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Capítulo 47: REDENCIÓN

Tres oficiales de policía, fuertemente armados, retiraron a Anneke de la enfermería y la trasladaron al sector de máxima seguridad del correccional de mujeres de Harayuku. Finalmente, le habían informado del decreto que la condenaba a muerte. En algunas semanas, la sentencia se materializaría. Habían pasado pocas horas desde que abandonó la cápsula de nano-reconstrucción y los efectos de las drogas le impedían caminar con normalidad. Estaba amordazada y sujetada por cintas de detención que tornaban aún más molesto el desplazamiento. El brazo biomecánico que le habían implantado era de pésima calidad y debía aprender a articularlo. Pronto se correría la voz de que había pertenecido a la Central de Inteligencia y esperaba el peor de los recibimientos por parte de las presidiarias. Quizás, ser asesinada por ellas era mejor que ser ejecutada.
Le quitaron las cintas y la arrojaron a la celda. Era un pequeño cubo de dos por dos, tenuemente iluminado, con un diminuto higienizador. No había ventanas y la puerta estaba herméticamente sellada. El aislamiento era completo. Conoció el correccional durante una breve pasantía como carcelera, cuando recién entró a la policía. Las reas como ella tenían un permiso diario, de veinte minutos, para visitar el patio del sector, el que compartiría con prisioneras de alta peligrosidad, la mayoría pandilleras de Koyama. No podía tener ningún tipo de pertenencia en la celda y debía permanecer completamente desnuda en su interior.
Se tendió en la camilla con cuidado, porque todavía estaba dolorida y cerró los ojos por un instante, tratando de escapar de su propia mente. Era en vano. Porque no tenía otra cosa que su mente. Además, había algo que la intrigaba. Había escuchado a los oficiales hablar sobre lo que sucedía en Tezuka. Algo acerca de la instauración de un shogunado. Pero no podía estar segura de esas palabras por el estado terriblemente narcótico en el que se encontraba. Pudo ser una simple alucinación.
Se preguntó si era justo terminar así. La respuesta era afirmativa. Supo desde un primer momento que entrar a la policía no era lo correcto. Lo hizo por odio a las penurias de su infancia. Por la miseria que vivió con sus padres. Pero ese rencor no podía ocultar un acto de traición. Derramó la sangre de obreros rebeldes durante la represión a las fábricas de Yamato. Obreros que habían sido víctimas de un sistema, como lo fue su padre. De alguna manera, fue como concretar un parricidio simbólico. Eliminar, de una vez por todas, el estigma de su pasado. Estaba ciega. Engañada por los rápidos ascensos que recibía. Galardonada con su inclusión a la Central. Le habían hecho creer que por fin era alguien. Una gran policía. Perfeccionada por implantes biomecánicos de última generación. Una carrera corta y vertiginosa. Lejos de la mugre de Ayukawa. Pero tarde o temprano, sus propios sentimientos desenmascararían esa mentira. Y eso sucedió cuando conoció a Zoll. Cuando regresó a la marginación. Fueron unas pocas horas. De policía a fugitiva. Era la oportunidad para eliminar sus errores. Junto a ese joven que le salvó la vida. Los esperaba Koyama. Esperaba los besos y los abrazos que nunca llegaron. Esos que extirparían su amargura tras su relación con Katsumi. Pero todo terminó en tragedia, como no podía ser de otra manera. Encerrada en ese espantoso habitáculo. Condenada a muerte. Lejos de Zoll.
Era una mujer dura. Y sin embargo, las lágrimas brotaron de sus ojos. Comenzó a llorar. A ser devorada por una insoportable soledad. Si tuviera un arma se suicidaría. Se volaría el cerebro, escupiendo con sangre esas paredes blancas que la acorralaban. Ni siquiera un beso. No pudo darle nada a ese joven que extrañaba.
La puerta se abrió. Era la hora de salir al patio. Le colocaron nuevamente la cinta de detención y se la quitaron al llegar a ese sitio de no más de diez metros de largo, concurrido por una centena de prisioneras desnudas que se apilaban entre sí. Se apoyó en la pared porque todavía estaba muy débil. En el cielo no había más que una serie de reflectores que lastimaban la mirada. Todo parecía irreal. Como si se tratara de una pesadilla. De algo absurdo, imposible. Sintió que la estudiaban. Que ya sabían quién era. Quizás, la oficial de policía que les arrebató a un amigo, a un familiar. Le extrañó que la hayan dejado salir al patio el primer día. Generalmente, el permiso llegaba después de una semana en reclusión. Quizás, la propia policía, que también la consideraba una traidora por haber asesinado a sus colegas, la había entregado. Para que las reas se encargaran de ajusticiarla. Temió lo peor. ¿Pero acaso había algo peor que el encierro? La muerte no era nada en comparación. De pronto, todas parecieron acercarse a ella. Hicieron un muro a su alrededor. Era asfixiante. Cerró los ojos y se agachó, quedando en cuclillas. Pero la sujetaron de los brazos y la pusieron de pie. La voltearon contra la pared. Le dieron un golpe en la espalda. Otro en la nuca. Pedir auxilio no tenía sentido. Le introdujeron un dedo en al ano. Y luego otro. Finalmente, un puño entero la penetró. El dolor fue desgarrador. Se escuchaban risas. El puño siguió entrando. Era como si el brazo entero llegara hasta sus vísceras, despedazándola. Su rostro, recientemente reconstruido, se deformó en una expresión de horror. Apretó los dientes. Se mordió la lengua. El puño salió y entró uno nuevo, violentamente. Gritó con todas sus fuerzas. Las risas se convirtieron en carcajadas. Las piernas se le llenaron de excremento y de sangre. Es el fin, pensó. Cuando la violación concluyó, quedó desarmada en el suelo, temblando, convulsionándose, con un ardor insoportable. Un puntapié en la frente terminó con el recreo. Perdió la conciencia. Sus ojos, vacíos, se quedaron contemplando la nada. Era terrible. Pero, de algún modo, también era una redención.

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