La Capitana Katsumi estaba en el gimnasio del Cuartel Central de Inteligencia probando sus nuevas piernas biomecánicas. Habían llegado de la fábrica de Yonesawa con el último carguero y había tenido que esperar tres meses para que se las otorgaran. Katsumi tenía implantes en el noventa por ciento de su cuerpo y era el miembro humano de la policía más robotizado. La Teniente Anneke se presentó en el gimnasio y se la quedó mirando con sus penetrantes ojos verdes. Katsumi lo advirtió y dejó de correr en la cinta. A pesar de haber entrenado durante dos horas, ni siquiera estaba sudando. Anneke, que vestía el uniforme blanco de la Central, se le acercó y se detuvo a su lado. Era una mujer de contextura robusta, su cabello era rojo y corto, medía un metro noventa y su presencia contrastaba con la silueta de la Capitana, delgada y menuda, aunque su rostro severo no trasmitiera la menor cuota de fragilidad.
-Lindas piernas- dijo la Teniente.
Katsumi no le contestó, devolviéndole la mirada con una gélida indiferencia. La Teniente sonrió y encendió la carpeta que traía consigo.
-Acaban de entregarme el informe del caso de la nave que se estrelló en Koyama. La jurisdicción trece ha recuperado todas las piezas del androide Tarcovsky M-st102 que la piloteaba menos una-
La Capitana se mostró interesada. Esperaba que el caso dejara de pertenecer a la jurisdicción y pasara a sus manos. Que un androide soviético se estrellara en un satélite marginal como Tezuka no era algo de todos los días.
-La pieza faltante es el cerebro rígido. La policía determinó que un feriante de Koyama lo vendió a un coleccionista llamado Magnus, un ingeniero reclutado por Yamato. Por esta razón entregaron el caso a nuestra sección-
Katsumi dio un paso adelante y quedó cara a cara ante Anneke. A pesar de los veinticinco centímetros de altura que las diferenciaban, la Capitana irradiaba una autoridad que iba más allá de su rango. Le quitó la carpeta y averiguó el domicilio del sospechoso. Anneke permaneció en silencio, pero no pudo evitar observar las piernas desnudas de Katsumi.
-Prepara la patrulla. Visitaremos a este sujeto-
La Capitana le devolvió la carpeta y caminó hacia el vestuario para cambiarse la ropa y colocarse el uniforme. Le habían asignado a Anneke como compañera pocos meses atrás y la relación entre ambas era tensa. Katsumi se sentía incómoda porque sabía que Anneke experimentaba una inocultable atracción hacia ella. Las relaciones entre compañeros de trabajo no eran bien vistas en la Central y terminaría perjudicando sus carreras. Pero Anneke no captaba la indirecta de su indiferencia y coqueteaba con una heroica tenacidad.
La Capitana Katsumi, ya con el uniforme de la seccional, entró al ascensor de oficiales y se dirigió a la zona de despegue. Cuando las puertas se abrieron, la patrulla estaba esperándola. Se acomodó en la butaca, mientras la Teniente Anneke programaba el viaje hacia el domicilio del sospechoso. La patrulla se elevó y partió hacia el centro de Yamamoto. Katsumi contempló la geografía de la colonia, un geométrico diagrama de bloques enmarcados por luces azules. A través del reflejo, percató que Anneke la estudiaba. Decidió enfrentarla y ambas miradas chocaron. A pesar de su característica inexpresividad, temió que la Teniente se diera cuenta de la reciprocidad de la atracción. No podía exponer sus emociones. No podía demostrar que Anneke le resultaba preciosa.
Cuando llegaron al edificio del sospechoso, se dieron cuenta de que Magnus no era tan importante como la jurisdicción pensaba. No vivía en un conglomerado residencial. Magnus era un bohemio. Un coleccionista, sin dudas. La patrulla descendió sobre la zona de despegue de la terraza y ambas miembros de la Central de Inteligencia tomaron el ascensor hacia el piso del sospechoso. La Capitana no quitó los ojos del suelo, algo que enfureció a la Teniente.
Llamaron por el visor de entrada y el sospechoso les contestó. Les permitió pasar, notablemente aturdido ante la presencia de ambas oficiales. Mientras Anneke recorría el lugar para cerciorarse de que no hubiera ninguna presencia extraña, Katsumi estudió a Magnus. Era un hombre alto, rubio, con una barba abundante pero meticulosamente prolija.
-¿Qué se les ofrece?- preguntó sin ocultar su nerviosismo.
-Sabe a que venimos, Sr. Magnus- atacó la Capitana.
Anneke se asomó desde una puerta lateral y le advirtió a Katsumi con una seña que había encontrado algo. La Capitana observó al ingeniero, que agachó la cabeza, se dio vuelta y caminó vencido hacia la Teniente. Katsumi se asombró cuando descubrió una enorme sala abarrotada de objetos antiguos. Había por lo menos una treintena de vitrinas que exponían cascos espaciales, armas ancestrales, medallas, relicarios, piezas de robots, computadoras holográficas, banderas y un sinfín de pertenencias imperiales.
-El cerebro, Teniente- ordenó.
Ambas buscaron, vitrina por vitrina, el cerebro rígido del androide que se había estrellado en Koyama. Pero no encontraron nada. Magnus, que se había sentado en un sillón, se hizo el desentendido. La Capitana no pudo ocultar su malhumor.
-Usted compró el cerebro rígido de un androide Tarcovsky M-st 102 en la Feria de Koyama tres meses atrás. ¿Dónde lo tiene?-
-¿Un modelo Tarcovsky en el satélite de Tezuka? Esos androides no existen más- respondió Magnus, haciéndose el sorprendido.
-¡Qué demonios hizo con él!- gritó la Teniente Anneke.
A Katsumi no le gustó esa reacción y estuvo a punto de hacerla callar.
-Escúchenme, por favor- rogó el ingeniero, con un tono repentinamente sereno. -Trabajo para la Corporación. Soy un ingeniero importante y colecciono objetos como lo hacen todos-
-Los objetos imperiales están prohibidos- lanzó Anneke, desafiando la serenidad de la Capitana.
-Ya lo sé, ya lo sé. Todo el mundo lo sabe. Y todo el mundo los colecciona. Yo soy un coleccionista muy respetado y les digo que jamás compré lo que buscan. Miren…- y se levantó del sillón para abrir una vitrina y extraer de su interior la mano de un androide Wolffestein. -Esto fue lo que compré en la última feria. Quién quiera que les haya dado mi nombre, mintió. Estoy siendo honesto con ustedes. Les estoy mostrando lo que soy-
Katsumi sonrió con cierto sarcasmo.
-Puedo encerrarlo por tener estos objetos, Sr. Magnus. Pagará una fianza para quedar en libertad, pero los perderá a todos-
El ingeniero cerró los ojos. Se frotó los párpados. Luego se acarició la punta de la barba. Anneke observó a la Capitana, incrédula.
-Tome lo que quiera. Pero le juro que no sé nada de ese cerebro-
La Teniente acercó la mano a su pistola láser, desconcertada ante el inminente acto de corrupción que iba a presenciar, algo que jamás habría esperado de la Capitana. Esta comenzó a caminar alrededor de las vitrinas, hasta que halló algo que le llamó la atención y lo tomó.
-Si no tiene relación con el modelo Tarcovsky, no nos volverá a ver. Si miente, su pequeño mundo de recuerdos desaparecerá y usted se pudrirá en la prisión de Harayuko-
-Es una katana láser de la época del cuarto emperador del sol. Espero que la cuide- interrumpió Magnus.
Katsumi encendió la katana y una hoja de luz cromada se extendió en el aire con dirección a Anneke. Luego, se la entregó.
-Vámonos- le ordenó.
Las oficiales de la Central de Inteligencia abandonaron el apartamento y se dirigieron al ascensor. La Teniente no pudo contener su rabia ante la situación. Cuando la puerta del ascensor se cerró, Anneke explotó.
-¿Qué demonios fue eso? El sujeto no sabe mentir. Tiene el cerebro escondido en algún sitio-
-Lo envió a reparar- explicó Katsumi con una extraña calma. -Invirtió una fortuna en esa colección. Debe haber contratado al mejor especialista en cibernética. No será difícil hallarlo-
Anneke se quedó pensando, pero volvió a estallar.
-¡Has aceptado un soborno! ¡No lo puedo creer, Katsumi!-
La Capitana volvió a sonreír y presionó el botón de emergencia para detener el ascensor. La Teniente dio un paso atrás, asustada.
-Tranquila- dijo Katsumi, que se quitó el cinturón, se abrió la chaqueta del uniforme y quedó con los senos desnudos. El corazón de Anneke se aceleró. Sus ojos verdes se dilataron. Sus labios temblaron. Katsumi la tomó de la cintura y le introdujo la lengua en la boca. Se dieron un beso violento y tempestuoso. Anneke apretó bruscamente los senos de la Capitana, que le puso una mano entre las piernas y empezó a frotarle el pubis. Terminaron cayendo al piso, arremolinadas en sus propios cuerpos, bajo una lluvia de besos que incendiaban y gemidos que se amplificaban en el encierro de la cabina. Anneke, mientras rozaba su vagina a la de Katsumi con un vértigo desenfrenado, gritó de placer, desintegrándose de gozo ante la mujer que amaba. Porque la amó desde la primera vez que la vio, desde que descubrió sus ojos color miel, desde que escuchó la parquedad de su voz, desde que la tuvo a su lado, deseándola en sueños, pese al falso rechazo que recibía como respuesta.
Después del orgasmo, Anneke se acurrucó en el suelo, como si hubiera perdido la conciencia. Katsumi se levantó y se puso el uniforme, sin dejar de admirar la belleza de la Teniente. Pasaron otros cinco minutos hasta que el ascensor retomó la marcha y las trasladó a la zona de despegue. Anneke caminó satisfecha y confundida a la vez, mientras Katsumi entraba a la patrulla. Pero cuando la Teniente se disponía a sentarse en la butaca, la Capitana se lo impidió, empuñando su pistola láser.
-Aquí patrulla 7 en zona de despegue de bloque BD897. Solicito un móvil policial para un código 1724. Repito. Aquí patrulla…-
Anneke ya no siguió escuchando. Comprendió el plan de Katsumi. La acusaría de aceptar un soborno. Le harían un sumario, la pasarían a disponibilidad y la encerrarían por tres años. ¿Por qué hacía eso? Acababan de hacer el amor. ¿Por qué la arrancaba así de su vida? ¿Por qué la hizo caer en esa trampa? ¿Si la que cometió el soborno fue ella?
No había tiempo que perder. Katsumi no le dispararía. Así que Anneke, que aún tenía la katana en la mano, abrió el compartimento trasero y se colocó la armadura propulsora. Quiso mirar los ojos de la mujer que amaba, pero esta permaneció en la soledad de la patrulla. Dos móviles aparecieron en el cielo, a unos quinientos metros. Anneke corrió hacia la cornisa, encendió los propulsores y salió volando a doscientos kilómetros por hora entre los edificios de Yamamoto. En el fondo, lo entendió. Katsumi no podía amar a nadie. Era la Capitana de la Central de Inteligencia. Tenía una carrera por delante. Tenía un corazón biomecánico.






