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  1. #1
    Meteorito Avatar de Bukovy
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    19-August-2011
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    Capítulo suelto

    38.

    Contemplar aquellas estanterías repletas de libros me produce una sensación de paz. Como si mi espíritu se hubiese apaciguado tras años de zozobra y navegación por mares tumultuosos. Como si la noche despoblada de estrellas se hubiera convertido por arte de magia en un lugar seguro. Desplegándose ante mis ojos, un abanico multicolor de lomos, de pirámides que ascienden hacia el techo casi un metro, de novelas tiradas por todas partes. Dos pisos de libros y de sabiduría en espera de un lector, de un soñador, de alguien como yo. Lejos de mi cuerpo y de mi mente, empiezo a caminar por aquel salón de las delicias, esquivo hileras de libros amontonados en el suelo, sillas en cuyo regazo hay aún más libros y me acerco hasta una de las estanterías. Carmela me observa desde la entrada. Hojeo los primeros ejemplares que allí encuentro: El Aleph, de Jorge Luis Borges; La otra orilla, de Julio Cortázar; La invención de Morel, de Adolfo Bios Casares. Estoy a punto de coger la obra de Borges cuando una voz ajena me sorprende.

    —Compruebo con agrado que le gusta a usted la literatura argentina. A mí también.

    Me doy la vuelta para conocer al interlocutor. Sentado en una silla detrás de un mostrador, alumbrado únicamente por el cono de luz amarillenta surgido de un flexo y rodeado de libros amontonados se encuentra un hombre de estatura media, aspecto enfermizo, y unos setenta años. Una gorra de cuero calada hasta las cejas oculta parte de su rostro arrugado. Su barba erizada lleva un tiempo sin ser cortada, pero todavía no se puede definir como espesa. Viste una camisa turquesa de tela fina que deja entrever el tatuaje de una especie de «x» curvilínea que transmite la sensación de estar a punto de echar a correr.

    —No estoy seguro de eso, pues nunca he leído a un autor argentino —admito con vergüenza.

    Carmela se ha sentado sobre una pila de libros y observa la escena con atención. Mueve las delgadas piernas adelante y atrás, con ritmo.

    —«Olvidadizo de que ya lo era, quise también ser argentino», que diría el Maestro —introduce el librero—; en definitiva, que debería usted leer a los escritores argentinos. Yo mismo, he de confesarle, soy argentino, o más bien, cabría decir que nací allí, ya que me vine muy chico a España. Pero no he dejado mi patria de lado. ¿Qué o a quién lee usted entonces?

    Echo un nuevo vistazo a la librería, inabarcable desde mi pequeñez. Me siento insignificante, apenas una partícula de polvo que surca el aire, que se posa en las páginas desgastadas de los libros. Qué feliz ha de sentirse por ir a morir en aquellos océanos de la imaginación.

    —Muy poco, señor. Las monjas sólo nos permitían leer a los autores cristianos —digo con gesto afligido.

    El librero se ha levantado y se ha situado a mi lado: me evalúa con el ceño fruncido, sus ojos de escarabajo me despellejan con una expresión ruda, cansada y violenta.

    —La Iglesia y Cristo nunca han sido muy amigos de las letras paganas —asegura—. Por cierto, soy Julio Suárez Beltrán, o sólo Julio, si usted así lo prefiere.

    Observo que Carmela sonríe divertida desde su improvisado sillón. La luz tenue expulsada por decenas de lamparillas de aceite distribuidas sin mucho orden por la estancia le otorga un porte fantasmal. Por primera vez desde que la conozco la encuentro bella.

    —Miguel Expósito —digo, y le extiendo la mano derecha, que Julio ignora. Por el contrario, me dedica unos golpecitos en la espalda.

    Se ha girado hacia la estantería y acaricia con mimo los libros.

    —¿Sabe usted una cosa, Miguel? —Niego con un cabeceo—. Tengo por costumbre, a todo nuevo cliente que viene acompañado de un viejo amigo mío —veo que le guiña un ojo a Carmela, que se sonroja—, regalarle un libro. El que él prefiera. Si es que acaso se puede elegir, pues rara vez es el hombre quien elige al libro.

    ¿Escoger un libro? Vuelvo a repasar la librería. Debe de haber millones, pienso. Me abruma la idea de tener que quedarme con un único ejemplar. ¿Cómo elegir el adecuado? El librero parece intuir mi angustia.

    —Necesitaría de varias vidas para leerlos todos. No se aflija, Miguel. La literatura no es una forma de sufrimiento. Ya lo dijo Borges, de quien usted ha estado cerca, «la literatura es también una forma de alegría». Relájese y disfrute. Examine los libros de aquí y allá, lea los primeros párrafos, mire las fotos en blanco y negro de sus autores. Elija, pero hágalo con la certeza de saber que la obra que con usted se vaya, se convertirá desde entonces en inmortal, le dará a usted una felicidad que pocas veces encontrará, sino es, quizá, en labios de una mujer. Bienvenido al maravilloso mundo de las palabras.

    Después de decirme esto, Julio se separa de mí y vuelve a su mostrador, a su silencio y a los renglones torcidos de un libro, que retoma una vez ha dado por concluida nuestra breve charla. Yo me acerco hasta Carmela.

    —¿Me ayudas a elegir? —le pregunto, aunque en realidad es una súplica encubierta.

    Ella se niega sin que cese su ajetreado movimiento de piernas.

    —No, Miguel, lo siento, esto es algo que debes de hacer solo. Yo ya lo hice.

    Fabrico la expresión más lastimera que soy capaz y le suplico abiertamente.

    —Por favor, Carmela, vente conmigo.

    Pero la niña no cede.

    —No, Miguel. —Continúo mirándola, pero mis ruegos no surten efecto—. Vamos, ve —dice después.

    Decepcionado por mi nula capacidad de convicción me separo de Carmela e inicio mi solitaria travesía hacia la tierra prometida. Me olvido de Borges y sus compatriotas. Me paseo delante de filósofos como Schopenhauer, Krauss o Hume. Me cruzo con autores rusos y franceses: Fiódor Dostoyevski, Honoré de Balzac, Antón Chéjov, Julio Verne o Víctor Hugo; subo las escaleras hasta el segundo piso, deslizo la mano por la empolvada baranda, echo un vistazo a los primeros compases de algunas obras de escritores españoles como Lope de Vega o Francisco de Quevedo. Pero no consigo decidirme. Hay tantos autores, tantas obras, que me es imposible elegir. No sé con cuál quedarme. A medida que el tiempo y los libros pasan, siento una desazón acomodándoseme en el pecho. «La literatura es también una forma de alegría», las palabras regresan a mi cabeza y traen la calma con ellas. Todavía es pronto, hasta las cinco no he de volver al taller, me digo a mí mismo para animarme.

    Pero mis pesares terminan de golpe. La vista se me clava en el lomo de un ejemplar de apariencia antigua. Lo extraigo de la estantería con cuidado. Es un librito fino y no muy grande de tacto y color apergaminado. La portada muestra a un individuo que se lleva las manos a la cara frente a una puerta entreabierta. Su título es La metamorfosis, su autor, Frank Kafka.

    —Veo que Gregor Samsa ha hecho su trabajo —vocifera desde el piso inferior Julio. Me da la impresión, pues es imposible que sepa qué libro sostengo entre las manos, de que conoce el lugar exacto de cada ejemplar que hay en la tienda—. Una buena elección, aunque complicada.

    ¿Gregor Samsa? ¿Quién es Gregor Samsa? Quero saberlo.

    —¿De quién me está hablando, Julio?

    Una carcajada surca el espacio.

    —Es el protagonista de la novela. Claro, es verdad, que usted sólo ha leído a los escritores cristianos. Menuda lacra. En fin. Que no se le olvide a partir de ahora el famoso comienzo de la novela, ya sabe, aquel que dice «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto».

    Escuchar aquellas palabras me deja helado. El comienzo del relato de Kafka refleja a la perfección el sueño que yo había tenido un par de noches atrás.

    Parece ser que es verdad, pienso. Parece que es el libro quien escoge al lector y no al revés.
    "La suerte favorece sólo a la mente preparada".

  2. #2
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    Respuesta: Capítulo suelto

    Muy bien escrito y de una temática realmente interesante, sin duda...
    Se nota que te apasionan estos temas.
    Te has dejado una "i" ;
    ¿Gregor Samsa? ¿Quién es Gregor Samsa? Quero saberlo.


    Una duda;
    ¿Con lo de capítulo suelto, te refieres a que es un relato corto o que es un capítulo extraído de tu nueva novela?

  3. #3
    Meteorito Avatar de Bukovy
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    Respuesta: Capítulo suelto

    Una duda;
    ¿Con lo de capítulo suelto, te refieres a que es un relato corto o que es un capítulo extraído de tu nueva novela?
    Gracias, Borg, por la opinión y por recalcar esa i, que sí se me había colado. Es un capítulo extraído de la nueva novela.

    Se nota que te apasionan estos temas.
    Me quedo con eso, pues es más bien lo que buscaba
    "La suerte favorece sólo a la mente preparada".

  4. #4
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    Respuesta: Capítulo suelto

    Cita Iniciado por Bukovy Ver Mensaje
    Es un capítulo extraído de la nueva novela.
    Me quedo con eso, pues es más bien lo que buscaba
    Pues bien por tí, porque uno se queda con ganas de más.

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