Klaus se rascó la barbilla, confundido por lo que sucedía en su hogar. Intuía que su vida se modificaba a una velocidad mayor a la que imaginaba. Hasta hace un tiempo atrás, era un traficante de recuerdos. Luego se interesó por ellos desde un nuevo punto de vista, intentando averiguar esa historia que las trasmisiones holográficas omitían. En el fondo, todo había comenzado como un tema familiar. Su padre había sido piloto de guerra del Imperio Germano. Murió en Tezuka, tras establecerse ilegalmente, ya que no había sido indultado. Su madre, que había sido cantante de ópera, se había suicidado. El arte antiguo no existía en los Monopolios. Klaus se sentía tan extranjero como ellos, aunque haya elegido el crimen para marcar su rechazo a la Corporación que gobernaba el satélite. Por simple azar, ese camino que había iniciado, ahora lo depositaba en una imprevista aventura. El cerebro de un androide soviético rondaba su apartamento, activado. Pero no se trataba de un mero modelo de espionaje. Según Lizar, ese sujeto que aún no le inspiraba demasiada confianza, el androide era una biblioteca programada por los saqueadores. Sin embargo, y a pesar de las leyendas que se contaban sobre ellos, dudaba que esos piratas se interesaran por la historia. Lizar parecía demasiado parcial en sus conjeturas.
-Cuando accedí al cerebro encontré miles de cerraduras escritas en el lenguaje de los saqueadores- explicó el hacker, como si le leyera los pensamientos.
-Las bibliotecas son un mito-
Lizar se enojó por el comentario, poniéndose de pie y alejándose de la mesa, poblada por los vetustos ordenadores de Klaus. Se sentó en una butaca situada en el extremo opuesto de la sala y se tragó una pastilla. Descubrió a Noriko junto a la ventana. Ella se lo quedó mirando, con esos ojos típicos de los androides, siempre inquietantes, siempre inexpresivos. Era una pena que no recordara nada. Podía contarle viejas historias. Historias heroicas de tiempos heroicos. La biblioteca que almacenaba en el cerebro era seguramente muy valiosa, pero lo que a él lo intrigaba eran las razones de su aterrizaje en Tezuka. Estaba seguro de que la clave de todo eran los saqueadores y de que ese maldito satélite había pertenecido a ellos. Y no era la curiosidad por conocer esa historia lo que lo movilizaba, sino la posibilidad de acceder a sus ideas y de utilizarlas para algún propósito que todavía no lograba dilucidar. En Tezuka se atomizaba un gran descontento. Koyama estaba habitado por gente que le había dado la espalda a la Corporación. Y Yamamoto estaba infectada por seres como él, que ya no esperaban nada de esa Galaxia inmunda gobernada por accionistas. Tarde o temprano las cosas tenían que explotar. La gente estaba atontada. Se dejaban arrastrar por una decadencia omnipresente que los adormecía, que los hundía en la miseria cotidiana de sus problemas personales. Aquellos que no trabajaban para Yamato y que por ende no anhelaban una vida más digna en Yukio, carecían de aspiraciones, vivían en una colonia sin expectativas, sin sueños, muertos por dentro, convertidos en pequeños mercenarios, como él. Claro que eso no era tan malo. Aspirar al bienestar de Yukio era tan falso como creer que una Galaxia regida por sujetos que solo pensaban en su riqueza personal podía funcionar, podía brindar felicidad a una raza humana explotada por unos pocos poderosos. Era una cuestión de coraje. Si fuera tan valiente como esos saqueadores que atacaban a flotas enteras en el vacío del espacio, sería capaz de reaccionar, podría despertar de su pesimismo y usar su odio contra ese mundo del que se sentía esclavo, con la intención de destruirlo. ¿Pero quién adhería a ese romanticismo? Klaus era un outsider. Pero no parecía un sujeto demasiado valiente. Mucho menos un idealista. ¿Y la ex policía? Imposible. ¿Quién sabe cuántas aberraciones cometió con su placa? ¿Y el otro sujeto, Zoll? Un ladronzuelo. Cerró los ojos y suspiró. Se lamentaba por pensar de esa manera. Se lamentaba por tener esos sueños tan ingenuos y tan inútiles. No podía hacer nada. Ni siquiera con el Tarcovsky en sus manos. Tezuka era su prisión y también su tumba. Nadie quería movilizarse. Nadie soñaba con poner en jaque a ese sistema patético que se jactaba de gobernar la Galaxia. Estaba rodeado de cobardes.
Noriko se le acercó y lo observó. Dedujo que el desconsuelo que encontraba en la mueca del hacker tenía que ver con ella. Aunque el espacio tridimensional que la rodeaba aún le resultara confuso, era capaz de leer las emociones humanas.
-¿Qué hay en mi cabeza?- preguntó.
Lizar, deprimido, levantó la mirada y le contestó con una voz ronca, vencida.
-Nada-
Noriko notó el malestar del hombre que la había reactivado y esbozó cierta angustia. Todo era nuevo para ella, pero más nuevos le parecían los sentimientos, como si fueran algo que nunca antes hubiera experimentado. Lizar, que la contemplaba fijamente, percibió la inquietud del androide.
-No pongas esa cara. Esos sentimientos no son tuyos. Son del chip de conducta del modelo Beta que te insertó ese tipo que voló en pedazos en el Parque Industrial-
Noriko fue recorrida por un frío en la espalda. Lizar trazaba una frontera entre ambos, una distancia sideral entre lo artificial y lo humano. Él quería entrar a su cabeza. Nada más. Comprendió que la trataban como a una máquina. Una computadora como cualquiera de las que se desparramaban por ese cuarto. Por alguna razón que desconocía, esos humanos que estaban con ella la veían como un banco de datos. Un receptáculo que contenía algún tipo de información valiosa. Lizar adivinó ese caos que la invadía y la tomó del brazo.
-Perdón-
Ella lo perforó con sus ojos dorados, temiendo que la amargura que sentía fuese simplemente el algoritmo de un programa ejecutado por un chip de conducta ajeno. Así que se soltó con una repentina violencia y mientras su mirada se cargaba de furia sintética dijo:
-Entren a mi cabeza-
Lizar, sacudido por la reacción de ese androide desmesuradamente hermoso, advirtió:
-Puedes morir-
-No importa-






