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    Post John Kessel. Relato: "El Plan" (Adaptación)

    "El Plan"
    Adaptación de "The Baum Plan..." de John Kessel.

    Publicado Bajo Licencia CC-BY-SA-3.0
    Traducción/Adaptación Casera: Sirius
    ***********************************
    PARTE I

    Cuando la recogí en el "Para y Compra" de la Ruta 28, Dot llevaba una minifalda negra y zapatillas rojas como las que había cogido del montón de gangas la noche que irrumpimos en el "Sears" de Hendersonville cinco años atrás. No pude evitar mirar la curva de su cadera cuando se deslizó en el asiento delantero de mi viejo T-Bird. Se inclinó y me besó: carmín rojo brillante y aliento olor a cigarros.

    -"Como en los viejos tiempos.", dijo ella.

    Lo de ir al "Sears" había sido idea mía pero después de entrar en la tienda todas las otras ideas habían sido de Dot. Incluyendo el juego sobre la cama en la sección de muebles y a mí dando las campanadas al vigilante nocturno con la linterna de aluminio anodizado que cogí de "Ferretería", enviándolo al hospital con una contusión y a mí a la Central con tres años de condena.
    Cuando la poli apareció, Dot estaba ya en paradero desconocido. No me importó. Un hombre debe tomar responsabilidad por sus propias acciones, al menos eso es lo que me dijeron en las sesiones de terapia de grupo que la prisión ofrecía los Jueves por la noche.

    Pero nunca conocí a una mujer que pudiera hacerme hacer las cosas que Dot podía hacerme hacer.

    Uno de los tipos de aquellas sesiones era Radiactivo Roy Dunbar, que tenía la teoría de que todos viviamos dentro de un ordenador y que nada era real.

    -"Bueno, si esto no es real," le dije, "no sé lo que es real.".

    La suavidad de los pechos de Dot o el olor a mierda del cagadero de la Texaco de la autopista 28, ¿cómo puede haber algo más real que eso?.

    Radiactivo Roy y las personas como él sólo buscan una puerta de salida. Es como yo lo entiendo. Todo el mundo sueña con una puerta de salida a veces.

    Puse el coche en marcha y salimos de la gasolinera hacia la autopista. El cielo era rojo sobre el "Cerro Azul" , el aire soplaba en la ventanas, humeante con las cenizas de los incendios forestales que ardían cien millas al noroeste.

    -"¿Se te ha comido la lengua el gato, querido?" dijo Dot.

    Empujé el cassette en la radio y Willie Nelson siguió cantando "Hello Walls."

    -"¿A dónde vamos, Dot?"

    -"Apunta esta cosa al Oeste unos 20 minutos más o menos. Cuando veas una señal que dice Potters Glen, gira a la derecha hacia la siguiente carretera de tierra."

    Dot sacó un paquete de Kools de su bolso, se puso uno en los labios y hundió el mechero del coche de un golpe.

    -"No funciona," dije.

    Rebuscó en su bolso unos treinta segundos, luego cerró la cremallera.

    -"Mierda," dijo. "¿Tienes una cerilla, Sid?"

    Por el rabillo del ojo yo observaba el cigarrillo danzar arriba y abajo mientras ella hablaba.

    -"Lo siento, cariño, no."

    Tomó el cigarrillo de su boca, lo miró durante un rato y luego lo envió volando por su ventanilla abierta.

    Hola ventana. En realidad, yo tenía una caja de cerillas de Ohio Blue en la guantera pero no quería que Dot fumara porque eso iba matarla algún día. Mi madre fumaba y recuerdo su tos húmeda y la piel estirada sobre sus mejillas, tendida en el dormitorio escaleras arriba de la casa grande de Lynchburg chupando un Winston. Siempre que mi viejo entraba para recoger la comida sin tocar y le preguntaba si podía fumar uno madre le sonreía, ojos grandes; y sacaba dos clavos de ataúd del paquete rojo y blanco con sus dedos manchados de nicotina.

    Una vez tras otra yo veía ésto suceder. Seguía a mi padre abajo hacia la cocina. Cuando se doblaba para poner la bandeja sobre la encimera, yo le robaba los cigarrillos del bolsillo de su camisa y los destrozaba en pedazos sobre el plato de peras y queso casero. Yo le miraba, osándole a que se enfadara. Tras pocos segundos, él se limitaba a pasar por mi lado hacia el salón y encender la TV.

    Esa es la historia de mi vida: yo tratando de salvaros a todos y todos vosotros ignorándome.

    El otro lado de Almond era todo montañas. La carretera se retorcía, las luces iluminaban las copas de los árboles de la ladera de la colina. Seguía conduciendo sobre la doble línea amarilla mientras entraba y salía de cada curva, pero la carretera estaba desierta. Ocasionalmente pasábamos alguna casa ruinosa con una gastada camioneta aparcada en frente y un tanque oxidado de propano en el patio exterior.

    La señal de Potters Glen surgió de la oscuridad y giramos hacia una pista rodada de gravilla que era incluso más retorcida que la pavimentada. La pista tenía badenes, la suspensión se castigaba y mi tubo de escape oxidado se arrañaba más de una vez cuando bajábamos en cada salto. Si el plan de Dot era espiar a alguien no iba a funcionar. Pero ella me había asegurado que la casa del cerro estaba vacía y que sabía donde se escondía el dinero.

    A veces, las ramas de un árbol arañaban el parabrisas o el espejo lateral. El bosque aquí era seco como la yesca tras la sequía del verano, la peor de la historia; y en mi retrovisor podía ver el polvo que levantábanos en las luces traseras. Llevábanmos diez minutos en esta carretera cuando Dot dijo:

    -"Vale, para ahora."

    La nube de polvo que nos estaba siguiendo nos alcanzó y ondeó suavemente en los focos frontales.

    -"Apaga las luces," dijo Dot.

    En el silencio y oscuridad que vino, el lamento de las cigarras se acercaba. Dot rebuscò en su bolso y cuando abrió la puerta del coche para salir, a la luz del techo pude ver que tenía un mapa escrito en la hoja de un cuaderno. Abrí el maletero y saqué una pata de cabra y un par de alicates. Cuando llegué a su lado, ella estaba alumbrando el mapa con una linterna.

    -"No habrá más de medio kilómetro siguiendo este camino," dijo ella.

    -"¿Porqué simplemente no conducimos hasta allí?"

    -"Alguien podría oirnos."

    -"Pero dijiste que el lugar estaba desierto."

    -"Lo está. Pero no tiene sentido correr riesgos."

    Yo me reí. ¿Dot sin correr riesgos? Eso era gracioso. Ella no pensaba lo mismo y me dió un puñetazo en el brazo.

    - "Para," dijo ella, pero luego soltó una risita.

    Balanceé el brazo que sujetaba las herramientas alrededor de su cintura y la besé. Ella me empujó, pero no bruscamente.

    -"Vamos," dijo ella.

    Caminamos por el camino de tierra. Cuando Dot apagó la linterna, sólo quedó la tenue luna a través de los árboles pero después de que se acostumbraran nuestros ojos era más que suficiente. El bosque oscuro nos envolvía.

    Andar por el bosque de noche siempre me hace sentir como si estuviera en una peli de horror de adolescentes. Esperaba que un tipo con una máscara de hockey llegara aullando de entre los árboles para cortarnos en tiras con uñas como cuchillas.

    Dot había oído sobre esta cabaña de verano que pertenecía a los ricos para los que ella había trabajado en Charlotte. Era de los Broyhills o parientes de los Broyhills, dinero antiguo para el negocio de muebles. O quizá eran para Dukes y tabaco. De todos modos, no usaban esta casa salvo un mes o así al año. Algún cuidador venía con la misma frecuencia pero no vivía en el edificio. Dot escuchó a la hija decirle a una amiga que la familia guardaba diez mil dólares en billetes allí arriba en caso de que algún disturbio les obligara a salir de la ciudad por algún tiempo.

    De modo que simplemente allanaríamos y cogeríamos el dinero. Ese era el plan. A mí me parecía un poco ridículo: yo había crecido con dinero. Mi viejo fue dueño de una tienda de coches antes de arruinarse. Dejar montones de billetes en una casa de verano no me parecía un comportamiento habitual de la gente rica. Pero Dot podía ser muy convincente incluso cuando no era convincente y mi padre afirmaba que yo nunca había tenido una pizca de sentido común de todos modos. Nos llevó veinte minutos subir al claro y allí estaba la casa. Era mayor de lo que imaginaba. Rústica, chimenea de piedra y camino de entrada, paredes con vigas y adornos en madera. La luz de luna relucía en las ventanas de los tres dormitorios que daban al frente pero todas las ventanas escaleras abajo estaban tapadas.

    Puse la pata de cabra en una de los marcos de las ventanas cubiertas y, tras algo de lucha, cedió. La ventana estaba barrada por dentro pero golpeamos uno de los paneles y la abrimos. Impulsé a Dot a través de la ventana y la seguí.

    Dot usó la linterna para encontrar el interruptor de la luz. El mobiliario era grande y pesado: una enorne mesa de roble para el café, que tuvimos que mover para levantar la alfombra y ver si había una caja fuerte debajo, debía de pesar unos noventa kilos. Descolgamos todos los cuadros de las paredes. Uno de ellos era una pintura en madera de Maria y Jesús pero, en vez de Jesús, la mujer sostenía un pez; al fondo del cuadro, fuera de una ventana, una nube funeraria se izaba sobre un camino de tierra. El cuadro me daba escalofríos. Tras él no había nada salvo muro empastado.

    Escuché el tintineo del cristal tras de mí. Dot estaba sacando botellas del armario del licor para ver si había un compartimento oculto tras él.

    Fuí hacia allí, tomé un vaso y me serví dos dedos de Glenfiddich. Me senté en un sillón de cuero y me lo bebí, observando a Dot hacer el registro. Ella empezó a ponerse frenética. Cuando pasó por la silla la cogí por la cintura y la senté en mi regazo.

    -"¡ey! ¡Suéltame!" graznó.

    -"Vamos a probar en el dormitorio," dije.

    Saltó de mi regazo.

    -"Buena idea." y salió de la habitación.

    Esto estaba volviéndose una odisea típica de Dot, mucho tocar pero nada de cosquillas. Dejé mi vaso y la seguí.

    La encontré en el dormitorio rebuscando en un baúl de cajones, tirando ropa sobre la cama. Abrí el vestidor. Dentro colgaban un montón de chaquetas y camisas de franela y pantalones vaqueros, con un par de botas de monta y algunas sandalias alineadas pulcramente en el suelo. Retiré las ropas colgadas a un lado y, allí, en el fondo trasero, había una puerta.

    - "Dot, trae esa linterna aquí."

    Ella llegó e iluminó dentro del armario. Recorrí el borde de la puerta con la mano. Tenía un metro de altura, fundida con el muro, el mismo color blanquecino pero fria al tacto, hecha de metal. Sin goznes visibles y sin cerradura, sólo una maneta como una polea.

    -"Eso no es una caja fuerte," dijo Dot.

    -"No me digas, Sherlock."

    Ella hincó el hombro para pasar delante mía, se agachó y giró la maneta. La puerta se abrió hacia la oscuridad. Ella enfocó la linterna delante suya; yo no podía ver con ella delante.

    -"Jesus Cristo Todo Poderoso," dijo ella.


    ***********

    CONTINUARÁ...
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    Respuesta: John Kessel. Relato: "El Plan" (Adaptación)

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    PARTE II


    -"¿Qué?"

    -"Escalones."

    Dot avanzó, luego bajó las escaleras. Yo empujé las ropas a un lado y la seguí.

    La alfombra del suelo se detenía en el umbral, dentro había un suelo de cemento y un estrecho vuelo de escaleras conducía abajo. Un pasador de metal negro recorría el lado derecho. Los muros eran de cemento basto, sin pintura. Dot descendía delante mía hasta abajo, donde se detuvo.

    Cuando llegué ví el porqué. Las escaleras llevaban a una extensa habitación oscura. El suelo terminaba a medio camino a lo largo de ella y, más allá, a cada lado, de izquierda a derecha, bajo el techo de bóveda, había túneles abiertos. Desde un túnel abierto a otro seguía un par de railes brillantes. Estabamos de pie frente a una plataforma de metro.

    Dot caminó hasta el final de la plataforma y enfocó la linterna hacia el túnel. Los railes brillaron hasta perderse en la distancia.

    -"Esto claramante no es una caja fuerte," dije yo.

    -"Quizá es un refugio antibombas," dijo Dot.

    Antes de que pudiera resolver un modo educado de reirme de ella, noté un luz creciendo desde el túnel. Sopló una ligera brisa. La luz aumentaba como un foco en aproximación y con ella un zumbido en el aire. Apoyé la espalda hacia las escaleras pero Dot se quedó a mirar por el túnel.

    -"¡Dot!" llamé.

    Me ignoró con un gesto de su mano y aunque dió un paso atrás continuó observando. Desde el túnel se deslizó un vagón hasta pararse frente a nosotros. No era mayor que una furgoneta. Forma de lágrima, hecho de metal plateado pulido, su única luz iluminaba la pista a lo lejos. El vagón no tenía ventanas pero, cuando estuvimos delante, se deslizó una puerta lateral. El interior estaba tenuemente iluminado con asientos rojos elegantes.

    Dot avanzó un paso y metió la cabeza dentro.

    -"¿Qué estás haciendo?" pregunté.

    -"Está vacío," dijo Dot. "Sin conductor. Vamos."

    -"No lo dices en serio."

    Dot se agachó y entró. Se giró y sacó la cabeza para mirarme desde el bajo umbral.

    - "No seas cobardica, Sid."

    -"No hagas la loca, Dot. Ni siquiera sabemos qué es esta cosa."

    -"¿No has salido nunca de Mayberry? Es un metro."

    -"¿Pero quién lo construyó? ¿A dónde va? ¿Y qué demonios està haciendo en Jackson County?"

    -"¿Y yo qué sé? Quizá podamos averiguarlo."

    El vagón simplemente permanecía allí. El aire estaba inmóvil. La luz rubí tras ella proyectaba la sombra de la cara de Dot. La seguí dentro del vagón.

    -"No me parece buena idea."

    -"Relájate."

    Había dos bancos de asientos, cada uno para dos personas y suficiente espacio en el lado de la puerta para moverse de uno a otro. Dot se sentó en uno de los asientos con su gran bolso en el regazo, tranquila como un Cristiano con cuatro ases. Me senté a su lado. Tan pronto como lo hice, la puerta se cerró y el vagón comenzó a moverse, cogiendo velocidad suavemente, empujándonos contra el firme tapizado. El único sonido era el gradual aumento del zumbido que alcanzó una frecuencia media y se mantuvo ahí. Traté de respirar. No había ningún clack de los railes ni vibración. Delante nuestra, el vagón se estrechaba como una punta de bala y el corazón de esa nariz era una ventana circular. Por la ventana sólo veía oscuridad. Tras un rato, me preguntaba si aún nos estábamos moviendo cuando una luz apareció delante, un pequeño resplandor primero y luego más brillante y grande hasta que nos pasó al lado a una velocidad que me dijo que el vagoncito se movía más rápido de lo que me preocupé por suponer.

    -"Esa gente que tiene la casa," pregunté a Dot, "¿de qué planeta dices que eran?"

    Dot buscó en el bolso y sacó una pistola, la apoyó en el regazo y rebuscó de nuevo hasta encontrar un paquete de "Fruta Jugosa". Sacó una barra y luego me tendió el paquete:

    -"¿Chicle?"

    -"No gracias."

    Ella dejó el paquete el bolso y también la pistola. Tiró de la cinta de plástico amarilla de la barra, desenvolvió el papel de su chicle y se lo metió en la boca. Tras envolver el papel con cuidado lo dejó sobre el asiento delante nuestro.

    Yo estaba a punto de gritar.

    -"¿A dónde coño vamos, Dot? ¿Qué está pasando aquí?"

    -"No tengo ni idea a dónde vamos, Sid. Si hubiera sabido que ibas a ser tan wuss, nunca te hubiera llamado."

    -"¿Sabías algo de todo esto?"

    -"Claro que no. Pero apostaría que vamos a llegar a algún lugar pronto."

    Despegué del asiento y avancé al banco delantero dándole la espalda. Eso no me calmó los nervios: podía oirla masticando el chicle y sentía sus ojos en la nuca. El vagón corría en la oscuridad, interrumpida tan sólo por la ocasional lanza de luz de flash pasada. Dado que no parecía que estuvieramos llegando a ningún lugar realmente pronto, tuve tiempo de contemplar las razones por las que era un idiota: la número uno era el modo en que había dejado que una ex bailarina de Mebane guiara mi imaginación durante los últimos diez años.

    Justo cuando pensaba que no podía estar más enfadado, Dot se levantó del asiento de atrás, se sentó a mi lado y me cogió la mano.

    - "Lo siento, Sid. Algún día te lo compensaré."

    -"¿Sí?" dije. "Pues dame un chicle."

    Me dió una barrita. Su envoltorio vacío había caído sobre el asiento entre nosotros; arrugué el papel del mío y lo dejé junto al suyo.

    No había comenzado a mascar cuando el sonido del vagón disminuyó y sentí que aminorábamos. La ventana frontal se hizo un poco más brillante y el vagón se detuvo. La puerta se abrió.

    La plataforma en la que se abrió estaba mejor iluminada que aquella bajo la casa en el "Cerro Azul". De pie sobre ella había tres personas, dos hombres y una mujer. Los dos hombres vestían trajes oscuros idénticos, del tipo que los banqueros con mucho dinero llevan en el centro de Charlotte: los trajes lucían como ninguna ropa me había quedado nunca, cosidos con más esmero que el beso de una madre. La mujer, esbelta, rubia con moño de bibliotecaria, lo único que le daba tal apariencia, llevaba un vestido azul oscuro. Permanecieron allí durante un momento, luego uno de los hombres dijo:

    - "Disculpen. Ya están aquí. ¿Van a salir?"

    Dot se levantó y me dió un codazo y, finalmente, puse mis piernas dormidas a funcionar. Salimos a la plataforma y las tres personas entraron en el vagón, la puerta se deslizó hasta cerrarse y el vagón desapareció en la oscuridad.

    Hacía frio en el andén y una leve brisa surgía del arco del pasillo. En vez de tosco hormigón como el túnel bajo la casa, aquí el techo y las paredes eran de fino estuco. Tallado sobre el arco había un hombre agachado llevando un tipo de toga romana o griega, portando un libro bajo un brazo y una antorcha con el otro. Tenía una amplia frente, nariz recta y se parecía a un guardia de la Central llamado Pisarkiewicz, solo que mucho mas listo. Luz dorada se filtraba de los adornos del techo como huevos de rana.

    -"¿Ahora qué?" pregunté.

    Dot se dirigió al pasillo abovedado.

    -"¿Qué tenemos que perder?"

    Pasado el arco, una rampa conducía hacia arriba, cambiando de sentido cada 10 metros o así. Un par de mujeres, tan bien vestidas como la que vimos en el andén, se cruzó con nosotros yendo en la otra dirección. Tratamos de parecer que pertenecíamos a aquel lugar, aunque el pelo de Dot era un nido de ratas, yo llevaba vaqueros y zapatillas, no me había afeitado desde la mañana y mi aliento olía a whisky escocés y a "Fruta Jugosa".
    ********
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