Katsuo debió contener su emoción al presenciar el renacimiento de ese cuerpo que creía muerto, el de Noriko. Y aunque el cerebro conservaba una parte de ella, el chip de conducta que había insertado, era obvio que ya no era esa prostituta que supo ser su amiga. Era alguien que había sobrevivido a un misterioso viaje espacial y que había sufrido dos grandes traumas. El primero, cuando su mente fue reconfigurada para recibir un enorme banco de datos a modo de almacenamiento y el segundo sucedía en ese mismo momento, cuando volvía a la conciencia tras haberse destruido durante una colisión contra la cúpula de la colonia de Tezuka. Lamentablemente, era improbable que recuperara la memoria y averiguara su verdadera identidad. Lizar había barrido con gran parte de su sistema cerebral, y aunque la información permanecía intacta, se había reformulado de tal manera que había creado una nueva identidad.
-Tengo que conectarla, Katsuo. Debemos hacer una copia de seguridad de su zona ciega-
La impaciencia del hacker molestó al viejo especialista en cibernética. Ese androide confundido que estaba frente a ellos no era una simple máquina. Estaba milagrosamente viva y era dueña de sus decisiones. La policía podía llegar en cualquier momento, pero si ella no se dejaba conectar no podían obligarla a hacerlo. Katsuo caminó hacia una sala contigua donde guardaba los cuerpos de viejos androides que habían muerto y tomó un par de botas que pertenecían a un modelo similar. Regresó con ellas y se las entregó a la joven.
-Tu sobretodo, Lizar. Dáselo-
El hacker buscó su sobretodo y se lo acercó al androide, que lo tomó con las manos, extrañada.
-¿Quién soy?- volvió a repetir.
-Ponte la ropa. Tu piel se puede dañar- aconsejó el viejo.
Ella, sin quitar los ojos de encima a los dos hombres, se colocó las botas y el sobretodo.
-¿No recuerdas nada? ¿No recuerdas tu nombre?- le preguntó Katsuo.
Lizar experimentó cierta desesperación. Tenía que extraer la información de su cerebro. Ahora que estaba consciente podía acceder a la zona ciega y copiar la biblioteca. Ella, tras pensarlo algunos segundos, negó con la cabeza, respondiendo a la pregunta de Katsuo.
-Te llamaremos Noriko- dijo el viejo.
-No- reaccionó Lizar.- No es Noriko. Ella es el Tarcovsky. No es un erodroide-
-Por ahora la llamaremos Noriko. Desconocemos el nombre de su verdadera identidad-
Lizar apretó los dientes, fastidiado. El viejo había hecho todo esto por una prostituta. No estaba interesado por el contenido de la biblioteca. Lo movilizaba un morboso sentimentalismo. Quería reanimar a Noriko y lo había logrado, aunque fuese una mentira, porque Noriko estaba muerta y solo se conservaran su cuerpo y un eco de su conducta. Así que dio dos pasos hacia ella y la tomó de la muñeca, con la intención de sentarla frente a la computadora pentadimensional y realizar de una vez por todas la copia de la biblioteca. Pero ella se soltó, enojada, y empujó bruscamente a Lizar, que cayó al piso. Luego le quitó el láser y le apuntó a la cabeza.
-¡Mierda!- escupió el hacker.
Katsuo movió las manos, intentando tranquilizarla.
-Estamos para ayudarte, Noriko. Arriesgamos nuestras vidas para reanimar tu conciencia. Somos tus amigos-
Pero ella le quitó el seguro al láser y siguió apuntando, desconfiada.
-Es un modelo de espionaje soviético, Lizar. Fue programada para combatir. Puede asesinarte. Deberías comportarte-
El hacker cerró el puño y lo estrelló contra el suelo. Se pasó la otra mano por la cara, enajenado. El viejo no entendía nada, pensó. Necesitaban recuperar la biblioteca. Necesitaban escapar con urgencia del Parque Industrial. Si ella era capturada, todo sería en vano. Entonces, su peor pesadilla se materializó. Luces azules y rojas iluminaron las ventanas del laboratorio. Se escuchó el sonido de una patrulla. Y de varias más. Habían sido descubiertos. Estaban rodeados.
Katsuo empalideció y observó a Lizar con una mueca de horror. Agachó la cabeza, repentinamente vencido. El hacker cerró los ojos. Se acurrucó en el piso, como un niño. Era un final patético. Sintió que el pecho se le contraía con una angustia infinita.
-¿Quiénes son?- preguntó Noriko.
Katsuo levantó la cabeza y la contempló durante un efímero instante, mientras se escuchaban pasos en el exterior.
-Debes escapar, Noriko. No pueden atraparte. Por nada del mundo-
Tomó el rifle láser y caminó hacia la entrada. Lizar estaba paralizado. No podían huir. Pero un estruendo lo sacudió. El viejo había comenzado a disparar. Descargaba con toda su furia la metralla láser de su antiguo rifle. El hacker debió hacer un gran esfuerzo para ponerse de pie. Estaba aterrado. Ni siquiera tenía el arma porque Noriko se la quitó. Hasta que algo terrible sucedió. El cuerpo de Katsuo se desintegró, alcanzado por un proyectil que lo diseminó por todo el laboratorio. Lizar se miró las manos, salpicadas con sangre. Noriko, que también estaba bañada con los restos del especialista, tomó a Lizar del brazo y lo llevó hasta la puerta trasera del lugar. Cuando la puerta se desplazó, dos policías les dispararon. Pero Noriko arrojó a Lizar al piso y con un veloz movimiento eludió los láseres, impactando con dos disparos precisos en la cabeza de los policías. El hacker se reincorporó y ambos corrieron hacia un callejón formado por enormes máquinas obsoletas. Las patrullas despegaron y recorrieron la zona, buscándolos. Lizar apenas podía seguir los veloces pasos del androide. Solo deseaba que Noriko recordara como defenderse. El cielo se llenó de luces y las sirenas resonaron entre las fábricas abandonadas. Mientras corrían, ella estudiaba con la frialdad de una computadora la geografía del terreno. Se detuvieron ante una compuerta cloacal y se arrojaron a su interior, cayendo unos cuatro metros. Noriko, sin soltar la muñeca de Lizar, se trasladó por el túnel, doblando en las intersecciones, hasta que las sirenas se escucharon lejanas y el peligro pareció desaparecer. El hacker, sofocado, utilizó todas sus fuerzas para seguir al androide. Pero tras huir durante unos quince minutos, sus pies trastabillaron y su cuerpo de desplomó sobre el agua putrefacta. Ella lo soltó, se lo quedó mirando, se puso en cuclillas y negó con la cabeza.
-Este no es mi cuerpo. No tengo visión infrarroja- se quejó.
Lizar no le contestó.






