Klaus, que jugaba con los dedos de sus manos sobre la mesa de la sala del apartamento de Ichi, observaba con sorpresa la calma que envolvía a Lizar, sentado frente a él. Se suponía que debía estar furioso ante el intercambio de Noriko. Por eso, temía que algo malo sucediera, que el hacker estuviese a punto de cometer una imprudencia. Hubiese deseado que los guardias le quitaran el arma. Ichi tardaba en aparecer. No era una mala señal, ya que debía obtener los permisos para que ellos lograran salir de la colonia en la nave que les proporcionaría. El tema era que ambos estaban prófugos de la justicia y el jerarca de Yamato seguramente ya lo había averiguado. Intentó evadirse de esos pensamientos negativos y dedicarse a esperar su llegada, dejando de estudiar a Lizar y concentrándose en la imagen de la ciudad que se proyectaba desde la enorme ventana.
Por fin, media hora después, luego de un interminable silencio, Ichi se presentó con tres de sus guardias y Noriko a su lado. Con su característica y peligrosa amabilidad, se sumó a la mesa y depositó sobre ella una carpeta. Su rostro ya no era el mismo que los recibió el día anterior. Era obvio que había averiguado todo acerca del cerebro del Tarcovsky y de los enfrentamientos con la policía. Lizar, para su consternación, dibujaba una extraña sonrisa, casi irreal y completamente distinta a las expresiones que conocía de él en el corto tiempo que llevaban juntos.
-Hubiera preferido que me contaran toda la historia- comentó Ichi con cierto malestar.
-La sabrías de todos modos- contestó Klaus, tajante y preciso como de costumbre.
Noriko tampoco se veía angustiada. Intercambiaba miradas cómplices con Lizar, algo que alimentó las sospechas del historiador. El clima se había tornado espeso y el decorado multicolor que había encendido Ichi nada podía hacer para despejarlo.
-Cuando descubrí que son buscados por la justicia, tuve que encomendar permisos falsos, con una nueva identidad para ambos. Lamentablemente, solo pude conseguir una vieja nave exploradora, de las utilizadas durante la época de la fundación de la colonia. Aquí tienen todo lo que necesitarán. La nave está en un hangar de Koyama, en la compuerta nueve-
El jerarca nipón terminó de decir esas palabras y los recorrió con una mirada inquisidora. Tomaba demasiados riesgos al ayudarlos en la misión. Hasta dudaba de la veracidad de la misma. Quizás, pensó, eran criminales que simplemente querían abandonar la colonia. Por supuesto, esa hipótesis no se sostenía. El exterior no era un paraíso para dos prófugos de la justicia. La atmósfera era venenosa. Y si el mito de una colonia anterior a Tezuka no era verídico, entonces ni siquiera encontrarían un refugio para sobrevivir. La nave exploradora generaba su propio oxígeno, pero era sumamente pequeña e incómoda, además de ser terrestre, lo que les impedía salir al espacio con ella. Por esa razón, aunque se sentía dolido de que no le hubieran contado realmente lo que había sucedido, y aunque tenía algunas dudas acerca de sus motivaciones, algo de cierto tenía que haber en esa historia. Por otro lado, Noriko, que le había dado una salvaje noche de lujuria, era aún más valiosa, ya que su cerebro había pertenecido a un extinto modelo soviético, una joya para sumar a su colección. Solo tenía que tener el tino de resguardar su identidad para evitar a la policía, siempre reacia a meterse en los asuntos de los hombres de la Corporación. Para finalizar, tenía una deuda con Klaus que había intentado negar un poco en broma. Era un hombre de palabra. Así que estaba dispuesto a confiar en él, aunque lo hiciera a regañadientes.
Klaus aprovechó el silencio de Ichi para constatar el contenido de la carpeta. Los papeles parecían estar en orden. La nave dejaba mucho que desear, pero aunque no había logrado descifrar las coordenadas, tenía cierta idea del lugar al que hacían mención, así que el viaje no sería demasiado largo. Después de todo, Tezuka era un satélite de dimensiones medianas.
-¿Qué tal estuvo Noriko?- disparó Lizar.
Klaus apretó la carpeta y cerró los ojos. El hacker no debía arruinar lo que habían obtenido. Nadie más los ayudaría y el trabajo realizado por Ichi era inapreciable. Tenían lo que necesitaban.
-Tan exquisita como en la despedida que te brindó después-
La sonrisa de Lizar se volvió una mueca amarga y feroz. Los guardias se percataron de que algo sucedería y prestaron atención a la discusión. Ichi lanzó la mirada hacia la carpeta, que Klaus sostenía con todas sus fuerzas. Fue lo último que observó, porque su cabeza se desintegró luego de que Lizar desenfundara el láser que llevaba consigo. Los guardias quisieron entrar en acción, pero Noriko, con un coreográfico movimiento de piernas, le quitó las armas con una serie de puntapiés. Lizar se encargó de liquidarlos uno por uno, mientras Klaus no salía de su asombro. Bastaron cinco segundos para que todo culminara en una masacre.
-Nunca abandonaré a Noriko, Klaus. Ahora sabes cómo terminará todo aquél que intente separarme de ella-
El historiador, abrumado, contempló el hermoso rostro del erodroide. Ella le devolvió una sonrisa que parecía irradiar el mismo amor que Lizar acababa de demostrarle. No pudo entender ese vínculo. Apenas se conocían. Pero no había tiempo que perder. Tenían que salir de ese edificio. Así que guardó la carpeta en el interior de su chaqueta y corrió hacia el pasillo que desembocaba en el ascensor. La historia, esa que tanto le fascinaba, era irreversible. Lo hecho hecho estaba y todo lo que podía hacer era tomar el aerodeslizador junto a Lizar y Noriko y volar hacia Koyama para emprender el viaje hacia las entrañas del satélite.






