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Capítulo 27: INTERROGATORIO

Un alarido recorrió el pasillo del que alguna vez fuera un centro clandestino de detención. Aunque estaba abandonado, la presencia de los integrantes del Escuadrón de los cuervos y de los dos prisioneros que estaban en la sala de interrogatorios parecía revivir viejos tiempos. Mamuro no había entrado a la sala. Prefirió permanecer en el pasillo, mientras su mente ideaba la manera de informar el procedimiento a sus superiores. Pero los gritos desgarradores de Anneke interferían en sus pensamientos, remarcando el drama que se había apoderado de Tezuka. Ella nunca debió haber estado en esa situación. Fue una excelente oficial de la Central. De algún modo, su vuelco hacia el crimen lo sembraba de dudas, le demostraba que no sería tan fácil dominar la situación en la colonia. Y al mismo tiempo, le inyectaba rabia, como si estuviese obligado a entrar en acción para desterrar, de una vez por todas, la decadencia de una Corporación que abandonaba con su desidia a los habitantes del pequeño mundo que fundó. Cada llanto aterrador que provenía de la sala agitaba con mayor ferocidad su corazón. Era el momento de conectar a todos aquellos que pretendían un cambio drástico en el poder y dar así el gran salto, el que le permitiría crear una sociedad como la que vivió durante sus años en el Imperio del Sol.

Por fin, la compuerta se abrió y el enorme cuerpo de Hauser salió al pasillo, agotado por las horas que consumió el interrogatorio. Vestido con su uniforme negro y sus guantes ensangrentados, se apoyó sobre la pared, a su lado, y extrajo una pequeña botella de alcohol de su bolsillo, bebiéndose un trago.

-¿Quieres verla?- preguntó con acidez.

Mamuro no le respondió. Aunque quería mostrarse duro, las torturas infringidas a la ex Teniente lo afectaban visiblemente.

-¿La vejez te ha vuelto blando?-

-¿Dijo algo?- eludió el Comandante de la Central.

Hauser sonrió otra vez, arqueándose hasta apoyar las manos sobre las rodillas. Lo miró a los ojos y le informó lo sucedido, con un agrio placer.

-Tienes buen ojo para elegir a tu gente. Es una pena no haberla tenido con nosotros en las buenas épocas. La puta es una tumba. Probé con cosas que hubieran quebrado a cualquiera pero no dijo nada. Hay gente que se excita cuando la torturan. Creo que ella lo disfrutó-

Las filosas palabras de Hauser molestaron a Mamuro. Aunque alguna vez fue su mano derecha era un sujeto que despreciaba. Era un perfecto soldado del caído Imperio Germano. Una bestia, como todos los de su calaña. Sin embargo, siempre fue ideal para las misiones que tuvieron que afrontar. Y era el hombre que necesitaba para su osado plan.

-Que le reconstruyan la cara y la envíen a prisión para que sea juzgada-

-¿La cara?- disparó Hauser con una carcajada –Tienen que reconstruirla por completo. Está viva porque le hice tragar cinco pastillas reanimadoras. No vale la pena arreglar a alguien en su estado-

Mamuro no pudo ocultar una angustia que achacó a su vejez. Hauser tenía razón. Los años lo habían ablandado. Pero tenía que ser fuerte. Había desatado una tormenta y esperaba que nada ni nadie fuera capaz de detenerla. Ni siquiera su propia dubitación.

-Quiero que me reincorporen, Mamuro. Quiero que esos bastardos de la Corporación me devuelvan lo que me quitaron-

-Lo haré-

Hauser suspiró. Se quitó los guantes y los arrojó al suelo. Le entregó una mirada inquisidora a su antiguo jefe y se retiró.

-Espero que ese tal Zoll nos diga algo-

Mamuro permaneció en silencio. Las cosas no eran tan sencillas. Quizás, si Anneke y Zoll se rehusaban a hablar era algo que podía usar a su favor. Les diría a los jerarcas que pertenecían a una célula rebelde. Que se estaba gestando un nuevo foco terrorista. Y con esa excusa obtendría la libertad de actuar a su manera, erosionando así el poder de sus superiores. Era una vieja táctica de Inteligencia. Crear un enemigo fantasma. Causar temor. Era una interesante posibilidad que podía poner en marcha inmediatamente, sin demasiado esfuerzo.

Decidió enfrentar esa realidad que había provocado y entró a la sala de interrogatorios. Lo hizo con los ojos en el suelo. Hasta que llegó al cuerpo de la ex teniente y levantó la mirada. Estaba colgada de su único brazo, ya que había perdido el otro durante la persecución, llena de sangre, junto a los instrumentos de tortura que acababan de ser utilizados por Hauser. Si no supiera que era ella, no podría distinguirla. Su anatomía sufría innumerables laceraciones. Los huesos estaban rotos. Las costillas hundidas. Los senos mutilados. Era una imagen escalofriante. Los implantes estaban abiertos, con los racimos de cables brotando de la carne. La cara era una bola de hematomas. De la boca fluía un constante río de sangre. Había algo que quería saber. Una pregunta que necesitaba responder. Por eso, le introdujo en la garganta otra píldora reanimadora y esperó a que reaccionara. Minutos después, ella abrió un ojo. Lo observó con más odio que dolor. Así que él le hizo la pregunta.

-¿Por qué se mató Katsumi?-

Ella pareció sonreír. Aunque era imposible saber con certeza qué clase de mueca se dibujó en su rostro sin forma. Intentó mover los labios y dijo algo, indescifrable. Mamuro se acercó y colocó su oreja junto a la boca, que estaba partida en pedazos. “Me amaba” creyó escuchar. Esas palabras lo inquietaron. No tenían sentido. Nadie amaba en la Central. Aunque vio cosas peores durante los levantamientos obreros, el estado en el que Anneke se encontraba era algo que no podía soportar. Así que se fue, abrumado, mientras ella seguía repitiendo esas palabras.

Caminó por el pasillo hacia la que alguna vez fue su oficina, con las manos en los bolsillos, conteniendo las ganas de vomitar. Se encerró, se sentó en la butaca y encendió el visor de su computadora. Pidió comunicación directa con el Ministro de Seguridad y esperó la respuesta. Aprovechó para beber un trago de sake caliente. Cuando la proyección holográfica del Ministro se configuró frente a él, decidió jugar su segunda carta.

 -Ministro, necesito reincorporar a mis hombres. Gracias a ellos pude capturar a los sospechosos-

-Tomó una decisión temeraria, Comandante Mamuro. Utilizó un grupo parapolicial con un nefasto prontuario. Lo que hizo está fuera del marco de la ley-

-La ley fracasó en encontrar a los criminales. Los enfrentamientos causaron pánico en la sociedad. Tenía que apagar rápidamente el incendio-

El rostro virtual del Ministro, un jerarca de Yamato con nula capacidad de mando, lucía tan confundido como deseoso de ceder sus responsabilidades. Ante su interminable silencio, Mamuro arremetió con el plan.

-Los sospechosos no confesaron sus crímenes ni aportaron datos. Según mis investigaciones, pertenecen a una célula terrorista en gestación. Teniendo en cuenta que uno de ellos era un alto oficial de la Central de Inteligencia ya no puedo confiar en mis colegas. Los terroristas tienen infiltrados en el seno mismo de nuestro sistema de seguridad. Por eso decidí activar al Escuadrón. Necesito gente de confianza para detener a estos enemigos ideológicos de la Corporación-

Mamuro, tras dar su hermética explicación, no tuvo que esperar una respuesta. Sabía que recibiría la aprobación necesaria para reincorporar a sus hombres e iniciar así el ascenso al poder que tanto había añorado. Los tiempos habían cambiado y Yamato estaba lo suficientemente endeble para no colocarle obstáculos en el camino. Y si alguien se interponía, sería acusado de traidor. La excusa de infiltrados terroristas en las altas esferas era un arma perfecta para dilapidar cualquier disidencia. Solo tenían que permitirle ser el juez y el ejecutor. Una vez más.

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