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Capítulo 06: LIZAR

Yamamoto tenía su propio barrio rojo. No era tan visitado como la zona portuaria de Koyama pero alcanzaba para satisfacer el ocio de muchos de sus habitantes. Al barrio rojo de Yamamoto se lo llamaba Ayukawa, como su calle transversal. Mezclaba finas casas de placer que conservaban muchas de las costumbres del desaparecido Imperio del Sol con otras de dudosa reputación que alimentaban la corrupción policial de la Corporación. Los jerarcas de Yamato solían visitarla durante sus juergas legendarias, por eso el control ejercido era tan escaso, sirviendo de reunión a aquellos que ya no creían en la política económica de la Galaxia. Tampoco había de que preocuparse. No surgían grupos disidentes que intentaran atacar el poder de Yamato. La Central de Inteligencia solo reportaba crímenes cometidos por cuestiones de negocios o por marginales de Koyama, pero nunca hubo actos terroristas en el satélite de Tezuka ni sospechosos de adherir a una ideología lo suficientemente peligrosa. Al menos, esa era la historia oficial.

Lizar tomó un trago en una cantina situada en el borde de Ayukawa. Una erodroide bailaba desnuda sobre un escenario de luces azules. No pertenecía al elenco estable de la cantina. Sencillamente, los dueños de ese tugurio nunca podrían pagar un modelo como ese. La bailarina trabajaba por su cuenta y recorría las cantinas buscando clientes. Lizar, que había ingerido una pastilla potenciómetra, disfrutaba esa imagen y hacía cálculos con la mente para considerar pasar un rato con ella. Era obvio que no contaba con los créditos suficientes, pero el efecto alucinógeno de la pastilla lo impulsaba a creer en esa absurda posibilidad. Lizar era un desocupado. Había trabajado como ingeniero de sistemas en Yamato, programando códigos de seguridad que impedían ataques informáticos a los cruceros durante un abordaje. Los abordajes eran cometidos por saqueadores que solían robar la carga de los cruceros. Generalmente usaban viejos destructores imperiales que jamás lograrían doblegar a un crucero de última generación. Pero eran expertos en sabotajes informáticos. Interferían las redes de navegación y diseminaban virus que inutilizaban los sistemas de defensa. Luego abordaban con suma facilidad. “No hay mejor saqueador que un hacker” advertía un antiguo dicho. Lizar se había convertido en uno. No en un saqueador, sino en un hacker. Solían contratarlo pilotos y traficantes, pero también los coleccionistas, que a veces no sabían cómo lidiar con los artefactos que adquirían en la feria de Koyama. Pero el trabajo era intermitente y la competencia abrumadora. Muchos desempleados como él se habían sumado a ese rubro. Para convivir, intentaban especializarse en campos determinados para no interferirse los unos a los otros, como si preservaran ese sistema monopólico que los gobernaba. Sin embargo, esa convivencia era infructuosa. Algunos campos pagaban mejor que otros. Los pilotos espaciales pagaban fortunas para reforzar sus sistemas de navegación, algo que tenían que hacer en cada puerto, ya que los virus utilizados por los saqueadores cambiaban rápidamente, mientras que los coleccionistas solo satisfacían la curiosidad personal de aprender a descifrar códigos discontinuos. En el fondo, Lizar soñaba con irse de esa maldita colonia. Era un sujeto talentoso. Y ese talento podría resultar peligroso si se unía a los saqueadores. Lamentablemente, no solían visitar el sistema de Ohashi y embarcarse con ellos era casi imposible porque nadie sabía dónde se ocultaban. Aparecían de la nada. Atacaban por sorpresa. Se hablaba de supuestos planetas de residencia que ellos mismos habrían borrado de los registros de navegación. Se decía que los saqueadores eran los herederos de un imperio que se había extinguido en los albores de los tiempos. Pero eran historias que pertenecían más al romanticismo que rodeaba a sus figuras que a pruebas concretas.

Sayaka, el erodroide que bailaba en el escenario, siguió hechizándolo con sus movimientos y su sensualidad. Lizar no era nipón. No había nacido en ninguna de sus colonias. Provenía de un planeta independiente, invadido salvajemente por haber permanecido neutral durante la guerra. Pero hacía veinte años que vivía en Tezuka y se había acostumbrado a la belleza de las mujeres amarillas. Además, la delicadeza de los androides fabricados por Yonesawa era incomparable. Yonesawa, como Yamato, tenía una particularidad. No siempre fue una corporación monopólica. Perteneció al Imperio del Sol hasta que se desprendió de su control y se anexó a la Liga de Monopolios. Lizar se tragó una metapastilla para contrarrestar el efecto de la droga potenciómetra y bebió un trago de alcohol efervescente. La mezcla no lo dañaría, ya que tenía un hígado artificial que se había implantado recientemente tras el colapso de su órgano original. De pronto, un sujeto se acercó a su mesa y se sentó a su lado. Podía ser una oferta de trabajo. Las cantinas eran las vidrieras de los hackers. Solo había que tener paciencia y esperar.

-Tengo algo para usted-

Lizar se alegró de tener una reputación. Era un hacker veterano. El que acudía a él ya sabía cuáles eran sus habilidades.

-¿De qué se trata?- preguntó sin quitar los ojos de Sayaka.

-Estoy intentando recuperar un cerebro rígido. Pero la información está encriptada-

El viejo tenía que ser un coleccionista. Lo presentía.

-¿Qué modelo es?-

-Un modelo soviético-

La mirada de Lizar se iluminó. Dejó de prestar atención a la bailarina y observó al anciano con interés.

-Debe comprender que es un trabajo sumamente secreto. Alguien compró ese cerebro, supuestamente obsoleto, en la Feria de Koyama. Me contrató para intentar recomponerlo. Pero es un modelo de espionaje y todos sus archivos están bloqueados por una serie de llaves-

-Ya veo, es usted un experto en cibernética. Eso es bueno. Entonces puede contestarme algunas preguntas. Dígame, ¿esas llaves pertenecen al programa original o fueron agregadas posteriormente?-

El anciano se frotó los ojos y luego sonrió.

-Es el tipo de llaves que usaban los saqueadores-

Lizar se relamió ante un caso tan curioso. Era un androide soviético, pero había sido utilizado por alguien más. Saqueadores. Probablemente, haya sido formateado para no revelar sus secretos. Sin embargo, los androides de espionaje no podían ser formateados. Las llaves podían encriptar su conciencia, pero nunca borrarla del todo, ya que poseían un plano subconsciente de información sumamente protegido. Por supuesto, nadie lo sabía hasta que el Imperio Soviético desapareció. El cerebro de un androide espía debía ser una caja negra. Pero ningún enemigo debía acceder a ella. Cuando el Imperio Soviético cayó, fue a través de sus espías que se conocieron muchos de sus secretos. Pero este androide había dejado a los soviéticos para unirse a los saqueadores. Y podía ofrecer importante información acerca de los mismos. Lizar se preguntó si el viejo era capaz de comprender las implicancias.

-Es un trabajo muy arduo. Y muy costoso- advirtió con frialdad.

-Mi cliente pagará lo que sea. Quiere recuperar esa conciencia. Es un importante coleccionista teutón-

-¿Ha conectado el cerebro rígido a una lectora?-

-En realidad, me tomé el trabajo de insertarlo en la cabeza de un erodroide Beta. Supuse que lograría hacerlo funcionar y deseaba que despertara con un cuerpo para que su regreso al plano de lo consciente no resultara tan traumático. Pero lamentablemente no logré abrir las llaves-

Lizar suspiró, afectado por el cálido efecto de la metapastilla. Era un ofrecimiento emocionante. Ganaría dinero y sería el primer programador de Tezuka y de todo el sistema de Ohashi que lograría entrar a la mente de un espía soviético. Un verdadero salto para su reputación. Claro que si la Central de Inteligencia lo descubría, haría lo imposible para obtener ese cerebro.

-¿Puedo preguntarle qué modelo es?-

-Un Tarcovsky M-st 102-

-Cuente conmigo-

Y la bailarina terminó de dar su show y bajó a la barra para buscar un cliente que pudiera pagar sus servicios. Lizar presintió que en poco tiempo más tendría el dinero suficiente para acostarse con ella.


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