El Suki viajó en zig zag por el barrio de Yamamoto para disuadir la persecución. Recorrió las calles que bordeaban la autopista, con los sensores de tránsito desactivados para no ser descubiertos por la policía. Zoll pretendía ocultarse en el Parque Industrial, al menos durante algunas horas. Necesitaba cargar los cañones iónicos porque ya no tenía más alternativa que combatir si quería sobrevivir. Había destruido una patrulla y Anneke había acabado con los ocupantes de la otra. Era una verdadera masacre. Se había embarcado en una salvaje aventura, siguiendo sus instintos, sin razonar las causas de su accionar.
Anneke no podía creer lo que sucedía. La ciudad transcurría a toda velocidad, mientras sus ojos no se movían, clavados en el vacío, aturdidos por pensamientos que carecían de explicación. El caos la arrastraba hacia un abismo del que no saldría jamás. No sentía ni sus manos, ni sus piernas. Su ser se había desgarrado. Podría haberse dejado capturar. Dejado ejecutar. Pero eligió continuar. En los brazos de ese enigmático sujeto. Hacia una locura que arremolinaba su mente, dejándola sin respuestas. Sin interrogantes. En la más absoluta confusión. Algo había muerto en su interior. Ya no era Anneke. Era otra cosa. Era las esquirlas de alguien que se había desintegrado.
Una calma repentina circuló por su metabolismo. Se sintió ingrávida. Etérea. Como si la vida se encargara de llevarla hacia algún lugar recóndito, más allá de su voluntad. Había tomado una decisión cuando ayudó a Zoll durante el tiroteo. Pero lo hizo porque las circunstancias la habían obligado. Le habían quitado todo y la arrojaron hacia un callejón sin salida. Y sin embargo, respiraba un sentimiento enrarecido de libertad. Como si se hubiera quitado un peso de encima. El peso de una existencia que había sido una ilusión. Sus años en la policía no le habían dado nada. Y por eso terminaba donde había empezado. En la suciedad de las calles de su infancia. Convertida en una criminal. Una vez más.
-El cerebro del androide- intentó gritar.
Zoll abrió la protección del casco.
-¿Qué?-
-El cerebro del androide. Está en el Parque Industrial-
Iban hacia ese lugar. Pero no podían buscar el cerebro. Tenían que esconderse. Era lo único que podían hacer. Zoll recordó una vieja entrada situada en el extremo opuesto del Parque. Era el sitio más desolado y muchas veces debió refugiarse en él. Pronto, la silueta tétrica de las plantas abandonadas recortó el horizonte, con sus enormes maquinarias elevándose hacia el techo de la cúpula de la colonia, corroídas por el desuso. Las únicas fábricas que aún se mantenían activas eran las que rodeaban a los astilleros del Puerto de Koyama. El resto, era un fantasma creado por la crisis que azotaba la Galaxia, esa que las guerras monopólicas habían dejado como legado de una economía egoísta, que enriquecía a los grandes accionistas y hundía a los obreros de los cientos de sistemas colonizados por la raza humana durante el transcurso del último milenio. Zoll era consciente de lo que sucedía, a pesar de darle la espalda a las noticias y de recluirse en su pequeño universo de drogas que le permitían volar más allá de la realidad.
El Suki llegó a la entrada más inaccesible del Parque Industrial. Una intensa oscuridad los recibió. Las luces del centro de Yamamoto formaban un aura espectral que apenas se distinguía entre los gigantes de metal que desfallecían en ese inmenso cementerio de máquinas. Anneke comprendió que así sería su vida de ahora en más. Una vida entre tinieblas. A la sombra del mundo que había dejado atrás. Zoll condujo el Suki con precaución. Si Anneke descubrió a través de su infiltración en el portal de la Central de Inteligencia que el cerebro del androide estaba en el Parque, en cualquier momento podría llenarse de patrullas. Quizás, el tiroteo había servido para desviar la atención. Y el rastrillaje, si habían logrado el cometido de perder el rastro policial, se centraría en los alrededores de Ayukawa, un destino más lógico para la fuga de dos criminales. Incluso, podrían buscarlos en Koyama, que estaba en el otro extremo de la colonia.
Se detuvieron frente a un antiguo surtidor de energía iónica que había sido utilizado para cargar los sistemas hidráulicos de la maquinaria. Zoll se quitó el casco y observó a su compañera. Ella estaba con la cabeza gacha y la mirada perdida en el suelo. No quería estar en su mente. Acababa de asesinar a dos de los suyos. Así que salió del Suki y caminó hacia la sala de controles del surtidor. Encendió una computadora y comenzó a reprogramarla para acceder a la energía iónica que necesitaban sus cañones. Anneke se puso de pie, con el rostro desdibujado y una expresión de lápida. Emitió un largo suspiro y contempló esa geografía que la rodeaba. Sus padres habían trabajado en esas fábricas. Justo antes de la debacle y del cierre de todas ellas. Era como echar un vistazo a su pasado. Estaba notablemente deprimida y sus pensamientos se transformaron en una pesadilla. Cuando entró a la policía, todavía había revueltas. Revueltas que tenían que ser sofocadas en la clandestinidad para evitar una cascada social que desintegrara el poder de la Corporación. Debió reprimir a los obreros. Encarcelarlos para enviarlos a la prisión orbital de Yukio. Donde eran juzgados y en el peor de los casos, ejecutados. Era una información que no salía a la luz. Cuando dejó la Jurisdicción y fue ascendida a la Central de Inteligencia, tuvo acceso a esos registros. Y descubrió un horror que su conciencia debió digerir. Era una realidad que la endureció. Una culpa que enterró en el fondo de su corazón. Una traición hacia sus padres, a los que alguna vez odió por vivir en la miseria, por arrojarla a las calles de una infancia patética. Ahora, su conciencia se destapaba, invocada por el dolor que experimentaba. Sufría por la muerte de Katsumi, que quizás, tampoco pudo tolerar esa verdad. Una razón más para suicidarse. Para huir de un mundo despreciable. Aterrador.
Cuando volvió en sí, descubrió que Zoll la estudiaba, como si intuyera ese infierno que la incendiaba por dentro. ¿Qué sentido tenía continuar con vida? ¿Qué futuro podía haber más allá de toda esa inmundicia que había ayudado a crear? Por eso, se quitó la katana láser del cinturón y desplegó la hoja en dirección a su pecho. Había sido cercada por sus demonios. No tenía salida. Tenía que terminar con esa vorágine de pensamientos que se ramificaban por sus emociones con la velocidad de un virus. Pero Zoll no se lo permitió. Caminó hacia ella y le quitó la katana. La dejó caer al suelo y la abrazó. Una brisa helada recorrió su cuerpo. Deshizo el abrazo y se alejó de Zoll. Apoyó las manos en el Suki. Se sentía avergonzada. Abrumada. Con una tristeza que le impedía respirar. Era una mujer muy ruda. Nada ni nadie habían podido doblegarla. Ni siquiera la conciencia de haber cometido terribles actos de crueldad. Ni siquiera el haberse convertido en un títere asesino de la Corporación de Yamato. De la Galaxia. De ese firmamento estrellado de mentiras que ni siquiera podía ver con sus ojos, cegados por la eterna visión de una cúpula que era su propia tumba. Así que intentó recuperar la respiración. Cerró los puños. Apretó los dientes. No creía en la redención. Ni en el perdón. Ya no creía en nada. Y eso, era una manera de comenzar de nuevo. De desenmascarar su porquería. De iniciar un feroz combate contra sus propios demonios. Así que se volteó hacia Zoll y lo perforó con el filo de sus ojos. Le dijo, sin decirlo, que a partir de ahora lo seguiría a todas partes. Porque ya no había mundo. Ni miedos. Ni culpas que tuviera que ocultar con una vida falaz. Solo había una desmesurada y violenta libertad.






