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    Meteorito Avatar de Blasero1
    Fecha de Ingreso
    18-April-2013
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    196

    Una noche cualquiera

    Érase una vez, una noche de la Primera Era Glacial. Pero no una noche cualquiera, sino una especialmente fría. El astronauta, caminaba por la nieve de la angosta calle de aquel pueblo olvidado y perdido en la llanura manchega, a la vera del río congelado.
    -Esta vez espero encontrar algo -se dijo, de camino hacia la última casa de piedra que no había registrado. A cada paso el viento le aullaba lamentos y maldiciones, al mismo tiempo que las tormentas eléctricas resplandecían en el horizonte montañoso. La Luna caprichosa se escondía o asomaba tras el cielo encapotado que amenazaba con tormenta. Por un momento, vislumbró al astro blaquecino. Recordó entonces el apresurado Éxodo de la humanidad a los planetas del Sistema Solar, a causa del drástico cambio climático a mediados del siglo XXI. Los más afortunados, ya que buena parte pereció en el intento o en la Tierra. A pesar de la resistencia térmica del traje y el correcto funcionamiento del soporte vital, esa noche la sensación de frío le entumecía hasta los mismos huesos mientras atravesaba las ruinas del antiguo colegio.
    -¿Habladurías? ¡No! Seguro que guardan algo de verdad -masculló-. Durante la Guerra Civil mucha gente escondió sus joyas en las casas. Mi familia y yo pagamos una fortuna por esta información a ese viejo y loco español que conocí por casualidad en el módulo de la cantina, poco después de que llegara de la Estación Espacial Internacional. Aparte de que debemos hacer frente al préstamo del Banco de Créditos para tal empresa de exploración, no puedo regresar a la Colonia lunar sin amortizar el viaje de mi nave ¿Explorador... o usurero...? ¡No! ¡Estaré el tiempo que haga falta en la Tierra, ya que las grandes Corporaciones se han adueñado de todos los recursos y saqueado pueblos o cuidades! -se contestó asimismo-. Ya no hay patria ni Estado.
    Con esos pensmientos llegó a la entrada de la casa abandonada, justo cuando el fulgor del rayo partía el cielo. Seguidamente el trueno hizo temblar los carambanos del tejado de pizarra y la puerta de madera carcomida. Una repentina ráfaga de viento le zarandeaba y la nieve empezaba a cubrir la pantalla del casco. Echó mano de su mochila metálica para coger la cizalla láser y cortar el antiquísimo candado. Nada más pasar la fuerza del aire cerró la puerta de forma violenta. Encendió entonces la linterna ante la oscuridad de la estancia, ya que las ventanas estaban tapiadas. En un primer vistazo alumbró a las paredes descascarilladas del largo pasillo que conducía el patio. Caminó despacio con el crujir de la tarima, enfocando las vigas de maderas y escaleras que ascendían a la planta superior. Se detuvo en el umbral de la pequeña habitación con chimenea. Iluminó el espacio diáfano y continuó hasta que llegó a la cocina de hierro sumida en penumbras. Tampoco había nada de interés, sólo escombros. Subió las escaleras e inspeccionó las habitaciones de ventanas tapadas con tablones mientras afuera arreciaba la intensa tormenta de nieve. Halló un sucio colchón con los muelles fuera. Supo en aquel momento de la estupidez de su empeño, empujado por la falta de trabajo y las escasas oportunidades que ofrecía la Colonia lunar, persiguiendo una fantasía. Pero no se arrepentía de ello ante las alternativas en las demás Colonias. Después de resoplar y empañar la pantalla del casco, recuperó el ánimo. En el panel del guante accionó el detector de metales y un haz del traje comenzó a rastrear en cada palmo de techo, pared y suelo en busca de joyas ocultas o cualquier objeto de valor. Siempre ajeno a los destellos que a través de las rendijas de las ventanas parecieran proyectar figuras fantasmales. Así como los atronadores truenos que hicieron estremecer a los mismos cimientos de la casa. El reconocimiento de la planta superior le llevó a altas horas de la madrugada. Finalizada la tarea sin exito, se dio cuenta entonces de que había amainado la tormenta. Decidió bajar al patio cubierto de nieve. Tras desenfundar la taladradora de energía, realizó varios disparos controlados y el haz calorífico abrió un túnel en la pared de hielo. Activó de nuevo el detector y fue explorando cada recoveco a medida que creaba más. Sin resultados casi una hora más tarde, cansado, decidió dirigirse hacia la pequeña sala con chimenea, pues recordaba del taburete mohoso. Se sentó apesadumbrado, dejando la linterna al lado.
    -¡Maldita sea! -se echó las manos al casco y estuvo un rato pensativo, mirando el barro de sus botas.
    Alzó la vista y se encontró con la chimenea. Un pequeño detalle llamó su atención en el interior. Se puso en cuchillas y se acercó al piso de la misma, enfocando con la linterna. Sacó la barra de metal de la mochila e hizo palanca en la rendija hasta que logró levantar la pieza de cerámica, para su sorpresa, encontró un oscuro hueco por el que cabría una persona. Iluminó el agujero y distinguió el suelo. Se introdujo con las botas por delante para pisar la tierra rojiza. Anduvo a gatas por el estrecho túnel de postes y vigas podridas hasta que llegó a la pared de piedras, encontrando la entrada del pozo. Alumbró el interior para ver que la boca fue tapiada, también. Seguramente desde hacía mucho tiempo. El haz de luz no llegaba al fondo. Se deshacía en la oscuridad y las partículas en suspensión.
    -Esto no tiene sentido… -masculló. Dejó caer dentro del pozo una pequeña piedra y tardó unos cuantos segundos en escuchar el golpe seco- A lo mejor el dueño de la casona escondió aquí su fortuna con la esperanza de regresar por ella algún día. Quizás, bajó de alguna forma que no entiendo y por circunstancias no pudo salir de nuevo... No lo sé -se desesperaba, sin saber qué hacer.
    Su mano rozaba sin querer un grueso clavo de madera y se percató entonces de la escalerilla de cuerdas deshilachadas, colgando en la negrura del pozo. Con sumo cuidado empezó a bajar los peldaños de cuerdas hasta que entró por completo. El sonido del trueno hizo que cayera arenilla del techo. Sin embargo, fue un terrible chillido a través del audio del casco lo que llamó su atención. Procedía del mismo lugar que hubo recorrido a duras penas momentos antes. Alumbró la galería y vio como una sombra bajaba por el hueco oculto de la chimenea. No con claridad, ya que la luz no era tan potente a esa distancia. La figura sombría se puso a gatear hacia él, de forma convulsa e irregular.
    -¿Quién es? -gritó alterado.
    La luz de la linterna parpadeó, antes de apagarse. Cuando se encendió, sólo estaban los ojos brillantes de una rata malnutrida que le miraba fijamente.
    -Piensa en el dinero… piensa en el dinero…
    Estaba algo confuso porque nunca había creído en fantasmas. Tampoco era el momento de dejarse llevar por la imaginación. Aunque en el fondo, el tema le causara un gran respeto. Descendió las escalerillas de cuerdas por un tiempo y distancia inciertos ya que iba muy despacio, asegurándose en todo momento. Llevaba la linterna colgada del cinturón y echaba un vistazo cuando paraba a descansar. Cada vez notaba más frío. Una vez que por fin hubo alcanzado el fondo, se sumió en la más absoluta oscuridad y la linterna apenas iluminaba más allá de un palmo. El aire estaba viciado y le costaba respirar, a pesar de que el sistema de depuración de oxígeno del traje funcionaba de forma correcta, el olor le produjo una arcada.
    Fue escudriñando las paredes de piedras, negras y afiladas, recubiertas de moho en algunas zonas húmedas, hasta que encontró dos orificios. Una vez que los hubo examinado se decidió por el de mayor tamaño, porque por el otro simplemente no cabía. Recorrió lentamente los recodos de la cueva para llegar a una cavidad. Allí, hallaba a una figura inmóvil. El cadáver, vestido por completo de negro, estaba sentado en un rincón, momificado por las condiciones ambientales, cerca del arma de dos cañones y la antigua lámpara de aceite. El arrugado anciano, aferraba entre los dedos huesudos un pequeño cofre. El astronauta no sintió pavor, sino euforia por el hallazgo. No pensó en aquel desdichado que no salió jamás de allí, varios siglos atrás, sino en todo lo que podría hacer con esa fortuna. Monedas de oro y demás metales que podría vender en la industria del microprocesador. La linterna, ya casi sin batería, volvía a parpadear poco antes de apagarse otra vez.

    “John”

    -¿Eh? ¿Qué ha sido eso? -escuchó la cacofonía por el audio del casco.

    “John”

    Cada vez más cerca.

    “John”

    Ahora notaba el olor a corrompido mientras golpeaba la linterna con la esperanza de que luciera otra vez.

    “Quédate conmigo”

    Esta vez lo escuchó perfectamente muy cerca de él. Se hizo la luz y el cadáver ya no estaba allí. Supo entonces que había alguien a su espalda, notaba la presencia. Dio la media vuelta para alumbrar al muerto viviente de harapos roídos y mugrosos que alzaba el cofre abierto, mostrando las piezas que resplandecían.

    “Son tuyas”

    John sin dudar cogía una piedra del suelo arenoso. En el amago de golpear aquel rostro cadavérico, por su tesoro, la techumbre de la cueva se derrumbó sobre él y se hizo el silencio.*

    *

    ***
    Última edición por Blasero1; 29-Sep-2015 a las 08:39

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