Lizar limpió su arma frente a la ventana del colosal edificio en el que se encontraba. Su cuarto estaba a oscuras y Yamamoto lo irradiaba con su paisaje infinito de luces. La cúpula no estaba muy lejos y dejaba ver sus detalles. Muchas veces soñó con perforarla y escapar al espacio exterior. Le intrigaba saber qué había ocurrido con su planeta natal, una colonia independiente llamada Nazama. Cuando Yamato la absorbió, hace pocos años, se encargó de desarticularla. Sus habitantes fueron exiliados a otras colonias de la Corporación. Nazama había sido concebida para la terraformación, ya que su clima era medianamente benigno. Durante generaciones se mantuvo neutral ante las guerras, como si nada importara más que la creación artificial de una atmósfera que emulara a la de la Tierra, el planeta natal de la especie humana. Ese destino, inquebrantable, siempre le abrió ciertos interrogantes. Quizás, sus fundadores fueron habitantes de la Tierra que decidieron construir un mundo similar, un mundo orgánico, vivo, opuesto a esas horribles colonias de acero con sus espantosas cúpulas opacas. Quizás, esos fundadores pertenecieron a la primera oleada de lo que ahora se conocía como saqueadores. Era una pena que Zoll haya sido capturado o asesinado. Su nombre era muy común entre las colonias independientes y cabía la posibilidad de que sus padres o abuelos también proviniesen de Nazama. Le hubiera gustado conversar con él acerca de ese pasado en común. Lizar solía soñar con su infancia. Con aquellos jardines que enorgullecían a su gente. Lamentablemente, cuando Yamato se instaló en Nazama, debió arrasarlo con sus fábricas fantasmas y sepultar para siempre los siglos que llevaba en funcionamiento la terraformación. La política de los Monopolios era de corto plazo. Las ganancias debían obtenerse de inmediato. Por eso, Lizar era pesimista acerca de Nazama. Deseaba volver alguna vez. Pero deducía que ya no reconocería ese mundo que fue obligado a abandonar veinte años atrás para ser reubicado en la basura de Tezuka.
Amargado por sus pensamientos y con el láser en la mano, se sentó en un sillón, frente a la ventana. Se frotó los ojos y bostezó. Odiaba dormir. Por eso tomaba drogas potenciómetras para mantenerse despierto. Odiaba tener sueños acerca de su infancia. Odiaba ser devorado por esa melancolía que lo seguía todo el tiempo. Su corazón escondía una violencia que tarde o temprano estallaría. Noriko lo había cambiado todo. Por primera vez, ya no realizaba trabajos para terceros. Ahora emprendía su propia búsqueda. Su propia meta. Y Noriko no era simplemente una oradora de recuerdos. Significaba mucho para él. Más allá de sus secretos. De esa historia que su cerebro recitaba con la voz del inconsciente. Noriko era esa chispa que por fin haría estallar su corazón.
De pronto, escuchó unos pasos. La ventana reflejó la silueta que se aproximaba. Era ella. Desnuda. Con una bata que le había dado ese maldito de Ichi. Se detuvo a su lado y lo abrazó. Le dio un beso en la mejilla. El duro androide de combate actuaba como el erodroide que sobrevivía gracias al chip de conducta que Katsuo le implantó. Era triste. Debió comportarse como una puta ante el jerarca nipón. Pensar en eso lo devastó.
-¿Me dejarás con él?- preguntó.
-No- respondió Lizar mientras apretaba con furia la culata del láser.
-Necesitan la nave. Puedo escapar después-
-No- reiteró el hacker con una voz firme.
Ella sonrió, se colocó frente a él y se le sentó encima. Lizar se sorprendió. Noriko lo perforó con sus sensuales ojos dorados. Le tocó la boca con el pulgar y luego se quitó la bata. Su torso perfecto quedó al desnudo. Lizar experimentó cierta confusión. Ella era demasiado extraña. Era la fusión de una máquina para matar con una para amar. Y a la vez era una presencia que había modificado el rumbo de su vida. Que le había permitido reencontrarse con sus anhelos más íntimos. Sus anhelos de libertad. La respiración de Noriko se encendió y le dio un beso en la boca. Fue una larga muestra de afecto. Una emoción tan fuerte que agrietó su pesimismo y le inyectó una dosis de dulzura. Una dulzura que nunca antes había experimentado. Las lenguas se enlazaron durante interminables minutos. El beso no hacía más que sellar ese vínculo que desde un primer momento amenazó con gestarse. Lizar supo que por nada del mundo abandonaría a Noriko. Por eso, y a pesar del erótico abrazo que se daban, nunca soltó el arma. Su mano izquierda la sujetó con firmeza. La desplazó por la espalda del androide. Por la longitud de sus piernas. El futuro que construirían estaría signado por ese láser. Deberían defenderse. Y atacar. Y matar. El láser era lo único que los podía mantener con vida. Eran tiempos violentos. Y Lizar estaba dispuesto a asesinar a todo aquél que se interpusiera en su camino. Un camino forjado por esos besos que recibía. Y por esos sueños que lentamente, sin revelarse aún, dejaban de ser un recuerdo para proyectarse hacia un peligroso porvenir. Lizar iba a matar a Ichi. Mientras gemía y penetraba a Noriko el deseo de aniquilarlo crecía. Nadie más la tocaría. Nadie más le pondría una mano encima. Sus cuerpos iluminados por los destellos de Yamamoto gozaron la consagración del vínculo. Noriko era mucho más que una máquina de matar. Mucho más que una máquina del sexo. Mucho más que una biblioteca ambulante. A partir de ese momento, era el amor de Lizar.






