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Capítulo 40: ALLANAMIENTO

El Ministro de Seguridad reflexionaba en su apartamento, ubicado en los márgenes del Centro Bursátil de Yamamoto. El caso del Tarcovsky había revolucionado el mundillo policial de Tezuka y las cosas se ponían cada vez más sombrías. Los asesinos de Ichi se habían fugado al exterior de la colonia, algo incomprensible, que lo llenaba de dudas. Los reos capturados habían guardado silencio pese a las torturas infringidas y todo giraba en una nebulosa de supuestos. Supuestos que provenían de ese hombre que siempre había sido leal a sus funciones pero que ahora exigía medidas poco menos que absurdas. Era obvio que tenía su lógica, pero iniciar una investigación en el mismo seno de la administración de la colonia era un acto inusitado. Sospechaba que el Comandante Mamuro escondía algo, a pesar de la impronta de su fidelidad a la Corporación. Pretendía comenzar una caza de brujas y eso era un suicidio. Para ambos. No tenía más alternativa que quitarlo de la escena, degradándolo con la excusa de haber fracasado en detener a los prófugos. Pero si él realmente planeaba algo oscuro, su cabeza no bastaría para desarticular esa hipotética operación, ya que Mamuro no se arriesgaría a perder su puesto sin tener un apoyo de peso. ¿Pero quién estaba detrás? Permitirle reactivar el Escuadrón de los cuervos fue un error de parte suya. Sin embargo, un grupo de veteranos ex policías no era ningún tipo de amenaza. Ya había tomado una decisión. Aunque le gustaría entrar en la cabeza de Mamuro antes de ejecutarla.

Se extendió en la cómoda butaca de procedencia germana que había obtenido pocos meses antes y contempló las vitrinas que decoraban la sala. Estaba orgulloso de su colección de objetos. Sobre todo del traje espacial perteneciente a un saqueador. Debía ser el único coleccionista de Tezuka en poseer algo como eso. Rara vez se abordaba la nave de un saqueador. Y que sus prendas llegaran al mercado negro de un satélite tan distante como ese era un milagro. El placer que experimentó ante la contemplación de su colección le imprimió una enorme sonrisa en el rostro. Conocía la colección de Ichi y la consideraba mucho menor que la suya. Ichi había cumplido una importante labor en la administración aduanera. Por supuesto, el que ocupara su cargo debía seguir alimentando a los coleccionistas de la administración. Que eran prácticamente todos. Mamuro no se equivocaba. Iniciar una cascada de allanamientos desmembraría la cúpula de Yamato. Pero era demasiado ingenuo al creer que la Corporación lo apoyaría. Porque se contaba que en Yukio, la capital del sistema de Ohashi, donde Yamato anclaba su poder en ese olvidado cuadrante de la Galaxia, el coleccionismo era una epidemia mayor a la de Tezuka. Y Mamuro no podía ser tan ingenuo. Simplemente, su legendaria lucidez se lo impediría. Eso era lo que lo perturbaba. Que el viejo nipón quisiera iniciar algo tan temerario. Y que no pudiera penetrar en sus intenciones.

Bebió un trago de sake y cerró los ojos por un instante. Odiaba estar en esa situación. Odiaba tener que tomar medidas tan trascendentes. Mamuro era el cerebro de la seguridad de Tezuka y encarcelarlo o degradarlo le traería verdaderos problemas, porque en el fondo, se sentía impotente para mantener el orden de la colonia. Sin embargo, encendió el comunicador y se puso en contacto con él.

-Ministro- contestó el viejo.

-Comandante Mamuro-

Un horrible silencio se produjo entre ambos. El Ministro emitió un largo suspiro y se frotó los ojos, visiblemente aturdido. El rostro de Mamuro, proyectado sobre la mesa, ciego a las vitrinas que rodeaban al comunicador, permaneció inmutable.

-Comandante Mamuro. He decidido desviar el curso de la investigación. Sus peticiones son inoperables. Considero que lo que me pidió es una excusa para cubrir su ineficacia ante la resolución del caso. Permitió que los prófugos abandonaran la colonia y ni siquiera envió una nave exploradora para rastrearlos-

-Ministro, no puedo movilizar el tránsito de los hangares porque nadie ha sustituido aún a Ichi, que era el encargado de emitir los permisos para el uso de los vehículos-

-No quiero escuchar sus explicaciones. Debe entregar su placa en la Central de Inteligencia y esperar a recibir nuevas instrucciones. Aún no he decidido si lo degradaré o si iniciaré un sumario interno para evaluar su fracaso. Además, resulta sospechoso que dos de sus agentes hayan estado implicados en el caso. Por el momento, queda relevado de su puesto-

-Ya veo- concluyó el nipón mientras se desconectaba con cierta ferocidad.

El Ministro, molesto por la reacción del Comandante, apretó el puño y comprendió que acababa de hacer lo correcto. Se acomodó en la butaca y se relajó, dejándose envolver por un repentino paisaje artificial que modificó la iluminación de la sala. Aunque su colección era más rica que la de Ichi, siempre envidió sus erodroides. A diferencia suya, siempre adepto a las reuniones entre jerarcas y al sexo exquisito de las muñecas de Yonesawa, su vida era solitaria. Ichi solía aconsejarlo para que cambiara su manera de ser. Decía que el mundo de los monopolios estaba llegando a su fin y que el mejor modo de afrontar esa crisis era a través del placer. Y aunque el coleccionismo llenaba un poco de ese vacío existencial, no bastaba para brindarle una auténtica felicidad.

De pronto, escuchó una secuencia sonora en la cerradura de la puerta de entrada y supo inmediatamente de qué se trataba. La puerta se abrió y tres sujetos uniformados con trajes parapoliciales irrumpieron en la sala con sus armas. Uno de ellos, al que identificó como Neco, uno de los miembros del Escuadrón de los cuervos, se acercó hasta él y le mostró una orden de allanamiento.

-Viendo lo que hay en esas vitrinas no necesitaré explicarle por qué queda usted detenido, Ministro-

El Ministro de Seguridad, congelado en una mueca de incertidumbre, negó levemente con la cabeza e intentó salir de su asombro con palabras que apenas lograba susurrar.

-¿Quién emitió la orden?-

-La orden de allanamiento fue emitida por la Central de Inteligencia, que a partir de este momento pasa a tomar el control de la administración de Tezuka hasta el cierre de la investigación-

Neco lo extrajo bruscamente de la butaca y le colocó la cinta de detención. El intento del Ministro para adelantarse a los planes de Mamuro había sido inútil. Mamuro ya se había anticipado. Era una locura, pensó.

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