Klaus se acarició el mentón, preocupado ante lo que ocurría en su apartamento. No solo habían perturbado su concentración, sino que además habían puesto en peligro su propia vida. Zoll había trastornado su pequeño mundo. Primero con su aparición y luego con el rescate de una oficial de la Central de Inteligencia. Lo peor había pasado y por suerte lograron ocultar la armadura antes de que fuera detectada por los patrulleros. Pero ella estaba recostada en el sillón, rodeada de computadoras, memorias y objetos prohibidos. Se recuperaba tras haber ingerido una píldora reanimadora. Las células robots leían el ADN y lo clonaban para reponer el tejido dañado. Zoll estaba sentado frente a ella, confundido. Todavía no entendía por qué había reaccionado como lo hizo. Salvó la vida de un desconocido. La vida de una mujer policía. El altruismo no estaba en su diccionario. Y los policías mucho menos. Quizás, sintió que la mujer, acorralada y herida, estaba en una de esas situaciones límites que lo ponían a uno ante la muerte, ante la desesperación de perder lo más preciado, la libertad. Actuó por instinto, reflejándose a sí mismo en esa mujer.
Klaus negó con la cabeza. Cerró los ojos. ¿Qué harían con ella? Pronto iba a despertar. ¿Diría “gracias, me retiro”, como si nunca hubiera entrado a ese lugar? ¿O los arrestaría? Zoll ni siquiera le había quitado el láser del cinturón. Podría asustarse, creer que había sido secuestrada y enviar un mensaje de auxilio a la Central. Incluso, podría dispararles. Tenía autoridad para hacerlo. Por supuesto, Zoll apostaba a que se trataba de una fugitiva. Y parecía sumamente curioso con el caso. La mujer tenía múltiples implantes biomecánicos. Debía tratarse de alguien medianamente importante. Tenía un brazo de titanio, miras telescópicas en las retinas, una interfaz medular en la nuca, nervios de aceleración en las manos, refuerzos musculares en las piernas y eso era solo lo que podía deducir a simple vista. Era una oficial altamente especializada. La orden de capturarla debió provenir desde la cúpula. Habían invertido mucho dinero en perfeccionar su cuerpo y aniquilarla sin una buena razón no sería un buen negocio.
De pronto, los ojos de la mujer se abrieron. Se buscó inmediatamente la herida. Cuando percató que la habían curado, miró a los sujetos que estaban frente a ella y se intentó incorporar. Pero solo llegó a sentarse. Las nanocélulas todavía no habían concluido su labor. Echó un vistazo a su alrededor y se sorprendió.
-¿Dónde estoy?-
-Te seguía la policía. Te traje para curarte- dijo Zoll, ansioso.
Ella lo contempló durante unos eternos segundos. Comenzó a recordar lo que había sucedido y no pudo creer que saliera ilesa de la persecución. Le habían dado tres veces, había perdido un propulsor y había caído en picada desde una veintena de metros, estrellándose contra la calle. Debería estar muerta.
-¿Quién demonios eres?-
-Zoll-
Klaus resopló, considerando la estupidez del joven. Reveló su identidad sin pensar en las consecuencias.
-Anneke- respondió ella.
-Escondimos la armadura propulsora. Rastrillaron varias veces la zona, pero pudimos hackear los sistemas de seguridad. No encontrarán grabaciones en un área de cinco kilómetros- explicó Zoll.
Anneke siguió mirando profundamente al joven, incrédula. Pero sintió un repentino ardor en el pecho. Pensó en Katsumi. En la ferocidad de su accionar. La había denunciado y aunque le permitió escapar, sabía que la huida no duraría demasiado. Era inevitable que la capturaran o la ejecutaran durante un enfrentamiento. Katsumi la envió a la muerte por temerle a su amor. Luego de despedirse con sus besos. Luego de entregarse a una efímera y grandiosa explosión de placer. No podía odiarla. Así era la Capitana. Una máquina de la Central de Inteligencia. Y sin embargo, le había demostrado que también la amaba. Que también la deseaba. Y que no podía permitirse sentir esas emociones. Estaba destinada a exterminarlas. Por eso, Anneke sintió una angustia devastadora. Un fuego que le quemaba los ojos. Una tristeza que le perforaba el corazón.
Klaus rompió el silencio, notando que Zoll no hacía preguntas y simplemente se dejaba embelesar por la presencia de esa mujer.
-¿Por qué te perseguían?-
Anneke no observó a su interlocutor, siguió atada a los ojos de Zoll.
-Buscábamos el cerebro de un androide que se estrelló con su nave en la cúpula de Koyama unos meses atrás-
-Un Tarcovsky- completó Klaus, ante la sorpresa de Anneke y también de Zoll.
Ella giró la cabeza y desvió la mirada hacia el traficante. Continuó con el relato.
-Encontramos al coleccionista que lo había comprado. No lo tenía en su poder, pero era obvio que lo escondía en otro sitio. Mi superior aceptó un soborno para no denunciarlo por la colección de objetos que hallamos en su apartamento, pero luego pidió una patrulla y me acusó de recibirlo a mí-
Klaus esbozó una sonrisa. Era una historia espuria. Una traición patética entre integrantes de la mayor fuerza de seguridad de Tezuka. Zoll no pudo entender el sentido de lo que había escuchado. Siguió estudiando a esa mujer de anatomía imponente, de aspecto duro, pero de ojos frágiles y expresión dolida. Había algo en ella que le resultaba fascinante. Una rudeza que nunca antes había visto en una mujer. Ella notaba ese magnetismo que causaba, por eso le devolvió la mirada.
-Estoy acabada- confesó con amargura –Mi vida se terminó. Ya no puedo volver a mi casa. Ya no tengo trabajo. Ya no puedo usar mi identidad-
Klaus, ante el dramatismo de sus palabras, notó que era una persona franca y desesperada, contenedora de una extraña nobleza. Conoció a mucha gente cuando traficaba y podía leer un rostro en cuestión de segundos. Pese al acto estúpido que cometió, Zoll había acertado. Ella era, más allá de su uniforme, similar a ellos. Un sujeto apasionado. Un fracasado. Y a partir de ese momento, también un criminal. Lo que no quitaba que la situación le siguiera resultando peligrosa y ridícula. Nunca debió dejar entrar a Zoll a su apartamento. Nunca debió permitir que violaran su intimidad. Ni siquiera tenía ganas de continuar trabajando con la computadora germana. Había otra cosa en su mente. El cerebro de ese androide que se había estrellado en Koyama. Los rumores que escuchó en Ayukawa acababan de ser confirmados. Ese cerebro tenía que ser suyo. Y Zoll era el sujeto perfecto para emprender esa búsqueda. Era cuestión de quitarle más información a esa mujer policía que estaba en deuda con ellos. Era cuestión de sacarle provecho al lío en el que se había metido.






