Power se quitó el flequillo rubio de la frente y se relamió los labios con la punta de la lengua. Su agresiva y voluptuosa anatomía estaba desnuda frente a Ayar, que la observaba como un animal salvaje a punto de lanzársele. Ella se introdujo un dedo en la vagina y sonrió con malicia. Él le contestó con una carcajada, se quitó la campera negra y la arrojó hacia un rincón del cuarto, para luego dar unos pasos y abrazarla con violencia. Ambos cuerpos se enlazaron desordenadamente, gatillando suspiros que parecían gemidos, besándose con el ardor que los caracterizaba, convirtiéndose en una masa uniforme de músculos y brusca humanidad. El hedor de sus transpiraciones eclipsó al eterno metano que convivía en todos los puntos de Koyama. Ayar la penetró con un grito de guerra que fue respondido por otro de amor. La luz difusa y crepuscular que se proyectaba desde la ventana iluminó sus siluetas nerviosas y excitadas. Las secreciones lubricaron sus genitales y se inició una fricción mecánica. Los enormes senos de Power fueron apretados por las filosas manos del desencadenado amante. La lujuria explotó en el cuarto con esa onda expansiva que solían vomitar sus identidades. La catarata de gemidos y la percusión de las articulaciones se diseminaron como si se tratara de una candente música sexual. Por fin, el orgasmo mutuo los detuvo en un instante de infinito gozo que se prolongó hasta apagarlos, hasta dejarlos exhaustos en el suelo, triunfantes.
Pero la alegría devino en tristeza para Power. Ayar era el hombre de su vida. Era esa efigie que admiraba y odiaba con el mismo fervor. Porque sabía que en el fondo él no la amaba. No podía hacerlo jamás. Su corazón era un muro que nadie podía atravesar. Ni siquiera ella, que le entregaba el esplendor de su cuerpo, el brillo enamorado de sus ojos, la subordinación más absoluta.
-¿Qué te pasa?- preguntó el pandillero.
-Nada- contestó ella, con la voz entrecortada.
-No te entiendo- se quejó él.
Power se acurrucó como una nena. Bajó los párpados. Cerró los puños. Se tragó la amargura. Sabía que la relación no duraría. Nada duraba en Koyama. Todo ocurría a la velocidad de la luz. Ayar la dejaría, lo presentía. Dejaría la pandilla. Para entregarse a su maldita soledad. A su patética melancolía. Él siempre había negado ser el líder. Pero lo era. Y últimamente se comportaba como un idiota. Ya no los conducía a los callejones de la batalla. Ya no blandía con su vieja pasión el estandarte de la Calavera Roja. No. Estaba cada vez más distante. Más cínico. Más encerrado que nunca en su introspección. Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que la Calavera Roja controlaba las calles de Koyama. El resto de las pandillas le temían. La policía se había rendido y había liberado la jurisdicción. Fueron tiempos heroicos. Los tiempos de gloria. Y aunque lo negara, Ayar había liderado esa escalada, esa aventura, enseñándoles a no experimentar el miedo, induciéndolos a la más cruenta anarquía, poniendo el pecho en cada tiroteo, en cada pelea, en cada ataque que realizaban. Pero ahora, no era más que un fantasma. Todos eran fantasmas. La Calavera Roja era una sombra que deambulaba mientras otras pandillas se repartían el poder de Koyama. Ayar no tuvo agallas para sobrevivir a su propio nihilismo. Ya no quedaba nada de su pasado. Solo su animalidad. Ese sexo turbulento que aún le obsequiaba, como si sintiera lástima por ella, lástima de no ver el absurdo del mundo como él lo veía. Era una pena. Porque ella lo seguiría amando, a pesar de todo, hasta el infierno de los tiempos.
Power tenía un remedio para esa penosa actualidad. El sexo no alcanzaba. Por eso tomó una metapastilla y se sentó junto a la ventana, enmarcada por las ruinas de esa ciudad que ya no les pertenecía. Observó la desnudez del pandillero y maldijo esa ceguera que hacía verlo tan hermoso. La Calavera Roja se aferraba al capricho de seguir con vida. Muchos habían partido hacia otras pandillas. Pero la mayoría seguía llevando la calavera pintada en el morro de sus motodeslizadores. Con el orgullo de sus cicatrices, de sus mutilaciones, de sus miembros convertidos en cableado cibernético. Tan ciegos como ella, esperaban el momento en que su líder volviera a ser el de siempre. Ese sujeto temerario que asolaba a los cobardes con la sola pronunciación de su nombre. Algunos pensaban que estaba muerto. Y quizás, no se equivocaban.
-Odio esa mirada- disparó él, consciente de los pensamientos que las pupilas azules de Power procesaban.
Hasta que, de pronto, el cuarto se sacudió. Un resplandor recortó la silueta de la joven. Y luego otro. Y otro. Una serie de explosiones quebrantó el sombrío paisaje de Koyama. Power se volteó para mirar por la ventana. Ayar se puso de pie y se acercó a ver lo que pasaba. Las pandillas no tenían ese poder de fuego. Algo terrible sucedía en las calles. Power ajustó el zoom de sus ojos y buscó la fuente de las explosiones. Lo que halló, la dejó sin palabras.
-Tanques Izu- describió él, abrumado.
La policía entraba a Koyama. “Es imposible”, se dijeron ambos con la expresividad de sus silencios. No era un procedimiento común. No era un allanamiento más. Era un ataque concreto. Una invasión. Decenas de tanques Izu avanzaban por las arterias de ese barrio marginal, olvidado por las autoridades hasta ese momento. Yamato había decidido recuperar el control.
-¡Van a destruirnos! ¡Tenemos que escapar!- gritó ella, mientras se colocaba su ajustado traje blanco y tomaba el casco para ir por su motodeslizador.
Pero Ayar no reaccionó. Estaba hipnotizado por los fuegos artificiales. Por los cañones iónicos que derretían todo a su alrededor. No podía escapar. No podía permitirse ser un testigo inerte de ese feroz accionar. Había nacido, crecido, amado y asesinado en Koyama. Koyama era suyo. Cuando Power lo tomó del brazo, él se soltó con furia, enardecido.
-¡Hay que luchar!-
Ella lanzó un puntapié contra la pared. No había nada que pudieran hacer. Debían esconderse en las cloacas. Eran criminales y la policía sería implacable con ellos. Sin embargo, una extraña felicidad recorrió sus vísceras, como si por fin, volviera a ver al hombre que siempre amó. Al hombre que no sabía lo que era el miedo. Y aún temblando, quitó el seguro de su rifle laser y esperó a recibir la orden. La orden de volver a la batalla. Con la Calavera Roja como sangriento estandarte. Una vez más.
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Capítulo 48: AYAR
Escrito por HUGO ANGEL
12 Noviembre , 2009
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