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Capítulo 43: INTERFERÓMETRO

Mientras Noriko conducía la nave exploradora, Lizar contemplaba la geografía del satélite, creyendo encontrar en el espeso cielo de metano el resplandor de las estrellas binarias del sistema de Ohashi. Era tan extraño presenciar la ferocidad de esa naturaleza, tan distinto a la artificialidad de la colonia, que lo recorrió una grata sensación de libertad, acentuada por la compañía de ese androide que adoraba y que había despertado emociones que creía enterradas en los profundo de su corazón.
Klaus, mientras tanto, estudiaba la topografía generada por el radar, pasándose los dedos por los labios, en una clara señal de impaciencia. No podía volver a equivocarse. Estaba seguro de haber dado con las coordenadas correctas y cada vez que pensaba en ello más lógicas le resultaban. Pero faltaban pocos kilómetros para llegar al polo opuesto del satélite y aún no había señales de la presencia de los saqueadores ni tampoco alguna huella de su paso por Tezuka. Temía que el sitio estuviera demasiado bien escondido y esa conjetura lo martirizaba.
Noriko, por segunda vez desde que emprendieron el viaje, anunció con su voz helada que habían llegado al lugar especificado por las coordenadas. Lizar, sobrecogido, acercó su rostro a la escotilla y trató de hallar algún rastro de civilización en ese océano de rocas erosionadas. Pero no veía nada, ni siquiera una línea recta que insinuara una construcción humana. Klaus, aturdido, tampoco advertía algo a través del radar. Sin embargo, la lectura del mismo le causaba confusión. La topografía elaborada por el radar no coincidía con el paisaje que podía ver a simple vista a través de la escotilla.
-Lizar, mira esto-
El hacker, algo apesadumbrado por lo que parecía ser un nuevo fracaso, giró la butaca y observó al historiador.
-El radar no genera ninguna formación rocosa. Y estamos rodeados de ellas- El detalle alertó a Lizar, que abrió los ojos con asombro, se levantó de la butaca, desplazó a Klaus de su lugar y reconfiguró el sistema de escaneo. En pocos segundos intuyó lo que sucedía.
-Un interferómetro- dijo, mientras una etérea sonrisa se apoderaba de su rostro.
Incluso Noriko sintió curiosidad, como si un destello de su programación original le explicara lo que significaban las palabras del hacker.
-El radar no nos dirá nada. Si hay un interferómetro ahí afuera todos los escaneos topográficos serán en vano. Debemos salir- Lizar se dirigió inmediatamente a la sala de despresurización para colocarse el traje. Noriko siguió sus pasos y Klaus no podía quedarse atrás. Pero Lizar lo detuvo.
-Quédate en la nave. Las condiciones son extremas y necesitaremos tu ayuda-
Al historiador no le gustó la idea, pero sabía que Noriko sería más resistente que él a la violencia del clima y que Lizar era el único que podría abrir los cerrojos de lo que hubiera allí afuera. Era un momento emocionante y no quería arruinarlo con su imprudencia, así que acató la orden del hacker y regresó a la sala de control.
Las compuertas de la nave se abrieron y ambos salieron al exterior. Esta vez no llovía metano líquido, pero el viento era terrible y sus ráfagas dificultaban los intentos de avanzar. El interferómetro debía tener una antena que emitiera la frecuencia de distorsión. Debían encontrarla. Aunque separados tendrían más posibilidades de hallarla, Noriko y Lizar prefirieron permanecer juntos para protegerse en caso de ser arrastrados por el viento o de caer en alguna depresión del terreno. Klaus los vigilaba desde la escotilla, ya que el radar ni siquiera podía rastrearlos a causa de la potente interferencia.
Lizar recorrió el horizonte con el zoom de sus ojos biomecánicos, pero fue Noriko, que solo tenía ojos de corto alcance, la que descubrió la antena. Tomó al hacker de la mano y lo llevó hasta ella.
-¡La encontramos, Klaus!-
El historiador, que estaba temblando, sintió que se quedaba sin aire y hasta tuvo ganas de llorar. Ya no pudo contenerse, así que abandonó la butaca, se colocó el traje espacial y salió de la nave, caminando con todas sus fuerzas hacia ellos. Lizar no se atrevió a detenerlo, ya que también estaba cegado por la felicidad del hallazgo.
-Debe haber una compuerta. Hay algo bajo la tierra, camuflado por estas rocas- explicó Lizar.
Sus ojos estudiaron cada centímetro del terreno, mientras Klaus, que ya estaba a su lado, se arrastraba por el suelo, moviendo las rocas con las manos. Fue otra vez Noriko la encargada del descubrimiento.
-Aquí está- dijo.
Lizar, ansioso, se acercó y limpió lo que parecía ser un panel de entrada. Lo encendió y una serie de dígitos se iluminaron ante su azorada mirada. Klaus agachó la cabeza, mientras su rostro se llenaba de lágrimas mudas. Era el momento más fascinante de su existencia.
-Pide una contraseña con ideogramas. Es el lenguaje de los saqueadores- explicó el hacker, que comprendió inmediatamente que hallar la contraseña correcta sería poco menos que imposible, ya que ni siquiera un disparador de llaves como el que siempre llevaba consigo sería capaz de abrir un candado tan antiguo como ese. Preocupado, apretó los puños y buscó la manera de hallar una respuesta a semejante obstáculo.
-¡Tienes que abrirlo!- pareció leerle la mente Klaus.
Entonces, Noriko se colocó junto al panel, introdujo un ideograma y una enorme compuerta comenzó a desplazarse, tragándose el terreno.
-¿Qué fue lo escribiste?- preguntó, fuera de sí, Lizar.
-No lo sé- respondió ella, confundida.
La compuerta, de más de diez metros de largo, abrió una enorme boca entre las rocas. Klaus se asomó y vio que había una escalera que descendía hacia un túnel iluminado con neones azules. Fue el primero en pisar los escalones y en entrar a ese sitio paradigmático. Lizar también se emocionó. Reconocía la arquitectura. Era similar a la reconstrucción que los saqueadores hacían de las naves espaciales que robaban. Aunque parecía un estilo todavía más antiguo. De alguna manera, era como cumplir su sueño de embarcarse en el incierto mundo de esos piratas que tanto lo atraían.
-Otro panel de entrada- dijo Klaus, ante una nueva compuerta que le impedía continuar descendiendo.
Lizar observó a Noriko y esta volvió a introducir otro ideograma. Era una respuesta automática de su cerebro. Como no podía ser de otra manera, la compuerta se abrió.
-Noriko es la llave- concluyó el historiador.
Atravesaron más de veinte compuertas, avanzando durante el lapso de una hora, como si se dirigieran a las entrañas del satélite. Lizar se quitó el casco, ya que el lector de su traje indicaba una presencia aceptable de oxígeno. Eso significaba que los generadores todavía funcionaban, utilizando energía de largo rango como combustible, quizás antimateria.
Por fin, llegaron a la antesala de un gigantesco hangar. Y lo que hallaron, barrió con todas sus suposiciones. Las dimensiones del sitio eran abrumadoras. Conducían a otra salida ubicada a más de diez kilómetros de allí. En realidad, no era una salida. Era una entrada. Una entrada que permitía el acceso a lo que sus ojos contemplaban. Y lo que contemplaban, era ni más ni menos que un ejército de robots. Robots de más de veinte metros de alto. Robots construidos con una tecnología diametralmente opuesta a todo lo que conocían. Eran reliquias. Reliquias con un arrollador poder de fuego.
-¿Qué demonios significa esto?- preguntó Lizar, incrédulo.
Klaus no lo escuchó. Su atención se había puesto en otro punto. Sus ojos se estrellaban contra una vasta biblioteca que contenía libros auténticos. Libros de papel. Libros que tenían un milenio de antigüedad.
-¿Libros de la Tierra?- se atrevió a preguntarse a sí mismo, mientras el corazón le latía a la velocidad de la luz.

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