Zoll había escondido el Suki en el interior de un hangar situado junto al surtidor de iones. Anneke blandía la katana, con la hoja desactivada para no ser detectada. Se escuchaba el vuelo de patrullas que recorrían el Parque Industrial. Zoll comprendió que no había sido una buena elección refugiarse en ese sitio tras la advertencia de Anneke, que le había dicho que el cerebro del Tarcovsky se encontraba allí. Veinte minutos atrás comenzaron los disparos, a poco más de tres kilómetros de distancia. Eso significaba que habían estado muy cerca de los sujetos que habían robado el cerebro y que estos habían sido descubiertos. También, dada la búsqueda constante de las patrullas, era obvio que los ladrones habían logrado huir y que aún se hallaban en el Parque.
Zoll estaba sentado en la butaca del Suki, listo para transformarlo en robot en caso de verse obligado a entrar en acción. Anneke, cada vez que las patrullas se alejaban, observaba a través de una rendija lo que sucedía en el exterior. No era fácil escapar de un sitio así.
-Las cloacas- murmuró Zoll.
Ella no tenía un buen conocimiento del lugar pero deducía que Zoll lo había visitado muchas veces. Si había túneles cloacales podían ser una buena opción para la fuga, dado que ni las patrullas ni los tanques entrarían en ellos. ¿Pero dónde demonios había una compuerta de acceso? Decidió arriesgarse y salir del hangar. Ajustó el zoom de sus ojos telescópicos y buscó en los callejones alguna entrada a los túneles. Descubrió una a doscientos metros, en dirección opuesta a los primeros disparos. Regresó al hangar y le dio la noticia a Zoll.
-Hay una compuerta, pero deberemos dejar el Suki-
-Los túneles son lo suficientemente grandes. Sube-
Anneke no estuvo de acuerdo con esa decisión. Sin embargo, se montó a la butaca y enlazó al joven fuertemente de la cintura. Al encender el vehículo, corrían el riesgo de ser detectados por las patrullas. Al menos en un radio de quinientos metros. Pero si él no tenía miedo, mucho menos debería tenerlo ella, que acababa de dar un salto al vacío de su existencia. La posibilidad de morir no debería detenerla.
Zoll encendió la computadora del Suki y aceleró. Ella le indicó la posición de la compuerta. En pocos segundos llegaron a ella. Zoll disparó con uno de los cañones y la pesada puerta de acero voló por el aire. Sin dejar de acelerar, cayeron violentamente al túnel. Las paredes rozaron los laterales del vehículo y la oscuridad se salpicó de chispas. Anneke cerró los ojos, mientras el agua sucia escupida por los motores de flotación del vehículo la bañaban. Ya no podía ver las maniobras suicidas de Zoll. Solo podía confiar en su capacidad de conducción. Con la cabeza apoyada en su espalda, experimentó cierta calidez, cierta sensación de protección. En medio del apocalipsis que se había desatado en su vida, Zoll era un hallazgo, alguien que en ese increíble momento podía llenar su desesperación.
Hasta que una brusca maniobra puso al vehículo boca abajo, rebotando contra las paredes mientras ella era expulsada hacia atrás. El Suki se detuvo, sin su conductor, que también había sido eyectado y yacía en el otro extremo del túnel, inconsciente, flotando sobre el agua cloacal. Anneke se tomó el brazo biomecánico, que pese a la dureza de su aleación se había partido en dos, desplegando un racimo de cables ópticos. ¿Qué sucedió?, pensó. ¿Por qué Zoll había hecho esa maniobra tan estúpida? Entonces, descubrió a dos sujetos, un hombre y una mujer, asustados, como si la escena los hubiera tomado por sorpresa. La mujer blandía un laser en dirección a ella, que no quiso perder el tiempo y corrió dolorida hacia el cuerpo de Zoll.
-¡Alto!- escuchó.
Pero nada la detuvo. Llegó a Zoll y lo extrajo del agua para que no se ahogara. El casco estaba roto y lleno de sangre. Se lo quitó, lanzándolo por el aire. Sintió una terrible angustia. Él no reaccionaba. Su rostro estaba pálido y sus ojos abiertos se perdían en la nada. Lo apoyó contra la pared y le hizo respiración boca a boca. Zoll estaba muerto. Anneke no podía creer lo que sucedía. Su mirada se humedeció y su boca comenzó a temblar. Lo abrazó con todas sus fuerzas, llenándose de estupor. Hasta que el sujeto que estaba con la mujer se acercó y le entregó una píldora.
-Es un reanimador-
Anneke, sin siquiera pensarlo, la introdujo en la garganta de Zoll y esperó un milagro, mientras le acariciaba el cabello ensangrentado. Pasaron eternos segundos. No quería que otro ser cercano muriera. Mucho menos ese criminal que la había salvado dos veces.
-¡Vamos!- gritó, sacudiendo el pequeño cuerpo.
Por fin, este parpadeó y vomitó sobre su pecho. Cerró los ojos y comenzó a respirar, tras una corta convulsión. Ella, abrumada, sonrió y le besó la cabeza. No pudo contener algunas lágrimas. Una rabiosa felicidad se apoderó de su corazón, como si ese joven que aún era un desconocido lo significara todo. Porque era lo único que quedaba de su vida en ruinas.
Pero la pesadilla no terminó. Una compuerta situada a cincuenta metros fue destruida y un grupo de policías se arrojó hacia el túnel. Irrumpieron con una lluvia de láseres. Anneke desplegó la hoja de la katana, dispuesta a enfrentarlos con un ímpetu irracional. Pero el sujeto evitó que se pusiera de pie, hundiéndola en el agua para evitar los disparos. La mujer, que había desaparecido de la escena, intentaba poner en marcha el Suki. Cuando lo logró, aceleró hacia los policías y los barrió con los cañones iónicos. Anneke la miró desde el agua, mientras mantenía la cabeza de Zoll a flote. Fuera quién fuera, sabía conducir el vehículo.
El Suki se detuvo bajo el cráter dejado por la policía en el sitio donde estaba la compuerta. Y se convirtió en robot, elevando la mitad del cuerpo hacia el exterior. Salió del túnel y disparó sin cesar hacia las patrullas. El sujeto, incrédulo, abandonó a Anneke y a Zoll y corrió hacia el cráter. Cuando llegó, contempló la batalla que se gestaba en la superficie. Nunca había visto un Suki transformable. Mucho menos a un Tarcovsky en el centro de la acción. Ni siquiera dudó acerca del posible desenlace del tiroteo. Noriko y el robot eran una sola cosa. Una máquina de matar. Las patrullas, aunque no lograba verlas desde esa perspectiva, debían estar volando en pedazos. Era una fiesta para sus ojos. Una orgía de violencia. Por fin, pensó, ese pequeño y miserable mundo llamado Tezuka ardía en llamas. Era el inicio de algo muy grande, se permitió añorar.






