Lizar se vio obligado a mostrarle sus anotaciones a Klaus. Extrajo su lámina digital, la depositó sobre la mesa de control y encendió el proyector holográfico. Los textos se esbozaron en el vacío, ante la atenta mirada del historiador. Este comenzó a elegir los que le parecían más interesantes y los leyó. Lizar estaba tenso. Por un lado se quitaba el compromiso de guardar el secreto y por el otro se sentía amargado por la violenta reacción de Noriko.
-Es asombroso- murmuró Klaus, con los ojos brillosos.
El hacker comprendió que los conocimientos de ese sujeto que alguna vez fue un traficante de recuerdos sería útil para interpretar la información fragmentada que Noriko recitaba durante sus sueños. Pero, más allá de lo que Klaus podía aportar, tenía la sensación de estar compartiendo algo íntimo, que solo pertenecía a ella y que él se había tomado el derecho de anotar por el vínculo amoroso que los unía. Ahora ese vínculo entraría en crisis.
-Estas bibliotecas deben estar escritas en lenguaje antiguo, pero el cerebro del Tarcovsky, al almacenarlas y luego procesarlas, las tradujo al idioma galáctico. Escucha esto: “El Imperio fue desbordado por los activistas de la causa en todos los puntos de la Galaxia. La caída es inminente. Su poder se desintegrará. Pero deberemos cuidarnos de los mercaderes independientes”. Es un comunicado. Si los saqueadores rescataron toda esta información es porque pertenece a su historia, a un pasado revolucionario que nada tiene que ver con su posterior transformación en piratas espaciales. Eike, Namoris, Razislan, Beaxus. Son nombres de sujetos que alguna vez fueron considerados héroes. Ni siquiera las bibliotecas imperiales hacen mención a ellos. Estamos hablando de una época muy antigua. Anterior a las monopolios e incluso anterior a la formación de los bajos imperios. Los textos se refieren a un único imperio, posiblemente edificado durante la primera oleada de la colonización espacial-
Lizar ya había llegado a esa conclusión. Había reflexionado profundamente acerca de las anotaciones. Y sabía que la revolución debió ser devastadora para ese primer imperio, porque los posteriores historiadores se encargaron de borrarla de sus registros. Pero también tenía una sospecha, mucho más perturbadora y osada: que esa revolución nunca haya sucedido. Que la información almacenada en la mente de Noriko no fuera más que una fábula, una mitología novelesca escrita durante generaciones a través de miles de tomos de literatura fantástica para recrear un pasado inexistente, quizás con la intención de inspirar a los hombres y mujeres del mañana a iniciar una auténtica revolución. Después de todo, la historia, la oficial, también debió ser una especie de mitología, elaborada con supuestos y mentiras. Pero era una hipótesis extrema y no se atrevía a discutirla con alguien tan ilustrado como Klaus. Así que dejó que él sacara sus propias conclusiones.
El historiador, abrumado, cerró los ojos y se extravió en los senderos de su mente con una sonrisa nerviosa en el rostro. Las anotaciones complementaban ese mapa que había estado esbozando durante los últimos tres años con las inyectoras de recuerdos. Si en estas había descubierto un pasado registrado con miradas y emociones, a través de la voz de Noriko hallaba ese otro espectro que le faltaba, el de las narraciones prosaicas. Debía encontrar el modo de unificarlas. Lamentablemente, las inyectoras más valiosas, esas en las que se especializaba, pertenecían a una época aún más remota, a los tiempos de la Tierra. Por eso, trazar un mosaico iba a ser tan complicado, incluso imposible. De pronto, algo completamente ajeno a las anotaciones cruzó como un relámpago sus ideas.
-Las coordenadas…- susurró.
Su interpretación de las mismas había sido bochornosamente equivocada. Ahora lo entendía. Los cálculos que realizó fueron holográficos. Pero las coordenadas, las que pudo memorizar durante el copiado que fracasó, utilizaban medidas tridimensionales. Abrió enérgicamente los ojos e intentó introducirlas en el sistema de navegación, traduciéndolas a lenguaje holográfico. El resultado fue preciso. Ni siquiera sobraba un decimal. Habían viajado en sentido contrario. Debían ir hacia el sur, hacia la cara opuesta del satélite, justo en el otro extremo de la colonia.
-Lo tengo- festejó.
Pero una luz roja se encendió y la cabina de despresurización abrió sus compuertas. Lizar se puso de pie y descubrió que Noriko, tras colocarse un traje, abandonaba la nave para salir al exterior.
-¡Mierda!- gritó.
Fue por otro de los trajes y se lo colocó rápidamente. Klaus se asomó por la escotilla y vio como la silueta de Noriko se perdía en la crepuscular tormenta de metano líquido. Lizar aseguró su traje con rapidez, entendiendo que una pequeña filtración en el mismo lo congelaría. El historiador observó la escena sin saber qué hacer. Estaban ante el umbral de la historia. Ante algo grandioso. Y sus compañeros, en lugar de asombrarse ante ese hallazgo, arriesgaban sus vidas por nimiedades.
Lizar salió al exterior y apenas pudo permanecer de pie. Las ráfagas de viento eran colosales y a su alrededor había charcos de metano que le impedían avanzar. No podía ver a Noriko, así que avanzó a ciegas, hacia la popa de la nave, haciendo un esfuerzo sobre humano para articular sus miembros. Creyó ver algo que se alejaba en el horizonte, sobre una formación rocosa situada a pocos metros de distancia. Los rayos que electrificaban el cielo iluminaban el camino, permitiéndole ver lo que la lluvia obstaculizaba. Entonces confirmó que se trataba de Noriko. Así que aceleró el paso lo más que pudo y durante unos agónicos doscientos metros pudo alcanzarla. La tomó del brazo y la arrojó hacia el suelo, furioso. Le gritó a través del intercomunicador.
-¿Qué demonios haces?-
A través del casco pudo ver una mirada violenta, cargada de ira y de tristeza.
-¡No maté a Ichi por lo que almacena tu cerebro! ¡Lo hice porque te quiero!-
-Soy una máquina- dijo ella, resignada.
Klaus ya no podía observarlos desde la escotilla, así que verificó su posición a través del radar. Estaban juntos, así que Lizar ya la había encontrado. Se sentó en la butaca y esperó a que la absurda discusión terminara. Minutos después, el radar le mostró que regresaban. Las puertas de la nave se abrieron y el sistema de despresurización se puso en marcha. Cuando finalizó, ambos continuaron allí, sin entrar a la sala de control. Curioso, Klaus se levantó de la butaca y se asomó para ver lo que ocurría. Lizar y Noriko se besaban. Apasionadamente. Quitándose los trajes y desnudándose allí mismo. El historiador negó con la cabeza, sonrió y programó el sistema de navegación para viajar, ahora sí, a las coordenadas que consideraba correctas. No los quiso juzgar. Después de todo, era esa humanidad fervorosa la que escribía la historia. Y era una buena señal que tras tantos siglos y milenios de colonización espacial, las emociones todavía gobernaran a los humanos. Y también a los androides. Aunque no pudo evitar cierto cinismo ante esta última afirmación.






