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    Post Cory Doctorow: Un Lugar Tan Extraño (Completa)

    Un Lugar tan Extraño
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Sr. Doctorow.
    (Original Title: A Place So Foreign, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************

    Mi Pa desapareció en algún lugar en el loco 1975 cuando yo tenía apenas catorce años. Él era Embajador de 1975 pero de vuelta a casa en 1898, en New Jerusalem,
    Utah; todos pensaban que él era Embajador de Francia. Cuando desapareció, Mamá y yo volvimos a través de la puerta de triple cerrojo que conducía desde nuestro apartamento en 1975 hasta nuestra casa en 1898. Regresábamos a las calles de polvo de New Jerusalem y yo tenía que seguir recordándome a mí mismo que se suponía que debía haber estado en Francia. Iba con mis amigos a contarle a los embusteros que existía la Torre Eiffel y que comíamos pan lujoso y caracoles y ranas.

    Nací en New Jerusalem y crecí allí hasta los diez. Luego, un día de verano, mi Pa me sentó sobre sus rodillas y me dijo que teníamos que irnos por un tiempo, que él tenía un nuevo trabajo.

    -Pero, ¿qué pasará con la tienda?, dije escandalizado.

    La maravillosa tienda de mi Pa, el único Almacén General de la ciudad no llevado por los Santos, era mi segunda casa.

    Había pasado mi vida entera gateando y luego andando sobre los suelos de madera polvorienta comprobando el inventario y abriendo cajones con mis notas de viaje de lugares exóticos como Salt Lake City o, incluso, San Francisco.

    Pa parecía incómodo.

    -Sr Johnstone la va a comprar.

    Mi boca cayó. James H Johnstone era un tipo que iba de elegante, un listo de ciudad como nunca puedes desear conocer. Había volado a la ciudad en el Céfiro Speedball y el delgaducho de Tommy Benson había llevado sus tres enormes baúles humeantes hasta el hotel vaquero. El tipo le dió dos dólares de propina a Tommy, en billetes de Wells-Fargo, y luego, en el patio vacío detrás de la herrería, todos los chicos de New Jerusalem se habían reunido en torno a Tommy para mirar la pequeña fortuna de billetes que nunca habían visto.

    -¡Pa, no!, dije sin pensar.

    Sabía que si mis amigos hablaban a sus padres de esa forma, los azotaban, pero mi Pa nunca me había azotado.

    Él sonrió y se estiró el fino bigote por la cara.

    -James, sé que adoras la tienda pero ya está decidido. Una vez llegues a Francia, verás que tiene maravillas que superan todo lo que se vende en la tienda.

    -Nada es mejor que la tienda, dije.

    Él dió una carcajada y me arrugó el pelo.

    -No estés tan seguro, hijo. Hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que pueda soñar tu filosofía.

    Era una de sus frases, de Shakespeare, que él había estudiado en el este antes de que yo naciera. Significaba que la discusión se había terminado.

    Decidí suspender el juicio hasta que viera Francia pero aún no podía quitarme la idea de que a mi Pa se le estaba yendo la cabeza. El Sr Johnstone no era adecuado ni para vender un carro de manzanas. Era bajito y delgado, no como mi Pa, que era, segün mi impresión, el hombre más grande y fuerte del mundo entero. Yo amaba a mi Pa.

    * * * * *

    Bueno, cuando hacíamos el equipaje y Pa entró en el establo para coger nuestro equipo, me figuraba que haríamos un viaje corto hasta la estación de tren. Todos mis amigos estaban esperando allí para despedirnos y le había prometido a mi mejor colega Oly Sweynsdatter que le dejaría llevar mi sombrero de piel de mapache hasta que yo volviera. Pero en vez de eso, Pa nos condujo al límite del pueblo donde la carretera tenía un camino hecho una ruina y nos esperaba el Sr James H Johnstone con su propia carreta de paño lujoso. Pa y yo cargamos nuestro equipaje en la carreta de Johnstone, nos metimos dentro con Mamá y nos acurrucamos para que no pudieran vernos desde fuera. Mamá dijo:

    -Quédate callado ahora, James. Hay partes de este viaje sobre las que no podíamos hablarte hasta que nos fuéramos, pero tienes que quedarte en silencio y guardarte las preguntas hasta que lleguemos.

    Yo casi dije: ¿a dónde vamos?, pero no lo hice porque Mamá nunca me había mirado tan seria en todos los días desde mi nacimiento. Así que pasé una hora acurrucado allí, escuchando el traqueteo de las ruedas y tratando de adivinar dónde íbamos.
    Cuando oí que la carreta se paraba y que varias puertas de madera se cerraban, todas mis ideas se secaron y volaron porque no se me ocurría dónde podíamos estar para oir esos sonidos en el desierto.

    Así que, imagina mi sorpresa cuando me pongo de pie y descubro que... ¡estamos otra vez en nuestra propia casa!, ¡hemos hecho un círculo alrededor del pueblo y hemos vuelto a dónde habíamos empezado!

    Mamá puso un dedo en sus labios y cogió la amable mano del Sr Johnstone que la ayudó a bajar de la carreta.

    Mi Pa y el Sr. Johnstone empezaron a mover las pilas de bala de heno que estaban en las vigas, hasta que dejaron al descubierto una puerta de triple cerrojo que parecía nueva y resistente, con los bordes recién serrados aún amarillos y brillantes; no era como el gastado marrón del resto del granero.

    Pa tomó un anillo con llaves del bolsillo de su chaleco y abrió los cerrojos, luego abrió la puerta. Cada uno de nosostros nos pusimos al hombro nuestras bolsas y caminamos, con misterioso silencio, hasta una habitación totalmente a oscuras.

    Pa empujó la puerta y la cerró, luego se oyó un fino click, y estabamos en 1975.

    * * * * *

    1975 tenía un aspecto extraño. Nuestro apartamento era un rombo de plata puesto en el centro de un donut con forma de letra G. Pa hizo algo gracioso con sus manos y los muros se volvieron transparentes y, lo juro, me caí al suelo y, por lo bien que me convenía, me agarré a unas baldosas de goma. Mis ojos me decían que estábamos a cientos de metros del suelo y, aunque yo saltaba de las vigas del establo hasta el heno muchas veces, descubrí de pronto que tenía miedo a las alturas.

    Tras ese primer mareo y vistazo de 1975, yo mantenía los ojos cerrados y apretados, por lo bien que me convenía. Después de un minuto o dos, mi estómago me dijo que no estaba cayendo y que no oía ningún fuerte viento o canto de pájaros, nada; excepto a Mamá y Pa riéndo. Abrí un ojo y eché un vistazo. Mis padres se reían tanto que se sujetaban el uno al otro para no caerse y se apoyaban en el aire. Pa tenía la espalda apoyada contra nada en absoluto.

    Yo me puse en pie y caminé hacia el borde muy despacio. Extendí el dedo y rebotaba contra un muro invisible, frío y suave como la nieve en invierno.

    -James, dijo mi Pa, sonriendo tanto que su fino bigote era una línea en su cara. ¡Bienvenido a 1975!

    * * * * *

    La misión de embajador de Pa significaba que pasaba fuera de casa largas semanas y muy a menudo, teleportándose de vuelta sólo para la cena del domingo. El fuerte olor de mundos distantes y alienígenas le acompañaba incluso después de haberse lavado. La última cena del domingo que estuve con él, Mamá habìa hecho puré de patatas y pan de maìz con salsa y pollo, pasando el día entero en la cocina de leña de 1898 (en realidad, allí era 1901, pero yo siempre pensaba en aquella casa como la de 1898). Ella había movido la cocina al establo tras una semana peleando con los chismes que teníamos en nuestra cocina de 1975 y cuando Pa le advirtió de que el humo levantaría pregtuntas en New Jerusalem, ella le explicó que pondría una manguera flexible hasta nuestra 75 y la conectaría en el ventilador del aire del apartamento. Pa sacudió su cabeza y le sonrió y cada domingo, ella arrastraba la manguera a través de la puerta.

    Esa noche, Pa se sentó y dió gracias y estaba en mangas de camisa con sus tirantes sueltos. Era casi como las millones de cenas de domingo que hacíamos con luz de gas y una sudorosa jarra de limonada en medio de la mesa, que tenía flores silvestres de temporada; y un apestoso puro pues Pa, después, se sentaba en su silla y descansaba con una mano en su barriga, como si no pudiera creer cómo se las había ingeniado Mamá para empacharlo tanto.

    -¿Cómo están yendo tus estudios, James?, me preguntó cuando el mayordomo robot había terminado de limpiar los platos y los había puesto estrepitosamente en su rincón.

    -Muy bien, señor, estamos empezando cálculo ahora.

    A decir verdad, yo odiaba el cálculo, odiaba a Isaac Newton y las asíntotas y todo ese apestoso asunto. Incluso con las inyecciones de aprendizaje viral era como nadar en melaza para mí.

    -¡Cálculo! Bueno, bueno, bueno.

    Esta era una de las frases de relleno de Pa, como: ¿puedes creer esto?; ¿qué sabe uno?; o bueno, bueno, bueno.

    -No puedo creer lo que meten en la cabeza a los crios aquí.

    -Sí, señor. Hay un montón horrible de cosas por aprender todavía.

    Terminábamos una asignatura cada dos semanas. Hasta el momento, yo había terminado Francés, Biología Molecular y Celular, Física y Astrofìsica, Esperanto, Cantonés, Mandarín y una lengua Alienígena cuyo nombre traducìamos como Estándar. Yo estaba exento de Historia, claro, junto a los otros alumnos allí del pasado: la niña de la Dinastía Ming, el chico Romano y el niño Injun de América del Sur.

    Pa se rió moviendo su puro y cruzó las piernas. Sus zapatos eran tan grandes que parecían canoas.

    -Seguro que sí, hijo. Seguro que sí. ¿Y cómo te va con tus compañeros de clase? ¿Alguna riña sobre la que tu profesor querrá hablarme?.

    -¡No, señor! Somos todos amigos, incluso con las chicas.

    Los chicos en 75 ni siquiera advertían lo que estaban haciendo en la escuela. Simplemente, se sentaban en sus mesas de trabajo y esperaban que les llenaran los cerebros con lo que fuera que tocaba ese día. Salían a las tres y nunca se quejaban sobre que algo era muy difícil o aburrido.

    -Me alegra oir eso. Siempre has sido un buen chico, hijo. Te propongo algo: tú me traes buenas notas estas Navidades y yo te llevo de vacaciones a que veas los anillos de Saturno.

    En ese monento, Mamá le disparó una mirada pero él fingió no notarla. Dió una calada a su puro, se ajustó los tirantes, se puso su abrigo del frac, su sombrero de copa, su fajín de embajador y recogió su maletín de cuero.

    -Buenas noches, hijo. Buenas noches, Ulla. Os veré el miércoles, dijo.

    Y entró en el teleportador.

    Esa fue la última vez que volví a verlo.

    * * * * *

    -¿Murió de indigestión de caracoles?, me dijo Oly Sweynsdatter una vez más.

    Cerré la mano en un puño y le golpeé bajo la nariz.

    -Por última vez, sí. Pregúntame otra vez y te comes otro.

    Había regresado hacía un mes y todo ese tiempo Oly me había seguido a todos lados como un pony tímido, siempre cerca pero con miedo a hablarme. Al final, lo agarré y lo sacudí y le dije que no fuera tan bobo, que me dijera qué estaba pensando. Él quería saber cómo había muerto mi Pa, sobre lo de Francia. Le dije la razón que Mamá, el Sr Johnstone y el hombre de la embajada habían resuelto juntos. Ahora, lo lamentaba. Ya no podía hacer que se mantuviera callado.

    -Perdón, vale, perdón, dijo él dando un paso atrás.

    Estábamos en el orfanato detrás del patio de la escuela, tirando manzanas podridas de las ramas de los árboles para verlas estallar.

    -¿Quieres saber algo?.

    -Claro, dije.

    -A Tommy Benson le gusta Marta Helprin. Es asqueroso. Se cogen de la mano ¡en la iglesia! Ninguno de la pandilla hablará más con él.

    Yo no veía dónde estaba el problema. Allá en los 75, teníamos una sesión de dos semanas de reproducción sexual, como todas las otras asignaturas. La mayoría de los alumnos ya estaban en parejas, en bounceataria secretas de baja gravedad y alquilando cubìculos privados con fichas imposibles de rastrear.

    Yo, incluso, ya había tenido una cita con una chica, Katebe M'Buto, otra estudiante de intercambio de la Esfera de Comercio de la Unión Africana.

    La recogí en su apartamento y su padre me estrechó la mano, crecen rápido en la ECUA. Por supuesto, nunca se lo conté a mis padres. A Pa se le habría roto un eje.

    -Sí, vale, muy asqueroso, dije sin mucha convicción.

    -¿Quieres que bajemos al río? Les dije a Amos y Luke que iría después de comer.

    A mi no me apetecía mucho pero no tenía nada mejor que hacer. Caminamos hasta la piscina, donde algunos chicos ya estaban desnudos, nadando y a caballito por ahí. Me sorprendí desviando la mirada, consciente de su desnudez de una forma que no había considerado antes. Todos los chicos del pueblo nadábamos allí todos los veranos.

    Dí la espalda al grupo y me quité la ropa, luego corrí al agua tan rápido como pude.

    Nadé por ahì un rato, sin mucho empeño y luego me sorprendí al hundirme de pronto. Mis nasales se llenaron de agua, grité una salva de burbujas y cerré mi boca cuando comencé a tragar agua. Fuertes manos sujetaban mis tobillos. Pateé todo lo fuerte que pude y conecté con la cabeza de alguien. Las manos me dejaron libre y ascendí como un corcho, escupiendo y tosiendo. Corrí hacia la orilla y ví a uno de los hermanos Allen saliendo a la superficie, frotándose la cabeza y riendo. Los cuatro chicos Allen vivían en un rancho de las afueras cerca de las salinas con sus padres y sólo los veíamos cuando venían al pueblo a por suministros. A mí nunca me habían caído bien pero ahora los odiaba.

    -¡Eres un cerdo!, le grité. ¡Un estúpido cerdo podrido!. ¿Qué diantres crees que estabas haciendo?.

    Los Allens siguieron riendo. Yo solía saber todos sus nombres pero, durante el tiempo que estuve en el 75, ya habían crecido indistinguibles como gemelos, grandes, chicos duros con sus cabezas afeitadas por las liendres. Me señalaban y reían. Yo localicé una piedra plana en la orilla y la lancé tan fuerte como pude, apuntando a la cabeza del que me había sumergido.

    Por suerte para él, ¡y para mí!, yo estaba demasiado enfadado para apuntar bien y la piedra le golpeó en el hombro, empujándole hacia atrás. Me gritó, era como el rugido de un animal salvaje y los cuatro hermanos cargaron.

    Oly apareció a mi lado.

    -¡Corre!, me gritó.

    Yo estaba demasiado enfadado. Cerré los puños y permanecí a la espera. El primero salió del agua hacia mi y me golpeó en la barriga tan fuerte que ví las estrellas. Caí al suelo, jadeando. Miré arriba hacia un bosque de fuertes piernas y supe que me habían rodeado.

    -¡El Sheriff!, gritó Oly.

    Las piernas desaparecieron. Luché para ponerme de rodillas.

    Oly colapsó en suelo a mi lado, riendo.

    -¿Has visto cómo corrían?, ¡El Sheriff nunca viene aquí bajo al río!.

    -Gracias, dije entre jadeos y empecé a vestirme.

    -De nada, dijo. Ahora, vamos a nadar un poco.

    -No, tengo que volver a casa y ayudar a Mamá, mentí. Ya no me apetecía chapotear sin ropa, quizá nunca más me apeteciera.

    Oly me lanzó una extraña mirada.

    -Vale, ya te veré.

    * * * * *
    (CONTIUARÁ)
    Última edición por Artifacs; 01-Dec-2017 a las 14:35
    "Al principio se creó el universo. Esto cabreó a mucha gente y fue ampliamente considerado como un mal movimiento."
    Douglas Adams (Guía del Autoestopista Galáctico)

  2. #2
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    Post Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Sr. Doctorow.
    (Original Title: A Place So Foreign, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************
    Fuí directo a casa, corriendo camino abajo, tan rápido como pude, sin mirar incluso por dónde iba. Dí un portazo y subí las escaleras de dos en dos hasta la escala del ático y subí, luego, pasé el cerrojo de la trampilla y me senté en la oscuridad, con las rodillas en el pecho.

    Abajo, Mamá gritó a media voz.

    -¿James? ¿Eres tú?, como siempre hacía cuando llegaba a casa. La ignoré, como siempre y dejó de preocuparse, como siempre.

    El último viaje de Pa había sido en la corte del Dalai Lama en 1975. El hombre de la embajada dijo que había ido para hablar con los monjes sobre un papel en blanco que las dos emabajadas iban a presentar conjuntamente sobre el efecto de las embajadurías miméticas en las almas reencarnadas. Todo era un sin sentido para mí. Él nunca había llegado. El teleportador dijo que lo había depositado suavemente en el suelo del castillo flotante del Lama sobre el Mar Caspio pero los monjes nunca lo vieron allí.

    Y eso fue todo.

    Había pasado un mes desde nuestro regreso. Me habìa aventurado por el pueblo buscando a mis amigos y los encontré tan llenos de chismorreos que no significaban nada para mí; tan absortos en sus juegos que parecían infantiles para mí; tan extraños que me hicieron retirarme a casa. Al principio, yo había metodeado por nuestra casa como un ladrón y cuando regresé al ático, toda la apatía que me había envuelto desde que el hombre del Departamento de Estado se había teleportado en nuestro apartamento se había deshecho y comenzado a gritar.

    El ático había sido siempre el dominio de Pa. Él subía aquì arriba con cualquier chiflado invento que había pedido ese mes de un catálogo o de uno de los caros periódicos extraños a los que estaba suscrito.
    Y allí cosia y sudaba y se mordía el pulgar y desgarraba paños en un stray dingus y fumaba sus puros y pasaba un montón de tiempo.

    Las amortiguadas pisadas de sus pies y la distante salva de maldiciones mientras me sentaba en el rellano de la escalera había sido el sonido más hogareño que conocía. Mamá y yo cerrábamos los ojos cada vez que una, particularmente enérgica, ronda de gritos retumbaban abajo; y Mamá mostraba una pequeña risita y sus ojos se arrugaban y yo sentìa como si estuviéramos compartiendo un secreto.

    Ahora, el ático era mi dominio privado: había una estantería de elixires, llena de medicinas para pacientes, tónicos capilares y jeringas de émbolo. Había una librería llena de locas teorías y cuentos de fantasticas aventuras. Había cajones llenos de peligrosas máquinas de fuego a carbón, una máquina lavarropa automática, un recogedor de cerezas y otros chismes cuya naturaleza no podía apenas ni imaginar. Ninguno de ellos había funcionado nunca pero me gustaba recorrerlos con las manos, sentir la suavidad del acero de sus componentes, desmontarlos y montarlos. Atrás, en el 75, yo habìa tratado una vez de desmontar el mayordomo robot, sólo para echar un vistado sobre cómo lo habìan ensamblado; pero fue una causa perdida, no pude siquiera descubrir cómo se le quitaba la tapa.

    Caminé por la frìa oscuridad. La única luz llegaba desde la mugrienta ventana del ático y acaricié cada pieza. Cogí una lámpara de aceite y comencé a lubricar las juntas y los ejes y los soportes de cada máquina por turnos. Pa hubiera querido saber que todo estaba en perfecto estado de funcionamiento.

    * * * * *

    -Creo que deberías ir a la escuela, James, Mamá dijo en el desayuno.

    Yo ya había terminado mis rezos de la mañana, traído el carbón, cortado la leña, quemado los rastrojos, cuidado de las vacas y hecho mi cama.

    Comí un tenedor lleno, mojado en la salsa y una cucharada repleta de gachas, mastiqué y miré a mi plato.

    -Es el tiempo, el tiempo. No puedes pasar el resto de tu vida vagando de mal humor por aquí. Tu padre habría querido que siguiéramos con nuestras vidas.

    Incluso aunque yo no estaba mirando hacia ella cuando dijo aquello, yo sabía que sus ojos estaban brillando por las lágrimas, del modo en que siempre estaban cuando mencionaba a Pa. Miré su silla habitual en la mesa, vacía. Dí otro bocado de salsa.

    -¡James Arthur Nicholson! ¡Mírame cuando hablo contigo!

    Levanté la mirada en un acto reflejo, como siempre hacìa cuando mencionaba mi nombre completo. Mis ojos se deslizaron por su cara, luego se enfocaron en algún punto sobre su hombro izquierdo.

    -Sí.

    -Vas a ir a la escuela. Hoy. Y espero recibir un buen informe del Sr
    Adelson.

    -Sí.

    * * * * *

    Tenemos dos escuelas en New Jerusalem: la escuela elemental, que se construyó veinte años antes cuando pusieron las aceras de madera y la plaza del pueblo; y la, no oficialmente, Academia, que se construyó justo antes de que partiera para 1975.

    La señora Tannenbaum, una dama solterona con bigote y un alegre acento germano, aterrorizaba a los pequeños en la escuela elemental. Yo había quedado atrapado en su clase durante cinco largos años. El Sr Adelson, que había sido criado en San Francisco y que había trabajado como un roustabout, un operador de telégrafo y un marino mercante, enseñaba en la Academia; y sus locas historias eran todo sobre lo que Oly podía hablar.

    Levantó una ceja enigmáticamente cuando entré por la puerta a las 8:00 esa mañana. Era alto como mi Pa, pero Pa había sido tan grande como un buey y el Sr Adelson era delgado y nervioso. Llevaba pantalones arrugados y una camisa con un cuello de celuloide desgastado. Tenía una pequeña barba que le hacía parecer un caballero pirata y usaba una pringosa pomada para engrasarse el pelo hacia atrás desde la frente. Lo encontré leyendo, hojeando las páginas manuscritas de un volumen forrado en piel.

    -¿Sr Adelson?

    -¡Vaya, James Nicholson! ¿Qué puedo hacer por tí, hijito?

    New Jerusalem sólo tenía 2,000 ciudadanos y, en el pueblo, sólo un centenar o así; de modo que él sabía quién era yo, pero me sorprendió oirle pronunciar mi nombre con su weatherbeaten voz de grillo.

    -Mi madre dice que tengo que ir a la Academia.

    -¿Eso dice, hey? ¿Qué opinas tú de eso?.

    Di una corta mirada a su cara para ver si me estaba apuntando pero no pude saberlo, él había levantado su otra ceja ahora y estaba mirándome directamente. Podría haber sido el inicio de una sonrisa en su cara pero era difícil de saberlo con la barba.

    -Supongo que no importa lo que yo opine.

    -Oh, no estoy seguro de eso. Esto es una escuela no una prisión, después detodo. ¿Qué edad tienes?.

    -Catorce, señor.

    -Eso te pondría con los seniors. ¿Crees que puedes seguir su ritmo de estudio? Estamos a mitad del semestre ahora y no sé cuánto te habrán enseñado cuando estabas en...

    Tragó.

    -...Francia.

    No sabía qué decir a eso, así que, simplemente, ne quedé mirando mis rígidos e incómodos zapatos.

    -¿Qué tal estás en Matemáticas? ¿Has estudiado geometría? ¿Álgebra básica?

    -Sí, señor. Nos han enseñado todo eso.

    Y un montón más, además. Yo tenía la impresión de icebergs de conocimiento flotando en mi cerebro, preparado para surcar las olas y estrellarse en los muros de mi cráneo.

    -Muy bien. Hoy estudiamos Matemáticas en la clase de los seniors. Veremos qué tal te va. ¿Te parece bien?.

    De nuevo, no sabía si estaba preguntándo realmente, así que dije:

    -Sí, señor.

    -Maravilloso. Te veremos luego en la campana de las 8:30. Y James...

    Hizo una pausa para que le mirara, sus cejas descansaban:

    -...Siento lo de tu padre. Hablé con él varias veces. Era un buen hombre.

    -Gracias, señor, dije, incapaz de apartar mi mirada de él.

    * * * * *

    La primera mitad del día pasó con increíble lentitud mientras yo copiaba problemas en mi pizarra y fingía que trataba de resolverlos antes de escribir las respuestas que ya sabía nada más leer las preguntas.

    A la hora de la comida, encontré un asiento en la base de un gran sauce delante de la escuela y desenvolví el papel acartonado del fino sandwich que Mamá me había preparado. Lo masticaba y conjugaba verbos latinos en mi cabeza, tratando de pasar el día.
    Oly y la pandilla estaban haciendo el bruto en el patio, jugando a sigue-al-líder con Amos Gundersen al frente, que se exibía caminando sobre sus manos y esprintando luego con las piernas. La madre de Amos venía de la gente del circo desde Rusia y todos los chicos de su familia habían querido ser acróbatas de mayores.

    Traté de no mirarles.

    Estaba deleitado con una oruga, que estaba reptando por el camal del pantalón cuando el Sr Adelson se aclaró la garganta detrás mía. Yo me sobresalté, la oruga resbaló al suelo y el Sr Adelson estaba squatting sobre sus langas piernas a mi lado.

    -¿Te está gustando tu primer día, James?, preguntó con su limada voz.

    -Está bien, señor.

    -¿Y el trabajo? ¿Eres capaz de mantenerte con la clase?.

    -No es problema para mí. Hemos estudiado esto cuando estuve fuera.

    -¿Te aburre? ¿Necesitas algo más desafiante?

    -Está bien, señor. A menos que quiera usted asignarme algunos problemas de factorización de grandes números primos.

    -Correcto entonces. No dudes en llamarme si las cosas se mueven demasiado lento o demasiado rápido. Lo digo en serio.

    Le eché otra corta mirada. Parecía sincero.

    -¿Porqué no estás jugando con tus amigos?.

    -No me apetece.

    -¿Sólo querías pensar?.

    -Supongo.

    ¿Porqué no me dejaba en paz?.

    -Es duro volver a casa, ¿verdad?.

    Me quedé mirando los zapatos. ¿Qué sabía él sobre eso?.

    -He visto mundo, ¿sabías? He navegado con una goleta a vapor, el Slippery Trick. He visto a los salvajes desnudos de la Polinesia y las brujas voodoo que adoran los esclavos liberados del Caribe y los coolies tirando de los rickshaws en Peking. Fue tan duro volver a casa, en Frisco, tras cinco años en el mar.

    Para mi sorpresa, se sentó a mi lado, en la suciedad y las raíces de la base del árbol.

    -Sabes, a bordo del Trick, me llamaban Runnyguts. Vomité cada hora durante mi primer mes. ¡Era más infalible que el reloj! Pero no significaba nada por ello. Cuando vives con una tripulación durante años, llegas a ser una persona diferente. Estábamos fuera en el mar, nada excepto agua hasta donde alcanzara la vista, y jugábamos a las cartas con el mismo mazo. Nos contábamos unos a otros chistes que ya sabíamos y todas las historias sobre nuestro hogar. Conocíamos ese mazo de cartas tan bien: cuál tenía una mancha de sal detrás, cuál tenía la esquina doblada y cuál se había oscurecido; y gritábamos al sol de aburrimiento. Pero entonces, tomábamos puerto en alguna ciudad extraña y bajábamos la plancha con nuestras mejores ropas, veinte hombres que se conocían entre ellos mejor que hermanos, duros y marrones por meses de mar y era como si pasase lo que pasase en esa extraña llamada a puerto, saldríamos siempre a flote.

    -Y entonces, regresé a Frisco y el Capitán me estrechó la mano y me dió una bolsa de oro y me vió partir. Y nunca me he sentido tan solo y nunca he visto un lugar tan extraño.


    -Volví a mis viejos obsesiones, las cantinas donde salía por una cerveza después de un día de trabajo en los muelles y las salas de bailes y los teatros y ví a mis viejos amigos. Fue duro, James.

    Se detuvo. Me sorprendí diciendo:

    -¿Cómo de duro fue, Sr Adelson?

    -Me miró sorprendido, como si hubiera olvidado que estaba hablando conmigo.

    -Bueno, James, es como esto: cuando estás fuera tanto tiempo, tienes que inventarte a tí mismo una y otra vez. Claro, todos nos inventamos mientras crecemos. Tus amigos ahí.

    Hizo un gesto hacia los chicos que ahora estaban tratando, con variado éxito, dar la vuelta en el aire de un salto, ensuciándose los uniformes de la escuela.

    -Se están inventando a ellos mismos justo ahora, lo sepan ellos o no. El listo, el fuerte, el valiente, el triste. ¡Y seguirá así hasta que coincida!.

    -Pero cuando te vas, nadie te conoce y puedes ser el que tu quieras. Puedes esquilar tu propia lana y crecer una nueva. Cuando nos fuimos al mar, yo era sólo un jovencito de dieciocho años y fresco desde la casa de mi Pa. Él era un ingeniero de tranvía y quería que siguiera sus huellas, conseguir un puesto de aprendiz y unirme a él allì bajo las colinas,lubricando las poleas gigantes. Pero no,¡yo no!. Yo quería salir al mar y ver el mundo. Nunca había estado fuera de la ciudad, ¿puedes creerlo? El primer puerto en el que tomé orilla fue en Haiti y cuando ponía un pie fuera del muelle, era como si mi vida empezara una y otra y vez. Me hice un tatuaje y bebía licor fuerte y jugaba en las cantinas e hice todas esas cosas que un hombre hacía.

    Tenía una mirada lejana ahora, mirando el juego de los chicos sin verlo.

    -Y cuando volví a bordo, enfermo, cansado y roto, había un nuevo chico allí, un negro de Port-Au-Prince que había firmado para ser un chico de camarote. Se llamaba Jean-Paul y no hablaba una palabra de inglés y yo no hablaba una palabra de francés. Lo tomé bajo mi ala, James, y actué como si hubiera estado en el mar toda mi vida. Le enseñe las cuerdas, le enseñe a jugar a las cartas y le ordenaba tareas; y le enseñé inglés, palabra por palabra.

    Y ese llegó a ser mi nuevo yo. Cada vez que firmaba una nueva mano, sería su maestro, su mentor, su guía.

    Y luego volví a casa.

    Por lo que concernía mis amigos, yo era el chico al que ellos dijeron adios cinco años antes. Mi padre pensaba que yo era aún un chico incluso aunque yo había luchado contra piratas y tormentas. Mis amigos quería que fuera el chico que había sido y que hiciera todo lo aburrido, cosas de chicos que hacíamos antes de que me fuera: montar en los trineos, ver los espectáculos de vaudeville, pescar en los muelles.

    Aunque eran cosas aún divertidas, no era yo, ya no, echaba de menos al viejo yo y lo sentía alejarse. Así que, ¿sabes lo que hice?.

    -¿Se mudó a New Jerusalem?

    -Me mudé a New Jerusalem. Bueno, a Salt Lake City, primero. Estudié con los Jesuitas para ser profesor, luego vi una demanda para maestro en el periódico, hice las maletas y cogí el tren. Y aquí estoy. No soy el que era cuando salí al mar y tampoco el que volvió sino algo intermedio, un nuevo yo que enseña, pero en tierra firme y sin perseguir peligrosas aventuras; aunque aún lee su viejo diario de abordo y sonríe.

    Nos quedamos sentados en silencio. Luego, abruptamente, comprobó su reloj de bolsillo y dió un grito:

    -¡Maldición! ¡La comida ha acabado hace veinte minutos!. Saltó sobre sus pies tan suavemente como un joven y corrió a sonar la campana.

    Doblé el papel del sandwich y pensé sobre este adulto que me hablaba como a un adulto, que no le preocupaba maldecir o hablarme de sus aventuras y volví a clase.

    El resto del día mejoró.

    * * * * *
    (CONTINUARÁ)
    Última edición por Artifacs; 25-Nov-2017 a las 13:28
    "Al principio se creó el universo. Esto cabreó a mucha gente y fue ampliamente considerado como un mal movimiento."
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    Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Sr. Doctorow.
    (Original Title: A Place So Foreign, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************
    En 75, Pa casi nunca habìa estado en casa pero su presencia estaba siempre con nosotros.

    Yo llamaba al mayordomo robot que saliera de su armario y le ajustaba los electrodos de sus huellas dactilares a mis sienes para activar mis endorfinas tras un duro día en la escuela. Cuando terminaba, el ligero olor del aceite capilar de Pa que había en los electrodos y del que era imposible deshacerse, se me había pegado. O me sentaba en el váter y encontraba uno de los periódicos de Pa, abierto en uno de los artículos sobre telepatìa mental. Hacíamos Experiencias ExtraSensoriales en la escuela y trataba todo sobre una raza de comerciantes alienígenas que se comunicaban con imágines geomètricas pensadas que se tardaba una eternidad en traducir. Nunca aprendimos sobre la Proyección Astral o Magnética y todas esas otras cosas de las que los periódicos de Pa estaban llenas.

    Y aunque yo nunca dudaba de las cosas en los periódicos de Pa, nunca los llevé a la escuela tampoco. Habían muchos tipos de verdad.

    -¿James?

    -"¿Sí,, Mamá?, dije cuando salía a cortar leña.

    -¿Has acabado los deberes?

    -Sí, Mamá.

    -Buen chico.

    Los deberes habían sido algo de mates, biologìa y geología. Los había terminado antes de salir de la escuela.

    * * * * *

    Las notas salieron en mitad de Diciembre. El Sr Adelson las había sellado con cera en finos sobres marrones y los entregó al final del día. Sellarlas era un truco sucio pues tenías que ir a casa sin saber si esperar unos azotes o una rebanada extra de tarta. Los compañeros estaban tan nerviosos como gatos de cola gorda en una fábrica de sillas de piedra cuando salieron de clase. Por una vez no hubo juegos en el patio después.

    Llegué a casa y dejé el sobre en la mesa de la cocina sin preocuparme ni un instante. Yo había aprobado todos los exámenes y había hecho todos los trabajos. Me quedaba en clase aburrido, en una forma adormecida, regurgitando las cosas que habían metido en mi cerebro en 1975.

    Fuí al ático y comencé a leer una de las historias de aventuras de mi Pa. Leía Tarzan de los Monos y al francés Frenchman y Julio Verne. Pa tenía todos los libros de Verne, todos ellos estaban autografiados en la cubierta interior. Conoció a Verne en una de sus misiones diplomáticas y los dos habían sido como dos guisantes en bote, los dos estaban suscritos a los mismos locos periódicos.

    Yo estaba leyendo mi parte favorita cuando Tarzán se encuentra al hombre en el globo y, en eso, la voz de mi
    Mamá me llamó escaleras abajo.

    -¡James Arthur Nicholson! ¡Baja tu trasero hasta aquí!.

    Salté como si me hubieran pinchado y bajé las escaleras del ático tan rápido que casi me rompí el cuello y llegué hasta el rellano donde Mamá sujetaba mis notas con muy mala cara.

    -¿Sí, Mamá?, dije.

    -¿Qué es esto?

    Me entregó las notas y dobló los brazos en su pecho.

    -Explique eso, señor, y hágalo bien.

    Leí las notas y mis ojos casi saltan de mi cabeza. El podrido profe me había suspendido en todas y cada una de las asignaturas. Debajo, con su letra de marinero, decìa:

    -El rendimiento de James este semestre me ha decepcionado gravemente. Me gustaría mucho reunirme con usted y su hijo, Sra
    Nicholson, a su mejor conveniencia, para discutir su futuro en la Academia.
    Firmado, Rbt. Adelson.

    Mamá cogió mi oreja y la retorció. Grité y se me cayó la nota. Antes de que supiera lo que estaba pasando, me había puesto sobre sus rodillas y me azotaba con la mano abierta en el trasero.

    Estaba demasiado desconcertado incluso para llorar o gritar. Pa sólo me había pegado dos veces en toda mi vida y Mamá nunca. Me dolía el trasero y algunas lágrimas cayeron por mis mejillas.

    -Bien, ¿qué tienes que decir sobre eso, jovencito?

    -Mamá, es un error, comencé a decir.

    - ¡Tienes toda la mentirosa razón!, ella dijo.

    -No, ¡de verdad! Hice todos los deberes! ¡Aprobé todos los exámenes! ¡Te los enseñé, tú los viste!

    La injusticia me martilleaba el corazón hasta tumbarme de espaldas.

    La respiració de Mamá humeaba de enfado por su nariz.

    -¡A tu cuarto!. Iremos a ver al Sr Adelson. a primera hora mañana por la mañana.

    -¿Y qué pasa con los rezos?, dije.

    -Oh, no te preocupes. Tendrás mucho que rezar cuando te deje salir.

    Fui a mi cuarto, me quité la ropa y me tumbé después de atrancar la ventana para que el viento helado no soplara en mi espalda. Lloré un mar de lágrimas miserables, maldecí a todo el mundo: Mamá, Pa, y especialmente, al embustero reptil, apuñalador-por-la-espalda Tripasustado Adelson.

    * * * * *

    Mamá no se volvió a enfadar más esa noche pero cuando vino a mi cuarto, no parecía llevarlo mejor. Mi garganta y ojos eran de papel de lija de tanto llorar y Mamá me dió cinco minutos exactos para lavarme y vestirme antes de arrastrarme fuera de casa.

    Me había levantado enfadado pero cuando ví los arrebatos de controlada furia de Mamá, cambió mi humor hacia el terror. Observé los árboles y las granjas mientras rodeábamos el pueblo, sintiéndome un hombre condenado llevado al patíbulo.
    Mamá paró en frente de la Academia y me llevó alrededor hasta la cabaña del profesor. Se detuvo delante de la puerta y esperó, soplando nubes de humo por la nariz en el aire helado de esa mañana.

    El Sr Adelson nos recibió en la puerta en mangas de camisa y tirantes, sin afeitar y despeinado. Su pelo, que normalmente estaba pulcramente engominado, se repartía como las hebras de una escoba. Los músculos de sus pequeños brazos parecían serpientes. Nos saludó en el umbral:

    -¡Sra Nicholson!, dijo.

    -Sr Adelson, dijo mi. Venimos a discutir sobre las notas de James.

    El Sr Adelson se arregló un poco el pelo y dió un paso atrás.

    - Por favor, entren. ¿Puedo ofrecerles un café?

    -No, gracias, dijo Mamá.

    Cogió su abrigo y su fular y se los entregó. Yo me quité el abrigo y las botas. Las cogió y las guardó en un armario.

    -Voy a hacer algo de café. ¿Seguro que no puedo ofrecerle una taza?

    -No, gracias, dijo Mamá, de nuevo.

    -Como quiera.

    Desapareció por el oscuro pasillo y Mamá y yo entranos hasta el salón. Los libros polvorientos se amontonaban por todos lados, precariamente. Mamá y yo nos sentamos en un par de sillas acolchadas y el Sr Adelson volvió sosteniendo dos tazas de cafè. Dejó una al lado de Mamá en el suelo, luego se golpeó la frente con la mano.

    - Dijo usted que no, ¿verdad?. Perdón. No estoy muy despierto aún. Bueno, déjela ahí. He puesto leche, quizá el gato beba un poco.

    Se instaló en otra silla y sorbió su café.
    -Comencemos desde el principio, ¿verdad?. Hola, Sra Nicholson. Hola, James. entiendo que vienen a discutir las notas de James.

    Mamá se reclinó en la silla y dejó ver una sardónica sonrisa.

    -Sí. Perdóneme por venir sin avisar.

    -Oh, no es nada.

    El Sr Adelson bebió más café. Mamá alisó su falda, yo daba pataditas en la pata de mi silla. Al fin, era demasiado para mí.

    -¿Porqué lo hizo?, dije yo, lanzándole dagas con la mirada.

    -¡Yo no merecía suspenso!

    -Ningún suspenso, corregió el Sr Adelson. ¿Porqué piensas eso?

    -Bueno, porque hice todos los trabajos y dí todas las respuestas en clase. Aprobé todos los exámenes. ¡Nos justo!

    -No es justo; mi Mamá corrigió, suavemente. Ella observaba distraidamente al Sr
    Adelson.

    -Lo que dices es bastante cierto, James. ¿Qué nota supones que deberías recibir?

    -¡Cómo! ¡la más alta, la más alta y un poco más! ¡Perfecta!, dije yo, mirándole, osando decírselo.

    -¿Es eso lo que es la nota más alta para tì, James? ¿La Perfección?.

    -Claro, dije yo, hablando sin pensar.

    Mamá cambió su mirada hasta mí. Parecía incluso más dura.

    -¿Para qué crees que vas a la escuela?

    -Porque Mamá lo dice, dije yo, solenmenente.

    -¡James! dijo Mamá.

    -Oh, supongo que es para aprender cosas, dije yo.

    El Sr Adelson sonrió y asintió de la forma que lo hacìa cuando uno de sus alumnos respondía bien en clase.

    -¿Y bien?

    -Bien, ¿qué?- dije yo.

    -¿Qué has aprendido este semestre?

    -¡Cómo! ¡todo lo que usted ha enseñado! ¡Geometría! ¡Algebra! ¡Latin! ¡Geografía! ¡Biología!
    ¡Física! ¡Gramática!

    -Ya veo,- dijo él.-James, ¿cuál es la fórmula para determinar la constante de la segunda derivada de una ecuación?

    Yo sabía esa, era una de esas sucias pruebas de cálculo de Newton.

    -Es una pregunta trampa. No existe un modo de obtener la constante de la segunda derivada.

    -Exactamente correcto,- dijo él.

    -Sí,- dije yo, y doble mis brazos sobre el pecho.

    -¿Dónde aprendiste eso?

    -En... iba a decir 1975, pero me contuve, En Francia.

    -¿Sí?.

    -Sí, dije yo. Entonces comprendí, Oh.

    Mamá me sonrió.

    -¡Pero eso no es justo! ¿Y qué si ya sabía todo eso desde el principio? Aún hice todo los trabajos.

    -¿Porqué estás en la escuela, James?, el Sr Anderson me preguntó de nuevo.

    -Para aprender.

    -Bueno, entonces creo que deberías por empezar a aprender algo, ¿verdad? Eres el alumno más brillante de la clase. Eres más listo que yo que sólo soy un viejo marinero intentando enseñar al resto de la clase. Pero tú, tu ya lo tienes. Has venido todos los días a clase durante todo el semestre y osaría decir que no has aprendido ni una sola cosa desde que empezaste. Por eso has sacado suspenso en todo.

    -Sr Adelson,- dijo Mamá.-¿Estoy entendiendo que James rindió todo este tiempo satisfactoriamente?

    Era el turno del Sr Adelson de sentirse incómodo.

    -Sí, pero madam, tiene que comprender que...

    Mamá se sacudió sus objeciones.

    -Si James ha completado satisfactoriamente todo las tareas asignadas, entonces creo que debería tener una nota que lo refleje, ¿no cree?

    Ella bebió su café.

    -Sí, bueno.

    -Sin embargo, tiene usted parte de razón. No envié a mi hijo a la escuela para que no aprendiera nada. ¿Le ha enseñado usted algo, Sr Adelson?

    El Sr Adelson parecía tan abatido que le perdoné y hablé.

    -Sí, Mamá.

    Mamá giró su cabeza hacia mí

    -¿De verdad?

    -Sí. me enseñó para lo que iba a la escuela. Lo acaba de hacer.

    -Veo, dijo Mamá. El café esta muy bueno, Sr Adelson.

    -Gracias, dijo él, y dió un sorbo.

    -James,- dijo el Sr Adelson.

    -Has aprendido tu primera lección. ¿Cuál propones que será la segunda?

    -Nunsé,- dije yo, y volví a dar pataditas a la silla.

    -¿Qué es lo que has estado haciendo desde que llegaste al pueblo, hijo?- preguntó.

    -Pasando el rato en el ático. Leyendo. Arreglando cosas. Como mi Pa.

    -Los periódicos y las máquinas de mi marido están allí arriba, explicó Mamá.

    -Y sus libros,- dije yo.

    -¿Libros?- el Sr Adelson pareció interesado de repente. ¿De qué tipo?

    -Cuentos de aventuras, Stevenson. Wells. Algunos en francés. Tiene todos los de Verne.

    -Bueno, quizá eso pueda ser tu próximo trabajo. Me gustaría ver una redacción original, de no menos de veinte páginas, sobre cada obra de Verne en una tabla de su progreso literario. Para el cinco de Enero, por favor.

    -¡Veinte páginas!- dije yo.- ¡Pero si estamos de vacaciones!

    -Muy bien. Que tenga la extensión que creas conveniente pero asegúrate de justificar cada obra.


    * * * * *
    CONTINUARÁ
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    Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
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    Llevaba ya treinta y ocho páginas del trabajo. Nunca pensé que pudiera escribir tanto pero seguían llegando nuevas ideas sobre cada libro, cada escena, cada mundo que Verne habìa creado: las fantásticas laderas de Barsoom, la siniestra Isla del Dr Moreau. . . cada una generaba una nueva revelación. Me sentía como el detective de Verne, Sherlock Holmes, reuniendo todos los detalles aparentemente insignificantes en algún tipo de cuadro coherente, encontrando las relaciones improbables entre las diferentes historias que contaba el francés.

    Mamá estaba emocionada de verme trabajar con los papeles extendidos alrededor mío en la mesa de la cocina. Podía haber usado el estudio de Pa pero me pareció como una invasión. Escribí hasta que mis muñecas se agotaron. Ella me dejó descansar sin hacer mis rezos, sin tener que madrugar para ordeñar las vacas, traer los huevos del gallinero e, incluso, sin cortar la leña. Mientras yo escribía, ella estaba contenta de liberarme de mis responsabilidades.

    Incluso en Noche Buena, yo estaba demasiado distraído para disfrutar de verdad del aroma del ganso y el jamón y el estofado que Mamá pasaba días preparando. Aún estaba escribiendo cuando me pidió que me cambiara y pusiera la mesa para tres.

    -Hoy viene el Sr Johnston a cenar, dijo ella.

    Puse una cara rara. El Sr Johnston era la única persona del pueblo con la que podía hablar sobre mi época en 1975, pero yo nunca lo hice. Él tenía unas maneras que te hacían sentir como fuera tu jefe simpático. Aún llevaba la tienda de Pa y usaba escaleras para alcanzar los estantes más altos de los que Pa simplemente sacaba las cosas. Yo lo había visto cuando Mamá me envió una vez allí pero me aseguré de salir tan rápido como pude. Mamá insistía en que le pidiera un empleo pero yo era bastante bueno cambiando el tema siempre que surgía.

    Dejé mis papeles y me cambié con mis ropas de domingo. Había tanteado a
    Mamá últimamente diciendo que un chico no estaba verdaderamente completo sin un perrito, de modo que puse un brillo extra en mis zapatos y dije una rápida oración para no encontrar calcetines y libros de dibujos bajo el árbol.

    El Sr Johnstone llegó con un paquete doble de regalos. Bueno, él LLEVABA la tienda de mi Pa, después de todo, así que podía coger todas las cosas que estaban en venta. Cogí sus presentes y los puse bajo el árbol. Entonces, ese soso que iba de elegante BESÓ a mi Mamá en la mejilla levantando una rama de muérdago con una mano. Cuando Pa y Mamá estaban juntos, ella apenas le llegaba al hombro, mientras que el Sr Johnstone tenía que alzarse de puntillas para llevar el muérdago sobre sus cabezas.

    -Feliz Navidad, Ulla, dijo él.

    Ella tomó sus manos y dijo,

    -Feliz Navidad, James.

    Quise estar enfermo.

    * * * * *

    El Sr Johnstone tomó un whiskey en nuestro salón antes de cenar. Se sentó en la silla de mi Pa fumando un puro de la caja de Pa. Mamá me pidió hacerle compañía mientras ella preparaba la comida.

    -¿Te llaman Jimmy?- me preguntó, observándome con su larga y puntiaguda nariz.

    -No, señor. James.

    -Es un buen nombre, ¿verdad?. Sirve bien para hombre y para chico.

    Puso una cara pretendiendo hacer gracia, como si hubiera mordido un limón.

    -Me gusta, señor.

    -¿Tienes problemas de ajuste, ahora que estás en casa? ¿Encuentras difícil relacionarte con los otros amigos?

    -No, señor.

    -¿No lo encuentras raro después de ver 1975?

    -No, señor. Es mi casa.

    -¡Ja!- dijo él, como si pensara que yo había dicho algo profundo.

    -Supongo a eso que así es. Díme, ¿porqué no vienes a la tienda alguna vez?. Acabo de conseguir algunas muestras de una nueva compañía de dulces de Oregon y necesito una opinión objetiva antes de encargar un pedido.

    -Me lanzó una mirada cómplice como si creyera que era Santa Claus.

    -Mamá no quiere que coma dulces, dije yo, y me quedé contemplando mi reflejo en los zapatos.

    Mamá me rescató entrando en el salón, joven y guapa con su mejor vestido.

    -La cena está servida, caballeros.

    La seguimos hasta el comedor y el Sr Johnstone se sentó en el asiento de mi Pa a la cabeza de la mesa y trinchó el ganso. Aunque pensaba que el ave era marrón y jugosa, descubrí que no tenía apetito.

    -He hablado con Pondicherry, dijo el Sr Johnstone, mientras se servía una segunda ración de puré de patatas.

    -¿Sí?- dijo Mamá.-

    -¿Quién es?- pregunté.

    -El sucesor de tu padre, dijo el Sr Johnstone . Un oficial de Nueva Delhi. Un gordito espantosamente lleno de sí mismo.

    Reprimí un bufido. Por mi dinero que el Sr Johnstone estaba tan lleno de sí mismo como podría estarlo un hombre. No podía imaginar un caldero más negro.

    -Dice que ese Nussbaum, del Nueva York de 1952 ha recuperado el contacto con los extraterrestres después de cincuenta años. Le vendió a un Centuriano medio millón de paraguas-detectives de la fábrica de su cuñado. Todos los neoyorquinos le respaldan. Caveat emptor.

    -Nunca he podido seguir la pista de quién era aliado y quién no, dijo Mamá.-Todo me sonaba a griego. Política.

    El Sr Johnstone abrió su boca para explicarlo pero Mamá levantó una mano.

    -No, no. No QUIERO entenderlo. Les solía aleccionarme sobre esto desde el alba hasta el amanecer.

    Ella mostró una triste sonrisa y contempló el dibujo de rosas de los muros del comedor. El Sr Johnstone puso una mano sobre la de ella.

    -Les era un buen hombre, Ulla.

    Mamá se levantó y se alisó la falda.

    -Traeré los postres.

    * * * * *

    No me regalaron un perrito. El Sr Johnstone me dió un rifle de aire comprimido que yo sabía que Mamá confiscaría pero ella simplemente sobrió. Ella me regaló un precioso estuche con una pluma de tinta, un cuaderno verde y un paquete de papel fino color crema.

    La pluma hacía las marcas más negras y bonitas del mundo y el papel las absorbía como un sediento en el desierto. Recopié mis ensaños el día siguiente, sentado con Mamá en el salón mientras ella zurcía calcetines. El Sr Johnstone le había regalado un paquete de cosméticos de Paris que ella había pedido especialmente. Yo había oído decir a Mamá que sólo las bailarinas de salón llevaban maquillaje pero ella se puso colorete cuando él se lo dió. Yo le regalé una talla de nuestro mayordomo robot del 75. Lo hice a partir de un bloque de pino, lo lijé y lo barnicé hasta que quedó suave como la seda.

    Oly Sweynsdatter vino después de cenar y me preguntó si quería salir a jugar con los otros chicos. Para mi sorpresa, le dije que sí. Tuvimos una batalla de bolas de nieve esa tarde. Un juego que se volvió una guerra a gran escala cuando los otros chicos mayores del instituto vinieron a unirse al conflicto. Pronto, todos los hombres, incluído el Sheriff y el Sr Adelson, combatían contra nosotros. Nunca me había reído tanto en toda mi vida, aunque me llevé una, directa en la oreja.

    El Sr Adelson lideró una carga de los adultos contra el fuerte defendido por la mayoría de los chicos de la Academia. Pero yo le ví planearlo y comencé a preparar munición mucho antes de que iniciaran su avance. Los enviamos de vuelta con el rabo entre las piernas.

    La madre de Oly nos dió después a ambos buen coco caliente Svenska con crema fresca y ambos intercabiamos regalos. El me dió un soldado de estaño, un Confederado cazado en el acto de caer de espaldas, agarrando su pecho. Yo le dí mi mejor canica. Seguimos a su madre alrededor de la casa recontándole las recientes aventuras en la nieve hasta que me dijo que era hora de que volviera a casa.

    * * * * *

    La escuela comenzó de nuevo y yo iba temprano el primer día para entregar mi trabajo. El Sr Adelson lo cogió sin un comentario y ojeó los primeros párrafos.

    -Gracias, James, creo que está bién. Lo tendré calificado por la tarde.

    Me encontré con Oly fuera en el huerto donde estaba cortando leña para la estufa de la escuela. Era una tarea que hacíamos por turnos.

    -He oído que podrías tener pronto un nuevo Pa para Navidades, dijo él.

    Me dió una sonrisa que significaba algo pero que no pude averiguar.

    -¿Qué se supone que significa eso?, pregunté yo.

    -Mi Mamá dice que tu Mamá ha invitado al viejo Johnstone para la cena de Navidad. Y la viuda Ott le dijo a mi Mamá que ella había conectado una o dos llamadas entre tu casa y la tienda todos los días el pasado mes. Mi Mamá dice que Johnstone está cortejando a tu Mamá.

    -Se supone que la Sra Ott no puede hablar de las personas que conecta.-
    dije yo, según recordaba.

    -Ella es como un operador de Telegráfo: es un asunto confidencial.

    El Sr Adelson me había dicho eso una vez cuando me contaba historias sobre su vida en el mar.

    -Así que, ¿es verdad?

    -¡No!- dije yo, sorprendido por mi vehemencia. Mi Mamá no quería que estuviera solo en Navidad, eso es todo.

    Oly balanceó el hacha unas veces más.

    -Bueno, seguro. Pero, ¿qué hay de las llamadas de teléfono?

    -¡Eso son negocios!. La tienda aún es nuestra en parte. Mamá sólo mira por nuestros intereses.

    -Si tú lo dices.- dijo él.

    Dibujé una línea en la nieve con el pie.

    - Yo lo DIGO. ¡Cruza la línea si piensas lo contrario!

    Oly se puso de pie y me miró.

    -No quiero pelear contigo, James. Sólo te digo lo que me dijo mi Mamá.

    -Bueno, tu Mamá debería preocuparse de sus asuntos,- dije yo, retándole.

    Él avanzó y me dió uno, justo en la nariz. Oly y yo habíamos sido amigos desde que podíamos hablar y habíamos tenido peleas en nuestros días pero esta vez era diferente. Yo estaba tan enfadado con él, con mi Mamá, con mi Pa, con New Jerusalem, que simplemente seguimos pegándonos uno al otro hasta que el Sr Adelson vino a tocar la campana y nos separó. Mi nariz me dolìa y yo cojeaba. Le había roto la chaqueta a Oly y retorcido los dedos, de modo que el acunaba su mano en la curva de su brazo.

    -¡Chicos!- dijo el Sr Adelson.

    -¿Qué diablos pensáis que estáis haciendo? Se supone que sois amigos.

    Su lenguaje me chocó pero yo aún estaba furioso.

    -¡Ese no es mi amigo!, dije.

    -¡Lo mismo digo!- dijo Oly y me miró.

    Los otros chicos estaban mirando alrededor y el Sr Adelson nos lanzó una mirada que podía derretir el acero. Luego, tocó la campana.

    * * * * *

    No pude apenas concentrarme en clase ese día. ¿Mi Mamá se casa?, ¿un nuevo Pa?. No podía ser cierto pero en mi mente seguía viendo a mi Mamá y a ese Johnstone besándose bajo el muérdago y a él sentándose en la silla de mi Pa, bebiendo su whiskey.

    El pupitre de Oly estaba al lado del mío y él seguía disparándome miradas sucias. Finalmente, me incliné y le susurré.

    -Para ya, idiota.

    Oly dijo:

    -Tü eres el idiota. Creo que te revolvieron el cerebro en Francia,
    James.

    -¡Seré yo el te revolverá el cerebro!

    -Caballeros, dijo Sr Adelson. ¿Tenéis algo que os gustaría compartir con la clase?

    -No señor,- dijimos juntos y cruzamos miradas.

    -James, ¿quizá te gustaría salir aquí frente y terminar la lección?

    -¿Señor?- dije yo mirando a la pizarra.

    Había estado explicando ecuaciones cuadráticas, una prueba elaborada de los principios elementales.

    -Creo que ya sabes esto, ¿verdad?. Sal al frente y termina la lección.

    Lentamente, me levanté del pupitre dejando mi tabla sobre la mesa y caminé al frente de la clase. Algunos dr los chicos soltaron risitas. Cogí un pedazo de tiza y comencé a escribir en la pizarra.

    El Sr Adelson caminó al fondo y se sentó en mi sitio. Yo paré y le miré sobre mi hombro, me hizo un pequeño gesto para que continuara y continué.
    Cuando acabó la hora descubrí que me había divertido. Paraba a menudo para atender las preguntas, borraba la pizarra y escribía, una otra vez, llenándola con columnas de números y ecuaciones. Sólo paré cuando advertí al Sr Adelson en mi silla dándome las gracias. Luego nos dijo que podíamos comer el almuerzo. Me quedé un poco sorprendido, me parecíó que no había pasado el tiempo.

    El Sr Adelson miró mi ensayo y dijo:

    -James, Me gustaría tener una pequeña charla contigo. Quédate un rato, por favor. Sientáte.

    Me ofreció la silla de su mesa y se sentó en una de las primeras filas. Me miró durante bastante rato.

    -¿Qué era ese lío de esta mañana, James?- preguntó.

    -Oly y yo tuvimos una discusión, dije yo con mal humor.

    -Pude comprobarlo, pero ¿porqué?, si no te importa que lo pregunte.

    -Él dijo algo sobre mi Mamá,- dije yo.

    -Ya veo, dijo él. Bueno, después de haber conocido a tu madre me creo con la confianza suficiente para decir que ella es más que capaz de defenderse sola. ¿Estoy en lo cierto?

    -Sí, señor,- dije yo.

    -<¿No se volverá a repetir?

    -No, señor,- dije. No planeaba volver hablar con Oly nunca más.

    -Pues no hablemos más del asunto. Ahora, respecto a la lección de esta mañana: lo hiciste muy bien.

    -Era un truco sucio, dije yo.

    Sonrió como un pirata

    -Supongo que sí. Aunque no lo hubiera puesto en juego si no hubiera confiado en tus capacidades.

    Se inclinó y cogió el ensayo de su mesa.

    -Fue ésto lo que me convenció, de verdad. Es tan bueno como todo lo que he visto en las tesis escolares. Tengo medio en mente enviarte al Idler.

    -¡Pero si sólo soy un niño!

    -Pero un niño extraordinario. Me siento tentado a dejarte dar todas las clases y quedarme mirando.

    Lo dijo de forma tan natural que no podía decir si estaba de broma.

    -Oh, ¡no puede hacer eso! No estoy preparado para encargarme de ellas.

    Dió una corta carcajada.

    -Estás más preparado de lo que crees pero pienso que el consejo del pueblo congelaría mi salario a menos que yo hiciera ALGO de trabajo por aquí. Aún así, esto es lo más activo que te he visto desde que llegaste a mi clase y me estoy quedando sin ideas para mantenerte ocupado. Quizá te mantenga enseñando matemáticas. Te daré mi plan de lecciones para que te lo lleves a casa antes de que acabe el día de escuela.

    -Sí, señor.

    * * * * *
    CONTINUARÁ
    Última edición por Artifacs; 29-Nov-2017 a las 14:37
    "Al principio se creó el universo. Esto cabreó a mucha gente y fue ampliamente considerado como un mal movimiento."
    Douglas Adams (Guía del Autoestopista Galáctico)

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    Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Sr. Doctorow.
    (Original Title: A Place So Foreign, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************

    El Sr Adelson me dió una pila de papeles atadas con hilo después de despedir la clase del dìa. Fui a casa e hice mis rezos, luego desenvolví los papeles en el salón. El plan de lecciones estaba allí, día por día. En el centro había unos folios más pequeños envueltos en papel coloreado.

    -Feliz Navidad,

    Estaba escrito en el frente, de su mano.

    Lo abrí y encontré un fino libro.

    -La Guerra de Los Mundos, por Julio Verne.

    Por alguna razón me sonó. Pensé que lo había visto en nuestra librería del 75 pero no lo había traído de vuelta a casa conmigo. Lo abrí y leí la inscripción que había escrito:

    -De un viajero a otro. Feliz Navidad.

    Me obligué a leer el plan de lecciones para el próximo mes antes de comenzar el libro de Verne. Una vez que lo empecé, no pude dejarlo. Mamá tenía que arrastrarme para que fuera a cenar.

    * * * * *

    Mi viaje de regreso a 1975 no estaba planeado pero tampoco fue un accidente. Habíamos recibido una nueva carga de heno y Mamá las apiló en el establo. Yo había evitado conscientemente el establo desde que Pa había desaparecido. Cada día, yo lo miraba y sentía un ligero temor.

    Pero Mamá tenía una filosogía: un chico debe enfrentarse a sus miedos. A ella le habían aterrorizado las arañas desde que era niña y me dijo que había tenido la idea de coger cada araña que veía y dejarla que caminara por su cara. Después de un año de eso, nunca encontró ninguna araña que la asustara.

    Mamá también me había estado enviando con mucha frecuencia a la tienda y cada viernes me tocaba invitar al Sr Johnstone para la cena. Ella sabía que a mí él no me gustaba ni un poco y me dijo que tendrìa que aprender a vivir con lo que no me gustaba y que si eso iba a ser lo único que aprendiera de ella, sería suficiente.

    Yo prefería el establo.

    Trabajé apilando heno cerca de la puerta el primer día. Pero esa no era forma de hacerlo, por supuesto: si se bloqueaba la puerta, sería aún más difícil volver cuando llegara la hora. La forma de hacerlo era despejar primero el heno que quedaba, moverlo hacia los pastos y luego ir completando de atrás hacia adelante.

    Mamá me lo dijo, esa primera noche, cuando vino a inspeccionar mi trabajo.

    -Seguro que adoras trabajar aquí, dijo ella. porque si lo haces de esa forma, estarás aquí apilando el doble de tiempo. Bueno, que te diviertas pero aún espero que termines tus deberes y tus rezos. Entra y limpiate para la comida.

    Enganché el tridente en una bala y me lavé para la comida.

    La tarde siguiente, resolví hacerlo bien. Movía las balas que había apilado en la puerta en una esquina. Luego comencé a despejar la parte de atrás. De pronto, había descubierto la puerta hacia el 1975.

    -James,- Mamá me llamaba desde la casa. ¡A cenar!

    Miré la puerta durante un buen rato. La madera de los bordes había envejecido a color marrón plateado como el resto de las tablas del establo, como si hubiera estado allí desde siempre.

    Fui a cenar.

    A la mañana siguiente, cogí mi almuerzo y mis libros, le dí un beso de despedida a Mamá y salí fuera. Me quedé en el porche durante largo tiempo, contemplando el establo.

    Recordé a los valientes exploradores de los libros de Verne. Miré sobre mi hombro y cerré la puerta de nuestra casa. Luego caminé lentamente hasta el establo, abrí la puerta y caminé hacia el fondo. El triple-cerrojo se había oxidado, no sé como y requirió unos buenos empujones y tirones para abrirlos.

    Abrí la puerta hacia 1975 y se quejó en sus goznes. Al otro lado se encontrsba la oscuridad familiar de nuestro apartamento. Entré y cerrè la puerta detrás mío.

    -Luces, dije yo, y la sala se iluminó.

    El antiguo lugar estaba tal y como lo dejamos. Ni siquiera tenía polvo y cuando oí el sonido familiar del mayordomo robot supe porqué. Me senté en la silla de mi Pa del salón, con una edición del Salt Lake City Bugler doblado en la mesilla lateral. Caminé hacia un muro y apoyé mi palma contra él. El familiar vidrio frío estaba hecho de...

    -Ventana, dije yo, y tracé una línea por el muro.

    Por donde pasaba mi mano, el muro se hacía transparente. Era un día soleado en 1975. 1980, por entonces, pero siempre sería 75 en mi mente. Bajo el domo, el gran Lago Salt estaba caliente y tranquilo. Ví chicos de mi edad en jet-packs volando por ahí y esquivando el tráfico volante.

    A Pa le gustaba abrir una gran ventana cuadrada cuando llegaba a casa y sentarse en su silla a fumar un puro.

    -Bueno, bueno, bueno, decía él, y...

    -¿Qué te parece ésto?

    A veces tomaba un vaso de whiskey. El me había dado a probar un poco una vez y me había quemado como la turpentina. Juré que nunca volvería a probarlo de nuevo por mucho, mucho tiempo.

    Me senté en la silla de Pa y abrí con una sacudida el periódico, como solía hacerlo él.

    -Panorama,- dije yo, y la ventana cuadrada de Pa se abrió ante mí.

    -Whiskey, dije, y como nunca me he andado con medias tintas:

    -Puro.

    El mayordomo robot rodó hasta mí un poco confuso y con una caja de White Owl en su antebrazo. Abrí la caja, cogí un puro, corté la punta y, con precaución, me lo puse entre mis labios. El mayordomo robot sacó un largo brazo con una llama, lo encendí e inhalé profundamente. Tosí convulsivamente y, sin pensarlo, bebí del vaso que tenía al lado. Sentí que mis pulmones se habían salido fuera, la lengua me picaba y mi garganta ardía.

    Terminé el whiskey y el puro con gran esfuerzo antes de levantarme, dando pequeñas caladas y pequeños sorbos.

    Mi cabeza se mecía y la nausea casi me ahoga. Fuí directo al WC y metí la cabeza dentro durante una eternidad pero no salió nada. Me fuí a mi antiguo dormitorio y me dejé caer con los brazos abiertos en la cama, contemplando el techo girar.

    -Luces, conseguí croar y la habitación quedó a oscuras.

    * * * * *

    Cuando me levanté por la mañana, los muros tenían opacidad media en la agenda normal de las 0700 y me arrastré fuera de la cama.

    El mayordomo robot se había sacado de dentro una mesa y puesto el desayuno: jamón, huevos y gran vaso de leche. Al verlo me sentí en el borde del precipicio y fuí directo al WC.

    Cuando terminé, mi cabeza latía. El
    mayordomo robot estaba limpiando rápidamente mi porquería. Iba a ordenarle que se llevara el desayuno pero descubrí que estaba milagrosamente hambriento. Me comí todo lo que había sobre la mesa y aún le pedí al mayordomo robot darme un masaje y despejar mi dolor de cabeza. Configuré los muros a plena transparencia y observé pasar el tráfico.

    El mayordomo robot maniobró sobre sí mismo hacia mi campo de visión y disparó flashes del reloj que tenía en el panel del pecho: 0800 0800 0800. Era la antigua alarma del colegio. Me trajo de vuelta a la realidad. ¡Mi Mamá iba a darme una buena zurra!. ¡Debe estar como loca de preocupada!.

    Me puse en pie y corrí hacia la puerta. Estaba cerrada. Pulsé mi código en su panel y esperé. No pasó nada. Traté de calmarme y pulsé de nuevo. Todavía nada. Después de intentarlo cien veces me convencí de que lo habían cambiado.

    Convoqué al mayordomo robot y le pregunté el código. Su panel del pecho se encendió:

    ERROR DE
    PROGRAMA

    Ahí es cuando empecé a preocuparme de verdad. Estaba cerca de las lágrimas cuando recordé el código de emergencia. Lo pulsé.

    No ocurrió nada.

    Creo que empecé a llorar entonces. ¡Estaba atrapado en 1975!

    * * * * *
    CONTINUARÁ
    Última edición por Artifacs; 30-Nov-2017 a las 18:20
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    No soy un chiquillo estúpido. No pasé mucho tiempo lloriqueando. En lugar de eso, fuí hasta el teléfono y llamé a la policía. La pantalla permaneció en blanco. Sintiéndome como en un sueño fuí al teleportador y pulsé para ir a mi antigua escuela y entré. No conseguí teleportarme.

    La realidad me empapó.

    Todos los servicios externos del apartamento habían sido desconectados cuando nos mudamos de vuelta a 1898. Las únicas cosas que aún funcionaban eran las comectadas a nuestro reactor: una caja blindada bajo la barriga del apartamento. La puerta de New Jerusalem funcionaba pero el lado de 1975 necesitaba comunicarse con la oficina central para aprobar mi pasaje.

    Pensé en sentarme en firme y esperar. Mamá estarían tan loca de preocupación que, eventualmente, comprobaría el establo y vería los cerrojos. Hablaría con el Sr
    Johnstone que enviaría un telegrama a Paris y reenviarían el mensaje hasta 1975 y...

    ¡Voilà!

    ...me rescatarían.

    Me llevaría la zurra de mi vida y rezos extra hasta que cumpliera los setenta pero era mejor que morirse de hambre cuando el almacén del apartamento se acabase. Ya sentía hambre tan sólo de pensarlo.

    Pero había una opción mejor. El donut en forma de G que era nuestro apartamento estaba preparado y tenía una provisión de saltadores de escape, eran jet-packs de un sólo uso con un simple transmisor que gritaba AYUDA en todos los canales de emergencia. Podría montarme en uno de esos hasta el lago Salt y esperar a la policía.Cuanto más pensaba en aquel plan mejor sonaba. Mejor, al menos, que sentarse por ahí como una princesa de un cuento de hadas, esperando el rescate. En mi mente, yo era el rescatador no el rescatado.

    Además, nada era mucho mejor que montarse por ahí en uno de esos jet-packs.

    Circulé hasta la compuerta de emergencia del donut, desenganché una mochila y un traje de salto que parecía de mi tamaño y me lo puse. La mochila pitaba como si estuviera encendida y se ejecutara el modo de diagnóstico. Comprobé las luces idióticas para asegurarme de que estaban todas verdes. Sintiéndome como un hombre de acción dí unos pasos en la zona exterior de la compuerta y salté, con los brazos y piernas en línea recta y las puntas de los pies estiradas.

    El jet-pack tosió a la vida y me dió un suave tirón. Luego comencé a descender hasta el suelo. Las luces idióticas de la baliza de emergencia se encendieron y yo arrojé un suspiro de alivio y me puse comodo.

    El vuelo era placentero y de ensueño, un descenso lento sobre la reluciente ciudad de metal. Estaba tan deleitado con la vista que no ví a los secuestradores hasta que ya estaban sobre mí. Me golpearon arriba y abajo, dos chicos de mi edad con jet-packs trucados personalizados con las balizas de tráfico rotas. Uno me agarró las rodillas y las abrazó hasta mi pecho mientras el otro gritaba en mi oído:

    -Voy a cortar tu mochila. Este es un cuchillo muy, muy afilado y cuando haya terminado, seré la única cosa que te sujete. Así que... NO TE MUEVAS.

    No tuve ni siquiera la oportunidad de moverme. Cuando el discurso había terminado ya estaba separado de mi mochila y volaba boca abajo observándola caer con las correas botando en el viento. Mi pelo colgaba hacia abajo y la sangre me llenaba la cabeza, despertando mi dolor de cabeza. Reflexivamente, me retorcí para echar un vistazo a mis secuestradores pero me detuve inmediatamente cuando noté que perdía su agarre. Cerré mis ojos con fuerza y recé.

    Los tres nos zambullíamos rápido y en firme y degusté ese segundo desayuno auxiliar antes de equilibrarnos. Arriesgué un rápido vistazo, luego cerré los ojos otra vez. Volábamos a gran velocidad por los niveles inferiores del lago Salt, por los pasillos de carga automática, imposiblemente claustrofóbico y, a nuestra velocidad, peligroso.
    Doblamos tantas esquinas que paré de contarlas y entonces, nos detuvimos lentamente hasta parar. Me volcaron sobre el suelo, una placa de tracción de acero. El viento me tiraba de espaldas y apenas era consciente de las manos que me desenganchaban el traje de salto. Luego comenzaron a vaciar los bolsillos de mi ropa metódicamente.

    -¿Qué demonios llevas encima, chico?, preguntó uno de ellos.

    Era el mismo que me había avisado de no me moviera. Al escuchar su voz por segunda vez me dí cuenta de que era más joven que yo, quizá de diez u once. Aún así, no se me ocurrió pelear con él, tenía un cuchillo lo bastante afilado para cortar las correas de seguridad de mi nochila.

    -Ropas. Vengo de 1898. Mi Pa es embajador. No tengo dinero.

    Luché hasta una posición sentada y me tiraron de espaldas otra vez.

    -¡Al suelo!. Así no te harás daño, dijo la misma voz.

    Era lo bastante joven para que yo no pudiera distinguir si era chico o chica. Manos pequeñas me apretaban los ojos.

    -No espies ahora.

    Otro grupo de manos desvalijaron mi abrigo y mis pantalones, luego los cortaron y le dieron el mismo trato a mi camisa y calzones. Me ruboricé cuando los soltaron.

    -¡Era verdad que no tienes dinero!, dijo la voz.

    -Ya te lo dije, ¿o no?

    La voz dijo una palabrota que me habría costado una zurra de azul y negro en casa y, luego, las manos desaparecieron. Miré arriba justo a tiempo de ver dos pequeñas figuras volando hacia el cielo.

    Estaba desnudo, sentado en una pasarela sobre un pasillo de carga, tres cuartos de siglo y dios sabe cuántas millas lejos de casa. No lloré, estaba demasiado preocupado para llorar. Dí una patada a mis arruinadas ropas hasta el pasillo de carga y me puse el traje de salto.

    ¡Menudo héroe estaba hecho!-

    * * * * *

    Era un trabajo duro trepar escalera tras escalera hasta los niveles de las tiendas. Para cuando llegué a un nivel donde podía ver el cielo, yo estaba goteando de sudor y tenía de nuevo dolor de cabeza.

    El tráfico de a pie era ligero pero asustaba bastante. Había paseado por el 75 antes, por supuesto, pero el lago Salt era un lugar grande y había partes de él que el hijo de un embajador nunca debería llegar a ver.

    Esta era una de ellas. Los escaparates de las tiendas eran todos compuertas de apertura de iris y habìan sido pintados para parecer bocas sorprendidas u ojos. Un caso fascinante mostraba las partes privadas de una mujer. La mayoría eran casas de apuestas o bares. Incluso en 1975, los Santos tenían alguna influencia en el lago Salt y los bares y broteles eran lugares bastante vergonzosos donde nunca encontrarías a una persona respetable.

    Los otros transeúntes de la calle era mayormente de otros mundos, o bien espaciales de uniforme o bien EXTs. En algunos casos era difícil decir decir quién era quién.

    Caminé encorvado, pegándome a las paredes, con las manos en los bolsillos, con los ojos mirando al suelo excepto cuando buscaba un teléfono público. Tras varios bloques, noté que nadie me prestaba la más mínima atención y saqué las manos de los bolsillos. El sol se filtraba sobre mí, cálido bajo el gran domo y descubrí que, aunque me había quedado atrapado en el 75, sido secuestrado y dejado en el peor vecindario del estado entero, había aterrizado de pie. La idea me hizo sonreir. Otro chico, Oly por ejemplo, no lo habría llevado tan bien.

    Aún no había localizado ningún teléfono público. Me imaginé que los bares tendrían teléfono, de otro modo, ¿cómo podría un borracho llamar a su esposa y decirle que llegaría tarde a casa?. Escogí un bar cuya compuerta estaba pintada como un tunel de ladrillo y entré.

    La compuerta se cerró detrás y parpadeé en las tinieblas. Mi nariz se inundó de incienso dulce enfermizo y licor barato y humo de puro.

    El lugar era pequeño y atestado de mesas de metal dentado y sillas que se sujetaban desde placas en el suelo. Una mujer estaba de pie tras la barra, con aspecto duro, barato y broncíneo. Miraba una opera en su vídeo. Un espacial se sentaba en la esquina, contemplando su jarra de cerveza.

    La mujer me miró.

    -¡Piérdete, chico!, dijo ella. No se admiten menores.

    -Perdón, madam, dije yo. Sólo quería usar su teléfono. He sido secuestrado
    y necesito llamar a la policía.

    La mujer se giró de vuelta a su ópera

    -Pide limosna a otro sitio, hijito. El teléfono es sólo para los clientes.

    -Por favor,- dije yo. Mi padre es un embajador, ¿de 1898? No tengo dinero y estoy atrapado aquí. No será ni un minuto.

    El espacial levantó la cabeza de su bebida.

    -¡Que te pierdas!, dijo la señora.

    -Compraré algo, dije yo.

    -Acabas de decir que no tienes dinero.

    -Pagaré por ello cuando llegue la policía aquí. La Embajada se hará cargo.

    -Aquí no se fía, dijo ella.

    -¿No me va a dejar usar su teléfono?- dije yo.

    -Correcto,- dijo ella, aún mirando su vídeo.

    -Soy extranjero, el hijo de un embajador al que le han robado. Un chico. Atrapado aquí, sin blanca y solo y ¿usted no me va a dejar usar su teléfono para que llame a la policía?

    -Eso es, más o menos, el tamaño del asunto- dijo ella.

    -Bueno, supongo que mi Pa tenía razón. El mundo entero se ha ido al infierno después de 1914. Ya no hay educación ni decencia humana.

    -Me has roto el corazón, dijo ella.

    -Vale. Que sea así. Envíeme de vuelta a la calle, niégueme un favor que no le costará un rojo céntavo sólo por que soy extranjero.

    -Ooh,Cállate, niño, porel amordedios, dijo el espacial.

    -Le respaldo una Coca Cola, si es eso lo que toma. Pero déjale usar el teléfono y que se largue de aquí. Me da dolor de cabeza.

    -Gracias, señor, dije yo, educadamente.

    La camarera cambió su vídeo a modo teléfono, me sirvió una Coke y me ofreció el vídeofono.

    * * * * *
    CONTINUARÁ
    Última edición por Artifacs; 30-Nov-2017 a las 21:26
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    El policía que apareció minutos después me metió en la parte de atrás de su coche patrulla, escuchó mi historia, escaneó mi retina, confirmó mi identidad y bajó el blindaje entre los asientos de atrás y de delante.

    -Te llevaré a la estación, dijo él. Contactaremos con tu Embajada. Ellos se encargarán a partir de ahí.

    -¿Y qué hay de los chicos que me secuestraron?- pregunté.

    El poli activó el modo de vuelo electrónico del jet-coche y se giró:

    -¿Tienes alguna descripción?

    -Bueno, llevaban unas mochilas muy, muy chulas con las balizas de tráfico rotas. Una era roja y creo que la otra era verde. Eran jóvenes, diez u once.

    El poli pulsaba en su pantalla.

    -Chico, dijo él, Tengo unos tres millones de menores de ocho a once, volando con mochilas de menos de un año. El color más popular es el rojo. La segunda opción, verde. ¿Por dónde quieres que empiece?. ¿Por orden alfabético?

    -Lo siento, señor, yo no lo sabìa.

    -Claro, dijo él, No importa.

    -Supongo que no estoy pensando claramente. Ha sido un día muy largo.

    El poli me miró y sonrió.

    -Supongo que sí. No te preocupes, chico, te llevaremos a casa bien.

    * * * * *

    Me dieron un traje de salto fresco, me sentaron en un banco, llamaron a la Embajada y se olvidaron de mí. Un largo y aburrido tiempo después, un gordo con bigotes de foca y piel colorada apareció.

    -De pie, muchacho, dijo él.

    -Soy Pondicherry, el sucesor de tu padre. Has armado bastante lío, ¿no es cierto?

    Tenía una voz sujetada, acento británico con un toque de algo más. Recordé al Sr Johnstone decir que él había estado en la India. Llevaba un traje de salto estándar unisex con sus solapas de embajador. Parecía ridículo.

    -Perdón por molestarle, señor, dije yo.

    -Estoy seguro de que lo sientes, dijo él. Ven conmigo, veamos cómo arreglamos este lío.

    Usó el teleportador de la estación para llevarme a su apartamento. Era tan ridículo como su uniforme y por el mismo motivo. Había llevado la simplicidad básica elegante al estándar de 1975 y arrastró todo tipo de tontos trofeos y modelos solapados: cabezas de león, sables, modelos de barcos, medallas enmarcadas y máscaras salvajes y muñecas.

    -Se puede mirar pero no tocar, ¿me entiendes?- dijo él, cuando salíamos del teleportador.

    -Sí, señor, dije yo. Si cualquier otro lo hubiera dicho, me habría sentido ofendido pero viniendo de aquel palomo inflado no me picó mucho.

    Él caminó hacia un vídeo y pulso con impaciencia en la pantalla mientras yo paseaba por el apartamento. La librería estaba llena de viejos amigos, libros del francés, por supuesto, y más. Algunos tenían extraños nombres como Wells y Burroughs y Shelley. Ví una larga lanza con cabeza de piedra y la curva de los colmillos de un elefante y una colección de orlas y medallas de campañas bajo un cristal. Regresé a la estantería de libros: algo me había perturbado. Allí, allí estaba:

    La Guerra de los Mundos.

    El libro que el Sr Adelson me había regalado por navidad. Pero había algo mal en el lomo de éste: en vez de Julio Verne, el nombre del autor era H.G. Wells. Lancé una mirada sobre mi hombro; Pondicherry aún estaba apuñalando la pantalla. Saqué el libro del estante y lo giré hasta la página del título:

    La Guerra de los Mundos, por Herbert George Wells. Lo abrí por el primer capítulo:

    La Víspera de la Guerra

    Nadie habría creído que, en los últimos años del siglo diecinueve, este mundo estaba siendo observado intensamente y de cerca por inteligencias mayores que la humana y aún tan mortales como la suya; que como hombres ocupados en sus propias preocupaciones ellos estaban siendo escrutados y estudiados, quizá tan estrechamente como un hombre con un microscopio puede escrutar las criaturas pasajeras que vagan y se multiplican en una gota de agua.

    Era justo como yo lo recordaba, cada palabra, justo como estaba en el de Verne. No pude ni empezar a explicarlo.

    Un mayordomo robot rodó fuera de su nicho con una resma de papeles. Me asusté con el ruido, luego, por acto reflejo, metí el libro en mi traje de salto. El mayordomo robot se los entregó a Pondicherry, que los embutió en un maletín.

    -La embajada podrá devolverte a tu casa por la ruta del correo en tres horas.
    Desafortunadamente, No puedo permitirme el lujo de esperar aquí hasta entonces. Tengo una reunión importante que atender Tendrás que venir conmigo.

    -Sí, señor, dije yo, tratando de sonar ansioso y útil.

    -No digas nada, no toques nada. Esto es muy sensible.

    -No, señor, no lo haré. Gracias, señor.

    * * * * *

    La reunión era una habitación privada de un restaurante elegante, uno en que yo había estado antes con ocasión de una fiesta de navidad de la embajada. Mamá había bebido dos vasos de coñac y se había ruborizado hasta el cuello del vestido. Cenamos ternera asada y un ganso envuelto dentro de una enorme calabaza, del tamaño de un barril como las que cultivan en la Luna.

    Pondicherry barrió el espacio a través del recibidor, el comedor principal y una estrecha serie de escaleras sin comprobar si yo lo estaba siguiendo. Yo holgazaneé un poco, recordando a Pa riendo y alzando su vaso un brindis tras otro.

    Alcancé a Pondicherry justo cuando estaba pidiendo, hablando bruscamente en la mesa. Otro hombre se sentaba frente a él. Pondicherry me miró y dijo,

    -¿Has cenado, chico?

    -No, señor.

    Me pidió un plato de hígado de ternera con salsa de crema, que es con lo peor que puedes alimentar a un chico, si me preguntas, cosa que no hizo.

    -Siéntate, dijo él.

    -Sr Nussbaum, Maestro James Nicholson. Estoy temporalmente "in loco parentis" hasta que pueda enviar al chico a casa.

    Nussbaum sonrió y extendió su mano. Llevaba un traje gris de extraño corte y una corbata negra. Sus dedos llevaban pesados anillos de oro y su pelo, aunque corto, aún se las arreglaba para parecer elegante y un poco cursi.

    -Bueno verte, hijo. ¿Eres el de Lester?

    -Sí, señor, él era mi Pa.

    -Buen hombre. Una maldita lástima. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Saltandote las clases?

    -Supongo que me he perdido. Me voy a casa, tan pronto como me lleven allí.

    -¿Te vas? Bueno, Me entristecerá verte marchar. Pareces un chico listo. Apuesto a que te gusta la tarta de chocolate.

    -A veces, dije yo.

    -¿Como cuándo?

    -Cuando mi mamá la hace con un vaso de leche después de la escuela, dije yo.

    Se rió con un jar-jar-jar estrangulado.

    -Vosotros, tíos, me matáis. Tu mamá, ¿eh?. Bien, hacen una buena tarta de chocolate aquí, aunque puede que no sea tan buena como la de casa.

    Puso el pulgar en la mesa.

    -Caramelito, envía aquí abajo el trozo más grande de tarta de chocolate que tengas y un vaso de leche, ¿quieres?

    La mesa reconoció su solicitud con una suave luz verde.

    -Gracias señor, dije yo.

    -Con eso bastará, creo yo, dijo Pondicherry. No he venido aquí para ver como pudres los dientes de James. ¿Podemos volver a los negocios?

    Pondicherry comenzó a hablar con frases rápidas, sujetas y puntualizadas por viciosos mordiscos a su comida. Traté de seguir la conversación sobre el comercio de filetes de bufalo a cambio de metales raros. Entendí todo eso pero no mucho más. El hígado de ternera estaba peor de lo que yo imaginaba y escondí tanto como pude debajo de las patatas. Luego aparté el plato y excavé en la tarta.

    Eché alguna mirada arriba y vi que Nussbaum estaba riendo maliciosamente hacia mí. Él no había dicho mucho, sólo comió con calma y esperó a que Pondicherry se le acabara el vapor. Captó mi mirada y me deslizó un guiño. Yo miré hacia Pondicherry, que estaba trinchando ruidosamente un trozo de filete, ausente, y le devolví el guiño a Nussbaum.

    Pondicherry se limpió la boca con su servilleta.

    -Excusénme, dijo él, Ahora mismo vuelvo.

    Se levantó y caminó hacia el WC.

    Nussbaum soltó una risita de repente. Distraídamente, se palpó los bolsillos hasta que localizó un pequeño teléfono. Lo abrió y le gruñó:

    -Nussbaum.

    -¡Julio!- dijo él un momento después.¿Cómo van las cosas?

    Se mecía mientras escuchaba la respuesta

    -Mira, tú y yo sabemos que hay una diferencia entre listo y avaricioso. Creo que es una mala idea.

    Él escuchaba un poco más y tamborileaba con sus dedos en la mesa.

    -Porque no es creíble,¡Maldición! Incluso el título es anacrónico: nadie en 1902 va a entender que significa NEUROMANTE. Piensa en ello, ¿Vale?
    ¿Porqué no usas alguna cosa de Twain? Esos libros han tenido piernas.

    Mi mandibula cayó. Nussbaum estaba hablando con el Francés y le estaba ayudando a ¡HACER TRAMPAS! ¡A robar a Mark Twain!. De pronto, fuí consciente de La Guerra de Los Mundos, bajo el frontal de mi traje de salto. Recordé la tarea del Sr Adelson y todo tuvo sentido de pronto.

    Verne PLAGIABA a otros autores.

    Nussbaum colgó justo cuando Pondicherry se re-sentaba a sí mismo. Dió un sorbó a su bebida y alzó su mano.

    Pondicherry le miraba fríamente.

    -Mira, dijo Nussbaum. Hemos pasado por esto unas cuantas veces, ¿vale? . Yo sé cuál es tu posición. Tú sabes cuál es mi posición. No estamos en el mismo sitio. Por mucho que disfrute de tu compañía, en verdad, no quiero pasar el resto del día escuchándote decir lo mismo. ¿De acuerdo?

    -¿En serio?, no creo que... Pondicherry comenzó pero Nussbaum alzó la mano otra vez.

    -Bueno, vale. Soy un grosero hijo de perra y lo sé. Tomemos como cierto que tú y yo hemos pasado toda la tarde haciendo saber al otro lo sinceras que son nuestras posiciones y saltemos a la parte de los cocktails y el compromiso y, quizá, nos quede algo del día para aprovechar.

    Pondicherry comenzó a hablar de nuevo pero Nussbaum lo detuvo.

    -Yo iré con seis onzas de Troya por novillo. No tendrás una oferta mejor. 98% de mineral puro. Mejor que nada que hayas refinado antes en casa. Es lo más lejos que voy.

    -Señor, ¿es un ultimatum?, preguntó Pondicherry, estrechando los ojos.

    -Llámalo como te plazca, fracasado. Es mi oferta final, oferta de camisa de hierro. No te gusta, me voy al Chino. Él parece bastante ansioso por llevarle algo de buen metal al Emperador.

    -No te atreverías. Él está muy lejos en el pasado, violaría los protocolos.

    -Eso lo dices tú. Puede ser lo que la corte de comercio decida. Asumiré mis riesgos.

    -Seis onzas y media, dijo Pondicherry, con voz de niño maleducado.

    -Tú no oyes muy bien, ¿eh?. Seis onzas es la oferta sobre la mesa. La tomas o la dejas. Nussbaum empujó algunos papeles por la mesa.

    Pondicherry los contempló durante largo rato.

    -Los firmaré, señor, pero es con la esperanza de oportunidades de negocio continuado. Es como un gesto de buena voluntad, ¿entiendes?.

    Nussbaum bufó y alcanzó sus papeles.

    -Esto va de filetes y metales.
    Esto no va sobre el futuro, va sobre el hoy, ahora. Eso es lo que hay en la mesa. Puedes firmarlo o puedes irte.

    Pondicherry soltó el aire por su nariz como un caballo loco y firmó.

    -Si me excusáis, tengo que usar el WC otra vez.

    Se alzó y dejó la habitación, púrpura por la subida del cuello.

    -Qué primo, dijo Nussbaum a la puerta cerrada. Esto ha tenido que ser un verdadero plomazo para tí, ¿eh?, dijo él.

    Sonreí.

    -No está tan mal. Me gustó verte como le arrinconabas.

    Dió una carcajada.

    -Nunca habría intentado eso con tu padre, chico. Él era demasiado astuto. Pero el gordito ese, está aterrorizado de que el Chino le ponga al Reino Medio un ribete cuando él encare su Armada Real. Todo lo que se necesita es la más ligera pista y se dobla como un traje barato.

    Eso me hizo soltar una risa: ¡un traje barato!
    Le mostré mi mirada más inocente.

    -¿Quién más sabe lo del Francés?, le pregunté.

    Nussbaum sonrió como si hubiera sido pillado con su mano dentro del bote de las galletas.

    -Me he dado cuenta, más o menos, en la mitad de nuestra conversación que tú, siendo hijo de Lester, probablemente habías leído cada palabra que el viejo Julio escribió.

    -Así es, dije yo. saqué La Guerra de los Mundos.

    -¿Cómo se siente el Sr Wells sobre ésto?, pregunté.

    -Imagino que está bastante mistufied, dijo Nussbaum. ¿Me creerías si te digo que eres el primero que nos ha cogido?

    Lo creía. Yo sabía lo bastante para saber que las agencias que auditaban los protocolos tenían todas sus manos siguiendo la pista a los contrabandistas de oro y arte. Nunca había pensado en el contrabando de PALABRAS. Si las cortes de comercio lo descubrían...

    Bueno, difícilmente pasaba una semana en la que alguien no propusiera cerrar las embajadas. Hablaban sobre cómo el futuro seguía afectando el pasado y, si pensamos que en 1975 parecía malo, ¡imagina la vida en 1492 una vez que el futuro la alcanzaba!
    Los embajadores habían hecho muchos amigos en grandes lugares: usaban su influencia para mantener las cosas en una quilla equilibrada.

    Nussbaum alzó una ceja y me estudió.

    -Creo que tu padre puede haberlo averiguado pero se lo guardó para él. Él y Julio se llevaban como una casa en llamas.

    Mantuve mi mirada inocente

    -Bueno, entonces, dije yo. Si Pa no dijo nada, pensarías que yo no lo diría tampoco, ¿verdad?

    Nussbaum suspiró y me lanzó una mirada de oveja descarriada.

    -Me GUSTARÍA pensar eso, dijo él.

    Giré el libro en mis manos, manteniendo la mirada en la suya. Estuve a punto de decirle que me lo guardaría para mí pero, en el último minuto, algo instintivo me hizo mantener la boca cerrada

    Nussbaum se encogió de hombros como quien dice, me rindo.

    -Hey, te vas a casa hoy, ¿cierto?, dijo él, prudentemente.

    -Sí, señor.

    -Tengo un mensaje que podrías confiar de mi parte, ¿tu crees...?

    -Supongo que sí. . . dije yo, dudando.

    -Haré que valga la pena tu tiempo. Se trata de visitar a un amigo mío en Frisco. Sin prisa, sólo asegurarse de que lo reciba en los próximos diez años o así. Una vez enviado, cuidará de tí. Estarás establecido de por vida.

    -Diosh, dije yo, atónito.

    -¿Te va el juego?

    -Supongo que sí. Claro.

    Mi corazón daba saltos. ¡Establecido de por vida!

    -El hombre con el que quiero que hables es Reddekop, es el organista del teatro Castro. Dile:
    "Nussbaum dice que salgas el 29 de Octubre de 1929."
    Él sabrá lo que significa. ¿Te acordarás?

    -Reddekop, Teatro Castro. 29 de Octubre de 1929.

    -Exac-atac-to. deslizó La Guerra de los Mundos en su maletín.

    -Me haces un favor del demonio, hijo.

    Estrechó mi mano. Pondicherry regresó entonces. La embajada ha contactado conmigo. No pueden llevarte a casa hasta dentro de seis meses desde tu fecha de partida. Hay una puerta correo esta tarde.

    -¡Seis meses!- dije. Mi Mamá se volverá loca! ¡No puedes llevarme tú a casa antes?

    Pondicherry sonrió ofensivanente.

    -No te quejes a mí, chico. Cavaste este agujero tú mismo. El siguiente correo programado que va cerca de tu punto de partida sale dentro de cinco años. Hemos avisado a tu madre para que te espere en casa a mediados de Julio.

    -Duro descanso, chico, dijo Nussbaum, me estrechó la mano y me lanzó otro guiño.

    * * * * *
    CONTINUARÁ
    "Al principio se creó el universo. Esto cabreó a mucha gente y fue ampliamente considerado como un mal movimiento."
    Douglas Adams (Guía del Autoestopista Galáctico)

  8. #8
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    Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Sr. Doctorow.
    (Original Title: A Place So Foreign, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************

    El portal del correo me dejó en un callejón de Salt Lake City. La embajada me había dado diez dólares de Wells Fargo, un par de pantalones vaqueros y una camisa que eran demasiado grandes para mí. Así que se balanceaban mientras me abría camino hasta la estación de tren y compraba el pasaje a New Jerusalem.

    Era miércoles, el horario normal para el Céfiro Speedball, y no tuve que esperar demasiado en la estación. Compré copias en el tren de "El Grito" de Salt Lake City y del "Crónica" de San Francisco de un vendedor de carrito. El Crónica era de hacía una semana pero estaba lleno de chismorreos fascinates sobre la gran ciudad. Lo leí de cabo a rabo durante el largo viaje hasta New Jerusalem.

    Mamá me esperaba en la estación de tren. Yo esperaba algún pellizco pero, en lugar de eso, me abrazó fuertemente con lágrimas en los ojos. Recordé que habían pasado seis meses para ella desde que me fuí.

    -James, serás la muerte para mí, te lo juro , dijo ella, después de estrujarme.-

    -Lo siento, Mamá,- dije yo

    -Le hemos tenido que decir a todo el mundo que habías ido al colegio de Francia,- fijo una voz de hombre familiar.

    Alcé la vista y ví al Sr Johnstone de pie unos cuantos metros atrás, con nuestro equipo y carreta. Me miraba.

    -He sellado el portal del establo permamentemente por ambos lados.

    -Lo siento, señor,- dije yo.

    Pero por dentro no lo sentía. Incluso aunque sólo había estado fuera unos pocos días, había tenido la aventura de una vida entera: fumado y bebido y secuestrado y escapado y recibido un mensaje secreto. Mi Mamá me parecía más bajita y frágil; y James H Johnstone era un hinchado engreído.

    -Nos olvidaremos de esto, hijo, dijo él. Pero de ahora en adelante, habrá orden en nuestra casa. ¿Nos estamos entendiendo?.

    ¿NUESTRA casa?. Alcé la vista a mi Mamá. Ella me sonriO nerviosa.

    -No hemos casado, James. Hace un mes. ¡Felícitame!

    Pensé sobre ello. Mi Mamá necesitaba a alguien para que cuidara de ella y
    vice-versa. Después de todo, no era justo para ella estar sola. De inicio, me dí cuenta de que, en mi.mente, dejaría la casa de mi Mamá. Sentí los billetes de Wells-Fargo en mi bolsillo.

    -Felicidades, Mamá. Felicidades, Sr Johnstone.

    Mamá me abrazó de nuevo y e Sr Johnstone condujo la carreta hasta casa

    * * * * *

    Todo el resto del día, Mamá seguía mirándome con preocupación cuando pensaba que yo no estaba mirando. Fingí no darme cuenta evhice mis rezos, luego saqué mi Crónica en el huerto de manzanas detrás de la Academia. Me senté bajo un gran manzano y releí el periódico, con todos los curiosos reportajes y pedazos de una ciudad congelada en el tiempo.

    Apenas me sorprendió ver al Sr Adelson, ni él pareció sorprendido de verme.

    -¿De vuelta de Francia, James?

    -Sí, señor.

    -Parece que te ha hecho bien aunque tengo que decir que te hemos echado de menos por aquí en la Academia. Ya no era lo mismo. ¿Sigues escribiendo?

    -Lo siento, señor, no. No ha habido tiempo. Aunque estoy pensando en escribir una historia de aventuras sobre piratas y viajeros espaciales y naves, dije.

    -Eso suena emocionante.-

    Se sentó a mi lado y nos quedamos en silencio durantevun tiempo observando las moscas zumbar alrededor. El aire era dulce por las flores del manzano y el único sonido era el aire en las hojas.

    -Voy a echar de menos este lugar, dije yo, sin pensar.

    -Yo también,- dijo el Sr Adelson.-

    Nos miramos el uno al otro y una lenta sonrisa se dibujó en su cara.

    -Bueno, Yo sé a dónde voy pero ¿a dónde vas tú, hijo?

    -¿Se va?- dije yo.-

    -Sí, señor. ¿Eso es un ejemplar del Crónica?. Préstamelo. Te enseñaré algo.

    Pasó las páginas y señaló a un anuncio.

    -El Slippery Trick está en el puerto y quieren alistar tripulación para navegar por los mares del sur en septiembre. Me presentaré como Contramaestre.

    -¿Se va de viaje?- dije yo, atónito.

    Para mi sorpresa, sacó una bolsa de tabaco y papel de fumar y se lió un cigarrillo. Yo nunca había visto antes a un profesor de escuela fumar. Le dió una fuerte calada y soltó el humo hacia el cielo.

    -A decir verdad, James, no creo que esté aún preparado para dejar esa profesión. Este pueblo no es lo bastante emocionante. Nunca he sido tan feliz que cuando estaba en la mar y esa es una buena razón para volver como cualquier otra. Aunque te echaré se menos. Fue una delicia enseñarte.

    -¿Y qué haré yo?- dije yo.

    -¡Cómo!, espero que tu madre te envíe al colegio. Te he graduado en la Academia "in absentia" durante ka última semana de clase. Tus notas y diploma te esperan en mi despacho.

    -¿Graduado?- dije yo, en total shock.
    Aún me faltaba un año para graduarme.

    -¡No te sorprendas tanto!. No había ninguna razón para que te quedaras en la Academia. Yo diría que estás preparado para la universidad.¡Quizá Harvard!- me despeinó el pelo.

    Me permití una sonrisa. Yo no pensaba que era más listo que los otros chicos pero seguro que sabía un montón de cosas más sobre el mundo. ¡Los Mundos! Y quizá, en el fondo, yo sabía que era un poquitín más listo.

    -Le echaré de menos, señor,- dije yo.-

    -Llámame Robert. La escuela se ha terminado. ¿A dónde te vas tú, James?

    Señalé con mi ejemplar del Crónica.

    -¡A mi ciudad natal!

    -¿Y Para qué?

    Miré a mis zapatos.

    -Oh, un secreto. ya veo. Bueno, no seré chismoso. ¿Lo sabe tu madre?

    Sentí que me traicionaría a mí mismo. Si le decía que no, él tendría que decirselo. Si le decía que sí, sólo podría avergonzarme si él le daba a ella la noticia. Le miré y él soltó un remolino de humo al cielo.

    -No, señor,- dije yo.-No, Robert.

    Me miró. Me guiño un ojo.

    -Mejor guardarlo para nosotros entonces, dijo él.

    * * * * *
    CONTINUARÁ
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  9. #9
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    Respuesta: Cory Doctorow Novela: Un Lugar Tan Extraño

    Un Lugar tan Extraño
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    La chica de las entradas del Teatro Castro no era mayor que yo pero llevaba el pelo más corto que algunos de los chicos que había visto en casa y más maquillaje que las chicas pintadas del saloon. Me miró como si fuera alguna clase de tonto de pueblo. Era una mirada que me había acostumbrado a ver.

    -Reddekop sólo toca para las funciones de las TARDES, niño. No hay órgano en las MATINEÉ.

    -¿A quién llamas niño?, dije yo.

    Yo había mantenido una lengua civilizada desde que desembarqué del tren, tratando adultos y niños con igual respeto pero estaba hartándome de ser tratado como un patán. Había llegado más lejos que cualquiera de esos acicalados polvorientos llegaría nunca y era lo bastante mayor para decirle a Mamá y al Sr Johnstone que me iba fuera de la ciudad; en lugar de sólo dejar una nota, como había planeado originariamente.

    -Tú. Niño. Quieres hablar con Reddekop, vuelve después de las seis. Mientras tanto, puedes comprar una entrada o perderte.

    Contárselo a mi Mamá fue un error, probablemente. Implicó que me cerrara en mi habitación durante dos miércoles consecutivos para que no pudiera coger el tren. Al tercer miércoles, escalé hasta el tejado y bajé usando una escala hecha con cuerda que había ocultado tras la chimenea. Los billetes de Wells Fargo con los que había empezado el viaje casi se habían acabado, mayormente empleados en la carísima comida del tren. No me atreví a coger nada de comida de casa, mi Mamá no era tonta.

    Pensé en comprar una entrada para la matinee. Me quedaban aún casi cinco dólares, pero una rápida mirada a los menus de los restaurantes me había enseñado que la comida del tren no era tan cara, después de todo.

    Me eché al hombro la mochila y me fuí, tomando cuidado para evitar la suciedad de los perros y a la gente que dormía en las aceras. Me dije a mí mismo que no yo estaba nostálgico sino cansado.

    * * * * *

    -¿Con que 29 de Octubre de 1929, eh?

    Reddekop era un alemán pequeño con una barba grisácea y un pelo largo muy engominado. Sus dedos eran finos y largos pero casi todo lo demás era corto y tosco. Me ponía nervioso.

    -Sí, señor. el Sr Nussbaum pensó que usted sabría lo que eso significa.

    Reddekop rascó una cerilla en el lateral del mueble del órgano, encendió una pipa. Luego tiró la cerilla descuidadamente en los asientos del teatro. Yo alcé la ceja y solté una risita.

    -No te proeocupes, niño. El lugar no arderá todavía hasta dentro de unos cuantos años.

    Tomé las palabras como si fuera la mayor autoridad en la materia.

    -A ver, Nussbaum dice el 29 de Octubre de 1929. ¿Qué más?

    -Me dijo que usted se encargaría de mí.

    Apretó la pipa con sus dientes amarillos y siseó una carcajada.

    -¿Sí?. Bueno, supongo que debería hacerlo. Por supuesto, no lo sabré seguro hasta dentro de 25 años. Supongo que no creo que quieras esperar tanto, ¿no?.

    -¡No, señor!- dije yo.

    No me gustaba este hombrecillo. Me recordaba a una rata musical.

    -Eso pensaba. ¿Sabes lo que es un fondo de inversión, James?

    Yo había estudiado eso en las clases de Ley Común. Podría parlotear sobre unos treinta tipos diferentes sin pestañear

    -Tengo una idea general- dije yo.-

    -Bien, bien. Lo que estoy pensando es que lo mejor para mí es establecer un fondo de inversión mediante un abogado que conozco en la calle Market. Él se asegurará de que siempre recibas un flujo de dinero pero nunca tan sucio como para que alguien repare en tí. ¿Cómo te choca eso?

    Lo medité.

    -¿Como sé que el fondo no desaparecerá al cabo de algunos años?

    -Tú no eres un tonto don nadie, ¿eh? Bueno, ¿Qué tal ésto?. Tú buscas tu propio abogado, alguien en quien confíes; y él puede comprobar todos los libros y documentos, asegurarse de que todo está limpio. ¿Cómo te choca eso?

    Reddekop sabía que yo era un extranjero en la ciudad y quizá contaba con que no pudiera encontrar a nadie cualificado para auditar el fondo de inversión. Pero yo tenía un as en la manga.

    Yo no era un tonto don nadie.

    -Suena bastante justo, dije yo.

    * * * * *
    CONTINUARÁ
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  10. #10
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    De vuelta a casa de mi Mamá, yo había pasado unos largos y duros días: haciendo los rezos, cortando leña, apilando heno, cuidando el jardín, cargando agua...

    Me iba a la cama cansado hasta los huesos, débil como una muñeca de trapo y tan exhausto como no pensaba que pudiera estar nunca.

    -¡Chico, was yo wrong!

    Para cuando enconté la casa del Sr Adelson, apenas me podía sostener de pie. Tenía la boca seca como una salina y me resultaba difícil mantener los ojos abiertos.
    Hay tantas colinas en San Francisco que debe haber sido algún tipo de broma que Dios nos hizo.

    Su casera, una mujer en mono de trabajo gris cuya áspera expresión parecía dirigida a todo y a todos, me dejó entrar y me señaló hacia tres pisos de escaleras que llevaban a la habitación del Sr Adelson.

    Arrastré mi equipaje connigo, rebotándo en los escalones; y llamé a la puerta. El Sr Adelson la abrió en mangas de camisa y tirantes.

    -¡James!, dijo él.

    -Sr Adelson,- dije yo.-Siento aparecer así.

    Cogió mi mochila y me invitó dentro de su habitación ofreciéndome una sillan

    -¿Qué estás haciendo aquí?- dijo él-¿Saben tus padres dónde estás? ¿Estás bien? ¿Has comido? ¿Tienes hambre?

    -Tengo bastante hambre.No he comido desde la cena de ayer en el tren-

    Traté de sonar animado pero, me temo, que me salió algo bastante lastimoso.

    -Prepararé unos sandwiches,- dijo él, y comenzó a rebuscar en su cofre de pesca. Observé sus hombros moverse durante un raro y luego, mis ojos se cerraron.

    * * * * *

    -Bueno, buenos días,- dijo el Sr Adelson, mientras yo daba un salto, desorientado en una cama extraña con sábanas extrañas

    -¿Café?

    Se inclinaba sobre un hornillo Sterno, calentandk una pequeña cafetera se metal. El sol de la mañana iluminaba a través de la siniestra ventana.

    -Te envolví el sandwich de ayer por la noche. Está ahí, sobre el vestidor.

    Me levanté y vi que, salvo mis zapatos, seguía con la misma ropa de ayer. El sandwich
    era de ternera salada y queso. Ek Sr Adelson me tendió una taza de metal llena de café fuerte y, aunque no me gusta mucho el café, me descubrí bebiéndolo tan rápido como pude.

    -Gracias, Sr Adelson,- dije yo.-

    -Robert,- dijo él, y se sentó en la única silla en toda la habitación. Yo me senté en la esquina de la cama.

    -Bueno, ¡parece que ayer tuviste un día duro! Oigamos sobre ello.

    Le conté tanto como pude, evitando algunos detalles. Mi Mamá
    sabía con certeza dónde estaba, incluso aunque no estuviera muy contenta al respecto. Yo, por supuesto, no podía contarle nada sobre que había conocido a Nussbaum en 1975, de modo que cambié el lugar a Francia y continué con el mensaje que me había pedido que enviara a
    Reddekop. Quedó bastante emocionante la historia.-

    -¿Y quieres que vaya contigo a la oficina de este abogado? ¿Para comprobar los documentos?
    James, sólo soy un marinero, no estoy cualificado.

    Me había preparado para este argumento.

    -Pero, YO sé algo sobre esas cosas; no me creerán, por supuesto, y tratarán todo tipo de trucos sucios si piensan que soy sólo un niño.

    -Explícame otra vez ¿porqué no quieres que el Sr Johnstone te acompañe? Suena que hay mucho dinero para que él no quiera estar invokucrado.

    -Él no es mi Pa, Robert. a mí ni siquiera me GUSTA y puede ocultarme el dinero hasta que yo cumpla dieciocho o veintiuno e intentará enviarme a una escuela externa.

    -¿Y qué hay de malo es eso? ¿Tienes otros planes?

    -Claro,- dije yo, demasiado alto.

    Yo no tenía pensada esa parte aún pero sabía que la próxima vez que pusiera elnpie en New Jerusalem, yo sería mi propio hombre de mundo y no dependería de nadie. Llevaría a Mamá y al Sr Johnstone a cenar a un gran restaurante y me quedaría en la habitación más lujosa del hotel Stableman, y contraría a Tommy para que me llevara el equipaje hasta la habitación.

    -Ademá, no te pido que hagas esto gratis. Te pagaré una comisión administrativa del cinco por ciento, ¡de por vida!.

    Se puso serio.

    -James, si yo hago esto...

    -Piénsate el "si", dije yo

    -No quiero ni un rojo centavo. Hay cosas aquí que no me estás contando. A ver, este es tu negocio pero quiero asegurarme de si alguien descubre el asunto, que quede claro que yo no recibí beneficio de ello.

    Sonreì. sabía que lo tenía. Además, yo no había jugado mis triunfos todavía y si no me ayudaba estaría en calle solo. No podía decir que me gustara la idea.

    * * * * *

    CONTINUARÁ
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