Mamuro caminó por los pasillos del Ministerio de Seguridad con la firmeza que lo caracterizaba. Había vuelto a la acción con su escuadrón parapolicial y sentía que las circunstancias no hacían más que desatar la escalada de su plan. Llevaba en la mano una carpeta digital con los nombres extraídos de la agenda de Ichi, una vasta red de coleccionistas ilegales que abarcaba a la gran mayoría de aquellos miembros que formaban la cúpula administrativa de la Corporación de Yamato. Con esa carta ganadora estaba listo para iniciar su arriesgado juego ante el propio Ministro de Seguridad, su superior directo.
Llegó al despacho del Ministro y fue invitado a pasar inmediatamente, como si la preocupación y la urgencia del caso fueran un tema preponderante para la política policial de Tezuka. El Ministro, visiblemente alterado, quizás intuyendo la información que le traería el Comandante Mamuro, lo recibió con una mueca de gravedad que no era común en él, acostumbrado a la displicencia que solía reinar en el satélite. Mamuro tomó asiento, depositó la carpeta sobre el escritorio y suspiró, dispuesto a interpretar su papel en la obra que estaba elaborando en secreto con su escuadrón.
-¿Qué sucedió en el hangar de Koyama?- atacó el Ministro, como si la fuga fuera responsabilidad de aquellos que investigaban el caso.
-Sucedió algo que no se pudo evitar ante la corrupción que carcome a nuestra administración-
La violenta respuesta del Comandante sacudió al Ministro, que bajó la mirada y se hundió en su butaca, listo para escuchar el desagradable curso de la investigación.
-Ichi le entregó una nave exploradora a los sospechosos con un fin que desconocemos-
-¿Pero por qué lo haría? ¿Y por qué demonios lo asesinaron?- replicó con una furia contenida el Ministro.
-Creemos que se desató una discusión. Ichi albergó a los sospechosos en su hogar, por lo menos esa noche. No sabemos a ciencia cierta lo que esperaba obtener de ellos, pero es obvio que no se pusieron de acuerdo y la discusión terminó en un tiroteo. Todo parece coincidir con lo que sospechaba. Existe una red de coleccionistas en el seno de nuestra administración. Nadie hizo nada para evitar el tráfico de piezas prohibidas en Tezuka durante las últimas décadas porque se gestó un manto de encubrimiento inducido por aquellos que tienen el poder. Hace años que vengo exigiendo que mi seccional obtenga jurisdicción sobre el puerto de Koyama. Pero ese pedido me fue denegado una y otra vez. Queda claro que la policía que se ocupa de controlar esos ilícitos no cumplió su rol, porque fue comprada por estos coleccionistas-
-Es una dura acusación, Mamuro. ¿Qué pruebas tiene para afirmar que la policía de Tezuka fue comprada?-
-Las pruebas están en esta carpeta. Son los nombres de todos aquellos jerarcas que intercambiaban objetos prohibidos con Ichi. Hay órdenes explícitas de no ejercer el control policial en el barrio de Koyama-
-Mamuro, no sea ingenuo. Koyama está fuera de control. Es gobernada por pandillas y cada vez que realizamos allanamientos se desata una masacre. Sabe que no podemos entrar allí porque provocaríamos una guerra civil. Las pandillas no interactúan con el resto de la colonia. No afectan a Yamamoto. Solo se preocupan por mantener su absurdo poder territorial en un barrio marginal, despoblado y desde todo punto de vista insignificante. Usted conoce la historia de Tezuka mejor que yo. Debimos neutralizar innumerables levantamientos obreros y silenciar a incipientes movimientos terroristas. Logramos una paz sangrienta, pero paz al fin y al cabo. Nos costó mucho ocultar esos sucesos al público. Si actuamos como asesinos ante los ojos de la población, los insurgentes encontrarán aliados y se multiplicarán como una pandemia. Creía que habíamos hablado lo suficiente sobre este tema-
El Comandante sonrió y disparó una penetrante mirada sobre el dubitativo Ministro.
-No lo entiende. Usted creía, como yo, que habíamos triunfado. Qué habíamos logrado forjar una realidad ilusoria. Pero los que estaban viviendo esa ilusión éramos nosotros. Todo es una excusa. Todo es una fantasía y los engañados no eran quiénes pensábamos-
El Ministro se tomó la frente y se mostró confundido.
-Me desconcierta. ¿A dónde quiere llegar?-
-La administración de Tezuka es corrupta. Siempre lo fue. Nos sacaron del camino. Nos forzaron a combatir contra minúsculas células rebeldes mientras los jerarcas hacían su negocio. Fuimos nosotros los que compramos la fantasía de creer que se estaba gestando una revolución. Y paradójicamente, esa revolución se puede estar llevando a cabo, gracias a nuestra inoperancia, a la manera en la que nos ataron de pies y manos-
El Ministro, por un momento, dejó de temer entrometerse en las cuestiones de aquellos que tenían más poder que él y escuchó con un repentino interés las palabras de ese policía nipón al que en el fondo admiraba por su brutal lucidez.
-Los jerarcas de Yamato se convirtieron en coleccionistas. En nostálgicos de aquellos mundos que arrasaron durante las últimas guerras. Se enamoraron de esas culturas y dejaron de proteger sus propias ideas. Esa actitud, sumada a la problemática de una colonia como esta, poblada por exiliados de aquellos imperios derrotados, generó un panorama decadente, una crisis de gobernabilidad por el intento de sostener algo que sus propios hacedores ya no parecen defender. La política de la Tezuka de hoy se basa en el coleccionismo. Los jerarcas están más preocupados por sus museos personales que por el bienestar de la colonia. Siempre ha sido así. Y la mejor manera de sacar nuestras narices de encima era destinarnos al aplacamiento de levantamientos civiles que nunca fueron una verdadera amenaza. Nosotros fuimos los engañados-
El Ministro, aplastado por el filoso discurso del Comandante, negó con la cabeza, pero ya no podía dejar de escucharlo.
-Supongamos que haya sido así- interrumpió con la voz entrecortada- ¿por qué me dice que se estaría gestando una auténtica revolución?-
-Porque Koyama es un barrio más peligroso de lo que suponemos. Y porque es obvio que los sospechosos que obtuvieron el cerebro del Tarcovsky se fugaron al exterior por algo mucho mayor que el coleccionismo. Lo que hicieron fue aprovecharse de la corrupción de los coleccionistas para obtener lo que querían, en el caso de Ichi, una nave exploradora-
-¿Y qué pretende hacer?-
A Mamuro le brillaron los ojos.
-Debemos actuar en todos los flancos. Debemos desarticular a los coleccionistas y luego militarizar Koyama-
El Ministro resopló y se rascó la barbilla, acorralado por el Comandante.
-Somos una sucursal de Yamato. No podemos encarcelar a los administradores. La Corporación nos aniquilaría-
-¡¿Sigue sin entender?!- gritó el nipón con más teatro que ira-¡Lo que debemos hacer es proteger los verdaderos intereses de Yamato! Los jerarcas ya no son simples coleccionistas, algo que por sí mismo les merecería la cárcel. ¡Ahora son cómplices de terrorismo! Son manipulados por rebeldes que están elaborando un plan tan vasto que hasta nosotros desconocemos. ¿Quiere que le diga lo que deduzco de todo esto? Los rebeldes quieren emplazar una base en el exterior. Y la única manera de cortar sus suministros es militarizando a sus camaradas de Koyama-
-¿Pero que ganarían los coleccionistas? Ellos son los gobernantes de Tezuka-
-Es que ellos no lo ven. Están cegados por la obsesión de obtener más y más piezas de colección. Se extraviaron en su irrealidad-
-Es una locura…- susurró el Ministro.
-Tiene que darme libertad de acción. El Ministerio de Seguridad debe tomar el poder. Hay que congelar a la cúpula de Yamato y desarticular a la red de coleccionistas. Necesito una serie de órdenes de allanamiento dictadas con discreción. Y obtener la jurisdicción de Koyama para descabezar a los rebeldes-
El Ministro vomitó una carcajada que terminó ahogándolo.
-¿Insinúa que debo tomar el control de Tezuka? ¿Qué deberé convertirme en su administrador?-
-Por el plazo de un mes. Es el tiempo que necesito-
El Ministro se tornó sombrío. Acababa de escuchar las palabras más extremas de su vida administrativa. Era un acto suicida. Y sin embargo, no solo estaba de acuerdo con todos y cada uno de los puntos explayados por Mamuro. Sino que, además, era algo que siempre había sabido. Una verdad a la que había evitado enfrentar. Y a la que quizás, debería seguir evitando.






