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Capítulo 29: HAUSER

Hauser aterrizó su aerodeslizador en la zona de despegue del viejo edificio que habitaba. Desde que fue expulsado de la policía su vida padeció las miserias de todo aquél que era negado por la Corporación. Debió convertirse en esos marginales contra los que alguna vez combatió. Codearse con estafadores y con hackers, ocultando su identidad para no ser víctima de venganzas y de odios contra la Central. Pero a pesar de ser un renegado, nunca claudicó en sus ideales. Creía en ese orden que alguna vez vivió bajo el amparo del desaparecido Imperio Germano. Era obvio que las reglas del juego en el mundo de los Monopolios eran distintas, pero siempre creyó que un pequeño satélite como Tezuka podría ser reformado. Claro que con los años, esas ideas cobraron otro sentido. A veces, las anhelaba como una manera de mentirse a sí mismo, de aferrarse a un pasado que lo diferenciara de esas nuevas y apáticas generaciones que terminaban refugiándose en las drogas de Koyama. La vida, sin el rigor de un estado con leyes férreas, se tornaba vacía y decadente. Era una pena que ese imperio por el que alguna vez luchó ni siquiera fuera un recuerdo.

Observó sus arrugas en el espejo holográfico del ascensor y se lamentó de la merma en los efectos de las píldoras rejuvenecedoras. Su cuerpo, en cambio, mantenía un estupendo estado atlético, producto de las prótesis que aún conservaba tras su paso por la Central. Le parecía tan extraño regresar a su apartamento y saber que acababa de ser reincorporado. Incluso con el otorgamiento de un poder mayor al que tuvo alguna vez. Mamuro había sido paciente al esperar el momento indicado. La facilidad con la que convenció a los jerarcas no hacía más que subrayar la desintegración que el sistema monopólico sufría en la colonia. La fuerza de Yamato radicaba en la exclusividad de su licencia para fabricar cruceros espaciales. Pero los Monopolios tenían un talón de Aquiles. Al no tener competencia legal, su tecnología solía retraerse y con el tiempo nadie se interesaba en adquirir nuevas naves que apenas se diferenciaban de las anteriores. Además, algunas Corporaciones exigían la obtención de esas licencias, prometiendo que sus productos serían mejores. Por supuesto, eso corroía la esencia de los Monopolios. Y terminaba en una guerra. Esas guerras eran cada vez más comunes y la Liga de Monopolios sufría una grave crisis económica por financiarlas. Por eso, Yamato comenzó a decaer, convirtiéndose en un poder fantasma. El auge de los saqueadores espaciales, además, volcaba la preferencia hacia la compra de destructores que eran fabricados bajo la licencia de otro Monopolio, volviendo obsoletos los cruceros de Yamato, que apenas podían protegerse de un abordaje. La crisis trajo consigo la aparición de un mercado negro en Tezuka que nadie impidió por el solo hecho de convenir a todas las partes. Aunque Tezuka no era más que el satélite de Yukio, el epicentro económico del sistema de Ohashi, Hauser sospechaba que el resto de las colonias sufría los mismos efectos. Yamato, sea por desidia o por indiferencia, estaba abandonando al sistema de Ohashi. Si el caos aún no se desataba, se debía a la represión policial que años atrás controló a las células rebeldes que intentaron tomar las fábricas. Ese descontento, extinguido por la ferocidad policial que él también lideró, había mutado en nihilismo y eso era una buena oportunidad para los planes de Mamuro.

Hauser encendió los visores y se tendió en el sillón. Como la mayoría de los habitantes de Tezuka, podía captar las emisiones piratas que provenían desde todos los puntos de la Galaxia. A diferencia de las emisiones oficiales, estas hablaban de esas guerras interplanetarias y esas crisis financieras que solían silenciarse. Y la aniquilación de los imperios no había sido gratuita. El saqueo que se hizo de ellos infló la economía de posguerra. Cuando ya no hubo nada que saquear, la economía ya no pudo vampirizarlos. Decenas de miles de sistemas planetarios que aportaban materias primas habían sido arrasados y la creación de nuevas colonias implicaba un gasto muy grande en el presupuesto de los Monopolios. Por esa razón, ya no solo se habían dejado de fundar colonias, sino que además, las ineficientes eran abandonadas, como sucedía de algún modo con Ohashi. Hauser presentía que la era de los Monopolios estaba llegando a su fin y que el horizonte de la historia sería escrito por sujetos como él y como Mamuro, hacedores de futuros imperios que recuperarían la mística de aquellos que fueron aplastados por una fuerza económica que, como era obvio, no lograría sostenerse a sí misma.

Abrumado por la magnitud de sus pensamientos, Hauser se pasó la mano por el pelo rubio y suspiró. Todavía tenía los dedos inflamados por los golpes que infringió a los sospechosos en la sala de interrogatorios. A Anneke la destrozó, quizás porque había pasado mucho tiempo desde la última de sus torturas. Sintió un enorme placer al pulverizarle los huesos y escuchar sus gritos mientras le amputaba los pezones. Aunque lo frustrara no haber podido quebrar su voluntad. Cuando comenzó con Zoll, creyó que correría la misma suerte. Parecía un sujeto muy duro. Resistió el inicio del interrogatorio, pero finalmente habló. Lo que dijo no tenía una real importancia, porque aún antes de ser torturado, Mamuro ya había informado que los sospechosos no habían querido confesar. Ese supuesto silencio le permitía conjugar el plan que tenía en mente: hacer creer a los jerarcas que se estaba gestando una rebelión. Pero Hauser, que prefirió no contarle a Mamuro los detalles de la confesión, quedó perturbado por esa historia del Tarcovsky que se estrelló en Tezuka y cuyo cerebro fue implantado en un erodroide. Si ese cerebro había sido reprogramado por los saqueadores, entonces tenía cierto valor. Durante sus años en el Imperio Germano escuchó muchas historias acerca de ellos. Eran temidos porque conocían los secretos de la vieja navegación espacial. Pero antes de ser saqueadores, se contaba que habían sido libertarios, agitadores que solían provocar revoluciones y que en tiempos remotos, incluso, fueron un influyente poder político que puso en jaque a los Bajos Imperios. Se decía que aunque fueron los primeros colonizadores espaciales, impidieron durante siglos la expansión humana, aterrorizando a todos aquellos que se aventuraran al espacio que ellos habían cartografiado. Su deseo era barrer con las viejas ideas políticas de la Tierra. Por supuesto, a la larga fueron eliminados y sus sobrevivientes obligados a vagar por la galaxia, infiltrándose en colonias para provocar agitaciones sociales con el fin de recuperar su poder perdido. Hauser, de niño, había oído esas historias con perturbación. Quizás, la mentira que Mamuro le había hecho creer a los jerarcas no era tal, y los saqueadores estaban detrás del cerebro que se ocultaba en algún lugar de esa colonia en descomposición.

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