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Capítulo 36:TUMBA

Anneke abrió los ojos y se descubrió inmersa en un líquido azul salpicado por un universo de pequeñas burbujas.

Se sintió confundida, extraviada, asfixiada por la dificultad de entrelazar sus pensamientos. Se sacudió instintivamente, con violencia, pero comprendió que estaba atrapada. La habían introducido en un tubo hospitalario.
Cientos de agujas penetraban su cuerpo desnudo, inyectado chorros de drogas nano-reconstructivas. Su anatomía despedazada por las torturas recibidas estaba siendo reacondicionada para ser enviada a prisión.
Era un procedimiento que conocía muy bien.
Hasta le habían implantado un nuevo brazo biomecánico, aunque sumamente rudimentario. Pasaría días enteros, quizás semanas, hasta que sus huesos rotos volvieran a soldarse y las heridas cicatrizaran. Estaba fuertemente amarrada a una serie de pinzas y una vieja máscara de oxígeno limitaba su visibilidad. Entendió que ya no volvería a ser la misma. Los prisioneros eran reacondicionados para cumplir su condena, pero no gozaban del derecho de recibir una cirugía plástica que recompusiera su aspecto. Y Anneke se sabía mutilada. Volvió a sacudirse, caprichosa, para descargar su ira. Deseaba gritar. Vomitar la impotencia de haber sido enjaulada. Los últimos momentos de su vida en libertad fueron una tempestad. Y las potentes drogas que atacaban su mente tornaban aún más caóticos esos recuerdos. Katsumi estaba muerta. Todavía sentía que la amaba. Todavía podía delinear las facciones de su rostro helado. Todavía podía lamer el sabor de su lengua, escuchar la explosión de sus gemidos, tocar la geografía de su cuerpo precioso y robotizado. Estaba despierta, pero su cerebro disparaba imágenes que parecían soñadas. Porque sus últimos días habían sido eso, una sucesión de escenas oníricas, que se balanceaban desde el sueño a la pesadilla. Luego, llegó la traición. La huida. Luego, apareció Zoll. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía tomar el control de sus emociones. Las drogas que se esparcían por su metabolismo y el hecho de saber que todo se había ido al infierno, la quebraban por dentro, la consumían, la arrojaban al abismo de la desesperanza. Estuvo muy cerca de escapar a Koyama con él. A esa tierra sin ley. Estuvo muy cerca de abandonar para siempre la mentira de su vida en la Central de Inteligencia. De olvidar sus culpas. Su crueldad. De hundirse en el abrazo de ese sujeto que la había rescatado en las calles de Yamamoto. Estuvo muy cerca de sentirse libre por primera vez. De reconciliarse con su pasado en la marginalidad. De darle la espalda al sistema que regía esa colonia inmunda. A toda velocidad. Sobre el frenesí de un suki rojo como el fuego. Pero la ilusión se deshizo. Y ahora estaba en el peor lugar del universo. En la antesala a la prisión. Curarían su cuerpo solo para despojarla en las cuatro paredes de una celda. Para entregarla a las garras de otras prisioneras que le harían pagar haber servido a la Central de Inteligencia. Su futuro fuera del tubo era aterrador. Pero lo que más le dolía era no volver a ver a Zoll. Aunque ambos serían condenados a muerte, pasarían veinte o treinta años antes de la ejecución. Zoll sería enviado a la prisión de Yukio. Ella permanecería en Tezuka, en el correccional para mujeres de Harayuko. Y no era injusto. Había encarcelado a mucha gente para defender los sucios intereses de la Corporación. Se merecía sufrir un idéntico destino. Siguió llorando como una nena. Con más odio que tristeza. Odio hacia sí misma. Hacia el camino errático de su existencia. Se lamentaba de haber sobrevivido. Tendría que haber muerto bajo la sombra de la autopista. Hubiera evitado los recuerdos. Hubiera evitado pensar en Zoll. En Katsumi. Hubiera evitado esas torturas que marcarían su psiquis para siempre. Hubiera evitado tener que rememorar su infancia por enésima vez. Tener que recibir la visita fantasmal de su padre. La humillación de la miseria. El intento fallido de escapar de ese pasado a través de su incorporación a la policía. Una vez en prisión, debería buscar el modo de suicidarse. Debería permitir que el resto de los prisioneros la asesinaran. Debería buscar el modo de morir de una vez por todas. El tubo era lo peor que le podía pasar. Por eso la reconstruían. Por eso le soldaban los huesos y le implantaban un brazo biomecánico. Porque permanecer con vida era la peor condena. Una vida limitada al diámetro de una celda. Una vida encerada en la tortura de la mente. Se sacudió otra vez. Intentó arrancarse las agujas, los cables, la máscara de oxígeno. Pero no pudo. La impotencia lo era todo a partir de ese momento. Todos eran esclavos en Tezuka. Pero en la prisión, esa esclavitud cobraba otro sentido. Porque ni siquiera permitía el sedante absurdo de las falsas ilusiones. La prisión era la tumba de la mentira de la vida.

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