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    Post Cory Doctorow Regreso a la Isla del Placer

    Regreso a la Isla del Placer (1/4)
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Mr. Doctorow.
    (Original Title: Return to Pleasure Island, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************

    George giraba sus pulgares en su quiosco y observó como los nudillos de arcilla marrón danzaban unos encima de otros. No era tan ágil como una vez habían sido sus pulgares, ya no tenían la textura de arcilla húmeda de la rueda de alfarero, más bien parecía la arcilla que restaba después de haber sido trabajada hasta una saciedad, quebradiza y algo frágil. Cogió el vórtice del remolino de una máquina de caramelo de algodón con su firme mano derecha y sujetó el brazo-escobilla de acero inoxidable. Los motores gimieron y los sintió esforzarse contra su fuerte brazo derecho, como algo vivo luchando por escapar de una trampa.
    Aún fuerte, pensó, aún fuerte y liberó el brazo-escobilla para que volviera a girar el azúcar hasta hacerla una maraña sedosa.

    Un grupo de chicos paseaban riendo y clamando por el camino central, saltando alto sobre los muelles-g. Uno de ellos se desprendió del grupo y corrió hacia su quiosco, aún riendo con algo de crueldad. Puso sus palmas en el mostrador de George y lo empujó, usándolo para elevar su cuerpecito en un salto de alta velocidad.

    - Hey, señor, dijo. ¿Qué tal un remolino de tres colores con espolvoreado?

    George sonrió y dió un toque con su fuerte codo derecho a la columna de conos de papel, lo empujó de tal forma que un cono giró alto en el aire y lo recogió rápido con la mano izquierda.

    -Marchando ahooooooora mismo, canturreó y giró el cono dentro de la máquina de seda. Giró una colmena de azucar rosa y lo llenó con capas en líneas de azul y verde. Alcanzó la tetilla que dispensaba los polvos pero antes de mover el grifo, dijo:

    -¿Seguro que no quieres un baño de crema, también? ¿Leche merengada? ¿Sirope de mantequilla? ¿Fresa?

    El chico saltó aún más alto, casi a punto de volcar el mostrador.

    -¡Los tres! ¡Los tres!, dijo.

    George dió expertas espirales en la seda a través de las cremas, luego les aplicó una fina costra de polvos de caramelo.

    -¡Abre la boca, chaval!, gritó con una alegría muy realista.

    El chico abrió la boca del todo y las luces titilantes del quiosco se reflejaban en sus molares y en la piscina de saliva sobre su lengua. La rauda y experta mano izquierda de George hundió una cuchara de mango largo en la leche merengada caliente, luego volcó el montón pegajoso con un alto arco que concluía perfectamente en la boca abierta del chico. El chico engulló y dió una pringosa risotada. George le entregó el goteante remolino de algodón con su fuerte mano derecha y el chico hundió su cara en él.
    Cuando giró como un tornado y corrió a reunirse con sus amigos, George vió que sus orejas estaban ya haciéndose más largas y su deliciosa risa había sonado un poco como un rebuzno. Un trabajo bien hecho, pensó y observó como la lluvia salpicaba los esponjosos guijarros de goma del camino central.

    * * * * *

    Se suponía que George terminaba el turno a medianoche. Él siempre aparecía al mediodía pero raramente salía con puntualidad. El blando que tenía el turno de medianoche-a-seis era vago y se retrasaba y, generalmente, entraba en escena a las doce y media, refunfuñando
    sobre lo cansado que estaba. George sabía como tratar con los blandos pues su padre le había criado entre ellos, de modo que hablaba sin el fino acento de su padre para que nunca se lastimaran inadvertidamente sus manos blandas cuando las estrechaba con ellos. Con esto, sonreìa con bondad natural y le daba un facsímil realista de simpatía que acababa con sus perennes quejas.

    ¡Su padre! ¡Qué sabio había sido el viejo!, ¡qué orgulloso y qué ESTÚPIDO!.

    George guardó su uniforme tras el escenario y lo lanzó junto a la colada, notando, para su desmayo, cuánto marrón tenía en la parte interior, cuánto de él mismo se había erosionado durante su turno. Miró su pulgar izquierdo listo y al pulgar derecho fuerte, los probó, sabían bien, sabor a tierra; y los apartó. Se vistió con el mono de colores de tierra y la camisa de trabajo que su propio padre había robado en una lavandería automática cuando dejó la casa ancestral de la gente de George para irse a la de los blandos.

    Embarcó en el tranvía de Sólo Empleados que recorría las puertas de utilidad que habìan bajo el camino central de La Isla del Placer; y miró sin el menor interés a los blandos del tranvía que parloteaban mientras aceleraba hacia la residencia de empleados. De pronto estaban solos, el conductor y él, durante el resto del camino hasta el final de la línea: la cabaña que compartía con sus dos hermanos: Bill y Joe. El conductor le deseó las buenas noches al desembarcar y él entró a casa.

    Billy ya estaba en casa, dormitando en la pila de sábanas que los otros tres hermanos compartían en la habitación negra de la cabaña. Joe aún no estaba en casa a pesar de que su turno terminaba antes que los suyos. Nunca volvía directo a casa, en vez de eso, paseaba tras los escenarios observando el camino central a través de las rendijas.
    El Jefe de Joe había hablado con George sobre ello y George había hablado con Joe. Pero a Joe no se le puede decir nada. George pensó en lo orgulloso que su padre había estado con tres hijos, ¡tres!. George, el hijo de su pulgar derecho fuerte; Bill, el hijo de su pulgar izquierdo listo y Joe.
    Joe, el hijo de su lengua, el desatino de un anciano que le dejó sin palabras para el resto de sus días. Aunque nunca había necesitado palabras; sus agrietados ojos reumáticos habían brillado con orgullo cada vez que se encendían en Joe y el chico no podía hacer nada malo por él.

    George se ocupaba a sí mismo con la cena para sus hermanos. En la pequeña zona de madera tras la cabaña, encontró buena tierra limpia con raíces jugosas. En la nevera tenía una jarra de salsa de caca de elefante, sazonada con el sudor exprimido de los leotardos de un gran acróbata, los cuales aún cargaban el zumo de vitalidad tras cada ensayo. Peparar una buena comida de verdad para sus parientes implicaba un equilibrio en las cosas terrestres y vivas, cosas con las que mantener las manos ágiles y para hacerlas fuertes. Y así trajo un pollo del gallinero de los hermanos y lo cubrió con la densa salsa marrón verdosa, plumas y todo. Bill, al ser el listo, despertó con el olor de la salsa bullendo en el microondas y caminó hacia la cocina.

    Para un ojo inexperto, Bill y George eran indistinguibles. Ambos grandes, incluso para su especie pues su padre había sido un ejemplar especialmente grande; con las caras tan expresivas como las obras de un escultor, con los dientes cincelados blancos y duros como rocas. Cuando iban juntos a solas, iban sin ropa,pues era costumbre de su especie, y sus cuerpos eran barrigudos y con bigote sin recortar. No necesitaban ropa pues carecían del pudor de los blandos, del pequeño pulgar entre las piernas. Tenían una forma más civilizada de reproducirse.

    Joe no había vuelto aún. Billy preguntó a su hermano fuerte.

    - Aún no, George le dijo a su hermano listo.

    -Comamos entonces. No tiene sentido esperarle. Sabe cuál es la hora de la cena, dijo Bill y, dado que era el listo, comieron.

    * * * * *

    Joe regresó cuando salía el sol y se enterró entre sus hermanos sobre el nido de sábanas. George estiró una pierna sobre su hermano más pequeño y olió el licor de su repiración en su sopor y sus sueños quedaron contaminados con la peste de uvas podridas.

    George fue el primero en despertar y preparar la comida de la mañana. El lado con larvas de un filete especiado con la vitalidad de sus parásitos y grava. Joe acudió a por el desayuno antes que Bill, como era su costumbre. Bill necesitaba el sueño para que su inteligencia descansase.

    -¡Maldición, tengo hambre!, gritó Joe sin reparo por su hermano dormido.

    -Te has perdido la cena, dijo George.

    -Tenía cosas más importantes que hacer, dijo Joe. Salí con un Imaginador.

    George se le quedó mirando con dureza.

    -¿Y qué quería el Imaginador? ¿Hay algún problema?.

    Joe dió una risa de desprecio.

    -¿Porqué siempre piensas que hay algún problema?. El tipo quería charlar conmigo, le gusto, quiere conocerme, se llama Woodrow. Está a cargo de un montón de operaciones de la división y estaba interesado en lo que yo pensaba sobre algunos de sus planes.

    Se detuvo y esperó que George se quedara impresionado.

    George sabía el significado de esa pausa.

    -Eso está muy bien. Debes de estar haciendo un buen trabajo para que que tu Jefe te mencione que se lo cuentes.

    -¿Ese pequeño capullo?. Él me odia hasta las tripas. Woodrow está construyendo una unidad de operaciones especiales de pensadores laterales, quiere sangre nueva, creatividad. Dice que tengo una perspectiva única en mi especie.

    -¿Has hablado con Orville?.

    Orville era el blando que los había traído a la Isla desde la choza de su padre y era su mentor y defensor dentro de sus políticas Bizantinas. Bill le había confiado a George que sospechaba que Orville era de una especie diferente de blandos, que parecía realmente saber más de la especie de George que cualquier blando hubiera sabido jamás sobre aquellos asuntos.

    Joe arrancó un trozo de la carcasa del raquítico pollo y se la embutió en la boca. Luego balbuceó algo que podría haber sido sí como podría haber sido no. Era la estratagema favorita de Joe y era la responsable de la redonda barriga que sobresalía bajo su esquálido pecho.

    Joe arrancó más de la mitad de la comida y andó hacia la puerta.

    -Woodrow quiere reunirse conmigo otra vez esta mañana. No me esperéis esta noche.

    Dejó la cabaña y se dirijió a la parada del tranvía.

    Bill rodó sobre su cama y dijo:

    -No me gusta nada todo esto.

    George se mantuvo callado. La voz de Bill le sorprendió, aunque no debería. Bill era lo bastante listo como para permanecer quieto y fingirse dormido para poder espíar la conversación de Joe mientras que George simplemente se habría sentado y habría empezado a hablar.

    - Orville debería saber sobre el asunto pero no puedo saber si lo hará enfadar. Si se enfada y castiga a Joe, sería nuestra culpa por habérselo dicho.

    -Pues no se lo decimos, dijo George.

    Bill mantuvo su mano levantada.

    -Pero si no se lo decimos y lo descubre por su cuenta, puede enfadarse con nosotros.

    -Pues deberíamos decírselo, dijo George.

    -Pero Joe y este Woodrow pueden no llevarse bien después de todo y, si eso ocurre, todo el asunto terminará por sí solo.

    -Pues no se lo decimos, dijo George.

    -Pero si se llevan bien, entonces pueden hacer algo que podría enfadar a Orville. Bill miró expectante a George.

    -Pues...¿deberíamos decírselo?, dijo George, confuso.

    - No lo sé, dijo Bill. No lo he decidido.

    George sabìa que esto significaba que Bill tendría que pensar sobre ello, de modo que le dejó. Tenía que coger el tranvía para llegar a tiempo a su turno de todos modos.
    * * * * *
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  2. #2
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    Post Respuesta: Cory Doctorow Regreso a la Isla del Placer

    Regreso a la Isla del Placer (2/4)
    por Cory Doctorow
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    (Original Title: Return to Pleasure Island, 2003)
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    ************************************
    El blando con el turno de seis-a-mediodía se fue sin una palabra tan pronto llegó George. George estaba habituado a que los blandos no tuvieran nada que decirle y lo prefería de esa forma. Era mejor que se fuera así, en vez de esos blandos que siempre querían hablar con Billy y que su hermano odiaba pues nunca tenían nada que decirle que quisiera saber.

    -El tiempo no necesita discusión, decía Billy.

    Y respecto a las quejas sobre los turnos del Jefe, bueno, un blando hablaba lo mismo que cualquier otro y Orville les había dicho que, al final del día, ellos trabajaban para él y no para ningún Jefe.

    A Joe le gustaba hablar con los blandos. A Joe le gustaba hablar, coma. Le contaba a los blandos mentiras sobre su infancia en la choza con su padre y les contaba cómo sus hermanos le atormentaban. Incluso hablaba sobre el tiempo. Cuando volvia a casa, se lo contaba a sus hermanos todo otra vez, todo lo que les había contado a los blandos.

    George había memorizado el manual de SOP cuando llegaron a la Isla, cinco años antes. Claramente decìa que el suelo del quiosco tenía que desinfectarse cada tres horas y las superficies pulirse del todo y rellenar los botes y las máquinas. El blando con el turno de seis-a-mediodía nunca hacía ninguna de estas cosas y el Jefe bien podía darle una charla disciplinaria por ello, pero George no protestaba. Él simplemente limpiaba y desinfectaba y reponía cuando llegaba, incluso aunque tuviera que ser extra-cuidadoso con el agua para no lavarse nada de él mismo cuando limpiaba.

    Los chicos recorrían el camino central arriba y abajo, bronceándose en el sol del mediodía. Le recordaban a George los chicos con los que habìa ido a la escuela, después de que los trabajadores sociales hubieran llegado a la choza de su padre. Los chicos le fastidiaban para que empezara una pelea pero él simplemente se quedaba de pie con las manos a ambos lados hasta que paraban. Siempre que empezaba un nuevo curso o llegaba un chico nuevo era lo mismo; le jorobaban o le pegaban o le tiraban cosas y él permanecía de pie incólume y en silencio hasta que paraban, aunque les llevara meses. Sus maestros aprendieron pronto que preguntarle en clase significaba recibir un torpe silencio, pues se quedaba estoicamente sentado esperando a que preguntaran a otro. El trabajador social podía obligarle a ir a la escuela de los blandos pero no podía obligarle a actuar como ellos.

    George observaba ahora a los niños tan cuidadosamente como lo hacía cuando permanecía silencioso en el patio del colegio, aparentemente, sin observar nada. Él era mejor localizando un burro que cualquiera de los blandos. Cuando un chico estaba preparado para transformarse, George podía casi ver la forma de un burro sobreimpresionada en el chico y avisaba por radio a la seguridad del parque para que fuera esa mañana a recoger un burro. Recibía un bonus por cada uno localizado y, según Bill, tenía acumulado para un considerable nido de huevos.

    George miró el inventario y decidió que la leche merengada estaba quedando un poco larga a los dientes. Comenzó a empujar la leche merengada fuera y, cuando llegó el fin de su turno, el tubo había quedado vacío y había podido darle una esmerada limpieza y un rellenado de mercancía fresca.

    -¡Hey, tíos!, llamó a los tres chicos.

    -¿Alguien tiene hambre?.

    Undió un algodón dulce y lo levantó. La leche merengada chorreaba abajo hasta su muñeca. Los chicos se acercaron tímidamente a su cabaña. George sabía por sus maneras que eran nuevos en la Isla: probablemente recogidos esa tarde por un video-arcade o por un lector de etiquetas láser de alguna tienda. No sabían desenvolverse en los alrededores, estaba caro.

    -Caminad recto, dijo. ¡No muerdo!, sonrió la sonrisa que había practicado frente al espejo, una que perfilaba sus facciones blandas y flexibles en una expresión bien natural de diversión idiótica. Con cuidado, los chicos avanzaron. Eran de la edad objetivo, once a catorce y ya habían acumulado alguna mercancía: gorras de beisbol y paquetes divertidos hechos de neopreno con colores de peces tropicales, chaquetas con los logos y los personajes registrados de la Isla.

    Tenían unas ojeras incipientes y se arrastraban un poco debido a la sangre baja en azúcar. George sumergió dos conos más y los distribuyó entre ellos. El mayor, un chaval de ciudad cerca del límite superior de edad, dijo:

    -Señor, no tenemos nada de dinero. ¿Cuánto cuestan éstos?.

    George carcajeó como un tren de carga.

    -¡Es todo gratis, hijito, gratis como el aire!. Cortesía de la Gerencia como premio para clientes tan ESPECIALES como tú.

    Esto estaba en el guión pero el truco era vender la línea como si fuera fresca.

    Los chicos le tomaron los conos con timidez pero los devoraron como cuervos. George les dió algunas servilletas serigrafiadas para limpiarse y tiró al suelo la leche merengada de sus muñecas y antebrazos con la suya propia. Miró a su reloj y consultó la tabla de horarios plastificada del mostrador. 1300h, lo que significaba que el grueso de los Invitados migraría hacia la Tierra de Acción y las carreras de dinosaurios y que era hora de apretar la, ligeramente decaída, Zona de Maravillas para equilibrar las multitudes.

    -¿Vosotros, chicos, os van las montañas rusas?, dijo él.

    El más joven, eran todos bastante similares en apariencia y bastante distantes en edad como para ser hermanos, habló:

    -¡Sí!,

    El mediano le dió un codazo y aquél le giró la gorra.

    -Bien, si continuáis el camino central alrededor de esta curva a la derecha y atravesáis la gran boca del payaso, llegaréis a la Zona de Maravillas. Tenemos una montaña de quince pisos llamada El Destructor que gira cincuenta veces en cinco minutos a sesenta kilómetros por hora!. Si os dais prisa podéis saltaros la cola.

    Miró al más joven a los ojos al inicio de la arenga, luego cambió al mediano cuando habló sobre la cola.

    El más joven comenzó a vibrar de emoción, el mediano parecía pensativo y entonces dijo:

    -Suena bien, eh, ¿Tom?.

    El de más edad dijo:

    -No sabemos aún dónde vamos a dormir, a lo mejor podemos montar allí después.

    George le hizo un guiño al más joven y dijo:

    -No hay problema. Yo os soluciono eso ahora mismo.

    Levantó el teléfono de la caseta blanca y pidió al operador que le conectara con los Servicios a Invitados.

    -¡Hola, soy George del camino central! Necesito reservas para tres jóvenes para esta noche. Una suite, creo, con Nintendo en la habitación y pantalla grande de TV. Parece que les gustará el Sportaseum. Ok. Esperaré.

    Cubrió el micro del teléfono y les dijo a los chicos:

    -Os va a encantar el Sportaseum, las sillas tienen forma de catchers de beisbol gigantes de los mitts, las camas son Air Jordans gigantes y la suite incluye media cancha reglamentaria. ¿A qué nombre pongo la reserva?

    El de más edad dijo:

    -Tom Mitchell.

    George hizo la reserva.

    -Estáis todos servidos, dijo. Los monorailes llegan justo hasta el recibidor del hotel cada diez minutos. Cualquiera con su nombre en una etiqueta puede mostraros la parada más cercana. Aquí tenéis un pase. Probad el panzerotto de fútbol: es una pizza frita de dos caras tan grande como una pelota de fútbol, con lazos de tiras de ternera. Es mi favorita.

    -¡Quiero una pelota de fútbol!, dijo el más joven.

    -Todos la tendremos para cenar, dijo el mayor de todos, mirando al horizonte de esqueletos de montañas rusas en la distancia.

    -Vamos a montarnos un poco primero.

    George les emitió su sonrisa de idiota mientras se marchaban, luego su cara se quedó floja y volvió para limpiar las superficies. Un momento después, una mano trepaba por el mostrador y le quitaba la ropa con su agarre. Miró hacia arriba, embobado, a la cara sonriente de Joe. Al contrario que la de su hermano, la cara de Joe era todo aristas afiladas y pequeños dientes. Nadie sabía cómo un crío de una lengua se supone que debería parecer, pero George siempre había sospechado que algo no iba bien con Joe, incluso para un tercer hijo.

    -¡Grandullón!, Joe voceó. ¿Trabajando duro?.

    George dijo,

    -Sí.

    Se quedó quieto, pacientemente, esperando a que Joe le devolviera la ropa.

    Joe la sujetó sobre su cabeza como de costumbre, danzando atrás fuera de alcance, incluso aunque George no hubiera hecho gesto para cogerla. George esperó, Joe retrocedió hasta su mostrador y se la devolvió.

    -Estamos durmiendo la Zona de Maravillas, susurró Joe con tono conspiratorio.

    Puso un giro sobre estamos, asegurándose que George entendía que lo estaba incluyendo en la gestión de la Isla.

    -Venga, dijo George de forma neutral.

    -¡Sí! Vamos a chafar a ese mamón, empezar fresco y construir una tierra temática nueva. ¡Soy un Asesor Estratégico de Proyecto! Cuando llegue la hora, ¡seré un Imaginador!

    George sabía que las tierras de la Isla del Placer eran aplastadas y reconstruidas sobre una base regular mientras la gerencia trabajaba para permenecer en cabeza del umbral de del aburrimiento en la tierra principal, un aburrimiento que avanzaba a la velocidad de la luz. Aún así, dijo:

    -¡Bien, Joe, eso es estupendo! Estoy seguro de que harás un excelente trabajo.

    Joe se mofó de él:

    -Oh, pues claro que sí. Todos hacemos trabajos FABULOSOS, hermano. Solo que algunos de nosotros TIENEN fabulosos trabajos que hacer.

    George no quiso picar el anzuelo. Siempre podía esperar incólume hasta cansar a Joe.

    Joe dijo:

    -Estamos pensando en darle un tema de monstruos, los monstruos se están probando muy altos con once-a-catorce este año. Dragones, ogros, ciborgs, ya sabes. Podemos incluso hacer una pasarela, ¡no ha habido una de esas desde los sesenta!

    George no sabía que era lo que Joe quería decirle. Dijo:

    -Eso suena muy bien.

    Joe le dirigió una mirada de lástima y luego su pecho comenzó a sonar. Sacó un delgado teléfono del bolsillo de su camisa y se dió la vuelta. Un momento después, volvió.

    -¡Me voy!, dijo. ¡Reunión con Woodrow y Orville, en Operaciones!

    Las campanas de alarma se dispararon en la cabeza de George.

    -¿No debería Bill acompañarte a la reunión con Orville?

    Joe se burló de él, luego despegó hacia una atajo al final del camino central. George lo observó hasta que desapareció por una de las puertas de utilidad.

    * * * * *

    Bill estaba claramente disgustado sobre el asunto. George no podía evitar sentirse responsable sobre ello. Debería haber llamado a Bill tan pronto escuchó a Joe que se iba a reunir con Orville pero prefirió esperar hasta llegar a casa. Él llevaba horas en casa y Joe aún no había vuelto. Bill, preocupado, picó distraidamente durante la cena que él había preparado.

    -¿Él no dijo cómo Orville lo averiguó?, preguntó Bill.

    George movió la cabeza sin decir nada.

    -¿Porqué no me invitó?, preguntó Bill. Yo siempre llevo nuestras negociaciones.

    George no podía comer. Cuanto más preocupado estaba Bill menos podía comer él. Estaba oscuro fuera, horas y horas después de que Joe debiera estar ya en casa. Bill seguía preocupado, George miraba por la ventana y Joe no volvía a casa.

    Entonces, las luces frontales de un carro eléctrico barrieron la pista hasta su cabaña. Las luces cegaban a George, que no podía ver quién conducía. Bill se le unió junto a la ventana y aguzó la vista.

    -¡Es Joe y Orville!, dijo.

    George la aguzó también pero no pudo distinguir nada. Dió por buena la palabra de Bill y se le unió fuera.

    Era, ciertamente, Orville y Joe. Orville conducía y Joe sentado indolentemente ebrio a su lado. Orville le estrechó la mano a Bill y saludó con la cabeza a George, quien levantaba a Joe fuera del carro y lo cargaba dentro.

    Cuando volvió, Orville y Bill se miraban con calma a los ojos, esperando a que el otro dijera algo. Orville vestía sus ropas de trabajo: un traje elegante blanco con una camisa de sport debajo. Su cabeza calva brillaba a la luz de la luna. Su cara inescrutable carnosa era roja en el resplandor que surgía de la puerta de cabaña. George se mordió la lengua para que no hablara.

    -Esta borracho, dijo Orville, al fin.

    Orville no se andaba por las ramas.

    -Me doy cuenta, dijo Bill. ¿Lo emborrachaste tú?.

    -Sí, lo hice. Estábamos de celebración.

    Los ojos de Billy se estrecharon.

    -Así que lo sabes.

    Orville sonrió.

    -Por supuesto que lo sé. Yo lo preparé. Pensé que tú lo aprobarías: Joe, claramente, necesita algo que lo mantenga alejado de problemas.

    Bill dijo:

    -¿Y ésto lo va a mantener alejado de problemas?

    Orville se inclinó contra el parachoques del carro, sacó una pipa, la cargó y la encendió. Fumó y observó el humo disiparse en las brisas del pantano.

    -Creo que a Joe le va a gustar de verdad la vida con los Imaginarios. Ellos gestionan preciosas atracciones que no pueden hacer mal. Todo lo que piden, lo tienen. No habrá más problemas de disciplina.

    -¿Porqué no?, dijo Bill.

    Orville rió sin mostrar los dientes.

    -Donde no hay disciplina, no hay problemas de disciplina. Él puede trabajar las horas que desee. Tendrá acceso a todo lo que necesite: presupuesto, personal, una oficina, lo que sea. Es el trabajo de sus sueños.

    -No me gusta esto, dijo Bill.

    George se preguntó porqué no. A él le sonaba bastante bien.

    Orville chupó en su pipa.

    -Te guste o no, creo que te será difícil convencer a Joe de que no lo haga. Él está vendido.

    Bill volvió dentro de la cabaña y cerró la puerta.

    -Se lo ha tomado bien, ¿no crees?, preguntó Orville.

    George dijo:

    -Supongo.

    Orville dijo:

    -¿Todo va bien contigo?. ¿Los turnos OK?. ¿Co-empleados?.

    -Todo va bien, gracias.

    Orville dió golpecitos con su pipa en el parachoques, luego entró en el carro.

    -Muy bien, entonces buenas noches, George.

    * * * * *
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  3. #3
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    Post Respuesta: Cory Doctorow Regreso a la Isla del Placer

    Regreso a la Isla del Placer (3/4)
    por Cory Doctorow
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    (Original Title: Return to Pleasure Island, 2003)
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    ************************************
    George empezó a hacer cena para dos. Cada vez más, Joe pasaba la noche en una suite de uno de los hoteles, trabajando hasta tarde. George no sabía que tipo de trabajo estaba haciendo pero parecía que le estaba gustando. Raramente volvìa a la cabaña. La primera vez que se quedó toda la noche, Bill había vuelto a la Isla y sacado a Orville de la cama para ayudar en la búsqueda. Después de eso, Joe empezó a mandar a un mensajero, normalmente algún pobre becario de Ops para decirles que no volvería para cenar. Eventualmente, paró de molestarse y Bill paró de preocuparse.

    Una noche, un mes después de que Orville hubiera salido hacia la cabaña, George preparó la carcasa de una rata almizclera con mayonesa, limón y huevos de libélula y las sirvió para él y Bill.

    Bill apenas comió, lo que era, normalmente, una señal de que estaba pensando. George le dejó la mitad de la cena y le esperó para hablar. Bill picó los restos, luego apartó el plato. George lo limpió y trajo para ambos jarras de albañil llenas de agua estancada del pantano. Bill tomó su jarra hasta el frente de la cabaña y se apoyó contra el muro mirando a la noche y bebiendo. George se unió a él.

    -Nos hacemos viejos, Bill dijo, al fin.

    -Cada noche, el interior de mi uniforme está negro, dijo George.

    -También el mío, Nos hacemos muy viejos. Creo que tu tienes, al menos, treinta y yo estoy seguro de que tengo veinticinco. Eso es viejo. Nuestro padre me dijo que pensaba que tenía cincuenta el año que murió. Y ya era muy viejo para uno de nosotros.

    George pensó en su padre en su lecho de muerte, comiendo la comida que ellos masticaban, los ojos casi ciegos, la piel mellada con grietas.

    -Él era muy viejo, dijo George.

    Bill levantó sus dos manos enteras contra las estrellas.

    -Cuando padre tenía mi edad, tenía dos hijos. ¿Te acuerdas de lo orgulloso que estaba de nosotros?. ¿Lo orgulloso que estaba de sí mismo?. Lo había hecho tan bien que podía perder los dos pulgares y aún saber que sus hijos cuidarían de él.

    George dió un sorbo y suspiró. Él había estado pensando sobre los hijos, también.

    -Yo he querido un hijo desde que vine a la Isla, dijo Bill. Nunca lo hice porque no podía cuidar de Joe y de un hijo.

    Bill se volvió para mirar a George.

    -Creo que Joe está, por fin, cuidando de sí mismo.

    George no sabía qué decir. Si Bill tenía un hijo, entonces él no podía. Ellos no podían parar de trabajar para criar a sus hijos. Pero Bill siempre tomaba las decisiones por ellos. George no sabía que decir, así que no dijo nada.

    -Voy a tener un hijo, dijo Bill.

    * * * * *
    Bill lo hizo la noche siguiente. Le contó a Orville que necesitaba un mes de vacaciones y, después de comer la cena que George hizo para ambos, construyó un nido de tierra y sábanas en el suelo de su cabaña.

    George se sentó en la esquina y observó cómo Bill miraba sus pulgares. Era la decisión más importante que uno de su especie hacía en su vida: un hijo listo del izquierdo o un hijo fuerte del derecho. George sabía que su hijo vendría de la mano izquierda. En el mundo en el que su padre les había puesto, la inteligencia era, de lejos, más importante que la fuerza. Después de todo, Bill estaba teniendo su primer hijo.

    Bill puso su pulgar izquierdo listo en su boca y, lentamente, lentamente, mordió. George sintió fangosas lágrimas punzándole los ojos. La mano de Bill se llenó con sangre limosa. La ignoró y usó su mano fuerte derecha para coger el pulgar seccionado de su boca y acostarlo con infinito cariño en el nido que había construído.

    George, con cuidado, avanzó para echar un vistazo al pulgar, que se movía ya ciegamente en su nido, retorciéndose como un gusano. Bill posaba su mirada y sus ojos brillaban.

    -Es perfecto, respiró George.

    George sintió un bienestar poco caacterístico dentro de sí y puso su brazo en torno a los hombros de
    Bill. Bill se apoyó en él y dijo:

    -Gracias, George. Esta familia no existiría sin tí.

    Ambos durmieron doblados, circulando el nido esa noche.

    Por la mañana, del pulgar había brotado un bracito y unos bultos para las piernas y avanzaba ciegamente alrededor del nido. George se maravillaba de aquello antes de ir a trabajar.

    Joe paró por su quiosko ese día. Su barriga era mayor que nunca y su piel estaba agrietándose como la de su padre.

    -¡Grandullón!, voceó volcando el mostrador dentro del quiosco de George.

    -¿Dónde está Bill hoy? No estaba en su puesto.

    George dijo:

    -Bill tuvo un hijo la pasada noche. De su mano izquierda.

    Joe puso en blanco los ojos, que se tornaban de un amarillo tenebroso debido al agua del pantano.

    -Maravilloso, ¿cierto?. Ugh. Hay mejores formas de alcanzar la inmortalidad, bro.
    Estoy diseñando un paso a rastras para la Zona de Horror: eres una lombriz reptando bajo una tumba. Va a ser inmenso: marionetas grandes como caballos persiguiendo a los Invitados por los túneles; enormes manos fantasmales atrapándolos. Estamos construyendo una lápida gigante como el Oso Weenie. Se podrá ver desde cualquier lugar de la Isla. Construirenos la Zona de Horror sobre el camino central. Va a ser la más grande rehabilitación que hemos hecho desde que trajeron la energía eléctrica.

    Como siempre, George no sabía qué decirle a Joe.

    -Eso suena muy bien, dijo.

    Joe giró los ojos hacia arriba de nuevo y empezó a decir algo pero se detuvo cuando tres Invitados se acercaron al quiosco de George. George apenas reconoció a los hermanos Mitchell. El más joven era ya las tres cuartas partes de un burro, tan peligrosamente cerca que era un milagro que no hubiera sido recogido todavía. Estaba encorvado y sus manos se fundían en puños. Su pelo había crecido cayendo sobre los hombros en una tosca crin y sus labios sobresalían junto a su quijada.

    El mediano y el mayor iban bien por el mismo camino. Las puntas de sus orejas sobresalían entre el pelo y ellos andaban dolorosamente cargando sus piernas y caderas, forzándolas a ir derechas.

    George abrió su teléfono y pulsó el 911 pero lo dejó sin señal bajo el mostrador. Dijo muy alto:

    -¡Acercaos, chicos!. Parece que podéis con uno de los triple sabores de George, ¡el mejor del camino central!

    Desde el teléfono, oyó el operador de seguridad decir:

    -Gracias, George, estaremos contigo en un momento.

    Cautelosamente, escamoteó el receptor y sonrió a los chicos.

    ¿Cómo lo estáis pasando, chicos?, dijo.

    -¡Ez Azombrozo!, dijo es más joven con sus torpes dientes.

    George le tendió un cono bien apilado con seda de azúcar, luego comenzó a construir otros dos más para sus hermanos. Joe les dispensó una obligada sonrisa. George esperaba que no dijera nada antes de que la seguridad llegara allí.

    El mayor dijo:

    -No creo que mi hermano se sienta tan bien. ¿Hay un médico aquí al que pueda llevarle?.

    El joven, con la cara pegajosa por la crema del cono, dió una coz a su hermano.

    -¡Eztoy bien!, dijo. ¡Quiedo id a montad máz vecez!.

    Su hermano dijo:

    -Montaremos más veces después de haber ido al médico.

    El joven cayó de rodillas y lloró.

    -¡No!, dijo, martilleando el suelo con los puños.

    -¡No no no no!

    George observó alarmado cómo el chico avanzó todo el proceso de transformación hasta el burro. Sus llantos se tornaron rebuznos y sus shorts se partieron en trozos alrededor de su cadera y rabo. Su camisa cayó después y George, tranquilamente, volcó el mostrador y permaneció frente al burro bloqueándole el paso. Los otros dos huyeron a la carrera. George pilló al mediano por el cuello pero el chico se zafó y despegó camino abajo. George buscó por todos lados a los de seguridad pero aún no habían llegado.

    Entonces Joe le pasó corriendo, moviéndose más rápido de lo que George le hubiera visto moverse jamás. Pilló a los chicos y metió cada uno bajo un brazo, pataleando y retorciéndose. Él sonrió ferozmente mientras los agarraba bajo sus rodillas a los pies de George y amordazaba sus bocas con las manos.

    -¡Los tengo!, le dijo a George.

    Un equipo de seguridad emergió de la puerta de utilidad junto al quiosco de George, llevando maquillaje de payaso y pantalones holgados. Dos de ellos tranquilizaron a los chicos y el tercero le puso al burro un bozal y un mordedor. El payaso dió un manotazo en la grupa del burro con aprecio.

    -Está sano como un caballo.

    El equipo de seguridad desapareció por la puerta de utilidad con los hermanos Mitchell: dos chicos y un burro.
    Joe golpeó a George en la espalda.

    -¿Viste cómo los cacé? ¡Como un relámpago engrasado! ¡Recompensa, allá voy!

    A George no le importaba compartir la recompensa con Joe, así que sólo sonrió y asintió y volvió a su quiosco.
    * * * * *

    Bill llamó a su hijo Tom. Los nombres no eran muy importantes para su gente pero el mundo de los blandos los demandaba. En una semana, Tom esta dando pasitos ansioso por su cabaña, probándolo todo, explorándolo todo. Sus ojos brillaban con una curiosa lumbrera. El hijo listo del hijo listo.

    George amaba al hijo de Bill. Amaba ver cómo Tom gnawed a su lecho, como gateaba por el suelo buscando gusanos. Tom estaba, sin duda, deleitado con su ambiente y George basked en el deleite de Tom. Bill apenas podía sustraerse de tomar a Tom y abrazarle a cada oportunidad. El único tiempo que dejaba a George solo con Tom eran algunos preciosos momentos tras cada comida de la tarde cuando se internaba en el bosque para hallar algún nuevo juguete para Tom: un puñado de rocas bonitas; una lata de cerveza usada. El hijo construía bizarras torres con todas ellas y luego las derrumbaba entre un mar de risitas. Tom comía todo el día y hablaba un preparado torrente de adorable sinsentido.

    Bill apenas hablaba con George. Sus cenas se habían separado para vigilar que el hijo comiera. A George no le importaba, hablar con los Invitados todo el día le bastaba.

    Cuando Tom hizo dos meses, Joe pasó por el quiosco de George.

    -Se acabó. Mañana cerramos el camino central. Está muy pasado de moda. Si ha seguido tanto tiempo es por que algunos de los Imaginarios más veteranos tenían un lazo emocional con él. Les dije: Eso es VUESTRO demográfico, no el OBJETIVO demográfico. Así que lo vamos a demoler. La Zona de Horror va a ser inmensa.

    Joe se marchó antes de que George pudiera decir nada. Sus orejas eran largas y puntiagudas. No era la primera vez que George lo notaba, pero ahora podía ver que el arco de la espalda jorobada de Joe no era sólo a causa de su barriga.

    George hizo una docena de conos para los Invitados pero su corazón no estaba en ello. Además, la mayoría de Invitados ya tenía las manos llenas de arañas y serpientes de gominola del buffet de la Jungla de Tratos en la Tierra de Acción. Joe llenaba sus pensamientos y los asimiló a su manera lenta y cuidadosa. Joe se estaba transformando en un burro. No creía que ninguno de su especie podía volverse un burro, pero esto era la Isla del Placer. La indulgencia en tus vicios aquí era un peligroso pasatiempo. Tenía que contárselo a Bill pero allí no había teléfono en su cabaña. No podía enviar un mensajero porque era asuntos de familia. Su turno no terminaría hasta dentro de unas horas y esto era demasiado importante para esperar tanto.

    Al final, llamó a su Jefe.

    -Tengo que salir del escenario. Tengo un mal día.

    Técnicamente, esto estaba permitido. La Gerencia no quería a nadie sobre el escenario que no estuviera al 100 por cien. Pero esto era algo que ninguno de los hermanos, incluído Joe, había hecho nunca. El Jefe se sorprendió pero envió a un blando para sustituir a George.

    * * * * *
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  4. #4
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    Post Respuesta: Cory Doctorow Regreso a la Isla del Placer

    Regreso a la Isla del Placer (4/4)
    por Cory Doctorow
    Bajo licencia de Creative Commons, Thank you, Mr. Doctorow.
    (Original Title: Return to Pleasure Island, 2003)
    Traducción Casera: Sirius
    (Homemade Translation)
    ************************************
    Orville y Bill estaban sentados a la puerta de la cabaña, observando a Tom, cuando George volvió. Se estrujaba las manos mientras se acercaba a ellos, dudando sobre lo que iba a decir y si debería hablar delante Orville, después de todo. Sujetó su pulgar izquierdo y lo reconfortó un poco.

    Bill y Orville estaban tan fascinados con las payasadas de Tom que no notaron la presencia de George hasta que se aclaró la garganta. Orville levantó las cejas y miró a Bill pidiendo una explicación.

    - Acabo de ver a Joe, dijo George, en el camino central. Sus orejas eran puntiagudas y camina todo encorvado. No le doy más de algunos días hasta que se transforme del todo.

    George aguantó la respiración, esperando la reacción de Bill.

    -Eso es muy malo, dijo Bill. Era inevitable, supongo. ¡Un hijo de una lengua!. ¿Pero en qué estaba pensando padre?.

    Orville sonrió y chupó su pipa.

    -No te preocupes de eso, George. Joe va a ser mucho, mucho más feliz. Más centrado. Si quieres le puedo traer aquí para que viva. El pequeño Tom podría jugar a montar el pony.

    Bill dijo:

    -No creo que sea buena idea. Joe es demasidado salvaje para jugar con un hijo.

    Orville puso una mano en su hombro.

    -Te sorprendería lo dócil que se va a volver.

    Bill acunó con los brazos a Tom, que ya le llegaba a la cintura y quería agarrar la nariz de Bill.

    -Ya veremos, entonces. Se retiró dentro de la cabaña con su hijo.

    Orville se volvió hacia George y dijo:

    - Seguro que has oído que desmontamos el camino central mañana. Los otros están todos siendo reasignados hasta que acaben las obras pero estaba pensando si podría darte un par de meses de vacaciones. Podrías quedarte aquí y jugar con Tom. No todos los días se convierte uno en un nuevo tío.

    Orville había mostradp un obvio placer con las transformaciones de los chicos en burros. De eso trataba la Isla del Placer entera, después de todo. Orville parecía especialmente complacido esa noche y George pensó que Orville estaba tan sorprendido por Bill como lo estaba él. George, sin saber qué decirle, no dijo nada.

    * * * * *

    No pasó mucho tiempo para que George empezara a echar de menos el camino central. Encerrado en la cabaña con Bill y Tom, se sentaba contra un muro exterior y trataba de no estorbar el paso. Preparaba las comidas en silencio, retirándose al bosque largo tiempo, recogiendo
    bocados selectos. Bill y Tom comían en el suelo lejos de la mesa. Bill masticaba los bocados más duros primero y luego los ponía en la boca de Tom con sus mano izquierda mutilada. La mayoría del tiempo, ninguno de ellos notaba la presencia de George.

    Un día, preparó comidas para el día entero y las dejó en la mesa. Luego caminó hasta la puerta de utilidad del otro lado del bosque. Embarcó en un tranvía y viajó hasta la antigua entrada del camino central.

    El camino estaba vallado con tablas de madera y los obreros de la construcción hormigueaban sobre los esqueletos desnudos de la nueva Zona de Horror. Maquinaria pesada gruñía y aplastaba. Nada, excepto las lejanas siluetas del horizonte de la Tierra de Acción, era familiar. George trató de imaginarse trabajando aquí durante los próximos años. Un insuperable cansancio lo hundió.

    Cogió el tranvía de vuelta a la cabaña y se quitó las ropas. Eran más marrones que nunca. Sintió los brazos débiles y agotados. De pronto supo que nunca tendría su propio hijo.

    Bill y Tom jugaban delante de la cabaña. Él estaba sentado en su lugar habitual contra el muro y los observaba.

    - Bill, dijo George suavemente.

    -¿Sí?, dijo Bill.

    -¿Cuándo tendré mi propio hijo?.

    Bill siempre sabía todas las respuestas.

    Bill trajo a Tom hasta su pecho inconscientemente mientras pensaba.

    -Supongo que cuando Tom ya sea mayor, podrías coger tiempo libre y tener tu propio hijo.

    Para su sorpresa, George dijo:

    -Quiero tener un hijo ahora.

    * * * * *

    Bill dijo:

    -Eso está fuera de la discusión, George. Estamos demasiado ocupados con Tom.

    Al oir el tono de fastidio de Bill, Tom se inclinó hacia él.

    George dijo:

    -Yo no estoy ocupado. Soy viejo. Si no tengo un hijo pronto, no podré cuidarle hasta que sea lo bastante mayor para cuidarme él a mí.

    Bill dijo,

    -Piensas como Padre. Vivimos con los blandos ahora. Orville se asegurará de que tú y tu hijo estéis bien hasta que crezca.

    George nunca ganaba en argumentos con Bill. Entró en la cabaña y preparó la cena.

    * * * * *

    Orville visitó a los hermanos la mañana siguiente. Pellizcó a Tom en la mejilla y estrechó la mano de Bill. Luego llevó a George al bosque para dar un paseo.

    -Tu hermano me ha dicho que quieres tu propio hijo.

    George asintió y se agachó para poner un pequeño y mohoso leño en su cesta.

    -Bill no quiere que lo tengas, ¿eh?.

    George no estaba muy cómodo discutiendo asuntos de familia con Orville. Esa era la tarea de Bill. Tras meditar un poco, dijo:

    -Ahora mismo, no.

    Orville dijo:

    -Sé lo que te entristece. Nadie debería estar triste aquí. Veré lo que puedo hacer. Ven mañana temprano a Ops y hablaremos más.

    Cuando George volvió a la cabaña, Bill yacía con su espalda en el suelo, riendo mientras Tom escalaba por encima suyo. Tom aún balbuceaba pero ahora eran palabras de verdad, aunque sin sentido alguno. Con su parloteo constante, a George le recordaba a Joe y eso lo entristeció un poco más.

    * * * * *

    George nunca había ido a Operaciones antes pero sabía dónde estaba, en una colección de edificios prefabicados en una pequeña depresión detrás de las esculturas hechas con setos cerca de la Tierra de Magia. Se apretó el pulgar derecho nerviosamente mientras esperaba de pie en la zona de recepción a que llegara Orville para recibirle. La secretaria había anotado su nombre y avisado a Orville y ahora le espíaba con mirada horrorizada. La familia de George era la única de su especie que dejó su tierra natal y se unió a los blandos y, allí, en Ops, había un gran número de babus de bajo rango que no habían oído hablar nunca de ellos.

    Orville era todo efusividad y sonrisas cuando miró por el cristal de la puerta de seguridad y saludó a George con un golpe en la espalda.

    -¡George, qué alegría que hayas bajado hasta aquí!

    Tomó a George del brazo y le condujo adentro, parando antes para guiñarle un ojo a la secretaria, que le miraba con una mezcla de disgusto y admiración.

    La oficina de Orville estaba enterrada en un retorcido laberinto de puertas en línea y pasillos de luces fluorescentes donde atareados blandos hablaban por teléfono o escribían sin parar en sus teclados.
    Orville lo condujo a través de su puerta hasta una oficina tan grande como la cabaña de George.

    Orville paseaba y hablaba.

    -¿Te he dicho ya que estaba contento de verte?. Me alegro de que vinieras. Ahora, hablemos sobre Bill. Bill es feliz. Ha tenido lo que quiere. Un hijo. No tiene que ocuparse de Joe. Eso es bueno para él.

    Hizo una pausa y miró a George. George asintió con la cabeza.

    - Vale. Pero hay un problema. Tú también quieres un hijo pero Bill no puede permitirlo.

    Aquello no necesitaba ningún comentario, así que George se mantuvo en silencio.

    - Mi idea es, si Bill está tan ocupado con Tom, él no se dará cuenta si tú estás allí o no. Eres un adulto y puedes cuidar de tí mismo. ¿Ves a dónde quiero ir a parar?.

    George asumió que era una pregunta retórica.

    - Vale. Lo que estoy pensando es: no hay razón por la que ambos no podáis tener vuestros propios hijos. Esto es la Isla del Placer, después de todo. Nadie debería estar triste en la Isla del Placer. Tú has trabajado duro y bien para nosotros durante mucho tiempo aquí. Podemos cuidar de tí.

    George sintió una sensación incómoda en su estómago, un nudo de culpabilidad como un vómito ascendente.

    - He pensado en disponer otra cabaña en el bosque pero no es buena idea. Creo que tú y Bill necesitáis vuestro propio espacio. De modo que te voy a contar lo que se me acaba de ocurrir: te pondré allí arriba, en los Brazos del Monstruo, ese el nombre del hotel que estamos construyendo para la Zona de Horror. Está muy avanzado en la agenda, casi acabado ahora. Hay una suite penthouse que puedes usar tanto tiempo como quieras. Es sólo algo temporal, sólo hasta que tú y Bill hayáis tenido tiempo de criar a vuestros hijos. Luego reuniremos a la familia entera de nuevo en la cabaña.

    La culpa se elevó más alto, haciendo toser a George.

    - Tampoco te preocupes por la comida. He hablado con el chef de la casa sobre tus gustos y enviará tres bandejas cada día, todo lo que un niño en crecimiento necesita.

    Disparó una gran sonrisa.

    - Y olvídate de Bill. Yo suavizaré las cosas entre vosotros. Comprenderá que ésto es lo mejor para tí.

    Al fín, George tuvo algo que decir:

    -¿Y qué pasa con Joe?.

    Orville había estado casi danzando mientras hablaba, encantado con sus propias palabras. Detuvo el baile cuando George habló.

    -¿Qué pasa con él?.

    -Quiero vivir otra vez con él, dijo George.

    -Pero él ya no está, tú lo sabes.

    Orville señaló sus orejas con ambos dedos.

    -Jiii-Joonk, Jiii-Joonk. El ferry mensual se lo lleva a la tierra principal mañana.

    - No me importa nada eso, dijo George. Lo quiero conmigo allí.

    Orville dijo:

    -Mira, no creo que eso sea tan buena idea, George. Tú te vas para concentrarte en TÍ. Joe es un engorro, incluso ahora. No quiero que te distraigas.

    George dijo:

    -Yo quiero a Joe.

    Orville se le quedó mirando. George configuró su cara en una máscara plana. Finalmente, Orville dijo:

    -Si es eso lo que quieres, eso es lo que tendrás.

    * * * * *

    George no tenía nada que llevarse de la cabaña y Orville pensó que sería mejor si hablaba con Bill a solas, así que envió a George al establo a recorrer a Joe.

    Los establos de los burros estaban más allá de Ops, en el borde mismo de la Isla. Frente a los establos estaban los ferries que traían a los nuevos chicos. Un tipo diferente de barco estaba amarrado allí, grandes cargueros de utilidad que traían todo lo necesario en la Isla y se llevaban manadas de asnos rebuznando y pataleando.

    Los burros se movían nerviosos en sus cuadras. George olió las manzanas, el heno y oyó golpes de cascos y apagados sollozos y rebuznos. No tenía claro qué ocurría con los burros cuando volvìan a la tierra principal pero tenía la idea de que no era muy agradable. En la isla, los burros eran los premios, una señal de que todos los deseos de un chico habían sido satisfechos. Lo que ocurría después no era algo sobre lo que se les animara a pensar.

    Caminó el limpio pasillo de madera mirando por las cuadras buscando a Joe. Al fín, en una oscura cuadra de una de las más oscuras esquinas del establo, lo encontró. Era un gran asno barrigudo que brincaba y rebuznaba bien alto cuando George chasqueaba la lengua.

    -¿Joe?, preguntó dulcemente.

    El burro rebuznó de nuevo y pateó la puerta de la cuadra que estaba ya astillada de tantas coces. George abrió el gancho y casi fué atropellado bajo por los cascos de Joe cuando trotó huyendo y rebuznando. George persiguió deprisa a su hermano. No comenzó muy deprisa pero, una vez tomó camino, la inercia lo hacía imparable.

    Arrinconó a Joe cerca de la puerta que daba a la Isla. El burro le daba patadas, tratando de escapar. George cerró su brazo derecho fuerte alrededor del cuello de Joe.

    -¡Para, Joe!, dijo. Te voy a sacar conmigo pero tienes que parar.

    Los ojos de Joe giraban como locos mientras luchaba contra George, coceando y mordiendo. George esperó en silencio hasta que el burro se agotó, luego usó una brida que colgaba del muro para conducir a Joe fuera del establo.

    Cuando Joe vió a Orville esperándoles, se volvió loco de nuevo. George lo agarró por la pierna trasera y lo arrastró hasta el suelo mientras Orville daba un salto atrás con extraña gracia.

    Orville sonrió y dijo:

    -Supongo que no le gusto demasiado.

    Se acercó y dió una palmada afectuosa en el lomo de Joe.

    Joe rebuznó con fuerza y George siguió su propio consejo. Orville les condujo hasta una puerta de utilidad y subieron a un tranvía eléctrico con un coche descubierto. George condujo a Joe agarrado del cuello mientras Orville cerraba la puerta. Condujo hasta una rampa de servicio hacia el interior de la Zona de Horror, luego hasta las puertas del recién completado Brazos del Monstruo.

    * * * * *

    George y Joe vivían ahora en los Brazos del Monstruo. Cada mañana, Orville les hacìa una visita y espiaba los pulgares de George. Estaban intactos.

    George quería tener un hijo pero no podía decidirse a hacerlo. Las visitas de Orville eran cada vez más breves y sus modales más irritados. Aún así, George seguía sin hijo.

    Un día, esperó hasta que Joe estaba durmiendo y se deslizó hasta el ascensor en forma de dama de hierro y bajó hasta la puerta de utilidad.

    El conductor del tranvía lo reconoció y le llevó hasta su cabaña. La última milla estaba polvorienta y en desuso. George saltó fuera del tranvía y caminó deprisa hacia la cabaña, con el corazón acelerado. Llevaba mucho tiempo sin ver a Bill y al pequeño Tom. Los echaba de menos terriblemente.

    La peqyeña cabaña era incluso más pequeña que cuando la recordaba y parecía triste, depresiva y ruinosa. Dudó ante la puerta, después, sintiéndose raro, llamó.

    Hubo movimiento dentro pero ninguna voz y la puerta permanecía cerrada. George la abrió.

    Era un desastre. Los armarios de la cocina estaban destrozados, la mesita volcada, ennegrecida y astillada. Profundas sombras se agrupaban en las esquinas.

    -¿Bill?, llamó George, suavemente.

    Una sombra de estiró, una indistinguible figura en sus profundidades.

    -Bill, soy George. Te hecho de menos. Necesito hablar contigo. Estoy confuso.

    La sombra se agitó de nuevo. George gateó hacia ella, aguzando sus viejos ojos en la oscuridad.

    Bill se acurrucó en la esquina, ruinoso y echado a perder. Miró a George con los ojos apantallados de lágrimas. Levantó sus manos. Ya habían empezado a tomar la forma de cascos de asno pero George podía aún sentir que ambos pulgares habían desaparecido. Sus orejas eran largas y puntiagudas.

    -Oh, Bill, dijo George.

    Su hermano dejó salir un sollozo de rebuzno y George vió que no tenìa lengua.

    * * * * *

    Orville volvió a buscarle a la cabaña la mañana siguiente.

    -¿Dónde están los hijos?, le preguntó George, mientras acariciaba la cabeza del burro en su regazo.

    Orville mostró un ligera sonrisa de desconcierto

    -Los estoy cuidando. No creí que Bill estuviera en forma para cuidar de ellos.

    George dijo:

    -Yo cuidaré de ellos. Tráelos aquí. A Joe también, está en la habitación. Yo cuidaré de todos.

    Orville volvió a mostrar su confusa sonrisade nuevo, luego saludó a George con ironía.

    -¡Sí!, ¡señor!, dijo.

    Dió una palmada en el lomo de Bill y sonrió para él mismo.

    George no sabía responder a la ironía, así que sujetó con mayor firmeza a su hermano. Eventualmente, Orville se marchó y volvió un rato después. Conducía un carro electrico y en el asiento delantero estaban los tres hijos: Tom, brillante y curioso; otro, grande y fuerte; un tercero, cuya barrigilla bailaba mientras hablaba y hablaba y hablaba. En un camión, Joe coceaba y luchaba contra sus cuerdas.

    George le dejó libre primero, luego llevó a los hijos al porche. Joe y Bill cruzaron las miradas durante largo rato, luego Bill rebuznó una larga risa de asno.

    Orville observaba a los asnos con una satisfacción de propiedad, luego a los hijos y luego a George. Él apuntó un dedo a George, como diciendo:

    -Volveré por tí algún día.

    Luego entró en su tranvía y lo condujo fuera de allí.

    George volvió dentro de la cabaña e hizo la cena para la familia.

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