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Capítulo 13: CHAT

Anneke estaba tendida en la cama con ropa interior, mejorándose de la herida. Su fisonomía de más de un metro noventa de altura era verdaderamente andrógina, algo que no intimidaba a Zoll, que era delgado, de estatura mediana y que estaba sentado en un sillón, a su lado, en el cuarto contiguo del apartamento de Klaus. Zoll acababa de ingerir una píldora potenciómetra, lo que le permitiría mantenerse despierto por más de setenta y dos horas. Era una droga muy antigua, de la época de las redes neurales, cuando los gamers pasaban días enteros conectados a interfaces medulares.

-Eso es ilegal- advirtió Anneke con ironía.

-Ya no eres policía-

La respuesta la deprimió. Sus días en la Central de Inteligencia se habían terminado. Cabía la posibilidad de que tarde o temprano se descubriera la verdad, pero su violento enfrentamiento con los móviles policiales habían sellado su destino. No volvería a ser aceptada jamás. Se preguntó qué pasaría por la cabeza de Katsumi en ese momento. Tenía una enorme curiosidad. Su frialdad era legendaria, pero Anneke sospechaba que su accionar no sería gratuito y que por dentro experimentaría la misma amargura que ella sentía.

-Te veo muy mal. Deberías probar esta píldora-

Ella hizo un leve gesto de negación, como si la voz de Zoll proviniera de miles de años luz de distancia. En realidad, pensar en la Capitana era en vano. Su mundo, a partir de ese momento, se reducía a la seguridad de aquel apartamento, con esos dos sujetos que inexplicablemente la habían rescatado. Seguía sin comprender la actitud de Zoll. Parecía un simple pandillero y sin embargo había arriesgado su vida para salvarla. Su idea del mundo se había hecho añicos. Era policía desde muy joven. No por vocación, sino porque le permitió salir de la miseria en los márgenes de Yamamoto. Alguna vez, de adolescente, fue como él. Claro que Zoll vivía en Koyama y había que ser valiente para mudarse a ese barrio. Nunca entendió a los que elegían refugiarse en un sitio tan peligroso.

-¿Por qué te traicionó?- sorprendió él.

Anneke se lo quedó mirando fijamente.

-Porque me amaba-

Zoll esbozó una sonrisa, con los ojos dilatados por el efecto de la píldora. Ella quiso ponerlo a prueba y extendió sus interminables piernas con el fin de seducirlo. Era una situación extraña. Había olvidado lo que era el placer. Tuvo muchos amantes antes de entrar a la policía pero luego su vida sexual se apagó. Hasta que la asignaron como compañera de Katsumi y entonces sintió un irrefrenable deseo de poseerla. La vida de la Capitana debió ser mucho más triste. Fue reclutada de niña por la Central de Inteligencia. Por eso se resistía a juzgarla. No podía odiarla. La cuestión era que estaba ante ese sujeto, notablemente atraído hacia ella. Por supuesto, no estaba de humor para devolver ese magnetismo. Seguía enamorada de Katsumi y eso le rompía el corazón. Decidió escapar de sus sentimientos y cambiar de tema.

-¿Qué hace ese tipo, tu amigo? Creí que era un traficante de recuerdos, pero eso que tiene en su living no parece un laboratorio de inyectoras-

-Parece que quiere convertirse en historiador-

-Una profesión peligrosa-

-Así es Klaus. Es retraído y tiene cara de idiota, pero tiene el valor de hacer cosas que siempre están fuera de la ley-

-Qué bien- volvió a ironizar ella.

Pero la angustia que la carcomía le impidió interesarse por otra cosa que no fuera la Capitana, así que se quedó en silencio, con la mirada perdida, ignorando a Zoll. Este notó que además de un láser ella llevaba consigo una especie de sable en el cinturón. Lucía sumamente sexy con el torso desnudo y esas armas en la cintura.

-¿Qué es?- preguntó él, con los ojos clavados en el sable.

-Nada- respondió Anneke, mientras se ponía de pie y caminaba hasta el higienizador. Cerró la puerta y encendió el espejo proyector. Tomó una cortadora de pelo y comenzó a raparse la cabeza. Los rizos colorados flotaron hasta la pileta, donde fueron aspirados. Si pretendía salir a la calle tenía que cambiar su imagen. Cuando quedó completamente calva modificó el color de sus ojos biomecánicos y abandonó el higienizador. Zoll se dio cuenta de que iba a salir al exterior.

-No tenemos ropa de mujer. Y tanto Klaus como yo somos bastante más bajos de estatura, así que no podremos prestarte nada-

Ella le devolvió una sonrisa, se colocó el uniforme y lo oscureció. Le quitó las insignias y le arrancó el chaleco. Ahora estaba completamente vestida de negro. Ya no parecía una oficial de la Central de Inteligencia.

-¿Todavía hay una sala de chat en la intersección de Oku y Kei?- le preguntó a Zoll.

-No lo sé. Ya no vivo en Yamamoto-

Anneke abandonó el cuarto y le hizo la misma pregunta a Klaus, que contestó afirmativamente. Zoll se levantó del sillón, se acomodó el láser y se puso la campera. Caminó hacia ella, que estaba a punto de dejar el apartamento y la interceptó.

-Te llevo en mi Suki-

Anneke soltó una carcajada.

-¿Esa es tu idea de pasar desapercibido? Debe ser el único Suki de la colonia…-

-No se puede pasar desapercibido. Por eso es preferible estar bien armado. Mi Suki se transforma en robot-

Ella no podía creer lo que escuchaba. Era un tipo temerario, sin dudas. ¿Qué pensaba hacer con su juguete de colección? ¿Tomar una patrulla y arrojarla hacia el cielo? Zoll pareció leerle la mente.

-El robot tiene cuatro cañones iónicos-

Anneke siguió considerando las palabras de Zoll una auténtica ridiculez, pero aceptó la invitación, como si el pesimismo que la embargaba se excitara ante un hipotético y apocalíptico enfrentamiento con la policía. Zoll era un suicida y ella pretendía sumarse a esa actitud. Mientras bajaban en el ascensor, los recuerdos de su infancia y de su adolescencia regresaron a su mente. Estaba nuevamente en las calles, al margen del mundo, con la vida en riesgo y una indiferencia absoluta hacia su instinto de conservación. Zoll aprovechó para comentar lo que le había dicho Klaus mientras ella dormía.

-Queremos el cerebro del Tarcovsky. A mí, en realidad, no me interesa, pero Klaus dice que es muy valioso y me pidió que te saque información-

Anneke amenazó con volver a reírse, pero se puso seria y verificó el estado del cargador del láser.

-Voy a entrar al chat para averiguar qué sucede en la Central. Si encuentro alguna pista sobre el caso te la entregaré-

 Y luego miró a Zoll directamente a los ojos.

-Estoy en deuda con ustedes-

Salieron del ascensor y tomaron el Suki oculto en el sótano del edificio. Zoll se colocó el casco y le pidió a Anneke que se agarrara bien fuerte a su cintura. Salieron a toda velocidad por las calles de Yamamoto con destino a la sala de chat. Estas estaban prohibidas, pero los hackers se las ingeniaban para pactar con la policía a cambio de algún trabajo sucio, como reasignar una cuenta y llenarla con dinero ajeno. Zoll nunca quiso ser un hacker porque estos eran mercenarios que realizaban trabajos para terceros. Prefería vivir por su cuenta. En la pequeña anarquía de su existencia. Cuando llegaron, Zoll estacionó el Suki a cincuenta metros y se quedó vigilando mientras ella entraba a la cantina que ocultaba la sala de chat.

Anneke temió que su uniforme, aunque modificado, la delatara. Pero el sitio era lo suficientemente oscuro para no llamar la atención. Descendió por una escalera y enfrentó al sujeto que custodiaba la sala. Este observó el sable que llevaba en la cintura, una pieza de colección prohibida, así que le permitió entrar sin necesidad de interrogarla. Anneke se introdujo en una de las cabinas y encendió la interfaz. Para no ser detectada, utilizó códigos medusa con la intención de congelar los archivos defensivos. Solo un oficial de la Central era capaz de manipular esos códigos, así que utilizó las llaves de la Capitana para no levantar demasiadas sospechas, al menos durante dos o tres minutos. Perforó una serie de barreras y pudo ingresar al portal. Le extrañó actuar con tanta facilidad. Quizás, Katsumi ya no usaba esas claves, así que dedujo que posiblemente le habían abierto las puertas para encerrarla con archivos señuelo. Era cuestión de actuar con rapidez para eludirlos. Descubrió que el caso había avanzado y que estaban detrás de un especialista en cibernética que había hecho contacto con un hacker de Ayukawa. Al parecer, estos tenían el cerebro en su poder y lo habían llevado al Parque Industrial con la intención de reactivarlo en alguno de los laboratorios abandonados. Eso le bastó, así que salió inmediatamente del portal y volvió a utilizar la clave de Katsumi para ingresar a su perfil personal. Pero se topó con algo que la dejó helada. El perfil había sido borrado. Eso era sinónimo de ya no pertenecer a la Central de Inteligencia. ¿Katsumi había sido expulsada? Aunque no era recomendable, dilató el tiempo de permanencia, con el riesgo de que su ubicación fuera detectada y buscó los últimos registros de la Capitana. Lo que encontró la consternó. Katsumi tenía fecha de deceso. La causa, suicidio.

Desconectó la interfaz inalámbrica y empezó a temblar. El corazón se le detuvo. Los ojos se le humedecieron. No lograba reaccionar. Agachó la cabeza, estrellando la mirada contra el suelo. Su rostro se desencajó. Fue deformado por una mueca de infinita tristeza. La Capitana estaba muerta. Destrozada, abandonó la sala de chat y subió unas interminables escaleras que la depositaron en la cantina. Una música metálica explotaba en el ambiente, mientras la angustia la desintegraba por dentro y sus pómulos eran surcados por una serie de silenciosas lágrimas. Apenas podía mantenerse de pie. Tenía ganas de desplomarse. De desfallecer. De tomar el láser y acompañar a Katsumi en su destino de muerte. Finalmente, cayó de rodillas, ante la mirada de sujetos que se apiñaban en la oscuridad hacia la ventana, mientras la música era interrumpida. El llanto se tornó insoportable. Su cara se ahogó en esa tormenta de amor perdido. Ni siquiera le importó que a escasos metros, fuera de la cantina, en plena calle, Zoll disparara sus cañones iónicos contra las patrullas que habían detectado su intrusión en el portal de la Central de Inteligencia. Se acurrucó y vomitó su desconsuelo, iluminada por los fogonazos que provenían desde el exterior.

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