PDA

Ver la Versión Completa : Relato Monk y Rafa



MENA
24-May-2014, 22:20
MONK Y RAFA

Mena

Las anomalías detectadas en Júpiter no pudieron ser previstas ni mucho menos prevenidas. La co-munidad política en pleno sólo pudo encogerse de hombros cuando se les preguntó si las oscilaciones en el diámetro del gran planeta y los datos arrojados por los sensores tuvieron algo que ver con el cierre del recinto penal subterráneo instalado en el satélite natural Ganímedes.
(Extracto del reportaje del programa Enigmas Siderales del canal de holovisión Marte 4, emitido tras la intempestiva clausura de la Cárcel de Máxima Seguridad Joviana)
1.
El intenso frío azotó las mejillas de Monk ni bien se hubo asomado por la escotilla. Aterido por los gélidos aguijonazos del hielo eterno, reculó y volvió a cerrar la escotilla con fuerza.
—¡Qué mierda de clima éste! —maldijo por lo bajo, descendiendo de la torreta al interior del puesto de guardia.
Saltó los últimos escalones y frotó con fuerza su cuerpo con las manos enguantadas.
—¡Qué mierda de planeta éste! —volvió a maldecir, esta vez en voz alta.
—"Satélite", Monk —corrigió Rafa, su compañero, sentado frente a un fanal dio-eléctrico.
—¿Qué?... —Monk arrojó el rifle de pulso sobre su compañero, que lo esquivó con facilidad.
—"Satélite". Ganím...
—¿Y te crees que no sé la diferencia entre un satélite y un planeta, listillo?
Rafa se encogió de hombros y volvió a acomodarse frente al fanal. Monk dio un par de vueltas y se sentó también para calentarse con el fanal dio-eléctrico.
—¿Sabes cuánto llevo en comisión aquí en Ganímedes? —farfulló Monk mientras tiraba de sus guantes con los dientes.
—Llevas lo mismo que yo, Monk. Llegamos juntos... ¿no te acuerdas? —Rafa revisó el visor de su radio, sin mirar a Monk—. Qué curioso —agregó, manipulando los controles del radio.
—¡Sé que llevamos lo mismo, sabelotodo! —insistió Monk—. Pero parece que a ti no te importa... Parece como si te gustara hacer el servicio aquí, en la cárcel más a trasmano del mundo...
—No, por supuesto que no me gusta...
—¿Y entonces? —Monk se inclinó hacia Rafa. La luz verdosa resaltó la cicatriz que dividía su mejilla derecha.
—¿Entonces qué? —Rafa volvió a encogerse de hombros—. Estamos a dos ciclos de terminar la comisión y, aparte del frío, la vida no es tan mala...
Monk se puso en pie, con la expresión de su rostro alterada:
—¿No es tan mala? ¿NO ES TAN MALA? —alzó los brazos como si hiciese una plegaria a los ignotos dioses jovianos—. ¿Nunca te has preguntado por qué a algunos cadetes los mandan a Tierra, a las cárceles de mínima seguridad, y a otros, como tú y como yo, nos mandan al fin del mundo a la peor cárcel de todas, donde, para más remate, todos los presos están en suspensión criogénica para siempre? Tú, que eres tan listo, ¿nunca te lo has preguntado?
Su respiración se hizo tan agitada que debió tomar un cilindro de Oxigante y zampárselo de una vez. Rafa se acercó a él y, cogiéndole del brazo, lo acercó al fanal.
—Ven, Monk, ya hemos discutido lo mismo un millón de veces. Sólo consigues hacerte daño. Caliéntate... El frío del exterior te altera demasiado.
Monk se dejó guiar por su compañero. Se sentó frente al fanal y extendió las manos hacia la tibia luz verdosa.
—Es que no puedo entender, Rafa. No puedo entender cómo alguien como tú pudo venir voluntariamente a congelarse el culo a este plan... este satélite de mierda. Nadie en su sano juicio lo haría... ni menos con el renombre de tu familia...
Rafa se sentó frente a él.
—¿Y qué con mi familia? ¿Debería tener privilegios por ser hijo de mi padre? ¡A la mierda mi familia!... Pensé que ya te habías dado cuenta de que mi familia me es tan ajena como lejos está Ganímedes de Marte.
Monk gimoteó y escondió la cara entre sus brazos cruzados. Sólo deseaba irse, olvidar que alguna vez había estado en Ganímedes haciendo guardia en una cárcel silenciosa, atado por diez ciclos a la compañía de un cadete tan estúpido como para ofrecerse de voluntario cuando podría haber hecho su servicio en el mismo Marte, a una cuadra de su casa, cerca de su familia... … Familia...

Monk se había propuesto completar su servicio y obtener la ciudadanía. Con una alegría casi irresponsable, había firmado todo lo que se necesitaba porque completar el servicio significaba una vida un poco mejor. Como ciudadano. Una vida mejor no sólo para él, sino principalmente para Sasha y la pequeña Amanda. Una vida decente para su familia.
Extrajo un pequeño disco hexagonal del bolsillo en su antebrazo. Lo agitó levemente y la imagen de Sasha y Amanda apareció, iridiscente, sobre la superficie. Al verlas, sonrientes y hermosas, recordó que al entrar a la oficina de reclutamiento, un fuerte impulso de sacrificio por ellas le impulsaba. ¡Que me manden a Plutón mismo!... Pero aquello había pasado tanto tiempo atrás. ¡Una vida entera! Si pudiera estar de nuevo ante el oficial para enlistarse, le tiraría los papeles ¡NO! …le tiraría el escritorio por la cabeza. Hoy preferiría mil veces una vida de segunda categoría… pero en compañía de Sasha y Amanda.
Dos ciclos decía Rafa. ¡Dos ciclos! ¡UNA ETERNIDAD!
Había días en que se quedaba contemplando a Rafa, tratando de escudriñar qué pasaba por la mente de un hijo de buena familia, nacido con todos los privilegios de ciudadanía que cualquiera pudiera soñar. Era como si disfrutara del aislamiento, del hielo, de la incomodidad.
Ahora mismo, Rafa volvía a sus quehaceres cotidianos -fueran cuales fuesen en una cárcel con presos congelados y sin nada más que hacer que mandar anodinos informes de "todo en regla" cada ciertas revoluciones-. Ni siquiera el conato de discusión de un minuto atrás parecía hacer mella en el ánimo de Rafa.
Monk se rascó la cabeza. ¡Rafa era un gran enigma para él!
—Voy a subir a la escotilla un rato —dijo, poniéndose de pie y cogiendo el rifle de pulso.
—Pero si recién acabas de estar ahí… —Rafa le habló sin apartar la mirada del radio que manipulaba.
Monk abrió la boca sin llegar a decir nada. Colgó el rifle a su espalda y salió hacia la escalera. Sólo entonces Rafa levantó la vista y le vio perderse por el pasillo. Movió la cabeza de un lado para otro y regresó al radio. Cuando el visor parpadeó emitiendo un extraño bip bip, Rafa se echó para atrás y con su acostumbrada serenidad murmuró Qué curioso.
La verdosa luz del fanal dio-eléctrico parpadeó, se intensificó y, finalmente, se apagó.
—Qué curioso —repitió Rafa.

La escotilla sólo se abrió tras unos minutos de forcejeo por parte de Monk. Apenas lo hubo hecho, quiso volver a cerrarla, traspasado por el intensísimo frío que se colaba desde la gélida llanura ante sí. Mas la escotilla no respondió. Forcejeó hasta que sus manos comenzaron a congelarse. Soltó las asas de la compuerta y, al hacerlo, perdió pie. Cayó de espaldas al pozo de la escalera. Giró sobre sí mismo y el rifle de pulso se soltó de su espalda en el movimiento, aunque alcanzó a atraparlo y engancharlo a la barandilla para no caer los tres niveles hasta el puesto de guardia.
—¡Malditos sean los colonizadores! —gritó, al tiempo que lograba sostenerse en la escalera.
Intentó subir a la torreta, pero el aire ya se cristalizaba sobre las paredes y la escotilla. Volvió a maldecir. Colgó el rifle de su hombro y descendió con velocidad hasta el nivel inmediatamente inferior.
Sabía que el protocolo ante un incidente de ese tipo le obligaba a comunicarlo a su compañero inmediato -en este caso, Rafa-, pero el orgullo propio le llevó a cometer una nueva insensatez: Alcanzó el panel auxiliar e intentó el cierre remoto de la escotilla. Al fallar, quiso sellar toda la torreta, también con nulo éxito.
—¡Malditos los colonizadores y las putas que los parieron! —La desesperación le tomaba con más fuerza a cada vano intento de solución.
Bajó al siguiente nivel, echando una mirada hacia arriba: ¡el hielo seguía avanzando tras él! Aun así no consideró comunicarse con Rafa.
A medio camino, un repentino ardor en su espalda le detuvo. Se tanteó con una mano y descubrió que el rifle de pulso aumentaba peligrosamente de temperatura. Se lo descolgó y lo arrojó hasta el fondo del pozo. Siguió bajando, ahora más a prisa, y se metió en el segundo nivel.
Los controles remotos y de seguridad volvieron a fallar. No le pareció, entonces, tan humillante llamar a Rafa: ¡Ahora era asunto de vida o muerte!
Sacó su radio y descubrió que estaba muerto por completo.
-¡Lo que me faltaba! -Arrojó el comunicador contra un panel. Al acercarse al pozo, toda la luz del puesto de guardia se fue, dejándolo en la negrura absoluta. Maldijo a viva voz, pero su maldición quedó a medio camino. Un crujido electrizante parecía aproximarse… ¡EL HIELO! La torreta seguía congelándose, persiguiéndolo con sus dedos punzantes y glaciales. Sin pensárselo dos veces, extendió las manos hasta dar con la barandilla del pozo y se arrojó dentro. Cayó los cinco metros con pesada velocidad y azotó su hombro derecho contra el piso del puesto de guardia. La oscuridad total engulló el ruido del golpe, dejando a Monk, semiconsciente, tirado cuán largo era, completamente indefenso ante el abrazo gélido de la segura muerte bajo cero.
De los labios de Monk apenas se escurrieron las palabras Sasha y Amanda, antes de que la inconciencia total le durmiera inexorablemente.

La verdad es que yo fui el último en asomarme a la pantalla. Estaba descansando tras mi turno en los "hornos" del cohete cuando alguien llegó gritando a los camarotes que Júpiter estaba brillando como baliza de montacarga. Aunque pensé que se trataba de alguna broma, de todas maneras le eché un vistazo... Era cierto: el jodido planeta emitía una especie de manchas coloridas... Como si fuesen velos de alguna bailarina de Barzum... ¿Han estado en los burdeles del polo norte marciano?...
(Extracto del testimonio de un tripulante del cohete "Carter", nave que orbitaba en torno a Júpiter para aprovechar el impulso gravitatorio en su camino a Plutón al momento del "evento joviano")
2.
—Qué curioso… —Las palabras se filtraron susurrantes por los intersticios de su mente. Se confundieron con los vagos recuerdos de una mujer y una niña que esperaban en algún lugar, y entibiaron los engranajes de su conciencia. Qué curioso… Qué curioso… repetía una suerte de mantra en su cabeza que atraía partículas y átomos para formar otras dos palabras, otros dos nombres… Sasha… Amanda… Sasha… Amanda… Palabras que pronto significaron imágenes. Imágenes claras y nítidas de la mujer y la niña abrazadas en el umbral de la puerta, llorando mientras alguien se alejaba en el transporte militar. Sasha… Amanda…
—¡Sasha! ¡Amanda! —Su propio grito le despertó.
La luz verdosa de dos fanales iluminaba el pequeño cubículo-dormitorio. Intentó sentarse y un fortísimo dolor de cabeza le obligó a volver a tumbarse.
—Sasha. Amanda —musitó esta vez y su pecho se agitó invadido por la angustia y la pena. Se tapó la cara con las manos y lloró sin contención.
No se dio cuenta de la llegada de su compañero hasta que éste le habló:
—¿Estás bien?...
Se secó las lágrimas con los dedos y farfulló algo ininteligible. El otro se inclinó sobre él y posó una cinta examinadora sobre su frente.
—¿Qué decías de Sasha y Amanda? —le preguntó, sentándose al borde del camastro y observando la tonalidad rosácea que la cinta adquiría a medida que chequeaba la condición del herido.
Éste suspiró hondamente y le contestó, mirando la pared frente a él:
—Rafa, tengo que volver. Ya no aguanto más…
—¿Rafa? -El otro se puso de pie tan rápido que su compañero se asustó—. ¿Rafa? ¿De qué estás hablando, listillo? ¿Tan mal te hizo la comida?
—¿Qué comida?... Rafa…
Le extendió la mano, que fue rechazada con un ademán brusco.
—Déjate de jueguitos. Sabes bien que yo soy Monk. No te pases, Rafa. Y no hables de mi Sasha y mi Amanda.
Hizo ademán de irse, pero el otro se estiró tanto para atajarle que cayó al suelo metálico.
—¡Rafa!, por favor. ¡Rafa! —suplicó desde el piso.
Éste volteó y se agachó para tomarlo de la camiseta y elevarlo. Sus ojos echaban chispas.
—¡Termina tu bromita, niño acomodado! ¡Para ti todo esto puede ser un juego, pero no para mí! Y como sigas con esto ¡te juro por los colonizadores y sus putas madres que te mato! ¿Entendiste, Rafa? —Le escupió el nombre en la cara.
Lo arrojó sobre el camastro y salió, cerrando la escotilla de golpe. Solo, y sintiéndose pequeño en la adusta habitación, se arrastró hasta una esquina, acurrucándose tras la frazada.
—Yo no soy Rafa. Soy Monk. Soy Monk. —Abrazó la almohada y la acunó en sus brazos—. Mi Sasha, mi Amanda… —Miró uno de los fanales dio-eléctricos y resolvió—. Ese Rafa maldito. He descubierto su plan: Me tiene aquí para separarme de mi familia. De Sasha y Amanda.
»Todos estos ciclos fingiendo cordura, calma, desinterés. ¡Todo para engañarme y arrebatarme lo que más amo!... ¿Por qué, si no, un niñito rico y de familia importante, iba a rebajarse de esta manera, iba a querer venir a congelarse el mismo hoyo del culo a Ganímedes? Maldito sicópata. Ladrón de familias. ¡Por los colonizadores y las crías que engendraron! Qué claro veo todo ahora. Qué ciego estuve…
Dejó el camastro y buscó sus botas. Se las calzó y salió al pasillo, dispuesto a aniquilar al usurpador de vidas.
Pasó ante la escalera de la torreta y no pudo evitar mirar hacia arriba, temeroso del hielo que le había seguido… Pero todo estaba en orden, como si nada hubiese ocurrido. Recordó el rifle incandescente y miró a sus pies, con la seguridad de encontrar alguna marca… Tampoco estaba allí. De manera inconsciente se palpó el hombro.
Salió, por fin, a la parte principal del puesto de guardia.
Frente a un fanal, su compañero, ¡el usurpador!, examinaba con mucha atención algo entre sus dedos. El vapor que exhalaba por su boca le recordó el frío que le rodeaba. Se frotó los brazos, consciente de pronto de su semidesnudez. Aun así, siguió acercándose al otro, quien no lo advirtió hasta que lo tuvo a su lado.
Sobresaltado, dejó caer el objeto que sostenía en sus manos. Su compañero abrió los ojos, enloquecido, al ver que el objeto era, en realidad, el disco hexagonal con fotos iridiscentes de Sasha y Amanda.
—¡¡Hijo del colonizador y la gran puta!! ¡Te voy a…! —Se abalanzó sobre él y ambos rodaron hasta una pared—. ¡Maldito Rafa! ¡Te voy a matar!
—¡De qué hablas, Rafa! —le contestó el otro, tratando de quitarse las manos de su atacante del cuello.
—¡No me llames Rafa! ¡Yo soy Monk! ¡¿Entiendes?! ¡¡YO… SOY… MONK!!
Se enredaron en una desesperada pelea, dando tumbos por todo el cuarto de guardia, botando cuanta cosa había allí dispersa, incluido el fanal dio-eléctrico que, tras un chisporroteo inusual, se apagó.
Contra la débil luz del pasillo, sus siluetas se marcaron, confundiéndose la una con la otra, chocando y alejándose, en brutales embistes que, más que agotarlos, les llenaban de una energía insospechada, incubada en la violencia repentinamente desatada. Ya no había distinción entre el combustible temperamento de uno y la impermeable cautela del otro. Ambos eran uno… O, más bien, dos duplicados de sí mismo. Monk y Rafa. Rafa y Monk.
La pelea se trasladó, rodada tras rodada, hasta los pies de la escalerilla de ascenso a la torreta. Entretanto, se escuchaban sus gritos en la penumbra: «¡Yo no soy Rafa! ¡Yo soy Monk!», y en seguida «¡No! ¡Yo soy Monk! ¡Tú eres Rafa!».
Tras darle una certera patada al otro en la oreja, uno de ellos empezó a subir, desesperado, la escalera. Desde el suelo, botando sangre por boca y nariz, el otro le advirtió:
—¡No lo hagas! ¡No seas estúpido!
Pero sus palabras no alcanzaron a llegar a su adversario… O, tal vez, sí llegaron, sólo que ahogadas e ininteligibles en medio del zumbido de sus oídos reventados. O, con la mayor probabilidad, sí las escuchó, pero decidió ignorarlas por completo. Sea como sea, llegó ante la escotilla y, temerariamente, la abrió, lanzándose al exterior, mientras gritaba «¡Sasha! ¡Amanda!».
Antes de poder dar siquiera un paso sobre la superficie de Ganímedes, el hielo infinito del satélite le atrapó y nunca más lo soltó de entre sus garras, crispando su gesto hasta quebrarlo en innumerables esquirlas.
La alarma se encendió y la escotilla se cerró automáticamente y ahí se quedaron los dos: Monk y Rafa. Rafa y Monk. El uno congelado en el movimiento y la demencia para siempre. El otro, escupiendo sangre y arrastrándose por el pasillo del puesto de guardia, murmurando «Sasha. Amanda».

Pienso que la gente, sencillamente, debe acostumbrarse a que, cada cierto tiempo, brille sobre el cielo marciano un segundo sol. Siempre supimos que Júpiter era una suerte de estrella a medio terminar. Pero, aparte de eso, no debería preocuparnos en lo más mínimo la actividad del planeta. ¿Alguna otra pregunta?
(Extracto de la conferencia de prensa dada por los astrónomos más destacados de Marte durante la inauguración del año científico en curso)
3.
La primera vez que Monk usó la recién adquirida ciudadanía, fue en el acto oficial con el que se despidió simbólicamente a Rafa: Fue imposible rescatar los restos trizados de su cuerpo, así que el influyente padre de Rafa hizo todos los arreglos para un funeral en ausencia con todos los honores de un héroe de guerra. Monk mismo se vio beneficiado por rebalse y fue ascendido tres grados ciudadanos de forma automática.
Llegó, con la banda negra y roja de ciudadanía puesta en su brazo derecho, junto a Sasha y Amanda. Saludó de modo parco, pero cortés, al padre de Rafa y luego contempló el sepelio desde cierta distancia, con la hija en brazos.
—Qué curioso —pensó en voz alta. La niña jugaba con sus dedos sobre el rostro de su papá.
—¿Qué dices? —Sasha se había sentado en una banca al alcance de la voz.
—Rafa. Rafa nunca pudo soportarlo, ¿sabes? —Monk dejó a Amanda en el suelo y fue a sentarse junto a Sasha—. Se alistó sólo para agradar a su padre. No lo necesitaba… pero obedeció a su padre… Y eso le consumió, lo trastornó y, finalmente, le mató.
—Es terrible… —Sasha apoyó su cabeza en el hombro de Monk.
—Ojalá lo hubiese hecho entrar en razón… —se lamentó Monk.
—No es tu culpa. Lo sabes… —Sasha se enderezó y lo besó en el hombro.
—Sí. Tienes razón —sonrió éste, sentando a Amanda en sus rodillas—. Ya nada importa ahora. Sólo nosotros tres. Una hermosa familia… Y somos ciudadanos. La vida será mucho mejor ahora.
—Y, además… —agregó Sasha, besando la mejilla de Monk—, ya no tienes esa fea cicatriz en la cara. Te hace ver distinto… Más atractivo… Como si me hubiesen cambiado al marido. —Le besó en los labios entonces, riendo con mucha dulzura.
Monk se sonrió también y mirando al cielo rojizo y domesticado de Marte, concluyó:
—Qué curioso… Se me había olvidado… Como si nunca la hubiese tenido… Qué curioso… Yo también me siento como si fuera otro…

herreiere
18-Jul-2014, 00:27
¡Que curioso cuento!

incursora
06-Sep-2014, 14:37
Un relato fantástico, muy bien relatada porque el desarrollo de la trama está muy bien estructurado hasta llegar al final.

¡Saludos y gracias! :03: