Zoll despertó y encontró los mismos ojos dorados de esa mujer que vio en el túnel. Solo recordaba que debió esquivarla con el Suki para no embestirla. El resto era una laguna en su cerebro. La mujer estaba de pie, bajo la puerta y sus rasgos asiáticos tenían una perfecta y gélida simetría. Pero sus ojos, profundos, eran diferentes a todos los que había visto antes. Eran aún más fríos. Eran los ojos de un androide. Quedó hipnotizado ante ellos. Ni siquiera se preguntó quién era. Podía leerla a través de la mirada. Aunque no entendiera esa lectura. Aunque sintiera que esos pensamientos que lo penetraban llegaran desde muy lejos. Al menos eso fue lo que percibió.
La mujer se retiró en silencio. Entonces, Zoll se descubrió en tendido en una cama, con una venda en la cabeza. A su lado, en una silla, dormida, estaba Anneke, que también tenía vendado un brazo. Había creado una gran empatía con ella, que parecía su guardiana. Era una situación extraña. Días antes yacía en su apartamento de Koyama. Recluido en un mar de drogas. Desde entonces, conoció a Anneke y se zambulló en la búsqueda de algo que no significaba nada para él. Pero que lo había llenado de adrenalina y de vitalidad. Se preguntaba si en esa búsqueda se había encontrado a sí mismo. Por supuesto, ahora debía averiguar lo que sucedió en el túnel. Reconoció el cuarto y era de Klaus. Estaba en su hogar. Y eso era una mala señal. No debían refugiarse allí.
Salió lentamente de la cama, sin despertar a Anneke, y caminó hacia la puerta, con un fuerte mareo. Estaba descalzo y pronto debió pisar una telaraña de cables. Klaus discutía con un sujeto. Camuflado entre viejos ordenadores, Zoll vio la cara del interlocutor de Klaus y supo que era el hombre del túnel, el que estaba con el androide de ojos dorados. Por alguna razón, ambos estaban allí. Sin hacer notar su presencia, intentó escuchar la conversación.
-Tiene que haber algún registro. Los traficantes de recuerdos suelen encontrar fragmentos de memorias que generalmente escapan a los formateos-
-No hay nada que haga referencia al pasado de Tezuka. No se conservó ninguna memoria. Si hubo habitantes antes de la colonización, fueron borrados de los registros. Fueron eliminados-
-Pero tiene que haber algo que provenga de otro planeta. Alguna huella histórica-
-Los Monopolios barrieron con la historia hace mucho. Trabajo en el intento de reconstruirla. Pero solo encuentro pequeños sucesos. Leyendas que se contradicen. Trabajo en un programa que encuentra marcadores de correlaciones en las memorias utilizadas para las inyectoras. Por medio de él puedo recopilar parámetros, coincidencias, imágenes difusas de un mismo acontecimiento. Y sin embargo, no hallé ningún testimonio directo del pasado de Tezuka. Solo alusiones y mitos. Comentarios de viajeros espaciales-
-Tenemos que entrar a ese cerebro. Tengo que copiar la biblioteca-
-No soy un experto en cibernética, pero una intrusión como esa podría destruir la conciencia del androide-
-Es que no había alternativa, tuvimos que activarlo para acceder a la zona ciega-
Zoll descubrió nuevamente a la mujer observándolo. Estaba en una esquina de la sala, escuchando como él la conversación. Intentó hilar el contenido de la discusión, y si su lógica no era errada, entendía que el cerebro del Tarcovsky estaba en el cuerpo del erodroide de ojos dorados. Alguien lo había implantado.
-¿Qué haces?- dijo una voz mientras una mano se apoyaba en su hombro izquierdo. Aunque Anneke era gigante, por momentos irradiaba una ternura que contradecía lo titánico de su presencia.
-Tienes que descansar- y liberó una sentida alegría por el buen estado de su salud. Se le acercó hasta quedar frente a frente y le acomodó la venda. Fue un gesto femenino y cálido. Apenas podía creer que viniera de una ex policía, de alguien completamente antagonista a él.
-¿Qué sucedió en el túnel?- preguntó.
Ella lo tomó de la mano y lo llevó hacia el cuarto. Zoll se volteó para mirar a ese enigmático androide que seguía estudiándolo. Se sentó en la cama, junto a Anneke.
-Estuviste a punto de morir. En realidad, estuviste muerto durante algunos segundos. El tipo que habla con Klaus es Lizar. Te dio una píldora reanimadora. Junto con otro sujeto, implantaron el cerebro del Tarcovsky en el cuerpo de ese erodroide que anda merodeando por ahí y que se llama Noriko. Esta tomó el Suki y en modo robot aniquiló a las patrullas del Parque Industrial. Parece que el Tarcovsky, además de ser un modelo de espionaje, era un modelo de combate-
-Me perdí la fiesta-
Pero Zoll notó cierta amargura en el rostro de Anneke. Matar policías no era algo que la alegrara. Debía experimentar una especie de batalla interior. Sin embargo, no parecía demasiado grave. Ambos habían creado un vínculo profundo. Se notaba en las miradas. En la necesidad de permanecer unidos. Zoll estaba dolorido y débil. Pero tenerla a su lado lo revitalizaba. La consideraba realmente bella. A pesar de ser tan diferentes. Así que le apretó la mano y le devolvió un gesto de gratitud. Por primera vez, deseaba saber más acerca de su identidad. Deseaba conocerla. Aunque supiera que Anneke quería romper con su pasado. Ahora estaba en el otro lado del mundo. El mundo de la marginalidad.
Zoll disfrutó la situación. Hasta hace poco se creía una escoria sentenciada a la mugre de Koyama. Un simple criminal destinado a morir en un atraco. La gente buena era la que vivía en Yamamoto. Eran los que aspiraban con sus carreras a dejar Tezuka para mudarse a Yukio, un planeta auténtico, no ese miserable satélite que orbitaba a su alrededor. Por supuesto, siempre había considerado eso como una ironía. En el fondo, sabía que los habitantes de Yamamoto eran la verdadera escoria. Y Anneke, en ese mágico instante, se lo estaba diciendo con la mirada. Se trataba, sin dudas, de una de las escenas más curiosas y sabrosas de su vida. Por eso, se puso serio y le tocó las mejillas con la punta de los dedos. No se atrevió a besarla. Tampoco era tan ingenuo como para pensar en el amor. Sus vidas estaban en riesgo. Eran perseguidos. Eran momentos para luchar, no para amar. Aunque desconociera la razón de su lucha. Aunque solo se tratara de escapar. Como siempre. A años luz de esa discusión que protagonizaban Klaus y Lizar. Ella también lo entendió así. Pero no dudó en acariciarlo con su mano sana. En plasmar ese cariño que compartían. Ese inexplicable lazo que los unía.
Noriko, inmersa en su silencio, los observó desde la sala contigua, intentando comprender el renacimiento traumático y violento que había experimentado horas atrás. Su mente era atacada por fragmentos, trazos, emociones, imágenes, sensaciones, voces y olores que no lograba interpretar, que carecían de sentido, que contaban una vida que ya no podía recordar. Era una confusión muy cercana a la tristeza. Por eso, le dio la espalda a esos sujetos que se abrazaban y contempló la ciudad a través de la ventana, con sus ojos dorados y su rostro inmutable, sereno, enigmático.





