Hauser aterrizó con su aerodeslizador en la zona de despegue del edificio donde acababa de denunciarse un múltiple crimen asociado al caso del Tarcovsky. Hacía tiempo que no visitaba un sitio tan lujoso, en el centro bursátil de Yamamoto. Había reflexionado toda la noche acerca de los planes de Mamuro para tomar el poder de esa colonia decadente que lo había maltratado durante las últimas décadas. Y el asesinato de un jerarca importante de la Corporación, además de su posible participación en el caso, no hacía más que incrementar esa posibilidad. Mostró su nueva y reluciente placa al oficial que custodiaba la zona y tomó el ascensor para dirigirse a la escena del crimen. Cuando entró al imponente apartamento de la víctima sus ojos resplandecieron ante la interminable colección de objetos prohibidos que poseía. Filas enteras de antigüedades imperiales expuestas en maravillosas vitrinas de cristal demostraban que la ilegalidad era común entre los jerarcas que administraban a Tezuka. Hasta había un cuarto completo dedicado al Imperio Germano. Armas como las que utilizó durante la guerra. Trajes de altos oficiales. Y lo más difícil de obtener en esos días: piezas de arte. Se las quedó contemplando durante algunos minutos, absorto y nostálgico. Si la Corporación caía y la colonia quedaba en sus manos, no dudaría en levantar la prohibición y fomentar el intercambio de esos objetos invalorables.
-Era un gran coleccionista- dijo el Comandante Mamuro a sus espaldas.
Hauser ni siquiera se volteó para saludarlo. Sus ojos estaban hechizados ante una pequeña escultura de un dios al que reconoció como Wotan por su parche en el ojo. El Imperio Germano había construido los cimientos de su cultura a través del mito. Tenían su propio panteón de divinidades, completamente simbólicas, por supuesto, ya que nadie creía en la existencia de verdaderos dioses. Los germanos, se creían a sí mismo esos dioses. Se consideraban súper hombres. Hasta que fueron derrotados. Y degradados. Y saqueados. Y reducidos a simples marionetas de los monopolios. Si su arte saliera a la luz, demostraría toda la grandeza de su refinamiento una vez más.
-¿Se sabe quién o quiénes cometieron los asesinatos?- preguntó para obligarse a retornar a la realidad.
Mamuro, que no se había quitado el sobretodo y guardaba las manos en los bolsillos, le contestó con su característica expresión estoica.
-Las grabaciones revelaron que dos de los sujetos, los que atacaron a las víctimas, eran los que buscábamos en el Parque Industrial: el hacker y el androide al que le implantaron el cerebro del Tarcovsky. El otro, posiblemente fuera el que protegía con sus pirateos al conductor del Suki, Zoll-
Hauser se rascó la barbilla, visualizando la historia en su mente para unificarla y comprenderla mejor.
-Media hora después de los asesinatos, tres sujetos, dos con identidades falsas y otro sin identificación, tomaron una nave de exploración y abandonaron la Colonia. El que carecía de identificación era un androide-
-Increíble- dijo Hauser, sorprendido. ¿Para qué querría alguien salir de la colonia? El clima del satélite era inhóspito. Nadie podía sobrevivir en las afueras. Zoll le había confesado gran parte de esa historia, pero no había dicho nada acerca de buscar algo en el exterior.
Mamuro esbozó una sonrisa, como si gozara la complejidad de esa trama que intentaba resolver y aprovechar para sus propósitos. Su rostro, aunque impenetrable, irradiaba cierto fervor, como si el último paso dado por los criminales sirviera de lleno a su plan mayor.
-Aparentemente, Ichi, la víctima, un alto funcionario de la Corporación, les consiguió las identidades falsas y la nave de exploración-
-¿Extorsión?-
-No lo creo. Ichi debió participar en el asunto. En todo caso, es una buena excusa para abrir una investigación en la cúpula de Yamato y debilitar por completo su poder-
-Una cacería de brujas- agregó Hauser.
-Implacable- concluyó el Comandante.
-¿Lo permitirán?-
-No tendrán tiempo para reaccionar. Implicaremos a todos los que podamos. Comenzaremos con la agenda de la víctima, que debe ser bastante espesa-
El fervor contenido de Mamuro se transformó en una sonrisa que no ocultaba las ilusiones que lo embargaban. Hauser sabía que, aunque el poder de la Corporación había disminuido, la jugada de Mamuro podía ser un tiro por la culata. Después de todo, no era tan difícil imaginar que era él el que intentaba dar el golpe. Pero en un mundo que carecía de valores y de honor, el viejo nipón imponía un respeto que resultaba ideal para sus propósitos. Hauser le apoyó la mano en el hombro y le devolvió la sonrisa. El Comandante dio por terminada la inspección ocular de la escena del crimen y se retiró. Hauser, antes de seguir sus pasos, volvió a observar las vitrinas y tomó la estatuilla de Wotan, escondiéndola bajo la solapa de su sobretodo. Luego subió al ascensor y caminó por la zona de despegue hacia su aerodeslizador. Se introdujo en él y depositó la escultura en la butaca del acompañante. Experimentó un enorme placer por haber obtenido una pieza de tanto valor. Encendió los motores y el vehículo se elevó bajo las nubes artificiales de la cúpula, abandonando el centro bursátil de Yamamoto.






