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Tema: Diagnóstico

  1. #1
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
    Fecha de Ingreso
    08-October-2012
    Mensajes
    171

    Diagnóstico

    Subo el primer relato, uno que tenía en la recámara. Más adelante subiré alguno más, e intentaré escribir también algún articulillo. Ahí va.


    Diagnóstico

    Hay secretos que son lastres, que minan el corazón y el ánimo de quien los guarda, que se pegan como una segunda piel de la que uno quisiera deshacerse. Son como fotos obscenas que hay que guardar de las miradas, como alimañas corriendo a ocultarse en lugares oscuros; secretos que son castigos. Como el que esconde Maica. Aunque a veces, en su habitación, su secreto deja de serlo y se convierte en un mundo rojo y negro de gritos contenidos y lágrimas densas; de notas graves como las que huyen del bajo de un grupo musical gótico. Porque cuando llega a su habitación después de un día especialmente complicado, Maica coge esa pequeña cajita que tiene guardada bajo la cama y la observa. Algunas veces la abre, otras no; pero cuando lo hace, se queda como hipnotizada mirando la infinidad de cuchillas y pequeños cutters que tiene allí escondidos. Y entonces, si la ocasión lo requiere, empieza a jugar con ellos.

    No es que aquello le divierta; no, no es eso. Si quisiera divertirse, no lo haría de forma muy diferente a cualquier otro adolescente. En el instituto hay un montón de gente con la que perder el tiempo, si eso es lo que uno quiere. Pero no es lo que ella quiere. En realidad, siente que no acaba de encajar en ese mundo amarillo de dientes blancos y risas transparentes, y eso le hace sentirse pequeña, muy pequeña. Algunas veces, se hace tan pequeña que prácticamente llega a desaparecer, y casi siempre es culpa suya; no hace ni dice lo que debe, no le ríe las bromas a nadie, observa a la gente con mucha intensidad… con demasiada intensidad. Lo sabe porque todos acaban apartando la mirada. Todos se acaban apartando. Sin excepción.

    En un día normal, cuando Maica llega a casa, se enclaustra en su habitación. Algunas veces se queda hablando con su madre, pero tarde o temprano se siente interrogada o cuestionada, y se va. Los días malos en cambio… los días realmente malos, ni siquiera saluda; entra y se encierra directamente en su pequeño refugio. Su mundo, el único lugar donde puede permitirse ser ella misma sin sufrir censura alguna. En la mayoría de esas ocasiones, es suficiente con abrir la caja y acariciar las cuchillas con la punta de los dedos. Eso la calma. Le da una sensación de seguridad, de control sobre la situación. De poder.

    Pero hay ocasiones, como hoy, en las que eso no es suficiente. Días en los que todo ha ido tan jodidamente mal y ella ha sido tan estúpida, que se merece un castigo. Es entonces cuando alguna de esas cuchillas sale de la caja. Y una vez que sale, se hace con el mando de la situación.

    Hoy no ha sido un día malo cualquiera; ha sido el peor puto día del mundo. Así que Maica llega a su habitación, y como siempre, se encierra dentro y coge la caja. La abre despacio, con respeto. Allí están; sus pequeñas justicieras. Las acaricia lentamente, con manos temblorosas, reteniendo lágrimas oscuras en los ojos. Finalmente elige una, podría parecer que al azar, pero no; coge la que está un poco mellada en una esquina. Esa la guarda para ocasiones especiales, como hoy, en que necesita tapar un dolor mayor. Son sus particulares momentos de redención.

    Se quita las generosas muñequeras que lleva en ambos brazos, un motivo más de miradas desconfiadas, y deja al descubierto infinidad de pequeñas marcas y cicatrices. Algunas son más que eso; faltan diminutos trozos de carne. Carne que se ha ido, que se ha desprendido de su cuerpo en justo pago por la liberación. Se quita también los pantalones, y las marcas se reproducen a lo largo de sus muslos. Nadie en su casa entiende por qué cuando llega el verano no se pone shorts ni quiere ir a la playa. Claro que hace tiempo ya que ninguno de ellos se entera de nada.

    Con una mano insegura coge esa cuchilla especial y la aprieta con demasiada fuerza, acercándola a su muslo izquierdo. La primera incisión es siempre la peor; el cuerpo recibe la sensación con un espasmo de sorpresa, y tiene que reprimir el grito. Después… las oleadas de dolor se vuelven previsibles. Lenta, implacablemente, tapan el otro dolor, ese que se la come por dentro. El sudor de su cuerpo azotado por la tensión y los temblores se mezcla con la sangre que mana de las heridas y cae sobre la toalla que pulcramente ha colocado en el suelo. Pequeñas gotas rojas empiezan a decorarla como estrellas moribundas en un cielo abandonado. El mundo a su alrededor empieza a desdibujarse.

    El dolor lo anula todo. Ese bendito dolor que consigue que no exista nada más; se entrega a él como el seguidor de una secta en un ritual de purificación. Las incisiones son lentas, cortan los diminutos capilares con una facilidad pasmosa, y se hacen luego más profundas al mismo tiempo que el aire deja de salir de sus pulmones. Aguanta hasta el límite, hasta que el sudor inunda su cuerpo y los pequeños pedazos de piel y carne parecen grumos que se agolpan en sus dedos. El desmayo le da un primer aviso de cercanía; entonces, afloja un poco. Extraños sonidos, casi siempre graves y amortiguados, embotan su cabeza; muchas veces cree distinguir lejanas voces que la animan a continuar. Ella, obediente, lo hace.

    En ese momento, a través de sus ojos humedecidos y ya casi febriles, observa cómo las paredes de la habitación empiezan a reblandecerse, a rezumar un sudor extraño. No puede ser, nunca antes ha pasado. Y no es por el efecto de las lágrimas; se seca los ojos con el dorso de una mano y al volver a mirar comprueba que sí, que eso, sea lo que sea, está sucediendo. No solo la pintura de la pared está chorreando como si fuera un helado en pleno verano; también lo hacen sus pósters y esas fotos horribles que su madre se empeña en tener ahí colgadas. Todo lo que hay en la habitación se está escurriendo y los colores se mezclan en el suelo, formando una amalgama de texturas que incluso empieza a oler mal. Y a medida que lo hace, deja al descubierto un color negro, uniforme, descarado y desafiante, teñido de matices rojizos dispersos. De algún modo, su habitación también se está purificando.

    ¿Qué es todo aquello? Por primera vez se está asustando. Ha perdido completamente el control de la situación y su ritual se está convirtiendo en algo diferente. Es su ritual, su manera de arreglar las cosas, y ahora todo se está yendo a la mierda. Nota cómo su corazón se dispara y de repente, sin ser consciente de ello, su brazo izquierdo hace un movimiento extraño y automático.

    Entonces empieza a oír unos lamentos, lejanos al principio; piensa que solo están en su cabeza, pero poco a poco se hacen más numerosos, más intensos, hasta que llenan completamente sus oídos. Y Maica siente miedo de verdad. En una de las paredes, entre la negrura, parecen insinuarse unas líneas que se perfilan hasta convertirse en un gran rectángulo. Es una puerta; la puerta de un ascensor. Lo sabe porque el botón de llamada está encendido y parpadea. Está paralizada en medio de la habitación, con las piernas ensangrentadas y la respiración entrecortada. Su brazo vuelve a hacer aquel inusual movimiento; lo repite un par de veces, parece un gesto de urgencia. Pasan dos, diez, veinte segundos, y los lamentos se hacen más fuertes. Lamentos y gritos insoportables de agonía. Algo se acerca a su habitación y trae la promesa de un sufrimiento salvaje y eterno.

    Maica deja caer la cuchilla sobre la toalla empapada y corre hacia una esquina. Allí se derrumba y se encoge sobre sí misma, haciéndose un ovillo. Levanta la vista y la fija en esa puerta, es lo único que existe ahora en la habitación. Hasta que suena el timbre de llegada; el ascensor ya está aquí.

    De repente, silencio. Silencio y oscuridad.

    Luego, una luz azulada que lo inunda todo. Tengo que cerrar los ojos para que no me dañe.

    ― Víctor, ¿estás bien?

    Una mano me toca; puedo volver a sentir mi cuerpo. Por fin. ¡Joder, por fin!…

    ― Sí, eso creo; ¿me puedes ayudar? ―es Ryu, mi jefe. Estiro el brazo y me ayuda a incorporarme. Siento la necesidad de huir, de alejarme de aquello, de gritar hasta vaciar los pulmones, pero me controlo; noto mi organismo muy acelerado, me tengo que tranquilizar.

    ―¿¡Pero tú estás loco!? ¿Cuántas veces os he dicho que no utilicéis el simulador a solas? ―está enfadado, muy enfadado. Y creo que también preocupado.

    ― ¿Qué ha pasado? ―pregunto.

    ― Ha habido un fallo, no se puede desconectar desde dentro ―me mira con severidad mientras me habla―. ¿Tú sabes que has estado al borde de un ataque al corazón?

    No, no lo sabía, pero me lo creo.

    ― Joder, Víctor, ya sabes cuáles son las normas al respecto ―continúa―. Y más con pacientes como los que tú tratas. ¿Con quién estabas?

    ―Maica; ya sabes, complejo de autoestima profundo y extenso historial de autolesiones. No pensé que la cosa fuera tan grave, la verdad, pero me temo que está empeorando.

    ― ¡Oh, genial! ―ahora él está descargando su tensión sobre mí, y lo asumo―. Te metes en la puta cabeza de una loca sin decírselo a nadie, te conectas a su mente y dejas que haga contigo lo que quiera. Flipante ―está realmente enfadado, nunca le había oído referirse a un paciente como un “loco”― ¿Tú eres consciente de que las reacciones de tu cuerpo a un entorno virtual son completamente reales? Si tu corazón te manda a tomar por culo en el mundo de esa chica, te vas a tomar por culo, y punto. ¿Para qué cojones crees que están las normas?

    ― No creí que el simulador fallara, eso es todo. Intenté desconectarme varias veces, pero simplemente no funcionó. Esa chica necesita ayuda urgente y solo quería hacer algo útil, Ryu. ¿Se ha guardado copia de esta visita? Tendré que analizarla con calma.

    ― Sí, se ha guardado ―me responde de mala gana―. Pero sabes que la cosa no es tan urgente. La chica está sedada y totalmente controlada hasta que consigamos un diagnóstico y la pongamos en tratamiento. Son sus copias las que se pueden descontrolar. Por eso tenemos que utilizar el simulador con tantas precauciones, y lo sabes. Meterse en la mente de alguien perturbado es algo que no se debe hacer sin garantías.

    ― Lo sé.

    Me callo porque tiene razón, y hoy más que nunca lo he comprobado. Me sigue mirando con cara de reproche y acepto esa mirada como justo castigo.

    ― Víctor, quiero que me prometas que esto no volverá a suceder. Si no es así, tendré que restringirte el acceso al simulador. O también puedo cambiarte la clasificación de pacientes y hacer que trates problemas de estrés y fobias comunes. Eres uno de los mejores psicólogos que tenemos, pero te juro que lo haré. Tú decides.

    ― No volverá a suceder, lo prometo ―respondo, y no son solo palabras.

    Parece que con eso se queda tranquilo. Empieza a recoger el equipo y a ordenar algunas cosas mientras yo me voy secando el sudor del cuerpo y recupero la normalidad.

    ― Túmbate, anda ―me dice ahora en tono conciliador―, vamos a ver si conseguimos relajarte. Colócate de nuevo el pacman (así es como llamamos al interfaz que nos acoplamos a la cabeza para las exploraciones) y avísame cuando estés preparado.

    Le hago caso sin dudarlo, Ryu siempre sabe lo que se trae entre manos. Seguramente es el mejor psicólogo del país, lo he visto manejar situaciones increíbles. Lo cierto es que la experiencia con la copia de Maica me ha dejado bastante tocado. El miedo que he pasado ha sido muy real, y se ha disparado en el momento en que he intentado desconectarme y no lo he conseguido. La verdad, no sé qué habría pasado si aquel ascensor se llega a abrir.

    ― Preparado ―digo.

    Una luz tenue invade mis sentidos y un ligero olor a salitre empieza a insinuarse. Poco a poco, mis ojos se acostumbran a la claridad y me veo caminando por una tarima de madera a lo largo de un paseo marítimo. El día es estupendo, completamente diáfano, y el sol empieza a calentarme la piel de inmediato. Una ligera sonrisa se me perfila en la cara cuando, entre el bullicio de la gente y el sonido de las olas, me doy cuenta de que estoy agarrando una tabla de surf mientras camino. Ryu sí que sabe.

    Abandono el paseo y pongo los pies en la arena. La sensación de relajación es instantánea. Tomo aire en una larga bocanada y cierro los ojos, sintiendo la leve brisa sobre la piel. Cuando los vuelvo a abrir, un mar inmenso que se extiende hasta el horizonte, me está esperando.
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    Última edición por Nieves Delgado; 10-Mar-2013 a las 11:00

  2. #2
    Admninistrador Avatar de Admin
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    Respuesta: Diagnóstico

    La primera parte me parece realmente buena; muy bien redactada y atada, y con mucha fuerza. Pero cuando llega lo de la simulación, parce un poco como un añadido un tanto artificioso y algo forzado que no acaba de cuajarme del todo (y es más flojo).

  3. #3
    Meteorito Avatar de Nieves Delgado
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    08-October-2012
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    Respuesta: Diagnóstico

    Bueno, se trataba de crear dos espacios muy diferentes en un mismo relato; uno muy oscuro y otro más claro. Es normal que haya un gran contraste entre las dos partes. Sé que la segunda es más floja, porque intenté que el relato se aligerara bastante ahí... es lo que pasa al hacer experimentos, en este caso mezclar terror con cf jeje...

  4. #4
    Cometa Avatar de incursora
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    Respuesta: Diagnóstico

    Este relato no me ha impactado tanto. como el de "Segadores" Por supuesto, está bien muy bien escrito. Además, la segunda parte de este mismo relato es mucho más interesante que la primera. De hecho, se nota que el estilo narrativo es distinto, porque así lo requiere su narración.

    Por otra parte, lo destable es cómo logras crear una psicología de los personajes bastante real y, por tanto, creíble.

    ¡Saludos!

  5. #5
    Admninistrador Avatar de Admin
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    07-September-2009
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    Respuesta: Diagnóstico

    Este relato ha sido retirado de optar a publicarse en la revista, por convenio de su autora y mi ilustre persona .

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