Klaus apagó la computadora holográfica y se desarticuló en la butaca, intentando descansar de todo lo que había ocurrido. Su vida acababa de ser asaltada por la aparición de un androide soviético que había sido reprogramado para almacenar aquello que tanto lo obsesionaba: el pasado. Sin embargo, la posibilidad de acceder a esa información se había perdido. Si analizaba lo que había visto durante la intrusión al cerebro no cabían dudas acerca de su contenido. Eran millones de archivos históricos, de diversa procedencia, como los que debería haber en una biblioteca. Se pasó los últimos tres años rastreando las memorias de las inyectoras, como si esas postales de recuerdos ajenos fueran capaces de echar luz sobre una civilización edificada por medio de un olvido sistemático. Encontró huellas, fósiles, escenas capturadas por la mente de sujetos que vivieron en una Galaxia que se parecía muy poco al presente. Los adictos usaban esas inyecciones de emociones, olores, sonidos e imágenes para abstraerse de la realidad. Una vez fue uno de ellos. Todavía lo era, de algún modo. También fue un traficante. Pero en determinado momento comprendió la importancia que implicaban esos recuerdos. La posibilidad de sumergirse en ellos para darle un significado a su lugar en el mundo. Fue una tarea laboriosa que no le brindó ningún dividendo. Pero que le demostró que Tezuka no podía ser su prisión. No podía encerrar sus sueños. Lo hizo sentir distinto. Por eso se lamentaba de haber perdido la posibilidad de recuperar los datos almacenados en Noriko. Hubiese accedido a una información desconocida. La historia misma de la Galaxia pudo haber estado en esa zona ciega del cerebro. Era una verdadera pena. Sin embargo, algo se quedó grabado en su cabeza. Eran las coordenadas del mapa que pudo ver a través del visor holográfico. Los primeros números coincidían con el sitio que ocupaba Tezuka en el sistema de Ohashi. Pero los últimos eran misteriosos. No lograba relacionarlos con las escalas conocidas de medidas. Era obvio que se referían a algún lugar específico de la geografía del satélite. Pero no tenían sentido. Así que los escribió en una lámina digital por enésima vez y cerró los ojos, quedándose dormido en la soledad de esa sala abarrotada por antiguas computadoras.
En otro cuarto, alguna vez usado por Klaus como laboratorio para el montaje de drogas inyectoras, Zoll miraba a través de la ventana, pasándose la mano por la barbilla, mientras Anneke, que estaba tendida en una colchoneta, cosiendo el brazo biomecánico que le había quedado inutilizado durante el enfrentamiento en el túnel, permanecía en silencio.
-Hay que ir a Koyama. Ya no tenemos nada que hacer aquí-
Anneke sonrió tras escuchar el plan de Zoll. Ella prefería ignorar el futuro. Sería muy difícil escapar de Yamamoto. Sinceramente, esperaba que la policía entrara al apartamento y se desatara la catástrofe. Pero le agradó la idea de viajar con Zoll a esos pensamientos todavía esperanzados.
-Necesito otro brazo-
-Tengo algunas cosas en casa que puedo cambiar por una nueva prótesis en la Feria-
-¿Ya no quieres robar?-
-Todo el mundo nos está buscando. No es un buen momento para hacerlo-
Zoll hablaba en serio y eso le gustó aún más a Anneke. Pensar en él remediaba la pérdida de Katsumi. En realidad, pensar en él era lo único que pasaba por su cabeza. No existía la más mínima posibilidad de regresar a la policía. Todo había sido en vano. Su vida. Su carrera. Su amor por Katsumi. El robo del Tarcovsky. El intento de recuperar la información de su cerebro. Y sin embargo, no estaba deprimida. Por el contrario, estaba contenta por haberlo conocido. En el poco tiempo que llevaban juntos habían compartido situaciones de extremo riesgo, salvándose mutuamente más de una vez. En el sinsentido que parecía gobernar al mundo, estar a su lado tenía sentido. No era que lo admirara ni nada por el estilo. Pero inevitablemente lo quería. Química e instintivamente. Y eso era recíproco. Fuera de su obsesión por Katsumi no recordaba haber querido a nadie. Ni mucho menos haber sido querida por alguien. En ese caos que se había desatado, había encontrado algo. Algo que podía ser muy valioso.
-¿Qué sucede?- le preguntó Zoll al observar su repentino cambio en la expresión.
Reflexionar sobre su relación con él perturbó esa pesimista tranquilidad que la absorbía. Estaba preparada para la llegada de la policía y para un final sangriento de su vida. Sin embargo, si Zoll era realmente tan valioso, tenía que contagiarse de su optimismo. Tenía que salir de ese lugar y escapar hacia Koyama para estar a su lado. ¿Por qué no?, atrevió a preguntarse. Se implantaría otro brazo. Vendería la katana láser. No era cuestión de amarlo. Ni de ser amada. Tarde o temprano morirían. Violentamente. Era cuestión de estar con él. Un tiempo más. Hasta que todo explotara en mil pedazos. Por eso, levantó la cabeza y atacó a Zoll con la intensidad de sus ojos.
-Tenemos que irnos ahora- le dijo.
Zoll la miró confundido. Todos dormían. Prefería esperar hasta mañana. Pero Anneke ya estaba de pie, vistiendo su cuerpo desnudo. Se colocó las botas, se guardó la katana y se ajustó el chaleco.
-Vamos-
Zoll se dejó llevar por esa reacción espontánea y también se vistió. Tomó su láser Máuser, todavía mareado por la herida en la cabeza, y miró por la ventana, mientras una deliciosa adrenalina recorría su anatomía. Después de todo, no regresaba a Koyama con las manos vacías. Lo hacía con esa mujer titánica, con esa ex policía que no temía huir con un criminal.
-¿Qué le decimos a los demás?-
-Nada. Qué se queden con el androide-
Y en cuestión de segundos, sin despedirse, en medio de la noche artificial de la colonia, abandonaron el apartamento, con la intención de acelerar el Suki y extraviarse hacia un incierto porvenir.
Lizar los había escuchado partir, pero permaneció en su colchoneta, en el cuarto contiguo, junto a Noriko, que balbuceaba sueños en voz alta. Esta vez, agradeció a Katsuo la inclusión del chip de conducta, ya que obligaba al androide a dormir. Y por las palabras que Noriko pronunciaba, comprendía que no todo estaba perdido. Que la información almacenada en su cerebro, aunque inaccesible para cualquier pirateo, ahora vagaba libremente a través de sus sueños y de sus pesadillas. Por eso, escuchó todas y cada una de las palabras que emitió. Palabras que narraban, por momentos, fragmentos completos de historia humana.
-Los rebeldes emigraron al sistema Tantris, a catorce años luz de la sede del Imperio del Sol…-






