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Capítulo 31: CALABOZO

Zoll fue arrojado al interior de uno de los calabozos del centro clandestino de detención. Su cuerpo ensangrentado, su rostro lleno de hematomas, los dedos rotos de sus manos, toda esa masacre que había soportado no alcanzaba para borrar el hecho de que había confesado y traicionado a sus amigos. Le había contado al sujeto que lo torturó cada detalle de lo que habían hecho con el cerebro del Tarcovsky. Sencillamente, los tormentos lo quebraron. Ahora era un despojo humano. Una silueta que agonizaba en la oscuridad, sostenido por pastillas reanimadoras que lo obligaban a latir y a respirar. No sabía cuál sería su destino. Si simplemente moriría en esa mazmorra o lo curarían para encerrarlo en la prisión orbital de Yukio, como había comentado el torturador. Pero lo que más le dolía era el sufrimiento de Anneke, que según ese sujeto había tolerado terribles golpes y mutilaciones y sin embargo mantuvo un heroico silencio. Quizás, no volvería a verla jamás. Y todo por su estúpida idea de abandonar el apartamento de Klaus y escapar hacia su hogar en Koyama. La había perdido a ella y había perdido su libertad. Por eso, deseaba morir. Deseaba desangrarse en la soledad del calabozo. Porque su vida había sido vaciada de sentido. Había sido embestida por la furia de ese mundo que había burlado en vano durante su corta edad. Ya había escapado una vez de prisión. Pero no era lo mismo el correccional de Harayuko que esa fortaleza flotante que giraba alrededor de Yukio. Tampoco era lo mismo intentar huir cuando había dado datos precisos a la policía acerca de Klaus, de Lizar y de Noriko. Ni siquiera valía la pena buscar la libertad luego de convertirse en un traidor.

Lo poco que quedaba de su mente era un nubarrón de pesimismo. Mientras su sangre seguía derramándose en el suelo, maldecía el hecho de respirar. Vivió a través de sus instintos. Se mudó a Koyama para darle la espalda a la inmundicia de Yamamoto. A la decadencia de sus cobardes habitantes. A los tentáculos de esa fantasmal Corporación que gobernaba la colonia aún con el escaso poder que conservaba. Siempre fue consciente de que tarde o temprano moriría en las calles, durante un tiroteo. Nunca le temió a la muerte. Por eso renegaba de estar vivo. Renegaba de no haber sido asesinado. De haber confesado. De haberse enterado de las torturas que recibió esa mujer que tanto estimaba y con la que soñó, durante efímeros segundos, poder amar en el limbo de Koyama. La sangre se confundía con sus lágrimas. Los quejidos de dolor vomitados por la rotura de sus huesos se mezclaban con el llanto de sentirse solo y derrotado. Comenzaba a entender lo que Klaus y Lizar buscaban. El cerebro de Noriko era una puerta hacia el pasado. Era un arma para cambiar esa espantosa realidad que sofocaba a la Galaxia. Lo que Klaus y Lizar ansiaban eran esos ideales que se habían extraviado en el tiempo. Esas luchas que alguna vez pusieron en jaque a los monopolios. Esas agallas que habían sido borradas de los registros. De la historia. De la gris omnipresencia de un sistema que amordazaba a sus habitantes, fomentando su propia decadencia humana. No tardarían en ser arrestados por su culpa. En recibir también esas laceraciones que quebraban la voluntad. Para que todo siguiera igual. Para que nadie se atreviera a soñar.

-Anneke- alcanzó a balbucear, como si en definitiva hubiera sido el único y pequeño sueño que visitó su turbulenta existencia. Desde un primer momento sintió que ella sería gravitante en su vida. Que el extravío que ambos compartían los uniría. Esa ruda y enorme mujer hubiera sido un futuro posible. Un hipotético amor que hubiera colapsado su certeza acerca de la imposibilidad de un porvenir. Por supuesto, era inevitable que todo terminara de ese modo. Los sueños no eran más que imágenes fantásticas acerca de lo imposible. Eran proyecciones tan etéreas y volátiles como el efecto de una droga. Eran mentiras que uno generaba en su corazón para evadirse durante un instante de la basura reinante. Solo hubiera anhelado morir a su lado. Durante el tiroteo bajo la autopista. En sus brazos. Ante la mirada de sus ojos.

Si despertara con vida, en una celda de la prisión de Yukio, no dudaría en idear el modo de huir. No dudaría en lanzarse al espacio, de la manera que fuera, para averiguar qué había sucedido con ella. Las mujeres eran encarceladas en Tezuka. Podría rescatarla. Haría lo posible por hacerlo. Claro que era un plan absurdo. Era otro de esos estúpidos sueños. Impulsados, quizás, por el efecto narcótico de las píldoras reanimadoras. Entonces entendió que, pese a agonizar en ese lúgubre calabozo, mientras aún respirara, nada evitaría que su mente se negara a darse por vencido. A aceptar esa patética realidad. A creer que unos malditos golpes en el cuerpo fueran capaces de doblegarlo por completo. A considerar que un sueño, por más estúpido que fuese, no era suficiente para curarlo con la rabia bombeada desde su corazón. Por eso, abrió lo que quedaba de sus ojos. Por eso, se olvidó del dolor. De la sangre. Del encierro. De la omnipotencia del pesimismo. Y entonces, tras perder la conciencia, simplemente esperó. Esperó a reponerse de las heridas. A reponerse de la dura derrota que había sufrido. Esperó el transcurso de las horas. De los días. Con el único fin de intentar escapar. Y de encontrarse con ella.

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