Mamuro se levantó de la butaca de su despacho y caminó hacia la ventana. Pudo ver el mapa de la ciudad que protegía. Un microcosmos de edificios que se elevaban hasta la cúpula de la colonia. Alguna vez fue un sitio moderno, construido con la rica tecnología que caracterizaba a la Liga de Monopolios. Pero desde su fundación, una lenta decadencia fue carcomiéndolo todo. Porque así funcionaba la Liga. Era un imperio del dinero. Un dinero que se escatimaba cuando las cuentas no eran las esperadas. No había otra regla que la ganancia. No había leyes ni códigos fuera de las finanzas. Si algo no era rentable, simplemente se lo dejaba pudrir, como había sucedido en Tezuka. Y como sucedía en el resto del sistema de Ohashi. Era un amargo panorama el que observaba a través de la ventana. Era una postal que reflejaba su propia soledad. Porque nunca se sintió cómodo en ese pequeño mundo. Mamuro fue jefe de inteligencia en una colonia del Imperio del Sol. Cuando fue capturado, al terminar la guerra, y tras ser obligado a entregar la información confidencial a la que había tenido acceso durante su labor, debió jurar lealtad a las nuevas autoridades, una lealtad que pagó con una actitud de sumisión que le permitió ascender en su nueva carrera en la Central de Inteligencia. Sin embargo, y a pesar de estar en lo más alto, nunca pudo sanar ese desgarro que le provocaba defender un sistema contra el que alguna vez luchó. No era un caso marginal, por supuesto, ya que Tezuka era una colonia de reclutados, poblada por aquellos que habían perdido la guerra. Muchos compartían ese sentimiento, pero no podían hacer nada, porque la Galaxia había cambiado para siempre y el único mundo posible, el único en el que podían vivir, era regido por los Monopolios, en este caso la Corporación de Yamato, una de las más poderosas.
Mamuro solía tener esos pensamientos. Sobre todo cuando las cosas no salían como uno quería y la nostalgia funcionaba como un sedante ante la frustración. Mamuro, como Comandante de la Central de Inteligencia, había pasado por otras crisis, pero esta era tan repentina e inexplicable que le impedía razonar. Por primera vez, su cabeza estaba a punto de rodar. La Central era un departamento de la Corporación. El que se ocupaba de los asuntos sucios. La Central reprimió las revueltas de los obreros. Con tanta rudeza que logró sofocarlas por completo. Pero la calma que procedió se acababa de romper. Lo que parecía un caso sin importancia terminó desarticulando a una de las secciones más duras que tenía al mando. La Capitana Katsumi se había suicidado. La Teniente Anneke, una de las oficiales más leales que incorporó, estaba prófuga, acusada de soborno y de doble homicidio. Dos brigadas de policías habían sido masacradas en el Parque Industrial. Y todo por un cerebro rígido que había pertenecido a un androide que se estrelló meses atrás contra la cúpula de la colonia. De alguna manera, un golpe como ese era previsible. La policía de Tezuka ya no recibía el entrenamiento correcto. Muchos de sus miembros eran corruptos y las purgas eran escasas. Yamato solo se preocupó por la seguridad cuando los obreros se levantaron en sus fábricas. La delincuencia, en cambio, no fue combatida con la misma intensidad. Era un satélite pequeño y los crímenes, si no interrumpían el accionar de la Corporación, no se consideraban un peligro mayor. Mamuro había advertido a los jerarcas de Yamato sobre la precariedad de la situación. Pero no escucharon sus advertencias. Lo tomaron como un exceso de alguien que había sido formado en el rigor de un imperio enemigo. Y ahora, que la crisis se había desatado, el que pagaría las consecuencias sería él.
Pero la cuestión también era personal. Tanto Katsumi como Anneke fueron oficiales muy cercanas. Mamuro había entrenado a Katsumi, a la que consideraba su mano derecha. Ella solía recibir los casos más escabrosos. Por esa razón decidió asignarle a Anneke como compañera. Juntas formarían el ala dura de su conducción. Cuando el caso del Tarcovsky llegó a su despacho, no dudó en dárselo a ellas. Ni siquiera era un caso demasiado importante. Se trataba, simplemente, de un problema de contrabando con aristas curiosas, como era la llegada de un androide que se creía desaparecido y del que se podía extraer información medianamente nociva, quizás antiguos planes de sabotaje contra la Liga de Monopolios. Información que no valía nada por sí misma, pero que de caer en manos peligrosas podría atentar contra los intereses de Yamato. Mamuro no creía que aún quedaran manos peligrosas en Tezuka. Las células rebeldes habían sido desactivadas con tanto tacto, que su existencia ni siquiera salió a la luz pública. Él mismo se ocupó de manipular a los medios de comunicación para evitar cualquier tipo de filtración. Entonces, ¿qué demonios había sucedido? ¿Quién masacró a las brigadas en el Parque Industrial?
Aturdido por la reflexión, regresó al escritorio y se sentó. Una pantalla holográfica con acceso a miles de cámaras iluminó su rostro añejo, surcado por arrugas que las drogas rejuvenecedoras ya no podían eliminar. Solo funcionaba el cuarenta por ciento de las cámaras. Y no había ninguna en el Parque Industrial. El motodeslizador Susuki que había protagonizado el tiroteo en la cantina y que luego destruyó a las brigadas, había sido detectado en la autopista al llegar desde Koyama. Y luego su rastro desapareció. Los hackers solían eliminar los rastros pirateando los sistemas de tránsito. Pero era imposible trazar una ruta de pirateo porque los ataques eran masivos. De alguna manera, Tezuka estaba fuera de control y ni siquiera él, como Comandante de la Central de Inteligencia podía impedirlo. El desdén de las autoridades que gobernaban la colonia era patético. Era imposible cumplir una buena labor cuando la cabeza del sistema no forzaba un correcto funcionamiento del mismo. Eso no ocurrió en el Imperio del Sol. Por eso, la nostalgia, más que un remedio, a veces era un veneno que lo llenaba de impotencia.
Se frotó los ojos y su rostro esbozó una inocultable preocupación. Los jerarcas le pedirían explicaciones y posiblemente, también le quitarían la placa. Por eso tenía que hacerse cargo de la investigación. No confiaba en el resto de las secciones y mucho menos en las brigadas policiales. Tenía que tomar una patrulla y resolver el caso a su manera. Si el cerebro realmente contenía información importante y si había caído en manos peligrosas, el asunto podía empeorar. Nada intimidaba más a Yamato que la formación de nuevas células rebeldes. Y como estaban las cosas, sería difícil organizar una represión tan exitosa como las anteriores. Tenía que encontrar a los criminales antes de que estos actuaran. Impedirles utilizar esa información. La decadencia del sistema que se veía obligado a proteger, no podía vencerlo. Porque en el fondo, todavía era un soldado forjado por el estricto rigor de un imperio que se extinguió.






