.

    —¿Y cómo os aviso a vosotras?

    —Rahijá me avisará, - Feraya sacó una bonita pulsera del cajón y la dejó sobre el baúl, se pausó para pensar sobre su equipaje y se dio por satisfecha. —Voy a ayudar a las gemelas, - salió de la alcoba.

    Sosga suspiró y se paseó sola y pensativa por la habitación. Empezó a repasar las tareas que tendría que realizar en la casa. Al cabo de poco su mirada quedó atrapada en la bonita pulsera sobre el baúl. La recogió para verla de cerca. Parecía hecha de oro, pero era muy ligera. Su forma era sencilla, una fina banda dorada en forma de C muy cerrada. La banda tenía engarzadas siete pequeñas gemas del tamaño de una uña, con talla esférica, transparentes como diamantes, salvo por cuatro de ellas, que parecían diamantes huecos en los que un huracán de polvo rojo se enroscaba y serpenteaba lentamente en el interior como un animal enjaulado.

    Sosga tomó entonces la banda con la mano izquierda, encogió los dedos de la mano derecha y empezó a meter la mano por el hueco de la pulsera.

    —¡No! ¡Sosga, no te la pongas! - gritó Feraya corriendo hacia ella.

    Sosga dio un brinco y sacó la mano, —Ay, chica, - miró asustada a su hermana.

    Feraya tomó la pulsera y sonrió, —Perdona, es que es... - salió andando mirando atrás hacia Sosga y mostrando la pulsera con una sonrisa tímida. —No es mía. Me la han prestado.

    [Fin cap. 7]
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  8. #8
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 8

    El Palacio del Consejo era un majestuoso edificio de varias plantas con un domo circular que culminaba el hemiciclo en la parte alta de Cratón. Poseía hermosas vistas del acantilado. Era un palacio digno donde atender los asuntos de orden para velar por la expansión y la cohesión del imperio.

    Crag Tuek se hallaba junto a su comandante en la sala de guerra del palacio. A sus cincuenta años aún conservaba buena parte de la musculatura y constitución que en su juventud le habían brindado una temible reputación como adversario en el campo de batalla. De pie ante la gran mesa de estrategia, movía sobre el mapa las piezas de tropas y flotas hacia sus actuales posiciones en el sur.

    —La última campaña ha sido un éxito parcial, - explicó Crag a Darek Gokh, su fiel y veterano asesor en la capital. —Pero confío en que el Consejo acepte reforzar el frente enviando a las cohortes acuarteladas aquí en Cratón.

    El comandante habló: —El Consejo está ocupado ahora con asuntos más urgentes.

    Apoyado en la mesa con ambos brazos, Crag alzó la cabeza hacia Darek, al otro lado de la mesa frente a él: —Darek, mi buen amigo. ¿Qué hay más urgente que la conquista?

    —Desde hace días ocurren cosas extrañas cerca del Desfiladero del Colmillo. Se dice que Merguíades Tahik fue asaltado por bandidos.

    —Merg tiene a su servicio a los mejores mercenarios túrdolos y sordanos. Si ese viejo zorro tiene algún problema, no será con los bandidos.

    —Aún así, no ha comparecido hoy en el hemiciclo. y algunos ciudadanos han informado de familiares que no han regresado a casa después de haber pasado cerca del acantilado.

    —¿Eso es todo? ¿Se escribirá en los libros de historia que fueron los borrachos que no vuelven a casa a su hora quienes frenaron la expansión del imperio?

    —El Consejo está nervioso, pero también hay otros asuntos.

    —¡Pues habla! ¡Tengo una campaña que ganar en el sur!

    —Ergio no ha ido a los barracones esta mañana. Nadie ha visto al capitán desde anoche. Tus enemigos en el Consejo ya están extendiendo rumores de traición.

    Crag ponderó esas palabras: —¿Traición? Mi hijo no es un traidor. ¿Qué disparate es este? ¿Os habéis vuelto todos locos?

    —Me temo que las acusaciones podrían ser ciertas. Esta mañana...

    —Vigila tu lengua, Darek, - interrumpió el general. —La grandeza del imperio reposa en el sudor y la sangre de mis antepasados. Mi familia es respetada en todo...

    —¡Crag Tuek! - interrumpió a su vez el hombre, —De eso no hay duda y jugará a vuestro favor. Pero hay algo que debes saber. Cuando se me informó discretamente de la ausencia del capitán Ergio, no pude creerlo. Fui personalmente a sus dependencias. No lo hallé allí, pero sí hallé mal oculta una gran saca de cuero llena de despachos. Poco después llegó a puerto tu flota.

    —¿Despachos de quién?

    —De los exploradores del norte. Todos los mensajes de esos destacamentos que van dirigidos al capitán de las cohortes en Cratón. No sé por qué tu hijo los escondió, pero los ha estado guardando desde hace meses.

    —Los ha estado guardando, ¿y qué traición hay en eso?

    —Tu hijo no ha informado de ellos al Consejo. Ni siquiera los ha leído, no ha roto el sello de ninguno de ellos.

    —¿Qué disparate es...?

    —Tengo esos mensajes en mis dependencias, Crag. Eso os hará ganar algo de tiempo. Pero deberías leerlos y averiguar qué está pasando antes de responder ante el Consejo.

    —Tú eres quien ha estado aquí todos esos meses. ¿Qué crees que está pasando?

    —Creo que esto es un ataque directo al nombre Tuek. Quieren destronarte, Crag. Te sugiero que empieces consultando tu lista de enemigos.

    Crag quedó deliberando en silencio. Conocía bien a las personas que ansiaban su caída. Varios mercachifles, feriantes y usureros del Consejo envidiaban su puesto y privilegios, pero esas ratas solo envidiaban la parte compensatoria del trabajo. Esas serpientes solo envidiaban las lucrativas comisiones de astilleros, canteras y metalurgias, no el dolor, el coraje y la sangre que era menester derramar en un campo de batalla.

    Sí, él había colmado de oro durante décadas las ya engrosadas arcas de los Tuek, pero había retribuido al imperio cien veces lo recaudado. Y había dado seguridad, futuro y gloria al pueblo cratano. Había honrado y honraba la memoria del clan Tuek. Clan antiguo y noble, valiente y sabio, que había reunido siglos atrás al resto de clanes cratanos y los había guiado hacia la conquista del sueño imperial que era hoy una realidad.

    ¿Quién podía llamar traidor a un Tuek?

    Maveria y Ergio eran cratanos ejemplares. Él y su esposa se habían asegurado de ello. Tenía que hablar con Ergio. ¿Dónde diablos estaba ese muchacho?

    —Tengo que hablar con Ergio, Darek.

    —He hecho llamar a algunos de sus amigos más cercanos. Si el Consejo no ha cancelado la reunión de esta tarde en el hemiciclo, deberías dedicar la mañana a leer esos despachos.

    —¿Por qué iba a cancelarla?

    —La sesión de hoy fue... interrumpida. ¿No has subido hasta el Patio de los Ancianos?

    —No.

    —Es imposible respirar allí arriba. La brisa del mar trae una pestilencia que asciende por esa parte del acantilado.

    —¿Causada por qué?

    —La milicia ha partido en dos esquifes para explorar toda la costa. Creen que puede ser el cadáver de alguna gran bestia marina que ha quedado varada entre las rocas.

    —Ballenas y borrachos. - Crag rió con ironica introspección. Luego se encaminó hacia la puerta de la sala diciendo: —Vamos, Darek. Quiero ver esos mensajes.

    Los dos hombres salieron del palacio seguidos por la escolta de confianza del general. Entraron a caballo poco después en la zona militar acuartelada donde se hallaban las dependencias del comandante Darek. Una vez en las dependencias, mientras Crag cerraba la puerta tras él, Darek sacaba la saca llena de despachos y la volcaba derramando sobre la mesa decenas de pequeños rollos de papel lacrado.

    Crag se acercó una silla a la mesa: —Siéntate, Darek.

    Darek se sentó frente al general y tomó un rollo al azar. Lo abrió y comenzó a leer en silencio. Crag empezó a abrir rollos y a ordenar por fecha las hojas sobre la mesa, diciendo: —Veamos primero los de la última semana o nos llevará toda la mañana.

    Los dos hombres leyeron con extrañeza la última semana sobre la situación en la frontera. Una nueva amenaza se gestaba en el norte, sí, pero tanto Crag como Darek coincidían en que ni diez mil bárbaros de esas blasfemas tribus podía hacer frente a mil soldados cratanos.

    —Este misterio me supera - exclamó Darek. —¿Sabía acaso Ergio lo que había escrito en estos despachos y por eso los ignoró?

    —Esa es la duda que blandirá contra mí quien ha urdido todo este enredo. - respondió Crag.

    —¿Y ese nombre te dice algo? - continuó Darek. —¿Algún cacique bárbaro?

    —¿Qué nombre?

    —Un líder que llaman... ¿Hogulún?- Darek rebuscó rápido entre la pila de hojas hasta encontrar el mensaje en cuestión.

    Crag le arrebató la hoja de inmediato, —¿Hukulugh? - leyó la palabra y, palideciendo, susurró: —Que Gayena nos guarde.

    [Fin cap. 8]
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  9. #9
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    Respuesta: El Portal de Lugh (Espada y Brujería)

    Capítulo 9

    Una larga oruga de polvo reptaba tras la extensa caravana de esclavos que atravesaba el cañón del Paso de Gayena. En lo alto, el sol estival cocía el amplio valle desértico que separaba las dos altas cadenas de pizarra, caliza y granito. El cielo lucía su domo de azules y turquesas con un calor inclemente, seco como el aliento de una fragua. Grandes ruedas de madera y hierro cantaban su estridente marcha para deleite de las líticas resonancias del cañón.

    En el reino de la exigua sombra del mediodía, alacranes espinados observaban con indiferencia el moroso tranco de bueyes, carretas y jinetes. Las víboras cornudas se enroscaban entre las rocas y escrutaban el aire con sus bífidos flagelos. Roedores huían del ojo de milanos, azores y otros monarcas de los vientos.

    Y en el reino de la vigilia, Maveria despertaba de un mágico trance.

    Tendida sobre el lado izquierdo, con un brazo flexionado como única almohada, abrió a medias los ojos al luminoso esplendor cobrizo de las paredes del cañón. Tras los postes de su prisión rodante, un paisaje familiar la saludaba, agreste, salvaje. El sentir del aire era el del polvo y las piedras, sereno y sosegador. Máver volvió a cerrar los ojos, respiró soñolienta y, con ausente pereza, recogió las piernas hacia el cuerpo.

    Ese inocente movimiento la alertó al instante de su anatomía. Abrió los ojos de golpe y bajó la vista hacia las sucias rodilleras manchadas de tierra seca de sus pantalones.

    Estiró despacio una pierna y esta obedeció sin queja. Hizo lo mismo con la otra con igual éxito. Escuchó su cuerpo y ningún dolor gritó su protesta. Se aventuró a incorporar el torso, despacio despacio, y apoyó la espalda en los postes. El excruciante dolor de la herida envenenada era ahora un leve entumecimiento, como el recuerdo de una contusión, solo perceptible si forzaba mucho el músculo. Se levantó la camisa y miró el corte, pero no lo halló, bajo la cura de hojas de madremora encontró piel intacta. Solo una fina y desvaída línea verdeazulada contaba la historia de la ferreña profanación.

    El viejo había obrado un milagro.

    ¡El viejo! ¿Dónde estaba?

    Máver observó el gran espacio que compartía con otras once personas: nueve hombres y dos mujeres. Las dos mujeres miraban al exterior agarradas a los postes. Parecían buscar a alguien en las otras carretas por delante y detrás, pues emitían de vez en cuando agudos gemidos, como maullidos de gato, y quedaban en silencio en espera de una respuesta. De las otras carretas llegaban gemidos similares como futiles trinos de aves cautivas. Por su aspecto, una de las dos mujeres parecía haber visto tantas estaciones como Maveria, la otra podría ser su madre. Eran bajitas y delgadas. Vestían togas de cortas mangas y velos típicos de los muchos pueblos menguetes del norte.

    En cuanto a los hombres en su carreta, eran todos "ratoneros", gente sin raíces que sobrevivía en los desiertos muy al norte del enclave, por tanto, o bien eran monteros o tramperos o bandidos. Llevaban más tiempo que nadie en la carreta y ya parecían pastores de tan ajadas que tenían las ropas. Los ocho se habían separado en dos grupos, como debía de ser su costumbre en su reciente vida de esclavo enjaulado. En un grupo se hallaba Coyén, el más veterano y con quien Maveria había hablado poco después de haber sido capturada y antes de la traidora puñalada de un guardia borracho. Ese ratonero dirigía a los demás en el plan de fuga y estaba sentado en cerrado círculo con otros cinco, todos de espaldas al paisaje, cerca del centro de la carreta. Los dos restantes vigilaban paseando por el perímetro y avisaban si se acercaba algún guardia.

    Cuando Maveria vio al viejo sentado y chismorreando con Coyén, sintió mucho más ligera el alma. Ese anciano no solo le había salvado la vida, le había devuelto sus facultades y fuerzas mediante algún arte arcano que multiplicaba por cien los efectos de remedios tan básicos como las hojas de madremora y la esencia de ambidástar.

    Y ella ni siquiera sabía su nombre.

    Coyén respondió algo al oído del viejo y ambos dieron una muda y discreta carcajada, bajando la cabeza. Los demás en el círculo se sonrieron, concentrados en la furtiva tarea que tenían entre manos.

    Máver no había oído las palabras ni entendido el contexto, pero sonrió de todos modos sin saber por qué. El viejo parecía feliz. Pero no era eso, más bien parecía contagiar felicidad y padecer su propia plaga. En ese momento no parecía un Consejero del hemiciclo de Cratón, parecía un ratonero disfrazado de noble mervitio, como si hubiese nacido en el mismo desierto y recorrido las mismas sendas que aquellos hombres. Era delgado y alto, más alto que Coyén y más que ella misma incluso. Y allí sentado mantenía la espalda recta, los hombros relajados. Lo único que delataba su avanzada edad era su voz rasgada y grave, su cabeza calva y la pálida piel arrugada. Tenía ojos vivos y atentos, como si viese en todo una historia velada para el resto de la gente.

    Mientras ella le observaba, el viejo alzó una mirada causal y se encontró con la suya. Abrió entonces la boca en una O de sorpresa y avisó al grupo de que iba a abandonar el círculo. Los hombres se movieron para cerrar el espacio vacante y el viejo se acercó a ella.

    Se sentó delante de ella con las piernas flexionadas. Maveria necesitaba hablar primero: —No sé cómo lo has hecho, pero gracias. Te debo la vida.

    —Y yo te deberé a ti la mía, - dijo el viejo mientras le levantaba la esquina derecha de la camisa y examinaba la herida, —Te necesitaré para escapar de esta, - bajó la tela y la miró con un brillo en los ojos: —Parece que es cierto lo que dicen de ti.

    Máver no entendió el comentario—¿Quién dice qué sobre mí?

    —Esos de ahí, - señaló con la cabeza hacia los hombres del círculo, —te han visto muchas veces acechando las tribus y moviéndote por el territorio. Te llaman Mateyenda, la protegida por el espíritu del puma.

    —Viva la numeración, entonces, - dijo ella con una breve sonrisa, luego dijo seria. —Aún no sé tu nombre.

    El anciano fingió decepción, —Oh, ¿de verdad es necesario? Me estaba acostumbrando a que me llamaras viejo.

    Ella se sonrojó y espetó una disculpa: —Oye, no lo digo a mal, solo es mi forma de hablar. No lo interpre...

    —Merguíades Tahik, - interrumpió Merg con un susurro. —Ese es mi nombre. Pero creo que «viejo» es más conveniente, dadas las circunstancias.

    —Entiendo lo que quieres decir. ¿Sobre qué cotorreabas con esos ratoneros?

    —Mira detrás de ti.

    Ella giró discretamente la cabeza hacia un lado. Desde la retaguardia de la caravana llegaba un grupo de seis jinetes, caristios y llercavones. Los dos bárbaros caristios montaban grandes saurios de correosa piel jaspeada. Esas monturas no eran tan veloces como los caballos, pero eran mucho más resistentes en los desiertos y podían trepar rápido por las laderas de roca. Tenían mucho vigor bajo el calor del sol, pero eran lentos y torpes durante la noche. Aunque, a diferencia de los caballos, los saurios eran carnívoros y no se espantaban fácilmente en un campo de batalla.

    Maveria evaluó al grupo, que aún distaba unas diez carretas de ellos: —Cuatro lanceros a caballo. El del saurio en cabeza es un capitán. El otro puede que sea un chamán o un curandero. Los dos caristios escoltan a esos cuatro mensajeros.

    —No son mensajeros, - Merg miraba hacia el grupo también, —Hace solo un año esos bárbaros se masacraban entre ellos. Ahora sirven a un mismo cacique. Los he estado observando toda la mañana. Solo son guardias contando carretas y esclavos.

    Ella habló sin apartar la vista del grupo, más para sí misma que para el viejo: —Si me hiciera con uno de esos saurios ahora mismo, podría llegar al punto de encuentro antes de que cayese la noche.

    Merg la miró y ella giró la cabeza hacia él al notar la mano derecha del viejo sobre su hombro: —Eso es exactamente de lo que estábamos hablando, - dijo Merg. —El plan es este: nosotros los distraemos y tú escapas en uno de esos saurios.

    —Un buen plan, - dijo ella. —Pero ¿qué hay de ti? Pensé que tenía que ayudarte a salir de esta.

    —Y lo harás. Si llegas a ese campamento, envía un menaje a mi amigo Rahijá Fajir en Cratón. Dile que me has visto en una caravana de esclavos camino al enclave.

    —¿Cómo va ayudarte tu amigo, viejo? - dijo Maveria nerviosa. —Serás pasto de saurio o te venderán en un mercado antes de llegar al enclave. ¿Es que ese Rahijá también es mago como tú?

    —¡Oh, nada de eso! - Merg sonrió. —Él es mucho mejor mago que yo.

    [Fin de cap. 9]
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  10. #10
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    Capítulo 10

    El agujero en la carreta era un circulo tosco y estrecho. Los ratoneros habían roído con cuchillos la gruesa madera, pero el hueco tenía forma de cono, se angostaba hacia el suelo de tierra.

    Maveria estaba sentada entre ellos y observaba la obra que tenía entre las piernas: —Aún es demasiado estrecho.

    —Baja deprisa, - dijo Coyén frente a ella. —Se acercan.

    Metió las piernas en el hueco y quedó sentada en el borde. Las botas quedaron colgando a distancia de un salto del suelo. Los dos ratoneros a su lado le sujetaron los brazos por las axilas.

    Merg vigilaba junto a los barrotes. —Están a tres carretas, - indicó nervioso el viejo. —Bajadla ya.

    —Allá voy, - Máver deslizó la pelvis hacia el hueco y levantó los brazos a ambos lados de la cabeza. Quedó sujeta en el aire por los dos ratoneros. Con el suelo de la carreta ahora bajo el pecho, los ratoneros comenzaron a bajarla. —Más despacio, - protestó ella, —me estoy clavando las astillas.

    —Dos carretas, - indicó Merg.

    Con los saurios en cabeza, las patrullas cabalgaban despacio a ambos lados de la caravana en filas de tres y se detenían brevemente para inspeccionar a los prisioneros y comentar sobre la mercancía.

    Máver tenía ahora medio cuerpo colgando en el aire y la barbilla a nivel del suelo de madera. Sentía presión en el plexo solar y no podía respirar: —Estoy... atorada. Subidme. ¡Arriba!

    Los ratoneros le tiraron de los brazos. —No no, - les reprendió Coyén. —Ella pasará.

    —Daos prisa, - urgió Merg.

    —Me estoy ahogando, - el rostro de Máver empezaba a ponerse rojo. —Es el peto. Quitadme el peto.

    Coyén sacó el cuchillo y asintió hacia los dos hombres. Los dos ratoneros tiraron de los brazos para subir despacio a Máver, pero el cuerpo de la trilladora no ascendía.

    —Una carreta, - avisó Merg. Se giró hacia las dos mujeres menguetes encerradas con ellos e hizo una seña.

    Ellas asintieron, colocaron las caras entre los barrotes y se llenaron los pulmones de aire. Lo soltaron emitiendo un potente y rápido chillido gutural, agudo como el canto de un águila real y modulado en tres notas. Este grito resonó por el cañón hasta leguas de distancia. De las demás carretas surgió entonces un griterío ensordecedor. Cientos de hombres y mujeres menguetes empezaron a emitir largos alaridos y aullidos con una furia salvaje. El cañón se inundó de un clamor de ira que hizo temblar las piedras y levantó al cielo una nube de aves.

    En un instante, los caballos de la guardia junto a la gente entraron en pánico y salieron al galope hacia todas direcciones. Algunos guardias, aturdidos por la sorpresa, no acertaron a asirse a las riendas y dieron con sus huesos en el suelo. Otros menos afortunados también fueron arrastrados por la tierra a causa de un traicionero estribo aferrado a una bota.

    Al ver esto, las otras gentes en las caravanas sumaron sus voces a la horda de gritos menguetes y el vocerío fue tomando proporciones épicas. El cañón devino en el linchamiento de un tirano, en un coliseo de gladiadores, en un ejército cargando por el campo de batalla.

    Con ayuda del resto de ratoneros, lograron izar el torso de la angustiada trilladora y Coyén comenzó a cortar las correas laterales que ceñían por ojales alternos la mitad delantera y trasera del peto de cuero.

    Máver, con el cuerpo colgando como un chorizo, respiró aliviada una bocanada de aire y observó el caótico jaleo a su alrededor. Merg también observaba, agarrado a los barrotes y con grandes ojos incrédulos, lo que estaba sucediendo.

    Los saurios estaban respondiendo violentamente a la amenaza. A lo largo de la caravana, docenas de ellos estaban atacando las carretas que encontraban más cerca o creían más peligrosas. Embestían los barrotes con los cuernos y los partían, mordían las ruedas, otros saltaban sobre los aterrorizados bueyes que, atrapados en los yugos, luchaban por emprender una huida imposible tirando de las carretas.

    Las carretas mismas, jaladas por los bueyes en estampida, iniciaban la fuga en todas direcciones. Guardias a pie corrían tras ellas intentando alcanzar y calmar a las bestias.

    Una ágiles manos le arrancaron el peto y Maveria urgió a gritos a los ratoneros, —¡Abajo! ¡Rápido!

    La trilladora soltó todo el aire del cuerpo y los hombres retomaron el descenso. Su carreta estaba ahora ganando velocidad. Esta vez no notó las astillas al caer por el hueco. Cuando sacó la cabeza, miró hacia arriba y pidió que la soltaran.

    Cayó al suelo y rodó por la tierra en una confusa sombra de polvo. La carreta pronto pasó por encima y Maveria se levantó, cuchillo en mano. El viejo le había regalado su puñal de acero acasio.

    El paisaje que vio no era el previsto.

    La caravana ya no era tal. Había decenas de carretas orientadas al azar y se alejaban con rapidez unas de otras, dando grandes bandazos. El griterío estaba perdiendo fuerza a medida que los prisioneros decidían invertir sus fuerzas en sujetarse a alguna parte. Algunas carretas habían volcado y derramaban hombres y mujeres en desesperada fuga hacia las laderas del valle. La mitad de los guardias sopesaba aturdida qué acción era más urgente, recuperar las carretas o perseguir a los fugados. La otra mitad iba a pie buscando sus caballos y saurios.

    Maveria estaba en medio del valle bajo un sol abrasador. Toda actividad parecía alejarse de ella, caballos, saurios, guardias, carretas... Quedó un instante tan aturdida como los guardias. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir?

    Divisó de pronto un gran saurio verde a unos cien pasos de distancia. El animal emergía de una nube de polvo y avanzaba veloz hacia ella. Su jinete era un capitán caristio. Con una mano asía una lanza larga apuntada hacia el frente, con la otra espoleaba al animal. Su postura era de ataque.

    La ladera de rocas estaba a otros buenos cien pasos de ella, demasiado lejos para llegar antes de que el jinete caristio la alcanzara. Y además, montaba un saurio, por lo que huir hacia las rocas no iba a servir de mucho.

    Tenía que derribar al caristio y hacerse con el animal.

    Flexionó las piernas y se agachó con la espalda recta hasta apoyar la mano diestra en el suelo. Giró el torso al levantar el brazo izquierdo y mantener el cuchillo apuntado hacia el jinete a modo de amenaza, el brazo diestro quedaba así oculto al jinete. El caristio bajó un poco la lanza y sonrió ante su cercano triunfo, se enrolló las riendas al antebrazo para azuzar mejor a la montura.

    «Eso es,» pensó ella manteniendo la posición, «Ven a por mí.»

    Lancero y saurio llegaron a unos diez pasos de ella y la trilladora atacó con la velocidad del rayo. Con tremendo vigor, giró el torso y lanzó la piedra que había recogido con la mano derecha al apoyarla en el suelo. Aprovechó el impulso para apartarse del camino del saurio rodando hacia el lado izquierdo.

    La velocidad del jinete sumada a la fuerza con que la piedra había sido lanzada creó un proyectil devastador. La roca impactó en una mejilla. El jinete ni la sospechó ni la vio siquiera. Perdió lanza y sentido al instante y se desplomó de la silla como un muñeco de trapo. Se estrelló contra el suelo y fue arrastrado del brazo por las riendas mientras el saurio continuaba su carrera.

    Ella se puso en pie de un salto y dio media vuelta. El cuerpo arrastrado del jinete se alejaba, pero levantaba cada vez menos polvo a su paso. El saurio estaba reduciendo la marcha, tal y como ordenaban las pesadas riendas.

    La exploradora corrió hacia el animal con rapidez prodigiosa y alcanzó al jinete caído cuando el saurio se detenía a reposar echado al sol. Asió el brazo roto del caristio y empezó a desenredar las riendas con desesperación.

    Pues, por la garganta de roca y a media legua de distancia, cabalgaban refuerzos hacia la desbandada caravana: una veintena de jinetes a caballo.

    Con las riendas en su poder, Maveria sorteó la enorme cola y avanzó hacia el escamoso vientre del saurio dionde pendía de la silla un amplio estribo de madera. El reptil seguía tendido inmóvil y los laterales del vientre oscilaban con rapidez. Maveria apoyó un pie en el estribo y se impulsó con un ágil salto hasta la silla. Recogió las riendas y tiró de ellas para levantar la cabeza del animal, una señal que ordenaba levantarse a la bestia.

    La bestia ignoró la orden con perezosa indiferencia.

    Ella tiró con todas sus fuerzas: —¡Arriba, gandul! ¡Hay que salir de aquí!

    El lagarto se levantó reluctante y protestó unos graves chasquidos guturales.

    —¡Quéjate luego!, - lo dirigó con las riendas hacia la ladera. —¡Sube por las rocas!

    El saurio obedeció lentamente al principio, pero tras posar las palmas en las primeras peñas, fue ganando velocidad. Trepar escarpes rocosos era tan sencillo como respirar para estos animales, pero no podía decirse lo mismo para quien iba montado en ellos. Las sillas de montar para los saurios tenían un respaldo alto y el movimiento del lomo durante la subida resultaba muy incómodo y doloroso para jinetes poco curtidos. Maveria solo había montado saurios en tres ocasiones y no había sido en viajes largos ni tan accidentados.

    Cuando llegó a la cima de la garganta, tenía las posaderas entumecidas y la espalda dolorida.

    Aunque las vistas eran espléndidas.

    Abajo en el valle tenía lugar una carrera de hormigas, caótica y algo cómica. En el horizonte del sur se avistaba a muchas leguas el grueso del ejército bárbaro como una difusa mota negra camino al enclave. Hacia el norte se extendía la pradera del desierto.

    Máver echó un último vistazo al valle, —Entregaré ese mensaje, viejo, aunque sea lo último que haga.

    Y puso rumbo al norte sin mirar atrás.

    [Fin cap. 10]
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