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Capítulo 14: SAMURAI

Zoll había transformado el Suki en robot y resistía frente a la cantina, rodeado por dos patrullas, una en el este, que se mantenía a treinta metros de altura y otra estacionada en el oeste, equipada con un lanzador de proyectiles. El modo robot era lo suficientemente robusto para sostener el tiroteo, pero si llegaban tanques no tendría más alternativa que escapar con el Suki. La píldora potenciómetra le inyectaba adrenalina a su cerebro, además de mejorar sus reflejos. Pero se lamentaba de no haber consumido una droga aceleradora. Era la primera vez que participaba en un enfrentamiento tan violento y sin embargo no temía morir. Cada vez que disparaba sus cañones iónicos se sentía más seguro, como si el miedo se mezclara con cierta química de placer.

Anneke seguía en el interior de la cantina, mientras todos miraban lo que sucedía en la calle. Algunos habían extraído sus láseres y deseaban participar de la contienda, pero eso significaría el fin de la cantina y una feroz represión a la que no sobrevivirían. La mayoría no había visto jamás a un robot como ese. Parecía una postal de otros tiempos. Anneke, demolida por la noticia del suicidio de Katsumi, intentaba contener el llanto. Estaba descorazonada, pero lentamente emergía de sus emociones y tomaba conciencia de lo que sucedía. Se puso de pie, caminó hacia el amontonamiento de gente que presenciaba el tiroteo y salió al exterior, aturdida por la lluvia de láseres y proyectiles que iluminaban la calle. Lucía confundida, como si su vida también se transformara. La mujer que amaba estaba muerta. La Central de Inteligencia la quería encarcelar. Y ese sujeto que la había rescatado una vez lo hacía nuevamente, arriesgando su vida. Sus ojos, que habían recuperado su color original por el efecto de las lágrimas, observaban a Zoll, acorazado en su robot, convertido en un samurái mecánico de tres metros de altura. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué actuaba de ese modo? ¿Por qué se exponía al fuego de las autoridades sin ningún fin específico, más que el de proteger a una desconocida? ¿Quién demonios era ese sujeto?

Ella permaneció de pie, junto a la entrada de la cantina, inmersa en sus pensamientos, en sus preguntas, en su incredulidad ante ese mundo que ya no era el que conocía. Volaban esquirlas. Se formaban pequeños cráteres en la calle. Explotaban las marquesinas de los edificios. Todo era ensordecedor, pero ella no se movía, seguía testimoniando ese combate, intentando descifrarlo, sin encontrarle un sentido. Estudió la escena. Zoll estaba rodeado y no tenía esperanzas de salir con vida. La patrulla estacionada en el oeste era la más peligrosa. Porque cada proyectil era potencialmente devastador para ese viejo robot que él conducía. Bastaba que recibiera un impacto para que volara en mil pedazos. Por eso caminó hacia ella. Inmutable ante la onda expansiva de cada explosión. Ante los restos que salpicaban su cuerpo. Ante las cegadoras luces y el ruido que destruía los tímpanos. Zoll se había refugiado en la fachada contigua, con la mira en la patrulla que permanecía en el cielo. Ni siquiera esquivaba los proyectiles que llegaban desde el lado opuesto. Simplemente, le dejaba su vida al azar y a la mala puntería del policía que controlaba el lanzador. Anneke llegó hasta la patrulla que estaba estacionada. Se la quedó mirando durante algunos segundos. Había dos policías en el interior. Dos policías que eran como ella. O como Katsumi. Dos personas que se ganaban un sueldo con esa nada gratificante profesión. Le disparaban a un criminal. Habían venido a detener a una ex oficial que había violado los códigos de seguridad de la Central de Inteligencia. Era sencillo ponerse en sus pellejos.

De pronto, un tanque apareció desde el este, a unos doscientos metros. Zoll estaba condenado. No tenía posibilidad de enfrentarlo. Seguía rodeado y ahora su robot no tenía defensas ante el poder de fuego de un tanque Izuki. Todo dependía de ella. Tenía que liberar el camino. Reducir a la patrulla que lanzaba proyectiles. Hasta ese momento, si era arrestada, todavía tenía una mínima posibilidad de defenderse. Diría que escapó porque por una cuestión pasional la Capitana le tendió una trampa. Y que luego entró al portal de la Central de Inteligencia para averiguar si se había dilucidado la verdad. Pero si se sumaba al tiroteo, si tomaba partido por Zoll, se convertiría inevitablemente en una criminal. Y si no lo hacía, el moriría. Por protegerla.

Desenfundó el láser, se acercó a la patrulla y trató de no pensar. Después de todo, las cosas ya no tenían sentido. El tiempo era una línea que ninguna tecnología podía volver atrás. Los acontecimientos se habían desatado y a ella no le quedaba nada, más que la incertidumbre del futuro. Un futuro con ese sujeto. Zoll. Así que apretó el gatillo y disparó. Disparó sin cesar sobre el cuerpo de ambos policías. Cinco. Diez. Quince. Treinta disparos que masacraron a los conductores del patrullero. No podía detenerse. No podía quitar el dedo del gatillo. Recién lo hizo cuando el arma estuvo a punto de fundirse por el calor y su mano ya no pudo sostenerla. El láser cayó al suelo. Los policías estaban muertos. El camino se había despejado. Su rostro era una lápida. Una mueca helada. Alienada. Recorrida por lágrimas que se habían secado. Zoll transformó al robot en motodeslizador y aceleró hacia ella. Se detuvo a su lado. Anneke no dejaba de mirar los cuerpos de los policías que había asesinado. Zoll se vio obligado a tomarla de la cintura y a cargarla. El tanque lanzó una serie de rayos que pasaron muy cerca. La otra patrulla ya no estaba en el cielo. Zoll la había derribado. Era una montaña de chatarra ardiente que se había estrellado contra la cantina. Anneke, abrigada por ese sujeto que conducía el Suki, cerró los ojos. Viajaron a trescientos kilómetros por hora a través de las calles de Yamamoto. No podían regresar al apartamento de Klaus. Tenían que engañar a la policía para que no descubriera el escondite. Por eso se dirigieron en sentido contrario. Hacia el Parque Industrial. La pequeña batalla había finalizado. Y Anneke comprendió que solamente era el principio. Su vida, a partir de ese momento, se volvería impredecible.

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