-Van a entrar al androide- dijo Anneke, mientras comía un bocadillo de proteínas.
Zoll la observó confundido, como si no formara parte de ese apartamento revolucionado por el hallazgo del Tarcovsky. La cabeza le daba vueltas, aturdida por las potentes píldoras que había ingerido para una rápida cicatrización de su herida. Le agradó que al menos Anneke compartiera su indiferencia hacia la información almacenada en Noriko. De alguna manera, sentía lástima por ella. Conoció muchos erodroides en Koyama y aunque a simple vista se podía distinguir su carácter artificial, en la intimidad actuaban como humanos. Tenía ganas de interrumpir a Lizar y a Klaus y de pedirles que la dejaran en paz.
Intentó masticar un bocadillo, pero cuando lo estaba por tragar sintió deseos de vomitar. Anneke percibió ese malestar y le entregó una sonrisa. Era una manera de decirle que pronto mejoraría y que estaría a su lado en todo momento. Zoll se tocó el vendaje y le agradeció su presencia con la mirada. Aunque tenía curiosidad por averiguar más sobre ella, sabía que no era atinado realizarle preguntas. Anneke debía ser una mujer muy oscura. Cualquiera que integrara la Central de Inteligencia había llegado allí por méritos peligrosos. Sin embargo, ella actuaba como si nada, como si hubiera borrado su pasado para asumirse, con inquietante comodidad, una fuera de la ley. Después de todo, Zoll tampoco podía enorgullecerse de sus actos.
-¿Probaste una inyectora de recuerdos?-
Anneke se sorprendió ante la pregunta. Antes de entrar a la policía solía consumir drogas. Pero las inyectoras eran demasiado caras y exóticas en aquella época. Muchas veces experimentó interés en probarlas, pero cuando fueron accesibles, ella ya estaba en la Central y el control sobre las sustancias ilícitas era bastante riguroso.
-¿Qué se siente?-
-Depende de los recuerdos almacenados. Las inyectoras más difíciles de obtener son las que fueron copiadas de los bancos de datos más antiguos, aquellas memorias que sobrevivieron a los formateos de las redes neurales. A veces, creo ver paisajes de ese mundo original de donde provenimos todos los humanos. Ese mundo azul, oceánico, lleno de vida, que se extinguió hace muchos siglos-
Anneke siguió escuchándolo, absorbida por la melancolía del relato. Aunque Zoll era bastante rústico, poseía una extraña sensibilidad, un carisma que no cesaba de atraerla. Lamentablemente, pensó que esos ratos con él inevitablemente se apagarían. Tezuka era una colonia muy pequeña y aunque lograran huir a Koyama, la Central de Inteligencia tarde o temprano los encontraría. Durante un par de días, sería seguro permanecer en lo de Klaus. Pero era obvio que rastrearían los pirateos a los sistemas de tránsito. Era cuestión de tiempo. Por eso, se había preparado para un último enfrentamiento. Si la policía los rodeaba, deseaba defender a Zoll hasta la muerte. No podía ser atrapada. Era algo que no se permitiría. Tampoco dejaría que lo atrapen a él. Las torturas para actos delictivos tan violentos como los que habían protagonizado, eran terribles. Cuando el reo eran enviado a la prisión orbital de Yukio, solo quedaban sus despojos. Así que no tendría más remedio que matar a Zoll y salvaguardar así su integridad. Por supuesto, luego se suicidaría. No sin antes destruir a Noriko y evitar de eso modo que la supuesta información valiosa que contenía cayera en manos de una Corporación a la que ya no le debía nada.
-Vamos a entrar en Noriko- avisó Klaus, interrumpiéndolos.
Anneke y Zoll se miraron y luego se pusieron de pie, dirigiéndose a la sala contigua. Noriko estaba sentada en una butaca, conectada a una serie de primitivos cables que salían de viejas computadoras holográficas. Tanto Klaus como Lizar estaban nerviosos. No eran expertos en cibernética ni tenían la tecnología recomendada, pero se las habían ingeniado para crear una red capaz de procesar la información. Era una suerte que Klaus contara con artefactos añejos y discontinuados. Ninguno era soviético pero varios habían sido fabricados en la época imperial y tenían cierto grado de compatibilidad. Lizar estaba desdibujado y se mostraba mucho más intranquilo que Klaus. Por un lado, sentía una inmensa ansiedad por descubrir los secretos de la zona ciega del Tarcovsky. Y por el otro, temía destruir esa información o incluso, algo que ya consideraba más trágico: matar a Noriko.
Cando Klaus encendió los procesadores, Lizar se arrodilló frente al androide y certificó el estado de las conexiones. Noriko lo bañó con una mirada que lo perturbó. Maldijo a Katsuo por insertarle el chip de conducta del modelo Beta. Un Tarcovsky no podía tener sentimientos. Al menos no en su programación. Pero un erodroide sí. Y en ese instante, ella sentía miedo. La miró a los ojos con cierto desconcierto y luego asintió con la cabeza para que Klaus iniciara la intrusión. Zoll se apoyó contra la pared, rechazando lo que sucedía. Anneke se acercó al androide, curiosa. Klaus conectó un cable a su interfaz medular y Lizar puso en marcha su pequeño aparato, capaz de descifrar millones de cerrojos en una fracción de segundo. La biblioteca sería alojada en una red de cuatro computadoras holográficas al unísono para evitar cualquier error de copiado. El recorrido hacia la zona ciega podía desintegrar la conciencia de Noriko. Pero ya no había marcha atrás.
El proceso se ejecutó y el rostro del androide se congeló en una mueca deformada que aterrorizó a Zoll. Anneke observó a Lizar. El hacker tenía cierta empatía por el androide y sería el primero en reaccionar ante un fallo crítico de copiado. Klaus podía observar la información recopilada a través de los visores holográficos. Era capaz de distinguir su contenido, al menos intuitivamente. Lizar debía concentrarse en la apertura de los cerrojos. Si alguno le impedía continuar sería el fin del proceso y de Noriko.
-Es un enorme banco de datos- murmuró Klaus mientras entraban a la zona ciega. El copiado no se había iniciado porque primero debían llegar al corazón de la biblioteca.
Anneke se arrodilló y estudió al androide. Le impresionó ver como los ojos dorados se tornaban blancos. Era como observar un cadáver. Lizar comenzó a sudar. Si conociera con mayor exactitud el lenguaje informático de los saqueadores todo sería sencillo. Pero no tenía más alternativa que descifrar ese lenguaje por medio de un traductor que hacía todo más lento y más crítico para la preservación de los datos.
-También hay un mapa. Por las coordenadas estelares parece de Tezuka- explicó Klaus, mientras lo memorizaba.
Zoll se dijo a sí mismo que era obvio. Si el Tarcovsky había sido reprogramado por saqueadores no podía faltar un mapa. Un mapa del tesoro. Porque los saqueadores, en el fondo eran piratas. Pero Anneke percibió que algo andaba mal. Noriko, aunque inconsciente, se mordía la lengua, como si estuviese a punto de convulsionarse, algo que Lizar no percataba.
-Lizar- le advirtió.
Este levantó la mirada que tenía clavada en su aparato y vio el rostro del androide. De pronto, la convulsión se hizo mayor y el cuerpo de Noriko se agitó, mientras una espuma blanca similar al del momento de su reactivación empezó a salir de su boca.
-Maldición- dijo el hacker.
-No te detengas, estamos en la zona ciega. Es increíble la cantidad de información que hay. Voy a iniciar el copiado- se emocionó Klaus.
Zoll negó con la cabeza, comprendiendo que el proceso conduciría al desastre.
-Se muere- avisó en voz baja.
Anneke se volteó hacia él y luego contempló cómo el androide realmente se moría, fuera de control, atacado por una serie de convulsiones que se parecían a las que tuvo Zoll en el túnel.
-Es maravilloso. Es historia pura- se fascinó Klaus.
Pero Lizar, sobrecogido por los agonizantes movimientos, entró en pánico, soltando el aparato y tomándole la mano al androide.
-¿Qué haces?- se asombró el traficante convertido en historiador.
-¡No debe morir!- gritó el hacker.
Y desconectó las interfaces, deteniendo el proceso y arruinando el copiado que había iniciado Klaus. Se abalanzó sobre Noriko y la tomó de la cabeza, clavándose a sus ojos, que seguían blancos. El androide dejó de tener convulsiones, pero no reaccionó. Anneke se puso de pie y caminó hacia atrás, juntándose con Zoll, que la abrazó. Klaus se levantó furioso de su butaca. Pero a Lizar no le importó. Se mordió los labios y acarició los pómulos de Noriko con ambos pulgares. Lentamente, los ojos fueron recuperando su tonalidad dorada y ella volvió en sí. Descubrió el rostro desencajado y abrumado de Lizar. Este apoyó su frente a la suya, aliviado. Una sonrisa nerviosa le indicó que había hecho lo correcto. Había una única oportunidad para entrar a la zona ciega del Tarcovsky y la había desperdiciado. Con los cerrojos una vez abiertos, nunca más podría repetir la operación. La información ahora era inaccesible. Se había esparcido por el resto del cerebro, formando parte del inconsciente de Noriko.
-Creía que moriría- dijo ella, con una voz frágil y temblorosa.






