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  1. #1
    Meteorito Avatar de Nero
    Fecha de Ingreso
    09-June-2019
    Mensajes
    127

    Doce más uno

    Apenas habíamos aterrizado cuando Ilham profirió la primera queja del día:
    – ¡Meteoros! Ya está lloviendo.
    Y cierto era. Enormes gotas de agua, del tamaño de un puño, se precipitaban sobre nuestro vehículo.
    – Estamos en Deszecez, – aclaró Gia, nuestra especialista con el fuego. – siempre está lloviendo.
    El pequeño planeta Deszecez, del sistema solar Voyna, servía de base militar en una guerra que se estaba librando a pocos años de luz de distancia. Una guerra con las razas alienígenas que vivían en los lejanos sistemas exteriores. Y por eso nuestro grupo estaba en este lluvioso planeta. Éramos malabaristas, acróbatas, ilusionistas, payasos, ladrones, truhanes y trabajadores. El Real Imperio Terrícola nos había contratado para animar a las tropas en las muchas guerras que libraban. A cambio, nos daban un sueldo ridículo, comida y un conductor robot a quien cariñosamente llamábamos Coronel Bocina. Nuestro vehículo: un viejo autocar flotante de hace seguramente quinientos años. Sin embargo, era toda una máquina. Una bestia restaurada capaz de viajar sobre cualquier superficie. Podía con cualquier gravedad, terreno, climas, presión, temperatura. Estoy seguro de que Carmiña podría incluso llevarnos de paseo sobre la superficie de cualquier estrella. Y por supuesto, Carmiña podía hacer viajes interestelares.

    Aterrizamos en el exterior de la ciudad-cúpula, Katoviche. La única ciudad del planeta que no había sido ocupada por militares y mantenía su función industrial. Así lo hicimos por petición de Ricardo, nuestro técnico. Un auténtico genio que necesitaba algunas piezas para Carmiña. Ricardo era el único del grupo que no actuaba. Pero sus juegos de luces, sonidos y demás nos ayudaban a darle vida a todo nuestro trabajo. Mientras Ricardo estaba a lo suyo por la ciudad, el resto hacíamos nuestra vida dentro de Carmiña, nuestro querido y viejo autocar. Inicialmente tenía espacio para ciento diez personas, pero con el paso del tiempo había sufrido tantos cambios que parecía un vehículo diferente. Era nuestro hogar, donde vivía nuestro grupo dedoce amigos. No contábamos a Coronel Bocina, ya que entonces deberíamos decir que éramostrece. Y eso daba mala suerte, todo el mundo lo sabía. Cada uno de nosotros tenía su espacio personal privado. Doce cubículos especialmente diseñados para cada necesidad, gusto y capricho. Lúzia, nativo del planeta Szaba y segundo alienígena de la banda, vivía en un cubículo casi completamente inundado, pues su raza necesitaba pasar varias horas al día sumergido. Era nuestro ilusionista. E incluso a nosotros, que nos conocíamos de memoria cada entonación de cada palabra de su actuación, cada leve movimiento de sus largos dedos; conseguía dejarnos boquiabiertos.

    Yo compartía cubículo con la preciosa centauri, Xelaha. Nuestra otra alienígena. Una mujer tan preciosa como hábil. Nuestro número lo hacíamos juntos y podía considerarse el más peligroso de todos. Éramos los valientes acróbatas de la comba láser. Entrábamos y salíamos de esta en una mezcla de lucha y danza. Saltábamos, rodábamos, sudábamos. Con gravedad cero, boca abajo, desnudos. Con una comba o más. Un simple roce podría ser fatal. Claro que llevábamos siempre un escudo invisible portátil de cuerpo entero en nuestros cintos. No obstante, la posibilidad de quemaduras seguía siendo alta.
    ¡Oh, Xelaha! En mi vida he conocido mujer más perfecta. Una diosa de piernas largas y piel de oro. Con sus casi metro noventa de estatura era todo un espectáculo verla hacer tales contorsiones. Yo a su lado parecía un trol de las lunas de Proteo, con mis rastas canosas biónicas despeinadas. Me sacaba unos diez centímetros de altura, y mi piel aburrida de terrícola parecía descolorida a su lado. Sin embargo, formábamos una pareja perfecta.
    Desde nuestro cubículo en el piso superior de Carmiña admiramos tantos paisajes, tan diferentes y dispares, que tardaría toda un vida en describir. Mundos sacados de sueños, mundos incluso sacados de las peores pesadillas. Cielos de dos soles abrasadores, cielos de cuatro lunas que volverían loco a cualquiera, tormentas eléctricas, olas gigantes, animales gigantes, nativos de cuatro piernas y cuatro ojos, pequeños insectos tan grandes como nuestro autocar, brisas de colores. Todo pasaba junto a mi ventanilla, mientras Carmiña, impasible, nos llevaba a nuestro siguiente espectáculo.

    Estábamos en la zona común del autocar, bebiendo, cuando llegó Ricardo con las piezas que necesitaba. Colocó y ajustó lo necesario y estábamos listos para partir hacía la primera actuación de Deszecez. El motor comenzó a ronronear, nos elevamos del suelo y antes de ponernos en marcha, Coronel Bocina preguntó como de costumbre:
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – ¡Yo no! – gritamos todos con entusiasmo y nos echamos a reír.
    La primera vez que Coronel Bocina nos hizo esta pregunta nos quedamos de piedra. Nadie se atrevió a abrir la boca hasta que Aarbar El Forzudo dijo en un tímido susurro: “Yo no”. A nuestro piloto-robot la respuesta le bastaba y entonces nos poníamos en marcha. Nunca entendimos el motivo de tal pregunta, y nunca nos atrevimos a responder otra cosa. Supusimos que sería algún truco del ejército para reclutarnos. Pero ahora formaba parte de nuestro ritual de viaje.
    Carmiña atravesó la cúpula en dirección a Pierse y comenzó de nuevo el relajante sonido de la lluvia sobre nuestro vehículo.
    Al cabo de unas horas de viaje, Neil nos convocó en la zona común. Yo me senté cerca de la chimenea. No hay mayor placer que una cálida chimenea durante un viaje lluvioso. Al parecer, Neil quería probar un truco nuevo en el próximo espectáculo y nos pedía ayuda y consejo. Y así lo hicimos. Éramos como una gran familia y siempre nos apoyábamos. Sobretodo a Neil, el más joven del grupo y el último en ¨alistarse¨.
    Neil era un cyborg. Tenía un implante en el cerebro que le dotaba de unos reflejos sobrehumanos. Además, poseía un ojo biónico que le permitía ver cosas que los ojos normales no podían. Su espectáculo consistía en trucos de cartas. Únicamente con mirar el reverso de la carta que habías escogido ya sabía cual era. Añadía a sus trucos movimiento, haciendo formas y figuras en el aire con todas las cartas de la baraja para darle más vida al número. Algo que tampoco le resultaba muy complicado gracias a sus rápidos reflejos. El nuevo espectáculo que quería probar consistía en que varias personas escogían cartas de la bajara, luego las juntaba con el resto para lanzarlas al aire y hacer malabares con ella mientras iba recogiendo las cartas seleccionadas. Hasta que no hubiera encontrado todas, el resto de cartas seguían por el aire dando vueltas y más vueltas. Con un poco de aderezo de las habilidades de Ricardo podría ser un buen espectáculo. A todos nos encantó y aplaudimos debidamente.
    Después todos se fueron a sus cuartos. Yo en cambio me quedé junto a la chimenea, admirando el paisaje y la lluvia. Era uno de esos momentos, en que estás en paz con el mundo, contigo mismo, todo es como debe ser. Si existe alguien ahí arriba colocando las piezas del puzzle, justo había colocado la última y ahora admiraba el resultado.

    El paisaje que Deszecez me ofrecía era inquietantemente bonito. Carmiña sobrevolaba a baja altura ahora una extensa planicie con vegetación baja. Recordaba a las viejas imágenes de los desiertos allá atrás en la Tierra. Pero tenía un color más azulado, oscuro, pero azulado sin duda. La lluvia empapaba al paisaje de movimiento, como si estuviéramos viajando sobre un mar furioso, como evocando un tiempo pasado. A lo lejos, las cimas parecían grandes olas que se aproximaban peligrosamente. Un paisaje con un aspecto violento; no obstante, infundía en mi una sensación de paz.

    Llegamos a Pierse a la mañana siguiente, justo a la hora de comer. Comimos, reposamos la comida y nos pusimos manos a la obra. Nuestro espectáculo seguía siempre el mismo patrón. Primero salía a escena Ilham y las hermanas Siosa y Cusina, con su número de payasos y mimos animaban el ambiente. Después aparecía Lúzia, que con su increíble talento conseguía clavar a sus asientos a cualquier público. Una vez cautivados, aparecía Aarbar El Forzudo, que con esporádicas apariciones de los payasos, volvía a poner en público en pie para aplaudir y reír. Ahora tocaba sobrecoger al público, evitando que cesaran las risas; por lo que tocaba el turno de Torres y Reina, y su espectáculo de cuchillos. A la gente le encantaba su mezcla de discusión y baile con lanzamiento de cuchillos y otros objetos punzantes. Después el joven Neil, que actuaba como un verdadero profesional interactuando sin miedo con el público, que una vez más quedaba boquiabierto. Ahora llegaba la exótica Gia, que hipnotizaba a la gente con sus malabares de fuego. Verla era como presenciar un primitivo ritual para invocar a un olvidado Dios. Gia preparaba el terreno para la traca final, que Ricardo anunciaba desde su cabina:
    – ¡Demos un fuerte aplauso para la “ardiente” Gia! Y ahora, amigos míos, sujetaos bien a los asientos. Lo que vais a presenciar es un espectáculo único en la galaxia. Tan emocionante como peligroso. ¡Demos la bienvenida a la plata y el oro! ¡Demos la bienvenida a Ruden y Xelaha!
    Con el escenario completamente a oscuras primero aparecía la comba, girando y girando. Formando círculos de color verde. Lanzando chispas cada vez que rozaba el suelo. Provocando gritos de asombro entre en público. Entonces salíamos y empezaba nuestra coreografía. Una segunda comba de color azul aparecía de la nada, lanzando más y más chispas, como sicombatieran entre ellas. Y Xelaha y yo nos encontráramos en medio de tal batalla y luchásemos por evitar ser alcanzados. El espectáculo terminaba con una explosión de luz y por unos segundos todo volvía a ser negro. Cuando el público empezaba a aplaudir salía toda la banda. Luces encendidas y nos despedíamos, no sin antes agradecer a todos los soldados su trabajo por mantenernos a salvo y al mando por darnos la oportunidad de entretener a las cansadas, cansadas tropas.
    Y vuelta a nuestro hogar, a nuestro autocar, a nuestra retro nave espacial, a nuestra Carmiña.
    Había sido un buen espectáculo, y aún tardaríamos un par de días en llegar a la próxima ciudad, así que podíamos celebrarlo de camino. Los ánimos estaban por las nubes.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – ¡Yo no! – gritamos todos en un brindis.

    De camino a Drugi, nuestra siguiente ciudad, nos encontramos con una construcción inmensa. Un animal, tallado en piedra, de unas dimensiones gigantescas. Tan grande como un edificio de veinte pisos. El animal, una mezcla de león y pulpo, llevaba ropas propias de un rey de la antigüedad y posaba solemnemente para nosotros. Lo más interesante es que estaba sentado en un trono con la cabeza reposando en su tentáculo formando de puño. Una postura muy humana. Pedimos al Coronel Bocina que detuviese a Carmiña para poder admirar de cerca tal obra de arte.
    Salimos, y bajo la incesante tormenta, quedamos maravillados. La lluvia y las luces de Carmiña le daban un toque majestuoso a la efigie. Coronel Bocina, desde la cabina del conductor, nos informó con su robótica, pero suave voz:
    – Hace milenios, este planeta estaba habitado por criaturas como la representada en la escultura. Para ellos, lo más preciado era su cultura.
    Una cultura basada en la paz y la aceptación. De modo que cuando llegaron los terrícolas, estos fueron acogidos con los brazos abiertos. Pocos años después, la vegetación nativa se evaporó, los océanos que ocuparon la gran parte del planeta se secaron; y los recursos, lo más preciado para los humanos, fueron saqueados. Deszecez se convirtió en un planeta minero, muy próspero, y toda la belleza que poseía antes se apagó. Los nativos no pudieron sobrevivir a tales cambios y acabaron desapareciendo. Cuando los recursos se agotaron el planeta fue abandonado, para tiempo después, ser ocupado por el gobierno de la Tierra.”
    Nos quedamos un minuto más observado aquella curiosa criatura, en silencio, respetando la historia perdida de aquella olvidaba civilización. Mientras, la lluvia seguía atacando, ocultando nuestras lágrimas.
    Subimos de nuevo a Carmiña. La puerta se cerró detrás de mí.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – Yo no, Coronel. Yo no.

    El resto del viaje lo pasamos en nuestros cubículos, pensando, descansando. Intentando mantener la compostura, pues el espectáculo debe continuar.
    Para cuando llegó el momento de actuar en Drugi todavía seguíamos cabizbajos, pero somos sobretodo profesionales. Y como tales, clavamos nuestros números.
    La siguiente ciudad en la lista se trataba de Chetche, y estaba solo a unas horas. Salimos en camino nada más terminar nuestro show en Drugi. Al llegar a Chetche nos ofrecieron alojamiento, que rechazamos. Nos sentíamos más seguros en nuestro autocar. Carmiña cuidaba de nosotros, y nosotros de ella.
    Aquella noche no pude dormir, todavía rondaba por mi mente la imagen de aquel león-pulpo.

    Al día siguiente, el espectáculo en Chetche no había empezado bien. Ricardo había tenido problemas técnicos durante el número de Neil. Por fortuna, el joven cyborg era un gran showman. Mientras ayudábamos a Ricardo, Neil estuvo improvisando un nuevo número. Únicamente con sus habilidades. Sin ningún efecto visual, sin ayuda de sonidos ni olores, sin luces de ninguna clase. Y lo bordó. Mantuvo al público contento, que pasaban del asombro al júbilo en un chasquido de Neil. Los contratiempos de Ricardo habían sido arreglados a los pocos minutos, pero dejamos que Neil tuviera su momento de gloria un poco más. El resto del espectáculo siguió sin problemas y resultó otro éxito más.
    Ahora, de camino a Varte, teníamos algo que celebrar. Celebramos que nuestro joven mago había salvado nuestro cuello y nuestra reputación. Fue el centro de toda la fiesta y todas las alabanzas, que duraron casi todo el trayecto.

    Dos días después llegamos a Varte, y nada más entrar en la ciudad notamos un clima extraño. Parecía que algo estaba ocurriendo en lo más profundo de la ciudad. Intentamos no hacer mucho caso a nuestras inquietudes y hacer nuestro trabajo, que hicimos de manera impecable. Pero al público había costado mucho más ganárselo, parecían distraídos, preocupados por algo.
    Una vez más en Carmiña no hubo mucho que celebrar, pero únicamente quedaba una ciudad en aquel lluvioso planeta. La ciudad de Ostatni, la mayor de todas.
    El mismo clima de inquietud nos había seguido hasta Ostatni, esta vez era más acusado. Pero una vez más, éramos profesionales y no podíamos dejar que eso entorpeciera nuestro trabajo.

    La seductora Gia estaba realizando su número cuando todo ocurrió. Primero escuchamos un grito de Ricardo, y al segundo siguiente, todas las luces del plató se encendieron. Subió al escenario el Teniente Capitán Dupa, seguido de otros cuatro oficiales. Todo el público, los soldados, se pusieron en pie y firmes.
    – ¡Acaba de llegar un nuevo informe del planeta Bitfa! ¡La guerra acaba de dar un giro inesperado y nuestras tropas necesitan refuerzos! Ha habido un ataque sorpresa por parte de los rebeldes nativos, de modo que preparar vuestros petates, partimos en unos días; y necesitamos a todos los efectivos.
    Mientras el Teniente hablaba, yo iba andando lentamente en dirección a Gia para sacarla del escenario y largarnos de allí antes de que todo el asunto se pusiera feo. Cuando noté un dedo señalándome:
    – Incluido vosotros, payasos. – dijo en un rabioso susurro el Teniente.
    En un abrir y cerrar de ojos estábamos rodeados, con armas apuntándonos. Ví unos rayos inmovilizadores que dieron de pleno a Lúzia, Neil y Aarbar.

    Estuvimos encerrados varios días, mientras escuchábamos ruidos a todas horas. Escuchábamos movimientos de tropas, naves despejando, gritos y órdenes. Todos estábamos muy asustados, aunque la peor parte se la llevaba Lúzia, que apenas le daban agua. El último día nos juntaron en una sala y nos dieron unos uniformes. Había muchas armas apuntándonos y mientras, el Teniente Capitán Dupa, nos ponía al día:
    – Muy bien, indeseados, ahora formáis parte del ejército. Nuestro único interés en vosotros es usaros de carne de cañón. Estaréis en primera línea en la próxima ofensiva y serviréis de cebo. Si sois listos seguro que podréis sobrevivir. ¡En marcha!
    A empujones nos guiaron por varios pasillos. Mi mente iba a mil por hora mientras buscaba una salida de aquella situación. No necesitaba comunicarme con mis compañeros. Sabía que harían lo que tenían que hacer en el momento en que yo saltara a la acción. Tenía plena fe en ellos. Sabía que si saltaba sobre el hombre que llevaba a Lúzia, este podría liberarse y con sus habilidades psíquicas confundir al resto. Únicamente necesitaba un segundo para que, en medio del caos, Aarbar y Neil pudieran librarse de sus escoltas. Neil, con sus rápidos reflejos, podría desarmar al resto de soldados. Mientras Aarbar, con su fuerza sobrehumana, podría tirar de un golpe la pared, dándonos el tiempo necesario para escapar y subir a Carmiña. Estaba listo para pasar a la acción cuando cruzamos una puerta y entonces lo vi.

    El horror me paralizó. Vi a Carmiña completamente destrozada. Eliminaron nuestros cubículos, nuestros hogares, y los habían reemplazado por simples butacas para llevar a soldados. Nada de zona común, ni de chimenea. Unos horribles motores asomaban por la parte trasera, y unos cañones láser por la delantera. Habían convertido nuestro querido autocar en una horrible máquina de guerra. Todo el plan se desvaneció, me rendí. Una última broma macabra del gobierno. Usar nuestro hogar para ser nuestra tumba. Con más empujones metieron a nuestro grupo dentro de Carmiña, y cuando entró el último de nosotros las puertas se cerraron de golpe, dejando a los soldados fuera gritando furiosos. Nos miramos desconcertados.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra? – preguntó una vez más Coronel Bocina.
    Cruzamos miradas otra vez, nos entendíamos que pasaba.
    – Yo no. – dijo el mismo Coronel Bocina, con lo que estoy seguro de que era una sonrisa en su metálica boca.
    Los motores rugieron y en un segundo los soldados estaban en el suelo tragando tierra. Gracias a los nuevos motores salimos de la cúpula de un salto; y al siguiente instante, fuera del planeta. Pasamos al hiperespacio y la libertad era nuestra. Gritábamos y saltábamos. Nuestro querido chófer nos había salvado la vida. Levanté mi copa:
    – ¡Un brindis! ¡Por nuestro salvador y amigo, el recién ascendido General Bocina!
    Continuamos la fiesta a su alrededor, llenándolo de besos y abrazos, mientras él y Carmiña nos conducían a la libertad. A partir de ese momento fuimos una banda de trece malabaristas, acróbatas, ilusionistas, payasos, ladrones, truhanes y trabajadores.

  2. #2
    Fluctuación cuántica Avatar de PedroRamirez89
    Fecha de Ingreso
    18-August-2019
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    1

    Respuesta: Doce más uno

    Cita Iniciado por Nero Ver Mensaje
    Apenas habíamos aterrizado cuando Ilham profirió la primera queja del día:
    – ¡Meteoros! Ya está lloviendo.
    Y cierto era. Enormes gotas de agua, del tamaño de un puño, se precipitaban sobre nuestro vehículo.
    – Estamos en Deszecez, – aclaró Gia, nuestra especialista con el fuego. – siempre está lloviendo.
    El pequeño planeta Deszecez, del sistema solar Voyna, servía de base militar en una guerra que se estaba librando a pocos años de luz de distancia. Una guerra con las razas alienígenas que vivían en los lejanos sistemas exteriores. Y por eso nuestro grupo estaba en este lluvioso planeta. Éramos malabaristas, acróbatas, ilusionistas, payasos, ladrones, truhanes y trabajadores. El Real Imperio Terrícola nos había contratado para animar a las tropas en las muchas guerras que libraban. A cambio, nos daban un sueldo ridículo, comida y un conductor robot a quien cariñosamente llamábamos Coronel Bocina. Nuestro vehículo: un viejo autocar flotante de hace seguramente quinientos años. Sin embargo, era toda una máquina. Una bestia restaurada capaz de viajar sobre cualquier superficie. Podía con cualquier gravedad, terreno, climas, presión, temperatura. Estoy seguro de que Carmiña podría incluso llevarnos de paseo sobre la superficie de cualquier estrella. Y por supuesto, Carmiña podía hacer viajes interestelares.

    Aterrizamos en el exterior de la ciudad-cúpula, Katoviche. La única ciudad del planeta que no había sido ocupada por militares y mantenía su función industrial. Así lo hicimos por petición de Ricardo, nuestro técnico. Un auténtico genio que necesitaba algunas piezas para Carmiña. Ricardo era el único del grupo que no actuaba. Pero sus juegos de luces, sonidos y demás nos ayudaban a darle vida a todo nuestro trabajo. Mientras Ricardo estaba a lo suyo por la ciudad, el resto hacíamos nuestra vida dentro de Carmiña, nuestro querido y viejo autocar. Inicialmente tenía espacio para ciento diez personas, pero con el paso del tiempo había sufrido tantos cambios que parecía un vehículo diferente. Era nuestro hogar, donde vivía nuestro grupo dedoce amigos. No contábamos a Coronel Bocina, ya que entonces deberíamos decir que éramostrece. Y eso daba mala suerte, todo el mundo lo sabía. Cada uno de nosotros tenía su espacio personal privado. Doce cubículos especialmente diseñados para cada necesidad, gusto y capricho. Lúzia, nativo del planeta Szaba y segundo alienígena de la banda, vivía en un cubículo casi completamente inundado, pues su raza necesitaba pasar varias horas al día sumergido. Era nuestro ilusionista. E incluso a nosotros, que nos conocíamos de memoria cada entonación de cada palabra de su actuación, cada leve movimiento de sus largos dedos; conseguía dejarnos boquiabiertos.

    Yo compartía cubículo con la preciosa centauri, Xelaha. Nuestra otra alienígena. Una mujer tan preciosa como hábil. Nuestro número lo hacíamos juntos y podía considerarse el más peligroso de todos. Éramos los valientes acróbatas de la comba láser. Entrábamos y salíamos de esta en una mezcla de lucha y danza. Saltábamos, rodábamos, sudábamos. Con gravedad cero, boca abajo, desnudos. Con una comba o más. Un simple roce podría ser fatal. Claro que llevábamos siempre un escudo invisible portátil de cuerpo entero en nuestros cintos. No obstante, la posibilidad de quemaduras seguía siendo alta.
    ¡Oh, Xelaha! En mi vida he conocido mujer más perfecta. Una diosa de piernas largas y piel de oro. Con sus casi metro noventa de estatura era todo un espectáculo verla hacer tales contorsiones. Yo a su lado parecía un trol de las lunas de Proteo, con mis rastas canosas biónicas despeinadas. Me sacaba unos diez centímetros de altura, y mi piel aburrida de terrícola parecía descolorida a su lado. Sin embargo, formábamos una pareja perfecta.
    Desde nuestro cubículo en el piso superior de Carmiña admiramos tantos paisajes, tan diferentes y dispares, que tardaría toda un vida en describir. Mundos sacados de sueños, mundos incluso sacados de las peores pesadillas. Cielos de dos soles abrasadores, cielos de cuatro lunas que volverían loco a cualquiera, tormentas eléctricas, olas gigantes, animales gigantes, nativos de cuatro piernas y cuatro ojos, pequeños insectos tan grandes como nuestro autocar, brisas de colores. Todo pasaba junto a mi ventanilla, mientras Carmiña, impasible, nos llevaba a nuestro siguiente espectáculo.

    Estábamos en la zona común del autocar, bebiendo, cuando llegó Ricardo con las piezas que necesitaba. Colocó y ajustó lo necesario y estábamos listos para partir hacía la primera actuación de Deszecez. El motor comenzó a ronronear, nos elevamos del suelo y antes de ponernos en marcha, Coronel Bocina preguntó como de costumbre:
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – ¡Yo no! – gritamos todos con entusiasmo y nos echamos a reír.
    La primera vez que Coronel Bocina nos hizo esta pregunta nos quedamos de piedra. Nadie se atrevió a abrir la boca hasta que Aarbar El Forzudo dijo en un tímido susurro: “Yo no”. A nuestro piloto-robot la respuesta le bastaba y entonces nos poníamos en marcha. Nunca entendimos el motivo de tal pregunta, y nunca nos atrevimos a responder otra cosa. Supusimos que sería algún truco del ejército para reclutarnos. Pero ahora formaba parte de nuestro ritual de viaje.
    Carmiña atravesó la cúpula en dirección a Pierse y comenzó de nuevo el relajante sonido de la lluvia sobre nuestro vehículo.
    Al cabo de unas horas de viaje, Neil nos convocó en la zona común. Yo me senté cerca de la chimenea. No hay mayor placer que una cálida chimenea durante un viaje lluvioso. Al parecer, Neil quería probar un truco nuevo en el próximo espectáculo y nos pedía ayuda y consejo. Y así lo hicimos. Éramos como una gran familia y siempre nos apoyábamos. Sobretodo a Neil, el más joven del grupo y el último en ¨alistarse¨.
    Neil era un cyborg. Tenía un implante en el cerebro que le dotaba de unos reflejos sobrehumanos. Además, poseía un ojo biónico que le permitía ver cosas que los ojos normales no podían. Su espectáculo consistía en trucos de cartas. Únicamente con mirar el reverso de la carta que habías escogido ya sabía cual era. Añadía a sus trucos movimiento, haciendo formas y figuras en el aire con todas las cartas de la baraja para darle más vida al número. Algo que tampoco le resultaba muy complicado gracias a sus rápidos reflejos. El nuevo espectáculo que quería probar consistía en que varias personas escogían cartas de la bajara, luego las juntaba con el resto para lanzarlas al aire y hacer malabares con ella mientras iba recogiendo las cartas seleccionadas. Hasta que no hubiera encontrado todas, el resto de cartas seguían por el aire dando vueltas y más vueltas. Con un poco de aderezo de las habilidades de Ricardo podría ser un buen espectáculo. A todos nos encantó y aplaudimos debidamente.
    Después todos se fueron a sus cuartos. Yo en cambio me quedé junto a la chimenea, admirando el paisaje y la lluvia. Era uno de esos momentos, en que estás en paz con el mundo, contigo mismo, todo es como debe ser. Si existe alguien ahí arriba colocando las piezas del puzzle, justo había colocado la última y ahora admiraba el resultado.

    El paisaje que Deszecez me ofrecía era inquietantemente bonito. Carmiña sobrevolaba a baja altura ahora una extensa planicie con vegetación baja. Recordaba a las viejas imágenes de los desiertos allá atrás en la Tierra. Pero tenía un color más azulado, oscuro, pero azulado sin duda. La lluvia empapaba al paisaje de movimiento, como si estuviéramos viajando sobre un mar furioso, como evocando un tiempo pasado. A lo lejos, las cimas parecían grandes olas que se aproximaban peligrosamente. Un paisaje con un aspecto violento; no obstante, infundía en mi una sensación de paz.

    Llegamos a Pierse a la mañana siguiente, justo a la hora de comer. Comimos, reposamos la comida y nos pusimos manos a la obra. Nuestro espectáculo seguía siempre el mismo patrón. Primero salía a escena Ilham y las hermanas Siosa y Cusina, con su número de payasos y mimos animaban el ambiente. Después aparecía Lúzia, que con su increíble talento conseguía clavar a sus asientos a cualquier público. Una vez cautivados, aparecía Aarbar El Forzudo, que con esporádicas apariciones de los payasos, volvía a poner en público en pie para aplaudir y reír. Ahora tocaba sobrecoger al público, evitando que cesaran las risas; por lo que tocaba el turno de Torres y Reina, y su espectáculo de cuchillos. A la gente le encantaba su mezcla de discusión y baile con lanzamiento de cuchillos y otros objetos punzantes. Después el joven Neil, que actuaba como un verdadero profesional interactuando sin miedo con el público, que una vez más quedaba boquiabierto. Ahora llegaba la exótica Gia, que hipnotizaba a la gente con sus malabares de fuego. Verla era como presenciar un primitivo ritual para invocar a un olvidado Dios. Gia preparaba el terreno para la traca final, que Ricardo anunciaba desde su cabina:
    – ¡Demos un fuerte aplauso para la “ardiente” Gia! Y ahora, amigos míos, sujetaos bien a los asientos. Lo que vais a presenciar es un espectáculo único en la galaxia. Tan emocionante como peligroso. ¡Demos la bienvenida a la plata y el oro! ¡Demos la bienvenida a Ruden y Xelaha!
    Con el escenario completamente a oscuras primero aparecía la comba, girando y girando. Formando círculos de color verde. Lanzando chispas cada vez que rozaba el suelo. Provocando gritos de asombro entre en público. Entonces salíamos y empezaba nuestra coreografía. Una segunda comba de color azul aparecía de la nada, lanzando más y más chispas, como sicombatieran entre ellas. Y Xelaha y yo nos encontráramos en medio de tal batalla y luchásemos por evitar ser alcanzados. El espectáculo terminaba con una explosión de luz y por unos segundos todo volvía a ser negro. Cuando el público empezaba a aplaudir salía toda la banda. Luces encendidas y nos despedíamos, no sin antes agradecer a todos los soldados su trabajo por mantenernos a salvo y al mando por darnos la oportunidad de entretener a las cansadas, cansadas tropas.
    Y vuelta a nuestro hogar, a nuestro autocar, a nuestra retro nave espacial, a nuestra Carmiña.
    Había sido un buen espectáculo, y aún tardaríamos un par de días en llegar a la próxima ciudad, así que podíamos celebrarlo de camino. Los ánimos estaban por las nubes.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – ¡Yo no! – gritamos todos en un brindis.

    De camino a Drugi, nuestra siguiente ciudad, nos encontramos con una construcción inmensa. Un animal, tallado en piedra, de unas dimensiones gigantescas. Tan grande como un edificio de veinte pisos. El animal, una mezcla de león y pulpo, llevaba ropas propias de un rey de la antigüedad y posaba solemnemente para nosotros. Lo más interesante es que estaba sentado en un trono con la cabeza reposando en su tentáculo formando de puño. Una postura muy humana. Pedimos al Coronel Bocina que detuviese a Carmiña para poder admirar de cerca tal obra de arte.
    Salimos, y bajo la incesante tormenta, quedamos maravillados. La lluvia y las luces de Carmiña le daban un toque majestuoso a la efigie. Coronel Bocina, desde la cabina del conductor, nos informó con su robótica, pero suave voz:
    – Hace milenios, este planeta estaba habitado por criaturas como la representada en la escultura. Para ellos, lo más preciado era su cultura.
    Una cultura basada en la paz y la aceptación. De modo que cuando llegaron los terrícolas, estos fueron acogidos con los brazos abiertos. Pocos años después, la vegetación nativa se evaporó, los océanos que ocuparon la gran parte del planeta se secaron; y los recursos, lo más preciado para los humanos, fueron saqueados. Deszecez se convirtió en un planeta minero, muy próspero, y toda la belleza que poseía antes se apagó. Los nativos no pudieron sobrevivir a tales cambios y acabaron desapareciendo. Cuando los recursos se agotaron el planeta fue abandonado, para tiempo después, ser ocupado por el gobierno de la Tierra.”
    Nos quedamos un minuto más observado aquella curiosa criatura, en silencio, respetando la historia perdida de aquella olvidaba civilización. Mientras, la lluvia seguía atacando, ocultando nuestras lágrimas.
    Subimos de nuevo a Carmiña. La puerta se cerró detrás de mí.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra?
    – Yo no, Coronel. Yo no.

    El resto del viaje lo pasamos en nuestros cubículos, pensando, descansando. Intentando mantener la compostura, pues el espectáculo debe continuar.
    Para cuando llegó el momento de actuar en Drugi todavía seguíamos cabizbajos, pero somos sobretodo profesionales. Y como tales, clavamos nuestros números.
    La siguiente ciudad en la lista se trataba de Chetche, y estaba solo a unas horas. Salimos en camino nada más terminar nuestro show en Drugi. Al llegar a Chetche nos ofrecieron alojamiento, que rechazamos. Nos sentíamos más seguros en nuestro autocar. Carmiña cuidaba de nosotros, y nosotros de ella.
    Aquella noche no pude dormir, todavía rondaba por mi mente la imagen de aquel león-pulpo.

    Al día siguiente, el espectáculo en Chetche no había empezado bien. Ricardo había tenido problemas técnicos durante el número de Neil. Por fortuna, el joven cyborg era un gran showman. Mientras ayudábamos a Ricardo, Neil estuvo improvisando un nuevo número. Únicamente con sus habilidades. Sin ningún efecto visual, sin ayuda de sonidos ni olores, sin luces de ninguna clase. Y lo bordó. Mantuvo al público contento, que pasaban del asombro al júbilo en un chasquido de Neil. Los contratiempos de Ricardo habían sido arreglados a los pocos minutos, pero dejamos que Neil tuviera su momento de gloria un poco más. El resto del espectáculo siguió sin problemas y resultó otro éxito más.
    Ahora, de camino a Varte, teníamos algo que celebrar. Celebramos que nuestro joven mago había salvado nuestro cuello y nuestra reputación. Fue el centro de toda la fiesta y todas las alabanzas, que duraron casi todo el trayecto.

    Dos días después llegamos a Varte, y nada más entrar en la ciudad notamos un clima extraño. Parecía que algo estaba ocurriendo en lo más profundo de la ciudad. Intentamos no hacer mucho caso a nuestras inquietudes y hacer nuestro trabajo, que hicimos de manera impecable. Pero al público había costado mucho más ganárselo, parecían distraídos, preocupados por algo.
    Una vez más en Carmiña no hubo mucho que celebrar, pero únicamente quedaba una ciudad en aquel lluvioso planeta. La ciudad de Ostatni, la mayor de todas.
    El mismo clima de inquietud nos había seguido hasta Ostatni, esta vez era más acusado. Pero una vez más, éramos profesionales y no podíamos dejar que eso entorpeciera nuestro trabajo.

    La seductora Gia estaba realizando su número cuando todo ocurrió. Primero escuchamos un grito de Ricardo, y al segundo siguiente, todas las luces del plató se encendieron. Subió al escenario el Teniente Capitán Dupa, seguido de otros cuatro oficiales. Todo el público, los soldados, se pusieron en pie y firmes.
    – ¡Acaba de llegar un nuevo informe del planeta Bitfa! ¡La guerra acaba de dar un giro inesperado y nuestras tropas necesitan refuerzos! Ha habido un ataque sorpresa por parte de los rebeldes nativos, de modo que preparar vuestros petates, partimos en unos días; y necesitamos a todos los efectivos.
    Mientras el Teniente hablaba, yo iba andando lentamente en dirección a Gia para sacarla del escenario y largarnos de allí antes de que todo el asunto se pusiera feo. Cuando noté un dedo señalándome:
    – Incluido vosotros, payasos. – dijo en un rabioso susurro el Teniente.
    En un abrir y cerrar de ojos estábamos rodeados, con armas apuntándonos. Ví unos rayos inmovilizadores que dieron de pleno a Lúzia, Neil y Aarbar.

    Estuvimos encerrados varios días, mientras escuchábamos ruidos a todas horas. Escuchábamos movimientos de tropas, naves despejando, gritos y órdenes. Todos estábamos muy asustados, aunque la peor parte se la llevaba Lúzia, que apenas le daban agua. El último día nos juntaron en una sala y nos dieron unos uniformes. Había muchas armas apuntándonos y mientras, el Teniente Capitán Dupa, nos ponía al día:
    – Muy bien, indeseados, ahora formáis parte del ejército. Nuestro único interés en vosotros es usaros de carne de cañón. Estaréis en primera línea en la próxima ofensiva y serviréis de cebo. Si sois listos seguro que podréis sobrevivir. ¡En marcha!
    A empujones nos guiaron por varios pasillos. Mi mente iba a mil por hora mientras buscaba una salida de aquella situación. No necesitaba comunicarme con mis compañeros. Sabía que harían lo que tenían que hacer en el momento en que yo saltara a la acción. Tenía plena fe en ellos. Sabía que si saltaba sobre el hombre que llevaba a Lúzia, este podría liberarse y con sus habilidades psíquicas confundir al resto. Únicamente necesitaba un segundo para que, en medio del caos, Aarbar y Neil pudieran librarse de sus escoltas. Neil, con sus rápidos reflejos, podría desarmar al resto de soldados. Mientras Aarbar, con su fuerza sobrehumana, podría tirar de un golpe la pared, dándonos el tiempo necesario para escapar y subir a Carmiña. Estaba listo para pasar a la acción cuando cruzamos una puerta y entonces lo vi.
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    El horror me paralizó. Vi a Carmiña completamente destrozada. Eliminaron nuestros cubículos, nuestros hogares, y los habían reemplazado por simples butacas para llevar a soldados. Nada de zona común, ni de chimenea. Unos horribles motores asomaban por la parte trasera, y unos cañones láser por la delantera. Habían convertido nuestro querido autocar en una horrible máquina de guerra. Todo el plan se desvaneció, me rendí. Una última broma macabra del gobierno. Usar nuestro hogar para ser nuestra tumba. Con más empujones metieron a nuestro grupo dentro de Carmiña, y cuando entró el último de nosotros las puertas se cerraron de golpe, dejando a los soldados fuera gritando furiosos. Nos miramos desconcertados.
    – ¿Quién quiere ir a la guerra? – preguntó una vez más Coronel Bocina.
    Cruzamos miradas otra vez, nos entendíamos que pasaba.
    – Yo no. – dijo el mismo Coronel Bocina, con lo que estoy seguro de que era una sonrisa en su metálica boca.
    Los motores rugieron y en un segundo los soldados estaban en el suelo tragando tierra. Gracias a los nuevos motores salimos de la cúpula de un salto; y al siguiente instante, fuera del planeta. Pasamos al hiperespacio y la libertad era nuestra. Gritábamos y saltábamos. Nuestro querido chófer nos había salvado la vida. Levanté mi copa:
    – ¡Un brindis! ¡Por nuestro salvador y amigo, el recién ascendido General Bocina!
    Continuamos la fiesta a su alrededor, llenándolo de besos y abrazos, mientras él y Carmiña nos conducían a la libertad. A partir de ese momento fuimos una banda de trece malabaristas, acróbatas, ilusionistas, payasos, ladrones, truhanes y trabajadores.
    Muy interesante :)
    Última edición por PedroRamirez89; 18-Aug-2019 a las 22:47

  3. #3
    Meteorito Avatar de Nero
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    Gracias

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