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Capítulo 08: KLAUS

Klaus estaba sumergido en una maraña de cables. Trabajaba en la reconstrucción de un hardware germano de trescientos años de antigüedad. Una computadora holográfica que había ensamblado con planos que había recuperado de archivos obtenidos en la Feria de Koyama. Durante años, fue capaz de recopilar una vasta biblioteca de memorias obsoletas con el fin de lograr el modo de leerlas. La historia era un bien muy preciado, sobre todo por el intento de los gobiernos monopólicos de formatear la información del pasado. Tezuka era un enigma. Antes de ser invadida por Yamato, existió una colonia de la que no se tenían registros, solo leyendas que habían llegado de boca en boca. Klaus empezó siendo un traficante. Un programador de recuerdos para el proceso de inyectoras, una de las drogas más buscadas por los adictos. Pero con el tiempo, su interés por esos recuerdos fue creciendo, dejando de ser un negocio para tornarse una afición. El coleccionismo de objetos imperiales se multiplicó como una pandemia y aunque era ilegal, las autoridades ya no hacían nada para detenerlo. Se decía que hasta los jerarcas de Yamato eran grandes coleccionistas de objetos del Imperio del Sol, vicio que podían ocultar debido a la lejanía y a la insignificancia del sistema de Ohashi, prácticamente olvidado por los tentáculos de la Corporación.

Klaus había reconstruido billones de qbytes de información. Había llegado tan atrás en la historia galáctica que pudo descubrir la existencia de un primer imperio. Jamás había oído de él y por lo que pudo conjeturar, era sumamente exótico, incluso su lengua era diferente a todas las que seguían siendo utilizadas. Pero a pesar de la importancia histórica del hallazgo, no era lo que Klaus buscaba. A él lo obsesionaban dos cosas. El planeta original de donde provenían muchos de los recuerdos utilizados en las inyectoras y la historia de Tezuka, antes de llamarse así. Una vez escuchó de un piloto que provenía de un punto equidistante de la Galaxia, que Tezuka había albergado a los sobrevivientes de una revolución a escala cósmica que fracasó. Esas palabras permanecieron en su mente. No existía el más mínimo fósil de información que sugiriera ese suceso. Se sabía que una colonia anterior habitó el satélite y que fue aniquilada por Yamato tras la derrota de los altos imperios, pero no quedaba absolutamente nada de ella. Ni siquiera su nombre.

De pronto, alguien llamó a través del visor de entrada. Klaus era un hombre sereno y sus computadoras un verdadero botín para la policía. Si había sido descubierto, no podría hacer demasiado para defenderse. Ni siquiera era dúctil con el manejo de los láseres. Por eso, su falta de reacción ante el llamado. A pesar de sentir un escalofrío, se acercó al visor para ver la identidad del sujeto. Era Zoll, un criminal de Koyama con el que trabajó algunas veces para distribuir las inyectoras en las zonas marginales. Era un joven peligroso y violento. Zoll podría haberse asociado con él para traficar juntos a largo plazo, pero prefería robar para comprar sus drogas. En todo caso, sus caminos se habían bifurcado.

-Vine con mi Suki y la policía está pisándome los talones. Necesito la clave del sótano-

Klaus le abrió las puertas del sótano y se arrepintió de hacerlo. Estaba concentrado en la reconstrucción de la computadora germana y ni siquiera tenía negocios para hacer. Zoll entró al apartamento, visiblemente acelerado.

-No conocía a otro tipo en esta zona. Gracias, Klaus-

Zoll caminó entre la geografía de cables y procesadores cuánticos hasta encontrar un sillón donde sentarse. Klaus, aunque seguía inmerso en su trabajo, lo contempló durante algunos segundos. Zoll le parecía bastante atractivo y muy carismático. Los descendientes de las colonias independientes tenían algo especial. Algo que los hacía originales en sus fisonomías. Incluso, en sus conductas.

-¿Qué es todo esto? Ya no parece tu laboratorio de inyectoras-

-No lo es- respondió Klaus.

Zoll suspiró, bañado por la lluvia de destellos que disparaban los cables cuánticos. Klaus era un sujeto introvertido y cerebral. Le gustaba estar con él. Notó que estaba reparando antiguas computadoras y que definitivamente no se relacionaban con las inyectoras.

-¿Te contrató un coleccionista?-

-Lo hago sin fines de lucro-

Zoll se rió y extendió las piernas para ponerse cómodo. Recorrió con la mirada la totalidad del apartamento, sorprendido por la cantidad de antigüedades informáticas. Klaus estaba en algo grande. Por esa razón decidió no molestarlo con preguntas y dejarlo trabajar en paz. Se puso de pie y se dirigió hacia el balcón con mucho cuidado. No quería estropear nada. Deslizó la compuerta y salió a la intemperie. El clima artificial de la colonia se conservaba muy bien en el centro de Yamamoto. El aire no olía a metano como en Koyama. Era como estar en otro mundo. El mundo de los que tenían créditos para disfrutarlo.

De pronto, un estruendo lo sacudió. Eran disparos policiales. Miró hacia un lado y hacia el otro entre los edificios y no encontró nada. Hasta que dos patrulleros surcaron el cielo en círculos, como si buscaran algo. Segundos después, desaparecieron. Pero Zoll escuchó algo más. Un motor averiado. Y entonces, alguien se desplomó desde lo alto sobre la calle. Estaba a más de veinte pisos de distancia y se lamentó de no tener ojos mecánicos para ajustar el zoom. Por lo que pudo ver, era un policía con una armadura propulsora. Intentó ponerse de pie tras la caída, pero no lo logró. Estaba herido. Zoll había pasado por una situación similar, cuando lo hirieron en Ayukawa. Por eso, experimentó una repentina compasión por él. Sobretodo, teniendo en cuenta que era la misma policía la que lo buscaba. Abandonó el balcón, corrió sobre los cables cuánticos mientras Klaus se quedaba perplejo y dejó al apartamento. El ascensor lo depositó en la planta baja. Cuando estuvo a unos pocos metros de distancia, descubrió que llevaba un uniforme de la Central de Inteligencia. Algún asunto interno había ocurrido entre ellos. Pero no lo dudó. Se arrodilló a su lado, enterándose de que se trataba de una mujer, y le quitó la armadura. Ella estaba consciente, pero herida a la altura de la cintura. Tenía el pelo rojo y corto. Los ojos furiosamente verdes.

-Ayúdame- alcanzó a decir.

Zoll la cargó a sus hombros. Era sumamente alta y algo robusta, por lo que debió hacer un enorme esfuerzo para sostenerla. Los implantes aumentaban todavía más su peso, así que debió soltarla y arrastrarla hasta la entrada del edificio. Llamó a Klaus para que le abriera. El edificio opuesto se iluminó con las luces de los patrulleros. Pero la puerta se deslizó a tiempo y ambos pudieron entrar para quedar fuera de su alcance visual. Ni siquiera se percataron de la armadura que había quedado en la calle. Zoll, agitado, se apoyó en la pared y se arqueó para recuperar la respiración. La mujer escupió sangre y luego lo miró a los ojos.

-Gracias-

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