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Ver la Versión Completa : Relato La persecución



32deMayo
09-May-2014, 05:22
Eran las doce y media pasadas del mediodía, y Lucas estaba asombrado de lo rápido que podía llegar a correr. Por un momento, el asombro por tal descubrimiento se sobrepuso al monstruoso guardia de seguridad que lo perseguía a tan solo unos diez pasos de distancia. Lucas estaba realmente asombrado. Nunca se había caracterizado por ser veloz. Es más, en la escuela ni siquiera ocupaba un puesto en la lista de los diez mejores corredores —lista en la cual figuraba una niña. Si alguno de sus compañeros lo hubiese visto, lo habrían subido a los primeros puestos de la lista: Lucas se desplazaba como una autentica bala.
En el patio de la escuela o en el parque, se habría parado para observar las caras estupefactas de los que hubiesen tenido la suerte de poder gozar con tal hazaña, pero ahora no tenía tiempo para eso. Si lo hacía, podía morir. Lo tenía claro. Un paso en falso o un insignificante resbalón podían significar un par de manos en torno a su garganta. Era triste, pero era la realidad de la situación.
El miedo presente otra vez y el asombro desvaneciéndose, Lucas dobló la esquina del pasillo y enfiló uno nuevo, cien metros más de baldosas impecablemente blancas, multitudes de gentes y brillantes escaparates. No tenía tiempo para pararse, cierto, pero aun así podía ver que las caras borrosas que se giraban hacia él, hacia su pequeña figura de niño de doce años, dejándole paso, evadiendo el choque, preguntándose qué pasaba y suponiendo lo evidente. Lucas sabía que ellos lo sabían. Ellos sabían que había robado.
Lucas se llevó una mano al estómago y palpó el bulto que sobresalía. El objeto en cuestión viajaba bajo su sudadera azul, retenido por la cinta elástica de sus pantalones de hacer educación física. Se trataba de un anteojo de realidad virtual, la montura roja y los cristales tintados de negro azabache. Lucas prefería el anteojo de montura azul, ya que ese era su color preferido, pero no tuvo opción de elegir; aquella niña que había visto salir de la tienda de electrónica y que iba de la mano de su padre lo había querido rojo, y de ese color se lo habían comprado. Lucas había caminado como si nada durante un buen trecho, siguiendo al padre y a la hija, esperando el momento, y cuando lo encontró —el teléfono móvil del padre sonando— dio el acelerón y el posterior tirón a la bolsa de plástico, que se despegó de los gruesos dedos del padre con facilidad, como si su mano fuera de paja. Después había echado a correr, el agudo grito de la niña y el «¡EH!» del padre en señal de inicio a una peculiar carrera. Luego vino el guardia, que empezó a seguirlo cual fantasma salido de ninguna parte.
En plena inundación de adrenalina, Lucas quiso escaparse. Podía despertar y ya está, si se tratase de un sueño, o bien salir por la puerta grande y cruzar el aparcamiento hasta las calles y después hasta su casa, donde podría estar seguro. Le parecía más fácil despertar, pero esto no era un sueño, ni mucho menos. El año pasado había tenido un sueño bastante vivido en que su tío —un hombre amable— lo perseguía por un almacén lleno de cajas de madera y carne de ternera colgante, con la clara intención de matarlo, y Lucas lo había pasado mal, no obstante, lo que estaba pasando ahora era bastante peor, y sin ser ni la mitad de terrorífico. Sólo quedaba ir hacia delante y esperar que la puerta grande estuviera abierta de par en par, dispuesta a darle una segunda oportunidad.
—¡Párenlo! —escuchó que gritaba una voz dura cual piedrazo.
Para llegar a la salida del centro comercial todavía faltaban dos pasillos más. El plan fallido de Lucas lo debió haber dejado cerca de la puerta grande, la inmensa puerta doble y automática y de vidrio impenetrable que daba la bienvenida al inmenso centro comercial, pero el guardia monstruoso había salido de la misma dirección que dictaba el plan, y Lucas se vio obligado a aceptar otra ruta. Este desvío no fue un fallo, sino algo totalmente inesperado; Lucas había paseado por el centro comercial durante dos semanas seguidas, elaborando el robo, y en todas las ocasiones vio al mismo hombre gordo de seguridad como único obstáculo en sus cincuenta metros hasta la salida, no al guardia monstruoso que lo estaba siguiendo ahora y que parecía altamente capacitado para competir en una maratón; había otros guardias, claro está, pero éstos se hallaban muy lejos como para alcanzarlo en veinte segundos. En pocas palabras, el asunto había salido mal, pésimo.
—¡Párenlo! —escuchó Lucas por segunda vez, y de reojo vio que otro guardia —éste un poco menos musculoso y muy joven y con la cara llena de granos, gracias a Dios— se sumaba a la persecución.
La multitud miraba expectante, convirtiéndose en espectadores ocasionales. Lucas tuvo la certeza de que uno de ellos se iba a apartar de los demás para bloquearle, atrapándolo con las manos y tirándolo al suelo. Fue como una premonición. En el plan no entraba llamar la atención, pero eso era justamente lo que estaba haciendo ahora. Todos sabían que lo que corría como un ratoncito por el pasillo de baldosas blancas era un ladrón, un ladrón que había tenido la sangre fría suficiente para arrebatarle un anteojo de realidad virtual a una niña de unos seis o siete años. Eso tampoco tenía que pasar; nadie tenía que saberlo. Según lo que dictaba el plan, Lucas salía como una exhalación, sin dar siquiera unos segundos para reaccionar, huyendo por la puerta grande del centro comercial como una brisa de viento o una cucaracha. Había trazado el plan con minuciosidad, atento a cualquier detalle que pudiera presentarse, pero no había contado con un guardia de más. Lucas pensó que era un estúpido y que los anteojos no valían la pena, que más valía dejarlos caer y tener fe en que lo dejarían pasar. Al fin y al cabo sólo era un niño de doce años con demasiada confianza en sí mismo. Había robado una bolsa de papas fritas antes, en una tienda de comestibles cercana a la escuela, a petición de un buen amigo suyo, y nadie le había recriminado nada, poniéndole un par de monstruos corredores detrás. También había robado una bebida en el mismo lugar al día siguiente, exitoso por segunda vez. Entonces se le había ocurrido lo de los anteojos, los benditos anteojos. El buen amigo suyo le había dado la idea. Le había dicho que sería fácil, que tardarían mil años en conseguir el dinero que costaban, que en el centro comercial no había guardias capaces, sólo gordos, que no sería difícil, que lo estaría esperando con la bici afuera, en los lindes del aparcamiento, listo para partir hacia casa, donde probarían los anteojos, exitosos por tercera vez. Juntos habían visto una película que contaba la historia de un atraco perfecto. Cinco hombres se metían en un banco a través de las cloacas y conseguían salir sin que nadie supiera nada, la bóveda vacía y los empleados con la cara virando a un blanco mortal. Habían visto la película para instruirse, dos veces, y la conclusión consecuente fue que la clave era moverse en silencio. Arrastrándose, si hacía falta. Lucas había tomado nota, imaginado el tirón que sería el límite entre el bien y el mal, entre ser un ciudadano normal y ser un criminal perseguido por la ley.
Lucas llegó al final del pasillo y continuó su marcha por el único camino posible, torciendo a la derecha. Un vistazo bastó para que avistara a otros tres guardias y al padre de la niña al final, cortando el último trecho hasta la puerta grande. Uno de los guardias era el guardia gordo del plan. Lucas quiso reír, pero se puso a llorar y a jadear como un cerdo que va al matadero. Contempló la posibilidad de pararse en seco y desafiar a los dos que tenía detrás. Era una maniobra arriesgada, pero si la hacía correctamente todavía podía salvarse. De seguro que el cuarteto de adelante lo atraparía: cuatro es más grande que dos.
Lucas miró en derredor y vio que los guardias corrían por el mismo lado: el flanco derecho, que estaba casi vacío de gente. El flanco izquierdo, al contrario, era donde se juntaba la multitud. De allí provenían las miradas acusadoras. Lucas las sintió en la piel sudorosa y en la cabeza ardiente, pinchando. Aquello le hizo repetir la premonición del héroe anónimo, el que lo bloquearía. Tragó saliva y siguió jadeando y corriendo. No había nada más que hacer. Sólo quedaba una ficha en el tablero.
Con un giro de tobillos magistral, Lucas se encaminó hacia la izquierda, hacia la multitud, que primero fue un rígido muro de cuerpos, pero que después se dividió en una suerte de rendija. Lucas se metió allí, en la rendija, y a empellones fue avanzando. Los guardias de seguridad lo perdieron de vista un instante, pero lo localizaron enseguida, volviendo al flanco derecho unos cuatro metros más atrás y corriendo en la dirección contraria.
Lucas intentó usar la cabeza. La puerta grande se había cerrado para siempre. Descartada. Había que esconderse. ¿Dónde? Vio la respuesta en un local de fachada luminosa e interior oscuro. Allí había sesiones de Realidad Virtual de distintos juegos. Había querido entrar una vez, pero el precio por usar las máquinas era carísimo. En realidad, los anteojos que llevaba bajo la sudadera azul eran una versión casera de lo que había en el local: escenarios fantásticos diseñados a la perfección, listos para ser sentidos: una odisea pirata, la caza de un dinosaurio, la llegado a la Luna y a Marte, la cima del Everest, los profundos fosos abisales, un paseo por el Sahara, una caminata por los prados blancos de Siberia, una travesía por las enmarañadas selvas del Amazonas, un salto de rascacielos que se repetía hasta que uno decía basta, una guerra que no producía muertos, sólo adrenalina. GRAN SALÓN VIRTUAL, rezaba un cartel de letras de neón en lo alto. Lucas pensó que la oscuridad podía ayudarlo. Sin pensarlo dos veces cruzó el umbral.
Era realmente oscuro. Desde fuera se veía que no había mucha luz. Visto desde dentro era todavía peor. Naciendo en la entrada, un camino marcado por luces parpadeantes azules iba unos doce metros más allá, acabando en una recepción decorada con las mismas luces parpadeantes azules y un cartel, también de letras azules, que decía NO INTERRUMPIR LA REALIDAD VIRTUAL, PELIGRO. A un lado y a otro del camino había cabinas. Grandes cubículos que eran como el carro de tracción de un camión. Cada cabina tenía un número —marcado en neón blanco— asignado en un costado, y había doce cabinas, seis a cada lado. El aire era caliente y vaciado, como de máquina sobrecalentada.
Aprovechando la nula visibilidad del salón, Lucas se agazapó y fue hasta la cabina número tres. El olor a máquina rota se intensificó. Creía que quién sea que estuviese en la recepción no lo había visto, y tenía razón; el encargado estaba en el habitáculo ubicado detrás de la recepción, ocupado y cansado, manteniendo estables las realidades virtuales de cada cabina y verificando el fallo de la cabina número tres, que se había muerto o enfermado de gravedad en la primera sesión del día. Lucas no sabía que el GRAN SALÓN VIRTUAL funcionaba por sesiones, y que además se había metido durante una, cosa que estaba prohibida. Y es que el guardia del GRAN SALÓN VIRTUAL tampoco estaba en su puesto; llamado por el deber, había empezado a perseguir al mocoso ratero segundos después de que éste le hubo pasado por enfrente, saboreando ya el primer logro de su corta carrera como guardia de seguridad. Ahora que se daba cuenta de que había descuidado su trabajo y que el mocoso ratero se había aprovechado de eso, se preguntaba si tardarían mucho en pegarle la pata y despedirlo.
Lucas tanteó el costado de la cabina y se desesperó al sentir que era todo liso. En la esquina izquierda se topó con un sutil picaporte. Lo accionó y la puerta de la cabina se abrió unos centímetros con un click. Alguien entró en el salón, gritando en voz baja, mas Lucas ya se había adentrado en la cabina. En pocos segundos había diseñado un nuevo plan. Cuando sonara el pitido y las cabinas se abrieran solas o el encargado viniera a avisar que ya se había acabado y que cada uno a su casa, se iría con disimulo, como aquellos inteligentes ladrones de bancos. Los anteojos podían quedarse, ya no le importaban, o quizá, si la suerte le sonreía, podía hasta llevárselos. La cuestión era ser silencioso. Lo demás ya se vería.

Nunca antes había estado en la Realidad Virtual. Los de la escuela decían que era lo más, que no había nada que lo superase, que era mejor que las chicas y que no existía comparación, y por sus caras era fácil de creer. Pero la Realidad Virtual era cara. Lucas era pobre, muy pobre. Ese tipo de juegos no estaban hechos para él. Una vez, durante una reunión de patio, un tal Miguel —un año más pequeño— había dicho que por la noche sería un ninja, como todos los viernes.
—Voy a ir con mi papá por la noche —había explicado el tal Miguel, canijo y enjuto como un chihuahua, tomando la palabra en el improvisado círculo que se había formado, todos sentados como indios y escuchando con atención—. Todos los viernes vamos. Nos subimos en todas las cabinas, pero en la del Castillo Samurái Japonés nos subimos hasta cinco veces. Ahí tenemos que ser ninjas y matar al emperador. Hay un montón de tipos que lo protegen, y también hay que matarlos o moverte sin que te vean, trepando por las paredes y los techos. Nosotros siempre llegamos hasta el final. Mi padre siempre juega conmigo. A veces lo mata él y a veces lo mato yo. Depende de quién llegue primero.
Tras escuchar con atención, Lucas se sintió inundado por un deseo poderoso, infatigable: quería ir a la Realidad Virtual.
Y ahora estaba aquí.
El interior de la cabina se hallaba iluminado por un tenue foco de luz blanquecino pegado al sólido techo negro. La parte trasera era un sillón de cuero similar a los asientos de atrás de los coches. La parte delantera constaba de tres cascos colocados en sofisticados enganches. Lucas agarró uno de los cascos y éste se despegó del enganche, quedando conectado por dos hilos metálicos. Todo lo que no alcanzaba el foco del techo permanecía oscuro. Lucas sopesó el casco y advirtió que no era nada extraordinario; parecido al casco para bicicletas, pero sumándole un ancho cristal que cubría la zona frontal y que se deslizaba hacia arriba y hacia abajo. Subió el cristal y se encasquetó el casco. Le quedó ancho, tambaleante sobre el cráneo, y se lo ajustó con las correas que pendían de los lados, cruzándolas bajo su barbilla. Bajó el cristal y se dio cuenta de que era un visor o cómo sea que se llamasen esas cosas. Los anteojos le incomodaban bajo la sudadera.
Siguió viendo con normalidad durante unos segundos. Luego, pasado un minuto, Lucas creyendo que se había metido en la única cabina que no funcionaba, el color fue desapareciendo gradualmente hasta no ser más que una pantalla sin reflejo ni contorno alguno. Quebrando el silencio que había gobernado hasta ahora, un ziiiiium-ziiiiium sonó desde algún lugar cercano. El olor a máquina quemada inundó la cabina y la nariz de Lucas, que empezó a sentirse mareado, como atrapado en una atracción de feria maldita. Elevó las manos para sacarse el casco, siguiendo los consejos del pánico, sin embargo no llegó a tocar las correas…
Estaba en una cueva. Y había estalactitas. Y goteaba.
Un manto de plata descendía por detrás, encandilando motas inmóviles en el aire. La cueva era profunda, y se iba estrechando hasta finalizar en un agujero negro. Lucas estaba en un tramo de dos metros de ancho, de espaldas a la luz. Se examinó el cuerpo y descubrió que sus ropas habían cambiado; llevaba guantes y una camisa embarrada y un pantalón de aspecto sólido. En la cintura tenía un cinturón cargado con cuerdas y varias herramientas. También tenía una pistola. Supuso que era un explorador de cuevas. O un explorador a secas. O quizá alguien perdido. Inhaló todo el aire que pudo y lo soltó en dos trémulas exhalaciones. El olor a máquina sobrecalentada había sido sustituido por el de la humedad. Una humedad pegajosa y palpable.
Iba a voltearse, dejando atrás la negrura y encarando el manto plateado, cuando vio por el rabillo del ojo que algo se movía por arriba. Duró un segundo. Era una araña, invisible de tan pequeña, pero una araña. A Lucas no le agradaban. Dio dos pasos para atrás y tropezó, sin apartar la vista de la araña. Entonces el manto plateado se partió en dos.
Sin siquiera mirar, comprendió que le habían bloqueado la salida. Sin mirar supo que había sido una araña. Una muy grande. Despacio, la vista clavada en la araña pequeña de arriba —se le ocurrió que podía ser la cría de la grande, así de repente—, apoyó una mano en la culata de la pistola de su cinturón.
Un fugaz retumbar de patas peludas explotó en la cueva antes de que Lucas alcanzara a sacar la pistola del cinturón. Cerró los ojos con fuerza. Hubo pinchazos y patas que pisaban, muchos pinchazos y muchas patas.
Lejos, en otra dimensión, el guardia novato y el recepcionista conversaban en torno a la cabina número tres, atisbando el interior, vacío a excepción de un anteojo de realidad virtual de montura roja.
—Se lo tragó —dijo el recepcionista—. No pensaba que el fallo fuera a ser tan jodido, pero sí. ¿Dices que había robado?
—Sí. Ese anteojo—explicó el guardia, señalando el objeto—. Un compañero dice que se lo quitó de la mano a una niña de cuatro años. ¿Qué le va a pasar?
—No sé. Por lo pronto no va a poder salir. Los técnicos tardarían días en llegar.
—¿Es normal que se esfumen así?
—Desde luego que no.
El recepcionista agarró el anteojo y se lo entregó al guardia novato, que sonrió al tocarlo, evocando aquella jugosa recompensa del principio.
—¿Pasaría algo si el chico no llegase a salir… bien? —preguntó el recepcionista.
—Ya te he dicho que es un ladrón. Estábamos en una persecución. Todo el mundo lo ha visto.
—Entonces di que tiró lo robado y se escapó al sonar el timbre. Mejor para mí y mejor para ti.
Y sonó el timbre y todo quedó zanjado con una amplia sonrisa.

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Aprovecho para decir que es mi primer mensaje en este foro. Me gustaría participar en la próxima edición de la revista, pero no sé si el relato es muy largo. Aseguro que es bueno; aquellos que se tomen el tiempo de leerlo me darán la razón -o al menos eso espero. :)

Admin
11-May-2014, 03:12
Se agradece el aporte 32deMayo. :xd:
No está mal el relato, pero sí, a mi me ha parecido excesivamente largo. Algo un poco más directo y sin tantos rodeos sería más de mi agrado. :aarff:
También me ha confundio un poco el final; no acabo de ver claro qué le sucede exactamente al niño ladrón... :pensar:
:saludo:

32deMayo
15-May-2014, 01:14
Pos que se lo comen con patatas, en pocas palabras. Gracias por leer. :apunta:

Admin
15-May-2014, 13:41
Pos que se lo comen con patatas, en pocas palabras. Gracias por leer. :apunta:
¿Lo fríe el aparato de relidad virtual? :pensar:

32deMayo
15-May-2014, 18:14
Más exactamente las arañas de la realidad virtual. Sí, se podría decir que es la realidad virtual la que lo mata.

herreiere
17-May-2014, 19:09
Saludos:saludo:

Es un cuento muy interesante, la verdad no me esperaba que lucas fuera a quedar don la mente destruida al final.:atento:
Y yo creo que los rodeos en la historia nos ayudan a entender mejor el contexto.

Solo un detalle la parte de "Pobre, muy pobre" me parece un preonasmo inecesario.

No puedo esperar para leer tu proxima aportación.:botando:

incursora
07-Aug-2014, 13:48
El relato está muy bien escrito. He apreciado que la parte de la persecución resulta bastante larga. El giro argumental del final es interesante aunque yo intuía como acabaría.

Saludos y gracias. :gracias: