Lizar observó desde el aerodeslizador el paisaje abandonado del Parque Industrial de Yamamoto. A diferencia de la zona portuaria de Koyama, en ese lugar no había asentamientos humanos, ya que no se erigían edificios. Solo eran fábricas y laboratorios que Yamato, debido a la reducción de su producción, había dejado de usar, junto a miles de obreros que habían quedado sin trabajo y que mayormente se habían mudado a Koyama para buscar otras formas de supervivencia. A Lizar le extrañaba que jamás se hayan producido revueltas con los desocupados y sospechaba que la Corporación las había callado sin que los sucesos salieran a la luz.
Katsuo aterrizó el aerodeslizador en una pista callejera rodeada de enormes máquinas de ensamblaje que servirían para camuflar el vehículo. Aunque había estado muchas veces en ese lugar, antes de salir miró hacia el cielo para descartar cualquier filtración de metano que hubiese contaminado el aire. La cúpula de la colonia parecía en buen estado. Seguramente, dada la proximidad con el barrio de Yamamoto, en este lugar todavía se realizaban reparaciones, a pesar de la enorme cantidad de reflectores rotos, lo que tornaba al Parque Industrial un sitio oscuro y fantasmal.
Katsuo salió con el rifle láser en la mano. Lizar debió cargar a Noriko. Aunque los androides solían ser más pesados que un ser humano sin implantes, los erodroides eran sumamente ligeros, y aunque un modelo Beta no era tan suave como un Omega, Noriko no debía pesar más de sesenta kilos. Lizar, esbelto y con múltiples implantes biomecánicos, la tomó en brazos sin problemas y siguió los pasos de Katsuo, que abrió la puerta de un viejo laboratorio con su propia clave de seguridad. A Lizar no le gustó ese detalle, porque revelaría su ubicación, pero supuso que el viejo sabía lo que hacía y que probablemente solía utilizar un código ajeno cada vez que entraba en él.
Lizar depositó a Noriko en una camilla, sin poder creer que tuviera en sus manos a la prostituta más famosa de Tezuka. Era una pena que ya no tuviera su cerebro, porque ella conoció a tanta gente importante que quizás haya sido tan interesante como el cerebro del Tarcovsky M-st 102. Muchas historias de poder y corrupción debieron ser confesadas ante su cuerpo desnudo. Katsuo, decidido a no perder el tiempo, encendió una serie de computadoras holográficas y buscó en una caja de herramientas una interfaz inalámbrica para conectarla al androide. Lizar se quitó el sobretodo, se colocó el láser en el cinturón y se sorprendió al encontrar en el otro extremo del laboratorio una hilera de cápsulas con docenas de androides en su interior. Supuso que Katsuo, por alguna razón, coleccionaba sus cuerpos. Quizás, pensó, el viejo entablaba cierta empatía con ellos y destruirlos en una fosa de desguace era demasiado cruel para él. No pudo contener la curiosidad y caminó hacia ellos, recorriendo sus rostros muertos. La mayoría era Beta, pero había otros más antiguos, algunos que no había visto jamás. Katsuo, debido a su longevidad, había presenciado una parte de la historia que él desconocía.
-Vamos a entrar al cerebro- avisó el anciano.
Lizar regresó rápidamente hacia Noriko y se sentó frente a los monitores pentadimensionales. Ese tipo de imágenes solo podían ser leídas por un especialista, pero él, como buen hacker, las sabía interpretar. Lo primero que notó, es que el viejo había agregado al cerebro del Tarcovsky el chip de conducta del Beta original. Eso significaba que un aspecto emocional de Noriko sobreviviría en el Tarcovsky si lograban hacerlo funcionar.
-¿Por qué?- preguntó Lizar.
-Es una manera de familiarizar al Tarcovsky con su nuevo cuerpo. Recordemos que se trata de un androide espía, seguramente armado hasta los dientes, así que podría rechazar la grácil anatomía del erodroide. Con la inclusión del procesador de conducta original, el rechazo se atenuará-
La explicación tenía cierta lógica, pero Lizar sospechaba que Katsuo deseaba rescatar una parte de la identidad de Noriko. Era un gesto humano y prefirió no contradecirlo. Conectó la computadora holográfica a su propia interfaz medular y comenzó a hurgar en el interior del cerebro rígido. A medida que se desplazaba por la compleja red de pensamientos y recuerdos muertos del androide, disparaba desde un pequeño aparato que tenía en la mano derecha una lluvia de programas que se instalaban en el cerebro y decodificaban las llaves que lo encerraban. No tardó en descubrir que las cosas no eran como las había pensado. El supuesto intento de formateo realizado por los saqueadores, en realidad no era tal. Era un disfraz para engañar al propio androide. Una amnesia forzada para que este se concentrara en algún tipo de misión. Era obvio que también servía para evitar la intrusión ajena, pero la memoria no estaba formateada. Las defensas de la caja negra nunca se activaron. Pero eso no era todo. El cerebro había sido inyectado con archivos cifrados. Toneladas de qbytes de información habían sido colocadas en una zona ciega de su mente. El Tarcovsky M-st 102 era una biblioteca. Literalmente hablando.
Lizar no pudo seguir escaneando el cerebro. Se desconectó de la computadora holográfica y se frotó los ojos, pálido. Katsuo, que había presenciado el recorrido a través del monitor pentadimensional, también se mostraba aturdido. Se agradeció a sí mismo de haber acudido a Lizar. El sujeto tenía un arsenal de programas y sabía cómo utilizarlos instantáneamente. Había revelado la estructura del Tarcovsky en apenas una pasada. Por eso, comprendió que el androide era un mensaje. Era una biblioteca programada para ser leída. Para ser recuperada por sujetos como ellos. ¿Pero qué había en esa biblioteca? ¿Y cómo lograrían leerla? Estaba en la zona ciega del cerebro y la única manera de activarla era reanimando la conciencia del androide. No había otro modo de extraer la información. Tenían que revivir al Tarcovsky M-st 102.
Lizar penetró a Katsuo con la mirada. Tenían un tesoro entre las manos. Un tesoro que superaba cualquier riqueza material. Porque el bien más preciado de la Galaxia era la historia. El pasado que habían intentado eliminar con algún misterioso fin. Y el androide que tenían ante sí, guardaba toneladas de esa historia en los volúmenes de su mente.






