Klaus encendió el radar topográfico y las señales laser enviadas desde la nave exploradora elaboraron un mapa de la geografía de Tezuka en un radio de cien kilómetros. Agradeció que fuera Noriko la conductora del vehículo, porque la atmósfera era tan densa que la visibilidad no superaba los cincuenta metros. Solamente un androide se atrevería a conducir en condiciones tan severas. Klaus introdujo en el mapa las coordenadas que creía correctas y le indicó a Noriko el camino a seguir.
Lizar, en cambio, lucía extraviado, fascinado por el hecho de abandonar la colonia y observar con sus propios ojos el paisaje de una superficie que solo había visto desde lo alto cuando llegó a Tezuka, veinte años atrás. Una fuerte lluvia de metano se desataba en el exterior. Y eso significaba que las temperaturas eran despiadadamente bajas. La enorme cantidad de hidrógeno en la atmósfera le recordaba de algún modo a Nazama, aunque su planeta natal era mucho más benigno. En cualquier caso, experimentaba emociones que lo distanciaban de Klaus y de Noriko, concentrados como estaban en llevar la nave a destino.
Noriko estaba agotada y aunque sus reflejos eran lo suficientemente precisos para evitar las peligrosas salientes del terreno y la constante aparición de géiseres en el camino, deseaba descansar en los brazos de Lizar, en la calidez de su aliento humano, en el profundo lazo que había entablado con él. Su mente era desgarrada por pensamientos y sensaciones contradictorias. Le dolía saber que ese combate consciente que se gestaba en el interior de su cráneo artificial no era más que una serie de programas que se ejecutaban constantemente. Sin embargo, no creía que los humanos fueran tan distintos. Ellos también procesaban la información en su cerebro de un modo similar al de una computadora holográfica.
Klaus no despegaba los ojos del mapa. En cuestión de minutos alcanzarían el punto correcto, la interpretación que había realizado de las coordenadas que pudo anotar durante la intrusión al cerebro de Noriko. Lamentablemente, el mapa no mostraba ningún tipo de construcción, ninguna huella de un pasado humano. Esperaba que las inclemencias del clima hubieran erosionado y camuflado lo que debía haber allí. Pero el mapa cobraba nitidez mientras se acercaban y ninguna irregularidad se esbozaba en él. Su mente se llenó de dudas y de nuevas interpretaciones de esas coordenadas. Todo estaba en contra suyo. No era un experto en lenguas antiguas, como la utilizada por los saqueadores y tampoco era un cartógrafo, ni siquiera un arqueólogo. Era un mero traficante nacido en Tezuka, hijo de un piloto germano, de un imperio que desapareció como tantos otros. Su ansiedad se fue aplacando, invadida por un creciente pesimismo.
Lizar emergió de su introspección y puso los ojos en el mapa. Vio un punto rojo, el trazado por Klaus como destino. Lo único que parecía haber allí eran corrientes fosilizadas de inmemoriales ríos de metano. Algo muy parecido a lo que observó durante su descenso a Tezuka. El rostro de preocupación de Klaus le demostró que las cosas no estaban saliendo como se esperaba. Se puso de pie y apoyó su mano izquierda sobre el hombro de Noriko, visiblemente cansada. Estaban a pocos kilómetros del lugar y el mapa ya parecía una auténtica fotografía.
-¿Crees que haya un búnker allí?- le preguntó a Klaus.
El historiador negó con la cabeza, tan desdibujado que parecía a punto de llorar.
-Estoy haciendo una exploración subterránea con el radar y solo hay formaciones naturales- respondió con la voz rota.
Lizar suspiró, más preocupado por el agotamiento de Noriko que por el error de Klaus en la interpretación de las coordenadas.
-Llegamos al punto indicado- anunció Noriko mientras desaceleraba la nave hasta aterrizarla sobre una superficie plana rodeada de filosas rocas.
Klaus permaneció en su butaca. Ni siquiera se asomó por la ventanilla para observar con sus propios ojos el paisaje. Lizar, por el contrario, intentó encontrar algo tras la cortina de metano líquido que caía desde el tormentoso cielo de hidrógeno. Pero era obvio que no podría hallar lo que el mapa no mostraba. Sintió tristeza por Klaus.
-¿Quieres que nos coloquemos los trajes y salgamos a explorar el terreno?-
Klaus le respondió con una amarga sonrisa.
-Hace muchísimo frío. Más de doscientos grados bajo cero. Estamos en una zona polar. No vale la pena arriesgarnos en vano. No hay nada ahí-
-¿Piensas que haya algo en alguna parte?- preguntó con una violenta frialdad Noriko.
Lizar desplegó un forzado optimismo.
-Por alguna razón te has estrellado en Tezuka. Debemos elaborar una nueva interpretación de las coordenadas. Tenemos todo el tiempo del mundo. La policía no se tomará el trabajo de seguirnos a este sitio inhóspito. Ahora necesitamos descansar. Hace más de veinticuatro horas que no dormimos-
Klaus, apesadumbrado, se frotó los ojos y asintió. Se levantó de la butaca y caminó lentamente hasta encerrarse en su camarote. Lizar le dio un masaje en el cuello a Noriko y la iluminó con una dulce sonrisa. Ella cerró los ojos y disfrutó ese gesto de cariño.
-Será mejor que apaguemos la computadora para economizar energía y evitar que detecten nuestra ubicación- le dijo al hacker.
-Buena idea-
Entonces, las luces del interior de la nave disminuyeron hasta convertirse en un tenue resplandor. Noriko se puso de pie y acompañó a Lizar hasta el camarote que compartirían. Se tendieron en la misma cama y se abrazaron. Lizar extrajo pastilla potenciómetra y la ingirió. Él no podría dormir. Noriko soñaría en voz alta y debía anotar cada una de sus revelaciones. Era cierto que bastaría con encender una grabadora. Pero no quería dejar otro registro que el de sus anotaciones.






