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Relato El holomentalista, Lamberto García del Cid

Relato El holomentalista, Lamberto García del Cid

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El holomentalista
A las putas de Lonny Zone
que merodeaban por el Chatsubo.

Johnny Case eligió una mesa apartada. El Cabaret Voltaire era uno de los lugares más selectos del complejo orbital Freeside. Estaba situado en la calle Jules Verne, la arteria principal de la exclusiva estación turística, y en cuyos elegantes comercios miles de visitantes afanábanse por aliviar sus credichips. No muy lejos de allí se encontraba la afamada Villa Straylight. El Cabaret Voltaire era un local decorado con gusto decimonónico, no muy espacioso, y con fama de ofrecer los espectáculos más innovadores. Esa noche actuaba Paco de Rivera, el holomentalista más célebre y reputado del gremio. El holomentalismo, forma artística reciente, contaba con el favor del público, que veía en él una cautivadora mezcla de prestidigitación y atracción de feria. Resultado de una mutación causada por una extraña epidemia panspérmica de origen misterioso, los holomentalistas eran seres dotados de la portentosa cualidad de exteriorizar, en forma holográfica, sus pensamientos. Un espectáculo turbador, pero a la vez dotado de singular atractivo estético y que prendaba a un público ahíto de nuevas sensaciones. Estos asombrosos artistas, sin embargo, sólo podían reproducir imágenes y cuadros de su vida pasada, no podían inventar de la nada, todas sus holorepresentaciones debían provenir de experiencias personales. Tampoco podían evitar que imágenes de los sucesos que más huella hubieran dejado en su ánimo, aflorasen durante la actuación. Es más, tenían a gala estos virtuosos comenzar el espectáculo proyectando una vivencia muy personal. Como no era infrecuente que individuos con semejante poder lo utilizasen para delinquir, tampoco lo era que en las salas donde trabajaban se encontrasen representantes de la justicia que vigilaban posibles autodelaciones del artista, pruebas incriminatorias que quedaban registradas gracias a las obligadas cámaras de simestim que grababan cualquier tipo de espectáculo. Precisamente éste era el motivo que había llevado a Johnny Case al Cabaret Voltaire. Sospechábase que Paco de Rivera había asesinado a su última mujer, pero no había pruebas que permitiesen su detención y posterior encausamiento. Era por ello que sus actuaciones eran seguidas siempre por un agente de la ley. Esa noche era Johnny Case ese oficial, desplazado a la estación turística Freeside con este solo propósito. Cierto que los holomentalistas que habían delinquido eran conscientes de este acecho y actuaban tratando de no descuidarse, controlar los recuerdos delatores, pero no podían en muchos casos evitar deslices que les llevaban a revelar su delito. Paco de Rivera se sabía vigilado desde la muerte de su esposa.

    El maestro de ceremonias anunció el comienzo de la función. El preludio corrió a cargo de un ballet levitante, ágiles contorsionistas calzados con equipos antigravitatorios. Mientras danzaban a pocos centímetros del suelo, los camareros sirvieron las bebidas. Johnny Case jugaba con una cajita de neurocaína, pasándosela entre los dedos, dudando si entonarse con una pastilla o conformarse con la dosis de alcohol de su consumición. Decidió aguardar, no mezclar dos excitantes; quería prestar la debida atención a la actuación de Paco de Rivera.

    Terminada la danza de los levitantes, el maestro de ceremonias salió de nuevo para anunciar la actuación de Paco de Rivera. Flojos aplausos. El holomentalista subió con estudiada parsimonia los dos peldaños por los que se accedía al escenario. Paco de Rivera era alto y enjuto, pelo negro y ojos con iris dorados que delataban caros trasplantes. De Rivera recorrió con la mirada a los asistentes, en su mayoría hombres maduros en compañía de hetairas de lujo. Case creyó percibir que los ojos de De Rivera se detuvieron en él unos instantes más que en los demás parroquianos. De Rivera comenzó con un número habitual en él: hizo aparecer en cada mesa, suspendida a pocos centímetros del tablero, una vela encendida. Los ocupantes de las mesas, gratamente sorprendidos, pasaban la mano sobre la llama, asombrándose de no notar el fuego ni el calor. Hubo pequeños aplausos. De Rivera se concentró y las velas se elevaron lentamente hasta quedar suspendidas a pocos centímetros del techo, creando una sugestiva atmósfera de fantasía. De Rivera hizo desaparecer las velas y se preparó para su segundo número. Se concentró inclinando la cabeza hacia el suelo. En el centro del escenario apareció la representación holográfica de una habitación. El cuarto no era muy grande y en su medio afloró un lecho con las sábanas desordenadas. Johnny Case dejó de jugar con la cajita de neurocaína. Sobre la cama comenzaron a emerger unas piernas de mujer. Primero los pies hasta las rodillas, completándose luego hasta mostrar unos muslos tersos y apetecibles. De Rivera seguía concentrado y como ajeno al producto de su mente. A continuación la holoimagen se amplió con la aparición del pubis y de las caderas. Poco a poco fue brotando la representación holográfica de la difunta esposa de De Rivera. Los pechos, el cuello estilizado y por último la cabeza. Johnny Case, su atención fija en el escenario, se enderezó en su asiento. A la altura de la cabeza de la dama surgió una mano, una mano masculina. La mano asomaba de las amplias mangas de una bata de seda. Por el otro lado del rostro de la mujer asomó otra mano, también saliendo de una bata de amplias mangas, la misma a juzgar de los motivos. Case alzó la vista hacia un módulo electrónico empotrado en el techo donde presumía se alojaban las cámaras de simestim que estaban recogiendo la escena. Las manos masculinas se juntaron en el cuello de la mujer y lo acariciaron. La mujer sonreía. Apareció una espalda cubierta con una prenda de seda de motivos japoneses, un kimono al que pertenecían las mangas de donde surgían las manos, extremidades que en ese momento se aferraron al cuello de la esposa de De Rivera, que dejó de sonreír. El rostro de la mujer pasó a reflejar miedo y enseguida sufrimiento. Las manos apretaban con toda su fuerza. Johnny Case echó mano a la sobaquera y palpó el arma que portaba. Mientras las manos del hombre estrangulaban a la mujer, la espalda cubierta por el kimono de seda surgía y desaparecía de la holorepresentación. Y ocurrió lo que aguardaba Case. La persona que oprimía el cuello de la mujer, la que vestía el batín de seda, dejó, por un breve instante, ver su rostro. Era De Rivera. Acababa de delatarse. La fuerza de los recuerdos pudo más que la barrera de su control consciente. Case metió la mano en el interior de la chaqueta y acarició la pistola. Pero no pasó de ahí. Sabía que las cámaras de simestim lo habían grabado, no tenía prisa. Detendría a De Rivera al acabar la función. Si lo hiciera ahora podría organizarse un peligroso tumulto. Mejor a solas, luego, sin llamar la atención. De Rivera no podría escapar. El simestim lo habría captado todo. Los jueces dispondrían de una prueba concluyente. De Rivera se deshizo rápidamente de la representación. Con apreciable nerviosismo, hizo aparecer de nuevo las velas sobre los veladores. Pero al lado de la varita de cera, los parroquianos repararon en otra forma que les hizo recular: un escorpión, un escorpión negro que movía sus artejos, desmañadamente, sobre la mesa. A Case le impresionó el efecto tan real de la nueva holorepresentación. Miró a De Rivera y vio que éste le miraba a su vez, y le sonreía. Case, desafiante, alargó un dedo y lo acercó al escorpión. Quería demostrarle a De Rivera que no le amedrentaba con sus trucos. Entonces De Rivera, con un pase de manos que acompañó con un súbito movimiento de cabeza, hizo que todos los escorpiones se transformasen en rosas, rosas negras. Pero no todos los escorpiones consumaron la metamorfosis. El escorpión de la mesa de Case siguió allí, amenazante, su venenosa pinza alzada a un centímetro de su dedo y dispuesta a atacar. Johnny Case fue consciente de la trampa demasiado tarde. El escorpión lanzó su aguijón contra el dedo tan tentadoramente a su alcance. El pinchazo tuvo la violencia de un disparo. Case se levantó, tirando la silla al hacerlo. Se apoyó sobre la mesa, sujetándose el dedo, que le dolía a rabiar. Un frío glacial comenzó a invadir sus conductos sanguíneos. Trató de sacar el arma, pero su brazo no le respondió. Case se arrodilló y, tras un infructuoso intento de sujetarse en la mesa, cayó al suelo y se quedó inmóvil. De Rivera, aprovechando que la atención del público estaba centrada en el cliente que acababa de desplomarse, bajó del escenario y se escabulló por la puerta trasera del Cabaret Voltaire.

Lamberto García del Cid
Zaragoza, febrero 2004

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